No sin mi bolso

IMG_9109¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Hay vida en Marte? Y ¿Qué llevan las mujeres en el bolso? Forman parte de ese grupo de preguntas para las que aún la humanidad, o al menos el género masculino, no ha encontrado respuesta. De diferentes formas, tamaños y colores, todas solemos llevar uno colgando. Además, son muchos los que aseguran que lo que ocultamos en ellos nos define, pero pocos los que se atreven a poner una mano dentro. Con la intención de desmitificar este complemento y desvelar algunos de sus misterios, ahí van sus diez mandamientos:

  1. Amarás tu bolso sobre todas las cosas. Seguro que habéis visto a más de una mujer entrar en estado de shock tras solo imaginar que le han robado el bolso. De ahí que desarrollemos ciertas posturas de defensa, tácticas y estrategias para evitar ese horrible momento. ¿Os habéis fijado alguna vez en cómo estrujamos el bolso cuando estamos en un asiento? Apretándolo instintivamente muy fuerte contra nuestro cuerpo casi en una fusión mística con dicho complemento. ¿Y esos bolsos pequeñitos de mano tan chic que aplastamos bajo la axila, vamos en el sobaco, sin ningún tipo de complejo? Y es que la separación física del mismo, aunque sea momentánea, puede causar graves alteraciones de conducta. Y si no atentos la próxima vez que estéis en la cinta de un aeropuerto: lo colocas de una forma, de otra, de lado, de costado, boca abajo, cierras las cremalleras… y los ojos que se salen de sus órbitas hasta comprobar que ha salido intacto por el otro extremo.
  2. Son algo similar a un agujero negro. Un bolso es una puerta a otra galaxia paralela donde van a parar horquillas, labiales y algún que otro céntimo suelto; elementos que muy probablemente aparecerán en otro contexto espacio temporal más allá de la superficie visible; o lo que es lo mismo, cuando menos te lo esperes en algún hueco del forro.
  3. Nunca subestimes su tamaño, ya que por pequeño que parezca su peso nunca será directamente proporcional. Y es que si alguna vez te han dicho aquello de: “Por favor, sujétamelo un momento”, sabrás que es probable que el ejercicio te provoque una contractura muscular. Y nosotras, cuántas veces habremos escuchado: “¡Pero muchacha qué llevas aquí dentro!”. Y de ahí el cuarto mandamiento…
  4. ¿Qué cabe en un bolso? Si habéis asistido al espectáculo de vaciar un bolso boca hacia abajo sabréis que se pueden encontrar todo tipo de elementos. Desde lo más clásico: monedero, gafas de sol, llaves o pañuelos; pasando por lo más tecnológico: auriculares, cargadores, discos duros, tarjetas de memoria, etc.; a los más variopintos objetos: calcetines, termo de café, pendientes, tijeras, pinzas de depilar, imperdibles, y hasta zapatos de repuesto… Por no hablar del pequeño neceser que llevamos dentro. ¡Vamos que sobrevives un mes en una isla desierta con lo en él dispuesto!
  5. Una máxima, cuando más grande lo tienes, más le metes dentro.
  6. Son un arma de destrucción masiva. Por su volumen y peso son perfectos como instrumento de defensa.
  7. Cada bolso es un mundo. Estos son un verdadero cajón de sastre y cada mujer lleva su propio kit de supervivencia diaria. Sin embargo, hay básicos que nunca fallan: un tampón fuera de su envoltorio y miles de tickets de compras y aparcamiento.
  8. Muy importante para ellos. No todos los bolsos son iguales, aunque lo parezcan. Hay bolsos de verano y de invierno, por no hablar de sus diferentes formatos: bandolera, clutch, sobre, shopping…
  9. Ejercicio diario de destreza. Llevar un bolso supone una yincana con pruebas de rapidez y agilidad para encontrar cualquier elemento. Seguro que habéis presenciado la típica escena en la que una mujer busca, casi de los nervios, un móvil que está sonando dentro. Y, siempre, cuando viene a encontrarlo se ha cortado la llamada.
  10. Nunca tendrás suficientes. Aunque, por suerte para ellos, esto supone que ante la duda… regla un bolso.
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Un hombre sexy

IMG_9137Si alguna vez os habéis preguntado por qué elijo o decido escribir, habitualmente, este Café Con Moka sobre asuntos, cuestiones y dilemas no excesivamente transcendentales, por decirlo de algún modo, se debe a que yo misma me reconozco; después de la intensidad de los días que vivimos, del bombardeo de información que recibimos y la densidad de la misma; fan absoluta de lecturas frescas, desenfadadas, triviales e incluso frívolas, que una puede leer sin más implicaciones, complicaciones o consecuencias. Como dice una amiga mía: “A veces necesito 15 días de pronto para desintoxicar” -refiriéndose a la revista- . Sin ir más lejos, hace un par de días, mientras ojeaba Facebook, pues esta red, junto a twitter, se ha convertido casi en mi resumen diario de noticias cuando acaba la jornada, encontré un artículo que intentaba analizar en la visión de varias mujeres lo que a nosotras nos resulta sexy de los hombres. Cual fue mi sorpresa al descubrir que no tenía mucho en común con la mayoría de las cosas que apuntaban mis compañeras. Así que decidí hacer mi propio estudio de mercado a través de whatsapp preguntando a mis amigas y valorando mis propias percepciones.

Lo primero era definir a qué nos referimos cuando hablamos de algo sexy. Según la RAE es una voz inglesa que sirve para designar a alguien que ejerce o tiene atractivo físico o sexual. Sin embargo, en mi primer sondeo telefónico descubrí que cada uno, o al menos cada una, tenemos nuestro propio concepto de este vocablo. Hay quienes lo vinculan a la capacidad de enamorar, otras al deseo sexual y también están las que le confieren incluso connotaciones tiernas. Lo que pone en evidencia que lo sexy es completamente subjetivo. Además, hay que hacer una salvedad, sexy no significa ‘buenorro’. Un tío cachas puede estar tremendo y no tener ningún tipo de atractivo especial más que un cuidado aspecto físico. Por el contrario un ‘ejemplar’ más normalito puede poseer virtudes que nos hagan perder la cabeza.

Para mí personalmente, la sensualidad y la sexualidad comienza en primer lugar por la mirada. No desde el punto de vista de que tenga unos ojos bonitos, que también es de agradecer, sino que sepa utilizarlos. Un hombre que me sabe mirar ya cuenta, al menos, con el 50% de mi atención. Hay hombres que te miran y te traspasa, con miradas sugerentes que nade tienen que ver con los vistazos ‘guarros’ que algunos te dirigen en plena calle. Es algo más sofisticado que consigue que mi actitud sea muy receptiva hacia sus intenciones. Por supuesto en este juego de decir mucho hablando poco también están las sonrisas, esas muecas cómplices que sólo los dos implicados entienden y que pasan desapercibidas para el resto. Siguiendo con el aspecto más físico, unas manos bonitas y una espalda, cuello y mentón fuertes también son mis puntos débiles. Y ahora que llega el verano, unos brazos formados que asoman bajo las mangas de una camisa remangada reconozco que me ponen mucho.

En cuanto a actitudes, me resulta muy sexy un hombre que, pese a que su mirada te confiesa lo contrario, lo pone un poco difícil, al menos al principio. Después me gusta que lleven la iniciativa. También los hombres que te sorprenden, de los que, sin esperarlo, recibes un mensaje apasionado a media mañana en la oficina y con los que puedes mantener una conversación subida de tono por teléfono, incluso vía whatsapp, sin que resulte obscena; en la que se verbaliza poco pero se insinúa mucho. Además, descubría en mi encuesta a otras mujeres lo sexy que puede resultar un hombre intentando tocarte o cantarte su canción favorita con un instrumento.

Un hombre en vaqueros. Las camisas blancas. La barba de varios días, las hipster no tanto. Un hombre que sabe de música. Una voz varonil. Un beso en el cuello. Un romance en secreto… Pero sobre todo un hombre con una conversación interesante, que te cautive no sólo con su tono de voz sino con lo que dice y como lo dice.

Para cada una hay muchos matices de lo que puede o no puede resultar sexy pero hay, al menos, un par de ingredientes que se repiten en todos los escrutinios: que sea un hombre inteligente y con sentido del humor. Siempre resulta atractivo un hombre del que poder aprender algo. Sin embargo, yo no sé lo que inteligente o lo estúpido que será Bard Pitt, pero resulta un rato sexy.

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Os dejo este regalito…

‘Operación Bikini’ en cuatro fases

IMG_8395 (1)Decía la abuela de una amiga que “ojalá fuese el revés y cuanto uno más comiese más adelgazase”. Jamás había oído esta propuesta que, además de que sería estupenda, viene a resumir el eterno dilema que muchas mujeres (y también algunos hombres) mantenemos anualmente con la báscula cuando llega el calor y empezamos a desnudar nuestros cuerpos a la par que a ser conscientes de aquello que sobra y que coyunturalmente disimulaban ciertas prendas. Truco que aunque no sirve en el caso de que el sobrepeso sea muy obvio, cuando hablamos de cierto ‘descuido’ con un par de kilos o tres es mano de santo. Y si además una tiene cierta gracia para combinar y elegir la ropa, puede obrar milagros.

Sin embargo, en Murcia la felicidad, completamente ilusoria, dura muy poco, porque los abrigos los sacamos en noviembre y vuelven al armario pasada la Semana Santa, cita en la que siempre refresca, con lo que vamos más de medio año ‘a pecho descubierto’ –metafóricamente, que ya querrían muchos –. Bien nos valdría que fuese real el sueño de la abuela. Y si además a esto sumamos que con el calor nos entran las ganas de terraza, helado y cerveza la batalla a los kilos puede ser tremenda.

¿Mi truco? Empezar con mucho tiempo. Aunque corres el riesgo de desesperar, incrementan las posibilidades de acertar en el intento. Yo a partir de enero y aprovechando las rebajas me hago con algunas prendas que me encanten pero que me corten el aliento; vamos que me queden un poco prietas, lo que me obliga y me motiva a cerrar el pico. No se rían porque funciona. Es una especie de tortura contemplar a diario, cuando abres el armario, un pantalón y una falda estupendos y no poder lucirlos. Esta sería la primera fase de la ‘Operación Bikini’, que ya he puesto en marcha y tengo que decir que de momento con un buen rendimiento.

Actualmente me encuentro en la segunda, que implica un poquito más de esfuerzo. Ésta empieza con el almacenamiento industrial en tu frigorífico de fruta lavada, pelada y cortada en los recurridos ‘tapers’ de forma que se conviertan en tu principal avituallamiento. Al estar perfectamente preparada da mucha menos pereza comerla y son el aperitivo perfecto. Además, hay que acompañar la alimentación ligera con un poco de ejercicio, ojalá pudiera deciros que uno puede reducir peso sin moverse, pero es como lo de adelgazar comiendo, precioso pero una completa utopía. Y quien os diga lo contrario está mintiendo. Así que en mi plan he incluido una sesión semanal de pilates y tres de bicicleta estática en casa, porque digan lo que digan, y premios a parte, no está Murcia para salir corriendo, y mucho menos si no eres muy diestro.

La tercera fase, y ya fuera de tiempo, es la compra compulsiva de todos aquellos productos reafirmantes y adelgazantes que prometen vientre plano, eliminación de cartucheras y reducción de celulitis. Sí, ya sé que ésta contradice el argumento racional de la segunda, pero es, a la desesperada, mi último recurso.

Sin embargo, este año, y para no sufrir mucho en el intento, he añadido una nueva etapa a mi particular ‘Operación Bikini’ y es que si nada de esto tiene efecto, como dice mi amiga Laura, “me paso al bañador que es más elegante”.

Desayuno con diamantes

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Dicen que vivir en paz alarga la vida y teniendo en cuenta de que, en mi caso por lo menos, pasamos dos tercios de nuestro día trabajando, tan importante como estar bien en casa es disfrutar de un ambiente favorable en el entorno laboral. Cosa que, desgraciadamente, no siempre es factible, ya que las preocupaciones, obligaciones e intereses personales de unos y otros pueden provocar que estemos más irascibles de lo estrictamente necesario y al acabar la jornada nos vayamos a casa agotados y más cabreados que una mona. Algo completamente contraproducente.

Tengo una nueva compañera, Carmen, que se toma esto muy en serio, y desde que ha llegado a la ‘oficina’ la ha convertido en un hábitat libre de ‘malos rollos’ con sus piedras rosas, sus souvenirs y su contante ‘amenaza’ de invadir nuestros despachos con tarros de sal, que por lo visto neutralizan las vibraciones negativas. Yo que nunca me he tomado esto muy en serio me dejo querer y estoy empezando a sentirme cómoda sabiendo que alguien vela por nosotras. De sus trucos y remedios ya os hablaré otro día…

También dicen que a los amigos los elige uno, sin embargo tengo el convencimiento de que la vida, el destino o lo que quiera que sea pone gente en tu camino que aparece de forma inesperada y que entrando como reservas comienzan a jugar un papel importante en el ‘partido’. Fichajes que probablemente uno no hubiera hecho de forma consciente pero que se convierten en auténticas ‘figuras’ de tu equipo.

Así me encontré yo con ellas: ‘Las chicas del café’, como a mí me gusta decir. Cada una completamente distinta a la otra, aparentemente con poco en común, pero cuya presencia en el día a día se ha vuelto imprescindible. Son sólo unos minutos en torno a cuatro cafés, pero sirven de terapia para olvidar los disgustos vividos y coger fuerzas para los que están por venir.  Cuatro mujeres con cuatro vidas y cuatro historias distintas que se sirven las unas de las otras para darse cuenta que al final las penas y alegrías de la vida no son muy distintas.

Con Carmen B solía compartir en los cafés mis inquietudes más personales, las más íntimas. Dado que entre semana tengo a la familia lejos se ha convertido en lo más parecido, incluso a la hora de ayudar y prestar auxilio. Laura llegó después, sumándose a nuestros cafés y aportando calma y cordura a muchas de nuestras turbaciones con una visión más trascendente de la vida que aligera el peso de ciertos acontecimientos y alivia. Y la última en aparecer fue Carmen que con sus historias y anécdotas convierte el café en fuente de inspiración para mis artículos. Su alegría de vivir se hace contagiosa y te obliga a ponerte las pilas.

Estoy segura de que muchos os habéis encontrado gente así en vuestro trabajo. Personas que por diferencia de edades, gustos o intereses no entran en vuestro ‘circuito habitual’ pero que llegan a ser importantes o incluso imprescindibles para hacerte sentir bien. Mi teoría es que el fenómeno se da al coincidir personas que no se conocen, que no traen prejuicios ni concepciones previas de los demás;  que ya han madurado y sufrido y que sin lazos ni vínculos pueden mostrarse y sentirse tal como son.

Así que este es mi particular… ¡Desayuno con diamantes!

La vida que no fue

IMG_4019Andaba yo reflexionando estos días sobre qué es ser mujer, intentando la difícil tarea de alejarme de tópicos y estereotipos. Pero es prácticamente imposible. Del ‘me gusta ser mujer’ de Ausonia, simbólicamente coincidiendo con la entrada en el siglo XXI, a la recurrente queja de ¿por qué es tan difícil ser mujer?, fruto de una sociedad tristemente machista, van una serie de afirmaciones que la mayoría hemos repetido en una u otra circunstancia, siendo reflejo de nuestro caótico estado de ánimo por las contradicciones, paradojas y dicotomías que se dan en nuestro género.

Esta antítesis femenina que planteaba racionalmente se reflejaba en ciertas circunstancias que me tocaba vivir, o sufrir. Si hace unas semanas pretendía que éste fuera un artículo que sirviera para anunciar una buena noticia; el mismo, se ha tornado en lo contrario. Incluso debo confesar que he tenido mis dudas sobre si escribir o no de este acontecimiento. Sin embargo, después de pensarlo mucho he creído oportuno compartir también con vosotros el lado menos bonito de las cosas, alejándome así del mundo blogger de color de rosa que obvia el sufrimiento que supone vivir o esconde las dificultades de una vida real detrás de problemas como qué tono de blanco elijo para mi salón. Yo, que suelo aprovechar esta contra para compartir algunas situaciones y reflexiones cómicas y divertidas, como todo el mundo, resisto los sinsabores que el destino nos depara.

No importa que te pille por sorpresa o que lleves tiempo intentándolo, cuando el test de embarazo da positivo una ya se siente madre de la aceituna, la nuez o la lentejita que lleva dentro, según los términos propios de los libros sobre maternidad que en las últimas semanas ocupaban mi mesita de noche. El 4 de Febrero, coincidiendo con el nacimiento de mi segunda sobrina, Manuela, nosotros recibíamos la noticia de que nos convertiríamos en padres en el mes de octubre. El asombro no fue pequeño, y la ansiedad y la incertidumbre que se apoderaron de mí tampoco. Desde ese mismo instante comencé a sentir miedo de todo, de que le pasara algo a él, de que me pasara algo a mí, de que no supiera o no pudiera hacer bien las cosas, de comer algo que no debía, de hacer esfuerzos perjudiciales, de que el estrés afectase al embrión, de sufrir los síntomas, de que estos no se presentasen… Así que empiezas una interminable ruta de consulta en consulta preocupada de que todo salga bien. Eres consciente de que hay riesgos y complicaciones, pero como con tantas otras en la vida, piensas que no te va a tocar a ti. Por lo que decides, dejarte llevar y ser feliz; preocupada pero feliz. Intentas mantener la calma, te contienes y evitas no comprar nada, te dices a ti misma: “al menos hasta los tres meses”. Sin embargo, en algo siempre pecas.

Y de repente, un día en una ecografía descubres que su corazón no late, que ya no eres mamá de lentejita. Tus miedos, se hacen realidad. Te dices una y otra vez a ti misma que eso podía pasar, pero nada te consuela. Te culpas incluso; aunque todo el mundo te diga que ha sido algo natural. Repasas en tu cabeza qué has podido hacer mal y en qué te has equivocado. Intentas consolar al papá de lentejita, que naturalmente pasa por lo mismo que tú, pero te sientes sin fuerzas ni siquiera para hablar. Todo te parece un mal sueño, incluso empiezas a pensar que nunca ocurrió, y vuelve el miedo a que se pudiera repetir. Descubres además en este proceso que no has sido la única, que son muchas las mujeres que han vivido la experiencia, pero pocas lo comparten. Yo, creo que lo hago por terapia, para exteriorizar el vacío que queda y que he sido incapaz de articular en palabras.

Está claro que ser mujer es mucho más que ser madre, pero éste puede ser un buen ejemplo de lo que supone –o así lo sentí y lo siento yo –la contrariedad de ser feliz por algo que por otro lado entraña cierto riesgo y/o dificultad.

Pero no os preocupéis, esto también pasará.

 

Temporada Champions

“¿Por qué, por qué, los domingos por el fútbol me abandonas?”, que cantaba Rita Pavone allá por los sesenta en ‘El Partido de Fútbol’. No sabía ella aún que la práctica televisada de este deporte, con lo años, no se limitaría sólo a los fines de semana. Canción ésta que, por cierto, fue la primera y la única que he escuchado cantar a mi abuela en sus 93 años de vida. Y eso que a mi abuelo, además de ser un santo varón, jamás le gustó el fútbol; y ésta (mi abuela) nunca fue de muchas fiestas. Pero el mensaje caló en la sociedad de aquella época, que vivía el fútbol como un cisma entre hombres y mujeres, y aún hoy día protagoniza muchas de las riñas de pareja más típicas.

Y es que las diversas competiciones deportivas se acumulan en la parrilla televisiva durante toda la semana. A la Liga se suman la Copa del Rey, la Champions, la UEFA Europa League, la Súper Copa de Europa, el Mundialito de Clubes, y para los amantes de la Selección, también, la Eurocopa y el Mundial. No crean que yo soy una experta en la materia, pero siendo una mujer práctica, una ha aprendido a hacer sus planes semanales en función de los partidos que tocan, por lo que es importante tenerlos controlados. Así, en primer lugar, evito los cabreos y, además, aprovecho esas horas muertas. Lejos quedaron los disgustos con mi padre por el mando. Bien es verdad, que con los años también he perdido afición por la tele y que sólo en contadas ocasiones y si ‘echan’ alguna peli buena o porque me he enganchado a otra serie americana disfruto de su contemplación, lo que me da ventaja. Sin embargo, reconozco que ésta es una problemática que se da muy a menudo en las familias, bien porque sólo hay una televisión en casa (como es mi caso) y, aunque hay excepciones, las mujeres no somos muy de fútbol; o bien, porque nosotras teníamos otra intención para la velada. Pero yo hace tiempo que me di cuenta que ésta era una batalla perdida viviendo con un ‘devoto’ del Real Madrid, por lo que en mi planning semanal incluyo estos acontecimientos como tiempo para ‘mis cosas’, que pueden ser desde escribir estos artículos, leer, o planchar, a tomar algo con una amiga, salir de compras o poner mi manicura a punto. 

Atrás quedan ya aquellas tardes en las que el romance comenzaba y acompañaba gustosa a ‘mi madridista’ en los partidos por verlo disfrutar… Seguro que a muchas os suena. Si bien, las cosas han cambiado, puedo decir que ninguno hemos sufrido demasiado en el proceso, pues él tiene libertad plena para disfrutar de su afición y yo, gano tiempo ‘de descuento’ para mis quehaceres, con lo que sobrellevamos bastante bien la ‘Temporada Champions’. Sin injerencias, sin disgustos. Puedo decir que para mí, el único fastidio se limita a algún que otro ‘jaleo’ inesperado durante los 90 minutos. Y creanme señoras que ganar una hora y media para sí misma una o dos veces por semana, compensa pagar el ‘Plus’.

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Tanto es así, que tras superar esta primera etapa he aprendido a rentabilidad sus salidas a ver al equipo, sumándome a la expedición y preparando escapadas rápidas allí donde fuese el partido. Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Incluso aunque esto implique viajar a Portugal en coche para la final de la Champions 2014, en la que se enfrentaban el Real MadridAtlético de Madrid, con una caravana de hinchas del equipo blanco desde la capital hasta Lisboa, con parada estratégica en Salamanca para comer en una peña madridista… ¡Imagínense! Pero el amor, todo lo puede. Bueno, el amor y los dos fantásticos días que me ‘pegué’ visitando Lisboa. Tal fue la experiencia, que ya estamos cruzando ambos los dedos para que el Madrid llegué a la final y conocer Milán en Mayo. Aunque por si no hubiera suerte, estaremos atentos a los destinos y fechas para cuartos y ‘semis’.

Como navajas suizas

MujeresObservo a las mujeres de mi generación, y me observo a mí misma, y me doy cuenta que la evolución nos ha convertido en algo bien parecido a las multiusos o navajas suizas. La adaptación femenina al entorno social ha culminado en un ejemplar camaleónico, multidisciplinar, altamente preparado, siempre ocupado y, por consiguiente, profundamente estresado. Históricamente no sólo hemos tenido que igualar al hombre, sino superarlo para merecer el mismo reconocimiento en determinados contextos. Y este nivel de auto exigencia mantenido en los años ha provocado serios trastornos en nuestro género. No digo que esto sea del todo negativo, pues el nivel de competencia en cada vez más áreas nos hace un rival fuerte en el mundo profesional. Pero también me doy cuenta que mal llevado o comprendido puede degenerar en frustración y ansiedad. Ésta última es la dolencia femenina por excelencia del siglo XXI.

Y es que, poniendo por ejemplo, mi rutina diaria; que imagino que será muy parecida a la del resto de mi género; me levanto a las siete de la mañana y sin prácticamente dar los buenos días, me meto en la ducha con el único anhelo de conseguir abrir los ojos del todo. Después, y si hacemos caso a todas las recomendaciones de revistas y blogueras para además de competentes mantenernos guapas y tersas, comienza la rutina de cuidados empezando por la crema corporal, limpieza facial y maquillaje, y el posterior secado y planchado de pelo. Una vez abandonamos el cuartel general que es nuestro baño, corriendo a la habitación para hacer la cama, vestirse y colocar la ropa. Incluso hoy, por ejemplo, y antes ni siquiera de desayunar, ya había puesto dos lavadoras, tendido las sábanas que iban en una de ellas y puesto otra secadora. Llega el momento de preparar el desayuno, con tostadas y zumo natural todos los días, vamos como en los hoteles. Cinco minutos para degustarlo, y a fregar los platos antes de marchar.

Todo esto en el mejor de los casos, y que no tengas que equipar también a los pequeños de la casa.

Y tras esta yincana a la que nos enfrentamos cada mañana durante hora y media, hay que irse a trabajar. ¡Como si ya no hubiéramos sudado bastante! Aunque realmente para muchas, y pese al estrés y las complicaciones del trabajo, estas horas en la oficina a veces resultan un remanso de paz comparadas con las trincheras de los hogares con mucha familia. A la vuelta, parada en el súper, en doble fila y con los cuatro intermitentes, rezando para que no te multen, para comprar. Cocinar, comer y fregar en un espacio de hora y media (como mucho) y vuelta al curro, porque hoy con un sueldo de media jornada no da para vivir. Y es que antes al menos, cuando una trabajaba por encima de sus posibilidades al menos el sueldo le daba para tener ayuda en casa; pero ahora dos horas a la semana y porque es la única forma de sobrevivir.

Pero no crean que todo termina al cierre de la jornada laboral. Cuando estamos de vuelta, no sólo hay que finalizar las tareas domésticas y preparar la cena, sino que hay que sacar tiempo para ir a pilates o yoga, pues es lo que está de moda, consultar las páginas sobre tendencias para estar a la última, tuitear, cambiar el estado en Facebook, compartir una foto en Instagram y postear en tu blog personal. Una vez hemos cumplido con nuestra actividad social virtual, es el momento del ponerse el pijama, desmaquillarse y tumbarse en el sofá esperando no contar con ninguna tarea más en la lista de pendientes, cosa poco realista, ya que, al menos en mi caso, resulta imposible llegar a todo. Todo esto sin añadir que ahora ejercemos de manitas en casa, montamos muebles de Ikea y hasta cambiamos las ruedas del coche.

No es de extrañar que últimamente mi estado a partir de las diez de la noche sea KO en el sofá.