Más allá de una cuestión de cuernos

Pese a la tremenda frivolidad que supone, teniendo en cuenta el desolador y preocupante escenario internacional de las últimas semanas, medio país vive enganchado al drama romántico de la VI marquesa de Griñón que parece recordarnos aquello de que ‘Los ricos también lloran’ –título de aquella telenovela mexicana que causaría furor en los ochenta-; intentando así, quizás, de algún modo olvidar la subida de precios, la guerra en Ucrania o las protestas y represiones en Irán.

Manifiestamente tachada de ‘niña pija’ desde su tierna infancia, en los últimos años Tamara Falcó ha sabido desligarse de este estereotipo tras su paso y victoria por ‘MasterChef Celebrity’, una colaboración semanal en el programa de Pablo Motos y el estreno de su propio reality Netflix. Convertida en una de las solteras de oro de la jet set española, la hija de Isabel Preysler sorprendía hace unos tres años anunciando su romance con un joven ingeniero y empresario madrileño.

Hasta aquí todo parecía idílico. Incluso su mediática pedida de mano con un exclusivo anillo de diamantes de la firma italiana Repossi que rondaría los 15.000 euros. Sin embargo, pocas horas después del anuncio de compromiso vería la luz un controvertido vídeo del ya ex de ‘La Falcó’ besando a otra mujer durante un selecto festival de música en Nevada.

Pese a que las evidencias no muestran más que unos segundos de beso (un pico), Tamara se ha mostrado totalmente inflexible frente a esta traición rompiendo su relación ipso facto. Y es que hay quien apunta a que estas imágenes no han sido más que una prueba manifiesta de la fama del joven en la noche madrileña.

Sin embargo, intuyo que su rotundidad se ha debido más a la humillación pública que ‘La Marquesa’ ha sufrido y la falta de respeto de quien esperas mayor honestidad; independientemente de si se trató de un mimo de “un nanosegundo en el metaverso” o una tórrida noche de romance.

Y es que, aunque hay evidencias de parejas que han salvado sus matrimonios y han salido triunfantes de una situación semejante: como el binomio Beckham, tras el affaire con la niñera, o el sonado escándalo entre Bill Clinton y la becaria; no debe resultar sencillo reponerse a tal agravio.

En un tiempo en el que numerosos programas en ‘prime time’ hacen apología manifiestamente visible de la infidelidad  creo que la decisión de la marquesa de Griñón va mucho más allá de una simple cuestión de cuernos dando una lección de amor propio.

Burda algarabía

No diré que la humanidad me ha decepcionado, porque suena demasiado tremendista y porque por mi vida han pasado, y siguen pasando, personas extraordinarias y no deben pagar justos por pecadores. Sin embargo, sí es cierto que cada día percibo con mayúsculo asombro un altísimo grado de irritabilidad, egocentrismo e ingratitud generalizado. No soy experta en sociología por lo que no sabría identificar las causas pero, desde luego, no me gustan las consecuencias.

Se olvidan a diario, por completo, los principios de respeto, educación y civismo que deben regir la convivencia –pacífica- entre personas. Nos dirigimos a los demás (y uso el plural mayestático por corrección) con agresividad e insolencia en cualquier contexto y sobre cualquier asunto. Interactuamos desde una posición de defensa, cuando quizás aún no ha habido ataque ni lo habrá. Hemos copiado las peores formas de los programas de ‘prime time’ en televisión y nos hemos convertido en maleducados y groseros tertulianos que viven de la crítica, la burla y la murmuración.

Además, nos hemos instalado en la intolerancia y la intransigencia y todo nos molesta; desde los ladridos del perro del vecino, el ruido de la puerta de garaje del de al lado o cualquier contrariedad que pueda producirse en nuestro entorno incluso de forma accidental. En los restaurantes y cafeterías, muchos comensales, te miran mal tan solo al verte entrar con un niño. Y que conste que yo soy de las que trato de que mi hijo no resulte molesto para nadie, de una forma razonable.

En este contexto, las redes sociales, como altavoz que son, han favorecido la proliferación de este tipo de mensajes de encono y enemistad resultando la plataforma perfecta para aquellos sin demasiados argumentos sólidos pero con manifiesta beligerancia y mucho rencor. Me resulta incomprensible como hay quien se retrata en las mismas, usando sus perfiles personales o incluso escribiendo en perfiles más públicos y notorios, con semejantes testimonios y peor vocabulario. Me producen sonrojo.

Y es que pienso que aquellos que gozan de pruebas y argumentos no suelen hacer uso de esa hostilidad porque no la necesitan, sus razones son de justicia y no necesitan entrar a la gresca. Ni que decir tiene que también pienso que cualquiera con cierta educación huye horrorizado de tan ordinaria y vulgar algarabía y enredo.

Si al comienzo decía que desconocía las causas, tampoco tengo receta mágica para la solución; pero debe pasar, sin duda, por un autoexamen de conciencia y mucha más empatía y humanidad. Mientras tanto intento aplicar la máxima del filósofo oriental Lao Tse: “Responde de forma inteligente incluso a un trato poco digno”.

La ternura

Precisamente hoy, 17 de septiembre, cumplo años. Cumplo 39 años, para ser más exactos. Estoy en la frontera de la cuarentena y esperando volver a ser madre. Y, pese a algunos contratiempos y reveses que he podido sufrir a lo largo de todo este tiempo, me atrevo a decir que me siento afortunada por la vida que he tenido y la que hoy día tengo.  

Mi infancia y adolescencia, aunque en su momento quizás no lo sentí con la misma intensidad, fueron maravillosas. Hoy echo la vista atrás y tengo tantos y tan gratos recuerdos. Algo que sin duda le debo, en gran medida, a mis padres. A él ya no le tengo a mi lado y eso me entristece cada día, pues hay tantas cosas que me gustaría compartirle. Sin embargo, no dejo que eso (como otros sinsabores) ensombrezca lo que sí puedo gozar y lo que, en su día, gusté de él.

Paradójicamente esta impresión de dicha y ventura, al hacer el balance propio de los aniversarios, se me tornaba en un sentimiento agridulce al conocer, también esta misma semana, el fallecimiento de una mujer que no tendría muchos más años que yo. No la conocía personalmente, pero sí era alguien cercano y recurrente en mi día a día.

Pocas veces interactúe con ella, pero nunca encontré más que tristeza en su rostro, quizás también algo de turbación y desconcierto. Con el tiempo supe de los muchos infortunios y desdichas que había padecido desde su niñez.

Si no hace más de dos semanas me preguntaba, también en estas líneas, cómo podría influir el acoso y la persecución en el entorno escolar en la vida, el sino y el devenir de una persona, cuánto más lo harán los abusos e injusticias infringidos por tu entorno más cercano.

Quizás, como han comentado algunos, por fin su alma descansa; aunque no deja de ser un trágico final para una vida de padecimiento. Y es que no sé si resulta pueril o inocente imaginar otro desenlace que la hubiese librado de tanta amargura y dolor, pero sí sé que es el final que me hubiese gustado y, sin duda, el que hubiese merecido. Algo de ternura que redimiese todo el tormento. No hay demasiado que, en muchos casos, podamos hacer para aliviar angustias ajenas, pero si algo he aprendido es a mirar con empatía, a tratar con amor  y a hablar con respeto. Quizás eso consiga una sonrisa, un momento dulce o un bonito recuerdo que merezca la pena a alguien para quien todo ha sido sufrimiento.

Hermanos

No es fácil tomar decisiones. Mucho menos cuando las mismas implican, conciernen y corresponden a más de una persona. La vida en pareja –y en familia –está llena de decisiones difíciles. Y en todas ellas uno encuentra motivos y razones para ponderar hacia un lado u otro. Eso las hace más complejas aún.

Nunca me resultó cómodo o sencillo decidir, pues la elección implica desechar conscientemente una serie de circunstancias imprecisas que ya nunca jamás sucederán. Y eso asusta. Ese jamás… Quizás sea esa la razón por la que en algunas ocasiones, incluso tratándose de asuntos delicados, he dejado obrar de algún modo al destino o la providencia. Y, sinceramente, no creo que me haya ido mal.

El miedo es, sin duda, el peor enemigo de la determinación. El miedo nos detiene, nos impide y nos encierra en un status estanco; seguro pero estéril, yermo. A lo largo de mi vida el miedo me ha entorpecido para muchas cosas: nunca aprendí a patinar, por ejemplo. Sin embargo, cuando logré vencerlo conseguí y alcancé retos y desafíos.

La maternidad se ha manifestado con miedos y temores mucho mayores de los que hasta ahora pude tener. Turbaciones por no poder mantener una integridad propia que me permita cuidar y proteger y, por supuesto, por la fortuna y el bienestar de las crías. También me ha supuesto el mayor ejercicio de paciencia y, seguramente, renuncia que haya podido hacer a lo largo de mi vida.

Es por eso que, para mí, la decisión de volver a ser madre es más difícil de tomar una vez que ya lo has sido. Piensas en que todo aquello que te preocupa se multiplica exponencialmente. Por suerte, también la dicha, la ternura y esa forma de amar como no hay otra.

De este modo, y conscientes de las dificultades, El hombre del Renacimiento y yo asumimos hace unos meses el reto de ampliar la familia. Sin que eso se convirtiese en una obsesión; más bien volviendo a confiar en lo que nosotros entendemos como providencia.

Hoy, unos meses después, esperamos un nuevo bebé que estará con nosotros en febrero. Por supuesto, han vuelto las inquietudes y los desvelos en cada ecografía, en cada prueba y ante cualquier síntoma de alarma. Mentiría si no lo reconociera. Pero también la ilusión, esta vez más madura y reflexiva, de poder ver crecer a nuestros pequeños juntos y darles aquello que para nosotros ha sido lo más preciado en nuestra vida: los hermanos.

Ni víctima, ni verdugo

Hay situaciones que, en determinados momentos, nos perturban, nos impresionan, nos sobresaltan e incluso agitan en nosotros sentimientos y emociones del pasado. Esta semana era testigo de forma involuntaria, seguramente como muchos de ustedes, de una terrible situación de acoso a un menor como consecuencia de la viralización, en redes sociales, de un video con el que se pretendía denunciar dicha agresión.

Independientemente de la conveniencia o no y de la legitimidad para publicarlo –creo que proviene del propio entorno del niño –, el mismo evidencia firmemente la necesidad de visibilizar y concienciar de un tipo de comportamientos, mucho más comunes en las aulas de lo que sospechamos, que traslucen un grave e inconcebible fallo o error en nuestro modo o fórmula de educación. Como verán, he evitado conscientemente la palabra sistema educativo pues esta problemática trasciende al mismo concerniéndonos y comprometiéndonos a toda la sociedad. Y aunque suelo evitar asuntos delicados en estas líneas, no he podido eludir, esta vez, hacer referencia al mismo.

Reconozco que asistí horrorizada al hostigamiento que recibía el menor por parte de algunos compañeros de clase en el día de su cumpleaños. Y que incluso reconocí, con mayor espanto y consternación aún, ciertas circunstancias de mi pasado. Nunca viví el acoso en primera persona, pero sí fui testigo de injusticias y, aunque en aquel tiempo no fui consciente, seguramente mucho sufrimiento. Entonces callé y consentí, pero esta vez no lo podía y no lo debía hacer.

Muchas veces me he preguntado si los insultos y desprecios constantes condicionaron la vida de aquella compañera de clase. Si de algún modo, mi actitud neutral ayudó a reforzar las conductas de otros y si, quizás, algún gesto de apoyo, acercamiento o aprecio hacia ella hubiera tenido algún efecto y otras consecuencias. Es algo con lo que vivo desde ese momento.

Hoy, muchos años después de aquello, soy madre y mi hijo comienza el colegio en unos días. No me gustaría verme jamás en el papel de la madre de este pequeño; pero sin intención de criminalizar al resto de menores, pues seguramente no alcanzan a imaginar la importancia y trascendencia de sus actos, sí su comportamiento, de igual modo me espantaría ser la progenitora de éstos.

Por eso, esta vez quiero redimirme y comprometerme educando a mi hijo en valores de respeto que garanticen una convivencia bonita y pacífica con sus iguales. Un propósito que para mí es mucho más importante que la memorización de las tablas de multiplicar y que creo, sin ninguna duda, que debería ser la primera máxima y competencia en cualquier aula de este país. Para ello, menos pasividad y mucho más compromiso de todos para no hablar ni de victimas ni de verdugos.  

¡Vamos al cole!

El tiempo, cíclico, repite momentos, etapas y estaciones que se van dando paso las unas a las otras invariable y perennemente. Pasamos del invierno a la primavera para alcanzar, después, el verano, que viene seguido del otoño; terminando, de nuevo, en la estación invernal. Año a año el mismo transitar tan manifiesto en la naturaleza, en los árboles, en las plantas y, hasta, en nuestra huerta.

Al igual que las estaciones, fruto del movimiento de traslación de la tierra, cada añada trae consigo nuevas épocas y periodos. Así, de forma generalizada, enero supone la opción de un nuevo comienzo. Aunque ésta no es la única oportunidad que ofrece el año. Cada vez somos más los que optamos por hacer esta depuración y regeneración en septiembre, con motivo del inicio del curso escolar, para unos, y la vuelta de vacaciones, para otros. Si septiembre siempre ha sido mi momento de catarsis por excelencia –coincidiendo además con mi cumpleaños -, el mundo laboral y, ahora, la entrada al colegio de mi pequeño agudizan más aún esta sensación.

Desde la infancia recuerdo estos días con cierta exaltación preparando material escolar y forrando libros, para castigo de mi pobre madre que pasaba veladas enteras intentando dejarlos totalmente lisos, cuando eran de aquellos que iban en rollo y se pegaban a la portada y la contra. Ahora es a mí, y al Hombre del Renacimiento, a quienes nos toca jugar este rol y hacerlo, además, por primera vez, con lo que los nervios y el desasosiego están, como pueden imaginar, a flor de piel.

La elección de centro educativo es, siempre, una decisión importante. Uno se pregunta una y mil veces, incluso cuando ya está la suerte echada, si habrá acertado. Reza porque su nueva maestra sea cariñosa y capaz de entender las necesidades de cada niño; circunstancia cada vez más presente en las aulas españolas, con profesionales formados, preparados y muy concienciados y sensibilizados. Por supuesto, también te preocupan los compañeros y la relación que tu hijo establezca con éstos. Sin duda, aún son muy pequeños para ciertas conductas reprobables, sin embargo ya puede haber comportamientos que sean germen de éstas.

Es por eso que, además de preocuparme por tener a punto todo su material, estos días previos trato de explicar y enseñar a mi hijo valores que le permitan disfrutar de una bonita convivencia entre iguales como base de su primer aprendizaje.

Como decía al comienzo, el tiempo es cíclico, y ahora soy yo la que me sorprendo manteniendo aquellas mismas conversaciones y discursos que un día protagonizó mi madre y que, sin duda, han contribuido en demasía a lo que soy, y confío en que así sea, también, para mi pequeño.

Los días perfectos

Leyendo a ratitos el último libro que he pedido prestado a mi hermana: ‘Los días perfectos’, de Jacobo Bergareche, una novela cortita y ligera para el verano; recordaba un pensamiento del escritor portugués Fernando Pessoa que expresaba de forma tremendamente acertada uno de los vicios de la condición humana. “Para ser feliz es preciso no saberlo”.

Hace tan solo unos meses leía o escuchaba una reflexión muy parecida que, no por ser quizás más mundana, dejaba de ser igual de intensa, profunda y atinada; además de dolorosamente sincera. Era la confesión de una madre que hacía menos de un año que había perdido a su hijo. En una entrevista, la actriz y presentadora Ana Obregón aseguraba que: “Lo que me mata de pena es saber que yo era tan feliz y no lo sabía”.

Aquella declaración no me dejo indiferente en ese momento y no lo ha hecho desde entonces. Es algo que tengo presente y que, en determinadas ocasiones, vuelve a rondarme el pensamiento de forma más aguda y precisa. Como en la mayoría de ocasiones vivimos esperando una hilarante y convulsiva felicidad sin ser conscientes de que precisamente en esa armonía y quietud diaria es cuando somos verdaderos moradores del bienestar y la prosperidad.

Aguardamos grandes acontecimientos que nos hagan sentir pletóricos entre los aprietos y apuros propios del suceder, pensando que son esos momentos fugaces los que nos hacen felices, los que justifican nuestra existencia. Sin embargo, son, lamentablemente, los grandes infortunios los que nos demuestran cuan agradable o plácida era nuestra sencilla y rutinaria vida.

Por eso, desde hace algún tiempo trato, como si fuese una imposición, de disfrutar y deleitarme en la belleza de las pequeñas cosas; con el anhelo de no tener que lamentar, algún día, el no haber apreciado la vida que tenía. Intentando agradecer cuanto tengo y me sucede. Sin que ello suponga, en ningún caso, renunciar a otros sueños; pero dando a cada cosa el valor que tiene.

Si comenzaba con una reflexión del poeta lisboeta, acabaré también con otra afirmación suya. “Tenemos, todos los que vivimos, una vida que es la vivida y otra vida que es la pensada, y la única vida que tenemos es esa que está dividida entre la verdadera y la errada”.

Bien, pues a eso aspiro en mi existir, a ser capaz de acopiar una vida equilibrada que no olvide ni la vivida ni, por supuesto, la soñada; y a no llevarme a la tumba, cuando llegue mi momento, el lamento por no haber apreciado cuantos ‘días perfectos’ se me han regalado. 

La côte de la mode

Quien acostumbra a leer estos artículos o ha leído unos cuantos bien puede saber ya de mi pasión por la moda. Desde mi modesta colección de tacones a mi última fascinación por los broches antiguos. Estos pasados días de agosto frecuentaba, en familia, algunos pueblos de la costa francesa y conocía, por fin, uno de los muchos lugares que han formado parte de mi imaginario viajero en los últimos tiempos: Biarritz.

Biarritz ha sido escenario, a lo largo de su historia, de algunas de las innovaciones y transgresiones más importantes en esta materia. Por un lado, el esplendor decimonónico de la que fuera mujer de Napoleón III, la aristócrata española y última emperatriz francesa María Eugenia de Montijo. Dicen de ella que poseía una extraña belleza que la alejaba de los cánones pero que conseguía embelesar a quien la contemplaba en los salones parisinos de mitad del siglo XIX a los que la acompañaba su madre buscando un matrimonio provechoso. La historia la inmortaliza como una mujer culta, inteligente y extremadamente refinada.

Sería esto, precisamente, y su debilidad por las mujeres lo que hizo que el mismísimo emperador cayera rendido a sus pies, eligiéndola como madre de su futuro y ansiado heredero. Fue entonces, una vez convertida ya en emperatriz, cuando Eugenia coronó a esta ciudad francesa de pescadores como patria de fiestas, lujos y excesos, convirtiéndola en su lugar de veraneo.

Por otro lado, este mismo emplazamiento fue sede y origen de la renovación extrema que Coco Chanel ocasionó en el mundo de la moda. ¿Saben ustedes que la diseñadora francesa abrió tienda en la misma ciudad?

Fue en el verano de 1915 en un local frente al moderno Casino, estilo art déco, que aún exhibe esta localidad, Coco inauguró la primera boutique de Biarritz. Poco eco se escuchaba entonces, por la zona, del reciente estallido de la Primera Guerra Mundial entre Rolls-Royce y nuevas prendas de vestir femeninas que alejaban a la mujer de los opresivos corsés y las convertían en estilosas ‘femme fatale’ con trajes de aires masculinos.

Quizás no elegimos el mejor momento para visitar la ciudad, con una ola de calor de hasta 36º grados diarios que en gran medida entorpece el estilo y la distinción propia de este lugar. Pero, pese al bochorno, Biarritz desprende elegancia y distinción en cada uno de sus edificios y sus gentes. Las pamelas, las gafas de sol y los kaftanes se lucen allí como en ningún otro lugar paseando por unos escarpados acantilados a la brisa de un precioso azul cantábrico.  

La gran fiesta

Esta semana leía casi de pasada en la prensa digital que, como todo, el hielo se encarecía y que en los próximos días podría llegar a cobrarse en bares y restaurantes junto a la bebida a enfriar. A priori, puede resultar curiosa esta subida del agua congelada. Sin embargo, atendiendo a los precios de la electricidad, el transporte y el plástico tiene mucho más sentido. Además, el artículo incluía la reflexión de que la vida post-Covid ha vuelto a traer el regocijo y deleite por las grandes fiestas y celebraciones.

No podía evitar, entonces, acudir a mis referentes culturales sobre magnos eventos y festejos y recordar e imaginar aquellas imponentes fiestas que el autor estadounidense F. Scott Fitzgerald relata en su obra ‘El Gran Gatsby’. La novela, ambientada en los locos años 20, relata una vida de excesos y desenfreno sustentada en el auge de la música jazz, el incremento del contrabando y crimen organizado y el art decó.

Pese a la crítica social a una época que evidencia la que está considerada como una de las mejores obras de la literatura norteamericana de todos los tiempos, no puedo evitar imaginar esas fiestas como las mejores que jamás se hayan celebrado. Con trajes de solapa, perlas, plumas, destellos dorados por todas partes, estatuas de hielo y torres de champagne.

Tampoco se le quedaría muy a la zaga el histórico baile de disfraces ‘Bal Beistegui’ que el millonario mexicano-español Carlos de Beistegui –Charlie para sus amigos –dio en el veneciano Palazzo Labia en 1951 para la ‘Gotha’ –lo que sería algo así como la guía de la nobleza en la que se recogen las dinastías y casas reales desde el siglo XVIII –y todo el cafe society del momento. 

El festejo sobre el Gran Canal, para el que las invitaciones se mandaron con hasta seis meses de antelación, contó, entre otros, con disfraces diseñados por el modista y fotógrafo británico Cecil Beaton o el mismísimo Salvador Dalí que vistió ni más ni menos que al diseñador Christian Dior. Precisamente, cuentan que algunos días antes de la cita se pudo presenciar una procesión de Rolls Royces llevando cajas de Dior sobre sus techos hacia el palacio.

Entre los invitados tampoco faltó el actor, director y guionista Orson Welles, quien precisamente también pondría voz al documental que recogió la que ha sido considerada la fiesta más grande el mundo. La celebrada en 1971 por el Shah de Persia para conmemorar los 2.500 años del Imperio Persa, pero que arruinó una improvisada tormenta de tierra que cubrió las finas vestimentas de todos los invitados.

Sea como fuere y sin tanta ostentación, que además no procede, sigamos disfrutando de la gran fiesta que es, sin duda y pese a las desazones y sufrimientos, vivir.

Poderosas

Esos días en los que una se levanta con el pelo revuelto, ojeras y una tez mustia, totalmente falta de brillo y lustre, no puedo evitar pensar en aquellas mujeres que con la cara lavada y una simple coleta lucen absolutamente poderosas. Soy de las que no acostumbra a salir de casa sin algo de maquillaje, al menos rímel y algo de rubor. Verme bien me ayuda a sentirme bien. Y no creo que haya nada de malo en reconocerlo. Quizás, en demasiadas ocasiones, se ha reprobado erróneamente la preocupación por engalanarse –sin llegar, obviamente, a la dismorfobia-.

Creo que en más de un artículo he confesado mi admiración por el modelo de diva italiana. Una mujer bella, sensual, contundente y completamente segura de si misma. Un modelo de belleza que ha resistido a los años y a las modas; que siguió vigente incluso cuando se imponían otros cánones más esbeltos. Un clásico que pocas encarnaron y encarnarán tan bien como la soberbia Sophia Loren. 

La actriz, ganadora de dos Oscar, a sus casi 90 años asegura que ahora se ve incluso más bella, que le gusta la imagen que le devuelve el espejo. Pero, sin poder poner en entredicho su rotunda hermosura, su magnetismo radica en su seguridad y su amor propio, en su determinación y energía.

La protagonista de ‘Matrimonio a la italiana’ que incluso pasó fugazmente por la cárcel, acusada de evasión fiscal, asegura en más de una entrevista que “nunca he renunciado a nada importante. Siempre he afrontado todo lo que me ha venido de manera fuerte y enérgica. Solo así puedes vencer”, reconociendo que ante cualquier miedo ha tenido “una fuerza dentro” que le ayuda a “expulsar cualquier debilidad”.

Fiel sucesora de esta ‘raza’ sería también la italiana Mónica Bellucci, icono de elegancia y estilo de la mano de Dolce Gabbana, quien a sus casi 60 años ha salvado cualquier estigma de la edad para le mujer en el cine defendiendo que “la verdadera belleza es un estado mental”, pues “miras tu cuerpo que va cambiando y piensas que es algo decadente pero por dentro eres igual, sientes tus emociones como antes”.

Decía Coco Chanel que “la belleza comienza con la decisión de ser uno mismo”. Bien, pues yo siempre he pensado que su fortaleza (la de estas mujeres) no estaba, o está, en ser guapa, algo obvio, sino en sentírselo. Eso es lo que las hace, tremendamente, poderosas.