Las lágrimas de Mónica

Reconozco que me gusta mi nombre, aunque no siempre fue así. Ya saben lo complicada que resulta, a veces, la adolescencia y lo ‘creativos’ que pueden ser los niños con los motes. Sin embargo, cuando logré dejar eso atrás y reparé en algo que había estado escuchando toda mi vida cuando se mencionaba mi nombre: “Como Santa Mónica, madre de San Agustín”,  descubrí la historia que había detrás de mi onomástica. Su celebración es el día 27 de agosto y a ella se encomiendan muchas madres que desean fortaleza o consuelo ante sufrimientos o conflictos con los hijos. Santa Mónica destacó por su enorme tesón y constancia para conseguir la ‘conversión’ de su hijo que, durante algún tiempo, llevó una vida bastante disoluta. Y aunque la muerte la sorprendió en Ostia cuando planeaba su regreso a casa con un Agustín ‘converso’, lo hizo, por fin, descansando en paz. Pero en este propósito famosas fueron sus muchas lágrimas por lograr aquel anhelo.

Hoy día, y ya desde mi perspectiva como madre, compruebo que hay poco en el mundo que pueda penar más que el dolor relacionado con un hijo. Y aunque ya he podido experimentar algún episodio así, gracias a Dios por situaciones que no resultaron gravosas, soy consciente de que aún me quedará mucho por llorar. Además, esta condición, la de madre, también me ha ‘regalado ’ una dimensión más de sensibilidad que estimula mis lágrimas, quizás, con mayor ligereza que en otro tiempo.

Mis lágrimas viajan en patera, acampan en campos de refugiados soportando frío y calor, mis lágrimas las provoca el hambre y las imágenes de niños abandonados a su suerte. Mis lágrimas asoman por otras lágrimas más pequeñas, más inocentes. Porque es humano llorar al ver el dolor de los demás, y debería ser normal. Lo que no es normal es que tengamos que llorar por niños asesinados por las manos de quien los deberían cuidar. No es normal que un joven pierda la vida por no ser como los demás, acuchillado por la espalda y a traición. Y desde luego no es normal que alguien muera entre gritos de ‘maricón’ de una brutal paliza. Eso sí que no es humano y, desde luego, no es normal. Hay cosas que siempre nos harán llorar pero, sinceramente, creo que necesitamos un cambio profundo en la sociedad que destierre los llantos por falta de humanidad. Y es que, cada ser humano es hijo, de alguna “Mónica” que ha llorado y llorará por él.  

Vidas con Rock and Roll

El pasado martes 13 de julio se conmemoraba el Día Mundial del Rock, una efeméride importante para cualquier amante de la música, en general, y de este género, en particular. Como nota histórica apuntaré que la fecha inmortaliza la realización, en 1985, de un mega concierto de rock ‘Live Aid’ (lo que se traduciría algo así como ayuda en vivo o en directo) simultáneo en las ciudades de Londres y Filadelfia para recaudar fondos con el propósito de paliar la crisis de hambre que soportaban países africanos como Somalia y Etiopía. A dichos escenarios subieron los mejores artistas y bandas del momento: Desde Queen, U2 o The Who a intérpretes como Mick Jagger, Tina Turner o Paul MacCartney. Yo, que tuve un día bastante complicado, celebré la ocasión con un temazo de Queen que siempre hace que me venga arriba: ‘Don´t stop me now’ e inmediatamente advertí la magia: como la vida, con banda sonora, es otra vida.

Recuerdo una película ‘Begin Again’ (Volver a empezar) en la que los protagonistas, ‘Gretta’ –Keira Knightley – y Dan – Mark Ruffalo – ponen música a los míticos rincones  y a la agitada vida neoyorkina, desde una azotea a una boca de metro, y todo se ve y se vive de forma diferente. Porque la música, muchas veces, pone la magia. ¿O tal vez sería la misma ‘Casablanca’ sin ese melódico sonido de piano del viejo Sam? Tampoco cabe más nostalgia que la que recoge la escena de karaoke de ‘Lost in traslation’ en la que Billy Murray interpreta, con voz quebrada, ‘More than this, there´s nothing’. Y qué sería de ‘La, La Land’ sin el maravilloso silbido del irresistible ‘Ryan Gosling’. La música pone el encantamiento, y en el caso de los enamorados del Rock, también, el movimiento, incluido el de caderas.

Es por eso que yo quiero una vida con mucho Rock and Roll, no para vivir rápido, morir joven y dejar un bonito cadáver – frase atribuida erróneamente a James Dean, que en realidad la pronuncia Humphrey Bogart en ‘Llamad a cualquier puerta’ –como bien podría resumir la trayectoria de muchas estrellas del Rock. Sino para vivir al ritmo frenético de este estilo musical, derivado de una mezcla de diversos géneros de música folclórica estadounidense, y llegar a la tumba derrapando después de ‘un buen viajecito’, como apuntaría el periodista Hunter S. Thompson. Y como, no tengo duda, habría hecho ‘La Carrá’ pues, sin duda, en su “para hacer bien el amor hay que venir al sur” hay mucho mucho Rock and Roll.

Noches de verano

Que diferentes saben las noches de verano pese a ser, rigurosamente, lo mismo. Que huella tan distinta tiene esas madrugadas frescas, dilatadas, benévolas e imprecisas. Madrugadas con impronta a salitre, a festival infinito hasta al alba, a paseo y helado o a conversaciones sobre el asfalto en hamaca de playa. El estío me traslada siempre a mi adolescencia y mi infancia. A mis veranos en el pueblo y vacaciones largas en las que, por las altas temperaturas, eran las noche lo que más se aprovechaba. A diferencia de la época invernal, las noches de verano dejan un trasiego de gentes y aventuras de las que ser testigo entretenido desde la callada observación del viandante.

Son las noches estivales las protagonistas de incendiarios amores de verano en los que parece agotársete el tiempo. Son madrugadas vagas y sosegadas en las que poco importan ya la recomendación de las 8 horas de sueño. Noches trasnochadas a la orilla del mar, en una terraza o en reuniones de vecinos en improvisadas tertulias de pueblo que nos darán la frescura para dejar atrás el hastío del largo otoño e invierno. Han sido mis noches de verano parte de mis mejores recuerdos; entre amigos forasteros que pasaban esta época con nosotros en el pueblo, siguiendo la estela de desenfadados festivales y conciertos o a la luz de una lámpara y libro aprovechando la falta de sueño.

Noches que también han tenido su propia banda sonora. Desde los temazos más famosos de ‘Camela’ en el reproductor de algún amigo de la pandilla en los 90, a algún hit de la mítica Tina Turner en el chiringuito de verano y, más recientemente, a repertorio de conjunto en una plaza de pueblo o música Indie y Rock; a canción de Izal, Vetusta Morla o Niños Mutantes.

Yo ya he empezado a flexibilizar mis horarios para disfrutar de estas horas robadas al sueño. Anoche, en un rincón delicioso de mi pueblo – Caravaca – saboreaba uno de esos exquisitos momentos compartiendo una caña con mi ‘Hombre del Renacimiento’ y arropando en los brazos a mi pequeño. Pensando que son de esos bonitos recuerdos de los que, probablemente, tiraré cuando vengan peores tiempos, porque es importante construir evocaciones sólidas y felices para cuando la melancolía y la tristeza intenten apoderarse de nuestro ánimo y pensemos que no hay consuelo. Volver entonces, regresar, a esas despreocupadas noches de verano en las que nos sentimos felices y eternos.

A mí pandemias que gestionar…

Cuando veo al ya más que familiar portavoz del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, acudir a su cita casi diaria con los medios de comunicación para informar y hacer balance de la crisis sanitaria en nuestro país, y sin juzgar si el buen hombre lo está haciendo bien o mal –estoy segura que lo mejor que sabe teniendo en cuenta la que le ha caído encima -, me pregunto por qué no han puesto a una mujer, y no es cuestión de género. Más concretamente a una madre de familia. Frivolizando un poco con el tema, aunque no tenga demasiada gracia, si una señora es capaz de sacar adelante un hogar con varios hijos, acudir y rendir en su trabajo y tener vida (más o menos ociosa) no hay pandemia que se le resista. Y es que seguro que muchas de vosotras –y quizás también vosotros –habéis tenido alguna vez esa sensación de que nada más podía ocurrir en un día de esos que ponen a prueba tu paciencia y autocontrol.

Un jueves cualquiera (ayer), después de reincorporarme a mi puesto tras el permiso por matrimonio con una ingente cantidad de tareas acumuladas y tras una semana de ausencias intermitentes en mi trabajo por una recurrente enfermedad de ‘El pequeño ratón’, comienzo la mañana ‘encerrada’ en la ducha mientras mi pequeño llora desconsolado, aún convaleciente, al otro lado del cristal. Este drama matutino, que se alarga hasta mi salida del hogar, provoca que llegue tarde a la oficina y con un nivel de estrés nada recomendable pero muy habitual en mis mañanas. La jornada laboral, por suerte, se desarrolla con el agobio propio de tener mucho pendiente pero sin incidentes reseñables.

Cuando llego a casa los llantos y las rabietas continúan acompañados de gemidos: “Mamá, mamá, mami, mamáaaaa”, repite así como un mantra, imagino que buscando consuelo. Alivio que en mi estado de desazón me cuesta proporcionar. Por no hablar de que un día antes recibí, por fin, la vacuna y, aunque no he tenido demasiados efectos secundarios, el dolor de brazo se suma a las tres noches sin dormir (por enfermedad del bebé). Justo entonces recibo la llamada de mi editor diciéndome que el artículo lo necesita para hoy, no para mañana (viernes), porque adelantamos un día la publicación. Además, se me rompe el lavavajillas y no deja de salir agua por debajo, que intento achicar mientras escribo estás líneas. ¿Algo más puede pasar? Y pienso ¡Pandemias a mí… Ja!

Y cuando siento que el caos absoluto reina en mi casa y en mi vida miro al frente y veo a mi pequeño en el suelo, entre cojines, leyendo cuentos con su papá y pienso que, después de todo, el día no ha ido tan mal.

De rebajas

Si algo he aprendido en mi decena de años de compradora, casi compulsiva, es que para ‘hacer’ unas buenas rebajas lo más importante es no necesitar nada. El ‘truco infalible’ de las súper blogueras e influencers de moda de hacer una meticulosa lista con los artículos que una requiere para no comprar de más conmigo nunca ha sido efectivo. Raras ocasiones he encontrado en periodo de descuentos lo que en ese momento concreto iba buscando. Con lo que al final he acabado comprando un montón de cosas que no necesitaba y, además, volvía a casa con el saldo de mi cuenta considerablemente reducido y un absurdo sentimiento de frustración por no haber adquirido lo que esperaba.

Así que, a lo largo de los últimos años, he desarrollado mi propia técnica para ‘abordar’ las rebajas. Si tengo tiempo, algo que en estos meses es impensable, suelo hacer un pequeño barrido por las webs de mis marcas habituales y así tengo una ligera idea de si me merece la pena invertir en éstas. De ser así, como ahora los descuentos se adelantan por Internet, la noche en que comienzan dedico un ratito, desde la cama, a llenar mi ‘cesta de la compra’ virtual y hacer un gran pedido que me probaré detenidamente en casa. De esta operación suelo quedarme con aproximadamente el 50% de lo adquirido. Y entonces me olvido por completo de las rebajas.

Será unas semanas después, cuando éstas están a punto de terminar, cuando hago mi segundo asalto. Para éste prefiero hacerlo físicamente en tienda. Es verdad que hay menos cosas y tallas escogidas pero, como no necesitas nada, si tienes la suerte de encontrar alguna prenda de tu talla y que te convenza suele ser una verdadera ganga. He comprado pantalones por 5 euros, vestidos que posteriormente he utilizado para celebraciones y eventos por poco más de 15 euros y zapatos maravillosos de marca por 20 euros siguiendo está técnica. Y en esta ocasión el sentimiento es de absoluta victoria. Te vas a casa con una ingente cantidad de ropa y complementos por estrenar por poco más de 100 euros.

Por último, hay dos patrones que también suelo repetir tanto en las de verano como en las de invierno. Suelo comprar alguna pieza especial de precio prohibitivo que tenga un buen descuento: bolsos, zapatos, alguna joya o prenda exclusiva; sobre todo si son un buen fondo de armario. También me gusta arriesgar con algo que no sea de mi estilo, aprovechar la rebaja, e incluirlo en mi armario para contar con cosas más valientes y atrevidas. Y con todos estos consejos, o los vuestros propios, nos vemos en las rebajas.

Retomando el vuelo

El lunes volvía a montar en avión desde hacía bastante tiempo. La última vez fue en un viaje exprés, de fin de semana, en pareja a Roma para celebrar un cumpleaños. No tengo, especialmente, miedo a volar. Quizás si me trastorna un poco todo el proceso previo de facturación y colocación de maletas, entre otras cosas porque las mías siempre pesan más de lo que deberían, y la posterior recogida, con el miedo a que las hayan podido extraviar, y llegada al lugar de destino. Aunque tengo que reconocer que esta vez sí lo viví con cierta inquietud. Era la primera vez que volaba con mi pequeño y desconocía cuáles iban a ser sus sensaciones y reacciones a esta nueva experiencia. Yo había leído todas las recomendaciones y trucos que encontré por Internet para viajar con un bebé. Pero ya sabemos que la teoría y la práctica no son siempre coincidentes cuando de niños se trata. 

La aventura no comenzó del todo bien, pues apenas nos habíamos ‘acomodado’ -esto es muy relativo cuando vuelas en Ryanair -en nuestros asientos – por los que me cobraron suplemento al querer elegir ir juntos – ‘El pequeño ratón’ comenzó a gritar pidiendo calle… y aún quedaban tres horas de vuelo; que, por cierto, yo pensaba eran dos pues no había tenido en cuenta el cambio horario al consultar la hora de llegada. Esto lo descubriría cuando el piloto se dirigió a nosotros para anunciar que aún quedaban 55 minutos de vuelo; y yo pensando que debíamos estar llegando. Por suerte, el pequeño se relajó y se durmió en mis brazos, pues aunque pagan billete reducido no cuentan con asiento reservado. Su descanso hizo posible que experimentase cierto relajo y comenzase a ser consciente del resto de circunstancias que me rodeaban. 

Por primera vez en un avión no pasé frío, pero desgraciadamente repetía presencia relativamente incómoda a mi lado. Imaginé que sería militar, por su indumentaria, y aunque el aspecto no era descuidado, el fuerte olor que desprendía resultaba tremendamente molesto. No parecía mal tipo, quizás algo rudo, serio y callado. Para olvidar el  hedor traté de concentrarme en algo y acabé intentando descifrar el significado de los tatuajes que otro de los pasajeros llevaba en piernas y brazos. Pero, de repente, mi mirada se fijó en el libro 

que ‘El hombre del Renacimiento’ hojeaba: ‘Lírica de lo cotidiano’, de Miguel Ángel Herranz, y un poema  salió a mi encuentro: 

“Detente en todo 

y que nada 

te detenga”. 

Y sonreí al pensar que precisamente eso estaba haciendo.

Sí, quiero

Foto de Charlie Balibrea

Muy probablemente, sobre todo si no ha sido demasiado madrugador, yo me estaré casando mientras lee esto. ‘Vestida de blanco’, como cantaba ‘La Durcal, “camino del altar”. No ha sido una boda excesivamente organizada, ni premeditada, ni siquiera esperada. Ha sido como todo en nuestra vida –de pareja -, circunstancial, providencial y, seguramente, necesario. Una larga serie de caprichosas casualidades, o causalidades, me pusieron en tu vida en el tiempo y lugar indicado. Pero no basta con eso, además, hay que ser valiente y osado para jugársela; y nosotros, compañero, decidimos aventurarnos. Quizás con ciertos titubeos y la zozobra que provoca lo ya vivido y acumulado, pero, también, con el convencimiento de que era mejor arriesgar, incluso con la opción de fracaso, porque en caso de victoria iba a ser muchísimo más lo conquistado. Y eso que entonces ni vislumbrábamos la familia que, a día de hoy, hemos formado.

Para saciar sus instintos de curiosidad, apuntaré que, pese a ir de blanco, no soy una novia del todo convencional. Con rejilla en la cara, largo midi, talle entallado, escote corazón y mangas abullonadas he elegido un look Sophia Loren, pues si hay que deslumbrar qué mejor opción que emular a la diva italiana. Labios borgoña, sin sostén y melena alborotada, pues una se casa una vez en la vida y yo persigo la suerte de la actriz romana, pues se casó dos veces con el que fuera el amor de su vida,  y no tanto la de su coetánea Elisabeth Taylor que coleccionó, en vida, hasta 8 matrimonios; aunque quizás haber compartido lecho con Richard Burton lo compensara.

Se ha dicho que somos la generación del miedo al compromiso y, quizás, las estadísticas así lo ratifican; sin embargo, creo que se trata más de una cuestión de tiempo que de fe en lo que se está haciendo. Muchos de los míos nos hemos casado o comprometido porque “era lo que tocaba”, “porque después de muchos años de novios, se esperaba”, “porque era el siguiente paso en una vida, más o menos, normal y ordinaria”. Pues nosotros, ‘Hombre del Renacimiento’, hemos desafiado todos esos tiempos, estableciendo un calendario propio en el que nuestro mayor compromiso, que es nuestro hijo, lo sellamos con menos de un año de noviazgo. Y una vez que compartimos eso no hay juramento más ‘sagrado’, pues esto sí que nos une de por vida, en lo bueno y en lo malo. Por eso, si me preguntas, no puedo estar más convencida de lo que hoy hago. Sí, quiero. Por quien eres, por quienes somos y por quien soy estando a tu lado.

Pequeñas cosas

El pequeño ratón modelando barro con El hombre del Renacimiento

‘Tempus fugit’ que ya auguraban los romanos haciendo alusión a los versos del poeta latino Virgilio: “Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus” –Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo -. Y es que si, como decimos más coloquialmente, el tiempo siempre vuela, cuando uno parece haber cumplido cierta edad, pisa directamente el acelerador. Echando la vista atrás me pregunto donde están mis últimos diez años, por decir algo. Parecen poco más que un exhalación. De ahí que, cuando me preguntan por alguna fecha, últimamente, soy incapaz de acertar y calcular un año. Y esto se agrava aún más cuando tienes niños porque entonces el tiempo literalmente se escabulle. Sin apenas darte cuenta pasas de tener un bebé entre tus brazos a luchar para que un preadolescente no se te escape de las manos.  Y este tiempo jamás se muestra piadoso, sino que pasa inexorable. Lo que se fue nunca vuelve y lo que se perdió tampoco se hallará.   

Esta fugacidad, por instantes, nos alecciona para deleitarnos con cada momento, pues por simple o sencillo que parezca un gesto, se convertirá en un preciado recuerdo. Así, inmersa en una vida de locura, intentando conciliar vida familiar, laboral, maternal y personal, pienso en las pequeñas cosas que, por falta de tiempo y restricciones COVID, tanto echo de menos. Porque si algo ha puesto de manifiesto esta privación de libertad es que somos capaces de disfrutar con bien poco y que es lo poco, lo pequeño, lo que hemos extrañado más en esos momentos.

 A nuestra edad, ya os habréis dado cuenta  de que ser perenemente feliz no puede ser la meta, porque las utopías quedaron en la veintena y, para los más tardíos, al comienzo de la treintena; aunque hay quien aún las extiende hasta la cuarentena. Sin embargo, con lo años hemos aprendido a ser felices en las pequeñas cosas: en los cafés con libro y manta en las tardes de inverno; en ver la lluvia tras la ventana en primaveras, como ésta, especialmente mojadas; en conversaciones banales, o todo lo contrario, con los amigos de siempre; en el asombro de descubrir nuevos lugares; en la posibilidad de verse en una sonrisa cómplice (sin mascarillas); en contar las horas de la madrugada acurrucada con los tuyos… en saber que la felicidad, como el tiempo, no es eterna pero que, afortunadamente, hemos comprobado y tenemos la certeza de que se puede experimentar la eternidad por momentos. 

Cómo se forma a un lector

Hace unas semanas, celebrábamos el Día del Libro participando en familia en una bonita iniciativa que ponía en marcha una biblioteca local para conocer los relatos favoritos de sus usuarios. Así, libro en mano, buscamos un entorno coqueto para acompañar nuestra puesta en escena y grabar las intervenciones. ‘El hombre del Renacimiento’ eligió para la ocasión, como homenaje al joven poeta fallecido recientemente, un poema del libro ‘Érase una pez. Pequeños poemas para niños gigantes’, de Miki Naranja. Nosotros, ‘El pequeño ratón’ y yo, hicimos lo propio con un cuento de la serie ‘De la cuna a la luna’, de la editorial Kalandraka, que regalamos a nuestro bebé cuando tenía apenas un mes y que, desde entonces, lo han acompañado en casa, siempre visibles y siempre a mano, convirtiéndose en unos de sus preferidos.

Días después, sorprendíamos al pequeño alcanzando el ejemplar de ‘Crimen y Castigo’, de Dostoievski, que su padre tiene en la mesilla intentando, con el gesto serio e incluso en ceño fruncido, imitar la posición y la actitud lectora de papá. Y este hecho nos invitó a hacernos una pregunta: ¿Cómo se forma a un lector?

En nuestro caso, quizás, no ha sido una decisión meticulosa y concienzuda pero, descuidada y naturalmente, los libros siempre han estado a su alcance y muy presentes. Los nuestros, por supuesto, que toman posiciones y coronan cada una de las estancias y muebles –e incluso el suelo –de nuestro, temporalmente, pequeño apartamento. Pero también los suyos propios. Esa pequeña biblioteca improvisada que hemos instalado en la mesita auxiliar junto al sofá y en la que los cuentos, amontonados y desordenados, están a su disposición para que pueda cogerlos, examinarlos y hojearlos. Los conoce perfectamente: el de ‘El Monstruo de los colores’, el del ‘Cocodrilo’, ‘El Pollito Pepe’ o ‘La oruga glotona’. Para que así, entre dibujos y juegos, nuestro hijo se vaya asomando al maravilloso cosmos de la literatura.

Estos últimos meses, también, ha venido aprendiendo que los libros hay que cuidarlos, que son objetos importantes, que hay que tratarlos con mimo y que, además, tienen su lugar en la casa. Así, ha descubierto que hay otro tipo de cuentos que, aunque ya llaman su atención, custodiamos para cuando pueda apreciarlos y entenderlos. Uno de los primeros que le regalamos fue un libro de poemas de Antonio Machado que compramos en una visita, en Sevilla, al Palacio de Las Dueñas, donde naciera el escritor 1875.

Y es que, como han repetido innumerables autores, un libro puede ser el mejor amigo del hombre. Ojalá, estos pequeños compañeros de viaje que hoy ponemos a su mano, en forma de cuentos, se conviertan, algún día, en los inmensos y maravillosos universos que la literatura puede regalarle.

La Belleza

Siempre pienso en lo mucho que me hubiese gustado tener algún talento. Y, cuando digo esto, me refiero a algún talento artístico. Reconozco que soy capaz de realizar con cierta soltura y destreza unas cuantas ocupaciones y labores; pero, lamentablemente, no he conseguido dominar el arte en ninguna de sus facetas. Si hay algo que debería evitar en público, por vergüenza propia y ajena, es cantar o, incluso, tratar de entonar cualquier pieza. Aunque, desde que soy madre, parezco haberlo olvidado por momentos, para desgracia de los que me rodean. Y eso que mi madre se esforzó apuntándome a solfeo cuando aún iba al colegio. Pero después de varias semanas intentándolo le pedí que me ‘sacara’ porque no fui capaz de diferenciar entre una corchea y una negra. Es simplemente una anécdota que ella dice que ya ni recuerda, pero marcaría para siempre mi incapacidad y mi complejo con la música. Si hablamos de pintura, tengo que reconocer que fue con aquel truco del 6 y el 4, que me enseñó mi abuelo, con el que dibujé mis mejores retratos. También intenté escribir poemas, pero esta vez fue mi profesor de Literatura quien sutilmente me animó a dedicarme a los comentarios y críticas, pues no se me daban mal, y dejara a otros las rimas y la métrica. Con los años estudié periodismo, quizás –o no –fruto de aquel encargo.  

Mi carrera profesional, por suerte, me ha acercado a tantos artistas que he disfrutado del arte y de las obras de otras muchas formas y maneras. Sin ser ni artista ni experta. También por mi trabajo, he coqueteado con la fotografía asumiendo que no soy más que una aficionada que, objetivo en mano, a veces incluso acierta. Pero, poco o a poco, asumí, con cierta pena, que las bellas artes no estaban al alcance de mis habilidades y destrezas.

Sin embargo, no he dejado que mi manifiesta insolvencia artística influyese en mi preparación para acercarme y apreciar la belleza. Mi ‘complejo’ artístico jamás ha impedido que leyese, escuchase música, acudiese a museos e, incluso, ahora esté estudiando ‘Historia del arte’ como segunda carrera. Porque, aunque considero que la sensibilidad artística es un don con el que algunos cuentan, no tengo duda de que hay que cultivarla desde la formación y la aproximación a sus diversas expresiones y estéticas. Y, con el tiempo, he descubierto que mi insatisfacción se calma y se serena contemplando y disfrutando la belleza que otros crean; porque la belleza siempre genera belleza. Será por eso, quizás, que puse un artista en mi lecho, en mi alma y en mi cabeza; porque, como cantaba Aute, yo también emprendo ese viaje de contar con la certeza de encontrar en su mirada ‘La Belleza’.