Poética del cuidado

Hay tareas, quehaceres y menesteres -como decía mi abuela – que, muchas veces, pasan desapercibidos por lo cotidiano, habitual y rutinario de los mismos. Cuidar es una de esas ocupaciones casi invisibles. Es un trabajo callado, prudente y discreto, a la par que constante y sostenido; pero completamente crucial, decisivo.

El cuidado se expresa en gestos mínimos: una mano que sostiene, un plato caliente esperando en la mesa, una presencia que ahuyenta miedos y monstruos, un soplo –mágico –que cura heridas, brazos que reconfortan y mimos que compensan y desagravian tormentos. Son actos que parecen simples pero construyen refugios. Actos que sustentan la certeza y la tranquilidad de que alguien vela y permanece y de que no todo es intemperie.

El cuidado es sensibilidad, escucha, tiempo y presencia. Cuidar no es una ciencia exacta, son intentos llenos de amor. Cuidar es decirle a alguien que su vida importa. Es vigilar los sueños ajenos. Es quedarse cuando pide huir el desaliento. Y es que hay cuidados que justifican y salvan vidas, porque se cuida lo frágil, lo indefenso.

Pero lo frágil no siempre es débil. A veces es apenas algo que está naciendo o, quizás, concluyendo. Sostener lo frágil implica una ética distinta. Quien cuida aprende a medir sus gestos, a bajar la voz y a moverse más lento. Ha entendido que no sólo se trata de construir cosas sólidas, también supone no destruir lo delicado.

Hay personas que hacen del cuidado su vocación y dedicación. Yo he tenido muy presente su alcance y valor en la entrega, la renuncia y la atención firme y decida de mi madre. Y lo he ejercido, verdaderamente, al adoptar, también, este rol con mis pequeños. Cuando llega un hijo la vida aprende otro ritmo, un ritmo marcado por la respiración de quien depende de ti. El tiempo, tu tiempo, se quiebra en pedazos pequeños que se cuentan entre horas de sueño prestado.

Los niños no saben que es el cuidado, pero sí saben reconocerlo: en la voz que regresa, en la puerta que siempre se abre y en la mirada que da seguridad y rescata. Ese cuidado moldea su forma de ser y estar en el mundo. Así descubren, desde pequeños, que éste puede ser un nido, un cobijo, y no sólo un abismo.

Cuidar también transforma al que lo ejerce. En el cansancio aparece una nueva ternura. En la renuncia un significado distinto del logro. Quien cuida ensancha sus ojos que miran por dos, afina sus manos que se vuelven más suaves y tiernas y mide su felicidad en caminos y pasos ajenos.

Sin duda, hay poética en el cuidado de lo pequeño, de lo que puede romperse. También la hay en el cansancio del que sustenta, en las manos que siguen aunque tiemblen y en el cuerpo que se vuelve amparo y abrigo. Porque, tal vez, sostener lo frágil sea, al final, una forma de sostener la vida misma.

Cuando sólo apetece silencio

Qué decir cuando sólo apetece silencio. Hay días y semanas en las que uno no quiere escribir nada, no quiere hablar de nada, no quiere escuchar, no quiere leer… ni ninguna otra cosa que no sea silencio, rotundo y profundo, para asimilar la catástrofe, para sobrellevar el dolor, para no pensar en nada más que en la importancia que tiene la vida.

Una tragedia no necesita rozarnos para quebrarnos. Basta un titular, una imagen, un nombre desconocido. Ocurre lejos o cerca, pero el impacto atraviesa el cuerpo y deja un helor frío. De pronto, la vida propia se detiene y se observa desde otro lugar: más frágil, más breve, más valiosa. Lo cotidiano pierde dramatismo y gana sentido. Lo urgente se vuelve accesorio. La desdicha ajena nos devuelve, paradójicamente, a una realidad menos cruel y nos obliga a agradecer lo que aún permanece en pie. Nos recuerda que la vida no avanza en línea recta, que la estabilidad es apenas un acuerdo momentáneo con el azar, que todo lo que creemos firme puede desmoronarse en un segundo.

Entonces la mirada cambia. Nuestra rutina se reordena. Las quejas pierden voz, los problemas se encogen. No porque desaparezcan, sino porque el infortunio y la fatalidad imponen otra escala, otro lenguaje. Nos devuelve, con una crudeza inesperada, a nuestra propia existencia: más cómoda, más silenciosa, menos rota de lo que solemos reconocer.

En ese contraste nace una conciencia incómoda. Una mezcla de culpa y gratitud, de dolor y claridad. Culpa por el tiempo desperdiciado en enojos menores, en ausencias evitables, en palabras no dichas. Gratitud por seguir aquí. Por tener un cuerpo que responde, una casa que espera, un nombre que alguien pronuncia con cariño. Agradecer no es resignarse ni mirar hacia otro lado; es reconocer el milagro de lo que permanece.

Las tragedias también desarman las certezas. Rasgan con violencia el velo de las prioridades falsas, erosionan el culto a la prisa, al éxito, al control. Nos obligan a preguntarnos qué vale cuando todo lo demás se cae, qué queda cuando lo accesorio se desaparece. Y casi siempre la respuesta es sencilla y brutal: quedan los vínculos, la presencia, la posibilidad de cuidar y ser cuidados.

Siempre que algo así ocurre, miro a mis hijos y siento la fortuna de poder estar para ellos. De poder atenderlos, socorrerlos y asistirlos, aunque haya días que esa asistencia resulte agotadora y frustrante. Aunque haya momentos en los que cuestiones tu entregada rutina y tu falta de espacio. Cuando nada más queda, es precisamente eso lo que más quieres, lo que más agradeces. Entonces, también dirijo la mirada a mi marido y lamento las muchas veces que me he callado, por descuido o por inercia, un ‘te quiero’, ‘te agradezco’ o ‘te necesito’ y hago propósito de enmienda.

Y es que cuando el impacto se enfría y la noticia deja de ocupar el centro, queda una responsabilidad íntima. No olvidar. No volver intactos a la comodidad de la indiferencia, al automatismo de la queja. Porque si una tragedia lejana fue capaz de sacudirnos así, es porque nos habló de nosotros mismos. Nos recordó que vivir es frágil, breve y profundamente valioso. Y que agradecer, en silencio, a viva voz y con conciencia, también es una forma de aprender a vivir mejor.

Porque cuando sólo apetece el silencio quizás sea por una, a veces, tan necesaria reflexión y conversación interior.

Mi silencio, mi oración y mi ternura con los familiares y víctimas de los terribles accidentes ferroviarios en nuestro país.

El arte de sentarse a leer

Dicen que 2026 será el año analógico. Quizás la afirmación sea un poco exagerada, pero es cierto que se empieza a percibir cierto cansancio y fatiga hacia lo digital. Hay una reacción al entusiasmo tecnológico de hace unos años, a la hiperconectividad, a las notificaciones constantes y a las pantallas omnipresentes que busca espacios más reales, lentos y controlables. No se trata, en ningún caso, de una renuncia total a la tecnología sino de un ligero desplazamiento que la convierta en una herramienta en vez de un entorno permanente. Vuelven los cuadernos, las cámaras de carrete, los vinilos… es casi una revolución cultural, simbólica y estética que hace a muchos nostálgicos no sentirse completamente anacrónicos.

En mi caso, y aunque reconozco que mi teléfono es mi instrumento de trabajo principal, hay ciertos rituales y protocolos que me he resistido a abandonar; como el uso de una agenda clásica para mi organización o la lectura directamente en papel.

Sentarse a leer es, hoy más que nunca, un gesto cargado de significado. Abrir un libro y entregarse a sus páginas es un desafío suave, una rebeldía sin estridencias. Leer no interrumpe el mundo: lo suspende. Tal vez por eso, más que un hábito, leer se ha convertido en un arte.

No se trata solo del acto físico —buscar una silla, acomodar el cuerpo, apoyar el libro sobre las manos—, sino de una disposición interior. “Leer es respirar, es devenir”, escribió la novelista y guionista francesa Marguerite Duras, y en esa frase se puede condensar la experiencia profunda de la lectura. Al sentarnos a leer, el tiempo deja de ser una línea recta y se vuelve espiral; avanza, retrocede, se detiene. El reloj continúa su marcha, pero el lector habita un tiempo propio, más lento, más humano.

Hay en la lectura un ritual silencioso que se parece al recogimiento. Italo Calvino, periodista y escritor italiano, aconsejaba: “Busca la postura más cómoda, el sillón más acogedor, el lugar donde nadie te moleste”. No es una recomendación menor. Leer exige cuidado, casi ternura: hacia el texto y hacia uno mismo. En ese espacio protegido, las palabras pueden desplegar todo su poder, que no es el de imponer, sino el de sugerir, proponer, sembrar dudas.

La lectura propone profundidad. Cada libro amplía los límites de nuestra experiencia. Leer nos permite habitar otras conciencias, comprender dolores ajenos, imaginar futuros distintos. Es un ejercicio radical de empatía, una escuela de humanidad. Pero la lectura no es sólo viaje: es espejo. A menudo creemos buscar historias, cuando en realidad nos buscamos a nosotros mismos. En las páginas de un libro encontramos palabras que no sabíamos cómo decir, pensamientos que creíamos exclusivamente nuestros, emociones que por fin se sienten nombradas. El lector se reconoce en lo leído, y en ese reconocimiento se ordena, se interroga, se transforma.

Leer nos enseña que la realidad no cabe en consignas ni en respuestas inmediatas. Nos entrena para la duda productiva, para la paciencia del pensamiento, para la escucha atenta. Como afirmaba Borges, “siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”. No porque allí estén todas las respuestas, sino porque allí las preguntas pueden hacerse con calma.

No puedo sentirme más reconfortada y tentada por esa visión de cielo, sobre todo ahora que, desde que soy mamá, leo menos que nunca. Aunque también sé que los libros están ahí. Aguardan. Esperan.

Elegir una silla, un silencio y un libro es preferir profundidad frente a ruido, duración frente a prisa. Es recordar, página a página, que aún somos capaces de detenernos y pensar. Y que, mientras haya alguien dispuesto a sentarse a leer, el lenguaje —y con él, el mundo— seguirá teniendo un lugar donde detenerse y dilatarse.

A mis amistades

Conozco a mucha gente de mi generación y generaciones anteriores que presume de sentirse, encontrarse y actuar como cuando tenía veinte años. Y aunque, a priori, pueda parece algo favorable y propicio, por aquello de mantenerse joven de espíritu; nada más lejos de la realidad: la experiencia y la madurez traen consigo numerosas cualidades, excelencias y virtudes de las que uno carece en su mocedad y lozanía.

Hasta los sentimientos cambian de intensidad con los años. Así, por ejemplo, cuando uno es joven bien puede corear aquello que cantaba Roberto Carlos: “Yo quisiera tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Y es que, por esos entonces, el vigor, el ímpetu y el nervio nos vienen dados del grupo, por ese sentimiento de pertenencia y participación.

Es en esta edad, difusa, luminosa e irrepetible, en la que la amistad se vive en plural. La adolescencia y la primera juventud se pueblan de nombres, rostros y voces que parecen estar destinados a acompañarnos para siempre. Se es amigo con una facilidad casi instintiva, como si la mera coincidencia en el tiempo y el espacio bastara para sellar una alianza duradera. Entonces, la amistad es multitud, es ruido, es promesa: una forma de afirmarse en el mundo a través de los otros. En esos años iniciales, el afecto no exige demasiadas explicaciones. Se vive de mantera expansiva, casi voraz. La amistad juvenil cumple una función casi esencial, la de acompañar el nacimiento de la identidad, de ofrecer complicidad cuando todo está por definir.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la vida va afinando sus exigencias. El calendario se vuelve más estrecho, las responsabilidades más densas y las decisiones más definitivas. El tiempo deja de ser ilimitado y vasto para convertirse en un bien muy preciado que se administra con cuidado. Y en ese proceso, sin una voluntad o acción explícita, la amistad comienza a transformarse.

La multitud se disuelve. Los nombres se reducen. No por desamor, sino por decantación. Hay amistades que quedan suspendidas en el recuerdo, otras se apagan en la distancia y el tiempo, otras simplemente han cumplido su ciclo y se retiran con discreción. Lo que en la juventud era presencia constante se convierte en memoria agradecida.

En la madurez, los amigos son pocos, pero esenciales. Ya no se sostienen en la frecuencia sino en lo profundo, en la hondura. No reclaman atención permanente ni explicaciones constantes. Comprenden los silencios, aceptan las ausencias, celebran los encuentros con una moción sobria y templada. Son amistades que han resistido el tiempo, los cambios, las pérdidas y las incorporaciones.

Con estos amigos se habla menos, pero se dice más. La conversación pierde ligereza, pero gana verdad. Aparecen temas que antes se trataban de evitar: el miedo, el fracaso, la fragilidad, la conciencia de límite, el recuerdo y el recelo al olvido. La amistad se convierte entonces en un espacio de reconocimiento y aprecio mutuo, donde no es necesario disimular ni exhibir. Ya no se trata de estar en todo, sino de estar cuando importa.

Quizás crecer consista, pues, en pasar de ese “millón de amigos” a lo que el mismo músico brasileño entonaba en otra de sus conocidas letras refiriéndose a aquel “amigo del alma” que resulta el más cierto en horas inciertas. Madurar, entre otras cosas, supone esa reducción que no es una pérdida, sino una forma más consciente y serena de entender la amistad.

Cuando dejar de exigirse también es avanzar

A cada comienzo de año le acompaña una silenciosa e insistente presión: la de reinventarnos. Enero llega con sus interminables listas de propósitos en las que prometemos convertirnos en personas más disciplinadas, productivas y exitosas. Comer mejor, hacer más ejercicio, leer más, ser más rigurosos en el trabajo, organizarnos mejor… El ritual se repite cada Navidad y aunque, a priori, la invitación al cambio puede ser una forma de motivación; muchas veces, esta práctica se convierte en un discurso de autoexigencia que nos acusa y nos culpa constantemente.

Frente a este escenario, hace unos días escuché por primera vez el concepto de ‘antipropósito’. Al principio pensé que era uno de esos vocablos ridículos que a menudo se ponen de moda. Sin embargo, tras una pausada reflexión, entendí que quizás esta última aportación traía a mi vida una alternativa rebelde y liberadora.

Hablar de antipropósitos no supone rechazar el crecimiento personal ni instalarse en la apatía. Proponen algo mucho más radical en una cultura obsesionada con el rendimiento: dejar de exigirnos cambios profundos y vitales sólo porque el calendario lo dicta.

Los tradicionales propósitos de Año Nuevo parecen asumir que el 31 de diciembre somos insuficientes y que el 1 de enero, de forma repentina y casi prodigiosa, deberíamos ser disciplinados y constantes, entre otras cosas. Pero la realidad es que el cansancio, las dudas y la desgana no desaparecen con las campanadas y los fuegos artificiales. Pretenderlo no hace más que aumentar la distancia entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser; y lo que es peor aún, hace crecer sentimientos de incapacidad, descuido, inercia y dejadez que se instalan y habitan en nosotros.

Los antipropósitos proponen exactamente lo contrario. En lugar de sumar exigencias, invitan a restarlas. Nos preguntan qué podemos dejar ir o soltar. Soltar la obligación de ser productivos todo el tiempo. Soltar la comparación constante con los demás. Soltar la idea de que descansar es perder el tiempo. En ese gesto hay una forma de cuidado que rara vez se promueve.

Resulta profundamente liberador aceptar que no tenemos que cumplir con todas las expectativas, ni siquiera con las propias. Vivimos en una sociedad que glorifica el esfuerzo permanente y que sospecha del descanso. No hacer, no avanzar, no mejorar se ven como una falta o imprudencia. Sin embargo, escuchar el cansancio, respetar los límites y permitirnos ir más despacio también es una forma de responsabilidad, aunque no siempre sea reconocida como tal.

Somos procesos cambiantes, llenos de pausas, contradicciones y desvíos. Habrá momentos de energía y otros de agotamiento, etapas de claridad y otras de duda. Pretender sostener el mismo nivel de motivación todo el año no sólo resulta irreal, sino injusto con nosotros mismos. Además, avanzar no siempre significa ir hacia adelante: a veces es quedarse, parar o incluso retroceder un poco.

En un mundo que nos exige ser mejores versiones de nosotros mismos de manera permanente, los antipropósitos son un acto de resistencia. Un recordatorio de que no tenemos que demostrarnos nada para merecer tranquilidad. Tal vez el verdadero gesto revolucionario de este año sea no prometernos nada extraordinario, sino algo mucho más humano: tratarnos con mucha más paciencia y amor. Y es que a veces, simplemente vivir ya es suficiente.

Navidad: tradiciones heredadas y nuevos ritos creados en casa

En casa siempre hemos celebrado la Epifanía por encima de cualquier otro advenimiento o entrega de regalos y presentes en Navidad. Como dice mi hijo: “somos muy fans de los Reyes Magos”. Es una tradición que, tanto el Hombre del Renacimiento como yo, mantenemos desde la infancia y tratamos de arraigar en nuestra familia. Sin embargo, en los últimos años, adaptándonos a los nuevos tiempos y a los deseos de nuestros pequeños, aprovechamos la llegada de Santa Claus para sorprendernos con algún pequeño detalle.

Así, hemos incorporado la nueva costumbre de recibir en Nochebuena un libro por cada miembro de la familia. Entre las dádivas y aguinaldos de esta ocasión se encuentra un bonito cuento ilustrado que, precisamente, recoge algunas de las prácticas, curiosidades, personajes y símbolos de las Navidades de todo el mundo: ‘Navidarium’. Hojeando sus páginas reflexionaba sobre como cada país y cultura ha ido adaptando esta universal celebración a su propia identidad, y pensaba que con las familias ocurre más o menos lo mismo.

Las tradiciones navideñas funcionan como una memoria colectiva. En Alemania, por ejemplo, los mercadillos llenan las plazas desde finales de noviembre y el calendario de adviento marca la espera día a día. En México, se recrean posadas que recuerdan el peregrinar de María y José antes del nacimiento en el pesebre. En Japón, donde la Navidad no es una festividad religiosa mayoritaria, se ha extendido la práctica de comer pollo frito y compartir la fecha como una celebración social. En Noruega, se esconden las escobas la noche del 24 por una antigua creencia popular que decía que las brujas y malos espíritus podían robarlas.

Estas costumbres, curiosas y solemnes, muestran que la Navidad no es un molde único. Es una construcción cultural que se adapta al contexto, la historia y las creencias de cada sociedad. Sin embargo, en el ámbito del hogar, muchas veces se vive como un ritual rígido: la misma comida, los mismos adornos, las mismas escenas reproducidas año tras año. Y aunque esta repetición ofrece seguridad también puede vaciarse de sentido, sobre todo para los más jóvenes.

Las tradiciones navideñas cumplen una función social, religiosa y emocional. Ordenan el tiempo y nos reúnen alrededor de símbolos compartidos. Pero también es cierto que las familias cambian. Cambian sus integrantes, sus creencias, sus ritmos y sus desafíos. Pretender que una tradición sea inmutable es desconocer la vida misma. Aferrarnos sólo a lo heredado puede convertir la Navidad en una reiterada escenografía, en la que estemos más pendientes de cumplir que de sentir. Por eso, además de honrar estas prácticas recibidas, es importante atreveros a crear rituales propios que den identidad a nuestra familia y se transformen en recuerdos para las próximas generaciones.

Crear rituales propios no significa romper con el pasado, sino dialogar con él. Pueden ser tan simples como decorar el árbol juntos escuchando Villancicos, dar un paseo nocturno para ver las luces de la ciudad o reservar un momento de silencio para recordar a quienes no están. En su repetición anual, estos gestos construyen pertenencia y revelan como es nuestra Navidad.

Hoy miro las tradiciones que heredé con agradecimiento, pero ya no con rigidez. Honrarlas es un gesto de gratitud; crear las propias es un acto de responsabilidad amorosa. Las tradiciones nos permiten transmitir que la Navidad no es una lista de obligaciones, sino una oportunidad para elegir cómo estar juntos. En un tiempo marcado por las prisas y el consumo, estos protocolos nos devuelven el verdadero sentido de la celebración.

Se nos va la vida

Durante las primeras décadas de nuestra vida actuamos como si el tiempo fuese inagotable. Hacemos largos inventarios de libros por leer, películas por ver y lugares por visitar. Vivimos rodeados de listas, de sugerencias y recomendaciones, y de pendientes acumulados que suelen crecer más rápido que nuestra capacidad de atenderlos. Pensamos, erróneamente, que hay que estar al día de todo. En otro tiempo, por ejemplo, jamás hubiera ‘fallado’ en ningún palmarés relevante. No había obra premiada que no dominase o reconociese.  

Sin embargo, llega un momento – siempre sigiloso -en el que comprendes que la vida es limitada y el mundo, inabarcable. Se cumplen, así, aquellos versos de Gil de Biedma que durante años contemplé cada mañana en la madrileña estación de metro de Ciudad Universitaria: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde: como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”.

No leeremos todo. No veremos todo. Ni visitaremos todo aquello que alguna vez anhelamos. Esta revelación, lejos de resultar derrotista, es profundamente liberadora. Nos obliga a elegir. Y elegir, cuando se hace con conciencia, es una forma de respeto hacia el tiempo que nos queda. En un contexto y una sociedad marcados por el exceso, en todos los sentidos, la selección se convierte casi en un acto de resistencia.

Decidir qué consumir implica también definir qué no consumir. Y ese no, lejos de ser una triste renuncia, se convierte en una contundente afirmación. Tienes la capacidad, la autoridad y la sabiduría para determinar qué merece tu tiempo, tu atención y tu energía. Decía Séneca que “no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”.

Por eso, a medida que uno toma conciencia de su propia finitud, se vuelve más selectivo. Aparece un criterio más personal y, también, más honesto que va más allá de las modas, recomendaciones y novedades. Empezamos a elegir aquello que de verdad nos mueve, nos conmueve o nos transforma. El ‘consumo’ pasa a ser más significativo que acumulativo.

Aprender a elegir es aprender a prioriza: a veces descartando lo nuevo y, otras veces, volviendo a lo antiguo, a lo conocido. Aprender a elegir significa también permitirnos regresar a lo ya vivido: releer un libro que marcó una etapa, revisar una película con otros ojos o regresar a un lugar que aún tiene algo que decirnos. Repetir no es estancarse, sino profundizar.

Aceptar que no llegaremos a todo es, en el fondo, un gesto de madurez. Nos libera de la obsesión por acumular experiencias y nos acerca a una vida más consciente. Porque si algo se vuelve evidente con los años es que el tiempo es el único bien que no se renueva. Aprender a gastarlo con sentido y criterio es, quizás, una de las formas más honestas de vivir.

Fotografía Charlie Balibrea

Cuando muere un mito

Fotografía Charlie Balibrea
Fotografía Charlie Balibrea

¿Cómo se sabe que ha muerto un mito? Se sabe porque esa mañana escuchas antiguas canciones suyas en los coches con los que coincides en los semáforos y compartes una mirada y una sonrisa cómplice con su conductor. Se sabe porque toda tu lista de contactos, en su compleja diversidad, recupera en su estado frases, anécdotas y fotos de su figura. Se sabe porque su muerte, de repente, te hace recordar a alguien de tu pasado a quien decides volver escribir: aquel profesor de instituto que ‘pinchaba’ sus melodías en clase, un primer amor que te susurraba sus estrofas o esa amiga que te mandaba cartas con sus letras. Cuando muere un genio, simplemente, se sabe.

Así, cuando hace pocos días desperté con la triste noticia del fallecimiento de Robe Iniesta, alma y líder del grupo nacido a finales de los ochenta Extremoduro, lo supe.

Supe que nos dejaba uno de los pocos mitos musicales que nos quedan en España. Un artesano de canciones que parecen cinceladas a mano, igual de imperfectas que vivas. Robe no fue sólo un músico, fue un narrador de lo humano, un poeta sin título. Alguien que nunca pretendió ser quien no era. Alguien que contó lo que vivió, lo que sintió y, sobre todo, lo que dolió. Y en esa franqueza; a veces áspera y bronca, a veces luminosa y clara; residía su enorme grandeza.

Y es que, en un escenario como el actual falto de grandes referentes, quizás no sea ejemplo personal para nuestros jóvenes por sus tropiezos y caídas, pero sus canciones redimen todas sus faltas y debilidades. Su voz nunca pretendió convencer, sino confesar. Confesiones en las que muchos encontramos refugio y consuelo.


No es mi intención hacer una semblanza –pues se han escrito cuantiosas –ni mucho menos intentar alguna especie de crítica musical, no tengo la capacidad ni el conocimiento de otros compañeros; con estas palabras sólo trato de rendir un pequeño reconocimiento personal a alguien que tanto nos regaló y, ahora, nos lega. Devolverle un pedazo de lo entregado y, ahora, heredado.  

Su partida deja hoy varias generaciones coreando aquello de “no he vuelto a ser el mismo” que Robe proclamaría en su himno ‘Sucede’ al perder a los que serían sus deidades: “Desde que se fue Gillespie, Zappa, Mercury, Camarón”. Y es que nos deja huérfanos de una forma de hacer y entender la música desde lo más profundo del alma humana, con sus miserias, sus grandezas y, sobre todo, sus grandes anhelos. Una lírica tan honesta como sencilla. Tan de todos. Tan de la calle. Subversiva a la par que sensible, tremendamente sentimental. 

Hoy, con un panorama desgarrador, en un contexto hostil y oscuro, nos queda la nostalgia y la utopía: Seguir reproduciendo una y otra vez aquellas melodías que soñaban con un mundo mejor. Sentirnos mejor pensando… Sabiendo… que tenemos “una estrellita pequeñita pero firme ¡Pero firme! ¡Pero firme!”, porque un mito nunca muere.

Descansa en paz, Robe.

La vida puertas adentro

Reconozco que soy un poco voyeur, no en el sentido más estricto de la palabra. No me place y complace observar los encuentros y actitudes más íntimas, pero sí hay un aspecto que yo considero dentro de la más escrupulosa privacidad y que disfruto escudriñando. Hay un deleite suave y silencioso, una fascinación que no se confiesa, en mirar casas ajenas.

No necesariamente casas monumentales de revista, ni interiores impecables de catálogo, sino casas reales que respiran. Las que tienen vida en las esquinas, polvo en algún estante, objetos que no siempre combinan y fotos torcidas que siempre olvidamos enderezar.

Entrar al hogar de otra persona es atravesar una piel invisible. Lo público queda atrás y aparece un escenario más íntimo donde todo tiene su significado. Andar pasillos desconocidos, descubrir rincones personales, observar cómo alguien distribuye y coloca sus libros, qué tipo de cuadros cuelga en la pared o cómo ilumina el salón. No se trata únicamente de arquitectura o decoración, se trata de vida. De historias. De identidad.

Los objetos se convierten en narradores. Las casas cuentan historias. Observar estos espacios nos permite intuir particularidades y características de sus dueños: sus rutinas, sus gustos, sus anhelos. Una vivienda revela prioridades: comodidad, orden, caos creativo, acumulación afectiva, austeridad estética. Nuestras casa hablan de cómo vivimos. Cada una es un pequeño mundo: cultura, hábitos, modos de relacionarse… Recorrerlas es como asomarse a un universo ajeno, un viaje íntimo a otras vidas.

A veces miramos para cuestionar lo que tenemos o como inspiración. Conocerlas nos permite compararnos y reconocernos. Entrar en otros hogares nos ayuda, incluso, a entender nuestras propias manías y preferencias.

Hace unos días, recibí en casa un ejemplar que llevaba años queriendo adquirir: ‘Casas. Atlas de los hogares del mundo’, de la editorial Mosquito. Un maravilloso cuento ilustrado que hace un bonito recorrido por los diferentes tipos de viviendas del mundo: desde las blancas construcciones ibicencas, a las cabañas islandesas o los apartamentos abuhardillados de París , pasando por las mansiones de San Francisco y las encantadoras casitas de la Provenza francesa.

Y es que cuando viajo acuso aún más esta práctica pues puedo confrontar estilos y formas de organización social y cultural muy diversas y diferentes. Puedo aprender y llevarme conmigo, a modo de suvenir, lo visto y aprendido. Este verano, cuando vistamos Burdeos, me recuerdo curioseando y ojeando por los ventanales de sus grandes e imponentes edificios, la mayoría de ellos sin cortinas, la vida y la actividad que se desarrollaba dentro.

Mirar casas ajenas no necesariamente implica invasión, puede hacerse desde el más profundo respeto, como un acto de contemplación. Un reconocimiento de que cada persona construye su refugio a partir de su historia y que, a veces, llegamos a conocer esa historia a través de un escritorio abarrotado o una pared casi vacía. Hay en este gesto una voluntad de comprender sin preguntar, de aproximarnos a la intimidad de otro sin quebrarla, de encontrar belleza en lo cotidiano.

Las casas hablan de nosotros con una sinceridad y claridad que ni siquiera nosotros nos permitimos o somos capaces de verbalizar. Las casas son el escenario donde transcurre lo importante, lo que no contamos, la vida puertas adentro.

Violencia cotidiana

Tengo 42 años y he sufrido violencia de género. Yo y la gran mayoría de mujeres que conozco, aunque algunas ni lo saben. Y es que la violencia de género no siempre aparece en forma de agresiones físicas o gritos. Todo lo contrario. Tiene un modo mucho más sutil de insinuarse y consolidarse en nuestras vidas.

Empieza con una afirmación disfrazada de broma, con un comentario sobre cómo vamos vestidas, con miradas impertinentes o pequeños gestos que resultan groseros. Empiezan en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que no parece tan grave y que tantas mujeres hemos normalizado porque así aprendimos a sobrevivir.

La violencia de género comenzó con ese nudo en el estómago al caminar sola de noche por la calle, con la necesidad automática de revisar quién camina tras nosotras, con el paso acelerado al escuchar pisadas que nos siguen, con la obligación de llegar a casa con las llaves en la mano o fingiendo hacer una llamada. No había agresión física, pero sí una percepción de amenaza que me acompañó durante años. Y no fui la única. Muchas desarrollamos nuestras propias estrategias de autoprotección, asimiladas demasiado pronto, como si fueran parte natural del crecimiento.

Y es que la parte más cruel de esta violencia es precisamente su invisibilidad. La vivimos en la calle, en el trabajo, en la pareja, en los espacios públicos y privados. Y aunque parece menor, porque no deja heridas evidentes, modela nuestra forma de estar en el mundo.

He vivido la violencia de género también en el entorno laboral, asumiendo y aceptando roles, puestos y contextos por el hecho de ser mujer, aunque supusieran una desigualdad manifiesta con mis compañeros. Reconozco que también hubo quien confió en mí y valoró mis capacidades por encima de cualquier otro condicionante. A esos hombres hoy –algunos sabrán quienes son -les doy las gracias porque, sin saberlo, contribuyeron también a mi propia estima profesional.

Puedo relatar episodios de violencia sexual a plena luz del día y sin el mínimo sonrojo o bochorno de quienes los perpetraron; alguno de ellos de tono bastante elevado.

La viví en alguna de mis relaciones, de forma tácita y completamente explícita. En comentarios o preguntas enmascarados de preocupación que pretendían controlar mis decisiones pero, también, sufrí violencia psicológica, económica, gritos y amenazas. Aprendí a pedir perdón por cosas que no eran culpa mía y me acostumbré a no molestar; y eso también es violencia: violencia cotidiana.

Pero lo cotidiano no es menor, lo cotidiano se perpetúa. Este tipo de violencia, denominada micro violencia o violencia simbólica, tiene un impacto profundo porque modifica conductas, genera alertas permanentes, obliga a adoptar estrategias de autoprotección y dinamita la autoestima y el amor propio.

En otro tiempo, jamás hubiera imagino esta confesión. Jamás hubiera dicho que, también, fui victima. Hoy escribo no para señalar a nadie, sino para dejar constancia de algo que durante años me pareció invisible. Algo que viví en mi más estricta intimidad pero, a veces, lo íntimo también es universal. Hoy escribo para dejar testimonio de que la violencia cotidiana ha sido parte de mi historia, como de la de muchas otras mujeres, y que no por común debe ser normalizada porque es el germen de violaciones y agresiones mayores. No fueron exageraciones, malentendidos, detalles… fue violencia.