
Hay veces, hijo mío, en las que me descubro queriendo conducirte por caminos que no son los tuyos. Te propongo, te sugiero, te organizo y, en ocasiones, hasta te imagino. Anticipo lo que podríamos hacer, lo que podrías aprender, aquello que creo que te gustaría o que, sencillamente, considero que merece la pena. Y entonces apareces tú, con tus propias inquietudes, tus ocurrencias y esa particular manera de hacer las cosas que tantas veces desbarata mis previsiones.
Y confieso que, en ocasiones, me frustro. Hasta que, afortunadamente, pronto advierto mi error. Porque no has venido a satisfacer mis expectativas, ni a cumplir mis planes, ni a reproducir mis gustos o maneras. Has venido a descubrir el mundo y a construir el tuyo propio. Y qué suerte que así sea.
Porque eres un niño peculiar, excepcional y sorprendente. Tus inquietudes son tantas y tan diversas que resulta imposible anticipar por dónde discurrirán tus próximos intereses. Tu creatividad encuentra cauces insospechados en tus juegos, tus ocurrencias, tus representaciones y esos pequeños universos que construyes a tu medida. Tienes una forma muy tuya de mirar, interpretar y recrear cuanto te rodea. Te detienes donde otros apenas reparan, persigues lo que despierta tu curiosidad y te entregas a tus descubrimientos con una perseverancia que me admira. Pareces empeñado en demostrar que el mundo siempre guarda algún secreto para quien sabe observarlo.
Tu última proeza ha sido ‘aprender’ el idioma pavo. Convencido de que lo hablas, llevas semanas persiguiendo a estas aves reales de nuestro pequeño huerto, nuestro edén particular. Agazapado, observándolos, escuchándolos y mimetizándote con ellos, al más puro estilo Félix Rodríguez de la Fuente. Y lo extraordinario es que, después de tanta dedicación, consigues imitarlos con una fidelidad que hace difícil no concederte cierta autoridad en la materia. Yo te contemplo, entre divertida y fascinada, y pienso en la riqueza de ese mundo interior que te lleva a convertir una simple curiosidad en toda una aventura.
A veces, sin embargo, mis expectativas se interponen en el camino. Me empeño en conducirte hacia aquello que considero interesante o provechoso, olvidando que tus descubrimientos no tienen por qué coincidir con los míos. Afortunadamente, pronto recuerdo que educarte no consiste en moldearte a mi imagen, sino en ofrecerte herramientas para que puedas construirte a la tuya. Orientarte, enseñarte a distinguir lo justo de lo injusto, acompañarte en tus aciertos y errores; pero también dejarte espacio para explorar, equivocarte y encontrar tus propias respuestas.
Qué difícil y qué hermoso resulta aceptar que crecer significa ir alejándote de lo que imaginamos para ti y acercándote a lo que tú mismo vas descubriendo. Y que, en ocasiones, mi mayor acierto será abandonar mi plan y sumarme al tuyo.
El próximo 21 de octubre celebraré tus siete años, Alejandro.
Ojalá la vida te conserve esa mirada capaz de encontrar maravillas en lo inesperado. Que nunca se agoten tus preguntas ni se estreche el territorio de tus sueños. Que encuentres espacio para todas tus inquietudes y libertad para explorar cuanto te suscite interés. Que, cuando el mundo se empeñe en señalarte caminos ya trazados, tengas la confianza suficiente para descubrir los tuyos.
Que nunca dejes de desplegar las alas a tu manera, sin miedo a que tu ascenso sea distinto al que otros imaginaron para ti. Que encuentres cielos donde extenderlas, horizontes que despierten tus ganas de llegar más lejos y raíces firmes a las que regresar siempre que lo necesites.
Que seas tan tú y no tan yo. Que la vida te encuentre siempre con los ojos abiertos, la imaginación vigilante y el vuelo dispuesto.
Hoy celebro tus siete años, Alejandro; la dicha de quién eres y la promesa luminosa de todo cuanto, sin que nadie pueda anticiparlo, aún está por brotar en ti.


















