
Hay tareas, quehaceres y menesteres -como decía mi abuela – que, muchas veces, pasan desapercibidos por lo cotidiano, habitual y rutinario de los mismos. Cuidar es una de esas ocupaciones casi invisibles. Es un trabajo callado, prudente y discreto, a la par que constante y sostenido; pero completamente crucial, decisivo.
El cuidado se expresa en gestos mínimos: una mano que sostiene, un plato caliente esperando en la mesa, una presencia que ahuyenta miedos y monstruos, un soplo –mágico –que cura heridas, brazos que reconfortan y mimos que compensan y desagravian tormentos. Son actos que parecen simples pero construyen refugios. Actos que sustentan la certeza y la tranquilidad de que alguien vela y permanece y de que no todo es intemperie.
El cuidado es sensibilidad, escucha, tiempo y presencia. Cuidar no es una ciencia exacta, son intentos llenos de amor. Cuidar es decirle a alguien que su vida importa. Es vigilar los sueños ajenos. Es quedarse cuando pide huir el desaliento. Y es que hay cuidados que justifican y salvan vidas, porque se cuida lo frágil, lo indefenso.
Pero lo frágil no siempre es débil. A veces es apenas algo que está naciendo o, quizás, concluyendo. Sostener lo frágil implica una ética distinta. Quien cuida aprende a medir sus gestos, a bajar la voz y a moverse más lento. Ha entendido que no sólo se trata de construir cosas sólidas, también supone no destruir lo delicado.
Hay personas que hacen del cuidado su vocación y dedicación. Yo he tenido muy presente su alcance y valor en la entrega, la renuncia y la atención firme y decida de mi madre. Y lo he ejercido, verdaderamente, al adoptar, también, este rol con mis pequeños. Cuando llega un hijo la vida aprende otro ritmo, un ritmo marcado por la respiración de quien depende de ti. El tiempo, tu tiempo, se quiebra en pedazos pequeños que se cuentan entre horas de sueño prestado.
Los niños no saben que es el cuidado, pero sí saben reconocerlo: en la voz que regresa, en la puerta que siempre se abre y en la mirada que da seguridad y rescata. Ese cuidado moldea su forma de ser y estar en el mundo. Así descubren, desde pequeños, que éste puede ser un nido, un cobijo, y no sólo un abismo.
Cuidar también transforma al que lo ejerce. En el cansancio aparece una nueva ternura. En la renuncia un significado distinto del logro. Quien cuida ensancha sus ojos que miran por dos, afina sus manos que se vuelven más suaves y tiernas y mide su felicidad en caminos y pasos ajenos.
Sin duda, hay poética en el cuidado de lo pequeño, de lo que puede romperse. También la hay en el cansancio del que sustenta, en las manos que siguen aunque tiemblen y en el cuerpo que se vuelve amparo y abrigo. Porque, tal vez, sostener lo frágil sea, al final, una forma de sostener la vida misma.


















