A quienes encienden luces

El tiempo tiene la extraña costumbre de borrar muchos de los aprendizajes que un día parecieron imprescindibles. Sin embargo, décadas después, sigo recordando a algunos de aquellos maestros que, en los años ochenta y noventa, acompañaron mis primeros pasos escolares en el Colegio Público Basilio Sáez de Caravaca. Porque hay docentes que enseñan asignaturas y otros que, además, dejan una huella silenciosa que permanece mucho después de que se hayan olvidado las lecciones.

Quizá por eso, ahora que me toca vivir la escuela desde el otro lado, como madre, valoro más que nunca la importancia de esos profesionales que entienden su trabajo como una auténtica vocación. Personas que cada mañana cruzan la puerta del aula sabiendo que tienen entre sus manos algo mucho más valioso que un temario: tienen la oportunidad de sembrar inquietudes, despertar talentos y construir confianza.

Sabemos que durante los primeros años de la infancia se adquieren gran parte de las competencias, habilidades y recursos que nuestros niños y niñas necesitarán para afrontar su futuro y su proceso de crecimiento y maduración. Son años decisivos para nuestros pequeños. Por eso resulta tan valioso encontrarse con docentes capaces de contagiar entusiasmo, de convertir cada día de clase en una aventura y de demostrar que aprender puede ser una experiencia apasionante. Personas que entienden que la educación no se limita a preparar exámenes ni a completar temarios, sino que tiene la maravillosa misión de formar seres humanos libres, curiosos y capaces de pensar por sí mismos.

Este año, mi hijo mayor, que cursaba 1.º de Primaria en el Colegio Público de La Purísima, en Molina, ha tenido la inmensa fortuna de encontrarse con una de esas maestras que dejan huella. Una guía que les ha hablado de Jane Goodall para enseñarles el respeto por la naturaleza y por todos los seres vivos; que les ha acercado al cuadro de los Fusilamientos del 2 de Mayo de Goya para reflexionar sobre el valor de la paz; que ha llenado el aula de poesía, imaginación y creatividad preparando con ellos un precioso teatro inspirado en los versos y relatos de Gloria Fuertes.

Les ha enseñado que detrás de cada respuesta hay siempre una nueva curiosidad esperando. Ha fomentado un espíritu crítico que ya quisieran muchos alumnos de cursos superiores. Los ha animado a preguntarse el porqué de las cosas, a no dar nada por sentado, a escuchar antes de juzgar y a buscar soluciones cuando surge un conflicto.

Ha acompañado a cada niño desde el respeto a sus propios ritmos, atendiendo con paciencia a quienes necesitaban una mano más cercana sin dejar de estimular a aquellos que avanzaban con mayor autonomía. Ha entendido que cada alumno es un universo distinto y que educar es también saber mirar a cada uno de ellos con atención, sensibilidad y cariño.

Y, además, lo ha hecho jugando. Porque los niños aprenden mejor cuando disfrutan, cuando experimentan, cuando ríen y cuando sienten que el aprendizaje forma parte natural de la vida. Allí donde algunos ven únicamente una clase, ha sabido crear un espacio de descubrimiento, de confianza y de crecimiento.

Ahora que el curso llega a su fin y toca despedirse de ella, no puedo evitar sentir una profunda gratitud porque su trabajo ha ido mucho más allá de enseñar a leer, escribir o sumar.

Por eso quiero darle las gracias. Gracias, Macu, por cada historia contada, por cada pregunta lanzada al aire, por cada palabra de ánimo, por cada momento compartido.

Nada de lo que has sembrado caerá en el olvido. Porque los grandes maestros tienen algo de jardineros y algo de fareros: siembran curiosidad, confianza y esperanza mientras iluminan caminos que, seguramente, nunca lleguen a ver hasta el final.

«La educación no cambia el mundo; cambia a las personas que van a cambiar el mundo.» — Paulo Freire.

Lo que junio no evalúa

Ahora que se acerca el final del curso, me detengo sobre la idea de que la infancia está hecha de diminutas conquistas. No hay diplomas ni trofeos que certifiquen su importancia ni fotografías oficiales que las inmortalicen. Suceden en silencio, casi siempre entre la rutina y las prisas. Los niños, sin saberlo, construyen con estos pequeños gestos los cimientos de quienes serán algún día.

Pero vivimos tan pendientes de los grandes acontecimientos: el final de curso, las notas, las funciones escolares, los cumpleaños que marcan el paso de un año a otro; que por eso tantas veces se nos escapan. Y, sin embargo, la verdadera transformación ocurre lejos de los focos. Habita en estas expresiones y manifestaciones casi insignificantes que un día aparecen y, cuando queremos darnos cuenta, ya forman parte de ellos.

Mi hija tiene tres años y una determinación que parece más grande que su propio cuerpo. Quiere hacerlo todo sola. Ponerse los zapatos, alcanzar un vaso, abrir una puerta demasiado pesada para sus manos pequeñitas. A veces la observo luchar contra tareas sencillas con una mezcla de frustración y empeño que me conmueve. Lo intenta una vez y otra, como si supiera que crecer consiste precisamente en atreverse. Y cuando por fin lo consigue, sonríe con la satisfacción de quien ha conquistado la cima de una montaña.

Mi hijo tiene seis años. Lo escribo y todavía me sorprende. Hay momentos en los que lo miro y me parece escuchar el eco del bebé que fue. Pero entonces dice algo inesperado, formula una pregunta imposible o encuentra por sí mismo la solución a un problema que yo ya me disponía a resolver y comprendo que el tiempo ha seguido trabajando sigiloso.

Los hijos crecen así. No de golpe, sino a través de una sucesión infinita de pequeños milagros cotidianos.

El día que ya no necesitan que les demos la mano para subir un escalón. El día que se presentan solos ante otros niños. El día que esperan su turno. El día que son capaces de explicar cómo se sienten. El día que ayudan sin que nadie se lo pida.

No solemos celebra esos momentos. Y, sin embargo, contienen una grandeza inmensa. Porque detrás de cada uno de ellos hay horas de aprendizaje, de ensayo y error, de miedos vencidos y de confianza ganada poco a poco. Son victorias invisibles para el mundo, pero gigantescas para quienes las protagonizan.

Algo parecido ocurre cuando llegan los boletines de notas. Los miramos buscando cifras, calificaciones y resultados, como si en esas casillas pudiera resumirse todo un curso. Pero los boletines cuentan solo una parte de la historia. No miden el esfuerzo que ha hecho un niño para superar una dificultad que parecía imposible. No reflejan los nervios de enfrentarse a un examen por primera vez ni el valor necesario para levantar la mano en clase y participar. No registran las tardes dedicadas a memorizar un texto para la función de fin de curso, la ilusión de hacer nuevos amigos o el aprendizaje que supone gestionar un conflicto, pedir perdón o aceptar una decepción.

Tampoco muestran la perseverancia de quien sigue intentándolo cuando algo no sale bien, la empatía de quien consuela a un compañero o la autonomía que se construye paso a paso. Y, sin embargo, ahí está gran parte de lo importante.

Quizá crecer no consista en acumular éxitos visibles, sino en ir conquistando, una a una, esas pequeñas metas que preparan para la vida. Tal vez nuestra tarea como padres sea aprender a reconocerlas, detenernos un instante y darles el valor que merecen. Porque algún día descubriremos que aquello que parecía pequeño era, en realidad, enorme.

Y que mientras nosotros esperábamos los grandes acontecimientos, nuestros hijos estaban creciendo a través de una larga sucesión de conquistas diminutas en las que nadie se detuvo, pero que acabaron definiendo quiénes son.

La tranquilidad también es un lugar

Escribo mucho sobre ciudades que me han cautivado. Lugares a los que volvería una y mil veces y en los que, durante unos meses o quizá unos años, no me importaría vivir. Hay ciudades que parecen hechas para quedarse un tiempo, para saborearlas despacio, para integrarse en sus ritmos y convertirlas en hogar transitorio. Pero si soy sincera, cuando pienso en dónde quiero construir una vida, la respuesta no está en una gran avenida ni en una línea de metro abarrotada. Me gusta la vida en el pueblo.

Existen ciudades que rompen los prejuicios. Burdeos, por ejemplo, es una de esas urbes monumentales en las que sí podría imaginar una etapa de mi vida. Tiene belleza, historia y elegancia, pero también algo cada vez más difícil de encontrar: un ritmo humano. Grandes pulmones verdes entre edificios señoriales, espacios donde la ciudad parece respirar, una forma de vivir más amable, más paseable, menos agresiva. Lo mismo me ocurre cuando pienso en algunas ciudades nórdicas o centroeuropeas. Son lugares de considerables dimensiones, sí, pero construidos desde una filosofía centrada en las personas. Ciudades pensadas para caminar, para los niños, para el tiempo compartido y no únicamente para producir y correr.

Y luego están esas ciudades que me fascinan profundamente, como Madrid. Ya viví allí y por eso sé que no volvería a hacerlo. La disfruto enormemente perdiéndome en sus barrios, en sus museos, en su energía imposible de replicar. Algunas ciudades son maravillosas para escaparse; otras, para quedarse.

Quizá esta convicción llega después de muchos años de grandes ciudades. De mucho tiempo perdido en transporte público. De medir la vida en trayectos. De hacer cálculos imposibles para intentar encajar varias actividades en un mismo día. De vivir entre aglomeraciones, ruido constante y tráfico que acaba robándote algo más valioso que el tiempo: la tranquilidad mental. Hay una normalización extraña del cansancio urbano.

En un pueblo ocurre algo diferente.

No es una vida perfecta, porque ningún lugar lo es. Hay pequeños inconvenientes. Menos oferta cultural. Menos anonimato para quien lo busca. Hay que desplazarse para determinadas actividades o servicios. A veces falta aquello que las ciudades dan por hecho. Pero lo que se gana pesa mucho más.

Se gana tiempo. Se gana calidad de vida. Se gana la posibilidad de ir caminando a casi cualquier sitio. Se gana la sensación de que la vida no transcurre siempre con prisa. Y, sobre todo, cuando hay niños, se gana algo difícil de medir. Educar en un pueblo tiene un valor inmenso. Crecer con espacios abiertos. Con autonomía progresiva. Con calles donde todavía es posible ver pandillas jugando. Con la posibilidad de construir una infancia menos condicionada por pantallas y más conectada con lo cotidiano. Aprender los ritmos de las estaciones, conocer a los vecinos, entender que formar parte de una comunidad implica cuidar y ser cuidado.

Los niños en los pueblos suelen crecer con una libertad que en muchas ciudades se ha ido perdiendo. Ganan independencia antes. Aprenden a moverse en entornos más seguros. Construyen relaciones intergeneracionales de una forma más natural, conociendo a los

mayores por sus nombres y apodos. Descubren que la vida no siempre necesita grandes estímulos para ser extraordinaria.

Y también los adultos recuperamos algo.

Recuperamos conversaciones pausadas. Recuperamos la posibilidad de improvisar. Recuperamos la sensación de llegar menos agotados al final del día. De tener espacio mental para estar presentes.

Sigo disfrutando enormemente las grandes ciudades. Sigo admirando las urbes bellas, verdes y humanas. Sigo soñando con temporadas en lugares que inspiran. Pero cuando pienso en hogar, en vida cotidiana, en infancia, en futuro, siempre regreso al mismo lugar. Al pueblo.

Porque a veces la verdadera calidad de vida no está donde más cosas pasan, sino donde ocurren al ritmo que te hace bien.

Frente a la belleza

Cuando visitamos un museo solemos detenernos, como casi todo el mundo, en la tienda de recuerdos. Y no lo hacemos por simple rutina, sino más bien con una especie de gratitud silenciosa. En familia, buscamos pequeños objetos capaces de conservar algo de la emoción vivida entre aquellas salas: una estampa, un separapáginas, un libro, un pañuelo, un abanico o una simple chapa. Souvenirs modestos que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en refugios de la memoria. Porque recorrer un museo tiene algo profundamente reparador: nos reconcilia, aunque sea por unas horas, con el alma humana y con un mundo ajeno a las obscenidades y atrocidades que contemplamos a diario. Y quizá por eso guardamos esos recuerdos con tanto cariño: porque testimonian que allí, alguna vez, fuimos felices.

Y es entonces, en esos momentos, cuando me hago y me repito una y otra vez la misma pregunta: ¿Qué es el arte? La definición más académica lo describe como una manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpretan o expresan ideas, emociones y visiones del mundo a través de recursos plásticos, sonoros, lingüísticos o corporales. Pero releyendo esta frase uno se da cuenta de que lo esencial del arte queda fuera: lo que provoca.

Tal vez ahí esté la clave. Quizá el arte no pueda explicarse únicamente por lo que es, sino por la huella que deja. Por su capacidad de conmovernos, de despertarnos, de denunciar injusticias, de preservar la memoria, de poner belleza allí donde parecía no haberla. El arte como espejo y como herida. Como refugio y como revelación. Como una forma profundamente humana de resistirse al olvido.

Filósofos, teóricos y artistas han intentado acercarse a él desde distintas visiones. Para Aristóteles, el arte era una imitación de la vida y de las emociones humanas. Kant pensaba que la experiencia estética nacía de una belleza capaz de conmovernos sin necesidad de utilidad alguna. Tolstói escribió que el arte consiste en “transmitir sentimientos de un ser humano a otro”.

Y es que hay una quietud casi sagrada en las Madonnas de Rafael, donde la ternura parece suspendida en el tiempo; en los rostros de ángeles esculpidos por Bernini, capaces de convertir el mármol en piel y emoción; o en los acordes vaporosos de Claude Debussy, que parecen deshacerse en el aire. Frente a ciertas obras sentimos que el ruido del mundo se aleja unos pasos.

Y quizá por eso hay personas que han llorado frente a un cuadro. Otras han sentido vértigo, palpitaciones o una suerte de desbordamiento interior, como si el cuerpo fuese incapaz de contener todo lo que los ojos estaban contemplando. A ese fenómeno se le dio el nombre de ‘síndrome de Stendhal’, en recuerdo del escritor francés que, en 1817, describió el mareo y la conmoción que experimentó al contemplar los frescos y esculturas de la Basílica de Santa Croce. Décadas más tarde, médicos italianos documentaron casos similares en Florencia: turistas emocionalmente sobrepasados por la intensidad estética de una ciudad donde siglos enteros de genio humano parecen concentrarse en unas pocas calles. Como si, de pronto, el alma quedara demasiado expuesta frente a tanta belleza acumulada.

Tal vez no exista una imagen más precisa de nuestra relación con el arte.

Porque el arte no calma el hambre ni protege del frío. No cura enfermedades, no levanta refugios ni satisface ninguna de las necesidades básicas que sostienen la vida, o sí. Y, sin embargo —o quizá precisamente por eso—, seguimos buscándolo como quien busca consuelo, sentido o revelación. Cruzamos ciudades para entrar en un museo, guardamos silencio cuando se apagan las luces de un teatro, sentimos un estremecimiento inexplicable ante una melodía o una frase escrita hace siglos. Tal vez el arte no sea imprescindible para sobrevivir, pero sí para soportar plenamente la existencia. Porque hay una parte del ser humano que no se alimenta de pan: una región más profunda donde todavía habitan el asombro, la belleza y el misterio.

Foto: Museo Nacional de Escultura (Valladolid).

Lo que hace a una vida interesante

Hay vidas que, aunque vistas desde fuera podrían parecer modestas o sencillas, en las distancias cortas se revelan como una genialidad. Vidas con una densidad extraordinaria de experiencias, de aprendizajes, de sentido. Seductoras y atrayentes por lo que han vivido y por lo que dejarán o han dejado.

En una época en la que la cultura dominante mide el éxito en términos de riqueza, visibilidad o influencia, conviene recordar que existe otra manera de habitar el mundo. Una vida interesante suele estar atravesada por la curiosidad, por la capacidad de asombro, por la disposición a explorar lo desconocido y, sobre todo, por la coherencia con unos valores que no siempre son cómodos ni rentables. Muchas de estas vidas implican sacrificios: renuncias materiales, incertidumbre constante, caminos que no garantizan reconocimiento. Pero también entrañan algo que escasea: autenticidad.

De la autenticidad surgen las historias; y las buenas historias no son las que evitan los problemas, sino las que los atraviesan y les encuentran sentido Las vidas auténticas no siempre son ordenadas ni fáciles de explicar.

Hace unas semanas por una de esas casualidades –o causalidades- de la vida tropecé con una de esas vidas. Fue en el Museo de la Música Étnica un lugar que, como algunas otras joyas culturales en nuestro entorno, permanece relativamente desconocido y, en cierto modo, olvidado. Y, sin embargo, lo que alberga es extraordinario: no solo por la colección de instrumentos y tradiciones musicales, sino por la historia viva que lo sostiene.

Y esa historia tiene nombre: Carlos Blanco Fadol.

A sus 80 años, Blanco Fadol mantiene intacto el entusiasmo y la vitalidad. No es solo el fundador y director del museo; es, en sí mismo, un archivo humano de experiencias. Basta mirarlo a los ojos para percibir una mezcla difícil de describir: pasión indemne, memoria vibrante y una preocupación profunda por el futuro de aquello que ha construido durante toda una vida. En su relato hay ilusión, delirio contenido y pasión; pero también una sombra de incertidumbre: la de quien no sabe si su gran regalo se custodiará o se diluirá cuando él ya no esté.

Y ahí aparece una de las claves de lo que hace interesante una vida: el legado. Entendido éste como transmisión. ¿Qué hemos contribuido a preservar, a crear, a compartir?

La trayectoria de Blanco Fadol parece sacada de una novela de aventuras. Nacido en Uruguay, salió de su país siendo apenas un joven, con una guitarra y poco más de veinte pesos en el bolsillo. A partir de ahí, su vida se convirtió en un viaje constante: recorrió medio mundo investigando músicas tradicionales, recopilando instrumentos, documentando culturas. En ese camino vivió episodios tan extremos como su detención en Panamá, donde pasó más de cinco meses en una cárcel de máxima seguridad; sus acercamientos y convivencias con diferentes tribus indígenas; o cuando el tifus lo llevó a bordear los confines de la muerte.

Sin embargo, lejos de desviarlo, ese tipo de vivencias parecen haber reforzado su vocación. Porque otra característica de las vidas interesantes es esa: no se definen por la ausencia de dificultades, sino por la forma en que se integran en el relato personal.

Blanco Fadol ha sido nominado en dos ocasiones a los premios Príncipe de Asturias, ha publicado numerosos libros y ha dedicado décadas a preservar un patrimonio musical que, de otro modo, correría el riesgo de desaparecer. Pero, curiosamente, nada de eso parece ser lo que más pesa cuando habla. Lo que realmente importa es el viaje, el descubrimiento, el conocimiento acumulado y compartido.

Su museo en Barranda es, en ese sentido, una metáfora perfecta: un espacio lleno de historia, de sonidos y de culturas entrelazadas, que invita a seguir siendo cuidado, valorado y protegido de manera colectiva. Un lugar así refleja la importancia de atender y sostener aquello que forma parte de nuestro patrimonio común.

Al salir del museo, quedaba la sensación de haber asistido a algo más que una visita cultural. Había sido un encuentro con una forma distinta de entender la existencia. Una forma que se mide en huellas. Huellas que nos recuerdan que lo que hace a una vida interesante es la intensidad, la curiosidad y el compromiso con la que es vivida.

Aprender a nombrarnos

En el último Día del Libro regalamos a nuestro hijo ‘La gran fábrica de las palabras’, de Agnès de Lestrade y Valeria Docampo. Una pequeña joya ilustrada que, con una aparente sencillez, encierra una idea poderosa: las palabras importan, y no solo por lo que dicen, sino por cuándo y cómo se dicen. En ese mundo imaginario, hablar cuesta, y por eso cada palabra se elige con cuidado. Tal vez no estemos tan lejos de necesitar esa misma conciencia en el nuestro.

El lenguaje no es solo una herramienta: es el lugar donde ocurre lo humano. En las palabras habitamos, nos reconocemos y también nos perdemos. Por eso, cuidar el sentido de las palabras no es un lujo intelectual, sino una responsabilidad ética que atraviesa todos los ámbitos de la vida, desde la educación hasta la convivencia cotidiana.

Vivimos en una época de prisa verbal. Se habla mucho y se escucha poco. Se repiten consignas, se simplifican realidades complejas y se empobrecen los matices. Sin embargo, el mundo no es simple, ni lo son las personas. Cada palabra tiene una historia, una carga emocional, una intención. Enseñar a los niños y a los jóvenes a percibir esos matices es enseñarles a pensar con profundidad, a mirar con atención y a respetar la complejidad de la vida. No es una cuestión menor: quien pierde los matices, pierde también la capacidad de comprender.

Un lenguaje rico no significa un lenguaje rebuscado. Significa un lenguaje preciso, vivo, capaz de nombrar lo que sentimos sin reducirlo a estereotipos. Cuando un niño aprende que no todo es “bueno” o “malo”, sino que puede ser “justo”, “valiente”, “inquietante”, “frágil” o “generoso”, amplía su mundo interior. Y quien amplía su mundo interior es menos vulnerable a la manipulación y más capaz de comprender al otro. El empobrecimiento del lenguaje no solo limita la expresión: limita el pensamiento, y por tanto, el comportamiento.

También es fundamental enseñar el valor del lenguaje positivo. No se trata de edulcorar la realidad ni de negar los conflictos, sino de elegir palabras que construyan en lugar de destruir. Las palabras pueden herir, pero también pueden reparar. Pueden encender la violencia o abrir caminos de entendimiento. En una sociedad cada vez más polarizada, optar por un lenguaje que tienda puentes es un acto de lucidez y de responsabilidad compartida. No cambia el mundo por sí solo, pero sí cambia la forma en que nos relacionamos dentro de él.

El poder del lenguaje es, en última instancia, el poder de la humanidad sobre sí misma. A través de él transmitimos cultura, memoria y valores. Sin lenguaje no hay diálogo, y sin diálogo no hay convivencia posible. La barbarie comienza cuando las palabras pierden su significado, cuando se vacían o se utilizan para deshumanizar. Nombrar al otro como enemigo, como amenaza o como cosa es el primer paso para justificar su exclusión. Y ese paso, aunque parezca solo verbal, tiene consecuencias muy reales.

De ahí la importancia del diálogo, entendido no como un intercambio superficial de opiniones, sino como un ejercicio genuino de escucha. Dialogar exige precisión en lo que se dice, pero también atención a lo que no se dice. Los silencios también hablan. Pueden ser una forma de respeto, de prudencia o de escucha activa, pero también pueden convertirse en indiferencia o en desprecio. Educar en el lenguaje implica enseñar a reconocer ambas dimensiones: la palabra y el silencio.

Recuperar el sentido de las palabras es, en el fondo, recuperar el sentido de lo humano. Frente al ruido, la precisión; frente a la simplificación, el matiz; frente a la agresión, el diálogo. Si queremos una sociedad más justa y más consciente, debemos empezar por ahí: por enseñar a nombrar el mundo con cuidado. Tenemos que aprender a nombrarnos; y nombrarnos bien. Porque quien sabe decir, sabe pensar. Y quien sabe pensar, difícilmente será arrastrado por la barbarie.

Volver

Como en el tango, entonado por la voz rota y hermosa de Gardel, a veces se vuelve con la frente marchita y la plateada sien. Se vuelve sabiendo que el tiempo pasó, que los esfuerzos dejan huellas y surcos, que la entrega —cuando es verdadera— nunca es inocua. Y, sin embargo, hay en ese regreso una dulzura íntima, casi inexplicable. Porque volver no es desandar: es reconocerse en lo vivido y atreverse a mirar de nuevo hacia una misma.

Hay un instante —difícil de datar y apreciar— en el que una mujer deja de ser exactamente quien era para convertirse en algo nuevo, inmenso y desbordante. La maternidad irrumpe y lo cubre todo, lo transforma todo. Y en esa entrega infinita, luminosa y exigente, una parte de una misma queda en suspenso, como si respirase en otro lugar.

Las renuncias llegan sin hacer ruido. Primero son pequeñas: una tarde sin leer, una llamada que no se devuelve, un plan que se pospone. Después se convierten en hábitos: el tiempo deja de pertenecerte, los espacios se reducen, las aficiones se archivan en un cajón olvidado. El cuerpo cambia, el espejo devuelve una imagen que cuesta reconocer y el cansancio —ese que nace de las noches fragmentadas— se instala como un huésped permanente. No es solo falta de sueño, es una erosión silenciosa que afecta a la paciencia, al ánimo, a la propia identidad.

Más tarde, cuando ese bebé empieza a andar y a descubrir el mundo, las demandas no desaparecen solo cambian de forma y siguen ocupándolo todo. La atención se mantiene puesta fuera, siempre fuera. Y en ese proceso, muchas mujeres se pierden. Nos perdemos. No porque queramos, sino porque no hay espacio para sostenerlo todo sin que algo se quede atrás. Y, demasiadas veces, ese “algo” somos nosotras.

A veces este estado se alarga más de lo deseado, más de lo saludable. A veces se encadena con la llegada de otro hijo. Y conviene decirlo sin culpa: perderse no significa no ser feliz. Se puede amar profundamente la maternidad y, al mismo tiempo, sentir que una parte de ti ha quedado en pausa.

Pero llega un momento —lento o repentino— en el que algo dentro se vuelve a activar. Una necesidad que no es capricho, sino urgencia vital de volver a encontrarte. Volver a preguntarte quién eres, qué te gusta, qué quieres hacer con tu tiempo y con tu vida.

Volver al trabajo, si así lo deseas, no es solo una cuestión económica o profesional: es también una forma de reconstrucción personal. Es recuperar una voz propia, una mirada que no está filtrada puramente por la maternidad. Es sentir orgullo por lo que haces, por lo que sabes, por lo que aportas.

Y también están los pequeños gestos, los que parecen insignificantes pero sostienen mucho: retomar la lectura, salir a caminar sin prisa, elegir algo solo porque te apetece. Decidir por ti. Pensar en ti.

A veces hace falta que alguien de fuera te lo recuerde: lo que vales como mujer, como profesional, como amiga, como pareja. Pero, sobre todo, hace falta que tú vuelvas a creértelo.

Desligarse un poco cuesta. Genera dudas, incluso culpa. Pero no es abandono, es equilibrio. No es querer menos, es empezar a quererse de nuevo.

Porque al volver a ti no solo te recuperas: también construyes un espejo distinto para tus hijos. Y, sin darte cuenta, te conviertes en eso que algún día reconocerán con admiración: alguien que luchó por ser, por estar, por no renunciar del todo a sí misma.

Quizá encontrarse no sea regresar a quien fuiste, sino atreverse a ser alguien nuevo con todo lo aprendido. Alguien que ha amado hasta olvidarse… y que ahora decide recordarse.

Y en ese gesto —íntimo, valiente, casi silencioso— sucede lo más importante: vuelves.

Leer no se impone, se contagia

Esta semana, en una de esas noches suspendidas en el tiempo —cuando la casa baja el volumen y el brio se repliega—, mi hijo mayor cerró su libro y se quedó un instante en silencio —como quien escucha todavía el eco de una historia— y de pronto, se puso en pie sobre la cama de un salto, empezó a reír, a cantar, a celebrar. Había terminado un libro. Otro más para su lista. La suya. Y yo, desde la orilla de ese momento, sentí una felicidad limpia, inesperada, casi desbordante.

Ocurrió, además, en torno a la celebración del Día del Libro, en una de esas pequeñas casualidades en la que los libros, discretos casi siempre, decidieran de pronto reclamar su peso y entidad en lo esencial.

También estos días entré en un aula de niños de seis años para hablarles de periódicos. Les hablé —o lo intenté— de la importancia de entender el mundo, de la necesidad de contar lo que ocurre, de la voz de quienes escriben. Pero pronto dejamos el sonido de las palabras grandes a un lado para vivirlas: jugando. Inventaron titulares imposibles, se rieron de sus propias noticias, se convirtieron en pequeños reporteros con la imaginación desatada. Al final, se llevaron su medalla de “reporteros dicharacheros”, con la entrañable Rana Gustavo como testigo. Y en sus manos, sin saberlo, uno de los grandes secretos: que leer y contar son, en el fondo, la misma aventura.

 Y es que hace algún tiempo aprendí que leer no se impone, se contagia.

Se contagia como se contagian las cosas verdaderas: por cercanía, por repetición, por deseo. Por ver a otros habitar los libros con naturalidad. Por crecer entre historias que no piden permiso para quedarse.

Yo no recuerdo el momento exacto en que empecé a amar la lectura. Recuerdo, más bien, que los libros estaban. Que vivían conmigo. Que, en algún punto, dejaron de ser objetos para convertirse en compañía. Autores como Roald Dahl me enseñaron que la rebeldía podía ser luminosa en personajes como Matilda; otros, como Michael Bond, me regalaron la ternura inagotable del Osito Paddington, ese entrañable animal que siempre encuentra su lugar en el mundo. Y más allá, en otro tiempo y otra edad, llegaron historias como ‘Mujercitas’, donde la vida, con todas sus luces y sus sombras, se aprende sin darse cuenta.

Por eso, ahora, intento tejer para mis hijos una biblioteca que no sea solo un conjunto de libros, sino un territorio. Un lugar seguro al que volver.

En sus primeros años, cuentos que se leen casi como canciones, donde cada palabra tiene el ritmo de lo que se repite con amor. Después, historias que abren puertas: aventuras, misterios, mundos donde todo es posible.

Y, aguardando un poco más allá —como si fueran libros que respiran despacio, esperando su momento—, otros títulos que algún día encontrarán su lugar. Historias más hondas, más exigentes, pero también profundamente humanas. En Los Miserables, por ejemplo, aprenderán que la compasión puede cambiar el destino de una vida, como le ocurre a Jean Valjean. En Cien Años de Soledad descubrirán que las familias están hechas de memoria, de magia y de repeticiones que nos definen. Tal vez algún día se acerquen a la intensidad trágica de Yerma, donde el deseo y la frustración hablan con una voz que no se olvida. O a la profundidad de Los Hermanos Kamarazov, donde las grandes preguntas —sobre la fe, la culpa o la libertad— laten en cada página.

No se trata de que los lean pronto. Ni siquiera de que los lean todos. Se trata de que estén ahí. De que existan en su horizonte.

Porque una biblioteca no es una lista de obligaciones, sino un mapa de posibilidades. Por eso hay libros en todas partes. En la mesilla, en el sofá, en los rincones donde la vida ocurre. Como quien enciende pequeñas luces.

No sé qué lectores serán mis hijos. Pero sí sé que, si alguna vez encuentran en un libro un lugar donde quedarse —aunque sea por un rato—, todo esto –incluso la larga historia de la literatura -habrá valido la pena.

Lo que las mujeres cuentan

Desde hace algún tiempo (me lo dejaron los Reyes Magos) tengo por casa el libro ‘Las mujeres que escriben también son peligrosas’, de Stefan Bollmann, y aunque aún no he tenido tiempo de sentarme a leerlo, he venido reflexionando sobre eso. Seguramente, las mujeres no escribieron la historia que ha llegado hasta nuestros días. No firmaron tratados, no dieron nombre a las guerras, no ocuparon los márgenes de los mapas donde se decidía el rumbo del mundo. Pero, afortunadamente, también escribieron. En privado, lejos del ruido de lo oficial, para ellas mismas o para otros: cartas, misivas, diarios, relatos. Textos sin pretensión de trascendencia que hoy, sin embargo, nos ofrecen algo invaluable: el testimonio de esa cara B de la historia que durante tanto tiempo no se ha contado.

Porque mientras la historia se redactaba en masculino y en voz alta, muchas mujeres trazaban sus historias en silencio. No para ser recordadas, sino para entender lo que vivían. Escribían desde la intimidad, desde la urgencia, desde la necesidad de ordenar un mundo que a menudo se les imponía sin darles voz.

Y es así donde encontramos una forma diferente de interpretar el pasado, una forma más íntima, más personal y, probablemente, mucho más profunda.

El diario de Ana Frank es, quizá, uno de los ejemplos más conocidos. Pero más allá de su relevancia histórica, lo que lo hace único es precisamente su perspectiva: no es la guerra como estrategia, sino la guerra como experiencia cotidiana. El miedo constante, la convivencia forzada, los sueños de una adolescente que se niegan a desaparecer. Su escritura no pretendía explicar el conflicto, sino sobrevivirlo. Y en ese gesto íntimo, terminó iluminando una verdad que los grandes relatos no alcanzaban.

En otra época y contexto, las memorias de Frida Kahlo ofrecen también una ventana a esa historia interior. En ellos no solo hay arte, sino dolor físico, amor turbulento, identidad y resistencia. Kahlo no escribía para explicar su obra al mundo, sino para sostenerse en medio de su propio caos. Y, sin embargo, hoy sus palabras nos ayudan a comprender no solo a la artista, sino también la experiencia de ser mujer, enfermar, amar y crear en un tiempo que imponía límites muy claros.

Algo similar ocurre con las cartas de Clara Campoamor, una de las figuras clave en la conquista del sufragio femenino en España. Más allá de sus discursos públicos, en su correspondencia se percibe la dimensión humana de su lucha: las dudas, las tensiones políticas, la soledad de defender una causa incluso frente a otras mujeres. Es en esas líneas menos visibles donde la historia adquiere matices, contradicciones, profundidad.

Y si miramos a la literatura, los diarios de Virginia Woolf siguen siendo un ejemplo imprescindible. En ellos encontramos no solo el germen de sus novelas, sino también la presión constante de existir en un mundo que limitaba las aspiraciones femeninas. Woolf escribió sobre la necesidad de “una habitación propia”, pero sus confesiones muestran hasta qué punto esa habitación era también mental, emocional, un espacio de resistencia frente a lo impuesto.

Sin embargo, la mayoría de estas voces no tienen nombre propio reconocido. Son mujeres anónimas que escribieron sin pensar en la posteridad: madres, hijas, trabajadoras, cuidadoras. Mujeres que dejaron constancia de lo esencial sin saber que estaban construyendo memoria. En sus cartas hay noticias domésticas que conviven con grandes acontecimientos; en sus diarios, rutinas atravesadas por crisis históricas. Desde una cocina, desde una habitación compartida, desde un lugar aparentemente pequeño, estaban narrando el mundo.

Y es ahí donde se revela la gran contradicción: lo que durante siglos se consideró menor o irrelevante —lo íntimo, lo emocional, lo cotidiano— es precisamente lo que hoy nos permite entender mejor el pasado. Porque la historia no solo se compone de decisiones trascendentales que lo cambian todo, sino de las vidas que se adaptan y sufren esos cambios.

Estas escrituras privadas no corrigieron los libros oficiales en su momento, pero hoy los completan. Nos obligan a ampliar la mirada, a cuestionar qué entendemos por “histórico” y quién decide qué merece ser recordado. Nos recuerdan que la historia no es solo lo que ocurrió, sino también cómo fue vivido.

En la actualidad, quizá ya no escribimos cartas como antes. Los diarios han sido sustituidos por notas dispersas, mensajes rápidos, publicaciones que desaparecen en cuestión de horas. Pero la necesidad de contar lo que vivimos sigue intacta. Seguimos dejando huellas, aunque más frágiles, más efímeras.

La pregunta es si esas huellas resistirán el paso del tiempo. Si dentro de unas décadas alguien podrá reconstruir nuestra historia íntima como hoy hacemos con aquellas cartas olvidadas. O si, en esta era de lo inmediato, estaremos perdiendo precisamente aquello que más valor tendría para entendernos.

Londres para imaginar

Viajar a Londres con niños no debería ser una carrera por tachar monumentos, sino una oportunidad para abrir puertas mucho más etéreas: las de la imaginación, la curiosidad y la unión familiar. Más que acumular datos —fechas, nombres, alturas de edificios—, lo que realmente permanece, sobre todo en los más pequeños, son las historias que contamos y las que inventamos juntos. Cada viaje deja de ser solo un desplazamiento físico para convertirse en un espacio de creación y aventura compartida en el que los niños aprenden a ver el mundo con ojos nuevos y donde los padres redescubren las ciudades a través de sus hijos.

Londres se presta a ello especialmente. Y es que cada calle parece esconder un relato, cada parque invita a una pequeña aventura, y cada barrio tiene su propio carácter y ritmo. No se trata de “ver” la ciudad, sino de habitarla como si fuera un cuento en movimiento. Desde las esculturas de Leicester Square hasta los faroles que iluminan las calles de Notting Hill, todo se puede transformar en una propuesta a imaginar.

Tanto es así, que lo que más hemos disfrutado ha sido simplemente “patear” la ciudad: recorrer sus barrios, mirar cómo decoran o mantienen las casas, observar los jardines, los detalles de las fachadas, los colores de las puertas… Cada esquina ofrece pequeñas historias que solo se descubren caminando despacio y prestando atención.

Y, mientras caminábamos, mi hijo de seis años empezó a reconocer palabras en inglés en carteles, nombres de tiendas, menús o placas de calles. Con cada palabra nueva que reconocía o adivinaba, su entusiasmo crecía. Aprender así, de manera natural y divertida, se convierte en un juego y en una manera de que el idioma se vaya integrando en su memoria sin esfuerzo. Cada paseo se convirtió en una oportunidad para expandir su vocabulario y para que se sintiera capaz de entender y conectar con el entorno.

Los museos, que a primera vista pueden parecer espacios formales, se convierten en escenarios de juego. En lugar de recorrer salas leyendo paneles interminables, podemos proponer misiones: encontrar el objeto más extraño, imaginar la vida de un personaje en un cuadro, inventar diálogos entre estatuas. Así, la visita deja de ser pasiva y se transforma en una experiencia creativa compartida. Los niños aprenden a observar, a preguntar, a relacionar objetos con historias, y al final del día llevan consigo no solo recuerdos visuales, sino pequeños mundos que han inventado ellos mismos.

Caminar por China Town en medio de la cosmopolita ciudad es otra forma de vivir la diversidad. Entre los faroles rojos, los aromas de especias y los escaparates llenos de colores, los niños sienten que cada barrio tiene su propio cuento que contar. Aprenden a descubrir que una ciudad no es homogénea: está formada por culturas, tradiciones y sabores distintos, y que cada espacio tiene su propia personalidad y encanto.

Cuando las estancias son más largas, alojarse en un apartamento puede ser un verdadero regalo. Permite mantener rutinas similares a las de casa, lo que facilita el descanso y respeta los tiempos de juego y desconexión de los niños. Estos momentos no son tiempos perdidos: son espacios ganados para que el viaje sea sostenible y placentero, para que la energía de la familia se mantenga y para que cada nueva salida sea disfrutada con atención y entusiasmo. Poder desayunar tranquilos, ordenar los juguetes o leer un cuento antes de salir se convierte en una especie de ritual que hace que el viaje sea más llevadero y armonioso para todos.

La cultura, lejos de ser solemne, puede vivirse como diversión. Entrar en una librería permite hojear libros, descubrir ilustraciones y dejar que los niños elijan un cuento aunque no entiendan el idioma. Llevarse a casa libros o pequeños objetos que, a primera vista, puedan parecer poco útiles —una figura de Paddington, un sombrero de Mary Poppins o un conejo de Peter Rabbit— se convierte en coleccionar recuerdos. Cada uno de estos objetos rememora historias, momentos de juego y aventuras compartidas, y mantiene viva la magia mucho después de que el viaje haya terminado.

Londres tiene museos extraordinarios, palacios y monumentos imponentes. Pero cuando se viaja con niños, lo que permanece en la memoria no siempre es lo más monumental, sino lo más imaginado.