
El calendario romano, caprichoso como la historia misma, dejó a septiembre con un nombre que ya no le correspondía: séptimo mes de un año que empezaba en marzo. Tal vez por eso arrastra una identidad ambigua, como si no terminara de encajar en ningún sitio. Porque septiembre no es el comienzo oficial de nada y, sin embargo, cada año vuelve con la obstinación de los verdaderos inicios. Como escribió Pablo Neruda en uno de sus versos dedicados al paso del tiempo, hay días que “nos ordenan la vida sin pedir permiso”. Septiembre tiene algo de eso: de reorganización íntima, de impulso callado, de promesa.
La literatura, siempre atenta a estos movimientos invisibles, ha dejado pequeñas huellas de ese poder silencioso que tiene este mes. Un 9 de septiembre de 1904, un joven James Joyce llegó a una torre junto al mar en Sandycove, Dublín. Permaneció allí apenas seis noches antes de marcharse precipitadamente, pero aquel episodio quedó fijado en la primera escena de Ulises. A veces basta un septiembre cualquiera para que algo mínimo —un lugar, una conversación, una madrugada inquieta— termine convirtiéndose en literatura perdurable.
Quizá por eso es, sin duda, uno de mis meses favoritos. Siempre me han gustado los comienzos, y si para muchos el año empieza realmente ahora, con la vuelta de las vacaciones y el arranque del curso, en mi caso lo es aún más: también cumplo años. No puede haber un inicio más natural para mí. Todo parece acompasarse: el mundo retoma su ritmo y yo sigo escribiendo mi historia personal.
Septiembre se abre como una temporada recién estrenada. Es el mes de la vuelta al cole, de recuperar las actividades extraescolares, de reencontrarse con rutinas que durante el verano parecían suspendidas en una luz más lenta. Es el mes de los buenos propósitos —aunque yo llegue con los deberes hechos del verano, con esa sensación de haber vivido despacio—. Algo en el aire empuja a continuar: a apuntarse al gimnasio, a empezar ese libro que lleva meses esperando, a inaugurar una libreta en blanco donde todo está todavía por escribirse.
Hay también una belleza concreta en el gesto de estrenar. Material escolar, agendas, bolígrafos; mochilas nuevas y zapatos impecables para los más pequeños. Como si el comienzo necesitara apoyarse en lo tangible, en pequeños rituales que lo hagan visible. Como si cada objeto nuevo fuera, en el fondo, una declaración de intenciones.
Y mientras tanto, el mundo cambia con una elegancia casi imperceptible. Los días empiezan a acortarse, pero sin renunciar aún a la luz generosa del verano. Los atardeceres se vuelven más densos, más dorados. Las temperaturas descienden y traen consigo mañanas frescas y noches que invitan a una chaqueta ligera, sin que el buen tiempo termine de marcharse.
Septiembre llega cargado de metas, de proyectos, de planes que empiezan a tomar forma. Es un mes que invita a mirar hacia delante sin estridencias. Para mí el calendario verdadero empieza ahora: en esta frontera suave entre lo que se va y lo que comienza.
Y quizá ahí resida su secreto. Que septiembre no anuncia grandes rupturas, no exige gestos épicos. Se limita a insinuar. A colocar, casi sin ruido, las piezas de algo que todavía no vemos del todo. Como aquella torre frente al mar en la que Joyce pasó apenas unos días sin saber que estaba inaugurando una de las obras más influyentes del siglo XX.
Quizá por eso septiembre no pesa. No es una despedida, sino un umbral. Un
tiempo suspendido entre la memoria del verano y la promesa de lo que vendrá. Y en ese equilibrio, en esa luz que empieza a declinar sin apagarse, encuentro siempre el lugar exacto desde el que volver a empezarlo todo en un septiembre cualquiera.


















