Diario de una madre confinada

CafeConMokaQue lejos está el optimismo de la semana pasada. Quizás sean los quince días de confinamiento que llevamos y la nueva quincena sumada a este encierro, que ya pasan factura. Si empezábamos el #yomequedoencasa con cierta curiosidad, como una especie de reto, retiro familiar o experimento sociológico, a estas alturas puedo decir que la situación me desborda. Son muchas horas atrincherada en un apartamento de menos de 60 metros cuadrados –da la casualidad de que estamos de obras en casa y nos trasladamos aquí por un tiempo –con un bebé de cinco meses y ni un centímetro de terraza. Las últimas cifras tampoco ayudan, cada vez más contagios y más fallecidos. Lo que se anunciaba como una gripe se ha convertido en una de las mayores crisis de nuestra historia reciente.

Por no hablar de la sensación de irrealidad o ensoñación que me invade todo el tiempo. Vivo encerrada (puedo asegurar que no he salido ni a la compra) con la impresión de que lo que está pasando ahí fuera es una mezcla entre la película ‘Guerra Mundial Z’ –pero sin Brad Pitt –y las novelas ‘Ensayo sobre la ceguera’, de José Saramago, y ‘Rendición’, de Ray Loriga. Y es que todo esto no tiene nada que envidiar al mejor guión de ficción. ¿Quién iba a imaginar a medio planeta encerrado en sus hogares por la amenaza de un virus?

Desde que esto comenzó he intentado seguir una rutina, pero mis expectativas se han visto frustradas una vez más desde que soy madre. Si esta clausura forzosa me hubiese pillado sin retoños me habría servido para poner al día tantas cosas pendientes, pero en mi situación actual no consigo saber en qué día vivo y, lo que es peor, tampoco la hora. Tanto es así que he tenido que pegar en el frigo una hoja para ir marcando el horario de las tomas del ‘pequeño ratón’ porque las olvidaba o confundía.

Mis días empiezan sobre las siete de la mañana con un bebé enganchado al pecho mientras apuro los últimos minutos de duermevela en la cama. Por suerte, ‘el hombre del renacimiento’ está sin clases en el instituto y me levanto con el desayuno preparado, algo que agradezco muchísimo pese a que mis cafés, al contrario de lo que necesitaría, son descafeinados. Todos los días me prometo que me ducharé y arreglaré a primera hora para sentirme mejor conmigo misma y que intentaré hacer algo de ejercicio o yoga online con las miles de sesiones que estos días se pueden seguir por Youtube o Instagram. Sin embargo, la realidad es que, en pijama y con coleta, empiezo recogiendo el caos de la noche anterior: cena, biberón nocturno, cambio de pañales… entre sueño y sueño del bebé, eso si duerme y me deja hacer algo. Además, tengo que reconocer que me queda poco maquillaje –no estuve precavida con eso –y como no se considera bien de primera necesidad voy un poco escasa y tengo que racionármelo. ¿Habrá alguna especie de mercado negro donde conseguirlo?

Cada día intentamos programarnos algo nuevo: un día le rapamos el pelo al pequeño –el pobre está pagando nuestro aburrimiento –otro estrenamos la mochila de porteo para estar por casa, al siguiente probamos a introducirle la fruta… y sus baños han pasado a ser diarios porque nos sirven de entretenimiento. Y comiendo más que nunca. Por primera vez en mi vida estoy haciendo cinco comidas, o más. Hemos hecho bizcochos, como medio país, y estamos estrenando útiles de cocina que no sabíamos ni que teníamos.

El mejor momento del día es la video llamada con la familia y los amigos. ¡Bendita tecnología! Que hace menos duro el distanciamiento. También nos reímos mucho cuando mi vecina Inés, un encanto de chica que me cuelga panes y rollos caseros del pomo de la puerta, pincha el himno de España a las 20.00 horas para el aplauso a los sanitarios (y al resto de personas que trabajan para que podamos contar con cierta normalidad) y después se anima con un buen repertorio musical en el que ni un día falta el ‘Ya no puedo más…’ de Camilo Sexto, que viene a explicar más o menos como me siento. De balcón a balcón compartimos algunas risas y olvidamos, por un momento, nuestro confinamiento.

Sé que esto pasará. No sé si saldrá bien, aunque lo espero. Pero vamos a dejar a mucha gente el camino. No puedo ser optimista con eso.

NO LO BESE, POR FAVOR

IMG_3920Si hace exactamente una semana yo os hablaba de miedo. Del miedo a enfrentarse sola y por primera vez a un recién nacido. Hoy, podemos hablar de pánico e histeria generalizada. Y es que en los últimos días estamos siendo testigos de escenas, medidas y acontecimientos que parecen sacados de una súper producción hollywoodiense de esas en las que Bruce Willis consigue salvar, in extremis, a toda la humanidad. Lo que hace unos meses nos parecía algo muy lejano y que después parecía resistirse a llegar a Murcia, se ha convertido en un problema de carácter global y que, finalmente, ha alcanzado nuestro territorio.

La primera vez que el COVID-19 se cruzaba en mi camino fue con su llegada a Italia. Este mes ‘el pequeño ratón’ y yo nos lanzábamos a la aventura de compartir un viaje de estudios con el ‘hombre del renacimiento’ y otros 60 jóvenes más por algunas de las principales ciudades del país. Y si eso era una locura, hacerlo dadas las circunstancias era una absoluta temeridad. Así que, nosotros nos bajamos de ese avión antes de que el desplazamiento se cancelase la semana pasada.

Cuando los primeros casos de coronavirus alcanzaban España recuerdo que discutía en un grupo con algunas madres la necesidad de cambiar muchas de nuestras costumbres y aplicar la prudencia como valor principal en nuestras relaciones con los demás.

Comentábamos como asistíamos atónitas a la necesidad compulsiva de la mayoría de las personas que se cruzaban con un bebé de tocarle las manitas, que en este caso no van al pan sino a su propia boca, y darle besos por toda la cara. Reconozco que es difícil resistirse a sus mofletes pero deberíamos dejar que la sensatez primara sobre ese primer impulso y es que, coronavirus aparte, en nuestras manos y boca es donde mayor número de bacterias y gérmenes alojamos y, sinceramente, no es necesario compartirlos. Incluso hay quienes animan a otros niños con aquello de “dale un besito”. Y, por el contrario, cuando intentas que cualquiera intime menos con tu pequeñín todavía quedamos de estiradas.

Entiendo que estas reacciones son espontáneas y bien intencionadas pero esta crisis sanitaria ha puesto de manifiesto nuestra generalizada falta de higiene y la necesidad de establecer protocolos sociales de cordialidad y afecto algo más asépticos.

Pese a que desde el primer minuto se ha pedido serenidad y sentido común hemos conseguido, primero, el desabastecimiento de dispensadores de gel desinfectante y mascarillas en las farmacias; para acabar después con las existencias de papel higiénico en los supermercados –que alguien me explique por favor la relación entre el virus y los rollos de papel –y, finalmente, de otros tantos productos y alimentos. Sin embargo, y a pesar de otras medidas como la suspensión de las clases y cierre de centros culturales, sigo viendo gente en los bares, supermercados y otro tipo de establecimientos. Más sensatez y menos histeria irracional es lo único que hace falta para luchar contra esta, ya denominada, pandemia.

En cuestión de horas hemos sido testigos de cómo un virus ha paralizado el mundo: cerrando fronteras, confinando territorios… Y aunque la situación es preocupante y es fácil tender al pánico –yo misma estoy experimentando cierta ansiedad-, lo mejor de todo es que esta vez no necesitamos héroes solo depende de nuestro compromiso y responsabilidad social. ¡Ejerzámosla! #YoMeQuedoEnCasa

¿Quién dijo miedo?

f417c67e-d523-4ab2-bcfa-50325e110864Apenas una hora después de dar a luz, recién subida a planta tras la recuperación, ya me di cuenta de que lo verdaderamente difícil comenzaba entonces. El ‘pequeño ratón’ pasó demasiado tiempo en el canal de parto –no fue un alumbramiento del todo sencillo pero al final nació sin ningún tipo de intervención –lo que provocó que tragase bastante líquido amniótico y, tan pronto como llegamos a la habitación, empezó a hacer unos esfuerzos extraños por vomitar o toser que lo dejaban varios segundos sin respiración.

La primera vez corrí con el bebé en brazos hasta el puesto de control porque pensaba que se ahogaba. Allí, las enfermeras, muy tranquilas, me dijeron que era ‘la madeja’ –concepto del que no había oído hablar jamás y que desconozco y dudo que se denomine así en el la jerga médica –y que tenía que expulsarla por sus propios medios. Antes se aspiraba, me contaron, pero era peor introducir el tubo por el aparato digestivo del bebé que aguardar a que el mismo se deshiciese de ésta, con nuestra vigilancia y ayuda.

La teoría estaba clara, pero en la práctica os imagináis el pánico que recorría mi cuerpo. Así, a la noche de parto sumamos dos más en vela incorporando al bebé y dando golpecitos en su espalda cada vez que esto ocurría, que era con una frecuencia de entre 5 y 7 minutos. Pero el cansancio no era lo peor. Sin duda, lo peor fue el miedo que se apoderó de mí durante aquellas 48 horas. Reconozco que estaba poseída. No era capaz de establecer una conversación con nadie, ni comer, ni dormir… mis cinco sentidos estaban puestos en mi pequeño. Esto despertó la inquietud entre mis familiares que veían como estaba cada vez más floja y un tanto ida de la cabeza. Con el tiempo conseguí controlar aquella turbación, pero supe que desde entonces viviría con ese desasosiego, con esa preocupación por la vida de alguien más que por la mía propia, tuviese riesgo real de ahogamiento o no.

Y después de un par de días con un régimen de alojamiento completo –incluidos cuidados médicos, análisis y respuestas a todo tipo de consultas de madre primeriza –te mandan sola a casa. Nadie te prepara para eso. Aún recuerdo el momento en el que ‘el hombre del Renacimiento’ y yo salíamos por la puerta de la Arrixaca con nuestro bebé en brazos esperando que algún vigilante de seguridad nos llamase la atención. No podíamos creer que aquello fuera nuestro y que pudiéramos llevárnoslo así, sin firmar ninguna cláusula, documento o, al menos, un recibí. ¡Menuda irresponsabilidad! Pero si nosotros no habíamos hecho esto nunca. En nuestros currículums no constaba nada relacionado con la crianza y la educación de pequeños infantes. Tanto es así que nos llevó un buen rato conseguir instalar la silla del cochecito, que tampoco habíamos instalado hasta la ocasión, y eso debía ser de lo más fácil. ¿Qué ocurriría con el resto de cuidados? ¿Cómo íbamos a ser capaces de mantenerlo vivo? Si al menos hablase y pudiese ayudarnos con sus necesidades.

Fue entonces mismo cuando pensé que más importantes que las clases de preparación al parto –a las que reconozco que no asistí –momento en el que estás completamente acompañada, asesorada y atendida por profesionales sanitarios, son necesarias las clases de preparación al postparto. ¿Cuántas veces tiene que hacer caca? ¿Es normal que se le pongan los ojos en blanco soñando? ¿Cómo hago para dormirlo? ¿Lo despierto para comer? Hoy ‘el pequeño ratón’ ha cumplido cuatro meses. ¡Lo hemos conseguido! Está sano, salvo y feliz. Gracias a los libros de Carlos Gonzáles, al instinto y a Google (y alguna que otra consulta al pediatra).

Mis 39 semanas

Monica @charliebalibrea-8Aunque ahora mismo el embarazo me parece a años luz –curiosa percepción del tiempo la mía, puesto que hace solo cuatro meses que lo estaba –hay recuerdos y anécdotas que tengo muy presentes y que no me canso de relatar aún a riesgo de quedarme sin amigos, por lo recurrente del tema. Y es que cuando una pareja se encuentra en ese estado parece no hablar de otra cosa. Pues imaginaos cuando en el mismo grupo coinciden dos o tres embarazos. El resto tiene que soportar líneas y líneas de whatsapp que no van con ellos. Y es que a quién, salvo a los futuros papás, le puede interesar saber qué es el tapón mucoso o la línea alba (que nada tiene que ver con la descendencia de la Duquesa).

Pues bien, estas evocaciones y los tres o cuatro kilos de más que aún arrastro me recuerdan lo que fui: una embarazada primeriza. Tan llena de miedos, dudas y preocupaciones como de expectación y asombro por cada uno de los cambios que iba experimentando. Por aquel entonces no sabía nada del tema, salvo lo poco con lo que me había ‘quedado’ después de los tres alumbramientos de mi hermana, pero es curioso como tras un parto ya te crees una experta en la materia.

Lo de dividirlo en trimestres me pareció muy guay, porque con eso sí estoy familiarizada. Dura exactamente lo que un curso escolar. Y las ecografías vienen a ser los exámenes propios de cada periodo. A decir verdad iba con más miedo a éstas que a las antiguas pruebas escritas. El primero, como en el caso del colegio, empieza siendo una toma de contacto con las presentaciones propias de los primeros días, para después convertirse en un arduo periodo de adaptación, con nauseas incluidas. Aunque es verdad que en mi caso fueron muy pocas. Es también en este momento cuando se les comienza a asignar una curiosa serie de apelativos gastronómicos: garbancito, almendrita… con el objeto de imaginar su tamaño. Para nosotros comenzó siendo nuestra lentejita.

dfabcee3-5d5c-4dd2-ac9d-d08aaf4ee9dbY aunque es un trimestre con aún pocos cambios físicos, sí que lo es de muchos nervios. Es la primera evaluación la que nos indica, más o menos, como podrán ir el resto. La temida ecografía de los 12 meses hizo honor a su nombre y tuvimos que esperar unas cuantas semanas más, a la recuperación, para confirmar que todo estaba correcto.

El segundo ya no entras en mucha de tu ropa y eso a mí me puso de muy mal humor. Además, como la barriga no es demasiado exagerada estás a medio camino entre el eufemismo ‘te veo recuperada’ o la insinuación del embarazo. Y aunque mucha gente no dice nada por no pecar –a quién no le ha pasado alguna vez –lo notas en sus miradas. Yo, por aquel entonces, no le tenía demasiado aprecio a mi nueva figura, me sentía extraña y poco identificada con aquella talla. No paraba de comparar barrigas. Y aunque no había cogido mucho peso (unos 11 en total), lo único que me consolaba era pensar en los más de 20 kilos del embarazo de Paula (Echevarria).

En el tercero me resigné y me apliqué el clásico ‘de perdidos al río’ intentando marcar silueta ‘curvy’ con ropa más ajustada. A estas alturas una empieza a correr ultimando los preparativos para la llegada del bebé y asistiendo a las periódicas citas médicas: análisis, pruebas de azúcar, matrona, monitores, ecografías… que no repara en nada. Pero el auténtico drama llegó con el verano. Yo, que había jurado entrar a paritorio en tacones, asistía horrorizada al considerable aumento de mis pies y tobillos, y al cambio obligado del tacón por la cuña. Menos mal que la cosa era ya cuestión de semanas.

E incluso, a unos días de la fecha fijada, insegura y bastante desconfiada me atreví a posar para mi amigo ‘Charlie’; reconozco que casi obligada. Y aunque en aquellos días no idealicé mi embarazo –como sé que le ocurre a otras mujeres –confieso que hoy, miro esas maravillosas fotos, y no me importaría volver a aquella talla.

Una experiencia brutal

image1.jpegA la mujer dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos; con dolor parirás tus hijos”, Gn 3, 16. Y es que a ver quién es la valiente que no ha experimentado el miedo al enfrentarse a un parto. Da igual las veces que una haya alumbrado porque siempre inquieta. Más aún a las primerizas, como es mi caso, cuando la zozobra se convierte casi en una angustia. Y es que con semejante ‘amenaza’ divina, como para no temerle. Lo que Dios no tuvo en cuenta por aquel entonces es que la epidural nos facilitaría bastante el trabajo. Aunque pasarlo hay que pasarlo, con epidural o sin ella.

Al comienzo del embarazo ni reparé en que tenía que llegar ese momento, estaba tan ensimismada con la noticia y con mis citas con el ecógrafo que parecía haber olvidado cómo vienen los niños al mundo. Lo que sí me preocupaba por entonces eran los cambios físicos a los que me iba a someter. Reconozco que fueron 9 meses bastante llevaderos, dadas las circunstancias, pero confieso que no me gustaba demasiado verme con tripa. Ahora la veo en fotos y la extraño. ¡Quién me lo iba a decir! Aunque algunas sí que me lo dijeron sí. Creo que este es un efecto bastante común, viene a ser como el ‘síndrome de Estocolmo’ de la barriga. Pero del embarazo ya hablaremos en otra ocasión.

Según pasaban los meses el parto estaba más presente y comenzaban los miedos y las inseguridades. Yo, como tantas futuras madres, leía libros para prepararme, con la intención de saber a qué me enfrentaba. Ya se sabe, es mejor conocer a tu enemigo. Casi entro en shock cuando, muy pocas semanas antes de la fecha estimada, leo que debería tener preparado mi ‘plan de parto’. ¿Pero qué carajo es eso? Pensé que lo había hecho todo mal. Sin embargo, tras un par de días de desasosiego decidí que iba a dejar fluir el parto, como había hecho con otras cosas en mi vida. Iría sin expectativas y con la mejor disposición ante todo lo que pudiera ocurrir.

La mañana que rompí aguas, el domingo 20 de octubre, me disponía a salir a comprar churros con chocolate para desayunar. Sin embargo, tras ponerme en pie y comprobar que un líquido escurría por mi pantalón argumenté al ‘hombre del Renacimiento’ que era mejor que yo no fuese, dadas las circunstancias. Siempre había pensado que cundiría el pánico en casa en ese preciso momento, pero extrañamente reinó la paz y, quizás, una excesiva tranquilidad. Por el contrario, opté por pegarme una ducha y maquillarme, no quería que el parto me pillase de cualquier manera pues bien sabía que las fotos de después serían para toda la vida. ‘El hombre del Renacimiento’ pensó que si yo iba a arreglarme era por que la cosa no urgía y, por lo tanto, no tenía sentido renunciar a un buen desayuno. Así que se fue a por los churros.

Una vez desayunados la cosa comenzó a ponerse peor, así que nos encaminamos al hospital pensando que el tiempo corría en nuestra contra. Nada más lejos de la realidad, yo entraba por la puerta de la Arrixaca a las 11.00 horas, aproximadamente, y ‘el pequeño ratón’ venía al mundo dieciocho horas después. Fueron unas cuantas horas de espera en las que, con mis cuñas puestas y la bata azul, me paseé toda la planta del hospital para acelerar la dilatación.

Una vez en paritorio y teniendo en cuenta que no iba con mi plan de parto hecho, dudé entre si ponerme o no la epidural, pero los gritos de otra parturienta me persuadieron a hacerlo. Total si la mismísima Reina Victoria de Inglaterra había sido, allá por el 1.800, una de las primeras mujeres en dar a luz sin dolor, gracias al éter o ‘gas de la risa’, y desde entonces la iglesia comenzó a aceptar esta práctica que iba en contra de la ‘maldición’ bíblica, quién me iba a juzgar a mí.

Y a las 05.00 horas exactas del 21 de octubre, así, con esta pinta –todo el rímel corrido-, lo oímos llorar por primera vez. Fue una experiencia brutal, porque todo se vive al máximo: el miedo, el dolor, la alegría, la incertidumbre, la impaciencia… pero hoy, ya sin miedo, repetiría otra vez –salvo por el rímel que esta vez lo usaría ‘waterproof’-.

Mi hombre del Renacimiento

FC681014-A6FC-41BF-9005-BEA11245E56E.JPGCuando tengo que presentar a alguien recuerdo siempre una escena de ‘El diario de Bridget Jones’ en la que no consigo acordarme quién da a Renée Zellweger un consejo: decir siempre dos cosas interesantes de la persona a introducir, además de su nombre. Pues bien, como la cosa hoy va de presentaciones, intentaré seguir esta recomendación.

Él, ‘mi hombre del Renacimiento’ –más adelante entenderéis el por qué de este cariñoso apodo -, apareció en mi vida como una señal divina, nunca mejor dicho. Quién me iba a decir a mí entonces que aquel Cristo crucificado y en paños menores sería, años después, el padre de mi ‘pequeño ratón’. Él era el melenudo protagonista de una Pasión viviente que yo tenía que fotografiar. Así que, cámara en mano, le seguí por todo un interpretado calvario hasta su muerte y resurrección. Después seguimos coincidiendo en el tiempo y, al final, Dios proveyó.

Si la primera vez que lo vi fue colgando de una cruz, uno de los siguientes encuentros –siempre profesionales por aquel entonces – fue en su hogar, para descubrir que solía descansar en las profundidades de la roca. Habitaba, y ahora habitamos (quién me lo iba a decir a mí o a mi madre, que el primer día que lo conoció le dijo: “Mi hija ha sido siempre mucho de Corte Inglés”. Se le hacía difícil a la pobre imaginarme viviendo en aquella tipología de residencia), una modalidad de vivienda que yo creía poco menos que prehistórica: una peculiar cueva con vistas a un pequeño patio que bien podría estar en pleno centro del Albaicín.

Él es capaz de pintar, esculpir, escribir o recitar con la misma destreza y habilidad con la que poda árboles o planta toda clase de hortalizas, de ahí el cariñoso sobrenombre con el que lo mencionaré en mis artículos. Es un auténtico ‘hombre del Renacimiento’, capaz de leer poesía en lo más alto del Mont Blanc o jugar al ajedrez en plena Selva de Irati. Cultivado en las artes pero intenso y hercúleo para los trabajos del cuerpo. Y aunque defectos haberlos haylos deben ser poco importantes porque ahora no se me vienen a la cabeza. Y, cuando lo hacen, no tengo más que abrir el frigo repleto de verduras, estás sí completamente ecológicas que planta, recolecta y hasta cocina, y se me vuelven a olvidar.

Y aunque no hay secretos ni recetas para el éxito en una relación, a nosotros nos funciona la admiración y el respeto mutuo y comprobar, cada día, que esa persona te da más paz que te quita. Reconozco también que ha puesto cierto caos a mi organización y más aventura a mis días.

Pero la verdadera aventura estaba aún por comenzar. Esperábamos a nuestro pequeño cavernícola, como su abuela materna no tardó en bautizar, por aquello de vivir en una gruta. Cinco días antes de lo previsto y después de una noche de fiesta, me encontré muy bien hasta el final del embarazo, su papá veía esa redonda cabecita asomar y desde entonces todo ha tendido a mejorar, entre ‘bibes’, tomas y muchos cambios de pañal.

En lo nuestro nada ha sido convencional, ni los tiempos ni las formas, y aunque ‘el pequeño ratón’ llegó antes de lo que pudiéramos sospechar desde el primer minuto supimos que era así, y solo así, como tenía que pasar. En general nos hemos ido dejando llevar y todo ha ocurrido con bastante espontaneidad, que en ningún caso quiere decir sin pensar. ¿Pero no son, quizás, las mejores cosas las que nos ocurren en la vida sin planificar?

CALMA

d2390e2e-5026-47b1-ae32-800e12b07232Cuando comencé a escribir esta columna, en un tiempo del que, como Cervantes, no me quiero acordar, deseaba parecerme a la estilosísima Carrie Bradshaw. Ya saben, la protagonista de la serie ‘Sex and The City’ a la que da vida la maravillosa Sarah Jessica Parker. Quién en su sano juicio no querría una vida de mujer independiente y moderna con residencia en la Gran Manzana y un vestidor con más Manolo Blahnik de los que jamás podrías estrenar, por muy agitada que fuese tu vida social. Bien, pues salvando las distancias, Murcia no es Nueva York –lo que en ningún caso es un menosprecio a la primera – en lo del armario lleno de tacones casi me puedo comparar, quien me conoce bien lo sabe, aunque evidentemente con menos glamour: es un armario empotrado y no son ‘Manolos’. Un poco más cutre. Sin embargo, unos cuantos años después, con una crisis de escritura de por medio, me encuentro tal que así, como en la foto. Juzguen ustedes mismos lo que eran mis expectativas y lo que hoy es mi realidad. Cualquier parecido que encuentren no será más que fruto de una casualidad.

Como habrán podido adivinar, sin necesidad de ser demasiado suspicaces, entre las muchas diferencias se encuentran un embarazo, un parto y una muy reciente maternidad. Situación a la que, os confieso, me enfrento con tanta ilusión como miedo, algo que voy comprobando que es bastante habitual. Pues bien, como el proceso hasta el embarazo es obvio, y por lo tanto poco necesario, os lo voy a ahorrar 😉 y, en este ‘renovado’ Café con Moka, os voy a contar las aventuras y desventuras de una asustada madre primeriza bastante alejadas, por cierto, de aquella vida de sueño en la gran ciudad, pero no por ello menos afortunadas y seguro que mucho mas excitantes.

En esta nueva ‘yo’ si hay una palabra que he repetido desde el pasado 21 de octubre, cuando exactamente a las 05.00 venía al mundo el pequeño ‘ratón’, ha sido CALMA. Precisamente estas son las cinco letras que mi hermana decidió regalarme por Navidad grabadas en un colgante que desde entonces no me quito. Y es que hoy las necesito más que nunca. Bien lo sabía ella que es madre experimentada de tres maravillosos seres.

Cuando me quedé embarazada, en vez de leer mil libros de puericultura, como se hacía antes de la revolución de las redes sociales y las ‘influencers’, comencé a seguir a un montón de buenas madres, malas madres y súper madres en Instagram, intentando mimetizar con mi nuevo rol. Sin embargo, no conseguí empatizar con ellas. No sentía la maternidad de una forma tan vocacional, e incluso trascendental, como la mayoría. Comencé a dudar de mi capacidad para tal tarea. Me parecían exageradas y desmesuradas sus preocupaciones y la intensidad con la que asumían su papel. Ahora, con el bebé ya en brazos, os confieso que por fin logro entenderlas y creo que hasta superarlas. Por eso, a Dios pongo por testigo de que jamás juzgaré a una madre.

Por momentos pienso que incluso he perdido la cabeza y el raciocino que creía tener. He recorrido media Murcia buscando pediatra, dejando atrás a unos cuantos porque no me parecía lo suficientemente buenos. Y es que si en circunstancias normales una se vuelve mamá leona, cuando el cachorro necesita de alguna atención más, la protección es salvaje. Mi pequeño crece, pero a un ritmo más lento del que nos gustaría, o al menos a mí me tranquilizaría. Come, duerme, se ríe… es un bebé feliz, pero engorda muy poquito a poco. Y eso a mí, como madre, me roba la tranquilidad. De ahí que este año vaya a necesitar mucho de eso, CALMA.