El dolor de una madre

Llevo dos días que no me la quito de la cabeza, pese a que ni la conozco. Es más, no sé ni siquiera cuál es su aspecto. Pero aún así puedo concebir perfectamente su hondo dolor. Esta semana, una familiar de unos amigos de ‘El hombre del Renacimiento’ daba a luz a dos gemelos preciosos: Enzo y Alejandro en un parto que se reveló bastante difícil. Aunque los pequeños nacieron sanos y en perfecto estado, la madre tuvo que ser intervenida de urgencia tras el alumbramiento, y mientras escribo esto aún permanece ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos. Fuera ya de peligro, eso sí, gracias a Dios.

Imagino cual debe ser el dolor de una madre a la que separan de sus hijos nada más nacer, cuando lo único que quieres en ese momento es mirarlos, tocarlos y tenerlos. Intuyo cual debe ser el sufrimiento de una madre sin poder contemplarlos y sin saber cómo estarán sus pequeños. Sin poder amamantarlos, ni arroparlos, ni asomarte a la cuna a intervalos de cinco minutos para comprobar que efectivamente siguen respirando. Sospecho que la madre está sufriendo más por ellos que por su propio estado, aunque es ella, sin duda, la que ha corrido más riesgos. Y lo sé porque también durante este tiempo, una amiga ha vivido una situación de bastante tribulación y desasosiego, pero lo que más le importaba era pensar que sería de su hija si/mientras ella necesitaba tratamiento.

Y sé como sienten porque yo ahora puedo comprenderlo. Las madres, por el hecho de serlo, formamos parte de forma tácita de un club en el que prima, sobre todo, la empatía, la filiación y, muchas veces, el respeto. Mi nueva dimensión me ha acercado a otras mujeres con las que no había cruzado, apenas, palabra y, sin embargo, ahora a menudo comparto comentarios, recomendaciones, anécdotas y secretos. Con algunas será dilatado lo que nos distancia, pero muy grande, mucho más grande, lo que nos acerca. Además de entender la falta de tiempo, las duchas a medias y el dormir con desvelo.

Ser madre te arroga una responsabilidad que va mucho más allá de tu propio ser y de tu cuerpo. Convertirse en madre es como mirar desde un precipicio al vacío del universo: fascinante y aterrador al mismo tiempo. Jamás en tu vida sentirás así el temor y el miedo porque por fin entiendes como puede ser el dolor de una madre de profundo y denso. 

Cuando fuimos los mejores

Pese a que me hago mayor, se notan las arrugas y salen algunas canas, me sigue gustando cumplir años. Siempre me ha gustado. Ahora, evidentemente, no lo vivo con el entusiasmo propio de la infancia o el jolgorio oportuno de la adolescencia y, reconozco, que si puedo evitar decir el número… no dudo en hacerlo. Sin embargo, disfruto de mirar atrás y valorar todo lo que he hecho y ha pasado a lo largo de este tiempo. Y, sobre todo, supone un momento de reencuentro con aquellas personas que han estado en tu vida y que, de algún modo, siguen estando pero con quienes, por falta de tiempo y vidas disparejas, se hace difícil el tropiezo.

Esta semana cumplía años -37 para los más curiosos –y como es habitual recibía numerosas felicitaciones a través de diversos medios. Incluso mi sobrino, de tan solo 6 años, se estrenaba con los mails mandando a su ‘tata’ su primer correo. Pero, como digo, son los saludos de aquellos con los que no tengo relación frecuente los que recibo con más agrado y regodeo. Me evocan aquellos días que, aunque ya quedan lejos, fueron parte de nuestra historia y nos dejaron tantos recuerdos.  

Recuerdos que me traen a la memoria aquel temazo de Loquillo que cantamos en noches de exaltación de la amistad y desenfreno. ‘Cuando fuimos los mejores’ y “los bares no cerraban”, “las camareras nos mostraban la mejor de sus sonrisas en copas llenas de arrogancia”, “el dinero se gastaba” y “la vida no se apagaba”. Cuando fuimos los mejores y vivíamos durante la noche algunos de nuestros mejores momentos. Años de volver a casa con el sol ya en el cielo, de cantar en los portales y de no necesitar dormir para seguir existiendo. Aún tengo amigos de esos, con los que hoy tengo vidas paralelas, que difícilmente se cruzan, pero que en su día fueron perpendiculares formando cada noche un ángulo recto.

Pero aunque pueda parecerlo, no es esto un lamento. Aunque ahora cante como Sabina cuando digo que “ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos”, lo que trato de hacer es más bien una exaltación de aquellos recuerdos. No quiero ser como el Dorian Gray, de Óscar Wilde, que rechaza lo que ve en el espejo. Quiero seguir mirándome y sonreír cada año ante lo que veo.

Meter el dedo en la llaga

Siempre he sido muy escéptica. He necesitado ver las cosas no solo para creerlas, sino también para entenderlas. Quizás también por eso me han gustado más las letras, porque las ciencias explican teorías y conceptos que uno no puede ver y que, además, están lejos del simbolismo –propio de la filosofía, las artes y las letras- que no es más que una forma de representar y hacer visible aquello que no se divisa. Así, puedo entender qué es la belleza, el dolor, la vida e incluso la muerte, porque su representación es perceptible, sin embargo los átomos, π, la relatividad o los agujeros negros se encuentran a años luz, nunca mejor dicho, de lo que puede procesar mi mente.

Reconozco que a veces he deseado ser más crédula porque hay cosas que así resultan más sencillas. Pero yo, como Santo Tomás, he necesitado la llaga para ofrecer mi confianza. Por eso con la religión he tenido mis más y mis menos porque aún queriendo creer no veía y cuando ves, a veces, es difícil creer en lo que estás viendo. Pese a todo esto, nunca me he revelado atea, ni siquiera agnóstica. De nuevo como Santo Tomás, pero en esta ocasión de Aquino, he querido creer en un motor primero, una causa incausada, un primer ser necesario, perfecto y/o inteligente –las cinco vías de su Suma Teológica – aunque a mí también me haya costado saber cómo denominarlo.

Siempre he estado más cerca del dios cristiano que de cualquier otro. Lógicamente por cultura, educación y simpatía personal, no hay por qué negarlo. He crecido con las historias de la Biblia y de personajes humildes, bondadosos, carismáticos y sabios –del Antiguo Testamento -que realizaban proezas al ser los elegidos y estando Dios de su lado. Pero sin duda es la semblanza de Jesucristo por la que más me he inquietado y preguntado. En esta sociedad egoísta es casi un escándalo hablar de renuncia. Es un mensaje completamente revolucionario.

Pero incluso a pesar de estas ganas de creer para fiar han sido necesarias mis llagas. Confieso que hacía mucho que no rezaba pero cada vez que me he visto asustada, sobrepasada o angustiada el hablar con este Ser o Causa Incausada reconozco que me ha devuelto la paz y el sosiego que en ese momento mi alma necesitaba. Aún recuerdo cuando nació mi hijo y la alegría y el pánico se mezclaban y llorando pedía a quien desde arriba me escuchara que me diese la fuerza que no tenía y la vida necesaria.

La importancia de llevar bolso

He vuelto al trabajo. Después de diez meses de baja por maternidad, lactancia y excedencia, correlativamente, esta semana volví a abrir la puerta de mi despacho. Y, aunque estos periodos a las mamás siempre se nos harán cortos, me sentí como si llevara años sin hacerlo. Han pasado tantas cosas en mí desde aquel momento en el que lo cerré por última vez que es como si hubiera transcurrido una vida. Y es que jamás seré ya la que meses atrás echó aquella llave. La maternidad es el cambio más brutal que podría haber experimentado.

Confieso que he pasado mi verano contrariada. Sin poder quitarme de la cabeza el momento de la desmembración. Durante sus primeros meses de vida, apenas nos separábamos para que yo hiciese pipí. Con el tiempo aprendí a estar sin él una media de dos horas, y lo echaba de menos. Aún recuerdo el día de mi examen final en la Escuela Oficial de Idiomas cuando la profesora encargada de vigilar a mi grupo me advirtió que si volvía a mirar el móvil tenía que expulsarme de la clase. No se podía hacer una idea de la ansiedad que me provocaba estar cinco horas sin saber de él.

Sin embargo, conforme se acercaba el momento, una parte de mí empezaba a sentir algo distinto. La necesidad de sentirme yo, pero un yo unipersonal. Así que el día de mi regreso madrugué, me duché, me arreglé el pelo y me maquillé, incluso los labios y eso que ahora con las mascarillas es absurdo. Me tomé mi café antes de que nadie más en la casa se levantase. Y conseguí arreglar todo lo que el bebé demanda. Y allí estaba yo, con mis tacones rojos, mi maletín y mi bolso –llevo casi un año sin utilizarlo porque todo cabe en la mochila del carro -esperando que llegase la hora de partir. Una vez en el trabajo me sentí bien: productiva, solvente y en forma. Por muchos meses que hubieran pasado comprobé que aún seguía en la onda.

Sin embargo, no pude evitar la temida ‘ansiedad por desapego’, pero no la del bebé, sino la mía –éste es un trastorno que sufren los pequeños a partir de ciertos meses cuando estar lejos de sus padres les produce un verdadero sufrimiento -. Coordinaba mis tareas y cumplía con mis quehaceres pero no dejaba de mirar el teléfono. Supongo que es natural pensar que nadie lo protegerá como yo lo protejo, pero entiendo que con el tiempo comprobaré que está bien y yo disfrutaré de llevar bolso de nuevo.

Sin descanso ni tiempos muertos

Ser madre te cambia la vida. Eso lo hemos repetido todas hasta rozar el hartazgo de los que nos rodean. Y lo hace para bien, en general; aunque haya cosas que eches de menos, noches y escapadas de chicas que perderse y, además, jamás vuelvas  a dormir del tirón como lo hacías antaño. Yo lo he notado especialmente en dos características fundamentales que se repiten, desde entonces, en mi día a día: no consigo acabar la jornada sin alguna mancha en mi ropa y me he vuelto increíblemente productiva y eficiente. 

El otro día lo comentaba con una amiga y también madre: conseguimos hacer más incluso en menos tiempo. Desde que he vuelto al trabajo- hace tan solo una semana pero me ha bastado como muestra para demostrarlo empíricamente -cuando dan las diez de la mañana he hecho tantas cosas que me canso solo pensarlas. Además de levantarme, desayunar, ducharme, vestirme y maquillarme, que solía ser mi rutina, salgo de casa con un lavavajillas sacado y otro puesto, los biberones de la noches anterior fregados, un pañal cambiado y la primera toma de mi pequeño. A eso le sumo que conduzco unos 20 minutos hasta llegar a mi puesto de trabajo más todo lo que en este después desempeño. Los números no fallan, llevo a cabo muchas más tareas en el mismo periodo de tiempo. 

Es por eso que no entiendo -además de que no lo comparto -la política de muchas empresas de no contratar madres o despedirlas por el hecho de serlo cuando están dejando fuera de su staff quizás uno de los puntos fuertes para su productividad y buen funcionamiento. Que no nos hablen a nosotras de aprovechar el tiempo, de optimizar recursos y de evitar el ‘procastinamiento’. Para nosotras no existen los tiempos muertos. Yo incluso he aprendido a mecer el carrito con el pie para aprovechar sus siestas y así poder seguir escribiendo.

Pero esta eficiencia tiene un precio y es que queremos que todos estén a nuestro nivel y quizás, a veces, en casa exigimos más de lo que debemos. Hace un par de años viajé con esta misma compañera, por motivos de trabajo, fuera del pueblo y entonces las demás alucinamos con el destierro al que sometió a sus dos hijos a la cama del padre porque las suyas estaban ocupadas con los looks que debían vestir cada día mientras durase su ausencia. Con cartelito incluido para que no hubiera lugar a imprecisión o equívoco en su atuendo. Sin embargo, estando allí las fotografías que nos llegaban de los pequeños no seguían el riguroso protocolo que la madre había dispuesto. Así que llamó enfadada al responsable de semejante atropello. El padre, tranquilo, se limitó a contestar que no estaba haciendo las cosas mal, simplemente diferentes y a su modo las estaba haciendo. Y es que a veces las mamas tenemos que relajarnos un poco y darnos cuenta que en equipo se disfruta mucho más del juego. 

Chismes

Incidiendo en la mala educación intergeneracional con la que tenemos que lidiar en determinadas ocasiones, como hablaba la semana pasada, hay una versión de la misma que me irrita por encima de todo: el chismorreo. Los que hayan nacido en un pueblo, como es mi caso, entenderán mejor mi postura. Verán. De que el hombre es un ser social favorable a las interacciones y las confidencias que estás generan, no tengo duda -ni tampoco queja -y de que, en general, queremos saber más de lo que se nos cuenta, tampoco (tengo duda). Y en un pueblo resulta mucho más fácil enterarse de todo, porque todos nos conocemos y porque, en muchos casos, el exceso de confianza de unos con otros incurre en tremendas faltas de pudor y, desde mi punto de vista, de respeto. A veces, incluso disfrazadas de cortesía y con cierta delicadeza. “Perdona la indiscreción, pero…”. Pues si es indiscreción no preguntes. Digo yo.

El caso es que hemos pasado del clásico “Nena, tú de quién eres hija”, que podía parecernos incluso entrañable a querer saber demasiado de la vida de los demás. De ahí el triunfo absoluto de todos los programas del corazón que desmenuzan, con toda clase de detalles, la vida de los ‘famosos’ o, como se dice ahora, las ‘celebrities’. Pero tampoco eso es suficiente. Sus vidas, con sus penas y alegrías, están muy lejos de nuestra realidad. Disfrutamos más cuando el ‘affaire’ lo ha protagonizado la vecina del primero que cuando le ocurre a algún ex miembro de Gran Hermano, aunque también participamos del espectáculo televisivo.

El problema está en que mucha gente no distingue la diferencia entre conocer y relacionarse con alguien y estar al tanto de los pormenores de su vida privada, por lo que suelen cruzar la controvertida línea de la indiscreción. Y eso que ahora con las redes sociales lo tienen mucho más sencillo porque la mayoría de nosotros publicamos información absolutamente personal que, de otro modo, sería más complicado tener acceso. Sin embargo, ahí esta la diferencia: lo haces público libremente, no respondiendo a la curiosidad o la imprudencia de nadie. Y es que hablar de lo demás, no deja de ser otra falta de educación. Por eso, a mí nunca me ha gustado dar explicaciones y me molesta sobremanera responder a la curiosidad ajena. Pienso que, como decía  ya hace milenios Cicerón: “quien cuida su huerto, no hace daño en huerto ajeno”. Pues eso, seamos hortelanos de lo nuestro y dejemos a cada uno el cuidado de sus vidas.

La mala educación

Si hay algo que no tolero, o como diría mi madre: que me saca de mis casillas, es la falta de educación. Y, por desgracia, es más común de lo que se podría imaginar. Por un lado, hay una parte importante de las últimas generaciones: la generación Y o millennials y la Z, caracterizadas por la frustración y la irreverencia –siempre según los expertos -, que han crecido y se han formado como personas sin el mínimo atisbo de preocupación por ésta. En este caso, es difícil hacerles entender que para una correcta articulación social son necesarias ciertas conductas o comportamientos que hacen más fácil la convivencia.

Sin embargo, y aunque esto suene políticamente incorrecto, también reconozco un alto porcentaje de individuos con esta carencia en nuestros mayores. La deferencia que el resto les debemos por la edad les ha llevado, en algunos casos, a cometer ciertos abusos que me parecen igual de irritantes que los más  pueriles. Seguro que a más de uno se le ha colado ruidosamente y sin ningún tipo de pudor alguna ancianita en una cola. Y es que ésta parece ser una práctica bastante común entre los de su quinta. Una cosa es que haya que cederles el lugar, algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo, y otra que sean estos quienes se precipiten y adelanten acusando así también una falta de respeto y educación por el resto.

Pero los que más me preocupan son los de nuestro tiempo. Aquellas generaciones que sí hemos sido educados con ciertos patrones y modelos pero que, por algún motivo, los estamos perdiendo. He sido testigo de diferentes episodios que no por comunes dejan de ser inaceptables. Qué se le debe de pasar a alguien por la cabeza cuando después de fumarse un cigarrillo arroja la colilla aún candente por el balcón, totalmente ajeno a quien en ese momento pase y a las posibles consecuencias. De igual modo ocurre cuando el proyectil se reemplaza por el hueso de una fruta lanzado directamente desde la boca del personaje. En ambos casos, me atrevo a aventurar, no les falta nada, saben lo que es o no es correcto, diría que más bien les sobra una pila de egoísmo.

En los dos sucesos era yo quien pasaba con mi pequeño y, además del posible riesgo, me niego en rotundo a que estos sean sus ejemplos. Prefiero que se parezca a su madre y peque por exceso –yo soy de las que va por la calle y pide disculpas cuando tropieza con una farola – a que lo haga por defecto.  Nuestros hijos aprenden por imitación. Seamos conscientes de la importancia de la educación y conciencia cívica desde la cuna.  

Verano 2020

64076dd7-614e-4290-a745-8ea063649bb0De los primeros veranos que tengo recuerdo eran aquellos en los que, siendo aún muy niña, seguíamos a mi padre por diferentes puntos de la geografía costera española ya que él tenía pocas vacaciones, pero por suerte solía trabajar en zonas de playa levantando edificios. Así que mi madre, conmigo y con mi hermana -17 meses menor que yo –, se trasladaba durante 15 días o un mes donde él se encontrase y no teníamos que esperar de semana en semana para verlo. Por suerte, con el tiempo, dejó de trabajar todo el verano y comenzaron las escapadas en familia en aquellos coches con las ventanillas bajadas y maleteros hasta arriba. Mis abuelos siempre venían con nosotros, por lo que tampoco íbamos sobrados de espacio.

Con la adolescencia, o casi, llegaron los veranos en pandilla, en los que montábamos en bicicleta, nos bañábamos en las piscinas y alargábamos las tardes hasta el fresco de la madrugada jugando en la calle entre confidencias y risas. También entonces aparecieron los amores de verano, tan efímeros como intensos, que en septiembre dejábamos de lado. Quien haya estudiado fuera de casa comprenderá que no hay nada como volver al pueblo por vacaciones. Además de que por aquel entonces el presupuesto no daba para más. Sin embargo, con el primer trabajo empiezan también los grandes viajes, con amigos o en pareja: París, Roma, Sicilia, Praga, Londres, Viena, Lisboa… Y con ellos la ilusión de pasar medio año pensándolo y organizándolo.

Para mí estas vacaciones iban a ser diferentes. Con un bebé en la mochila el viaje no podría ser igual. Sin embargo, el pequeño ha sido nuestro menor problema este año a la hora de viajar. Y así para todos. Nunca estuvo Murcia tan bulliciosa un mes de agosto. Las restricciones, el miedo a poderse contagiar y la inseguridad de que te puedan confinar en cualquier lugar han frenado, en la mayoría, la necesidad de escapar y desconectar.

La situación nos ha devuelto a los orígenes, con vacaciones de casa en el pueblo, en familia, con barbacoas y siestas para descansar. En las que una piscina para montar se ha convertido en el mayor lujo para muchos y motivo de absoluta jovialidad. Aunque, como en mi caso, haya que entrar por turnos al baño y renunciar a cualquier brisa de mar. Se trata de disfrutar lo que tenemos y valorar lo que tuvimos y, espero, tendremos aún más. La vida nos ha brindado un verano 2020 para reflexionar y regresar a lo que siempre estuvo y siempre estará.

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Superviviente de fin de semana

7a097332-c0f6-4cfb-80e8-91c0ad2b123eA veces uno tiene una imagen de sí mismo que no corresponde, del todo, con la que tienen los demás. Y lo difícil es determinar cuál de las dos versiones está menos distorsionada. Por uno lado, todos tendemos a deformarnos: en el caso de los más optimistas acentuando las virtudes como si fuesen el todo; o valorando únicamente los defectos, los más pesimistas. Con lo que nuestras apreciaciones suelen estar un poco desvirtuadas -también he conocido casos en los que la distorsión es titánica siendo, además, proporcional al ego- . Por lo que respecta a las de los demás, siempre serán sesgadas. Uno nunca se expone del todo.

Mantengo aún un par de amigas de la infancia, de esas con las que has pasado de compartir almuerzos en el recreo a cervezas en la madrugada y, ahora, algún que otro mojito de tarde, cuando las obligaciones maternales lo permiten. Somos un grupo como aquel que formaban las fabulosas chicas de ‘Sex and The City’, no por las opciones de visitar clubs de moda y coleccionar tacones con precios de infarto; pero sí en lo heterogéneo de nuestros perfiles, caracteres y vidas. Sin embargo, pese a las diferencias, poco les habré ocultado, mucho me conocen -incluso aunque calle- y en nada me he sentido jamás juzgada.

Mari Carmen siempre fue la más sensata, racional y, posiblemente, la más responsable. Rebeca conmigo ejerció de madre. ¡Cuántas chaquetas me habrá obligado a llevarme! Y yo para ellas seré eternamente ‘la cabeza loca’, como aún me llaman. Y reconozco que algún mérito habré hecho para ganarme el sobrenombre. Sin embargo, con los años y el bebé, yo me sentía ahora mucho más cambiada. Las obligaciones y los cargos en el trabajo y la maternidad me hacían sentirme mucho más responsable.

Y así se lo confesaba hace tan solo unas semanas. Les decía que incluso ahora me sentía ‘una ama de casa’. Pero esta definición de mí misma les pareció totalmente disparatada. “¿Una ama de casa? Pero si no sabes cocinar, te planchan y ni sabes cuál es la medida de un juego de sábanas”. Y todas esas acusaciones son ciertas, así que rebatí su argumento asegurando que durante unos días había sido madre de familia numerosa –con mis sobrinos en casa – y me contestaron que lo que yo era es una superviviente de fin de semana. Y tendré mucho o algo de ambas, pero lo que es seguro es que las personas somos más una suma de impresiones que una versión individualizada.

Miedos

58dd0e46-bcfa-433e-8238-b51a13b4b64dDicen que el miedo es libre. Y los mismos que defienden este argumento también señalan que, por lo tanto, cada uno coge o toma la cantidad que quiere. Yo no estoy de acuerdo. Al menos, no al completo. Como cantaba aquel que vivió pareciendo no temerle a nada, ni siquiera a la muerte (aunque últimamente le sobraban motivos): Todo depende. No es lo mismo tener miedo al posado en bikini tras el postparto, que la hostilidad a los perros, o el doloroso pánico a la soledad.

El miedo, a diferencia de otras emociones, tiene un importante factor racional –otra cosa es que nos torne en irracionales -. Éste se experimenta ante la sensación de amenaza o peligro. Desde el punto de vista biológico, el miedo responde a un proceso de adaptación, un mecanismo de supervivencia y defensa, lo que puede resultar positivo para nuestra especie. Por otro lado, según Freud, el miedo puede ser real, si la intensidad de la emoción se corresponde con la dimensión de la amenaza; mientras que si la respuesta es desmesurada, entonces se habla de miedo neurótico. Pero en ambos casos hay un desencadenante. En la actualidad, dos corrientes de estudio o pensamiento psicológico se enfrentan por este concepto. El conductismo sostiene que el miedo es algo aprendido. Por el contrario, la psicología profunda mantiene que el miedo está en nuestro inconsciente. Mi opinión, por si sirve de algo, es que aquellos que hablan del miedo como producto de bufet libre, que se sirve al gusto, jamás han sentido ese miedo que te atrapa (a ti) por dentro.

Yo, como casi todos, he experimentado el miedo en sus diferentes versiones. Desde bien pequeña me obsesioné con la oscuridad y los ruidos del fondo del pasillo, donde estaba el baño; obligando a mi hermana, menor que yo pero mucho más valiente, a acompañarme cada vez que necesitaba hacer uso de éste. Con la adolescencia, estos se fueron disipando y aparecieron otros relacionados con la aceptación social. Miedos que en su mayoría superé cuando los enfrenté –por obligación o voluntad propia-. Sin embargo, y aunque esos temores me quitasen el sueño, aún no había sentido el verdadero terror.

Desde la primera vez que mi padre enfermó viví obsesionada con una llamada. Aquella en la que alguien me dijese que había llegado el final. Fueron bastantes años, gracias a Dios, de pánico en silencio mientras lo disfruté; aunque jamás serán suficientes para mí. Me aterraba pensar en esas palabras, en si habría un adiós, en lo lejos que me encontraría… Y un 16 de marzo, esa llamada llegó. Y todos mis miedos se hicieron realidad.

Y aunque “fue tan largo el duelo que al final casi lo confundo con mi hogar” –como canta Vetusta Morla –con el tiempo, olvidé esa sensación y volví a miedos más prácticos, menos tremendos y más básicos. Hasta que algo, de nuevo, me importó y me incumbió. En el mismo momento en el que el ‘Pequeño ratón’ nació ese terror, de nuevo, me atrapó. Lo sentía otra vez en el estómago y en mi respiración. Miedo a todo lo que le pueda pasar pero, por primera vez, también miedo a que yo no esté y lo que pueda ser de él. Vivimos cada día –todos- con nuestra mochila de miedos, pero, sin lugar a dudas; ser madre o padre es también aprender a gestionar ese miedo atávico por proteger a quien más amas.