¡Uff!¡Vaya viajecito!

DSC_1968.jpgLa vida pasa tan deprisa y hay tantas cosas que nos quedarán siempre pendientes, incompletas, inacabadas y por hacer que muchas veces dan ganas de no dormir para robar esos minutos al tiempo. Vivimos pensando que seremos eternos, que no llegará el fin, y eso nos convierte, a mi parecer, en peores personas; personas enfadadas, estresadas, egoístas y desesperadamente inhumanas. Si supiéramos que vamos morir, quiero decir que si lo supiéramos de verdad, evitaríamos cada minuto de disgusto, no correríamos más que por lo importante y, lo que es más importante, entenderíamos que nada que nos pueda pasar es tan grave. Dejaríamos de sufrir y de dañar. Nos arriesgaríamos, disfrutaríamos y viviríamos sin miedo a las consecuencias, porque al fin y al cabo no pueden ser eternas.

Y es que la vida no se debería medir en tiempo. Hay vidas que nos resultan demasiado fugaces, por lo breves, pero asimismo por brillantes. Y no me refiero precisamente a aquella frase que se le atribuyó erróneamente a James Dean de “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”, cuando en realidad pertenece a un diálogo de la película ‘Knock on any door’ de Bogart y Derek, sino a que no hacen falta muchos años para dejar huella. Quizás sólo un instante, un segundo, justifica toda una vida. Y es que nadie puede dejar tras de si sólo un legado de virtudes. Somos humanos, con nuestras glorias pero irremisiblemente también con nuestras bajezas. Lo importante es, en lo largo o en lo corto, no pasar sin pena ni gloria.

A veces nacemos, crecemos, nos reproducimos –cada vez menos –y morimos como auténticos autómatas sin ser conscientes del precio y el coste de cada minuto. Seguro que habéis tenido alguna vez la sensación casi de ‘despertar’ –sin estar dormido – al volante y pensar “cómo he llegado hasta aquí”; incapaz de recordar el trayecto, conduciendo por intuición, y sin tener consciencia de ello. Pues esta es una buena metáfora para describir como vivimos, sin ser conscientes de nuestra vida, limitando y restringiendo nuestras decisiones. Incapaces de elegir, asumimos un rol prediseñado.

Cuántas veces hemos cuestionado nuestra vida y hemos dicho aquello de “si yo pudiera…”, “si volverá a nacer…”, “si tuviera tiempo…”. Pues bien, puedes, tienes tiempo –todo el que se te haya dado –y asúmelo, no volverás a nacer, salvo que uno crea en la reencarnación, y teniendo en cuenta que el ser humano es la existencia intermedia –sólo la celestial sería la superior –mejor ni intentarlo… ¿Por qué somos tan tercos para esperar a perder a alguien para echarle de menos o a estar enfermos para empezar a cuidarnos?

Pregúntante ¿Y si hoy decidiese hacer algo distinto?

Citando a un ‘colega americano’, Hunter S. Thompson, “la vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado, y proclamando en voz alta ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”.

O lo que es lo mismo, a mí que la muerte me pille viviendo.

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Lo que ha unido Ikea…

picspam07-2.pngNo voy a escribir sobre Trump y las elecciones americanas, demasiado habréis escuchado y leído ya de este asunto y, como popularmente se dice, “lo que te rondaré morena”. Pero sí sobre una información que leía hace unos días. Son pocas las noticias que pueden ya llamar mi atención a través de redes sociales. Es tanta la cantidad, que mi cabeza ya no discrimina. Pero entre las que consiguen distraerme o atraerme destacan, con importante ventaja sobre las demás, aquellas que cuentan con un toque de humor, implícito o explícito, o cierta dosis de excepcionalidad, rareza o singularidad. Así, la semana pasada, mientras ‘cotilleaba’ en Facebook leía el siguiente titular: “Ikea Shanghái prohíbe a las personas mayores reunirse en su cafetería para tener citas a ciegas”, o su versión latina –que sinceramente me gusta mucho más –“A Ikea se la agotó la paciencia con los viejitos que buscan el amor en su tienda de Shanghái”. Irremediablemente sentí la necesidad de continuar leyendo el resto de la noticia, práctica a la que, reconozcámoslo, cada vez somos menos aficionados. Claro, luego criticamos los titulares porque nos parecen sesgados e incompletos, tachando a los periodistas de manipuladores. Y créanme, haberlos haylos, pero no se imaginan ustedes lo complicado que resulta a veces resumir el contenido de todo un artículo en tan solo ocho o diez palabras, en los mejores casos, y que además resulte atractivo para que tu jefe de redacción te lo apruebe. Además, uno no puede pretender estar informado ni hacerse un criterio sobre algo leyendo apenas dos líneas. Yo sé que el tiempo es oro y que es de lo que la mayoría adolecemos, pero si no puede usted saber de todo, seleccione.

Bueno, a lo que vamos. Al continuar con la noticia descubría que este grupo de población se daba cita todos los martes y jueves en la cafetería de la tienda sueca para encontrar el amor, lo que me pareció tremendamente explotable por la marca, que lleva el siéntete como en casa por bandera en sus campañas de marketing y comunicación. Pero claro, estos apenas consumían y además dejaban poco espacio para el resto de clientes, con lo que la compañía tenía que limitar su presencia en la misma. Por su parte, los ‘ancianitos’ sienten que se han quedado sin el único lugar en el que podía enamorarse, ya que “el resto de locales están copados por la gente joven”. La decisión se ha convertido en una polémica abierta en el país entre detractores y defensores de los ‘viejitos románticos’.

Pero a mí, lo que realmente me resultaba más sorprendente de la información es que eligiesen Ikea como referencia para encontrar a su media naranja ya que si hay algo capaz de acabar con un matrimonio es una visita a los almacenes del gigante de muebles suecos. Si uno no se separa en la sección de cocinas, lo hace en la de muebles de baño o en la de ropa de cama. Esto y las páginas webs de citas extraconyugales son lo que más ha hecho en este país por el divorcio. Sin embargo, nos empeñamos una y otra vez en seguir haciendo pasar esta prueba de fuego a nuestras parejas. Si sobrevivimos a un día en Ikea el amor será eterno. Yo suelo acudir un par de veces al año, aunque reconozco que no me importaría hacerlo más. ¡Es como jugar a las casitas siendo grande! En este momento recuerdo varias escenas de la película ‘500 días juntos’ –a quien lo la haya visto se la recomiendo –y aquella en la que Tom (Joseph Gordon-Levitt) se sorprende y pregunta, mientras está tumbado en ‘su’ cama con Summer (Zooey Deschanel), qué hace una familia de japoneses en su baño. Pero si uno no se pelea durante el trayecto, que resulta lo más parecido a un laberinto, que sea prudente… aún queda el montaje.

Así que, llegados a este punto, yo recomendaría a la cadena revisar su posición sobre los ‘viejtos’ y tomar nota de la experiencia romántica en sus instalaciones para su próximo anuncio: ‘Lo que ha unido Ikea, que no lo separe el hombre’; o también: ‘Lo que no ha desunido Ikea, que no lo separe el hombre’…

Fotografías

Fotografía Papá .jpgMe encantan las fotografías. Siempre me han gustado. Y no me refiero sólo al hecho de fotografiar, sino también a lo que éstas significan en si mismas. Detrás de cada fotografía hay una historia, un momento y un recuerdo ya imborrable. La memoria, nos damos cuenta con los años, es traicionera y engañosa. Pero una foto, una foto es un instante imperturbable. Quizás mi afición esté relacionada con el miedo a desaparecer, a que llegue el día en que nadie me recuerde, a que la muerte me borre por completo y para siempre. A mí, o a aquello a lo que quiero. Mientras queden vestigios, uno es eterno. No en vano se habla de inmortalizar un instante. Por eso me fascina capturar lo que amo y disfruto, pensando que así permanecerá invariablemente.

Las fotografías nos ayudan a recordar, nos permiten traer a la mente sensaciones, emociones y sentimientos. En una instantánea no existe el paso del tiempo, se es joven y, muchas veces, también feliz para siempre. Además, son testimonios de una época. Hay fotos que hacen historia, fotos que merecen premios, fotos de héroes y traidores, de derrotados y vencedores, fotos de besos y de crímenes… pero las buenas fotos son las que nos hacen sentir, las que nos hacen llorar o reír, las que excitan, inquietan, perturban o trastornan.

Hay fotografías en papel, las de siempre, las de toda la vida, esas que archivamos en antiguas cajas de zapatos y que de cuando en cuando, cuando toca, sacamos para repasar en familia. Las memorables fotos en blanco y negro, que engrandecen tantos momentos. Y desde hace algunos años, las fotografías digitales que permiten atrapar cada instante y con las que hemos eliminado la excepcionalidad de este acontecimiento para convertirlo en una rutina diaria. Fotografías que podemos borrar y repetir y que guardamos en un bolsillo, en un teléfono.

Hoy quiero contar la historia de una de tantas de esas fotos, la de ésta: La foto de mi padre. No sé cuándo ni cómo se tomó, sólo que fue en un momento de su adolescencia y en su pueblo natal, La Copa de Bullas. Sé que ésta y otras fotografías de su pasado forman parte de un libro ‘Futbolísticamente Bullas en fotos’ que aún no ha visto la luz y desconozco si la verá, aunque nada me gustaría más que hacerme con un ejemplar del mismo. Y por supuesto sé lo que nos hizo sentir al verla.

Después de que falleciera mi padre, hace poco más de un año y medio, pensábamos ya que ninguna foto suya nos podría sorprender, de tantas y tantas veces que las hemos mirado. Es imposible que nosotras jamás lo olvidemos, pero el tenerlas en nuestras manos e ir pasando una y otra nos hace sentirlo más cerca. También intentamos así que su nieto, que era prácticamente un bebé cuando se marchó, lo guarde siempre en su memoria. Sin embargo, esta semana, en un día más de trabajo y prisas recibía un mensaje privado por Facebook de un usuario peculiar: ‘Bullas nuestro pueblo’. En el mismo me decían que habían encontrado unas fotografías de juventud de mi padre y me las adjuntaban. ¿Me habría reconocido en mi perfil? ¿Vería algo de lo que he publicado sobre mi padre en el mismo? ¿Conocía a mi padre o simplemente las encontró de casualidad? Eran muchas las incógnitas que se planteaban y enorme la emoción de verlas, de verle a él tan joven, tan risueño y tan él. Por supuesto, las compartí con mi madre y hermana que, como yo, no pudieron evitar la emoción. Pero yo, por mi carácter inquieto y curioso, tenía que descubrir qué había detrás. Las fotos eran parte de esta colección para la edición de un libro que alguien –JAC Amor –cedió para este fin y que otro alguien, quien está detrás de dicho perfil en la red social y que conoció a mi padre en su adolescencia, tal y como me confesó, nos quiso ‘regalar’. Aunque lo verdaderamente importante de estas fotos no es de dónde han venido, sino hasta donde han llegado.

GRACIAS