Cartas a ningún lugar

IMG_4964Leía el otro día una historia sensacional en la prensa que conseguía, no sólo captar mi absoluta atención e interés, sino hacer que mi imaginación trabajase por intentar rellenar todos aquellos espacios en blanco, secretos y enigmas que la misma planteaba. Y esto, en mi caso, he de reconocer que es difícil ya que, por mi profesión, son muchos los periódicos e ingentes los titulares que ojeo, repaso e incluso leo cada jornada, ya sea laboral o no. ¿No os ha pasado nunca? Que escucháis algo, parte o un detalle de una historia que os cautiva hasta tal punto de inventar y fantasear con todos aquellos detalles que le faltan…    

El artículo recogía el caso de un ex cartero que acumulaba en su trastero más de 3.000 cartas que nunca entregó a sus destinatarios. Mientras comenzaba a leer la noticia pensaba en cuáles serían las razones que le habrían llevado a tal situación. Quizás era un hombre solitario, sin familia ni amigos y al que nunca nadie envió correspondencia. Quizás quería experimentar la sensación de abrir esos sobres, incluso aunque el receptor no fuese él. Porque no me negarán, sobre todo ahora que vivimos en la era de los emails, lo excitante de mirar el buzón, encontrar una carta y abrirla para saber qué guarda. E imaginad por un momento que a diario veis circular sobres y paquetes y sois testigos de la alegría de cientos de personas al recibirlos, algo de lo que jamás os habéis sentido partícipes. Podría entender su tristeza y justificar tal circunstancia.

Pero según avanzaba por el texto comenzaba a pensar también en aquellas personas que no habrían recibido su correspondencia durante los más de diez años en los que este cartero se apropio de las mismas. ¿Cuántos mensajes y noticias se habrían quedado por el camino sin llegar a su destino? ¿Cuántas declaraciones de amor? ¿Cuántos ‘te echo de menos’? y ¿Cuántas confidencias sin compartir? En definitiva: ¿Cuántas relaciones rotas? ¿Cuántas esperas sin solución? ¿Cuántos desengaños?

Llegados a este momento, no podía evitar acordarme de uno de los personajes de la película francesa ‘Amélie’, de Jean Pierre Jeunet –No sé si la habéis visto. Aunque no es una de mis favoritas sí que la recomiendo –. Madeleine, la portera del edificio en el que vive la protagonista, una mujer alcohólica y abandonada por su marido que se aferra a las cartas ‘falsas’ que éste le envía como única razón de su existencia… los recuerdos. Es más, investigando un poco por la red, descubrí que este hecho inspiró a una joven, ‘Fanny’ a escribir relatos y enviarlos a personas que viven solas.

“La francesa recopila las historias ajenas y luego las redistribuye por los buzones. Muchos le escriben contándole aquella carta que cambió para siempre sus vidas. ‘Todos tenemos una misiva que nos ha marcado: de amor, de amistad. A veces son tristes, para mí por ejemplo aún recuerdo el documento del juzgado donde se hacía oficial la separación de mis padres’, dice”. (Un párrafo del artículo original).

Esto me hizo sentir muy cabreada con el ex cartero que había sido responsable, probablemente, de muchas historias tristes. Sin embargo, acabando de leer la noticia descubro que la mayoría de las misivas correspondían a certificados, notificaciones judiciales, correspondencia de Sanidad, Trabajo y otros Ministerios, de la DGT, de Ayuntamientos, recibos de empresas energéticas, aseguradoras, de bancos y propaganda electoral. Con lo que consideré que éste había contribuido durante una decena de años a las vidas plácidas de muchas personas. Así que, aunque se enfrenta a un delito de infidelidad en la custodia de documentos y violación de secretos…

¡Que le pongan una calle!

Anuncios

Héroes de bata blanca

f547774d47fb246b29f7ca85c2cb0377Por mi experiencia vital, estos años he desarrollado un teorema un tanto particular, y aunque sé que no es infalible, porque la realidad está ahí, bien es verdad, que a mí de momento me viene funcionando. Son muchas las veces y situaciones en las que he tenido que pernoctar en numerosos hospitales de todo el país, siempre de acompañante, pues de momento yo no lo he necesitado, y siempre, aunque ha sido en situaciones verdaderamente críticas, nos hemos ido escapando. De ahí que para mí, la presencia de un médico o enfermero sea una prueba de que nada malo puede ocurrir ya. Si uno consigue llegar al hospital… ¡Voilà! ¡Está salvado!

No se crean que soy demasiado ingenua o que vivo en el país de las maravillas porque veo y leo diariamente los periódicos con situaciones en las que, pese a la entrega y el buen trabajo de estos profesionales, nada se puede hacer. Sin embargo, cuando yo vislumbro una bata blanca, no lo puedo remediar, veo los cielos abiertos, como se suele decir –salvo en el caso del dentista, que me sigue generando cierta desconfianza –. No creo que haya una profesión o una labor más importante, y perdónenme el resto, que la que realizan médicos y enfermeros. Es de esas cosas que para hacer hay que sentir, y ellos viven sintiendo.

Sintiendo a diario el dolor y el sufrimiento de los enfermos que pasan por sus manos. Sintiendo la impotencia, la desesperanza, las horas de incertidumbre y el desconsuelo de los familiares y amigos. Sintiendo como hay vidas que se les escapan entre las manos, pese a que las aprietan mucho para evitarlo. Sintiendo dolores que afectan al alma. Sintiendo, en muchos casos, por encima de sus posibilidades.

No hay más que pasar unas horas en Urgencias de cualquier hospital para ser conscientes del peso que soportan en cada una de sus decisiones, de lo difícil que resulta afrontar determinadas situaciones y del complicado contexto en el que habitan por la enorme fragilidad de sus interlocutores. Esta semana sin ir más lejos, mientras aguardaba en una sala de espera –vuelvo a ejercer de acompañante en un hospital mientras escribo estas palabras – compartía confidencias con una doctora, con la que había coincidido en otras circunstancias, que me confesaba que ese peso se instalaba en el centro del pecho –llevándose la mano al esternón– ante días malos, como aquel, que empezaban con un bebé en parada cardiorrespiratoria y quién sabe cómo acabarían.

Sin embargo, estoy segura que les compensa. Les compensa, por ejemplo, salvar la vida a ese pequeño y sentir, también, el consuelo y profundo agradecimiento de sus padres. Les compensa el rostro de alivio de muchos enfermos. Les compensa asistir al cuidado de los más indefensos y saber que en esos, los peores momentos, hacen todo lo que está en sus manos. Por un lado, doctores y doctoras que ponen a nuestro servicio todo su conocimiento, pero cuya labor, no tendría sentido sin la entrega y disposición de enfermeros y enfermeras que asisten y atienden, que miman y cuidan en labores que no siempre resultan las mas agradables, pero les compensa la trascendental misión de salvar y dignificar vidas. ¿Por qué? Simplemente, porque sienten.

Amos de Casa

117HContra todo pronóstico, han sido varios los caballeros que a lo largo de esta semana me han trasladado su conformidad con mi artículo de la semana pasada en el que describía cuan duro puede resultar, en ocasiones, el día a día de una mujer trabajadora con sus interminables listas de tareas profesionales, domésticas y familiares. Bien es verdad, que su apreciación más destacada coincidía con un ejercicio de autocrítica propio en el que reconocía algo así como que la ausencia de responsabilidad doméstica en el género masculino es directamente proporcional al celo y la incapacidad de delegación femenina. ¡Que les gusta a los hombres un mea culpa de la mujer.

Así, aunque me gustaría poder contar otra historia, la realidad es que, aunque siempre hay excepciones, muchas de nosotras somos parte y causa en el desequilibrio del reparto de tareas en casa. En primer lugar, por una cuestión sociológica los hombres de mi generación (nuestra generación) y anteriores han nacido, crecido y vivido en un entorno doméstico en el no sólo no era propio, sino que incluso no estaba bien visto, que los hombres ayudasen o colaborasen con los quehaceres. Y eran las madres las que alejaban a los hijos varones de la cocina. Todavía guardo en mi memoria como mi abuela, de 92 años, montaba en cólera cada vez que mi padre intentaba tan sólo poner a calentar la comida en el fuego a la espera de que mi madre volviese de trabajar. Para ella es inconcebible que un hombre pueda intervenir en la cocina, aunque la mujer tenga que solapar una guardia de 12 horas con la rutina doméstica.

Afortunadamente, los tiempos están cambiando y los chicos cada vez son más participes de los trabajos domésticos, sobre todo en aquellos casos en los que han vivido fuera de la casa familiar y han tenido que aprender a la fuerza. Sin embargo, nosotras continúanos cometiendo errores imperdonables en la convivencia de pareja que desembocan en hábitos y costumbres difíciles de modificar, ya que resultan cómodos para ellos. Esto se debe (como adelantaba la semana pasada) en gran medida a nuestra inclinación y querencia por controlarlo todo.

Así, reconozco que muchas veces prefiero hacer yo las cosas de primeras por no:

  1. ‘Perder’ el tiempo indicando qué es lo que tiene que hacer y cómo quiero que lo haga.
  2. Repasar, corregir e incluso rehacer lo hecho porque no está como a mí me gusta o como yo acostumbro a realizarlo.

Y, además, estoy segura de que muchas os sentís identificadas con esta afirmación. Visto así nos parece trabajo doble, pero no nos engañemos es un autoengaño del que ellos se aprovechan.

¿Cuántas veces habéis mandado a vuestra pareja a la compra y a la vuelta le habéis regañado porque los macarrones no son la marca que vosotras compráis? ¿En cuántas ocasiones habéis acabado quitándoles la fregona, escoba o aspirador de las manos porque no lo estaban haciendo bien, para terminar el suelo vosotras? ¿Y los platos? ¿Cuántas veces habéis acabado de fregarlos tras cientos de indicaciones y recriminaciones a sus esfuerzos? Por todo esto creo que nosotras también nos lo debemos hacer mirar.

Con esto no quiero eludir la responsabilidad que ellos tienen en su compromiso con las tareas del hogar, pero quiero ser justa y no cargarles todo el peso de la culpa, ya que reconozco que en muchos casos cercanos y en el mío propio nosotras también contribuimos en esto. Esta claro que ellos, por regla general, se comprometen menos con las tareas domésticas pero nosotras debemos aprender a delegar y relajarnos con el perfeccionismo para contribuir en convertirlos en buenos amos de casa… porque ¡Hay que ver qué sexys están en delantal!

Mis fines de semana

IMG_2721

Fotos en familia después de jugar a ‘saltar’ en la cama.

Cuando uno vuelve la vista atrás, siempre se sorprende con algunos cambios en su vida de los que, pese a la intensidad de las transformaciones, no ha sido consciente por la paulatina evolución de los mismos. En mi retorno al pasado, en esta ocasión, he sido testigo de cómo se han transformado mis fines de semana. Además, este es un cambio que con mayor o menor celeridad todos vamos experimentando: La fiesta, las reuniones con amigos, las largas mañanas de domingo en cama y las ocasionales resacas van dando paso a días y actividades más tranquilas y, en muchos casos, bastante menos nocturnas.

IMG_2732

La cama de mi madre, uno de nuestros escenarios favoritos.

La forma de disfrutar de este tiempo de ocio, como la materia, no se elimina; se transforma. Sin embargo, lo que nunca cambia es mi deseo y animo de alcanzar los mismos y la sensación de cuán efímeros resultan. Y como prueba de ello me gustaría que pudieseis, al menos escuchar, como ‘El leñador’ (nombre que recibe de su madre mi sobrino de menos de dos años) jalea con los brazos en alto: “Weekend, weekend”, cuando se acerca el mediodía de la última jornada laboral.

Pero si durante una época de mi vida el fin de semana comenzaba con la quedada de los viernes noche –no sé en vuestro caso pero en el mío para nosotros éste era el gran momento- ahora soy incapaz de imaginarme en pie hasta las tantas de la madrugada después de una agotadora semana de trabajo. Así, cuando dan las dos del mediodía en reloj, a veces un poquito más tarde, me dispongo a recoger todos los enseres de trabajo en el Ayuntamiento donde ejerzo mi profesión por las mañanas y, si lo que queda de día se presenta tranquilo, optamos por tomar unas cañitas fuera de casa para después volver durante un par de horas o tres al faena en la radio por Internet en la que colaboro (en horario de tarde). Después, y de regreso a casa, compra de supervivencia para el fin de semana (aunque no solemos necesitar mucho. Ya entenderéis por qué), peli y velada tranquila de cine, sofá y manta… Y si tenemos el cuerpo ‘golfo’ vinito de acompañamiento.

IMG_2895

Desayuno de fin de semana fuera de casa.

En cuanto a los sábados y domingos, para mí levantarse tarde se ha convertido en permanecer en la cama hasta las nueve de la mañana, hora en la que en otra época podía estar prácticamente de recogida o de charla en la cocina de casa repasando las batallitas de la noche con mi hermana mientras ‘atracábamos’ la nevera. No sé por qué a esas horas nuestro aperitivo favorito siempre fue el queso. Una vez en pie, ducha y acondicionamiento más ‘casual’ de lo habitual y, en muchas ocasiones, desayuno fuera para continuar con los planes. Siempre bastante familiares.

Así, durante estas dos jornadas de ocio, repartimos el tiempo entre momentos de shopping y largos paseos, ya sea por Murcia o Caravaca, donde acudimos cada fin de semana para visitar a mi familia y disfrutar de actividades que se alteran por la presencia del ‘peque’ de la casa, un evento cultural o una visita al museo ya no son lo que eran (juzguen ustedes mismos por las fotos). Cenas, comidas o aperitivos con vino blanco (algo a lo que me estoy aficionando bastante) en familia, ratitos de parque que se alternan con algunas tareas domésticas e incluso espacios para el trabajo y la organización semanal y este blog… y muchas muchas fotos. Por supuesto, cuando la economía lo permite, también alguna escapada que otra.

12063327_10153675452418914_3219757720165176774_n

Fotos y más fotos de fin de semana.

IMG_2951

Ratitos de charla y vino blanco.

IMG_2757

Tarde de juegos entre niños con ‘El leñador’ y el ‘primo Diego’.

IMG_2938

Jugando con el ‘Tato’ y montando filas de coches.

DSC_0629

Paseos de invierno por Caravaca.

DSC_0673

Actividades culturales con niños.

DSC_0668

De visita en el museo (Antigua Iglesia Jesuita en Caravaca).

DSC_0649

¡Como acaban esas visitas al museo!    

IMG_2740

Nuestros fines de semana siempre son muy musicales.

Nada tienen que ver mis fines de semana con los de antaño, pero son formas distintas de seguir disfrutando.

DSC_0631

Poniendo un poco de cultura y arte al fin de semana. Tarde en el museo.

Llevo un día de locos

Los lunes suelen ser en todos los hogares el día de máxima locura. En mi caso, poner al día la agenda de la semana de mis varias ocupaciones laborales, cerrar el guión del espacio de radio (Murcia Más Cerca) de los martes, programar los post del blog y el artículo de mi columna en La Opinión, y planificar los menús (truco que explicaba en este post) y tareas de casa me suele llevar gran parte de la jornada. Todo ello, además de llevar a cabo las tareas habituales del estricto horario laboral. Con lo que no se me ocurre mejor forma de empezar la semana que con el siguiente post. 

trabajando en casa

Moka Home Office improvisada en la cocina

Quienes me conocen, trabajan o han trabajado conmigo en los últimos tiempos saben que ésta es una de mis muletillas o recursos lingüísticos más utilizados –hay entre ellos quienes me imitan, incluso con el tonito de desesperación que utilizo al verbalizar esta idea –. Y es, que como una gran parte de la población mundial, sufro una de las enfermedades más de moda, el síndrome de la ‘sobreocupación’ o patología de la tarea desmesurada. Este mal puede tener varias y diferentes causas, pero en mi caso los principales factores de riesgo son mi incapacidad para decir no y mi necesidad constante de estar haciendo cosas. No es fácil estarse quieto cuando va en contra de la naturaleza propia. Como tampoco lo es negarse a las peticiones, solicitudes o demandas de las personas que tienes cerca. Como consecuencia de esto, una de mis alocuciones recurrentes también es: “No te preocupes, yo me encargo”. Y de verdad que lo hago con gusto, porque la suerte de todo esto (algo bueno tiene que tener el estar en constante ocupación) es que disfruto con mi trabajo.

12113470_1131849516845150_7742543040641267443_oAsí, sin darse una cuenta, al final se encuentra con dos trabajos, en una radio y un ayuntamiento, una colaboración semanal en un periódico regional, un blog personal y un proyecto de blog compartido con mi hermana, que por falta de tiempo no termina de ver la luz, como tantas otras aspiraciones: el inglés, el gimnasio, aprender cocina, fotografía… Ni que decir tiene que además hay que ejercer de mujer, amiga, hermana, hija… y no se cuantos calificativos más de los cuales no quiero acordarme ¡No sé cómo lo hacen las que además son madres! Ya que a todas estas ocupaciones suman una tarea, y qué tarea, más. No se a ustedes, pero a mí me faltan horas al día –frase que también repito, y escucho, constantemente –.

IMG_2489Y como todo siempre puede ir a peor, desde verano ya no cuento con la ayuda doméstica que una señora me prestaba, previo pago de su importe, una vez por semana para aliviar los quehaceres domésticos. Con lo que añado mi versión más ‘maruja’ a todo lo anterior. Cosa que aunque me quita muchísimo tiempo, me ayuda en ocasiones para liberar estrés y despegarme del ordenador, e incluso me sirve como equivalente al gimnasio. Y así, entre calendarios, horarios y listas de tareas pendientes y ‘to do’ que empapelan mi casa y mi lugar de trabajo, he pasado a medir mi nivel de ocupación semanal en función de la montaña de ropa que tengo por planchar. Y si les digo que aún hay en la base de la misma prendas del viaje de verano que hice en agosto se podrán hacer una idea de cuan locos son mis días.

Pero aunque sea de tontos, la verdad que me consuela saber que este es mal de muchos; o más bien de muchas. Y es que la población de riesgo en esta enfermedad es la femenina, y discúlpenme caballeros, pero haciendo un pequeño estudio y encuesta demoscópica entre mis allegados descubro que estos síntomas son más propios de las mujeres, quizás por nuestra inclinación y querencia a controlarlo todo. Así, bromeando con mi hermana nos reíamos pensando o imaginando que si fuésemos presidentas del Gobierno, por no delegar, acabaríamos limpiando hasta La Moncloa, y los fines de semana el Congreso y el Senado.

Hace unos días leía las declaraciones de un amigo (Nacho Ruiz) en su Facebook en las que aseguraba que a él le gustaría ser rico para poder levantarse por las mañanas y leer la prensa tranquilamente con un café tras otro, indicando, al contrario de lo que reza un conocido eslogan publicitario, que “tengo sueños baratos”. Yo, sueño con tiempo…