Leer no se impone, se contagia

Esta semana, en una de esas noches suspendidas en el tiempo —cuando la casa baja el volumen y el brio se repliega—, mi hijo mayor cerró su libro y se quedó un instante en silencio —como quien escucha todavía el eco de una historia— y de pronto, se puso en pie sobre la cama de un salto, empezó a reír, a cantar, a celebrar. Había terminado un libro. Otro más para su lista. La suya. Y yo, desde la orilla de ese momento, sentí una felicidad limpia, inesperada, casi desbordante.

Ocurrió, además, en torno a la celebración del Día del Libro, en una de esas pequeñas casualidades en la que los libros, discretos casi siempre, decidieran de pronto reclamar su peso y entidad en lo esencial.

También estos días entré en un aula de niños de seis años para hablarles de periódicos. Les hablé —o lo intenté— de la importancia de entender el mundo, de la necesidad de contar lo que ocurre, de la voz de quienes escriben. Pero pronto dejamos el sonido de las palabras grandes a un lado para vivirlas: jugando. Inventaron titulares imposibles, se rieron de sus propias noticias, se convirtieron en pequeños reporteros con la imaginación desatada. Al final, se llevaron su medalla de “reporteros dicharacheros”, con la entrañable Rana Gustavo como testigo. Y en sus manos, sin saberlo, uno de los grandes secretos: que leer y contar son, en el fondo, la misma aventura.

 Y es que hace algún tiempo aprendí que leer no se impone, se contagia.

Se contagia como se contagian las cosas verdaderas: por cercanía, por repetición, por deseo. Por ver a otros habitar los libros con naturalidad. Por crecer entre historias que no piden permiso para quedarse.

Yo no recuerdo el momento exacto en que empecé a amar la lectura. Recuerdo, más bien, que los libros estaban. Que vivían conmigo. Que, en algún punto, dejaron de ser objetos para convertirse en compañía. Autores como Roald Dahl me enseñaron que la rebeldía podía ser luminosa en personajes como Matilda; otros, como Michael Bond, me regalaron la ternura inagotable del Osito Paddington, ese entrañable animal que siempre encuentra su lugar en el mundo. Y más allá, en otro tiempo y otra edad, llegaron historias como ‘Mujercitas’, donde la vida, con todas sus luces y sus sombras, se aprende sin darse cuenta.

Por eso, ahora, intento tejer para mis hijos una biblioteca que no sea solo un conjunto de libros, sino un territorio. Un lugar seguro al que volver.

En sus primeros años, cuentos que se leen casi como canciones, donde cada palabra tiene el ritmo de lo que se repite con amor. Después, historias que abren puertas: aventuras, misterios, mundos donde todo es posible.

Y, aguardando un poco más allá —como si fueran libros que respiran despacio, esperando su momento—, otros títulos que algún día encontrarán su lugar. Historias más hondas, más exigentes, pero también profundamente humanas. En Los Miserables, por ejemplo, aprenderán que la compasión puede cambiar el destino de una vida, como le ocurre a Jean Valjean. En Cien Años de Soledad descubrirán que las familias están hechas de memoria, de magia y de repeticiones que nos definen. Tal vez algún día se acerquen a la intensidad trágica de Yerma, donde el deseo y la frustración hablan con una voz que no se olvida. O a la profundidad de Los Hermanos Kamarazov, donde las grandes preguntas —sobre la fe, la culpa o la libertad— laten en cada página.

No se trata de que los lean pronto. Ni siquiera de que los lean todos. Se trata de que estén ahí. De que existan en su horizonte.

Porque una biblioteca no es una lista de obligaciones, sino un mapa de posibilidades. Por eso hay libros en todas partes. En la mesilla, en el sofá, en los rincones donde la vida ocurre. Como quien enciende pequeñas luces.

No sé qué lectores serán mis hijos. Pero sí sé que, si alguna vez encuentran en un libro un lugar donde quedarse —aunque sea por un rato—, todo esto –incluso la larga historia de la literatura -habrá valido la pena.

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