Pongamos que hablo de Madrid

COSITAS 003Cantaba y canta Sabina, esperemos que por mucho tiempo –aunque a ver quién es el guapo que apuesta dos duros por esto con la presunta vida de excesos del artista. Y no digo presunta con intención de echarle un cable y suavizar sus exuberancias, sino porque ya sabemos que hay hombres que, como en el juego del parchís, se comen una y cuentan veinte; aunque algo me dice que éste no es el caso –que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Y aunque cantado suena bonito, hoy tengo que defender la tesis contraria. Van a creer que tengo algo en contra del de Tirso de Molina, pero el objetivo de este artículo, confíen en mí, es otro.

Un par de semanas atrás volvía a Madrid, “donde regresa siempre el fugitivo”, como hago de forma recurrente desde que estudiase allí hace más de diez años. Lo hacía en tren, algo que disfruto especialmente, sobre todo si me toca un buen vagón del Altaria que pide a gritos ya una renovación, y sola, algo no tan propio de mis escapadas a la capital. Esta última circunstancia me permitía vivir la experiencia centrada en mí, única y exclusivamente en mis sensaciones, y no imaginan como lo agradecí. Fueron sólo unas horas, pero recordé y recuperé mi Madrid, parte de lo que viví y quizás también de lo que fui.

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Durante el trayecto, conmigo uno de mis libros de cabecera ‘Alta Fidelidad’ –en su versión en inglés –algo que parecía premonitorio. Al contrario que Sabina, yo me bajé en Chamartín. Atocha, aunque pueda parecer más bohemio y castizo, me genera mucho estrés con el incesante trasiego de pasajeros y de trenes a diferentes destinos que comparten anden. Siempre temí colarme en el que no era y acabar en cualquier lugar inesperado. ¿Alcobendas, Móstoles o quizás Fuenlabrada? A mi llegada, esas mariposas en el estómago propias de los nervios del primer amor, de aquel que impresiona y arrolla por la falta de seguridad. Directa al metro… ¡Ay el metro de Madrid! Cuántas horas dedicaría a vivir en sus vagones la ciudad. Tantas que llegué a odiarlo tanto como quererlo. Como suele ocurrir con todo, lo mucho cansa y lo poco agrada. Un billete sencillo, que aún guardo de recuerdo, línea 10 y cinco paradas hasta el hotel en Gregorio Marañón.

Y al surgir, Madrid. Como siempre, Madrid. Madrid con sus coches y atascos, sus pocos grados de menos (comparado con Murcia), sus domingos de rastro y sus paseos de anonimato. Tras el check-in y una ducha rápida, no podía resistirme a salir, a andar, a caminar Madrid.

Cuando la tarde se puso bien, un regalo en forma de visita a la Malasaña de callejuelas, terrazas, barras, cervezas e incluso la ‘Vía Láctea’. Una visita a los bares cuya música hace que olvides qué hay de puertas para afuera. A los bares que no diferencian entre la tarde, la noche o la madrugada. A los bares que sirven de inspiración a músicos, artistas y periodistas. Caña a caña, conversaciones entre amigos, colegas, que recuerdan sus años de universidad… Años que, quizás, aquí no se ven tan lejanos ya.

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El arte de ligar, por Internet

IMG_2031Los de mi generación, a los que ahora nos llaman millennials –o quizás ya me paso de esa definición-, debemos habernos quedado anticuados en eso de ligar. O al menos confieso que éste es mi caso. Partiendo de la idea de que muchos de nosotros ya estamos en pareja por lo que no necesitamos, al menos en la práctica, dichos conocimientos nos hemos rendido a la comodidad y ahora nos encontramos completamente desactualizados en el arte de enamorar. No hemos renovado nuestras teorías y mucho me temo que menos aún nuestras técnicas. Imagino que aquellos que durante este tiempo hemos sentido la necesidad de volver a conquistar lo hemos hecho a la antigua usanza, cosechando más o menos éxitos según las destrezas de cada uno.

Teniendo en cuenta que en mis años de ‘flirteo’ las conquistas se hacían a pecho descubierto, como los valientes, es sencillo que nos sintamos perdidos en esta locura que es la realidad virtual. Antes sobraba con saber interpretar miradas, sonrisas y ciertos gestos propios del enamorado. Que no digo yo que fuera fácil, porque tenía su mérito, y también su gracia, jugar a descubrir si estaba o no por ti. Sin embargo, con paciencia y un concienzudo trabajo de campo una alcanzaba a descifrar lo que el otro trataba de manifestar. Aunque bien es verdad que yo siempre tuve facilidad con está práctica. Me pasa igual con los idiomas, debe ser que soy buena en la traducción. Esta cualidad mía, confieso, que me ahorró los chascos propios de una fatídica malinterpretación. Aunque haberlos –alguno –los hubo, reconozco que el cara a cara nunca se me dio mal.

Ocurre que ahora todo lo hacemos por Internet. También ligar. Y un considerable porcentaje de solteros e infieles sin tiempo para engañar acuden a ciertas redes sociales a sumar conquistas. Sin embargo, también en este caso puede ser más fácil de identificar el objetivo ya que el propio contexto de la interacción delimita el objeto y el fin de la misma. También, porque los hay poco sutiles que olvidan toda la fase preliminar…

Pero qué ocurre cuando el medio no da pistas y hay que descifrar las intenciones cual jeroglíficos a través de emoticonos y palabras incompletas. ¿Qué significan los me gusta? ¿Cuántos me gustas son un ‘estoy por ti’? ¿Y si comparte o retuitea es el hombre de tu vida? ¿Qué número de ‘me gustas’ marca el límite entre la amistad y amor? ¿Quién dicta las reglas? Igual tengo que mirarme algún tutorial por youtube porque oigo a las adolescentes hablar y me parece chino:

  • Tía me contestó al whatsapp dos horas después y vi que estaba en línea.
  • No le ha dado a me gusta y yo le comento todo.
  • Me ha mandado un emoji.
  • Le pedí amistad y aún no ha aceptado…

Confieso que no entiendo los cortejos virtuales. Llamadme antigua pero yo prefiero una mirada.

No fuimos ni Romeo ni Julieta

DSC_0829Ocurría que la semana pasada me quedaba estupefacta al comprobar el revuelo que se montaba con la declaración en formato anuncio que hacía un joven a su misteriosa ‘chica del tranvía’. Que puede que ésta resultase un poco cursi y empalagosa, sí; y que quizás él un tanto cansino, no lo negaré; pero de ahí a tachar al pobre enamorado de acosador… Creo que nos hemos pasado de susceptibles buscando cosas donde no las hay. Probablemente no sea el Romeo del siglo XXI, pero tampoco es Jack el Destripador. Y es que hay líneas muy finas que no debemos cruzar, pero ni en un sentido ni en el contrario, porque al final va en perjuicio de todos.

Seguro que vosotros, fundamentalmente vosotras, habéis protagonizado algún momento violento o, al menos, desagradable con un intento de ‘conquistador’ desafortunado tanto en las formas como en el fondo, y desde luego esto no se puede justificar. Pero innegablemente habrán sido más las situaciones simpáticas, divertidas y hasta cómicas características de salir a ‘ligar’, que era lo propio en nuestros años. Una salía de fiesta con amigas y era rara la noche que no se acercaba algún chico preguntando por una de las demás, un valiente que invitaba a copas o un romántico que te confesaba su amor. Y en la mayoría de las ocasiones se quedaban en eso, anécdotas que una comentaba al día siguiente con el grupo en el café. Incluso de algunas de aquellas propuestas, hoy resultan matrimonios con hijos. Ni estaba en uno la voluntad de ofender o faltar, ni en el otro la suspicacia y el recelo de acusar.

En mis años de flirteo he de reconocer que, aunque no me interesase el joven, pocas veces un chico al que le hubiese gustado me hizo sentir mal. Algunos incluso, y pese a mi absoluta falta de interés, me llegaron a halagar. De varias historias guardo recuerdos bonitos que además, en muchos casos, son dignos de contar.

Aunque no me considero especialmente romántica y suelo huir bastante de lo tradicional, recuerdo una noche en Cartagena, cuando yo aún vivía en esta ciudad, en la que se puede decir que conocí a lo que llaman un verdadero ‘Don Juan’. Salimos en grupo, ahora mismo no recuerdo cuantos éramos, pero sí que tengo en mi memoria algunas de las personas presentes y hasta podría describir perfectamente lo que llevaba puesto aquella noche; por entonces podíamos pasar horas frente al armario y al espejo, al 50%, buscando el modelito perfecto. Un vestido rojo vintage de falda plisada, zapatos negros y un abrigo blanco de grandes solapas y botones que esa misma noche acabó con una copa encima e inservible para los restos. Cuando parecía que la fiesta terminaba, un chico con chaqueta estilo militar se acercaba a nosotras, a mí, y entablaba conversación a costa de ciertos autores de filosofía. Inteligente por su parte, ya que siempre me atrajeron los hombres interesantes. Después de un rato de charla amena nos despedimos y cada uno siguió su camino. Pero lo que parecía una historieta más de una larga noche acabó en ramo de flores a la redacción del periódico en la que trabajaba –único dato que el chico conocía de mí –con invitación incluida: ‘Déjame que te invite a cenar’, rezaba la tarjeta. Pese a que soy extremadamente vergonzosa para estas cosas y a que fui la protagonista de las bromas del equipo durante unos días, he de decir que jamás me sentí ofendida ni molesta. Todo lo contrario. Y aunque aquello nunca acabó en romance y no fuimos ni Romeo ni Julieta, yo también me armé de valor y me planté en los grandes almacenes en los que trabajaba para agradecer y reconocer su bonito gesto. Siempre me gustaron las personas valientes que arriesgan y que no tienen miedo a perder.