Lo que vale una vida

Hace apenas una semana escribía sobre el imperio de la opinión. Sobre cómo hemos construido un tiempo en el que parece que lo importante no es comprender ni reflexionar, sino pronunciarse. Decía entonces que no todas las opiniones valen lo mismo, aunque a menudo se nos quiera hacer creer lo contrario. Pero hay situaciones en las que, más allá del valor o la consistencia de lo que se dice, lo verdaderamente preocupante es la facilidad con la que nos permitimos opinar sobre otros, como si las vidas ajenas fueran territorios abiertos.

El caso de Noelia y su solicitud de eutanasia ha vuelto a ponerlo de manifiesto. En los últimos días hemos asistido a una avalancha de comentarios, análisis y juicios sobre su decisión. Algunos desde el ámbito jurídico o sanitario, otros desde posiciones ideológicas o religiosas, y muchos simplemente desde la espontaneidad —a veces irreflexiva— de las redes sociales.

No voy a entrar en el debate ético o legal sobre la eutanasia. Es un debate complejo, profundo y legítimo, en el que caben posiciones distintas y argumentos serios. Pero más allá de esa discusión, lo que me ha resultado difícil de comprender ha sido la ligereza con la que muchas personas se han permitido opinar sobre la vida de esta joven y su angustiosa decisión.

Porque detrás de ese debate hay una persona. Una joven que, según hemos podido conocer, ha vivido durante años marcada por el sufrimiento y por las consecuencias de errores y negligencias ajenas. Una vida atravesada por el dolor, por limitaciones severas y por una realidad que probablemente muy pocos de nosotros somos capaces de sospechar.

Ante una historia así, lo mínimo que cabría esperar sería prudencia. Y mucho, mucho amor y cariño.

Sin embargo, lo que hemos visto en demasiadas ocasiones ha sido justo lo contrario: juicios rápidos, categóricos y pronunciados desde la comodidad de quien observa. Como si el sufrimiento pudiera analizarse desde la frialdad de quien nunca ha tenido que habitarlo.

Ojalá Noelia hubiera encontrado algún rayo de luz. Ojalá hubiera aparecido en su vida una esperanza suficiente como para no querer marcharse. Ojalá este mundo hubiera sido capaz de ofrecerle algo distinto al sufrimiento que, según parece, ha marcado buena parte de su existencia.

Todos querríamos que hubiera sido así.

Pero cuando no ha sido posible, cuando alguien llega a un punto que ninguno de nosotros conoce lo último que merece es nuestra censura, crítica o intolerancia.

Tengo que reconocer que el jueves, a la hora en la que estaba prevista su muerte, no pude evitar emocionarme. Recordé esos ojos que, desde hace tiempo, parecían mirar ya hacia otro lugar. Como si estuvieran ya un poco lejos de este mundo, en una frontera silenciosa que separa el dolor de la esperanza. Como si habitaran una dimensión que quienes no hemos atravesado ese nivel de sufrimiento apenas podemos imaginar. Porque, en realidad, ninguno de nosotros sabe cuánto dolor puede soportar una persona ni cuánto pesa una vida cuando el sufrimiento se instala en ella.

El caso de Noelia es particular, pero también es un reflejo de algo que sucede cada vez con más frecuencia. Vivimos en una sociedad que opina de todo y sobre todos. Opinamos sobre la vida de los demás, sobre sus decisiones, sobre sus errores, sobre sus relaciones, sobre sus tragedias. Y lo hacemos con una rapidez que muchas veces deja poco espacio para la empatía.

Las redes sociales han amplificado esa tendencia hasta convertirla casi en un hábito automático. Emitimos juicios sumarísimos desde la pantalla de un teléfono, a menudo sin detenernos a pensar que detrás de cada historia hay una persona real, con un dolor real y con circunstancias que no siempre alcanzamos a comprender.

Tal vez haya momentos en los que lo más digno sea el silencio, la prudencia o simplemente el respeto.

Porque cuando hablamos de la vida —y de la muerte— de otras personas, no deberíamos olvidar que hay decisiones que nacen de lugares del alma que quienes observamos desde fuera difícilmente podemos entender. Y en esos casos, quizá lo más humano no sea opinar, sino acompañar con respeto, con empatía y, si acaso, con un poco más de silencio.

Si de verdad estamos hablando de lo que vale una vida, deberíamos trabajar por dignificarla, por enmendar los errores que han desencadenado en esta situación y por situarnos y posicionarnos lo más cerca del dolor ajeno para tratar de entenderlo, aunque no podamos aliviarlo. Porque solo desde ahí —desde la cercanía al sufrimiento y el reconocimiento de la fragilidad humana— podemos empezar a dar sentido al respeto que toda vida merece.

No me queda más que sentir profundamente la vida que ha tenido Noelia y ahora, también, sentir su muerte.

Pensar antes de ‘publicar’

Vivimos en la era de la opinión permanente. Opinamos sobre todo, todo el tiempo, en cualquier formato y sin apenas pausa. Opinamos en redes sociales, en grupos de mensajería instantánea, en tertulias improvisadas y en comentarios que nadie pidió. La opinión se ha democratizado, sí. Pero también se ha banalizado.

Conviene recordar que, sin duda, opinar está bien. Es necesario. Es sano. Una sociedad plural se construye, en buena medida, sobre la posibilidad de que todos tengamos voz. El problema no es la abundancia de opiniones, sino la ligereza con la que muchas de ellas se emiten. Porque no todas las opiniones son iguales, aunque todos tengamos derecho a opinar.

Lo digo desde el absoluto respeto y consideración a la tan necesaria libertad de expresión. Soy mujer, madre, trabajadora, periodista… y también, de algún modo, creadora de contenido. Trabajo en redes sociales, convivo con ellas, las entiendo y, como muchos profesionales, dependo en cierta medida de su lógica. Una lógica que premia la rapidez sobre la profundidad, la reacción sobre la reflexión y el posicionamiento inmediato sobre la duda.

Las plataformas nos empujan a tener una postura clara sobre cualquier tema en cuestión de minutos. Da igual si se trata de un conflicto internacional, una polémica cultural o una noticia de última hora. Hay que opinar. Y hacerlo rápido. El silencio se interpreta como ignorancia o como cobardía; sin ponderar el valor de la gran virtud que es, en determinados contextos, la prudencia. Provocando que dudar hoy parezca casi un acto de debilidad.

Pero pensar lleva tiempo. Pensar implica incomodarse, contrastar, matizar. Pensar exige aceptar que quizá no tenemos toda la información o que nuestra primera impresión no era la correcta. Pensar, en definitiva, no es tan vistoso como opinar. Y, sin embargo, es lo que da valor a una opinión.

Una opinión no debería ser solo una reacción emocional o un reflejo automático. Debería ser el resultado de un proceso previo: informarse, analizar, cuestionarse, incluso cambiar de idea. En ese recorrido se construye el criterio. Y es precisamente el criterio lo que diferencia una opinión valiosa de un simple ruido más en la conversación pública.

Como apuntaba una de las filósofas más influyentes del siglo XX, la alemana Hannah Arendt, pensar no es un lujo intelectual, sino una responsabilidad: la base que nos permite distinguir, comprender y, en última instancia, juzgar con sentido. Sin ese ejercicio previo, la opinión pierde su peso y se convierte en algo intercambiable, casi irrelevante.

Como madre, me preocupa especialmente. ¿Qué modelo estamos ofreciendo a quienes crecen observándonos? ¿El de la reflexión pausada o el del juicio instantáneo? ¿Estamos enseñando a analizar o simplemente a reaccionar? Si normalizamos que cualquier opinión vale lo mismo sin importar su fundamento, corremos el riesgo de educar generaciones que confunden expresar con comprender.

Como periodista, la inquietud es aún mayor. El oficio siempre ha tenido como pilar la verificación, el contexto, el rigor. Hoy, sin embargo, compite en desigualdad con un ecosistema donde la velocidad gana a la precisión y donde una opinión viral puede pesar más que un análisis bien fundamentado. No es solo un cambio de formato, es un cambio de prioridades. Un cambio de mentalidad y de modelo.

Estamos expuestos a la exigencia de opinar sobre todo, incluso cuando lo honesto sería reconocer que aún estamos pensando. Quizá ahí reside una de las claves que hemos olvidado: no siempre es necesario opinar de inmediato. A veces, lo más responsable es detenerse. Escuchar. Leer. Dudar. Porque el pensamiento necesita tiempo, y sin ese tiempo, la opinión se convierte en un gesto vacío.

No se trata, por tanto, de opinar menos, sino de opinar mejor. De asumir que el derecho a expresarse no exime de la responsabilidad de hacerlo con rigor y honestidad. De entender que la igualdad en el derecho a opinar no implica igualdad en la solidez de todas las opiniones.

En un mundo saturado de ruido, el pensamiento empieza a ser un bien escaso. Y precisamente por eso, más valioso que nunca. Reivindicarlo no es ir contra la opinión, sino devolverle su sentido.

Lo que resiste al olvido

Revisar fotos antiguas es abrir una puerta sencilla, nada pretenciosa, al pasado. Empiezas buscando una imagen concreta —esa en la que crees que tu sonrisa se parece a la de tu hija— y, sin darte cuenta, te quedas atrapada entre gestos, miradas y escenas que parecían olvidadas. Es entonces cuando la búsqueda cambia de sentido. Ya no se trata sólo de confirmar un parecido, sino de descubrir cómo, de alguna forma misteriosa y, a la vez, profundamente corriente y ordinaria el ayer vuelve, regresa, para emocionarte.Las fotografías tienen una forma discreta de resistir al tiempo. No lo detienen —nada puede hacerlo—, pero lo desafían y enfrentan. Son pequeños fragmentos de vida que permanecen inmóviles mientras todo lo demás continúa.

Hay retratos que guardamos durante años sin mirarlos demasiado. Permanecen en una caja, en un álbum antiguo o en una carpeta olvidada. Pero un día cualquiera, casi por accidente, vuelven a aparecer. Entonces sucede algo extraño: ese trozo de papel se convierte en un inesperado retorno.  

Regresamos a lugares que ya no son como eran. A casas donde el eco de las voces ha cambiado. A estíos que parecían interminables. Pero, sobre todo, regresamos a las personas. Personas que alguna vez estuvieron a nuestro lado con una naturalidad tan absoluta que jamás imaginamos que un día sólo existirían en recuerdos. Las fotografías son, así, una forma de conversación con los ausentes.

En ellas siguen estando los rostros que el tiempo ha ido borrando de nuestra memoria con una delicadeza cruel. Porque la memoria humana no es perfecta: se desgasta. Al principio recordamos con nitidez cada gesto, cada expresión, la manera exacta en que alguien sonreía o inclinaba la cabeza al escucharnos. Pero los años trabajan en silencio. Poco a poco las líneas se difuminan. La voz se vuelve menos precisa. Incluso los ojos —aquellos ojos que parecían imposibles de olvidar— empiezan a perder definición.

Entonces aparece la fotografía. Y te reconoces, tanto, en ese perfil que encuentras sentido a cada rasgo y a cada línea de tu rostro. Cada supuesta imperfección propia se vuelve perfecta en su semblante.  

Las fotografías no son simples recuerdos: son pequeñas resistencias contra el olvido. Ahí está su sonrisa tal como era, el brillo particular de su mirada, la forma en que apoyaba la mano sobre tu hombro. En la imagen permanece intacta una proximidad que la vida ya no puede ofrecernos. Sabemos que esos brazos no volverán a recogernos, que no escucharemos más su risa y que sus ojos jamás volverán a mirarnos. Sin embargo, en la fotografía todo sigue ahí, suspendido en un instante donde la despedida aún no ha ocurrido.

Otras fotografías nos enfrentan a emociones diferentes. Las fotos de nuestros hijos cuando eran aún más pequeños tienen algo de reloj y algo de espejo. No sólo capturan un instante feliz; también evocan, con una mezcla de ternura y vértigo, el paso inevitable del tiempo. A veces basta mirar una imagen de hace apenas tres años para descubrir que aquellas piernas regordetas, los veranos en pañales o las primeras veces cuidadosamente inmortalizadas pertenecen a otro tiempo. Así, al volver a ellas comprendemos, quizá mejor que de cualquier otra forma, lo tremendamente rápido que crecen.

Por eso los álbumes familiares son algo más que una colección de recuerdos. Son una crónica del tiempo que pone de manifiesto como nosotros mismos ocupamos lugares diferentes dentro de una misma historia.

Las fotografías también conservan aquello que la imagen no puede mostrar. Tienen algo de realidad virtual. Al mirar una fotografía antigua no vemos solamente lo que aparece en el encuadre. Nuestra memoria completa lo que falta. Recordamos el olor de una casa, el perfume de alguien querido, la textura de unas manos que nos acariciaban el pelo o el calor de un abrazo que entonces resultaba cotidiano.

Mirarlas puede doler un poco. Pero ese dolor es también una forma de gratitud. Significa confirmar que aquello existió.

Las fotografías nos recuerdan algo fundamental: la vida está hecha de instantes que pasan sin avisar que se convertirán en memoria. Quizá por eso seguimos tomando fotos. No sólo por registrar lo que vemos, sino por proteger lo que amamos de la desaparición completa. Cada fotografía es una pequeña promesa hacia el futuro: la promesa de que, cuando el tiempo haya cambiado muchas cosas, todavía podremos volver a ese segundo preciso donde alguien reía, alguien miraba a la cámara, alguien estaba vivo —o apenas empezaba a vivir— a nuestro lado.

Mientras exista una fotografía, ese instante no habrá desaparecido del todo. Habrá quedado guardado esperando que lo miremos de nuevo.

Aprender el mundo a pasos pequeños

Viajando se dilata el tiempo o, como dice el “Hombre del Renacimiento” —nombre afectuoso que dedico a mi marido—, se gana vida. Y es que los días se hacen más largos, las experiencias se multiplican y, al volver a casa, parece que fue hace una eternidad que marchaste. Tan solo unas semanas atrás explicábamos a nuestro hijo quién era Willy Fog y cómo viajó por el mundo entero en sus aventuras, y pensé que, sin darnos cuenta, nosotros también estamos trazando su particular vuelta al mundo, aunque sea por etapas y con mochilas pequeñas.

Nuestro último viaje fue a Segovia y Zamora, con la excusa perfecta de visitar la exposición ‘Las Edades del Hombre’. Dos destinos, muchos kilómetros de carretera y un par de niños que mirando por la ventanilla aprendían a leer el paisaje como si fuera un cuento ilustrado. Al regresar, después de largas horas de viaje, mi hijo dijo algo que me emocionó: “Mamá, estaba en un sueño. Esto es estar soñando para mí”. No hablaba de dormir, hablaba de viajar. De ese estado extraño en el que todo es nuevo y, al mismo tiempo, emocionante.

Viajar con niños es convertir el mundo en aula y el asombro en maestro. Es descubrir que existe un acueducto que mide más de 16 kilómetros y entender que los romanos no son solo un capítulo del libro de historia, sino ingenieros capaces de dejar huellas que atraviesan siglos. Es entrar en un alcázar donde vivían un rey y una reina que mandaban por igual, aunque por aquel entonces no fuese lo habitual, y contarles, además, que su silueta inspiró a Walt Disney para crear el castillo de Blancanieves. Y ver como en ellos, en ese preciso momento y mientras recorrían cada sala de aquel espacio, fantasía y realidad se daban la mano y los cuentos tenían escaleras, paredes y torres de verdad.

Viajar también es bañarse en una piscina caliente mientras fuera hay menos de diez grados y comprender, sin palabras, que el mundo está hecho de contrastes. Es cruzarse por primera vez con unos tunos en Zamora y preguntar por qué visten así. Es comprar antigüedades en un rastro y descubrir que los objetos guardan memoria y cuentan historias, aunque no hablen. Son lecciones que no caben en un cuaderno, pero sí en la piel.

Para los niños, viajar es otra forma de aprender: aprenden a esperar, a adaptarse, a escuchar historias que no son las suyas. Descubren que el mundo es grande, diverso y hospitalario. Para los adultos, viajar con ellos es recordar lo esencial: que no hace falta ir muy lejos para sentir que algo cambia por dentro, que basta con moverse un poco para que la vida se ensanche.

Viajar con los más pequeños no solo es una oportunidad para divertirse, sino también para educar, inspirar y acompañarlos en su crecimiento personal. Además, tiene muchas ventajas para la infancia: despierta la curiosidad, fortalece la memoria emocional y construye recuerdos que no se guardan en la nube, sino en el corazón. Quizá por eso mi hijo dijo que estaba soñando. Porque viajar es, al final, una forma de soñar despierto; habitando otras épocas y en otros mundos, como pudieron comprobar, de forma completamente explícita, en su primera experiencia de realidad virtual.

Como escribió Marcel Proust, “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Y esos nuevos ojos son los de ellos: capaces de emocionarse con una piedra antigua, con un disfraz medieval o con una carretera que parece nunca acabar.

Ser o no ser… madre

(Foto de Charlie Balibrea)

Ser madre ha sido lo más transformador, desafiante y hermoso que me ha pasado en la vida. No lo digo desde una idealización ingenua, sino desde las noches sin dormir, las dudas constantes y las renuncias silenciosas que nadie aplaude. Para mí, la maternidad es una certeza. Pero precisamente porque la vivo con convicción, creo profundamente que debe ser una elección, nunca una exigencia o coacción.

Porque maternar no es sólo amar. Es sostener. Es postergarse muchas veces. Es reorganizar prioridades, tiempos, energía y, en muchos casos, proyectos profesionales. Es aceptar que la libertad cambia de forma: no desaparece, pero se redefine. Y esa redefinición no todas quieren —ni tienen por qué querer— asumirla.

Yo elegí ser madre sabiendo que implicaba cesiones: menos espontaneidad, menos descanso, menos control sobre mis horarios. Elegí también la carga mental, la preocupación constante, el miedo que aparece cuando alguien depende de ti para todo. Lo elegí porque, para mí, la balanza se inclina hacia el sentido, la plenitud y el amor que experimento cada día.

Pero sería profundamente injusto romantizar la maternidad. Es verdad que ha sido lo más intenso que he vivido pero, también, lo más exigente. He trabajado con mis hijos a los pies del escritorio, he hecho videollamadas mientras uno coloreaba a mi lado y el otro reclamaba brazos. He aprendido a concentrarme entre interrupciones y a aceptar que la productividad ya no se mide igual. La maternidad me obligó a redefinir el éxito, el tiempo y la ambición. Pero todo con todo aquello llegó, también, la fuerza y el ímpetu para sostenerlo.

Sin embargo, no todas las mujeres sienten esa necesidad. No todas desean que su identidad se entrelace con la crianza. Y eso no las hace ni incompletas, ni egoístas, ni menos valiosas.

Defender la maternidad como elección es dignificarla. No idealizarla también lo es. Hay días en que me siento desbordada. Días en que extraño decidir sólo por mí. Días en que la carga mental pesa más que cualquier mochila. Porque maternar es, como ya he dicho, amar profundamente y, también, responsabilizarse profundamente. Es vivir con una preocupación permanente. Es saber que tus decisiones impactan en vidas que dependen de ti.

Ser madre nunca fue mi prioridad, hasta que lo fue. Y cuando lo fue, lo abracé con todo lo que implica. Pero precisamente porque sé lo que implica, sostengo que nadie debería asumirlo por presión, miedo o mandato social. Si algo me ha enseñado la maternidad es que el amor no se impone: se elige. Cada día. En cada pequeña cesión o entrega. En cada decisión consciente. Y lo que se elige libremente se vive con mayor gratitud.

Durante demasiado tiempo se nos enseñó que la realización femenina pasaba, casi inevitablemente, por la maternidad. Hoy sabemos que no es así. Que hay mujeres plenas sin hijos. Que hay proyectos de vida igual de válidos sin crianza. Y defender esa libertad no resta valor a mi experiencia; al contrario, la fortalece.

Me duele cuando se juzga a quien decide no tener hijos, como si la maternidad fuera un examen moral que todas debiéramos aprobar. La verdadera libertad consiste en poder decir ‘sí’ o ‘no’ sin culpa. En que una mujer pueda afirmar que sus hijos son lo mejor de su vida —como yo lo hago— y otra pueda defender que su mejor vida no incluye hijos, y ambas sean respetadas.

La maternidad es maravillosa cuando es deseada. Y es profundamente injusta cuando es impuesta. Yo amo ser madre y, sobre todo, amo haber podido elegirlo; porque sólo lo que se elige sin miedo ni presión se vive con plenitud y sin resentimiento.