¡Y yo con estos pelos!

Me repito una y otra vez que la belleza no es lo más importante, que hay que huir de estereotipos y que la superficialidad no es nada sexy. Sin embargo, por más que una intenta ser racional y madura, aún hoy, un mal peinado o un grano inoportuno puede destrozar mi autoestima y reducir mi seguridad a cenizas en cuestión de segundos. ¡Qué vulnerabilidad la nuestra! Es paradójico, somos capaces de soportar presiones y ataques sin titubear, pero el mal reflejo de una ojeada furtiva a un escaparate caminando por la calle nos gana por KO. Y qué os voy a contar de la báscula… ¡Hay penitencias mucho más livianas!

Bien es verdad que lo mío no es obsesión por la belleza, ni siquiera una excesiva influencia por los cánones fijados, pero que duda cabe que el no sentirme bien afecta a mi ánimo. Os lo digo con toda confianza y pleno conocimiento de causa, ya que esta semana he tenido un compañero de viaje afincado en mi frente, de esos que en cualquier reunión te dejan en segundo plano. Invitados molestos que además no anuncian su llegada y tampoco avisan de cuándo se van, y claro no es cuestión de hacer mucha vida social con tan incomodo huésped.

“Soy una mujer del siglo XXI, independiente, madura, profesional y competente”, suena como un mantra en mi cabeza mientras me siento estúpida por dar tal importancia a semejantes tonterías. Pienso que debo resultar ridícula y que nadie entendería un drama tal. Sin embargo, para mi sorpresa descubro que no soy la única, y no hablo sólo de mi pandilla del café de media mañana y sus dilemas con los calcetines mal combinados, el peinado frizz, las bragas faja o las cejas mal depiladas. Hasta la mismísima Hillary Clinton, una de las mujeres más poderosas del mundo, con el premiso de la señora Merkel, capaz de sobreponerse con asombrosa dignidad a unos cuernos en ‘streaming’, hasta el punto de perdonar al infractor y fagocitarlo con su ascendente carrera política, confesó en una charla a universitarios que su confianza comenzaba cada día por su pelo.

Y así te das cuenta de como tus temores más idiotas y tus inseguridades más absurdas son compartidas por la mayoría de tus semejantes. Y no hablo de la influencia externa que los demás ejercen sobre ti, sino de la auto evaluación que nosotros mismos nos imponemos, que habitualmente suele ser la más estricta, y si somos mujeres más aún. Perdónenme los caballeros, pero nosotras somos más exigentes y extremas, también a la hora de complicarnos la existencia.

Lo bueno de todas estas problemáticas es que nos ‘joden’ la mañana, pero no nos quitan el sueño, al menos no más de dos noches seguidas.

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No somos unas ‘fashion bloggers’

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Lo que comenzaba con la idea de ser un post sobre looks y outfit informales para el fin de semana, al más puro estilo super fashion bloggers’, se convirtió en una divertida tarde fotográfica en familia en el parque. Y es que una siesta en ‘casa di mama’ puede acabar en cualquier cosa.

Al amparo de un par de cafés, mi hermana y yo fantaseábamos una vez más, mientras los demás dormían, con la idea de tener un blog conjunto en el que, como ahora, compartir nuestras experiencias, nuestras aventuras, nuestros consejos y nuestro día a día. Sin la menor pretensión, por el simple hecho de que nos gusta escribir y nos resulta bonito pensar en tener ese testimonio gráfico y escrito de nuestras vidas en un futuro; algo así como el antiguo diario que utilizábamos de adolescentes, pero en este caso multiplicado por dos. Dos caras de la misma moneda. ¡Podría estar bien! Nos decimos a nosotras mismas, y seguro que además resulta muy divertido.

Cuando la cafeína empieza a subirnos a la cabeza, y bajo la mirada extrañada de nuestra madre, posiblemente porque se perdería entre tanto término anglosajón: look, blog, post, outfit…, decidimos dar un primer paso en nuestro proyecto programando un simulacro de sesión fotográfica imitando a las súper estrellas de los blogs que nosotras mismas seguimos. En poco más de quince minutos y cargadas de cámaras de fotos, niños, carricoches, juguetes y maridos nos plantamos en el parque que hay justo debajo de la casa de mi madre. Imaginen la estampa.

Lo más difícil fue empezar, porque evidentemente no estábamos solas, y resulta un poco ridículo ponerse a posar, sobre todo cuando no sabes y con tanto público, que además son de tu pueblo y te conocen de toda la vida. Seguro que pensaron… ¡Vaya par! Primero yo a ella, luego ella a mí, pero no terminábamos de verlo. Cuando más naturales intentábamos parecer, más forzada era la pose. Hasta nuestros ‘chicos’ nos apoyaban en nuestro empeño y se prestaban no sólo a hacer de fotógrafos sino a participar de la sesión. ¡Menuda paciencia!

El resultado fue el descubrimiento absoluto e incuestionable de que no somos unas ‘fashion bloggers y no sabemos posar, pero también que lo pasamos genial todos juntos y que cualquier excusa es buena para reírse y pasar un buen rato.

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¡Juzguen ustedes mismos!

  • Primero las que se pueden salvar…

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  • Y ahora algunas de las más divertidas:

Cuando el frío hacía acto de presencia.

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Con los ‘chiquis’ reclamando protagonismo desesperados de vernos hacer el ‘panoli’.

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Y lo mejor, cuando intentando ser naturales nos quedaba todo taaaaaan forzado y la risa no nos dejaba posar.

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Continuará…

Con calcetines y a lo loco

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Decía Marlene Dietrich que “nos reímos de la moda de ayer, pero nos emocionamos con la de antes de ayer cuando está en vía de convertirse en la de mañana”. Y es que la moda además de ser, como dicen, cíclica, en ocasiones resulta ciertamente enigmática, porque hay tendencias imposibles de entender. Si intentando definirla, uno aplica únicamente el criterio estético, se dará cuenta de que hay determinados estilos que no encajan. Si apela al social, tampoco justifica ciertos modismos. Y si consideramos el de utilidad, no tengo que recordarles lo incómodos que resultan algunos looks de última moda. Entonces, ¿cómo surgen las tendencias, pues?

Teniendo en cuenta que en mis años universitarios en ‘La Complutense’ cursé una asignatura de libre configuración que llamaban ‘Semiótica y Sociología de la Moda’ impartida, curiosamente, por Jorge Lozano, hermano de la periodista del corazón Lidia Lozano, estaba predestinada a encontrar, tarde o temprano, la respuesta. Lo que nunca imaginé es cómo se me revelaría tal conocimiento.

¿Sabéis ese momento después del verano en el que abres tu cajón de la ropa interior y en un arrebato casi demoniaco decides tirar a la basura, sin contemplaciones, todas las medias que se te ponen delante porque consideras que están viejas y usadas? Seguro que no os suena extraño… Por ese mismo motivo, también sabréis a lo que me refiero cuando uno justifica ese momento de furor irracional mintiéndose a si mismo con un “en cuanto pueda, compro nuevas y las repongo”. Pero ese ‘en cuanto pueda’ nunca llega, no por falta de ganas, sino de tiempo. Y una mañana te levantas, compones el conjunto de la jornada, y cuando vuelves al cajón de la lencería… ¡Horror! Tus medias yacen en la basura desde hace meses y jamás repusiste la mercancía. ¿Qué ocurre? Improvisas y te marcas un look con zapatos de salón y calcetines pensando “voy a ser súper moderna”. Eso sí intentando que estos sean lo más discretos posibles y evitando animalitos y dibujos infantiles.

Pero claro, esta circunstancia no pasa desapercibida en tu entorno que desvía miradas furtivas a tus pies, en los casos más discretos, y te espeta “pero qué te has puesto”, en los menos prudentes. Y es que ni tú misma atisbas ese punto de moderna. Sin embargo, según van pasando las horas, te das cuenta de que no queda tan mal, y que además la ocurrencia te ha salvado de una emergencia. Y te vas consolando pensando en que “si se lo ponen las blogueras y van tan estupendas, por qué no puedes hacerlo tú”. Te has convencido a ti misma , y una vez que has conseguido la máxima, empiezan a llegar el resto de comentarios de aprobación y, sobre todo, mensajes con mucho humor que convierten la anécdota en algo simpático. Tal fueron las reacciones que decidí que el mundo entero debía conocer el hallazgo y compartí la foto en mis redes sociales, lo que sumó más comentarios ingeniosos a mi mañana: “Aún me río, has estado sublime”, María Jesús Quiñonero; “Marcando tendencia”, Lola García; “Te comprendo Mónica”, Toñi Abenza o “No pasa nada. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que los locutores presentan el telediario en calzoncillos”, Alfonso Alcolea; y risas, muchas risas, porque no hay nada más sano que reírse de uno mismo.

El caso es que entre broma y broma al final unos cuantos quedaron cautivados con la tendencia. Y es que todo es, cogerle el puntico al look. Vamos que si Karl Lagerfeld se cruza conmigo, en la París Fashion Week del año que viene desfilan todos como en los ochenta se marcaban algunos sus outfit discotequeros: zapato negro y calcetín. Y es que la moda nace de situaciones de urgencia, emergencia, necesidad e improvisación. ¿Cuántas atareadas madres (como locas) marcan tendencia con sus calcetines de diferente color? Sin embargo, moderemos nuestra transgresión que “no hay nada tan peligroso como ser demasiado moderno”, decía Óscar Wilde.

De terciopelo azul y pana añeja

“Con lo que tú vas a la universidad, no salgo yo ni a bajar la basura”, le decía una amiga de mi hermana a ésta cuando atravesaba la etapa más grunge de su vida. Por aquel entonces vestía como si hubiese elegido las prendas del armario completamente a oscuras. Sin embargo, me consta que ella y, lo que es más sorprendente, unos cuantos más la veían estupenda -tengo que decir que a su favor jugaba que ha sido siempre una mujer guapísima, así que lucía bien cualquier trapito que se pusiera -. Mientras otros tantos, no podíamos dejar de preguntarnos, a lo Mourinho, ¿por qué? Por suerte, esa fase pasó.

Con los años me voy dando cuenta que la ausencia absoluta de gusto está mucho más generalizada de lo que una se podría imaginar, y que los desaciertos estilísticos son protagonistas también de momentos históricos y numerosas portadas en revistas y periódicos. En el mundo de las celebrities es algo que forma parte del espectáculo -¿alguien puede olvidar los estrambóticos vestidos de Lady Gaga?-, pero el vestuario y el estilismo han sonrojado en los últimos tiempos también a algún político que otro, que suelen ser austeros y aburridos por no pecar y que cuando arriesgan, no siempre aciertan.

Comenzaré recordando algún patinazo de importantes jefes de estado. Si la recién nombrada ‘Persona del Año’ para la revista Times, Ángela Merkel, nos tenía acostumbrados a su sobrio y rígido estilo, el modelito que eligió para la inauguración de la Ópera Nacional de Oslo a lo femme fatale con gran escote y collar de perlas dejó sin aliento a medio planeta. Quizás por eso terminó decantándose por el mismo traje de falda y chaqueta recta en toda la paleta de colores imaginables. Apostando por lo seguro.

En España también tuvimos políticas que arriesgaron, como la ex vicepresidenta de Zapatero, María Teresa Fernández de la Vega, quien fue capaz de incluir en un mismo modelo todos los tonos del arco iris y que, por lo visto, ha mejorado bastante con los años. O la ex ministra de Defensa, Carmen Chacón, quien a mi parecer lo hizo con bastante más éxito al vestir de smoking durante la celebración de la Pascua Militar en 2009. Si bien es verdad que en cuestión de atrevimiento en los looks han ido siempre las socialistas más aventajadas, no podemos olvidar el outfit de Ángeles González Sinde, con firma española, en la entrega de Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Y es que está claro que el mal gusto no entiende, entre otras cosas, de signo político. Y para muestra, un botón. En el que ha sido el programa más visto del año, ‘7d, El Debate Decisivo’ los cuatro candidatos, bueno tres candidatos y una vicepresidenta del Gobierno, hicieron gala con mejor o peor fortuna de todos sus trucos y herramientas de comunicación política: el boli de Iglesias, las sonrisas de Sánchez o los bailecitos de Rivera. Así, sus asesores habrían medido hasta el último detalle de la presencia de sus líderes en el plató, pero, desde una perspectiva un tanto frívola, para mí los atuendos fallaron.

Rivera, dentro de lo correcto, el traje era, para mi gusto, demasiado formal y, a todas luces, una talla menos de la que necesitaba. Sánchez aunque tiene planta y eso ayuda, me pareció totalmente falto de originalidad. Decir que ambos coincidieron en el color de la corbata, quizá fue lo único en lo que estuvieron de acuerdo en el debate. A Iglesias, que iba en su línea, no le hubiese venido mal una chaqueta para disimular ‘el Camacho’; y pese a que me divirtió bastante su intervención en el mismo, la imagen con sus compañeros de partido y asesores abrazándose al cierre me pareció más una estampa a la puerta de un instituto que de un partido político. Por último, la mujer y la única que no opta, que al menos sepamos o de forma explícita, a la presidencia del Gobierno Sáenz de Santamaría mimetizándose con las fechas navideñas hizo gala de una chaqueta de terciopelo azul al más puro estilo capa de Rey Mago, un tejido que se está convirtiendo en algo característico de su look, pues también lo eligió para el bailecito que se marcó en ‘El Hormiguero’, y que también recuerda a la querencia de González por la pana…