Hace tanto que no salgo

img_9165Hace tanto que no salgo que ya no me acuerdo ni cómo se hacía, y por supuesto tampoco sabría decir dónde hacerlo. Imagino que en esto también se notan los años. Tiempo atrás una ni se planteaba si apetecía o no apetecía, llegaba el fin de semana y comenzaba la juerga. Siempre había plan y por supuesto compañeros de fechorías. Pero esto es como todo, si uno abandona la práctica pierde habilidades. Reconozco que nunca se me dio mal, y estas cosas no se olvidan, como montar en bicicleta o el inglés, todo será retomar la costumbre para que vuelvan a aparecer mis destrezas.

En mi pueblo, del que hablaba la semana pasada, se solía hacer en un área determinada junto a la Gran Vía que denominábamos ‘La Zona’, repleta de bares y pubs donde tomar una copa en diferentes ambientes. Los de mi generación nos iniciamos en el arte de salir en lo que entonces era ‘La Cabila’, local que se llenaba de adolescentes en plena edad del pavo y efervescencia hormonal bailando los éxitos del momento. No se me ocurre mejor plan… (hablando irónicamente, claro). Después, en función de la etapa vital en la que uno se encontrase, comenzaba el desfile por los diversos garitos del pueblo: ‘El Zipi y Zape’, para la etapa más hippie o radical, ese momento en el que quieres dejar claro que eres diferente; ‘El Canterbury’, cuando de ligar con los chicos más ‘guay’ se trataba; o ‘El Blanco y Negro’, cuando considerabas que eras demasiado mayor para el resto de locales, o en su defecto estos habían cerrado, porque siempre fue el último en bajar la persiana. Aunque lo que de verdad molaba era tomar las cervezas en la calle escuchando la música desde las peceras y entablando conversación con todo el que pasaba. ‘La Zona’ siempre fue muy de este rollo, incluso en pleno invierno con los varios grados bajo cero que se registraban. En Madrid además descubrí que lo de salir no tenía porque limitare a los fines de semana, y creo que fue allí donde gasté todos mis ‘tickets’ para una larga temporada.

Está claro que, además de pasarlo bien, para la mayoría uno de los incentivos de salir es ligar y, sin ánimo de resultar engreída, era algo que yo dominaba. Creo que precisamente porque mi intención nunca fue ésta sino cerrar bares con mi hermana, algo a lo que éramos bastante aficionadas. Me llamaban ‘La San Miguel’ porque “donde va triunfa”, que decía una amiga. Esto no quiere decir que mis ligues fueran siempre de mi agrado, pero creo que el mostrar absoluto desinterés o desdén por el opuesto causa en estos el efecto contrario. Lo dejo como consejo para los/las que salen a la desesperada… La necesidad se huele, amigos míos. Por todo esto, cuando uno tiene pareja es lógico que realice también una suave frenada.

Además, como dice mi compañera Carmen Gómez, es propio de la juventud pensar como Roberto Carlos, no el futbolista sino el cantante, “yo quiero tener un millón de amigos”… y así más veces poder salir; multiplicando exponencialmente los planes y las posibilidades. Pero cuando uno va cumpliendo años, las amistades se reducen y se vuelven más selectas y, al igual que en mi caso, los intereses y prioridades de las mismas cambian, con lo que para tomar una copa hay que cuadrar agendas personales, de trabajo, pareja y familiares y hacer ‘tetris’ con los huecos libres para poder dedicarles 45 minutos a la semana. Sin embargo, y por experiencia propia estos saben a gloria. Sea como fuere, y aunque no esté entre nuestros principales hobbies, salir de marcha de vez en cuando puede resultar hasta saludable, y ahora que se han puesto de moda los garitos de tarde, podemos hasta aprovechar la siesta de los hijos. No se trata del tiempo dedicado, sino de la calidad del mismo.

¿Y tú cuánto hace que no sales?

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Noches de desenfreno mañanas de ibuprofeno

IMG_0976La noche acabó con un pequeño ‘paseíto’ por un céntrico parking de la ciudad, plantas para arriba y plantas para abajo, probando suerte para dar con nuestro vehículo:

  • “Está en la segunda planta”.
  • “No. Será en la tercera. No pensaba que hubiésemos subido tanto, pero…”.

En la tercera tampoco tuvimos suerte.

  • “¿Y si es la primera?”

Pregunté yo, que no estuve presente a la llegada, pero intuí que si no daba una solución rápida podríamos estar subiendo pisos hasta el ‘tejado’. Ét voilà’ por fin pudimos poner rumbo a casa, después de que encargado del aparcamiento, nos espetase a la salida: “Os he visto por las cámaras de seguridad en todas las plantas, ¡Eh!”, con una sonrisa de medio lado en el rosto. La verdad que quien conducía en este caso no iba bajo los efectos perniciosos del alcohol, al menos no en exceso. Pero, como diría mi madre, tal era la ‘juguesca’ que llevábamos en el cuerpo que éramos incapaces de encontrar nuestra particular aguja en el pajar.

Este fue el final de la noche, pero el transcurso, como imaginaréis, tampoco deja que desear. No revelaré nombres, porque podría resultar un poco ‘bochornoso’ para algunos protagonistas, pero entre caña y caña, vino y vino, y copa y copa fueron unas cuantas las divertidas anécdotas de pareja de las que fui testigo. Tanto es así, que decidí apuntarlas en la aplicación de notas del teléfono para ir relatando algunas en esta columna de vez en cuando. Y es que justo la noche anterior, uno de los comensales de la cena, había salido de juerga regresando a casa ya entrada la mañana, con lo que durante la velada le tocó encajar algunos reproches maritales propios de estas escenas. Y si lo contemplamos fríamente, y sobre todo si lo vemos desde fuera, porque cuando nos ‘la hacen’ a uno la perspectiva cambia, la visión era bastante cómica.

El afectado en cuestión contaba como había sido una cita casi obligada:

  • “Mi amigo se lo merecía”.

Argumentaba. Amparándose en que atendía a la petición de ‘ayuda’ de un colega que estaba en la ciudad por un par de días y necesitaba compañía. Algo con lo que su mujer también convenía, pero quizás no tanto con las horas… El caso es que ella, se defendía diciendo que no había podido dormir hasta su llegada, pero que aunque así hubiese sido, encima él siempre la despierta.

  • “Y eso que voy de puntillas por toda la casa”.
  • “¿De puntillas por toda la casa? Pero si te oigo desde cuando bajas del taxi, hablando con el conductor, cuando coges el ascensor y, si aún dormía, es imposible no despertarse con el jaleo de llaves que formas en la puerta. Si a eso le sumas las escaleras que son de madera y chirrían y tus ‘escapadas’ de la cama recién acostado para beber agua o comer algo…”.
  • “¡Hombre si te pones así…!”.

En defensa propia, la afectada, recordaba como en una de esas visitas a la cocina (con toda la habitación a oscuras) oye como se levanta y con las dos manos al frente busca a tientas la puerta, con la mala fortuna que es con el armario empotrado con el que se encuentra, y entendiendo que esa era la salida comienza su batalla con las puertas del mismo intentando salir del dormitorio… Todo esto, claro, ante la atenta mirada de la mujer que contempla la escena desde la cama.

  • “Así lo dejé un buen rato, hasta que di la luz para que pudiera salir”.

Y es que, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra –aunque reconozco que en mi casa, el trasto soy yo –. Ahora también imaginaréis como amanecimos todos…