Noches de desenfreno mañanas de ibuprofeno

IMG_0976La noche acabó con un pequeño ‘paseíto’ por un céntrico parking de la ciudad, plantas para arriba y plantas para abajo, probando suerte para dar con nuestro vehículo:

  • “Está en la segunda planta”.
  • “No. Será en la tercera. No pensaba que hubiésemos subido tanto, pero…”.

En la tercera tampoco tuvimos suerte.

  • “¿Y si es la primera?”

Pregunté yo, que no estuve presente a la llegada, pero intuí que si no daba una solución rápida podríamos estar subiendo pisos hasta el ‘tejado’. Ét voilà’ por fin pudimos poner rumbo a casa, después de que encargado del aparcamiento, nos espetase a la salida: “Os he visto por las cámaras de seguridad en todas las plantas, ¡Eh!”, con una sonrisa de medio lado en el rosto. La verdad que quien conducía en este caso no iba bajo los efectos perniciosos del alcohol, al menos no en exceso. Pero, como diría mi madre, tal era la ‘juguesca’ que llevábamos en el cuerpo que éramos incapaces de encontrar nuestra particular aguja en el pajar.

Este fue el final de la noche, pero el transcurso, como imaginaréis, tampoco deja que desear. No revelaré nombres, porque podría resultar un poco ‘bochornoso’ para algunos protagonistas, pero entre caña y caña, vino y vino, y copa y copa fueron unas cuantas las divertidas anécdotas de pareja de las que fui testigo. Tanto es así, que decidí apuntarlas en la aplicación de notas del teléfono para ir relatando algunas en esta columna de vez en cuando. Y es que justo la noche anterior, uno de los comensales de la cena, había salido de juerga regresando a casa ya entrada la mañana, con lo que durante la velada le tocó encajar algunos reproches maritales propios de estas escenas. Y si lo contemplamos fríamente, y sobre todo si lo vemos desde fuera, porque cuando nos ‘la hacen’ a uno la perspectiva cambia, la visión era bastante cómica.

El afectado en cuestión contaba como había sido una cita casi obligada:

  • “Mi amigo se lo merecía”.

Argumentaba. Amparándose en que atendía a la petición de ‘ayuda’ de un colega que estaba en la ciudad por un par de días y necesitaba compañía. Algo con lo que su mujer también convenía, pero quizás no tanto con las horas… El caso es que ella, se defendía diciendo que no había podido dormir hasta su llegada, pero que aunque así hubiese sido, encima él siempre la despierta.

  • “Y eso que voy de puntillas por toda la casa”.
  • “¿De puntillas por toda la casa? Pero si te oigo desde cuando bajas del taxi, hablando con el conductor, cuando coges el ascensor y, si aún dormía, es imposible no despertarse con el jaleo de llaves que formas en la puerta. Si a eso le sumas las escaleras que son de madera y chirrían y tus ‘escapadas’ de la cama recién acostado para beber agua o comer algo…”.
  • “¡Hombre si te pones así…!”.

En defensa propia, la afectada, recordaba como en una de esas visitas a la cocina (con toda la habitación a oscuras) oye como se levanta y con las dos manos al frente busca a tientas la puerta, con la mala fortuna que es con el armario empotrado con el que se encuentra, y entendiendo que esa era la salida comienza su batalla con las puertas del mismo intentando salir del dormitorio… Todo esto, claro, ante la atenta mirada de la mujer que contempla la escena desde la cama.

  • “Así lo dejé un buen rato, hasta que di la luz para que pudiera salir”.

Y es que, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra –aunque reconozco que en mi casa, el trasto soy yo –. Ahora también imaginaréis como amanecimos todos…

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