A mis amistades

Conozco a mucha gente de mi generación y generaciones anteriores que presume de sentirse, encontrarse y actuar como cuando tenía veinte años. Y aunque, a priori, pueda parece algo favorable y propicio, por aquello de mantenerse joven de espíritu; nada más lejos de la realidad: la experiencia y la madurez traen consigo numerosas cualidades, excelencias y virtudes de las que uno carece en su mocedad y lozanía.

Hasta los sentimientos cambian de intensidad con los años. Así, por ejemplo, cuando uno es joven bien puede corear aquello que cantaba Roberto Carlos: “Yo quisiera tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Y es que, por esos entonces, el vigor, el ímpetu y el nervio nos vienen dados del grupo, por ese sentimiento de pertenencia y participación.

Es en esta edad, difusa, luminosa e irrepetible, en la que la amistad se vive en plural. La adolescencia y la primera juventud se pueblan de nombres, rostros y voces que parecen estar destinados a acompañarnos para siempre. Se es amigo con una facilidad casi instintiva, como si la mera coincidencia en el tiempo y el espacio bastara para sellar una alianza duradera. Entonces, la amistad es multitud, es ruido, es promesa: una forma de afirmarse en el mundo a través de los otros. En esos años iniciales, el afecto no exige demasiadas explicaciones. Se vive de mantera expansiva, casi voraz. La amistad juvenil cumple una función casi esencial, la de acompañar el nacimiento de la identidad, de ofrecer complicidad cuando todo está por definir.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la vida va afinando sus exigencias. El calendario se vuelve más estrecho, las responsabilidades más densas y las decisiones más definitivas. El tiempo deja de ser ilimitado y vasto para convertirse en un bien muy preciado que se administra con cuidado. Y en ese proceso, sin una voluntad o acción explícita, la amistad comienza a transformarse.

La multitud se disuelve. Los nombres se reducen. No por desamor, sino por decantación. Hay amistades que quedan suspendidas en el recuerdo, otras se apagan en la distancia y el tiempo, otras simplemente han cumplido su ciclo y se retiran con discreción. Lo que en la juventud era presencia constante se convierte en memoria agradecida.

En la madurez, los amigos son pocos, pero esenciales. Ya no se sostienen en la frecuencia sino en lo profundo, en la hondura. No reclaman atención permanente ni explicaciones constantes. Comprenden los silencios, aceptan las ausencias, celebran los encuentros con una moción sobria y templada. Son amistades que han resistido el tiempo, los cambios, las pérdidas y las incorporaciones.

Con estos amigos se habla menos, pero se dice más. La conversación pierde ligereza, pero gana verdad. Aparecen temas que antes se trataban de evitar: el miedo, el fracaso, la fragilidad, la conciencia de límite, el recuerdo y el recelo al olvido. La amistad se convierte entonces en un espacio de reconocimiento y aprecio mutuo, donde no es necesario disimular ni exhibir. Ya no se trata de estar en todo, sino de estar cuando importa.

Quizás crecer consista, pues, en pasar de ese “millón de amigos” a lo que el mismo músico brasileño entonaba en otra de sus conocidas letras refiriéndose a aquel “amigo del alma” que resulta el más cierto en horas inciertas. Madurar, entre otras cosas, supone esa reducción que no es una pérdida, sino una forma más consciente y serena de entender la amistad.

Cuando dejar de exigirse también es avanzar

A cada comienzo de año le acompaña una silenciosa e insistente presión: la de reinventarnos. Enero llega con sus interminables listas de propósitos en las que prometemos convertirnos en personas más disciplinadas, productivas y exitosas. Comer mejor, hacer más ejercicio, leer más, ser más rigurosos en el trabajo, organizarnos mejor… El ritual se repite cada Navidad y aunque, a priori, la invitación al cambio puede ser una forma de motivación; muchas veces, esta práctica se convierte en un discurso de autoexigencia que nos acusa y nos culpa constantemente.

Frente a este escenario, hace unos días escuché por primera vez el concepto de ‘antipropósito’. Al principio pensé que era uno de esos vocablos ridículos que a menudo se ponen de moda. Sin embargo, tras una pausada reflexión, entendí que quizás esta última aportación traía a mi vida una alternativa rebelde y liberadora.

Hablar de antipropósitos no supone rechazar el crecimiento personal ni instalarse en la apatía. Proponen algo mucho más radical en una cultura obsesionada con el rendimiento: dejar de exigirnos cambios profundos y vitales sólo porque el calendario lo dicta.

Los tradicionales propósitos de Año Nuevo parecen asumir que el 31 de diciembre somos insuficientes y que el 1 de enero, de forma repentina y casi prodigiosa, deberíamos ser disciplinados y constantes, entre otras cosas. Pero la realidad es que el cansancio, las dudas y la desgana no desaparecen con las campanadas y los fuegos artificiales. Pretenderlo no hace más que aumentar la distancia entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser; y lo que es peor aún, hace crecer sentimientos de incapacidad, descuido, inercia y dejadez que se instalan y habitan en nosotros.

Los antipropósitos proponen exactamente lo contrario. En lugar de sumar exigencias, invitan a restarlas. Nos preguntan qué podemos dejar ir o soltar. Soltar la obligación de ser productivos todo el tiempo. Soltar la comparación constante con los demás. Soltar la idea de que descansar es perder el tiempo. En ese gesto hay una forma de cuidado que rara vez se promueve.

Resulta profundamente liberador aceptar que no tenemos que cumplir con todas las expectativas, ni siquiera con las propias. Vivimos en una sociedad que glorifica el esfuerzo permanente y que sospecha del descanso. No hacer, no avanzar, no mejorar se ven como una falta o imprudencia. Sin embargo, escuchar el cansancio, respetar los límites y permitirnos ir más despacio también es una forma de responsabilidad, aunque no siempre sea reconocida como tal.

Somos procesos cambiantes, llenos de pausas, contradicciones y desvíos. Habrá momentos de energía y otros de agotamiento, etapas de claridad y otras de duda. Pretender sostener el mismo nivel de motivación todo el año no sólo resulta irreal, sino injusto con nosotros mismos. Además, avanzar no siempre significa ir hacia adelante: a veces es quedarse, parar o incluso retroceder un poco.

En un mundo que nos exige ser mejores versiones de nosotros mismos de manera permanente, los antipropósitos son un acto de resistencia. Un recordatorio de que no tenemos que demostrarnos nada para merecer tranquilidad. Tal vez el verdadero gesto revolucionario de este año sea no prometernos nada extraordinario, sino algo mucho más humano: tratarnos con mucha más paciencia y amor. Y es que a veces, simplemente vivir ya es suficiente.

Navidad: tradiciones heredadas y nuevos ritos creados en casa

En casa siempre hemos celebrado la Epifanía por encima de cualquier otro advenimiento o entrega de regalos y presentes en Navidad. Como dice mi hijo: “somos muy fans de los Reyes Magos”. Es una tradición que, tanto el Hombre del Renacimiento como yo, mantenemos desde la infancia y tratamos de arraigar en nuestra familia. Sin embargo, en los últimos años, adaptándonos a los nuevos tiempos y a los deseos de nuestros pequeños, aprovechamos la llegada de Santa Claus para sorprendernos con algún pequeño detalle.

Así, hemos incorporado la nueva costumbre de recibir en Nochebuena un libro por cada miembro de la familia. Entre las dádivas y aguinaldos de esta ocasión se encuentra un bonito cuento ilustrado que, precisamente, recoge algunas de las prácticas, curiosidades, personajes y símbolos de las Navidades de todo el mundo: ‘Navidarium’. Hojeando sus páginas reflexionaba sobre como cada país y cultura ha ido adaptando esta universal celebración a su propia identidad, y pensaba que con las familias ocurre más o menos lo mismo.

Las tradiciones navideñas funcionan como una memoria colectiva. En Alemania, por ejemplo, los mercadillos llenan las plazas desde finales de noviembre y el calendario de adviento marca la espera día a día. En México, se recrean posadas que recuerdan el peregrinar de María y José antes del nacimiento en el pesebre. En Japón, donde la Navidad no es una festividad religiosa mayoritaria, se ha extendido la práctica de comer pollo frito y compartir la fecha como una celebración social. En Noruega, se esconden las escobas la noche del 24 por una antigua creencia popular que decía que las brujas y malos espíritus podían robarlas.

Estas costumbres, curiosas y solemnes, muestran que la Navidad no es un molde único. Es una construcción cultural que se adapta al contexto, la historia y las creencias de cada sociedad. Sin embargo, en el ámbito del hogar, muchas veces se vive como un ritual rígido: la misma comida, los mismos adornos, las mismas escenas reproducidas año tras año. Y aunque esta repetición ofrece seguridad también puede vaciarse de sentido, sobre todo para los más jóvenes.

Las tradiciones navideñas cumplen una función social, religiosa y emocional. Ordenan el tiempo y nos reúnen alrededor de símbolos compartidos. Pero también es cierto que las familias cambian. Cambian sus integrantes, sus creencias, sus ritmos y sus desafíos. Pretender que una tradición sea inmutable es desconocer la vida misma. Aferrarnos sólo a lo heredado puede convertir la Navidad en una reiterada escenografía, en la que estemos más pendientes de cumplir que de sentir. Por eso, además de honrar estas prácticas recibidas, es importante atreveros a crear rituales propios que den identidad a nuestra familia y se transformen en recuerdos para las próximas generaciones.

Crear rituales propios no significa romper con el pasado, sino dialogar con él. Pueden ser tan simples como decorar el árbol juntos escuchando Villancicos, dar un paseo nocturno para ver las luces de la ciudad o reservar un momento de silencio para recordar a quienes no están. En su repetición anual, estos gestos construyen pertenencia y revelan como es nuestra Navidad.

Hoy miro las tradiciones que heredé con agradecimiento, pero ya no con rigidez. Honrarlas es un gesto de gratitud; crear las propias es un acto de responsabilidad amorosa. Las tradiciones nos permiten transmitir que la Navidad no es una lista de obligaciones, sino una oportunidad para elegir cómo estar juntos. En un tiempo marcado por las prisas y el consumo, estos protocolos nos devuelven el verdadero sentido de la celebración.

Se nos va la vida

Durante las primeras décadas de nuestra vida actuamos como si el tiempo fuese inagotable. Hacemos largos inventarios de libros por leer, películas por ver y lugares por visitar. Vivimos rodeados de listas, de sugerencias y recomendaciones, y de pendientes acumulados que suelen crecer más rápido que nuestra capacidad de atenderlos. Pensamos, erróneamente, que hay que estar al día de todo. En otro tiempo, por ejemplo, jamás hubiera ‘fallado’ en ningún palmarés relevante. No había obra premiada que no dominase o reconociese.  

Sin embargo, llega un momento – siempre sigiloso -en el que comprendes que la vida es limitada y el mundo, inabarcable. Se cumplen, así, aquellos versos de Gil de Biedma que durante años contemplé cada mañana en la madrileña estación de metro de Ciudad Universitaria: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde: como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”.

No leeremos todo. No veremos todo. Ni visitaremos todo aquello que alguna vez anhelamos. Esta revelación, lejos de resultar derrotista, es profundamente liberadora. Nos obliga a elegir. Y elegir, cuando se hace con conciencia, es una forma de respeto hacia el tiempo que nos queda. En un contexto y una sociedad marcados por el exceso, en todos los sentidos, la selección se convierte casi en un acto de resistencia.

Decidir qué consumir implica también definir qué no consumir. Y ese no, lejos de ser una triste renuncia, se convierte en una contundente afirmación. Tienes la capacidad, la autoridad y la sabiduría para determinar qué merece tu tiempo, tu atención y tu energía. Decía Séneca que “no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”.

Por eso, a medida que uno toma conciencia de su propia finitud, se vuelve más selectivo. Aparece un criterio más personal y, también, más honesto que va más allá de las modas, recomendaciones y novedades. Empezamos a elegir aquello que de verdad nos mueve, nos conmueve o nos transforma. El ‘consumo’ pasa a ser más significativo que acumulativo.

Aprender a elegir es aprender a prioriza: a veces descartando lo nuevo y, otras veces, volviendo a lo antiguo, a lo conocido. Aprender a elegir significa también permitirnos regresar a lo ya vivido: releer un libro que marcó una etapa, revisar una película con otros ojos o regresar a un lugar que aún tiene algo que decirnos. Repetir no es estancarse, sino profundizar.

Aceptar que no llegaremos a todo es, en el fondo, un gesto de madurez. Nos libera de la obsesión por acumular experiencias y nos acerca a una vida más consciente. Porque si algo se vuelve evidente con los años es que el tiempo es el único bien que no se renueva. Aprender a gastarlo con sentido y criterio es, quizás, una de las formas más honestas de vivir.

Fotografía Charlie Balibrea

Cuando muere un mito

Fotografía Charlie Balibrea
Fotografía Charlie Balibrea

¿Cómo se sabe que ha muerto un mito? Se sabe porque esa mañana escuchas antiguas canciones suyas en los coches con los que coincides en los semáforos y compartes una mirada y una sonrisa cómplice con su conductor. Se sabe porque toda tu lista de contactos, en su compleja diversidad, recupera en su estado frases, anécdotas y fotos de su figura. Se sabe porque su muerte, de repente, te hace recordar a alguien de tu pasado a quien decides volver escribir: aquel profesor de instituto que ‘pinchaba’ sus melodías en clase, un primer amor que te susurraba sus estrofas o esa amiga que te mandaba cartas con sus letras. Cuando muere un genio, simplemente, se sabe.

Así, cuando hace pocos días desperté con la triste noticia del fallecimiento de Robe Iniesta, alma y líder del grupo nacido a finales de los ochenta Extremoduro, lo supe.

Supe que nos dejaba uno de los pocos mitos musicales que nos quedan en España. Un artesano de canciones que parecen cinceladas a mano, igual de imperfectas que vivas. Robe no fue sólo un músico, fue un narrador de lo humano, un poeta sin título. Alguien que nunca pretendió ser quien no era. Alguien que contó lo que vivió, lo que sintió y, sobre todo, lo que dolió. Y en esa franqueza; a veces áspera y bronca, a veces luminosa y clara; residía su enorme grandeza.

Y es que, en un escenario como el actual falto de grandes referentes, quizás no sea ejemplo personal para nuestros jóvenes por sus tropiezos y caídas, pero sus canciones redimen todas sus faltas y debilidades. Su voz nunca pretendió convencer, sino confesar. Confesiones en las que muchos encontramos refugio y consuelo.


No es mi intención hacer una semblanza –pues se han escrito cuantiosas –ni mucho menos intentar alguna especie de crítica musical, no tengo la capacidad ni el conocimiento de otros compañeros; con estas palabras sólo trato de rendir un pequeño reconocimiento personal a alguien que tanto nos regaló y, ahora, nos lega. Devolverle un pedazo de lo entregado y, ahora, heredado.  

Su partida deja hoy varias generaciones coreando aquello de “no he vuelto a ser el mismo” que Robe proclamaría en su himno ‘Sucede’ al perder a los que serían sus deidades: “Desde que se fue Gillespie, Zappa, Mercury, Camarón”. Y es que nos deja huérfanos de una forma de hacer y entender la música desde lo más profundo del alma humana, con sus miserias, sus grandezas y, sobre todo, sus grandes anhelos. Una lírica tan honesta como sencilla. Tan de todos. Tan de la calle. Subversiva a la par que sensible, tremendamente sentimental. 

Hoy, con un panorama desgarrador, en un contexto hostil y oscuro, nos queda la nostalgia y la utopía: Seguir reproduciendo una y otra vez aquellas melodías que soñaban con un mundo mejor. Sentirnos mejor pensando… Sabiendo… que tenemos “una estrellita pequeñita pero firme ¡Pero firme! ¡Pero firme!”, porque un mito nunca muere.

Descansa en paz, Robe.

La vida puertas adentro

Reconozco que soy un poco voyeur, no en el sentido más estricto de la palabra. No me place y complace observar los encuentros y actitudes más íntimas, pero sí hay un aspecto que yo considero dentro de la más escrupulosa privacidad y que disfruto escudriñando. Hay un deleite suave y silencioso, una fascinación que no se confiesa, en mirar casas ajenas.

No necesariamente casas monumentales de revista, ni interiores impecables de catálogo, sino casas reales que respiran. Las que tienen vida en las esquinas, polvo en algún estante, objetos que no siempre combinan y fotos torcidas que siempre olvidamos enderezar.

Entrar al hogar de otra persona es atravesar una piel invisible. Lo público queda atrás y aparece un escenario más íntimo donde todo tiene su significado. Andar pasillos desconocidos, descubrir rincones personales, observar cómo alguien distribuye y coloca sus libros, qué tipo de cuadros cuelga en la pared o cómo ilumina el salón. No se trata únicamente de arquitectura o decoración, se trata de vida. De historias. De identidad.

Los objetos se convierten en narradores. Las casas cuentan historias. Observar estos espacios nos permite intuir particularidades y características de sus dueños: sus rutinas, sus gustos, sus anhelos. Una vivienda revela prioridades: comodidad, orden, caos creativo, acumulación afectiva, austeridad estética. Nuestras casa hablan de cómo vivimos. Cada una es un pequeño mundo: cultura, hábitos, modos de relacionarse… Recorrerlas es como asomarse a un universo ajeno, un viaje íntimo a otras vidas.

A veces miramos para cuestionar lo que tenemos o como inspiración. Conocerlas nos permite compararnos y reconocernos. Entrar en otros hogares nos ayuda, incluso, a entender nuestras propias manías y preferencias.

Hace unos días, recibí en casa un ejemplar que llevaba años queriendo adquirir: ‘Casas. Atlas de los hogares del mundo’, de la editorial Mosquito. Un maravilloso cuento ilustrado que hace un bonito recorrido por los diferentes tipos de viviendas del mundo: desde las blancas construcciones ibicencas, a las cabañas islandesas o los apartamentos abuhardillados de París , pasando por las mansiones de San Francisco y las encantadoras casitas de la Provenza francesa.

Y es que cuando viajo acuso aún más esta práctica pues puedo confrontar estilos y formas de organización social y cultural muy diversas y diferentes. Puedo aprender y llevarme conmigo, a modo de suvenir, lo visto y aprendido. Este verano, cuando vistamos Burdeos, me recuerdo curioseando y ojeando por los ventanales de sus grandes e imponentes edificios, la mayoría de ellos sin cortinas, la vida y la actividad que se desarrollaba dentro.

Mirar casas ajenas no necesariamente implica invasión, puede hacerse desde el más profundo respeto, como un acto de contemplación. Un reconocimiento de que cada persona construye su refugio a partir de su historia y que, a veces, llegamos a conocer esa historia a través de un escritorio abarrotado o una pared casi vacía. Hay en este gesto una voluntad de comprender sin preguntar, de aproximarnos a la intimidad de otro sin quebrarla, de encontrar belleza en lo cotidiano.

Las casas hablan de nosotros con una sinceridad y claridad que ni siquiera nosotros nos permitimos o somos capaces de verbalizar. Las casas son el escenario donde transcurre lo importante, lo que no contamos, la vida puertas adentro.

Violencia cotidiana

Tengo 42 años y he sufrido violencia de género. Yo y la gran mayoría de mujeres que conozco, aunque algunas ni lo saben. Y es que la violencia de género no siempre aparece en forma de agresiones físicas o gritos. Todo lo contrario. Tiene un modo mucho más sutil de insinuarse y consolidarse en nuestras vidas.

Empieza con una afirmación disfrazada de broma, con un comentario sobre cómo vamos vestidas, con miradas impertinentes o pequeños gestos que resultan groseros. Empiezan en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que no parece tan grave y que tantas mujeres hemos normalizado porque así aprendimos a sobrevivir.

La violencia de género comenzó con ese nudo en el estómago al caminar sola de noche por la calle, con la necesidad automática de revisar quién camina tras nosotras, con el paso acelerado al escuchar pisadas que nos siguen, con la obligación de llegar a casa con las llaves en la mano o fingiendo hacer una llamada. No había agresión física, pero sí una percepción de amenaza que me acompañó durante años. Y no fui la única. Muchas desarrollamos nuestras propias estrategias de autoprotección, asimiladas demasiado pronto, como si fueran parte natural del crecimiento.

Y es que la parte más cruel de esta violencia es precisamente su invisibilidad. La vivimos en la calle, en el trabajo, en la pareja, en los espacios públicos y privados. Y aunque parece menor, porque no deja heridas evidentes, modela nuestra forma de estar en el mundo.

He vivido la violencia de género también en el entorno laboral, asumiendo y aceptando roles, puestos y contextos por el hecho de ser mujer, aunque supusieran una desigualdad manifiesta con mis compañeros. Reconozco que también hubo quien confió en mí y valoró mis capacidades por encima de cualquier otro condicionante. A esos hombres hoy –algunos sabrán quienes son -les doy las gracias porque, sin saberlo, contribuyeron también a mi propia estima profesional.

Puedo relatar episodios de violencia sexual a plena luz del día y sin el mínimo sonrojo o bochorno de quienes los perpetraron; alguno de ellos de tono bastante elevado.

La viví en alguna de mis relaciones, de forma tácita y completamente explícita. En comentarios o preguntas enmascarados de preocupación que pretendían controlar mis decisiones pero, también, sufrí violencia psicológica, económica, gritos y amenazas. Aprendí a pedir perdón por cosas que no eran culpa mía y me acostumbré a no molestar; y eso también es violencia: violencia cotidiana.

Pero lo cotidiano no es menor, lo cotidiano se perpetúa. Este tipo de violencia, denominada micro violencia o violencia simbólica, tiene un impacto profundo porque modifica conductas, genera alertas permanentes, obliga a adoptar estrategias de autoprotección y dinamita la autoestima y el amor propio.

En otro tiempo, jamás hubiera imagino esta confesión. Jamás hubiera dicho que, también, fui victima. Hoy escribo no para señalar a nadie, sino para dejar constancia de algo que durante años me pareció invisible. Algo que viví en mi más estricta intimidad pero, a veces, lo íntimo también es universal. Hoy escribo para dejar testimonio de que la violencia cotidiana ha sido parte de mi historia, como de la de muchas otras mujeres, y que no por común debe ser normalizada porque es el germen de violaciones y agresiones mayores. No fueron exageraciones, malentendidos, detalles… fue violencia.

Con el corazón de una madre

Cuando miro a mis hijos, entiendo por qué es tan urgente proteger la infancia. Hay momentos en los que los observo, sus ojos curiosos e inocentes y su forma de descubrir el mundo con asombro y sin miedo, y me pregunto si estamos –si estoy –haciendo lo suficiente por ellos y, consecuentemente, por todos los niños y niñas. Ser madre cambió mi forma de ver y juzgar sus necesidades y sus derechos; dejaron de ser puntos y objetivos recogidos en un documento internacional para convertirse en algo vital, orgánico y urgente. Desde que soy madre me duele como propia cada injusticia y agravio a un menor en cualquier parte del mundo. Desde que soy madre he aprendido tantas cosas importantes.


He aprendido que mis hijos no sólo necesitan que los cuide, también requieren que los escuche y los atienda. Sus preguntas, sus inseguridades, sus pequeñas grandes opiniones… porque todo eso forma parte de quiénes son y quiénes serán. Esto me hace pensar en las muchas ocasiones en las que los adultos –yo misma –callamos a los niños sin mala intención, como consecuencia de las prisas y el estrés que arrastramos. Sin embargo, si nos detenemos escasamente un instante para oírlos y atenderlos, con amor y paciencia, descubriremos como en cada interacción e intercambio crecen un poquito más por dentro. Ahí comprendí que el respeto (también hacia ellos) empieza por la escucha.


Nadie te prepara para la difícil tarea de educar, y menos aún para hacerlo sin perder la paciencia. Cada vez que levanto el tono, dejándome llevar por el cansancio y la fatiga diaria, y una de sus vocecillas me cuestiona: “¿Mamá por qué me hablas así?”, tomo inmediatamente conciencia de que ellos no entienden de frustraciones personales ni exigencias laborales, ellos no entienden más que de ternura y cariño. Y es que mis hijos deben ser tratados con respeto, incluso cuando estoy agotada o ya no tengo fuerzas. Ellos aprenden de mí –de nosotros –cómo se convive con los demás y cómo afrontar los conflictos y no merecen, ni quiero, que el mundo les enseñe su dureza antes de tiempo.


Ser madre te enseña muchas cosas. Esa sensibilidad especial para detectar el peligro antes de tiempo, para anticipar heridas. Y no me refiero a las físicas únicamente, sino también a esas palabras y expresiones que lastiman, a esos ambientes que asfixian y a esos silencios que pesan. Deseo que mis hijos encuentren en casa un refugio; en la escuela, un lugar seguro en el que ser ellos mismos y en su entorno, un espacio al que no teman. Nuestro universo puede, sin duda, ser caótico pero los niños deberían contar con ese rincón en el que sentirse a salvo, siempre.


Lo más difícil de ser madre no es protegerles; el gran desafío es ser ejemplo, ser coherente. Nuestros hijos nos observan constantemente. Por eso, incluso con mis caídas e imperfecciones, trato de ser el modelo y el espejo en el que algún día necesitarán mirarse cuando yo no esté cerca para guiarles o explicarles. No busco ser perfecta pero sí procuro enseñarles que la bondad es una fuerza, no una flaqueza.


Sin duda, quedan aún muchos desafíos importantes: la pobreza infantil, las desigualdades de acceso a la educación y la sanidad, la vulnerabilidad ante la violencia, la situación de migrantes y refugiados, la indefensión de la infancia en escenarios bélicos y la desprotección de nuestros menores en el mundo digital son solo algunos ejemplos. No son retos sencillos, pero son retos que estaría bien afrontar con el corazón de una madre.


Y es que desde que soy madre, no puedo mirar a otro niño o niña sin pensar que también es el centro del mundo para alguien o, lo que es más duro, algunos, por perversiones o anomalías, no son el centro de nadie.

Leer es cosa –también y sobre todo –de mujeres

Los libros siempre han sido uno de mis lugares seguros. Ese refugio que uno busca cuando el mundo le asusta, le decepciona o le lastima. Tener una pequeña librería de pueblo en mitad de una gran ciudad es uno de mis sueños recurrentes. Un espacio acogedor, lleno de madera, con pequeños rincones de lectura y grandes historias. Con una zona dedicada a los cuentos infantiles y una máquina para hacer café. Una de esas ideas y aspiraciones que uno nunca abandona pero que sabe que no serán, fácilmente, una realidad.

Hace tan sólo unos días, me hacía especial ilusión leer que abría la persiana en la capital un nuevo local dedicado a los libros capitaneado por una joven murciana de 27 años que parecía cumplir una de sus fantasías con esta inauguración. ‘El faro de Lola’ “es la historia de un cambio de rumbo, de un salto al vacío, de una chica de la huerta murciana que un día decidió dejar de vivir en “lo seguro” para apostar por lo que de verdad le hacía vibrar”, como reza la página de inicio de esta librería.

Así, en un mundo cada vez más digitalizado y con motivo de la conmemoración del Día de las Librerías –el pasado 11 de noviembre -para reconocerlas como promotoras y enriquecedoras culturales, es de celebrar que haya quienes sigan emprendiendo y creando estos pequeños templos de la palaba.

En torno a este ‘faro’ se han establecido, también, varios clubes de lectura con considerable éxito que dan vida al céntrico barrio de Santa Eulalia. Clubes que llamaron especialmente mi atención por la abrumante presencia femenina. Y es que las estadísticas no mienten, más del 71% de quienes reconocen leer en su tiempo libre son mujeres (Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2024). Cifras que suelen ser, incluso, superiores en estos pequeños grupos de intercambio de ideas y experiencias, llegando hasta el 90% de quienes los regentan.

No es de extrañar. Si uno se remonta a los orígenes de estas tertulias literarias puede comprobar como estuvieron muy vinculadas al género femenino pues, en muchos casos, nacieron como el único espacio de reflexión y reivindicación que tenía la mujer en una sociedad eminentemente machista. Hay que volver al siglo V y VI antes de Cristo para encontrar lo que podría denominarse el germen de éstos en las reuniones que Safo de Lesbos, en Siracusa, o Santa Marcela, en Roma, realizaban con otras mujeres para charlar y compartir lo que leían.

Ya en el siglo XVIII surgió la Sociedad de las Medias Azules (Blue Stockings Society) en Inglaterra como una organización femenina que se daba cita para conversar sobre literatura, pues por aquel entonces aún sólo los hombres tenían acceso a la universidad. Fue un movimiento social y educativo que tomaba su nombre, precisamente, de las típicas medias azules de lana que se usaban a diario para mostrar su carácter informal.

En el París del siglo XIX las mujeres promovieron varios salones literarios y tertulias que tuvieron su reflejo en la sociedad estadounidense e, incluso, en

la española con las asambleas que organizaba una de las autoras más famosas del Romanticismo, Frasquita Larrea, en Cádiz. En los ochenta serían nuevamente las amas de casa las que volverían a dar un impulso a estos espacios de encuentro entre mujeres organizados por bibliotecas públicas.

Sea como fuere, las cifras y la práctica demuestran que la literatura es cosa, también y sobre todo, de mujeres. Quizás porque históricamente encontraron en ésta un espacio literal y ficticio en el que sentirse seguras y a salvo. Un espacio en el que ser y manifestarse. Quizás hallaron en los libros esa habitación propia que, en su día, reivindicaba Virginia Woolf.

Vivir de otra manera

Últimamente creo que todo va demasiado rápido, deprisa. Desde la brevedad de los días a la fugacidad de cada etapa. Todo discurre en un abrir y cerrar de ojos. Y las sociedades se han ido adaptando a esta velocidad con un ritmo y un pulso frenético. Una cadencia delirante, caótica y agitada que aviva el desorden emocional, las inseguridades y las frustraciones y el descuido de lo que es importante. Sin tiempo para la maduración, la reflexión y la pausa las generaciones cada vez acusan más una confusión y desequilibrio entre su yo interno y el escenario que les rodea. Esto propicia una imitación irracional de patrones y conductas, porque es más sencillo, más instantáneo y no implica ningún complejo proceso de abstracción y autoconocimiento.

Nos alarmamos con las cifras de trastornos y enfermedades mentales; pero, como colectivo, poco estamos haciendo por remediarlo. Leemos libros para ser más productivos, más eficientes, para robarle tiempo al tiempo; asistimos a charlas para mejorar nuestro rendimiento y organización y elaboramos horarios imposibles cada vez con menos horas de ocio, de familia y, hasta, de sueño.

Desde hace algún tiempo, me he revelado contra este modelo y ando buscando alternativas, filosofías, principios y pensamientos que pueda aplicar en mi rutina y me orienten y tutelen de forma plácida, sin exigencias ni imposiciones, hacia una existencia serena, en calma y con plena conciencia,  sustentada en la humanidad, la sostenibilidad y la delicadeza.

Esto, entre otras cosas, me ha vuelto la mirada, de algún modo, hacia lo sagrado y etéreo para recuperar la paz y la espiritualidad y para redefinir conceptos tan esenciales en nuestros días como comunidad, solidaridad y respeto. Pero también me ha acercado a nociones y estilos de vida que se parecen mucho más a lo que anhelo. La identidad, la energía y el proceder nórdico me han descubierto una forma de estar y existir que estoy tratando de adaptar e implementar en un contexto hostil, distante y casi opuesto que es el nuestro. Países como Noruega, Dinamarca y Suecia tienen vocablos propios para referir este ‘modo’ de habitar.

Palabras tales como Lagon, Hygge, Kos o Friluftsliv pueden sonarnos a chino pero, en realidad, son expresiones escandinavas para ese saludable y feliz ‘way of life’ que se está exportando a otros puntos del planeta que ansían un existir más amable.

Friluftsliv significa “vida al aire libre”, pero no sólo entendido como la realización de actividades en el entorno natural, sino una filosofía que implica conectar y mimetizar con la naturaleza para lograr el bienestar físico y mental. Este concepto viene del movimiento romántico, como reacción a la urbanización y la industrialización.

Lagon es el término sueco para definir el estado de felicidad a través del equilibrio: la cantidad justa de todo, haciendo lo esencial y sabiendo decir basta cuando corresponde.

Por su parte, Hygge, del danés, persigue el ideal de felicidad basado en la comodidad, el bienestar, la tranquilidad, la calma, los amigos y esas pequeñas cosas agradables de las que nos gusta rodearnos.

Kos sería la versión noruega y está relacionado con el placer hallado en instantes precisos de nuestra rutina, en los pequeños deleites diarios, como el olor del café recién hecho.

Que las prisas no son buenas, ya lo decían nuestras abuelas. Dígase como se quiera, sólo desde la calma, el silencio y cierto recogimiento uno puede conseguir la, tan necesaria, conexión con uno mismo y con todo lo que nos rodea. Y, aunque a veces resulte difícil por el frenesí imperante, se puede –y quiero –vivir de otra manera.