Todo se transforma

Hay personas que llegan a nuestra vida para permanecer siempre. Otras, la atravesaron para transformarla y mejorarla pero con el tiempo se desvanecieron; sin embargo, que no estén no es algo necesariamente negativo, pues cumplieron una bonita misión u honroso propósito. Hay quienes la transitaron sin apenas hacer ruido y sin ruido se fueron. Los hay, también, bastante más escandalosos, sobre todo para salir. Pero de estos últimos mejor ni hablamos. Sea como fuere la experiencia, todos somos una extraña suma de unos y otros. Porque nadie queda indemne al paso de otro.

A veces, rememoro a las gentes de mi pasado y, además de intentar imaginar qué será de ellas, me pregunto cuál habrá sido mi papel en sus vidas. Cómo me verán después del paso del tiempo. Qué recuerdo habrá de aquel nosotros. Preguntas retóricas; pues no solo no alcanzan respuesta, sino que la misma podría ser equivocada pues desconocemos qué hicieron aquellas gentes con nuestro legado.

Hace sólo unos días, el Hombre del Renacimiento me relataba como en mitad de un examen un antiguo alumno, del que no supo nada en años, requería su atención para, vino jumillano en mano, agradecerle lo que en su momento hizo por él. No le costó reconocerlo, me confesaba, sin embargo ya no veía en ese hombre aquel chiquillo de grandes capacidades pero carente de interés y motivación en el bachillerato. Su sorpresa fue mayúscula, además de grata. Siempre pensó que, quizás, de algún modo, le había fallado. Un día, sin previo aviso, desapareció para siempre del aula. Ahora, unos cuantos cursos después, volvía asegurando que lo que alguna vez aprendió en clase (de dibujo técnico) le sirvió para trazar y diseñar una máquina agrícola que le había permitido prosperar, como nunca habría imaginado, en lo que de verdad amaba y le gustaba.

Así que, mientras uno pensó, con cierta congoja, que había pasado de forma errada o fracasada por la vida de aquel muchacho talentoso a quien no supo motivar para que estudiara; el otro, mantenía palpitante en su memoria la gratitud a aquel profesor por lo que le había enseñado.

         Ciertamente, no sabemos, en medio de esta extraordinaria telaraña de relaciones en la que andamos inmersos, qué de luz prendemos o qué sombras proyectamos en los que nos rodean, ni a qué puertos arriban nuestras acciones y palabras. Quién, quizás algún día, vuelva a darnos las gracias.

Octubre

Te miro, recién dormido, a veces casi exhausta después de una intensa jornada de oficina, en casa, y como mamá, y pienso en lo mucho que ha cambiado mi vida en estos dos últimos años. Como lo has convertido y transformado todo. Como has alterado mis ritmos, acrecentado mis miedos y ensanchado mi cintura y mi alma. Pero ese instante, ese preciso minuto, es la recompensa a cualquier trajín, esfuerzo e, incluso, rabieta transcurrida durante las horas previas. No hay sensación más gustosa y dulce en el mundo que observarte, por fin, rendido al sueño.

Octubre ha sido para mí, en los últimos tiempos, sinónimo de catarsis. Mientras que la mayoría asocian ese momento de cambio y evolución al fin o comienzo de año, o incluso aprovechando el mes de septiembre y el inicio del curso escolar, yo he experimentado mis grandes metamorfosis y rupturas con el pasado a lo largo de este mes. Fue un ‘vetusto’ octubre y a propósito, o no, de un concierto cuando se fracturó mi insatisfactorio y frágil mundo para abrirse en los cimientos de mi existencia un espacio del que fluía vida; vida en todas sus manifestaciones, y mi casa se llenaba de risas.  Hoy echo la vista atrás y aún exclamo, sonriente: ¡Qué a tiempo te pusiste en medio!

Y varios octubres después, esa casa se convirtió en hogar. Trajiste la calma a nuestras alborotadas y agitadas vidas y mentes, una dulce quietud que se tornó con los meses en otro tipo de algarabía. Eres la alegría y el jubilo cotidiano, espontáneo y contagioso, que rompe la monotonía de lo diario. Eres el terremoto que sacude nuestra rutina y nuestras listas de cosas pendientes, poniéndolo todo patas arribas y logrando que no nos importe, a veces, andar a la deriva. Eres la celebración constante. En eso te pareces a tu abuelo, al igual que en esos ojos rasgados cuando ríes que me lo traen devuelta con cada pillería y trastada tuya. Viniste sin aviso y sigues sin avisar para manifestar tus propósitos, vamos tras de ti intentando protegerte en cada caída. Tu firmeza, tu curiosidad, tu valentía y atrevimiento me provoca miedos y zozobras, pero me certifica que vivirás y crecerás en sabiduría y coleccionarás miles de aventuras.

Sólo un consejo te voy a dar. Sé honesto, fiel y recto en tu camino. Sigue regalando amor y cariño sin complejos. Sé quien has venido a ser, porque desde el día que naciste, pequeño, supe que ya estaba trazada tu historia.

Ciudadano del mundo

Casi por casualidad evidenciábamos estos días que hemos tenido de puente, precisamente en tierras jienenses, que en el último año habíamos visitado, en familia, seis ciudades Patrimonio de la Humanidad sin siquiera planificarlo o pretenderlo. Así, siendo en total 15 los espacios reconocidos con esta distinción por la UNESCO en nuestro país, creo que apenas me resta uno por conocer: Ibiza. Sin embargo, he de reconocer que hasta este momento no había sido consciente de la trascendencia que tenían estos distintivos. Suponen un orgullo para la ciudad y un incentivo para el turismo; pero también obligan a sus regidores y habitantes a mantener unos estándares en la conservación y gestión del patrimonio.

Todo empezaba con nuestro ‘viaje de novios de tres’ a Tenerife, en el que recorrimos San Cristóbal de La Laguna que, con un colorido y cuidado casco histórico, fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1999 precisamente porque su trazado colonial, no amurallado, sirvió de modelo para numerosas ciudades en América Latina. Aún recuerdo como, allí mismo, mi pequeño se paseó en pañales por todo ese deslumbrante esquema de adoquinadas calles mientras buscábamos una tienda donde reponer sus pantalones sucios.

Tiempo después, a lo largo del verano, estuvimos en Madrid, con su Paisaje de la Luz (el entorno del Retiro y el Paseo del Prado) recién nombrado con tal distintivo por ser pioneros en la introducción de la naturaleza en la ciudad del siglo XVI. El Paseo del Prado fue el primer paseo arbolado diseñado en una capital europea. Este espacio forma parte, así, de los 49 ‘lugares’ (que no ciudades) declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en nuestro país.

Cuando emprendíamos el camino de vuelta a casa, pernoctamos también en Alcalá de Henares, reconocida además como ciudad única por tal organismo de las Naciones Unidas por el modelo de universidad que diseñó el cardenal Cisneros y que fue imitado en el resto de España y al otro lado del océano. Pasamos también por Cuenca, nombrada como así por ser un “destacado ejemplo de ciudad fortificada que ha conservado su paisaje urbano original y que mantiene ejemplos excelentes de arquitectura secular y religiosa”.

Finalmente, estos días, redescubriendo Úbeda y Baeza y sus conjuntos monumentales renacentistas que sirvieron de patrón para la expansión de este estilo artístico en Latinoamérica, concluíamos y defendíamos lo maravilloso que es ver y sentir a nuestro hijo, de dos años, como un auténtico ciudadano del mundo.

Don´t judge me

Hace unos meses me pedía por Internet una de esas maxi bolsas que sirven un poco para todo; desde hacer la compra (libre de plásticos) a llevar los pañales y cambios del peque para un día de ruta fuera de casa. Y será por bolsos y mochilas… pero me cautivó el eslogan que lucía: ‘Don´t judge me. I’m a mother too’. Es algo que en tantas y tantas ocasiones he sentido la necesidad de verbalizar e, incluso, vociferar que desde ese día se consolidó como mi grito de esta ‘guerra’ tan particular que es la crianza.

La educación de nuestros hijos se ha convertido, en los últimos tiempos, en un tema tremendamente sensible; casi como la religión o la política. Y es que, en vez de mostrarnos curiosos e interesados en conocer otras alternativas de enseñanza y acompañamiento que pudieran enriquecer nuestros conocimientos, tendemos a juzgar las conductas de progenitores que difieren de nuestro modus operandi sin atender a las distintas circunstancias y condiciones que cada uno tenemos en nuestras familias. Nunca he sido amiga de las conductas extremas y mucho menos cuando se refieren a las elecciones de estilo de vida. Tan meritoria y adecuada puede ser la lactancia materna exclusiva, como la mixta o la de fórmula atendiendo a las necesidades de cada una. Y, desde luego, lo que no tiene razón de ser es que crucifiquemos a otra madre por tomar una decisión que, nosotras, consideramos equivocada. Somos espantosamente crueles e injustas con las de nuestra especie, algo que no resulta propio de nuestro instinto animal que debería empujarnos a defender a la manada.  

Me he sentido, en más ocasiones de las que me gustaría, juzgada por mi forma de criar. No se trata de no aceptar un consejo, es más bien aquello de que cuando necesite tu opinión la pediré. Bastantes inseguridades y temores mantenemos ya como para tener que afrontar a diario el juicio de las demás.

Reconozco que, también, me he encontrado lo contrario: clubs o grupos de madres en los que la tolerancia y la compresión han facilitado una comunicación y un desahogo que todas, en algún momento, necesitamos. Incluso hemos compartido experiencias que resultan totalmente útiles y enriquecedoras para ver más allá e, incluso, enmendar algún error, porque los cometemos, pero siempre lejos de juicios sumarísimos y con un uso presto y generoso de la facultad de indulto.

Vidas ajenas

Solía sentarme en cualquier terraza a tomar un café mientras dedicaba la tarde, o las menos veces, la mañana, a ver pasar gente. La taza podía durar horas. Y ese era el verdadero placer. No importaba si estaba frío o perdía el aroma. Aunque pudiera parecer una pérdida de tiempo, me deleitaba con cada sorbo en esos momentos de intimidad sin preocupaciones ni asuntos pendientes. Mi escrutinio de los viandantes, lejos de ser un juicio, era más el resultado de hipótesis, conjeturas y suposiciones sobre sus vidas. 

Me preguntaba si serían felices; qué experiencias les habrían marcado; por qué podrían estar sufriendo o maldiciendo. Imaginaba quién les esperaba al llegar a casa; de qué pequeñas cosas disfrutaban: si solían escuchar música al cocinar, descalzarse al entrar en casa o quizás les gustaba meterse en la cama con el pelo mojado en las noches de verano. Cuáles serían sus canciones favoritas; en qué trabajaban; o si leían la prensa cada mañana. Me fijaba en sus ropas, sus zapatos, la forma en la que llevaban el pelo o en cómo movían las manos. A veces disimulaba con un libro entre las manos mientras escuchaba sus conversaciones, no por cotilla, sino para poder afinar más en mis cábalas. Y descubría, o inventaba, cuán diferentes podrían ser las historias con las que en un mismo día me cruzaba. 

Hacía años que no me dedicaba a esta práctica, entre el Covid y la maternidad, son pocos, o ninguno, los huecos en el horario para la contemplación y la vida relajada. Sin embargo, hace unos días, un libro de Juan Tallón me recordaba esa maraña de biografías entrecruzadas que mi cabeza trazaba y novelaba. ‘Rewind’ recoge las aventuras de  una serie de personajes distintos y dispares que tienen una fatal coincidencia y cómo de diferente transcurre el suceso en según que vida y que contexto. Como historias tan ajenas pueden resultar estar tan ligadas.

De esta afición, o ficción, ya casi abandonada, aprendí mucho sobre el comportamiento humano, alejándome de prejuicios y buscando los rasgos de sus personalidades en los gestos, las palabras y las miradas. Sin embargo, pese a lo mucho que llegué a creer intuir de sus glorias y sus miserias; experimenté que el peso de cualquier veredicto siempre es injusto e injurioso para el enjuiciado, pues nadie más sabe lo que soporta o arrastra cualquier otra persona en su alma.