Complejos

IMG_5743A mis años, me han puesto aparato. Una ortodoncia para mover mis dientes y eliminar el hueco que existe entre uno de los incisivos centrales (o palas) y el colmillo, ya que al carecer de estos -en ninguno de los dos casos -la distancia entre mis piezas no es seguramente ni la mas correcta ni la más recomendable estéticamente. Por una extraña herencia familiar, que según algún dentista me ‘diagnosticó’ en la infancia, viene de Mallorca; o eso o intentaba darle un aire más exótico a dicha peculiaridad; mis dientes de leche no dieron paso a nuevas piezas entre las palas y los colmillos. Durante años esta característica no me preocupó demasiado. Sin embargo, con el tiempo comencé a rechazar la imagen de mi sonrisa con semejante agujero negro entre mis dientes, y empecé a acostumbrarme a sonreír a medias, sobre todo en las fotos –puesto que es el reflejo propio que más perdura –apretando fuerte los labios como si tuviese miedo de dejar escapar algo. Un gesto muy similar al de la Gioconda, igual ella también tenía complejo.

Vengo arrastrando esta circunstancia desde hace años y son muchas las ocasiones y las personas que me han pedido una sonrisa y no lo he hecho, e incluso aquellas que se han percatado de que no existe ni una sola foto mía en la que se vean mis dientes. Para muchos es un detalle sin importancia, a otros incluso le parece curioso y/o coqueto, y a lo más halagadores, hasta sexy. Hay quien me ha dicho que es un rasgo de mi personalidad, y que me imprime carácter. Pero, sinceramente, creo que son excusas y defensas que atienden a que nunca me han visto diferente. No me define un agujero en mis dientes.

Aunque puedo entender que haya a quien no le parezca relevante. Los complejos, como el miedo, son libres y cada uno tiene los que quiere. No atienden a ningún argumento razonable. Probablemente tendré otros ‘defectos’ que puedan ser más importantes o destacables, pero a mis ojos éste sería el que más puede condicionarme. Bien es verdad que no es algo que me haya traumatizado especialmente, pero cuando inicié el desarrollo de mi profesión empecé a considerar que mi agujero y mi obsesión por disimularlo dañaban la seguridad en mí misma. Fue entonces cuando comencé también a preocuparme por solucionarlo, o al menos valorarlo. Más de cuatro años de intentos fallidos para lucir una ortodoncia acabaron hace apenas un par de semanas con la colocación de un aparato para los dientes.

No mentiré. Pese a que los nuevos avances permiten que sea un aparato que apenas se ve, lo que me ha dado el último empujón para decidirme –pues si me condicionaba un agujero entre los dientes, pueden imaginar lo que sería para mi ‘señalizarlo’ –, y mucho más higiénico que los habituales brackets, tampoco ha sido del todo fácil. Pero si las mujeres somos capaces de llevar los incómodos sujetadores, que siempre me han parecido un invento del diablo, no puede haber ningún elemento de tortura que se nos resista, pero de mi amor odio al sostén hablaré en otro momento.

Los primeros días había dolor y aún hoy tiene ciertas incomodidades, pero he de confesar que empiezo a sonreír de verdad. Y eso que mis dientes, por el momento, siguen estando iguales. Pero está claro que no se trata de lo que yo veo, sino de lo que siento.

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¿Pero serían cuernos?

dr.jpgCada día disfruto más de la conversación con amigos, conocidos y extraños porque con los años he aprendido a sacar valor de todos y cada uno de esos encuentros pese, e incluso, a lo tedioso y aburrido que puedan resultar algunos. Sin embargo, las buenas conversaciones están caras de ver, de ahí que yo las disfrute tanto. Una buena charla con una persona interesante y en un buen ambiente puede llegar a producirme casi, y digo casi, el mismo placer que un buen orgasmo –entiéndase la comparación algo exagerada -. Además, ambas situaciones pueden ser difíciles de experimentar para algunas personas. Y aunque este no es mi caso, cuando encuentro alguien con quien saborear charlas agradables, enriquecedoras y con fundamento me felicito a mi misma por el hallazgo y las vivo y las mantengo intensamente, pese a que mi interlocutor pueda ser un extraño o un recién llegado a mi entorno.

Precisamente en una de estas conversaciones hace un par de semana, entre amigas y con unas cuantas cervezas de por medio, una de las nuestras nos hacía una confesión reveladora de esas que sólo se hacen a altas horas de la madrugada y cuando el nivel de alcohol y/o ruido que garantizan que no será más que un pasajero recuerdo. Lo que no advirtió es que yo bebía sin alcohol porque esa noche conducía y tenía todos mis sentidos predispuestos. Cuando hablábamos y discutíamos sobre la posible atracción que podían despertar ciertas personas que no son especialmente agraciadas, nos reveló que ella ‘le hacía el amor’ -intentando utilizar un término menos fuerte del que ella empleó -a las mentes, no a los cuerpos; dando un paso más allá en la defensa del sex-appeal de los feos.

Hasta el momento, algo había leído, oído e incluso escrito sobre los que se denominan ‘sapiosexuales’, aquellos que se sienten atraídos por los intelectos; es decir que se interesan por personas que gozan de grandes conocimientos. Incluso reconozco que a mí siempre me han gustado y enamorado aquellas personas de las que tenía la posibilidad de aprender algo; y que la admiración, en mi caso, es imprescindible para la seducción. Sin embargo, lo de ‘tirarse’ –sigo sin utilizar el dichoso término –a las mentes se me escapaba por completo. Hacer el amor, para mí, es un acto completamente físico, corporal e incluso emocional, pero jamás lo había visto como algo intelectual. Por lo que tenía que indagar más aún en ese concepto.

Para intentar explicarnos su argumento nos introdujo a Platón y el verdadero significado del amor platónico que, lejos de la creencia popular extendida, nada tiene que ver con aquel que es imposible o inalcanzable, sino que se refiere a la contemplación de la belleza del alma:

“A continuación, debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle”.

‘El Banquete’

Asegurando además que la unión y el acto físico en absoluto son necesarios, ya que el placer y el regocijo se obtiene de esta curiosa admiración supra-corporal entre cerebros. Teoría que podría justificar también mi fascinación por una buena conversación que exponía al comienzo.

Sin embargo, había algo que no me cuadraba en todo esto. Después de unas cuantas explicaciones, preguntas y argumentos me di cuenta de que de todos sus ‘ilustrados’ enamorados ninguno era del todo feo. Con lo que, en tales casos, para contemplar la belleza de sus mentes una estaba ya un poquito más predispuesta. Aunque aún seguía sin entender cómo la simple observación podía resultar suficiente y cómo uno se podía tirar una mente sin el más mínimo acercamiento entre los cuerpos.

A lo que otra compañera exclamó:

– ¡Entonces follarte –ahora sí lo utilizo –otra mente no se pueden considerar cuernos!

Dudo, luego existo

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Foto en El Retiro de nuestra escapada familiar, uno de los mejores momentos del año

Hay muchas cosas que me cuestan trabajo en esta vida. Por desgracia creo nunca he sido excelente en nada aunque, con mucho esfuerzo, he conseguido ser bastante ‘mañosa’ para casi todo. Disculpad la modestia. Esto puede ser una ventaja o un inconveniente, según se mire, pero yo prefiero no reflexionarlo demasiado y simplemente adaptarme a las circunstancias y aprovecharme de ellas; porque también soy bastante práctica y fundamentalmente porque es algo que difícilmente puedo remediar. El caso es que una de las cosas que más difícil me resulta es la toma de decisiones. En según qué cosas suelo pensármelo mucho antes de adoptar una determinación, y es algo que detesto. Me gustaría tener el arrojo y el carácter de afrontar elecciones con más seguridad y ser capaz de elegir sin todo el protocolo de duda previo, que además te destroza los nervios y, en mi caso, también el estómago. Pero evidentemente, no sería yo.

Creo que mis titubeos se deben a mi miedo a las posibles consecuencias, o más bien a aquellas que me pierdo al hacer la elección. No me preocupa tanto lo que pueda pasar, porque siempre he afrontado las cosas como han venido, sino lo que deje de ocurrir y me pierda al decidirme por una cosa en vez de la contraria. Soy muy consciente de que no vivimos más que una vez y, claro, me gustaría que mi paso por aquí fuese lo más apasionante posible. Sí, fundamentalmente emocionante. Para qué decir bueno, si es indudable que las cosas malas también van a venir. Tampoco serviría hablar de una estancia tranquila, pues casi lo mejor de la vida es frenético y enloquecedor. Prefiero la intensidad a la calma. Incluso creo que prefiero poco pero intenso a mucho y tedioso, aunque debido a esta falta de seguridad de la que hablo en algunas ocasiones esto tampoco lo tengo muy claro, porque no es agradable hablar de una marcha temprana.

A lo que iba. Que soy incapaz de decidirme incluso en las cosas más intrascendentes y sencillas. Me cuesta elegir hasta el color de la botella de acero inoxidable que pretendo comprarme para el trabajo en mi intento de reducir drásticamente los plásticos en mi vida después de ver el documental ‘A Plastic Ocean’, que por cierto os recomiendo; pero ese es otro asunto del que ya os hablaré en otra ocasión. Si esto es así en tal caso, imaginaos en las cosas de mayor importancia o dificultad… Y así todo el día, pues vivir es ir decidiendo constantemente.

Espero que algunos de vosotros os sintáis algo identificados con esta circunstancia porque como dicen: mal de muchos… ¡Pues eso! Pero eso no es todo ya que, incluso después de haber hecho una elección, pueden ser muchos y diversos los condicionantes que me hagan cambiar de decisión. Cosa que también puede ocurrir bastante a menudo y, aunque es una faena, esto sí que lo considero saludable, pues es parte de nuestro crecimiento personal y además sustenta la tesis de que todos nos equivocamos.

De ahí viene mi completo asombro al tropezarme con algunas personas que denotan un convencimiento absoluto de la fiabilidad de sus pensamientos y decisiones por encima de cualquier argumento que uno trate de esgrimir en su contra. No sé si ellos estarán en lo correcto o seré yo, ya saben mi dificultad para decidirme… Pero lo único que tengo claro es que, cada vez, dudo más de todo.

Vacaciones 2017: Cádiz, Sevilla y Madrid

Hace tiempo que no pasaba por aquí, pero necesitaba unas vacaciones casi de todo. El año resultó ser muy completo y por lo tanto, pese a mi gran satisfacción con todos los logros alcanzados y las situaciones resueltas, también agotador. Incluso para mí, que no sé parar quieta ni un minuto. Sin embargo, llega septiembre y es hora de volver a las rutinas, al trabajo y también era hora de pasar por aquí de nuevo. Se me ocurre que la mejor forma de hacerlo, y la menos dura para mi persona, es contar un poquito sobre mis días de vacaciones y descanso. Escribir sobre mis viajes es para mí como viajar otra vez. Volver a disfrutar de esos días, esos paisajes, esos olores y sabores… de todas las buenas sensaciones que conllevan la despreocupación y la vida relajada sin horarios.

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Comencé agosto trabajando, pues había que dejar algunas cosas cerradas antes de marchar. Sin embargo, es un mes tranquilo en la ‘oficina’ y resulta muy productivo cada minuto que se dedica en el despacho. Así, el viernes 4 de agosto, después de una mañana de trabajo, partíamos a Caravaca para comer con la familia y despedirnos hasta el regreso. De ahí, poníamos rumbo a Sevilla, parada de dos días antes de llegar a Cádiz, nuestro destino. Reconozco que no conocía la ciudad y que, pese al calor de esas fecha, las temperaturas fueron bastante llevaderas y la disfruté muchísimo.

El primer día, llegamos prácticamente a la cena, para lo que elegimos uno de los sitios de tapas más típicos en la ciudad: Bodega Santa Cruz – Las Columnas, muy cerquita de la catedral. Bulliciosa bodega de barrio con barra de madera y simpáticos camareros. No teníamos mucha hambre pero sí mucha sed y la cerveza la sirven bien fresquita, como a mí me gusta. Después aprovechamos la noche para pasear por el centro histórico y decidimos ir hasta Triana, lugar donde teníamos el hotel, caminando por la orilla del río y así bajar un poquito la cena. Por la mañana, tras el desayuno maratón de compras por las calles peatonales del centro y visita a la catedral y los sitios más emblemáticos del centro. Comida por allí en una taberna y siesta en el hotel, dedicando las horas de más calor a descansar. Por la tarde, fuimos paseando hasta Plaza de España y pasamos allí prácticamente el resto de la jornada hasta la hora de cenar, que decidimos repetir en ‘Las Columnas’ y después disfrutar de, posiblemente, las mejores vistas de la ciudad de Sevilla y de la Catedral en la terraza ‘Pura Vida’, del Hotel Fontecurz, con un mojito en la mano y un concierto del solista sevillano ‘Carrasquilla’ que nos encantó y nos endulzó la velada con muchísimo arte (Os dejo algo suyo por aquí).

El domingo por la mañana, road to Jerez, donde teníamos el hotel que sería centro de operaciones para nuestras escapadas por Cádiz. Elegimos un hotel pequeño, de 30 habitaciones, y con muchísimo encanto en el centro del Jerez histórico: Asta Regia Jeréz y resultó ser un completo acierto, por el precioso lugar y por la fantástica gente que nos atendió esos días. La habitación era casi un pequeño apartamento con despacho, vestidor y un baño con bañera y ducha. ¡Nos encantó! Para comer, atendimos a las recomendaciones de Ana, una de las responsables del hotel que ayudaron a que nuestro viaje saliera redondo, y fuimos a: Las Banderillas, un tabanco, así llaman allí a los establecimientos que mezclaban el concepto de vida social de la taberna y la vocación comercial del despacho de vinos. Increíble relación calidad-precio. Por la tarde, nos acercamos a Sanlucar a ver la puesta de sol y a cenar a la Taberna ‘Casa Balbino’, una de las más típicas en la zona para comer los famosos langostinos. Además, el paseo por el pueblo es muy agradable.

El segundo día, visitamos Cádiz. Ya la conocía pero no deja de encantarme caminar por sus calles, por el Barrio de la Viña, por la zona de la Catedral y, por supuesto, por la playa de La Caleta. Comimos en ‘El Faro’, visita obligada si se está en la ciudad y tomamos el postre en un antiguo café del siglo XX restaurado en el que comer, escuchar música o degustar sus ricos dulces. Después, puesta de sol en La Caleta.

El tercer día en Cádiz, pasamos la mañana en Conil, visitando el bonito pueblo y haciendo algunas compras y comimos en ‘Los Hermanos’. ¡No puede haber local más típico! Después, tarde de playa en Caños de Meca y algún gin tonic en ‘La Jaima’.

El cuarto día, visitamos Tarifa y después de comer descansamos en la playa de Bolonia hasta la puesta de sol. De vuelta en Jerez, ducha y nuevo ‘outfit’ para salir a cenar por allí y despedirnos de la ciudad. Recomendación absoluta: ‘Albores’. Un fin de fiesta por todo lo alto.

Esta fue la primera escapada del verano, ya que después de volver al trabajo cuatro o cinco días, continuamos con las vacaciones con un viaje a Madrid con toda la familia. Todos los años dedicamos unos días a pasarlos juntos. Para ello reservamos un bonito y céntrico apartamento en la capital, cuando se viaja con niños esta opción siempre resulta más cómoda y práctica. Además, en este caso ellos mandan, así que, aunque tuvimos tiempo para una noche fantástica de risas tomando un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor, una mañana de compras en Fuencarral, una visita al restaurante ‘Serafina’ y otro par de noches de vino y tapas en el apartamento, las actividades intentamos centrarlas en ellos: Museo de la Ciencia, parque del Retiro, jardines de Sabatini, teatro de títeres… y algunas otras actividades más.

En resumen, han sido unas vacaciones sin viajes de largo trayecto, pero disfrutando de estupendos momentos. Como dice un amigo, hay que estar feliz con uno mismo y serás feliz en cualquier parte.

 

Los grupos del Whatsapp los carga diablo

11822918_10153555047373914_3828991758186549827_oHay pocas cosas que a mí me pongan de los nervios, pero acumular grupos de whatsapp en mi teléfono es una de ellas. ¿Quién idearía este maldito invento del demonio? Y lo que es más desconcertante aún ¿con qué mezquino propósito? Seguro que fue por despecho. Algo tan tremendamente perverso sólo puede atender a tales intenciones. Del trabajo, de la asociación de vecinos, del gimnasio, de los amigos del pueblo, de los compañeros de carrera, de la familia, para la despedida de soltera de Raquel, para preparar el cumpleaños de Eva… Yo me pregunto cómo ‘narices’ –por no decir otra cosa – organizábamos hace unos años las cosas sin grupos, ni whatsapp, ni listas de envío genéricas, por ejemplo.

Si además a estos sumamos que cada uno tiene sus ritmos, sus tiempos y sus horarios y que difícilmente estos coinciden con los de los demás, los grupos se convierten en el mayor generador de estrés de nuestro siglo. ¿No os irrita mirar vuestro teléfono encima de la mesa del despacho mientras vuestro jefe os hace una lista de tareas pendientes y ver 87 alertas de whatsapp mientras la pantalla se va encendiendo con la llegada de cada uno de estos mensajes nuevos? Ahí, la vida pone a prueba mi autocontrol. Y qué decir de cuando vas en el coche o estas en la ducha, situaciones prohibidas para el uso o manejo de este dispositivo, y empiezas a escuchar un ‘pi pi’ detrás de otro… ¡Me llevan los demonios!

Y cuando definitivamente puedes consultar el grupo te encuentras con cientos de comentarios que leer y que, con el objetivo de ahorrar tiempo, reduces a los más inmediatos sin enterarte prácticamente de nada. Y claro, preguntas:

  • ¿Qué ha pasado que no me entero de nada?

Con lo que vuelven las decenas de mensajes para explicar lo que apenas unas líneas más arribas ya ha sido expuesto. ¿Alguien lo entiende? Y todo esto sin entrar en el uso de los grupos para entablar conversaciones entre dos personas o el uso inadecuado de los mismos para mandar fotos, vídeos, chistes… ¡No puedo con esta tipología de usuario! Me reservaré para mí las palabras y apelativos que pasan por mi cabeza cuando me cruzo con alguno de estos. Pero claro tampoco renunciamos a estar en los grupos; es un poco aquello de ni contigo ni sin ti.

Sin embargo, tengo que reconocer que hay grupos que se convierten en una auténtica fiesta, hasta el punto de que tengo algunos sin los que no podría pasar. En esta categoría se incluye por supuesto el que mantengo junto a mi madre y mi hermana, a través del que nos damos el parte diario y los buenos días y buenas noches. Y también estaría el que ‘alimento’ con amigas y que sólo nosotras podemos descifrar, porque además de que hablamos de cosas que exclusivamente nos interesan a nosotras, como lo brillante que tiene el suelo la una o la vida marital y social de la otra; lo hacemos al estilo KGB utilizando códigos que nadie jamás podría interpretar.

 Éste, en los últimos días y como consecuencia de los muchos acontecimientos que comentar, se ha convertido en una auténtica adicción en el que muchas veces decimos lo que a la cara quizás no nos atreveríamos a contar. Pero sobre todo, es un ejercicio de terapia para desconectar con líneas y líneas de chat que se acumulan entre confesiones, predicciones y alguna que otra barbaridad. Pero sobre todo, risas y más risas que también compartimos en este entorno virtual.

Aunque siendo sincera, yo siempre prefiero la vida real.

 

Rompecorazones

Tom-Waits-portrait-1988-billboard-1548Hace unos días, escuchando un programa de radio que hablaba sobre los ‘rompecorazones’ de la música de otro tiempo pensaba en lo fácil que hubiese sido dejarse cautivar por las voces de alguno de estos iconos de la historia de la música en sus años mozos –que se dice en mi tierra –teniendo en cuenta que, algunos de ellos, incluso entraditos ya en unas cuantas primaveras, siguen teniendo ese fantástico swing, ese rollo, tan propio de los grandes de su género y al que una no puede resistirse. Porque debo confesar que a mí se me enamora por el oído. Tanto por lo que uno tiene que decir, como por el modo de hacerlo. Tan importante es el fondo como la forma. No hay nada que me seduzca más que una buena conversación de la que, en mis mejores sueños, se desprende un hombre interesante y, en el mejor de los casos, una voz sugerente. Pues imaginemos si además esa voz nos canta… ¡Y cómo cantan!

Les pongo en situación. Cómo no iba a caer una rendida a los pies del grandísimo Elvis, incluso en sus momentos de mayores excesos y rarezas, si en una estampa en blanco y negro te susurra al oído la letra y la melodía de ‘Suspicious Minds’, una de mis canciones favoritas, diciendo algo así como que no dejes que algo tan bueno muera. ¿Acaso no oyen esa voz? Esa tremenda voz que te baila en el estómago después de atravesarte entera. Pocas como la suya para seducir y conquistar. Así que de éste, yo hubiera sido blanco fácil.

Pero evidentemente, no es el único. El sensual y misterioso poeta canadiense que cantaba a Suzanne y Marianne, bien podría haber incluido una Monique en su lista. Y es que pese a su, en apariencia, ‘relativa’ falta de sex-appeal, al enigmático Cohen, según cuentan las malas lenguas, le sobró con un encuentro fugaz en un ascensor para conquistar a la indomable Janis. Al menos por una noche. Una única noche que, también en lo musical, dio para mucho. Cómo decir no a su elegante figura caminando por los estrechos pasillos del Chelsea Hotel que tanto ha hecho por engrandecer las leyendas de las estrellas de la música y por propiciar tórridos y furtivos encuentros entre toda una generación. Lugares míticos que se prestan al romance con esos hombres que te saben hablar, o recitar.

Walk (walking) on the wild side (Caminando por el lado salvaje), que cantaba otro grande de la música, Lou Reed, aparece la ruda figura y voz de Tom Waits, el feo más sexy de la historia de rock. Su turbulento existir, su querencia a los problemas, su vida al límite y su numerosos vicios, junto a su ahogada voz y esa dulce mirada, incluso infantil en ocasiones, le convierten en mi absoluta debilidad. El primero entre los favoritos. ¡Siempre me gustaron las causas perdidas, las almas atormentadas y las melenas graciosamente alborotadas! No habría podido negarle una copa sentada al pie de una barra de bar, incluso sabiéndome fácil de enamorar por un hombre que jamás tendrá redención.

A estos podríamos sumar unos cuantos más. Ninguno de ellos especialmente guapo, alto o fuerte. Más bien todo lo contrario, feos, delgados o excesivos, en todo, pero con voces tremendamente sexys y ejemplares de auténticos ‘heartbreakers’.

Pongamos que hablo de Madrid

COSITAS 003Cantaba y canta Sabina, esperemos que por mucho tiempo –aunque a ver quién es el guapo que apuesta dos duros por esto con la presunta vida de excesos del artista. Y no digo presunta con intención de echarle un cable y suavizar sus exuberancias, sino porque ya sabemos que hay hombres que, como en el juego del parchís, se comen una y cuentan veinte; aunque algo me dice que éste no es el caso –que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Y aunque cantado suena bonito, hoy tengo que defender la tesis contraria. Van a creer que tengo algo en contra del de Tirso de Molina, pero el objetivo de este artículo, confíen en mí, es otro.

Un par de semanas atrás volvía a Madrid, “donde regresa siempre el fugitivo”, como hago de forma recurrente desde que estudiase allí hace más de diez años. Lo hacía en tren, algo que disfruto especialmente, sobre todo si me toca un buen vagón del Altaria que pide a gritos ya una renovación, y sola, algo no tan propio de mis escapadas a la capital. Esta última circunstancia me permitía vivir la experiencia centrada en mí, única y exclusivamente en mis sensaciones, y no imaginan como lo agradecí. Fueron sólo unas horas, pero recordé y recuperé mi Madrid, parte de lo que viví y quizás también de lo que fui.

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Durante el trayecto, conmigo uno de mis libros de cabecera ‘Alta Fidelidad’ –en su versión en inglés –algo que parecía premonitorio. Al contrario que Sabina, yo me bajé en Chamartín. Atocha, aunque pueda parecer más bohemio y castizo, me genera mucho estrés con el incesante trasiego de pasajeros y de trenes a diferentes destinos que comparten anden. Siempre temí colarme en el que no era y acabar en cualquier lugar inesperado. ¿Alcobendas, Móstoles o quizás Fuenlabrada? A mi llegada, esas mariposas en el estómago propias de los nervios del primer amor, de aquel que impresiona y arrolla por la falta de seguridad. Directa al metro… ¡Ay el metro de Madrid! Cuántas horas dedicaría a vivir en sus vagones la ciudad. Tantas que llegué a odiarlo tanto como quererlo. Como suele ocurrir con todo, lo mucho cansa y lo poco agrada. Un billete sencillo, que aún guardo de recuerdo, línea 10 y cinco paradas hasta el hotel en Gregorio Marañón.

Y al surgir, Madrid. Como siempre, Madrid. Madrid con sus coches y atascos, sus pocos grados de menos (comparado con Murcia), sus domingos de rastro y sus paseos de anonimato. Tras el check-in y una ducha rápida, no podía resistirme a salir, a andar, a caminar Madrid.

Cuando la tarde se puso bien, un regalo en forma de visita a la Malasaña de callejuelas, terrazas, barras, cervezas e incluso la ‘Vía Láctea’. Una visita a los bares cuya música hace que olvides qué hay de puertas para afuera. A los bares que no diferencian entre la tarde, la noche o la madrugada. A los bares que sirven de inspiración a músicos, artistas y periodistas. Caña a caña, conversaciones entre amigos, colegas, que recuerdan sus años de universidad… Años que, quizás, aquí no se ven tan lejanos ya.