La gran Belleza

Para abordar bien esta reflexión, deberíamos empezar preguntándonos ¿Qué es belleza? Si nos remontamos a la antigua Grecia, de donde parten los principales postulados y axiomas de nuestra cultura, encontramos la propuesta sofista que habla de la belleza como aquello que produce placer y goce a los sentidos, desde el punto de vista más sensual. Sin embargo, para Platón, uno de los principales teóricos y filósofos de todos los tiempos, la belleza, concepto que abordó en numerosos diálogos y obras, tiene que ver más con la idea de lo bueno y lo justo, del bien; trascendiendo lo estético hasta lo moral.

Sin duda, es muy difícil establecer una definición de la belleza universal que sirva para todos los tiempos pues aquello que en muchas ocasiones ha servido de canon, definiéndose éste como el conjunto de características que una sociedad considera convencionalmente como hermoso o atractivo, podría incluso horrorizar en culturas y épocas diferentes.

Tanto es así, que las estrellas y mitos de Hollywood de los últimos tiempos que para nosotros representan la belleza más perfecta o exuberante, como Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Scarlett Johanson o Angelina Jolie, posiblemente causarían algo más que rechazo en el Japón de la Edad Media en el que el modelo de mujer era pequeñita, con la tez blanca, el pelo negro y cintura de avispa. Pero quizás lo más llamativo de esta época era lo que se denominó la técnica del Ohaguro, que consistía en pintarse los dientes de negro con limón y limaduras de hierro, algo que hoy puede resultar espeluznante.

Asimismo, sería tremendamente extraño ver un rostro de mujer con parte de la frente afeitada; sin embargo, en los Países Bajos a finales del medievo la hermosura se relacionaba con una amplia frente, hasta el punto de que muchas rasuraban su cabellera.

En cuanto al género masculino no hay más que comparar los hieráticos Kouros en la Atenas del siglo VI a. C. con los afeminados barones de algunas pinturas del siglo XVI y XVII o los gentleman del siglo XIX y los andróginos modelos de los 70, como David Bowie, con los musculados y robustos torsos de los 80, como Arnold Shwarzenegger.

En otros conceptos también se verá está evolución de la noción de belleza, como en la búsqueda de la proporción perfecta propia del Renacimiento en reacción a las esbeltas catedrales góticas, por ejemplo.

Sea como fuere, y para quedarnos con una afirmación solemne sobre esta idea podríamos recordar a Simone de Beauvoir cuando aseguró que “la belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad”.

No por casualidad

Se lamentaba Rick Blaine –o lo que se lo mismo Humphrey Bogart – a Sam en la legendaria película en blanco y negro ‘Casablanca’, devastado y entre un trago y otro sentado en una mesa de su mítico local: “De todos los cafés del mundo, ella entra en el mío”. Murmurando así contra la casualidad, la ventura o la fatalidad, cuando es indudable de que ni él mismo cree en lo azaroso o fortuito de las peripecias y andanzas del hombre y, mucho menos, de su encuentro con Ilsa –o la cautivadora Ingrid Bergman -.

El caso es que yo tampoco he creído nunca en las casualidades; más bien he podido experimentar que las cosas ocurren como consecuencia o resultado de muchos otros acontecimientos previos. Incluso aunque en algunas ocasiones no alcanzamos a imaginar cuán lejanas en el tiempo se sitúan las primeras reacciones que nos llevaron al lugar en el que estamos.

Tú – mi Hombre del Renacimiento –has mantenido también a lo largo de toda una vida la firme convicción de que tras cada suceso, anécdota o eventualidad está la providencia, sin creer demasiado en el caprichoso azar.

Así, tras unas agitadas y pletóricas juventudes la causalidad, que no casualidad, nos unió de la forma inesperada. Cada vez que recordamos todo aquello que debió pasar en nuestras historias personales para encontrarnos en aquel momento nos reafirmamos en que tan perfecto plan no pudo ser fruto de la suerte o la fortuna.

Decía el médico español Santiago Ramón y Cajal, hombre de ciencia y de certezas, que “la casualidad no sonríe al que la desea, sino al que se la merece”, haciendo alusión a que ésta no es más que la consecuencia de una acción o actitud previa, el destino.

De este modo, tengo la certidumbre de que ambos merecíamos la bonita ‘casualidad’ que un día me llevó a trabajar a un lugar del que nunca antes había escuchado y a ti a mantener aquel pie dentro de tu pueblo pese a que vivías, prácticamente, viajando.

Así, abandonados a la deriva nos dejamos mecer por un sino que tras movernos e incluso, en ocasiones, vapulearnos de uno a otro lado nos arribó al puerto en el que hoy habitamos.

Pues como apunta el poema de Miguel Ángel Herranz (Requisitos para ser un naufrago) yo mantenía “la esperanza abierta, remota, de que alguien, algún día por razones que se nos escapan se salga de su ruta habitual nos mire, nos vea y quizás nos rescate”. Y sin duda tú de algún modo, y no por casualidad, me has rescatado.

¡Feliz cumpleaños, amor!

Regreso a los clásicos

Decía el escritor, poeta y diplomático mexicano, Octavio Paz, que no sabía si la modernidad era una bendición, una maldición o las dos cosas; pero lo que sí alcanzaba a distinguir es que ésta era un destino. En esta ocasión, se refería al sino de su propio país, pero esta certera reflexión se puede aplicar al porvenir de cualquier otro aspecto o elemento.

Así, aquellos que ven en lo moderno un peligro o eventualidad no temen más que a lo que desconocen y de ahí ese rechazo que les condena al status quo y la obsolescencia. Sin embargo, los que sucumben únicamente al atractivo de lo vanguardista y contemporáneo, olvidan que cualquier nueva corriente u obra bebe y se nutre, siempre, de los clásicos. Que fueron éstos los que sentaron las bases y los principios de cualquier disciplina. Es por eso que considero de vital importancia que, sobre todo, los jóvenes continúen acudiendo a éstos como fuente de conocimiento e inspiración.

Tal es mi convencimiento que, aunque suelo sentirme atraída por lo transgresor e inesperado de la vanguardia, intento mantener siempre una estrecha relación con lo clásico: revisándolo, redescubriéndolo y, en algunos casos, experimentándolo por primera vez.

El pasado fin de semana, por ejemplo, era testigo de como en el propio patio de mi casa –un espacio a medio camino entre un carmen granadino y un patio cordobés –acontecía una adaptación de la obra de Zorilla, Don Juan Tenorio, adecuada a todos los públicos. Dos pases, de hora y media, sirvieron para que más de 120 personas re-visionaran o, incluso, vieran por primera vez este clásico de la literatura española y universal.

Es el séptimo año que se representa en este entorno gracias a una pequeña compañía de actores que hace unos años iniciaban en Caravaca de la Cruz este proyecto con el objetivo de acercar esta obra al gran público y hacerlo, además, recorriendo los lugares más bonitos y emblemáticos de la localidad. El formato funcionó y han peregrinado por media Región y provincias limítrofes con su espectáculo; llegando incluso a este peculiar rincón que habitamos.

Esta propuesta, más breve y amena de la pieza del autor vallisoletano, consiguió embelesar incluso a mi hijo de tres años que, desde entonces, ya sabe quién es Doña Inés y que, aunque a ratos no lo parezca, Don Juan Tenorio resulta ser bueno, tras redimirse de sus muchas fechorías.

Desconozco que quedará en su recuerdo de estos días de teatro con el paso de los años, pero de lo que estoy segura es de que esta experiencia, junto a otras, le permitirá algún día valorar ese ‘regreso a los clásicos’.

Con la muerte en los talones

Aunque la escena de un enchaquetado Gary Grant huyendo de los disparos desde una avioneta en el thriller del director londinense que consagró el cine de suspense y el terror psicológico Alfred Hitchcock pueda resultar un tanto surrealista o inverosímil; no hay duda de que el simbolismo de esta imagen no puede ser más acertado pues todos andamos ‘con la muerte en los talones’.

Acabamos de conmemorar la festividad de Todos los Santos, una de las pocas licencias que hay para abordar la muerte en nuestra sociedad que, a diferencia de otras culturas, esconde, evita y trata como un tema casi tabú esta irrevocable partida. Imagino que el recelo a pensar, imaginar o conjeturar qué ocurrirá con nosotros nos resulta incómodo y nos aleja de esta rotunda realidad.

Sin embargo, la necesidad de seguridad y control propia de nuestra especie implica que sean cada vez más personas las que, en un intento de contar con cierta certeza, organizan escrupulosamente cada detalle de su partida. Yo, que no tengo prisa en irme, mantengo esta asignatura pendiente; pero teniendo en cuenta algunos de los periplos de los cadáveres de muchos de los personajes más ilustres de todos los tiempos hasta este ineludible final puede resultar de lo más incierto y fortuito.

La periodista y escritora Nieves Concostrina dirigió durante años un espacio radiofónico en Radio 5 ‘Polvos eres’ en el que recogía algunas de las anécdotas más surrealistas de insignes figuras de nuestra historia. Así, descubrí, por ejemplo, que la tumba de Jim Morrison se convertiría en una de las más ‘molestas’ del parisino cementerio de Père Lachaise ya que los muchos seguidores del cantante aprovechan la visita para tomar unas cervezas y fumarse algún que otro porro junto al mausoleo del músico, aprovechando los sepulcros colindantes a modo de bancos, con el consiguiente escándalo que esto implica para el resto de paseantes.
O como los huesos de Evita Perón estuvieron más de veinte años dando tumbos por el mundo hasta que recibieron sepultura, pues eran unos restos incómodos políticamente. También, y curiosamente, Cristóbal Colón viajó más veces en muerte que en vida a América. Por no hablar de los ataúdes en los que hay huesos de sobra o, incluso, en falta.

Sea como fuere, y paradójicamente con mas o menos paz y descanso, como decían en la Roma Antigua ´Memento Mori’ (recuerda que morirás) tendiendo así siempre presente que la condición mortal es infranqueable.

De naturaleza melancólica

Con ese andar nostálgico y taciturno propio de los románticos se ven deambular aún hoy, tres siglos después, algunos jóvenes por las calles y avenidas de nuestras ciudades. Ensimismados, casi autómatas, caminando por mera inercia mientras sus pensamientos los llevan por alejados y recónditos lugares.

No es lo más común, pero del mismo modo que los hay adolescentes rebosantes de optimismo, vitalidad y frenesí por comerse el mundo o apáticos, indiferentes y renegados de todo; también conviven con quienes hallan en la melancolía su principal seña de identidad y, paradójicamente, el impulso que mueve mansa y lánguidamente su existencia.

Nada tiene que ver este sentimiento con estar deprimido, no es una consecuencia de nada ni siquiera un estado de ánimo. No es otra cosa que una, quizás anacrónica, forma de ser. Un carácter que nos resulta obsoleto y extraño pero que tiene mucho que ver con esa férrea conciencia del yo, del sentido y significado del individuo, con una forma muy particular de ver la vida.

Jóvenes, en muchas ocasiones, incomprendidos, estigmatizados o rechazados que andan a contracorriente en una cultura de la manada. Auténticos lobos esteparios que disfrutan de la soledad, un tanto fría, pero tranquila y grande “como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas”, como escribiría Hesse. Entendiendo y valorando esta soledad como un bien ansiado, un refugio cómodo y seguro.

Auténticos románticos del siglo XXI que encuentran en la música y la literatura, en las artes, su principal forma de interactuar con el resto. Y, además, serán éstos, precisamente, con sus inquietudes más allá de lo mundano los que continúen enriqueciendo y agrandando el maravilloso legado que sus antecesores estrenaron. Porque la creación va íntimamente ligada a esa extrema sensibilidad un tanto denostada en nuestra sociedad.

Es por eso que si tu hijo, alumno o nieto –por decir algo -lee a Poe, Víctor Hugo o Whitman; lejos de sentirte extraño o contrariado y de señalarlo como alguien raro, incentives y estimules sus ‘talentos’ con el único propósito de que sea capaz de entender y, quizás, algún día materializar de forma creativa un rico interior para su edad un tanto insólito o poco común.

Y es que la melancolía suele ser dulce con los artistas. Como decía Baudelaire: “Apenas puedo concebir un tipo de belleza en el que no haya melancolía”. Para el mismísimo Aristóteles, “los grandes hombres son siempre de una naturaleza originalmente melancólica”.

Nunca el tiempo es perdido

Según vamos cumpliendo años aprendemos, adquirimos y disfrutamos de nuevos aprendizajes, experiencias y revelaciones. Si hay algo extraordinario en hacerse mayor es que uno empieza a relativizar tantas cosas. Se desprende de ciertas ansiedades y agonías que, afortunadamente, nos acompañan en la juventud para impulsarnos, menearnos y hacernos correr y vivir con la celeridad y la presteza propia de ese tiempo.

Sin embargo, al ir sumando primaveras restamos, necesariamente, prisas. Al contrario de lo que podría parecer, pues irónicamente queda menos andadura por delante, hacemos este recorrido con deleite, complacencia y regodeo, sabiendo que lo más importante es disfrutarlo y que uno ya hubo corrido todo lo que tenía que correr.

Esto irremediablemente implica renunciar, también, a muchas cosas. Sacrificar la cantidad en pos de la calidad.

Quién de nosotros no acumula largas listas de grandes o pequeñas ilusiones pendientes: lugares por visitar, proyectos por emprender, viajes que realizar o personas por reencontrar. Sin embargo, con los años estos inventarios tienden a encoger y convertirse en aspiraciones un tanto más realistas.

Así, hoy soy más consciente que nunca de que jamás conoceré todos los lugares y países que me gustaría, ni visionaré muchas de las tantas y tantas películas que anhelaría y, por supuesto, tampoco leeré todos aquellos libros que voy anotando en libretas, agendas y papeles sueltos esperando hacerles un hueco en mi mesilla.

Y aunque sé que hoy toca priorizar y anteponer, toca elegir; temo errar en mi elección y, por ejemplo, dejar en el olvido libros y ejemplares que ennoblecerían mi vida. Quien me conoce algo sabe lo que disfruto de la literatura y aunque siempre intento buscarle un hueco leo infinitamente menos de lo que me desearía, por lo que trato de ser selecta en mis deliberaciones, aunque reconozco que no siempre estoy del todo fina.

Sin embargo, sí soy sabedora de que, muy a mi pesar, mi selección jamás corresponderá con mis expectativas. Probablemente en mi realidad nunca lea el ‘Ulises’ de Joyce, ‘Fortunata y Jacinta’ de Pérez Galdós, ‘La montaña mágica’, de Mann, ‘Rojo y negro’ de Stendhal o de Clarín ‘La Regenta’. Pero siempre creeré que si algún día alcanzo el séptimo tomo de la gran novela del escritor francés Marcel Proust el tiempo invertido no habrá sido ‘perdido’ sino gustosamente ‘recobrado’.

Y es que hacerse mayor supone tantas cosas, entre las que incluyo consentir elegantemente la renuncia y recrearse y entretenerse plácida y sosegadamente en la victoria; porque como cantaba aquel “nunca el tiempo es perdido solo un recodo más en nuestra ilusión”.

Tengo ganas de llorar

Nada más lejos de mi intención que adoptar un perfil de víctima o despertar la lástima y/o compasión entre quien me lea. Sin embargo, esta ha sido mi realidad a lo largo de una complicada semana en la que al trabajo diario, las labores domésticas, los mil quehaceres y tantas cosas más que tengo que anotar escrupulosamente en mi agenda para no olvidar, se ha sumado un difícil desempeño de la maternidad.

Si ya de por si dicho cometido resulta complejo de forma rutinaria al sumar alguna alteración de los factores que lo componen el resultado puede ser casi catastrófico. Y a esto, además, hay que añadirle un consolidado embarazo con sus necesarias consecuencias físicas y, también, anímicas.

A diario entro a mi puesto de trabajo extenuada tras la maratoniana tarea de llegar al cole a tiempo. Da igual a la hora que me levante, siempre acontece algún contratiempo que acelera mi ritmo cardiaco. Cuando no es una ‘caca’ de última hora, es una vomitera cuando ya está preparado y perfectamente acomodado en la silla del coche o, simplemente, una rabieta o ‘cabezonería’ de última hora. Y este es el día a día de miles de hogares que, por otro lado, ya tenemos normalizado y superado.

Sin embargo, estos últimos días mi pequeño, que nunca ha comido bien -y quien tiene un hijo de estas características sabe lo agotador que puede resultar-, ha estado prácticamente sin probar bocado, por lo que sentarse a la mesa ha resultado una absoluta pesadilla para ambos. Aunque en primer lugar era él quien acaba llorando, el agotamiento y la preocupación acabaron por superarme y también yo me sumaba a su llanto.

Tras descartar problemas físicos que justificasen su comportamiento, finalmente me decidí a pedir ayuda para resolver una dificultad que viene de largo. Sentía que, de algún modo, al nombrarlo lo estaba reconociendo y, quizás y/o seguramente, amplificando y dramatizando. Prefería mantenerlo como algo estrictamente privado y así banalizarlo. Más no podía estar más desacertada, ha sido una liberación compartirlo y, al fin, verbalizarlo.

El caso es que durante los momentos que mi hijo me sentía sollozar, entristeciendo más aún su gesto, me pedía y me suplicaba que parase de llorar que yo era una mamá valiente. No sé de dónde habrá sacado esa idea que, por cierto, yo también he creído siempre cierta. Sin embargo, en esto también erraba y simplemente, quizás, aún no me había enfrentado a molinos que me intimidaran.

La maternidad ha revelado mis debilidades y flaquezas pero, sin duda, también me ha convertido en más superviviente, fiera y leona, porque podrán amedrentar pero jamás paralizar, aunque no me avergüence confesar que muchos días tengo ganas de llorar.

He venido a quererte

Hace un par de domingos pasamos la tarde visitando rincones y paseando las calles de la ciudad que viera nacer a escritores tales como el agudo Arturo Pérez Reverte o la mismísima Carmen Conde, quien fuera la primera académica de número de la Real Academia de la Lengua allá por 1979. Honor y distinción que años después compartiría su paisano que es miembro de la misma desde 2003.

Hacía mucho tiempo que no volvía a Cartagena y es que aunque apenas la separan 50 kilómetros de la capital, a veces, el Puerto de la Cadena puede resultar intimidante. Sin embargo, la Ciudad Portuaria nunca defrauda. Tuve la suerte, durante algunos años, de ser testigo directo de la tremenda transformación que ha sufrido en los últimos años, convirtiéndose, sin duda, en una de las urbes más interesantes de nuestra Región y con más riqueza y diversidad para el visitante.

Cuando llegué, tras aceptar el que sería mi primer trabajo serio como periodista, recuerdo que lo hacía con cierto temor, pues mi madre tenía una visión un tanto arcaica y tremendista del aquel lugar de puerto donde venían a parar marineros y comerciantes. Poco de aquello quedaba entonces.

Sin embargo, ciertos lugares me recordaban a estampas más propias de Beirut tras una guerra civil que duró más de 15 años. Más bastaron 4 días en la ciudad para conquistarme y un par de años en los que sus magnificencia y la tremenda revolución urbanística, cultural y turística que experimentó consiguieran, para siempre, enamorarme.

Lugar de contrastes: desde la cartaginesa Qart Hadasht a la ciudad cosmopolita que es hoy. Sin olvidar su próspero pasado romano como Carthago Nova, que entre otras muchas cosas le legó el maravilloso Teatro Romano; etapas bizantinas, visigoda y musulmana en las que sufriría cierta decadencia, pero que fueron revertidas al convertirse en zona militar estratégica allá por el siglo XVI; y hasta escenario de una rebelión cantonal.

Será a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX cuando Cartagena vivirá un gran esplendor económico que la convertirá en referente del modernismo salpicándola de exquisitas construcciones propias de la capital parisina y que la hacen aún hoy, aunque lamentablemente se hayan perdido grandes baluartes de este movimiento, en una ciudad bellísima que ha recuperado en los últimos tiempos el vigor y la algarabía de antaño proporcionando más que un paseo agradable.

Por eso, como escribiría la escritora y poetisa “he venido a quererte, a que me digas tus palabras de mar y de palmeras”, tierra cartagenera.  

Gris oscuro casi negro

A nuestra vuelta de la costa del sur de Francia, este verano, paramos en Madrid para que el trayecto no resultase tan largo y tedioso a nuestro pequeño. Madrid, siempre Madrid. La capital se ha convertido en uno de nuestros eternos lugares de parada y no por ello dejamos de disfrutarla. Cada visita supone una experiencia enriquecedora. Y me consta que no es algo propio y exclusivo, sino que le ocurre a mucha gente. Es de esas ciudades tan vivas que siempre tienen algo que ofrecerte.

En cada nuevo encuentro con la urbe se repiten, de forma alterna, dos rincones, para nosotros casi sagrados: El Museo del Prado y el Museo Sorolla, en los que las horas nos resultan tan fugaces y efímeras. En la última visita a la gran pinacoteca centré mi atención en el Goya más oscuro, apreciando con detalle cada obra y cada referencia de la etapa más tenebrosa del último gran maestro antiguo y, posiblemente, primer pintor moderno (como muchos denominan).

Por otro lado, en la casa-museo que el pintor valenciano tiene en la calle General Martínez Campos disfruté, hace un año, de la grandeza de ‘Sorolla en pequeño formato’ y, en esta ocasión, de ‘Sorolla en Negro’. Tengo que reconocer que me impactaron muchísimo sus lienzos grises, estando más acostumbrada a sus coloridos paisajes y sus luminosas tardes de playa.

Pero si algo me asombró por encima de todo fueron los elegantísimos retratos en gris oscuro de su esposa Clotilde, quien fuera su gran musa. Siempre ataviada con exquisitos modelos de la época rematados con elegantes accesorios y sobrias joyas. En cierto modo, me identifiqué con aquella sobria elegancia.

Son públicas, además, las cartas que el matrimonio se intercambiaba durante las estancias fuera del hogar del pintor, en las que se recoge tanto el cariño que existía entre la pareja como el pilar que suponía la esposa en el trabajo y el desarrollo de la carrera del artista. Por lo que su figura siempre me despertó bastante interés; también alentada e influida por la fascinación que ‘El Hombre del Renacimiento’ ha sentido siempre por Sorolla y el mundo que le rodeaba.

Tal es así que, de forma totalmente sorpresiva –como ocurre con los buenos regalos-, esta última visita a Madrid se cerraba el mes pasado con un maravilloso broche, con motivo de mi último cumpleaños, réplica de una pieza con la que el artista dibujó a su más retratada modelo.

“Estaba de negro, como siempre, porque creía que de negro siempre se estaba bien, y que esto es lo más distinguido”, Marcel Proust, ‘Por el camino de Swan’.

Más allá de una cuestión de cuernos

Pese a la tremenda frivolidad que supone, teniendo en cuenta el desolador y preocupante escenario internacional de las últimas semanas, medio país vive enganchado al drama romántico de la VI marquesa de Griñón que parece recordarnos aquello de que ‘Los ricos también lloran’ –título de aquella telenovela mexicana que causaría furor en los ochenta-; intentando así, quizás, de algún modo olvidar la subida de precios, la guerra en Ucrania o las protestas y represiones en Irán.

Manifiestamente tachada de ‘niña pija’ desde su tierna infancia, en los últimos años Tamara Falcó ha sabido desligarse de este estereotipo tras su paso y victoria por ‘MasterChef Celebrity’, una colaboración semanal en el programa de Pablo Motos y el estreno de su propio reality Netflix. Convertida en una de las solteras de oro de la jet set española, la hija de Isabel Preysler sorprendía hace unos tres años anunciando su romance con un joven ingeniero y empresario madrileño.

Hasta aquí todo parecía idílico. Incluso su mediática pedida de mano con un exclusivo anillo de diamantes de la firma italiana Repossi que rondaría los 15.000 euros. Sin embargo, pocas horas después del anuncio de compromiso vería la luz un controvertido vídeo del ya ex de ‘La Falcó’ besando a otra mujer durante un selecto festival de música en Nevada.

Pese a que las evidencias no muestran más que unos segundos de beso (un pico), Tamara se ha mostrado totalmente inflexible frente a esta traición rompiendo su relación ipso facto. Y es que hay quien apunta a que estas imágenes no han sido más que una prueba manifiesta de la fama del joven en la noche madrileña.

Sin embargo, intuyo que su rotundidad se ha debido más a la humillación pública que ‘La Marquesa’ ha sufrido y la falta de respeto de quien esperas mayor honestidad; independientemente de si se trató de un mimo de “un nanosegundo en el metaverso” o una tórrida noche de romance.

Y es que, aunque hay evidencias de parejas que han salvado sus matrimonios y han salido triunfantes de una situación semejante: como el binomio Beckham, tras el affaire con la niñera, o el sonado escándalo entre Bill Clinton y la becaria; no debe resultar sencillo reponerse a tal agravio.

En un tiempo en el que numerosos programas en ‘prime time’ hacen apología manifiestamente visible de la infidelidad  creo que la decisión de la marquesa de Griñón va mucho más allá de una simple cuestión de cuernos dando una lección de amor propio.