Fathers, almost forty and fabulous

IMG_6807Siempre recuerdo que mi padre nos contaba que para lo que se acostumbraba en aquellos años nos había tenido muy mayor. Creo que cumplía los 33 cuando yo llegué al mundo; soy la primera de dos hermanas. A mí nunca me pareció mayor. Mi padre siempre tuvo un espíritu muy joven y sus enormes ganas de vivir hacían que disfrutara de cada momento como si fuese un chaval. Yo he tenido mi primer hijo con 36 y, sinceramente, me considero joven. Seguramente eso también lo habré heredado. Son otros tiempos, que dicen los abuelos. Y tanto que lo son. Si hoy día uno espera tener la estabilidad laboral, económica, social y, sobre todo, emocional para perpetuarse puede que no lo haga nunca. A mí me ha llegado ya con cierta edad y creo que éste era, sin duda, mi momento ideal.

Lo difícil de esto es que es cosa de dos, es un trabajo en equipo. Y aunque yo pudiera estar en mi mejor momento sería necesario que la otra mitad compartiera estado vital. Y no es fácil coincidir. ¿Cuántas veces nos hemos cruzado con personas con las que, pese a intentarlo, no hemos conseguido conectar? Son pequeñas historias acabadas que, en parte, también nos han forjado y nos han hecho madurar. Pero difícil no es imposible. Y esta vez el binomio tenía que funcionar.

‘El señor del Renacimiento’ es también un padre moderno, de esos que ha enriquecido tantísimo su vida que lo de la paternidad no necesitó pensarlo demasiado. Era como la sucesión lógica en nuestro estado. Con 37 años algunos pueden pensar que ‘el arroz se le había pasado’. Pero me gustaría que lo vieran porque concluirían todo lo contrario. Además de ser un hombre versado y cultivado, mantiene una envidiable frescura física y emocional. Su incombustible energía compatibiliza perfectamente con la agotadora demanda de actividad del pequeño. Nunca se cansa. Antes de ser papá solía hacer deporte, al menos, seis días a la semana: natación, atletismo y escalada. Ahora intenta mantener sus aficiones adaptándolas a las necesidades y horarios del nuevo miembro de la casa. Intentamos no tener que renunciar a casi nada, aunque eso implique un mayor esfuerzo. Se levanta temprano y después de una mañana completa de trabajo, regresa para encargarse de la comida y darme un relevo en la crianza. Eso sí, su siesta es sagrada. Y, por la noche, después del baño y el biberón es el momento en el que disfrutar de su personal escapada: hacer deporte le sienta bien y le mantiene en una forma que a mí, evidentemente, me encanta. Y así agotamos los días de laborales hasta llegar al fin de semana, donde la rutina es un poquito más relajada.

Él como muchos otros padres ha conseguido romper el estereotipo de padre que teníamos la mayoría en nuestras casas. Son corresponsables, aunque también reconozco que aún no están todas las batallas ganadas. En este mismo modelo reconozco también al marido de mi hermana. ‘El hombre de los Ochenta’ es de los que trabaja fuera y dentro de casa y de los que además de educar comparte con sus hijos juegos y actividades varias. La siguiente discusión sería la de equilibrar un poquito más los porcentajes de la carga.

El caso es que el pasado fin de semana, cuando compartíamos una comida en familia, los miraba y pensaba que ambas éramos bastante afortunadas –lo que en ningún caso quiere decir que ellos no tengan por qué dar las gracias -. Son dos hombres buenos, divertidos (a mí edad puedo asegurar que esto también es importante) y papás entregados. Y con sus defectos son capaces de cambiar pañales, hacer de comer o irse una noche de concierto. No descuidar la pareja y tampoco su cuerpo. Con casi cuarenta tienen pelazo, no tienen barriga y visten moderno. Son la nueva generación de fathers, almost forty and fabulous.

Te regalo un jardín

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Con la llegada de un bebé, sobre todo si es el primero, los futuros papás pierden la cabeza acomodando la que será la habitación del pequeño. Desde el clásico cambio de pintura en las paredes a otras posibilidades más creativas con estancias temáticas que se convierten en el mismísimo espacio, la selva o, incluso, el fondo del mar. A mí me encantaría que ‘El pequeño ratón’ tuviese una habitación llena de globos aerostáticos. Muchos globos. Incluso que su cama fuese el cesto del que tira alguno de estos globos gigantes. Está claro que su tamaño y colorido los hacen muy llamativos, pero yo creo que lo que de verdad me asombra es su capacidad de volar.

Sin embargo, lo peculiar de nuestras circunstancias impidió que nos esmerásemos en esta tarea los últimos meses de embarazo. Tras el nacimiento de ‘El pequeño ratón’ nos instalamos durante tres maravillosas semanas en Caravaca, en la casa de mi madre, y cuando el tiempo de refugio acabó y tocaba enfrentarse a esto a solas nos mudamos a un pequeño apartamento ‘de soltera’ en el que intentamos convivir entre los trastos del bebé, la ropa tendida y nuestras dos bicicletas. Pero sé que algún día acabarán las obrasen la ‘Cueva Azul’ (ya hablaré de ella), o eso esperamos, y podremos dejar volar nuestra imaginación en el espacio que será su cuarto.

Ya os he dicho que ‘El hombre del Renacimiento’ no es demasiado convencional y, cuando comenzó la gestación, él inició su propio proceso de creación paralelo, transformando lo que por aquel entonces era un heredado pequeño huerto familiar. Élhabía dibujado y pintado en infinidad de ocasiones espacios verdes y frondosos jardines componiendo coloridos lienzos pero, como el mismísimo Monet, soñaba con su propio ‘Giverny’. Y decidió regalar a su futuro hijo ese sueño. Cambió los pinceles por útiles y aperos para orientar su necesidad y torrente de expresión artística a través del diseño de un paisaje. ‘El Huerto de los Mirlos’, en el corazón de la Vega Media, dejó de ser un pequeño espacio de ocio donde plantar algunas verduras y hortalizas para convertirse en su vergel soñado.

Cuando supimos de la existencia del pequeño, lo primero fue encontrar un árbol que plantar con el que representar su paralelo crecimiento. El Elaeagnus Angustifolia fue el elegido, como una inaugural declaración de intenciones ya que comúnmente se le conoce como ‘olivo de bohemia’ o ‘árbol del paraíso’, muy probablemente porque es citado en la Biblia como uno de los árboles que se encontraba en el Edén. Su árbol se sumaba así a la mezcla de árboles de jardín como olmos, chopos, almeces o una encina junto al camino, con toda clase de frutales: granados, manzanos, limoneros o pomelos, entre muchos otros. Sin contar los diferentes paseos cubiertos por un sin fin de trepadoras y enredaderas con flor como madreselvas, glicinias o jazmineros de diversos tipos. Que, junto con los más de 200 rosales y plantas aromáticas, perfuman el paso de las estaciones.

Pero él no es el único que tiene un árbol en propiedad, sino que cada miembro de la familia cuenta con su propio ejemplar, en mi caso un Cercis siliquastrum o ‘árbol del amor’ que por su flor purpúrea era un símbolo en la Constantinopla imperial. Conocido, también, es el mito de Apolo y Dafne que transformó a esta última en Laurel y desde entonces esta especie se asocia al dios romano y a sus ‘laureados’. Después de muchas dudas el propio ‘jardinero’ decidió plantar su árbol con un esqueje de esta especie que provenía de uno mucho más antiguo familiar.

Sin embargo, el rey del jardín es el sauce llorón que da sombra al estanque, ya que a pesar de llevar allí pocos años parece haber sido pensado para habitar ese espacio desde mucho tiempo atrás. El pequeño jardín acuático que éste cobija bajo sus hojas está poblado de nenúfares, calas y papiros que a su vez son refugio de los otros habitantes perennes del jardín: peces de colores y ranas, que ponen la banda sonora a las noches de verano. En el ecuador del jardín un pequeño puente japonés de madera en color azul articula el espacio y se convierte en el mirador y encuadre perfecto para las fotos entre amigos y visitantes.

Muchos se empeñan en dejar un legado material, ‘El Hombre del Renacimiento’ regalará a su pequeño un espacio donde jugar y corretear. Un espacio donde cada árbol, cada escondite entre la fronda, es un canto a la vida y a la belleza. Un mundo propio que habitar.

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Un peque en la mochila

79ba34e8-f34a-43d2-a815-ff41bac24370.JPGDurante estos días de ‘escapadas’ pautadas y desahogos en el balcón, en casa no dejamos de pensar en lo mucho que nos gusta viajar. Añoramos esos lugares que un día significaron algo, que nos conmovieron, que nos abrumaron; pero sobre todo los que aguardamos y que, ahora, forzosamente postergamos convirtiéndose en espejismos de este desierto entre cuatro paredes. A menudo, repasamos fotos de nuestros viajes evocando anécdotas y momentos, como aquel cumpleaños en Roma o nuestro verano en el Bierzo. En el frigo cuelgan memorias de aquellos tiempos, como instantáneas o como aquellos imanes que meticulosamente elegimos en nuestros destinos para que formasen parte de nuestros recuerdos. Hemos viajado como aventureros, con amigos, con parejas y como solteros pero creo que ni ‘El hombre del renacimiento’ ni yo imaginamos jamás lo maravilloso que sería viajar con esta nueva acepción de ‘mochileros’.

Cuando te conviertes en padre te asaltan numerosas preocupaciones y miedos, también como ‘papis viajeros’ y afrontas el difícil conflicto entre la aventura y los posibles riesgos. En muchos casos optamos por atarnos a lo que conocemos, creyendo así asegurar su sereno crecimiento, sin valorar que lo privamos de una de las principales formas de enriquecimiento. Y es que desechamos la opción sin imaginar ni siquiera lo que el viajar puede aportar a nuestro pequeño.

Nosotros, como cualquier otra familia, también nos enfrentamos a ese momento y no sin pocas dudas y desasosiegos –más por mi parte – decidimos afrontar el reto: queríamos un niño viajero, y nos convertíamos así nosotros en un nuevo tipo de mochileros. Hasta ahora hemos tenido poco tiempo, pues el pequeño tiene seis meses y además llevamos dos de encierro. Sin embargo, ya ha colgado de nuestros cuerpos en algún que otro desplazamiento. Así, al beneficio de portear, en mochila o en pañuelo, se suma el de sus nuevos descubrimientos.

No cumplía el mes cuando elegimos un entorno rural (El parque de la Marquesa en Archena) y una escapada en familia para comprobar si con nuestra decisión estábamos en lo cierto. Lo primero a lo que nos enfrentamos fue a una nueva y más complicada logística: ¿cómo encajar todo su equipaje en nuestro maletero? Si antes nos movíamos con apenas una maleta, la nueva realidad es que llevábamos enseres como para un regimiento: cuna plegable, bañera, hamaca o silla de paseo, pañales, maleta… por no hablar de los biberones, chupetes y útiles de aseo. Una realidad en la que no habíamos reparado pero a la que conseguimos ir adaptándonos con el tiempo. Cogimos destreza en el empaquetamiento y también comprendimos que se podía renunciar a acarrear muchos de estos elementos. En Navidad, en plena ola de frío y con el ‘disgusto’ de las abuelas, marchamos a Toledo. Lo peor, evidentemente, fue la lluvia y el mal tiempo, pero eso no impidió que, enfundado en su ‘piel de oso’, nuestro pequeño participase de una ruta nocturna por el casco viejo y tomase pecho a unos cuantos grados bajo cero.

Lo mejor estaba por venir. Para estos meses teníamos algunos planes que se han ido al traste con el confinamiento. A finales de abril un viaje de estudios con unos sesenta alumnos de Jumilla nos llevaría desde las góndolas de los canales de Venecia a recorrer el jardín de los monstruos del Conde Orsini en Bomarzo, pasando por la ciudad eterna, Siena y Florencia. En Mayo volaríamos a París para encontrarnos con Rodin, Renoir, Monet o Pissarro. Suerte que tanto el renacimiento italiano como el impresionismo francés esperarán imperturbables nuestro futuro desembarco.

Nosotros, desde nuestro sofá, aguardamos repasando antiguas fotos y soñando esos viajes y esas fotos que aún hemos de hacer.

Pequeña gran revolución

ba651160-f0a9-4933-adbb-31049099ff8d.JPGNo andaba muy desacertado Mikel Izal cuando hablaba de ‘pequeña gran revolución’ en una de sus composiciones para la banda de música indie madrileña que lidera. Una revolución emocional, hormonal, sentimental, de pareja, familiar, profesional, física, psíquica y personal. Eso es el postparto. Una revolución estructural que comienza en los pilares de tu vida para afectarla toda.

Reconozco que en mi caso, tras los primeros días sufriendo las ‘cicatrices’ del parto: el dolor de los puntos, el cansancio, la subida de la leche y la readaptación de horarios –yo que siempre he sido muy organizada-, me encontraba bastante bien. Después de meses con una barriga que no reconocía –aunque ahora veo las fotos y me maravilla- había perdido siete u ocho kilos en apenas dos días de ingreso hospitalario. Me miraba al espejo y me decía: “¡Mónica, estás estupenda!”. Y pensando en la progresión auguraba que en un par de meses vestiría sin problema mis vaqueros (ahora son seis y por fin los llevo). A ese optimista estado de ánimo igualmente influyó que, durante las tres primeras semanas, tuve la imponderable ayuda de mi ‘santa madre’ que, antes de irse a trabajar, rescataba al pequeño ratón de mis brazos para acunarlo en los suyos durante treinta minutos que en la cama me sabían a gloria. También colaboraba en los baños del peque y permitía que me duchase, incluso me maquillaba, sin un espectador constante. Seguramente sería también la felicidad del momento.

Pero, una vez más, las expectativas poco tendrían que ver con la realidad. Superada la euforia de los primeros días vino lo que tanto me avisó quien me precedió. Te pruebas los vaqueros una y otra vez, esperando que sea más fácil abrocharlos, sin embargo el progreso es mínimo o nulo. Has perdido centímetros, obvio, pero te has estancado. Sigues recurriendo a los pantalones premamá porque son en los únicos en los que te sientes segura, no encuentras la forma de deshacerte de ellos y sabes que mientras no lo hagas no te exigirás ‘entrar’ en los otros, los de siempre. Recuerdo ahora una conversación con mi hermana cuando mi abdomen dejo de ser mío en la que se compadecía y me profetizaba un tiempo en el que sentiría el abandono de cualquier atisbo de belleza o sensualidad. Y es que nunca fue menos sexy andar por casa todo el día sin sujetador, pasando de la turgencia a la flacidez en función de la demanda del ‘pequeño ratón’. Y el confinamiento añade el agravante de estar todo el día en pijama. Te encantaría hacer deporte, pero siendo objetiva te conformas con poder ponerte crema tras la ducha. Sin tiempo que dedicarte es más difícil aún sentirte bien en tu cuerpo.

Y no sentirse bien hace más complicada la armonía en el ánimo. Si te dicen que estás estupenda piensas que es caridad, si no lo hacen es peor. Somos pura vacilación y desequilibrio, también para quien tenemos cerca. Un nuevo ser asombroso en cambio y sorpresa constante. Llanto espontáneo y alegría excesiva. Motor explosivo y ralentí inquietante.

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso”

Esto es el posparto y, como decía Lope de Vega en su soneto al amor, quién lo probó lo sabe.

¿Dónde está mi tribu?

2C7197AE-32C0-478B-9FA4-A51C30C4C73FDice un proverbio africano que “para educar a un niño hace falta una tribu” y, desde luego, no le resta razón. Al menos para no hacerlo a costa de la salud de los progenitores, fundamentalmente de la madre –no nos engañemos -. El confinamiento nos ha robado el mes de abril, como cantaba Sabina, y ya veremos que parte de mayo. Pero también nos ha robado a la tribu. Los más pequeños de la casa, todo el día encerrados, tienen que entretenerse y satisfacer sus necesidades únicamente con la implicación de mamá y papá, también los fines de semana. Lo que hace la tarea de criar menos atractiva para ellos y mucho más pesarosa para nosotros. Y es que esta crisis sanitaria nos ha despojado de los abuelos que, por ser población de riesgo, han sido condenados a vivir sin sus nietos. Ellos están siendo, sin duda, los más castigados por la importante tasa de mortalidad a sus edades y porque además están viviendo este tiempo muy solos y, puedo imaginar, tremendamente asustados cuando ven a los de su quinta marchar.

‘El pequeño ratón’ no cuenta ya, desafortunadamente, con sus abuelos. Ambos nos dejaron demasiado jóvenes. Pero sí podrá disfrutar de dos abuelas: Loli y Emilia, que cada una a su modo enriquecerán su educación y crecimiento, cuando el Coronavirus lo permita.

Mi madre, Loli, con sesenta recién cumplidos, está en primera línea de batalla trabajando en una farmacia más horas de las que su espalda puede aguantar. Es una de las heroínas de esta crisis, la mía particular. Y la de mis sobrinos, que la han pintado para un concurso con el objeto de que sea la protagonista del dibujo impreso de unas conocidas galletas infantiles. Y aunque su tarea la distrae un poco de su aislamiento, no deja de preocuparnos que esté tan expuesta a la enfermedad. Aunque asegura que no le importa el virus, lo que de verdad sufre es la distancia con sus pequeños. A diario, cuando acaba su jornada, nos acompaña en el baño del bebé y así, pantalla a través, lo va viendo crecer.

Por su parte, Emilia, que este año cumple los setenta, sobrelleva la situación en casa repasando fotos de otros tiempos y, como tantas otras señoras, esperando la visita puntual de sus hijos que le llevan la compra y le dan un poco de conversación. Momento que aprovecha para, esta vez de forma digital y en los terminales de los papás, revisar imágenes y vídeos de sus nietos. ‘El pequeño ratón’ es el menor, así que poco puede interactuar, pero las travesuras y ocurrencias de los mayores le aportan más vitalidad. Aunque, por suerte, de eso va sobrada. Hace unos días me confesaba, por teléfono, que había pasado la tarde bailando frente al televisor con las canciones de su época. Mucho mejor así, por su ánimo y nuestra tranquilidad.

Mención merece la ‘chacha Valentina’, hermana de mi madre y como una abuela más, que se ha puesto al día con whatsapp y con baño del pequeño también puede disfrutar. ¿Y los tatos y los primos? ¡Cuánto echamos de menos nuestra tribu!

Lo que puede ser positivo de este ‘cada uno en su casa y Dios en la de todos’, a la hora de criar, es que las mamás primerizas pocas recomendaciones tenemos que soportar. Estamos educando como queremos, sin explicaciones ni consejos que no pedimos y que nos saben a juicio, robándonos así la seguridad. Sin embargo, y pese a esta ventaja, nosotros estamos hechos para vivir en comunidad. Queremos a nuestras abuelas, tatos y primos que nos den el relevo, un poquito, los fines de semana para poder descansar.

A todas las abuelas, jefas de la tribu, que estos días sufren la soledad, porque serlo es una de las dichas más grandes que guarda la edad.

La vida en los balcones

La vida no se detiene, pese al Coronavirus. Eso sí, en esta ocasión los recién nacidos llegan al mundo en contextos un tanto más extraños y donde la alegría es contenida por la pena de no poder compartirse. Los abuelos, los mismos que habitualmente hacen más llevadera la carga a los progenitores compartiéndola, están siendo, sin duda, de los más perjudicados. También desde el punto de vista emocional. Confinados, y en muchos casos solos, han sido condenados a vivir sin sus nietos. Y es que estos días apenas tenemos más vida que la que alcanzamos a ver desde nuestros balcones.

Precisamente así, de balcón a balcón, y en mi caso con la duda de si guardamos la distancia mínima de seguridad (pues es una calle estrecha por la que apenas circula un coche), hemos conocido una de estas nuevas vidas. La pequeña Carmen llegaba al mundo hace menos de un mes en medio del caos y el pánico desatado por este virus que ha atropellado nuestras existencias atacándolas en sus imperturbables rutinas. Su padres, Fran y Carmen, a los que tampoco tratábamos antes, la hacen partícipe cada tarde del aplauso a los profesionales que libran la batalla al COVID19. Y así hemos sabido que vino al mundo con una mano delante y que tiene hoyuelos, que su papá quiere ser bombero y que su mami se compra cada año una pañoleta diferente para el Bando de la Huerta; a la par que hemos puesto nombre y rostro a aquellos que vivían tras los cristales. Tras esos cristales y tras muchos otros balcones y ventanas.

Pues si algo ha tenido esta pandemia es que está convirtiendo en familiares aquellos rostros que nos eran totalmente ajenos. En ocasiones, los veíamos cada día pero el vertiginoso ritmo al que nos sometemos nos impedía reparar en ellos. O, incluso, habiendo cruzado nuestras miradas desconocíamos lo que había detrás de estas. Como Ana y su familia, los del segundo izquierda. Me solían auxiliar con el carrito del bebé en las escaleras pero ahora, gracias a las charlas de barandilla, sé que también tuvo problemas para dar el pecho a su hija y que pese a que sus niños quieren otro hermanito, el padre no se ve “con fuerzas para empezar de nuevo”.  En el edificio de enfrente viven Isabel y su hermano Manolo. Ella sufre de dolores de cabeza que, a veces, le impiden salir a las ocho, pero tienen una terraza preciosa llena de plantas y flores. A Inés, la del segundo izquierda, ya la conocía, pero estos días hemos compartido cenas y comidas que nos dejamos a los pies de las respectivas puertas. 

Todos ellos pasaban desapercibidos parar mí, igual que nosotros para ellos. Sin embargo, en estos momentos son los únicos rostros que ve mi pequeño además de los nuestros. Hemos cantado un montón de cumpleaños, por ejemplo al pequeño Julio (del bloque de enfrente), unos se han vestido de nazarenos, otros de huertanos, hay quien hace deporte en su terraza e incluso han tocado las castañuelas y repartido rosas en Domingo de Resurrección.

De balcón a balcón hay sentido de barrio más que nunca. Hemos vuelto al recuerdo que tenía de mi infancia del término vecino.  Una vida que se compartía con las puertas abiertas y en largas noches de bonanza estival entre conversaciones vecinales. Pues si bien este maldito virus “ha cerrado”  nuestro  día a día, nos ha hecho abrir “los ojos de nuestras viviendas” para descubrir una vida que late y bulle en cada ventana .

Lo maravilloso de venir al mundo pese al Coronavirus

a5b173b6-a71f-4612-93ec-4a25c0303447Cada tarde, a las 20.00 horas, los aplausos resuenan en cada calle de cada pueblo y cada ciudad de nuestra Región –como en otras comunidades y países –poniendo así sonido al profundo agradecimiento de cada hogar y cada ciudadano a los profesionales, especialmente los sanitarios, que estos días se dejan la piel y el corazón luchando contra este maldito virus. La piel, como metáfora de la salud, porque muchos de ellos han resultado también víctimas. El corazón, porque estoy segura de que de una experiencia así no se sale indemne. Por la responsabilidad sobre las vidas de otros. Por la culpabilidad y la impotencia al sentir que uno ya no pueden más, tras interminables jornadas de trabajo, dicho sea de paso. Por no poder ver a los tuyos por el miedo a dañarles. Y porque, a falta de otros familiares, se están convirtiendo en consuelo de enfermos y en la mano que aprietan los moribundos. No. Uno no puede ser el mismo después de algo así.

Y es que, además de librar en las trincheras la batalla al COVID-19, en muchos casos y muchas otras áreas están obligados a mantener la normalidad en la retaguardia, mostrando la entereza y el equilibrio que garantice el correcto funcionamiento de los principales servicios. Sea este el caso de los hospitales maternales, por ejemplo. Porque, gracias a Dios y afortunadamente, se sigue naciendo. Y es que ahora, en medio de todo lo que está ocurriendo, es más necesario que nunca sentir esa tranquilidad y esa serenidad durante el alumbramiento. Hablaré de lo que conozco, y me consta que en el Hospital Virgen de la Arrixaca todo el personal de maternidad y paritorios sigue trabajando para que nosotras, las mamás, sintamos que nuestro parto es único; y ellos, los bebés, vengan a este mundo ajenos a la locura que ha desatado este virus.

No sé si lo he contado ya, creo que no, pero jamás olvidaré aquellas horas y aquellas caras. Ni tampoco sus nombres. Recuerdo como el domingo 20 de octubre entraba sola –el ‘Hombre del Renacimiento’ había ido a aparcar -por la puerta de Urgencias del Hospital Maternal con mi bolso en la mano y muerta de vergüenza por el reguero que iba dejando a mi paso. Jamás había estado hospitalizada, por lo que llegaba con cierto recelo. Los nervios se me intuían en una media sonrisa que no me podía quitar de la cara. Y encima, como ya sabéis, iba sin plan de parto. Pero totalmente dispuesta a ir reaccionando según la situación lo requiriese.

Ya en monitores las enfermeras me ayudaron con la ropa, pues perdía mucho líquido y no podía dejar de presionar para desvestirme. Y desde ese momento, nunca me he sentido mejor tratada. En planta, mientras esperaba a dilatar, la matrona María Ángeles Gil me acompañó en cada centímetro con reconocimientos que apenas sentía. Ella se sorprendía de cómo podía mantener la sonrisa y bromear mientras los hacía. Lo que no sabía es que yo solo me contagiaba de su energía.

Cuando llegaron las horas más críticas, en paritorios, me creí literalmente bendecida. Jesús Soler o Jesús ‘Matrón’, como es cariñosamente conocido, me procuró todo tipo de atenciones, incluso respondiendo a mis temerosas preguntas de primeriza e intentando que en aquella habitación no faltase ni el humor. Haciendo, sin duda, mucho más llevadera la vela.

A las cuatro de la mañana comenzaba el trabajo de parto. Me asistió una matrona con nombre de Virgen: Guadalupe de Alba y Vega. No sabiendo ella que desde hace algún tiempo tengo especial debilidad por esta representación de Nuestra Señora, con su manto lleno de estrellas. No creo que fuesen casualidades. El alumbramiento no fue fácil. El pequeño no quería salir y se escondía una y otra vez tras enseñar su pelo moreno a los presentes. Y cuando apareció su cabecita hubo que maniobrar para liberarlo del cordón. No olvidaré jamás la serenidad, la paz y la ternura en las palabras de aquella mujer, seria y contenida, pero tremendamente profesional y empática. Y así se lo hice saber a ella y al todo el equipo. De forma un poco cómica, el ‘Hombre del Renacimiento’ siempre relata como, mientras otras mujeres gritan toda clase de improperios, yo repetía, medio ‘drogada’ por la anestesia y por el fervor del momento, que jamás olvidaría sus caras y que les estaba tremendamente agradecida.

Pues hoy, cinco meses y pico después, cada vez que salgo al balcón también aplaudo por ellos. Por los que se enfrentan a lo excepcional pero también por aquellos que, incluso ahora mantienen con su trabajo lo más ordinario: lo maravilloso de venir al mundo, pese al Coronavirus.