¡Guárdate de los idus!

La expresión latina: ‘Alea iacta est’ que habría exclamado y ‘popularizado’ un rebelde Julio César justo antes de cruzar con sus tropas el río Rubicón, sublevándose contra el Senado y comenzando así la larga guerra civil contra Pompeyo, pone de manifiesto la inutilidad de desafiar un sino que obra por encima de la voluntad de los hombres. No en vano los idus de marzo verían el final del político romano corroborando los vaticinios y oráculos. Sin embargo, serían los griegos, en sus fábulas y, sobre todo, en sus tragedias quienes plasmaron como nadie este hado que rige nuestras vidas avocándonos a la fatalidad de los augurios y presagios. Poco podría hacer así el héroe heleno en su lucha por alcanzar la gloria eterna contra la voluntad de Ananké, personificación de la inevitabilidad y madre de las Moiras encargadas de hilar la hebra de la vida para los hombres ya en su nacimiento –la mitología romana también tendrá su homóloga: Necessitas-. He ahí, por ejemplo, la funesta fortuna de Edipo, que huyendo de su destino no fue sino a encontrarlo.

El conflicto entre el espontáneo azar y el impávido destino es recurrente en todas las civilizaciones y culturas, pues es propio de la vacilación e inseguridad más íntima del alma. Cientos de años después, numerosos filósofos ,como Santo Tomás, Kant, Nietzche o Spinosa, y escritores, como Shakespeare, Whitman, Zola, Blasco Ibáñez, García Lorca o Machado, prolongarán esta doble interpretación del devenir humano. Nosotros, simples mortales, también nos cuestionamos a diario cuál es la correcta deducción del tiempo -Kronos en la mitología griega o Saturno en la romana –intentando así no errar en nuestros pasos por recelo a las consecuencias o, por el contrario, abandonándonos en los brazos de lo inevitable de nuestra fortuna.

En mi caso, que no suelo ser extrema en ninguna posición, hay una mezcla de ambas; es más según el instante la balanza se inclina más hacia un lado o el otro. No tengo duda que nuestros actos y decisiones nos definen, pero la vida y la experiencia me han demostrado, de algún modo, que a veces ese devenir de los acontecimientos, esas elecciones que creemos adoptamos libremente, no hacen más que precipitarnos a un porvenir ya escrito. Decía Papini, escritor italiano que revisó a los clásicos de la filosofía y que paradójicamente se caracterizó precisamente por los extremos –ateo y republicano que se convirtió en fervoroso católico –que “el destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y la voluntad”. Sea como fuere, con un futuro incierto o determinado, cuando el forzoso final nos alcanza será ese itinerario que dibujamos lo único que con nosotros no fenece o acaba. Yo no sé si llegué a Lorquí por azar o providencia, pero muchas piezas en el tablero se movieron para que el empleo no fuese lo único que encontré en este pueblo.  

‘Ídolas’

Nunca he sido muy fan de nada. Ni he idolatrado a nadie sobre todas las cosas. Me he caracterizado por ser bastante mesurada a la hora de venerar algo o a alguien y de seguir cualquier moda o corriente. Por supuesto que he admirado y admiro a ciertas personalidades, pero siempre ha sido desde la moderación y la coherencia, sin permitir que queden cautivas mi razón o mi entendimiento. Además, reconozco que he sido selectiva a la hora de elegir mis iconos. Por eso me sorprende como hoy día hacemos de cualquier persona una ‘influencer’ con millones de seguidores que convierten en ‘ley’ sus consejos sobre tendencias, familia, hogar y cuidados personales. Y que conste que esto no es una crítica a éstas (o éstos), ni tampoco a sus seguidoras, entre las que me cuento, pues a mí también me distrae hablar y oír hablar, de vez en cuando, de asuntos más triviales y ligeros. Es, más bien, una reflexión en voz alta sobre el modelo de sociedad que estamos apuntalando para nuestros pequeños.

No repruebo estos perfiles que se mueven fundamentalmente en el campo del espectáculo y el entretenimiento, pero sí me preocupa que sean estos los principales referentes de mi generación y de las que me suceden. Sinceramente, creo que sería más equilibrado y sano que Paula Echevarría tuviera sus más de tres millones de ‘followers’ en Instagram, pero que también los tuvieran María Blasco, por ejemplo, bióloga molecular y actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas; una de las mujeres más importantes actualmente en nuestro país en el ámbito de la ciencia. O que fuera el caso de Remedios Zafra, escritora y ensayista española, con poco más de 4.500 seguidores en Twitter, o Viviana Waisman, abogada y líder en derechos humanos de las mujeres, que apenas roza los 2.000 en esta misma red social. Para mí, todas estas señoras, son verdaderos referentes cuyos nombres o perfiles pasan, lamentablemente, desapercibidos para mucha gente.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, y rompiendo con mi costumbre, he empezado a idolatrar a determinadas mujeres; mujeres que pelean a diario contra la enfermedad de un hijo y que han enfrentado su dolor y lo han hecho público en redes. Mujeres que han superado el desgarro de ver a sus pequeños padeciendo y que, con el corazón roto seguramente, son capaces de vivir e incluso, a veces, estar alegres. Me admira, me abruma, de dónde sacan la fuerza y el ímpetu. Estas mujeres, será por mi actual condición, se han convertido en mis verdaderas ‘influencers’.

A por el segundo

No es una declaración de intenciones. Es más bien una reflexión en voz alta que, como madre primeriza a una edad relativamente avanzada (tenía 36 años mientras alumbraba), me hago últimamente. Siempre he creído y defendido el vínculo que se establece entre hermanos. Será porque la mía ha sido una salvación en determinados momentos de mi vida, y porque nadie como ella puede entender cada paso que he andado. Nuestras cargas y angustias, como nuestras celebraciones, han sido todas compartidas y coprotagonizadas. Y, sinceramente, me gustaría también que mi hijo contase con ese sostén y amparo; por eso en mi proyecto de familia siempre he incluido, al menos, dos hermanos. 

Sin embargo, con el primer bebé llegan también hondos cambios que hacen tambalear tus planes. La maternidad –como la paternidad -no es sencilla, exige una renuncia y una entrega como hasta ahora jamás había experimentado. Desde el desorden de sueño y el ‘eterno’ cansancio, a pequeños gestos que, aunque en el día a día no suponen un drama, sí que te hacen añorar, a veces, momentos del reciente pasado. Así, te preguntas cuándo volverás a tomar un café sentada y relajada, sin interrupciones, terminándolo antes de que se te quede completamente helado. O a comer teniendo disponibles ambas manos. O cómo sería el volver a ducharse y maquillarse sin alguien más en el baño. O regresar a las noches de solo dos en la cama con tu pareja abrazado… En ese instante nostálgico, te consuelas y te recuerdas que el tiempo pasa volando y que esos desvelos tiene fecha de caducidad; y sabes que, algún día, echarás todo eso de menos.

Y aunque te reconforta, no te evita la involuntaria pregunta de si estarías dispuesta a volver a enfrentarlo. En mi caso, creo que es más fácil o, al menos, así me engaño, pensar en intensificarlo durante un tiempo que en suavizarlo dilatándolo y alargándolo. Es por eso que aunque sabemos la revolución que un segundo niño traería a nuestro ya ‘perjudicado’ estado, sería un poco más de lluvia sobre mojado; pero pensar en alcanzar de nuevo la paz y el sosiego para perderlos entre pañales, biberones y llantos me hace replantearme el árbol genealógico que había ideado. Es por eso que no queremos meditarlo demasiado y arriesgarnos a que ‘el segundo’ venga en el momento menos pensado, sumando más alboroto y revuelo pero, también, multiplicando el amor que recibimos y damos.

La estela de tus tacones

Solía contar mi abuela, que nos dejó hace unos años a la edad de 94 y sin tomar más medicinas que un trankimazin de vez en cuando para dormir serena –ojalá en la salud y longevidad salgamos a ella -, que los vecinos de la Calle Larga de Caravaca salían a sus puertas al paso de mi tía Valentina. “Pocas lucían los tacones como ella en el pueblo”, decía; y, claro, nadie quería perdérselo. Mi abuela, como mi madre, no son de prodigarse en halagos. Si así lo aseguraba, no cabe duda que así era. Incluso hoy, a sus 70 años, sigue llevándolos –ahora sensiblemente más bajos –con su inconfundible garbo.  Y aunque de eso presumía su madre, de su brío y elegancia, he de confesar que con la ropa tenían sus más y sus menos. Mi abuela, que era modista, disentía del estilo un poco más sugerente de su hija. Así, en vez de ser ella quien, por aquel entonces, cosía sus modelitos, mi tía se dejaba ver por la casa de una prima que se los hacía manifiestamente más escotados y cortos.

Pero si característico es tu porte, no lo ha sido menos tu risa. Es uno de esos recuerdos que arrastro desde la niñez. Esos que, pese al paso de los años que desdibuja y tergiversa algunos hechos y certezas, han permanecido imperturbables en mi cabeza. Casi sin esfuerzo aún consigo verte reír a carcajadas en comidas familiares y nocheviejas. Pocas veces has dejado que un disgusto empañe tu gesto dulce y tu cara serena. Eres optimista por naturaleza. Y bien sabes tú cuánta falta nos hace esa serenidad y entereza a ‘las Abellán’ que te tenemos cerca. Sincera, espontánea y sin pelos en la lengua, jamás rozaste la ordinariez ni la impertinencia. No resulta sencillo describirte para que alguien se haga una idea. Yo, siempre cuento a mis amistades, que eres tan peculiar que solo puedo compararte con algún personaje de un film de Almodóvar.

Mucho me parezco a mi padre, pero siempre me han comparado contigo. Y si el tiempo me enseñó a sentirme orgullosa de mi herencia paterna, también lo ha hecho de la que me corresponde como sobrina –con el permiso de tu hija -. Y hoy, en el cumpleaños de nuestra ‘Wild Manuela’, puedo confirmar que ella también ha cogido el testigo de la rama (de esta familia) de mujeres vitalistas y coquetas. Me has puesto el listón muy alto como ‘chacha’ y no puedo evitar pensar que ojalá algún día pueda yo legar este mismo sentimiento de orgullo y admiración en ella; pero si yo fracaso en mi tarea siempre tendrá en la seguridad de tus tacones y la sonoridad de tu risa un modelo para enfrentar la caprichosa ventura de esta vida.

Amar la trama

Si hay algo de lo que pecamos los que tendemos a la ansiedad es a una irremediable preocupación por el futuro. O quizás sea esta turbación la que provoque la neurosis. Sea como fuere, la anticipación constante a las circunstancias obliga a soportar un sufrimiento premonitorio y tedioso que no se corresponde con nuestra situación y que, probablemente, nunca se llegue a consumar. Y es que si algo deberíamos haber aprendido, precisamente del pasado, es que por mucho que tratemos de imaginar jamás acertaremos el pronóstico. Y en ese ejercicio de constante adivinación derrochamos lo único que sí es real: el ahora.

Por el contrario, hay una canción de Drexler, a quien escuchamos mucho en casa y que se ha convertido en uno de los favoritos de ‘El pequeño ratón’, en la que canta a ese placer de entretenerse en lo que está ocurriendo, aunque sea un simple paseo: “Amar la trama más que el desenlace. Por ahí como en un film de Eric Rohmer. Sin esperar que algo pase”. Precisamente tenía que ser un cineasta francés  el que reflejase perfectamente en sus películas la esencia de la filosofía italiana del ‘Dolce far niente’, disfrutar del acontecer sin mayores ínfulas ni anhelos. O como diría el padre de la poesía moderna estadounidense, Walt Whitman: “La felicidad no está en otro lugar sino en este lugar, no en otra hora, sino en esta hora”.

Sin embargo, pese a lo razonable de las propuestas, pues no hay nada más incierto que nuestro futuro –algo que nos está recordando crudamente a diario esta pandemia-, es difícil no vivir anticipados. Enfocamos, diseñamos y planificamos nuestras vidas hacia ese futuro inexistente que nos provoca más penas y frustraciones que alegrías. Desde las acciones que creemos más trascendentales para nuestra vida (la elección de una carrera profesional, el matrimonio, la paternidad…) a otras más livianas y baldías pero que repetimos cada día. La otra propuesta, la de estos intelectuales, debería ser mucho más sencilla porque despejan las incógnitas de la ecuación en vez de dejarse la vida en resolverlas.

“Coged las rosas mientras podáis

feliz el tiempo vuela.

La misma flor que hoy admiráis,

mañana estará muerta…” W. Whitman.

Explosión en Madrid

Es horrible que ser testigos de tanta tragedia consiga, aunque sea por momentos, inmunizarnos. Sobrepasados por una pandemia que está saturando hospitales y desolando ánimos y fuerzas, otras tribulaciones nos pasan desapercibidas. Hasta la noche del pasado miércoles no reparé en la noticia de la explosión en el centro de Madrid, ocurrida sobre mediodía. Había leído los titulares , pero no alcanzaron a abrumarme como una fatalidad así debería. Sin embargo, minutos antes de acostarme recuperé una de las noticias y descubrí que el suceso se había producido en la Calle Toledo. Atendiendo a uno de los criterios periodísticos sobre la noticiabilidad –el de proximidad -y confirmando esta teoría, comencé, entonces, a prestar atención a lo ocurrido.

Resulta que hace unos años viví en Madrid, mientras estudiaba la carrera, y esta calle fue uno de los escenarios más frecuentados en mi aventura por la capital. La curiosidad me llevó a buscar las fotos en los diarios para conocer ‘a qué altura’ se produjo el fatal accidente y ver si aún podía identificar los rincones de aquel lugar. Aunque el paso del tiempo borra la nitidez de los recuerdos y, en algunos casos, también la fidelidad de los hechos, aún me veo saliendo del metro en Puerta de Toledo y subiendo los pocos metros de pendiente que lo separan del número 98. No podía creer que ese mismo edificio hubiera sido el que horas antes había saltado por los aires. Viví buenos y significativos momentos en aquel mismo lugar que me cobijó física y espiritualmente durante un tiempo.

Continúe indagando, pues esos momentos fueron compartidos, y conocía a mucha gente vinculada a ese edificio. Y la fatalidad se terminó por confirmar. Conocí, en aquellos años en Madrid, a los dos jóvenes que habían perdido la vida. De David recordaba sobre todo a su entonces novia, ahora esposa: Sara.  La recordaba porque tenía, e imagino que siga teniendo, una sonrisa tremendamente alegre y expresiva y, además, siempre presente, y es maravilloso encontrar gente así. Con Rubén, el sacerdote, tuve más trato por aquel entonces. Pero en ambos casos el contacto estaba completamente perdido. Sin embargo, he sentido dolor y mucha pena. Porque lo que en su día fue, de una forma u otra, continúa en nosotros. Sentí que una parte de mi pasado volvía para recordarme que también soy hoy quien soy gracias a aquello. Y sentí nostalgia. Pude asistir al funeral online y esto además me vino a certificar, paradójicamente, el gran regalo que es la vida; pese a que todos tenemos un destino seguro que, por cruel que parezca, no podemos evitar.  

Dulce lectura

Tengo una hermana que es genial. No sé si lo he comentado alguna vez ya; pero, sin duda, es merecedora de un artículo entero en propiedad. Y es que, tras casi 36 años juntas (es la hermana pequeña y los cumple en febrero), aún consigue admirarme. Lo último que se le ha ocurrido es crear un ‘Club de Lectura’ con sus hijos (Raúl, 7 y Manuela, 4). Así, los sábados por la tarde, a la hora del café y tras la comida familiar –cuando aún se podía –, los sienta en el salón de la casa para departir sobre los libros que han leído esa semana. Ella predica con el ejemplo y, aunque tiempo no le sobra (es autónoma y madre de tres niños), está logrando ‘robar’ minutos al día para atender dicha tarea y servir de estimulo a sus pequeños. Siempre disfrutó con la lectura y, desde el principio, supo educarles en eso. No en vano, mi sobrino devora los ejemplares de la saga de Harry Potter recomendados a partir de 11 años.

Se sientan, los tres en el sofá con sus libros en la mano, y uno a uno van relatando lo que les ha gustado del libro y lo que no tanto. Es maravilloso contemplarlos. Tengo que reconocer que también les provoca dejando que, durante la tertulia, degusten algo de chocolate (les pierde, como a cualquier niño, y ellos solo pueden tomarlo en ‘weekend’). Algo que lejos de ser reprochable les acerca a una experiencia con lectura completamente gratificante. Algún día, ya de mayores, recordarán esos extraordinarios momentos y espero que sepan agradecer a mi hermana lo que ha sabido legarles.

Y es que, según decía Miguel de Cervantes, “el que lee mucho y anda mucho, mucho ve y mucho sabe”. Y siendo mi autoridad infinitamente mas cuestionable que la suya, sí me atreveré a ratificarle. Mi padre nunca estudió el Bachiller y con tan solo 13 años viajó a Madrid para trabajar y vivir en una pensión, aprovechando las libranzas para escaparse al Bernabeu y desayunar, a veces, en una cafetería de Gran Vía junto al mítico Antonio Molina. Tuvo una adolescencia emocionante, lo que forjó un carácter sociable y extrovertido. Viajó, leyó y escucho tanta música que en cultura general no había quien le ganase, siendo especialmente bueno en geografía e historia. 

Yo no sé si como decía Vargas Llosa: “Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”, pero coincido con Nuria Espert en que “la lectura es para mí algo así como la barandilla en los balcones” porque, en determinados momentos, he podido en ella asirme y agarrarme.

No more dramas

Siempre he sido más de dramas. Como me ocurre con la literatura, disfruto enormemente del cine. Si la trama es creíble, la narrativa lógica, los personajes construidos y se cuida un poco la fotografía y la música puedo quedar tan cautivada por los fotogramas que se suceden que olvido cualquier cosa que, en ese momento, ronde mi cabeza; por muy obsesivo que esté resultando ese pensamiento. Para mí ha sido siempre una especie de terapia. Aún más en pantalla grande. Pero me ha valido un ordenador o, incluso, el móvil en tiempos de carestía. En general, no me gusta la ciencia ficción, evito las películas de miedo, hace mucho que una de suspense no consigue engancharme y la comedia debe ser excepcional para que me interese. Debo reconocer que hay excepciones a esta norma, pues no es una regla matemática; sin embargo, creo que este género es el mejor para retratar el alma humana. Mi curiosidad por las pasiones, las emociones y las miserias de ésta me ha inclinado hacia argumentos trágicos.

Hace unos días, no sé cómo ni por qué, vino a mi memoria una de esas películas que consiguieron estremecerme –Manchester by the sea (Manchester frente al mar)-. Dirigida por un acreditado dramaturgo, aprendiz brillante de director que, curiosamente, se hizo con el Óscar al mejor guión original con este su tercer largometraje. Lonergan (Kenneth) consiguió atraparme con su desgarradora historia mucho más allá de los 135 minutos que dura el film, arrastrando la profunda tristeza que emana durante días y volviéndola a evocar cada vez que la recuerdo. Una propuesta intensa, bella, lúcida y austera que incide en el duelo extremo e inextinguible. Buena culpa de esta pulcritud la tiene la honesta y elegante interpretación de Casey Affleck –hermano pequeño de Ben –que representa la languidez y la melancolía de una forma exquisita –no en vano esto le valió una estatuillas dorada-. Una película que, para quien tenga ánimo, sin duda recomiendo.

Yo, sin embargo, desde hace un tiempo no veo drama. No puedo. Desde que me convertí en madre y, sobre todo, después de lo que nos viene ocurriendo, la intensidad de mis emociones se ha desbocado y no estoy para innecesarios quebrantos ni sufrimientos. El dolor, que se situaba al otro lado de la pantalla, se ha convertido en algo tan evidente y cotidiano que ya no disfruto tanto de este género. Huyo de las desdichas ociosas e inútiles. Por el contrario, intento alimentarme de las delicias y de los pequeños placeres ordinarios. Pues incluso envueltos en la mayor de las angustias siempre se pueden encontrar pequeños gestos que nos socorran y eleven el alma más allá del drama.

Propósito de año nuevo

Recostada en un sofá prácticamente por estrenar en nuestro futuro salón, aún en construcción, y frente a la chimenea escribo el que será el último artículo del año. Tengo a mi hijo delante de mí, dormido; tras casi una hora de paseos. Disfruto de este momento tranquilo, de sosiego, tan escasos últimamente en mi vida. Aquí vamos a despedir el año. Sería estupendo hacerlo el Viena, en Berlín, brindando en la puerta de Brandemburgo, o, incluso, en el excesivo Londres, comentaba hoy con ‘El hombre del Renacimiento’ cuando veníamos de camino en el coche. Pero saben que les digo: hacerlo aquí es maravilloso. Simplemente genial. Este espacio encarna muchos de nuestros anhelos, aspiraciones y sueños –no solo para el 2021 -y estar aquí en estos momentos apuntala nuestras voluntades y da alas a esos deseos.

También durante el trayecto, él me confesaba que, pese a que soy una persona proporcionadamente optimista –quien me conoce lo sabe -, en los últimos días me encontraba algo renegona y repitiendo algunas quejas en forma de mantra que poco me ayudaban a estar en calma. Y aunque considero que cierta dosis de lamento y protesta puede ser sanadora, no me resulta agradable reconocerme en esos términos. Sé que tiene razón. Últimamente ando cansada y, como muchas sabréis, no es sencillo compaginar familia, casa y trabajo, y, menos aún, cuando la auto exigencia es máxima. Pero la pesadumbre y la tortura, tras lo que llevamos pasado, deben ser relativas y, por lo tanto, mínimas en estos instantes. Seguramente, éste no haya sido mi año; seguramente, tampoco el vuestro, pero no dejemos huecos abiertos ni hendiduras al desánimo y al desconsuelo; porque la aflicción se cuela en el alma, la habita, y, muchas veces, la deja enferma sin remedio.

Hace apenas un año que fantaseábamos con sentarnos al calor de este fuego en el espacio que por aquel entonces era poco más que un destartalado altillo. La transformación, evidentemente, no ha venido sin esfuerzo. Si pienso en lo que aún queda, a veces, me falta el aliento. Sin embargo, si echo la vista atrás y recuerdo es difícil creer en lo que se ha convertido aquel cobertizo con un tejado lleno de goteras y agujeros en el suelo. Aunque son tiempos difíciles y la vida arrecie como un temporal filtrando el agua por nuestros techos, no olvidemos que la luz también puede entrar por esos mismos huecos. El 2020 ha sido tremendo pero, para bien o para mal, ninguno de esos momentos volverá. Aspiremos solo a un propósito este año nuevo, recuperar el ardor por vivir y el empeño necesario para alcanzar nuestros deseos. 

Fin de año

Las personas, cuando algo está acabando, nos aferramos a lo nuevo. Quizás sea este un mecanismo psicológico de defensa para no sentir que perdemos, que nos precipitamos a un final. Será por eso, también, que cada diciembre, por estas fechas, restamos con cierta inquietud hasta las horas que quedan para despedir el año y comenzar uno nuevo cargado de propósitos con los que confiamos mejorar. Esa sensación de que lo que está por llegar será mejor nos hace mas liviana la pérdida de todo lo que abandonamos en el ejercicio anterior. Sin embargo, difícilmente habrá otra ocasión en la que deseemos con más fuerza olvidar los días del año que ya pasó.

Hay años y años y el 2020 pasará a la historia como aquel en el que, de repente, ‘nos robaron el mes de abril’. Quizás algún día contemos a nuestros nietos que vivimos un año sin besos, en el que los abrazos quedaron embargados y donde casi estaban prohibidos los encuentros. Un año en el que ver una sonrisa era una extravagancia, que podía pagarse caro, y en el que las mascarillas que las secuestraban se convirtieron, paradójicamente, también en nuestro mejor aliado. Un año en el que todos los bares, y hasta los parques, cerraron; pero poco había que celebrar y las penas, que eran muchas, nos acostumbramos a ahogarlas en privado. Un año en el que los padres compartían el rol de maestros y estos se convirtieron en youtubers para poder continuar enseñando. Un año en el que los abuelos estuvieron más solos que nunca y los niños más encerrados. Un año en el que el recelo a todo acabó cediendo el paso a gestos más solidarios. Un año en el que los médicos y enfermeros trabajaron sin descanso, dieron consuelo y mucho lloraron. Un año en el que la muerte se hizo más dura que nunca al venir con la soledad de la mano.

Todo esto paso y aunque fue muy triste, algunos, tendremos la suerte de contarlo. Y es que hasta las campanadas, que este año se darán con una Puerta de Sol vacía y cerrada, vienen marcadas por el drama de alguien que intenta recomponerse, demostrándolo públicamente, tras haber perdido a quien más quiso víctima de otra enfermedad también completamente inhumana. Ha sido un año aciago, siniestro y especialmente duro para el alma, pero a las puertas del nuevo hay que sacar fuerzas e ímpetu y pelear por hacer volver todo aquello que fue tan nuestro y que este 2020 nos ha arrebatado.