No sin mi bolso

IMG_9109¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Hay vida en Marte? Y ¿Qué llevan las mujeres en el bolso? Forman parte de ese grupo de preguntas para las que aún la humanidad, o al menos el género masculino, no ha encontrado respuesta. De diferentes formas, tamaños y colores, todas solemos llevar uno colgando. Además, son muchos los que aseguran que lo que ocultamos en ellos nos define, pero pocos los que se atreven a poner una mano dentro. Con la intención de desmitificar este complemento y desvelar algunos de sus misterios, ahí van sus diez mandamientos:

  1. Amarás tu bolso sobre todas las cosas. Seguro que habéis visto a más de una mujer entrar en estado de shock tras solo imaginar que le han robado el bolso. De ahí que desarrollemos ciertas posturas de defensa, tácticas y estrategias para evitar ese horrible momento. ¿Os habéis fijado alguna vez en cómo estrujamos el bolso cuando estamos en un asiento? Apretándolo instintivamente muy fuerte contra nuestro cuerpo casi en una fusión mística con dicho complemento. ¿Y esos bolsos pequeñitos de mano tan chic que aplastamos bajo la axila, vamos en el sobaco, sin ningún tipo de complejo? Y es que la separación física del mismo, aunque sea momentánea, puede causar graves alteraciones de conducta. Y si no atentos la próxima vez que estéis en la cinta de un aeropuerto: lo colocas de una forma, de otra, de lado, de costado, boca abajo, cierras las cremalleras… y los ojos que se salen de sus órbitas hasta comprobar que ha salido intacto por el otro extremo.
  2. Son algo similar a un agujero negro. Un bolso es una puerta a otra galaxia paralela donde van a parar horquillas, labiales y algún que otro céntimo suelto; elementos que muy probablemente aparecerán en otro contexto espacio temporal más allá de la superficie visible; o lo que es lo mismo, cuando menos te lo esperes en algún hueco del forro.
  3. Nunca subestimes su tamaño, ya que por pequeño que parezca su peso nunca será directamente proporcional. Y es que si alguna vez te han dicho aquello de: “Por favor, sujétamelo un momento”, sabrás que es probable que el ejercicio te provoque una contractura muscular. Y nosotras, cuántas veces habremos escuchado: “¡Pero muchacha qué llevas aquí dentro!”. Y de ahí el cuarto mandamiento…
  4. ¿Qué cabe en un bolso? Si habéis asistido al espectáculo de vaciar un bolso boca hacia abajo sabréis que se pueden encontrar todo tipo de elementos. Desde lo más clásico: monedero, gafas de sol, llaves o pañuelos; pasando por lo más tecnológico: auriculares, cargadores, discos duros, tarjetas de memoria, etc.; a los más variopintos objetos: calcetines, termo de café, pendientes, tijeras, pinzas de depilar, imperdibles, y hasta zapatos de repuesto… Por no hablar del pequeño neceser que llevamos dentro. ¡Vamos que sobrevives un mes en una isla desierta con lo en él dispuesto!
  5. Una máxima, cuando más grande lo tienes, más le metes dentro.
  6. Son un arma de destrucción masiva. Por su volumen y peso son perfectos como instrumento de defensa.
  7. Cada bolso es un mundo. Estos son un verdadero cajón de sastre y cada mujer lleva su propio kit de supervivencia diaria. Sin embargo, hay básicos que nunca fallan: un tampón fuera de su envoltorio y miles de tickets de compras y aparcamiento.
  8. Muy importante para ellos. No todos los bolsos son iguales, aunque lo parezcan. Hay bolsos de verano y de invierno, por no hablar de sus diferentes formatos: bandolera, clutch, sobre, shopping…
  9. Ejercicio diario de destreza. Llevar un bolso supone una yincana con pruebas de rapidez y agilidad para encontrar cualquier elemento. Seguro que habéis presenciado la típica escena en la que una mujer busca, casi de los nervios, un móvil que está sonando dentro. Y, siempre, cuando viene a encontrarlo se ha cortado la llamada.
  10. Nunca tendrás suficientes. Aunque, por suerte para ellos, esto supone que ante la duda… regla un bolso.
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Queridos maestros

FullSizeRenderEn uno de esos flashback que uno hace a veces para retrotraerse a un momento concreto de su pasado –aunque bien es verdad que yo no tengo demasiado margen de retroceso 😉 –y aprovechando una de las tantas sobremesas que disfruto en familia en mi visita reglamentaria a casa de mi madre cada fin de semana, recordaba con mi hermana, que lógicamente fue al mismo colegio e instituto que yo, algunos de los muchos maestros y profesores que habían pasado por nuestras vidas, unos con más pena que gloria, y me sorprendía tanto como me alegraba coincidir en la mayoría de nuestros criterios de clasificación.

Ella, mi hermana, y su marido venían de unas jornadas sobre innovación educativa que se estaban celebrando en un pueblo vecino –tienen dos hijos y lógicamente estos asuntos les preocupan mucho últimamente –y comentaban las conclusiones que habían sacado tras varias ponencias sobre neurociencia y educación emocional. Entre las muchas consideraciones interesantes que expusieron me llamó la atención cuando afirmaron que la motivación es absolutamente interna y personal, que viene de dentro del niño; con lo que los maestros no son los responsables de crear o desarrollar esa motivación que tantas veces les reclamamos y exigimos. Aunque, por el contrario, sí pueden ser capaces de dar las condiciones en las que ésta se despierte, ya sea por interés, curiosidad o supervivencia.

En el transcurso de la conversación, veía a mi madre asentir con la cabeza rubricando lo que los otros dos comentaban, y creedme, mi madre no es fácil de engatusar. Debe ser una de las personas más críticas que conozco. Ella añadió, desde su experiencia, que a nosotras jamás nos tuvo que decir o recordar ni una sola vez en nuestra vida que hiciésemos los deberes o nos pusiésemos a estudiar. Tampoco nos premió o castigó jamás por nuestras notas y, sin ánimo de presumir y tampoco faltar a la verdad, siempre fuimos buenas estudiantes. Aún recuerdo cuando hace unos meses, en un contexto completamente profesional, me encontré a Paco, un antiguo profesor de griego, y no sólo me reconoció al instante sino que aprovechó la ocasión, ya que yo iba con mi ‘jefe’, para subrayar que era una de esas alumnas a las que se recuerda por su excelencia. Sé que era sincero. ¡Y eso que las lenguas muertas nunca fueron mi fuerte! Con lo que, sin estimulaciones externas, nuestra motivación era absolutamente particular. Creo que siempre hemos tenido verdadero interés por aprender, así en general. Aunque hubiese materias o asignaturas que nos cautivasen más, nos gustaba descubrir y conocer, con lo que nada se nos daba del todo mal. Es más, aún hoy conservamos esa motivación por aprender y, pese a nuestra falta real de tiempo, seguimos enganchadas a mil aventuras y proyectos para instruirnos y cultivarnos un poquito más.

Sin embargo, tengo que decir que también estoy de acuerdo con que ellos, los maestros, juegan un importante papel en la estimulación de las motivaciones más escondidas o remolonas. A lo largo de mis 34 años de vida, con su correspondiente educación infantil, primaria, secundaria, carrera, máster y ahora, también, doctorado puedo asegurar que tengo cierta experiencia en ‘soportar’ docentes, y si algo ‘nos entraba’ mejor era sin duda por la forma de explicar y de hacérnoslo llegar. Tengo muy claro quienes han sido mis mejores profesores –criterio, como ya he dicho, con el que sorpresivamente coincido con mi hermana y de los que ya os hablaré en otro artículo–y en ellos se suele dar una doble cualidad: sabían muchísimo de lo que enseñaban y todos me hacían pensar.

“La función de la educación es enseñar a pensar intensa y críticamente. Formar inteligencia y carácter. Esa es la meta de la verdadera educación”, Martin Luther King.

¿Qué fue de aquellas cartas de amor?

FullSizeRenderYa no escribimos como antes. Los avances y las nuevas tecnologías nos hacen la vida más fácil, de eso no hay duda ni tampoco puedo tener queja, pero quizás el mal uso que les damos también nos convierten en un poco más tontos o, al menos, más vagos. No descubro nada nuevo si digo que hay ciertas habilidades que sólo se adquieren y mejoran con la práctica, y desde luego cada vez practicamos menos la escritura, y cuando lo hacemos es de una forma descuidada y poco ortodoxa. Tengo que reconocer que me pone muy nerviosa ver mensajes de whatsApp escritos con gigantes faltas de ortografía –aunque yo también puedo cometerlas en un descuido -, pero me cabrea más aún cuando las mismas son premeditadas intentando abreviar o ser más ‘cool’, algo especialmente extendido entre los más jóvenes.

El caso es que la posibilidad de escribir a alguien en tiempo real es fantástica, una completa revolución que supone mantener conversaciones en vivo. Pero también provoca que se pierda la magia del correo, del electrónico pero fundamentalmente del tradicional. Si sois de mi generación o de alguna anterior estoy segura de que aún conservaréis en casa alguna caja de zapatos forrada repleta de antiguas cartas de aquellas que enviábamos a familiares, amigos y conocidos para saber de su vida y contarles más sobre la nuestra. Cartas que al abrir el buzón te alegraban el día y con las que soñabas día y noche hasta su llegada. Cartas que muchas veces meditabas concienzudamente antes de enviar, a las que ponías toda tu atención y que releías varias veces para darles el visto bueno. Cartas de o para personas queridas que estaban lejos. Cartas que llegaban en un momento especial o que hacían especial un momento.

La facilidad de enviar y recibir mensajes ha eliminado lo extraordinario de ese momento y de esos documentos. Había cartas que te llegaban de fuera de España con bonitos y curiosos sellos, cartas que incluían una postal, un recuerdo o una fotografía de otro lugar, cartas cargadas de añoranza y las había también llenas de amor y de deseo, de confesiones y de declaraciones.

Dentro de la definición de carta, hay una acepción y/o categoría que siempre ha sido muy especial, son las denominadas cartas de amor. Aquellas que se escribían entre enamorados, amantes e incluso desconocidos y en las que estos confesaban sus más dulces y callados sentimientos. Las cartas de amor han permitido poner palabras a aquello a lo que uno no se atrevía a decir en persona. Las que intercambiaban las parejas siempre fueron bonitas, pero mis favoritas son aquellas que escribías a un amor furtivo, secreto o aún inconfesado.

Las primeras, porque están cargadas de pasión y sentimientos reprimidos, porque la complicidad del secreto, de lo prohibido y de lo oculto siempre ha sido muy morbosa y porque además muchas veces ésta ha sido la única forma de amarse que han tenido algunos enamorados. Y las últimas, porque dan sentido a miradas y gestos que ocultan el miedo, la vergüenza o la falta de valentía para revelar pasiones. Además, si uno sigue uno de estos intercambios epistolares puede ver como en algunos casos comienzan con tímidos indicios, pero cuando el amante se siente correspondido aumenta el tono de las revelaciones y se descubre en cada una de las misivas una creciente atracción entre remitente y destinatario.

Yo recuerdo con nostalgia algunas de estas cartas, sobre todo que recibí de adolescente, en las que además te incluían un poema o una canción, para dar más solemnidad aún a sus palabras. De ahí pasamos a los emails, que restaban lo ceremonioso y artesano de la escritura pero que conseguían ilusionar al ver el sobre cerrado en tu bandeja de entrada… también recibí algunos amorosos.

Hoy lo decimos todo con emoticonos y cada vez que abrimos un buzón no encontramos más que una factura.

Complejos

IMG_5743A mis años, me han puesto aparato. Una ortodoncia para mover mis dientes y eliminar el hueco que existe entre uno de los incisivos centrales (o palas) y el colmillo, ya que al carecer de estos -en ninguno de los dos casos -la distancia entre mis piezas no es seguramente ni la mas correcta ni la más recomendable estéticamente. Por una extraña herencia familiar, que según algún dentista me ‘diagnosticó’ en la infancia, viene de Mallorca; o eso o intentaba darle un aire más exótico a dicha peculiaridad; mis dientes de leche no dieron paso a nuevas piezas entre las palas y los colmillos. Durante años esta característica no me preocupó demasiado. Sin embargo, con el tiempo comencé a rechazar la imagen de mi sonrisa con semejante agujero negro entre mis dientes, y empecé a acostumbrarme a sonreír a medias, sobre todo en las fotos –puesto que es el reflejo propio que más perdura –apretando fuerte los labios como si tuviese miedo de dejar escapar algo. Un gesto muy similar al de la Gioconda, igual ella también tenía complejo.

Vengo arrastrando esta circunstancia desde hace años y son muchas las ocasiones y las personas que me han pedido una sonrisa y no lo he hecho, e incluso aquellas que se han percatado de que no existe ni una sola foto mía en la que se vean mis dientes. Para muchos es un detalle sin importancia, a otros incluso le parece curioso y/o coqueto, y a lo más halagadores, hasta sexy. Hay quien me ha dicho que es un rasgo de mi personalidad, y que me imprime carácter. Pero, sinceramente, creo que son excusas y defensas que atienden a que nunca me han visto diferente. No me define un agujero en mis dientes.

Aunque puedo entender que haya a quien no le parezca relevante. Los complejos, como el miedo, son libres y cada uno tiene los que quiere. No atienden a ningún argumento razonable. Probablemente tendré otros ‘defectos’ que puedan ser más importantes o destacables, pero a mis ojos éste sería el que más puede condicionarme. Bien es verdad que no es algo que me haya traumatizado especialmente, pero cuando inicié el desarrollo de mi profesión empecé a considerar que mi agujero y mi obsesión por disimularlo dañaban la seguridad en mí misma. Fue entonces cuando comencé también a preocuparme por solucionarlo, o al menos valorarlo. Más de cuatro años de intentos fallidos para lucir una ortodoncia acabaron hace apenas un par de semanas con la colocación de un aparato para los dientes.

No mentiré. Pese a que los nuevos avances permiten que sea un aparato que apenas se ve, lo que me ha dado el último empujón para decidirme –pues si me condicionaba un agujero entre los dientes, pueden imaginar lo que sería para mi ‘señalizarlo’ –, y mucho más higiénico que los habituales brackets, tampoco ha sido del todo fácil. Pero si las mujeres somos capaces de llevar los incómodos sujetadores, que siempre me han parecido un invento del diablo, no puede haber ningún elemento de tortura que se nos resista, pero de mi amor odio al sostén hablaré en otro momento.

Los primeros días había dolor y aún hoy tiene ciertas incomodidades, pero he de confesar que empiezo a sonreír de verdad. Y eso que mis dientes, por el momento, siguen estando iguales. Pero está claro que no se trata de lo que yo veo, sino de lo que siento.

¿Pero serían cuernos?

dr.jpgCada día disfruto más de la conversación con amigos, conocidos y extraños porque con los años he aprendido a sacar valor de todos y cada uno de esos encuentros pese, e incluso, a lo tedioso y aburrido que puedan resultar algunos. Sin embargo, las buenas conversaciones están caras de ver, de ahí que yo las disfrute tanto. Una buena charla con una persona interesante y en un buen ambiente puede llegar a producirme casi, y digo casi, el mismo placer que un buen orgasmo –entiéndase la comparación algo exagerada -. Además, ambas situaciones pueden ser difíciles de experimentar para algunas personas. Y aunque este no es mi caso, cuando encuentro alguien con quien saborear charlas agradables, enriquecedoras y con fundamento me felicito a mi misma por el hallazgo y las vivo y las mantengo intensamente, pese a que mi interlocutor pueda ser un extraño o un recién llegado a mi entorno.

Precisamente en una de estas conversaciones hace un par de semana, entre amigas y con unas cuantas cervezas de por medio, una de las nuestras nos hacía una confesión reveladora de esas que sólo se hacen a altas horas de la madrugada y cuando el nivel de alcohol y/o ruido que garantizan que no será más que un pasajero recuerdo. Lo que no advirtió es que yo bebía sin alcohol porque esa noche conducía y tenía todos mis sentidos predispuestos. Cuando hablábamos y discutíamos sobre la posible atracción que podían despertar ciertas personas que no son especialmente agraciadas, nos reveló que ella ‘le hacía el amor’ -intentando utilizar un término menos fuerte del que ella empleó -a las mentes, no a los cuerpos; dando un paso más allá en la defensa del sex-appeal de los feos.

Hasta el momento, algo había leído, oído e incluso escrito sobre los que se denominan ‘sapiosexuales’, aquellos que se sienten atraídos por los intelectos; es decir que se interesan por personas que gozan de grandes conocimientos. Incluso reconozco que a mí siempre me han gustado y enamorado aquellas personas de las que tenía la posibilidad de aprender algo; y que la admiración, en mi caso, es imprescindible para la seducción. Sin embargo, lo de ‘tirarse’ –sigo sin utilizar el dichoso término –a las mentes se me escapaba por completo. Hacer el amor, para mí, es un acto completamente físico, corporal e incluso emocional, pero jamás lo había visto como algo intelectual. Por lo que tenía que indagar más aún en ese concepto.

Para intentar explicarnos su argumento nos introdujo a Platón y el verdadero significado del amor platónico que, lejos de la creencia popular extendida, nada tiene que ver con aquel que es imposible o inalcanzable, sino que se refiere a la contemplación de la belleza del alma:

“A continuación, debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle”.

‘El Banquete’

Asegurando además que la unión y el acto físico en absoluto son necesarios, ya que el placer y el regocijo se obtiene de esta curiosa admiración supra-corporal entre cerebros. Teoría que podría justificar también mi fascinación por una buena conversación que exponía al comienzo.

Sin embargo, había algo que no me cuadraba en todo esto. Después de unas cuantas explicaciones, preguntas y argumentos me di cuenta de que de todos sus ‘ilustrados’ enamorados ninguno era del todo feo. Con lo que, en tales casos, para contemplar la belleza de sus mentes una estaba ya un poquito más predispuesta. Aunque aún seguía sin entender cómo la simple observación podía resultar suficiente y cómo uno se podía tirar una mente sin el más mínimo acercamiento entre los cuerpos.

A lo que otra compañera exclamó:

– ¡Entonces follarte –ahora sí lo utilizo –otra mente no se pueden considerar cuernos!

Dudo, luego existo

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Foto en El Retiro de nuestra escapada familiar, uno de los mejores momentos del año

Hay muchas cosas que me cuestan trabajo en esta vida. Por desgracia creo nunca he sido excelente en nada aunque, con mucho esfuerzo, he conseguido ser bastante ‘mañosa’ para casi todo. Disculpad la modestia. Esto puede ser una ventaja o un inconveniente, según se mire, pero yo prefiero no reflexionarlo demasiado y simplemente adaptarme a las circunstancias y aprovecharme de ellas; porque también soy bastante práctica y fundamentalmente porque es algo que difícilmente puedo remediar. El caso es que una de las cosas que más difícil me resulta es la toma de decisiones. En según qué cosas suelo pensármelo mucho antes de adoptar una determinación, y es algo que detesto. Me gustaría tener el arrojo y el carácter de afrontar elecciones con más seguridad y ser capaz de elegir sin todo el protocolo de duda previo, que además te destroza los nervios y, en mi caso, también el estómago. Pero evidentemente, no sería yo.

Creo que mis titubeos se deben a mi miedo a las posibles consecuencias, o más bien a aquellas que me pierdo al hacer la elección. No me preocupa tanto lo que pueda pasar, porque siempre he afrontado las cosas como han venido, sino lo que deje de ocurrir y me pierda al decidirme por una cosa en vez de la contraria. Soy muy consciente de que no vivimos más que una vez y, claro, me gustaría que mi paso por aquí fuese lo más apasionante posible. Sí, fundamentalmente emocionante. Para qué decir bueno, si es indudable que las cosas malas también van a venir. Tampoco serviría hablar de una estancia tranquila, pues casi lo mejor de la vida es frenético y enloquecedor. Prefiero la intensidad a la calma. Incluso creo que prefiero poco pero intenso a mucho y tedioso, aunque debido a esta falta de seguridad de la que hablo en algunas ocasiones esto tampoco lo tengo muy claro, porque no es agradable hablar de una marcha temprana.

A lo que iba. Que soy incapaz de decidirme incluso en las cosas más intrascendentes y sencillas. Me cuesta elegir hasta el color de la botella de acero inoxidable que pretendo comprarme para el trabajo en mi intento de reducir drásticamente los plásticos en mi vida después de ver el documental ‘A Plastic Ocean’, que por cierto os recomiendo; pero ese es otro asunto del que ya os hablaré en otra ocasión. Si esto es así en tal caso, imaginaos en las cosas de mayor importancia o dificultad… Y así todo el día, pues vivir es ir decidiendo constantemente.

Espero que algunos de vosotros os sintáis algo identificados con esta circunstancia porque como dicen: mal de muchos… ¡Pues eso! Pero eso no es todo ya que, incluso después de haber hecho una elección, pueden ser muchos y diversos los condicionantes que me hagan cambiar de decisión. Cosa que también puede ocurrir bastante a menudo y, aunque es una faena, esto sí que lo considero saludable, pues es parte de nuestro crecimiento personal y además sustenta la tesis de que todos nos equivocamos.

De ahí viene mi completo asombro al tropezarme con algunas personas que denotan un convencimiento absoluto de la fiabilidad de sus pensamientos y decisiones por encima de cualquier argumento que uno trate de esgrimir en su contra. No sé si ellos estarán en lo correcto o seré yo, ya saben mi dificultad para decidirme… Pero lo único que tengo claro es que, cada vez, dudo más de todo.

Vacaciones 2017: Cádiz, Sevilla y Madrid

Hace tiempo que no pasaba por aquí, pero necesitaba unas vacaciones casi de todo. El año resultó ser muy completo y por lo tanto, pese a mi gran satisfacción con todos los logros alcanzados y las situaciones resueltas, también agotador. Incluso para mí, que no sé parar quieta ni un minuto. Sin embargo, llega septiembre y es hora de volver a las rutinas, al trabajo y también era hora de pasar por aquí de nuevo. Se me ocurre que la mejor forma de hacerlo, y la menos dura para mi persona, es contar un poquito sobre mis días de vacaciones y descanso. Escribir sobre mis viajes es para mí como viajar otra vez. Volver a disfrutar de esos días, esos paisajes, esos olores y sabores… de todas las buenas sensaciones que conllevan la despreocupación y la vida relajada sin horarios.

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Comencé agosto trabajando, pues había que dejar algunas cosas cerradas antes de marchar. Sin embargo, es un mes tranquilo en la ‘oficina’ y resulta muy productivo cada minuto que se dedica en el despacho. Así, el viernes 4 de agosto, después de una mañana de trabajo, partíamos a Caravaca para comer con la familia y despedirnos hasta el regreso. De ahí, poníamos rumbo a Sevilla, parada de dos días antes de llegar a Cádiz, nuestro destino. Reconozco que no conocía la ciudad y que, pese al calor de esas fecha, las temperaturas fueron bastante llevaderas y la disfruté muchísimo.

El primer día, llegamos prácticamente a la cena, para lo que elegimos uno de los sitios de tapas más típicos en la ciudad: Bodega Santa Cruz – Las Columnas, muy cerquita de la catedral. Bulliciosa bodega de barrio con barra de madera y simpáticos camareros. No teníamos mucha hambre pero sí mucha sed y la cerveza la sirven bien fresquita, como a mí me gusta. Después aprovechamos la noche para pasear por el centro histórico y decidimos ir hasta Triana, lugar donde teníamos el hotel, caminando por la orilla del río y así bajar un poquito la cena. Por la mañana, tras el desayuno maratón de compras por las calles peatonales del centro y visita a la catedral y los sitios más emblemáticos del centro. Comida por allí en una taberna y siesta en el hotel, dedicando las horas de más calor a descansar. Por la tarde, fuimos paseando hasta Plaza de España y pasamos allí prácticamente el resto de la jornada hasta la hora de cenar, que decidimos repetir en ‘Las Columnas’ y después disfrutar de, posiblemente, las mejores vistas de la ciudad de Sevilla y de la Catedral en la terraza ‘Pura Vida’, del Hotel Fontecurz, con un mojito en la mano y un concierto del solista sevillano ‘Carrasquilla’ que nos encantó y nos endulzó la velada con muchísimo arte (Os dejo algo suyo por aquí).

El domingo por la mañana, road to Jerez, donde teníamos el hotel que sería centro de operaciones para nuestras escapadas por Cádiz. Elegimos un hotel pequeño, de 30 habitaciones, y con muchísimo encanto en el centro del Jerez histórico: Asta Regia Jeréz y resultó ser un completo acierto, por el precioso lugar y por la fantástica gente que nos atendió esos días. La habitación era casi un pequeño apartamento con despacho, vestidor y un baño con bañera y ducha. ¡Nos encantó! Para comer, atendimos a las recomendaciones de Ana, una de las responsables del hotel que ayudaron a que nuestro viaje saliera redondo, y fuimos a: Las Banderillas, un tabanco, así llaman allí a los establecimientos que mezclaban el concepto de vida social de la taberna y la vocación comercial del despacho de vinos. Increíble relación calidad-precio. Por la tarde, nos acercamos a Sanlucar a ver la puesta de sol y a cenar a la Taberna ‘Casa Balbino’, una de las más típicas en la zona para comer los famosos langostinos. Además, el paseo por el pueblo es muy agradable.

El segundo día, visitamos Cádiz. Ya la conocía pero no deja de encantarme caminar por sus calles, por el Barrio de la Viña, por la zona de la Catedral y, por supuesto, por la playa de La Caleta. Comimos en ‘El Faro’, visita obligada si se está en la ciudad y tomamos el postre en un antiguo café del siglo XX restaurado en el que comer, escuchar música o degustar sus ricos dulces. Después, puesta de sol en La Caleta.

El tercer día en Cádiz, pasamos la mañana en Conil, visitando el bonito pueblo y haciendo algunas compras y comimos en ‘Los Hermanos’. ¡No puede haber local más típico! Después, tarde de playa en Caños de Meca y algún gin tonic en ‘La Jaima’.

El cuarto día, visitamos Tarifa y después de comer descansamos en la playa de Bolonia hasta la puesta de sol. De vuelta en Jerez, ducha y nuevo ‘outfit’ para salir a cenar por allí y despedirnos de la ciudad. Recomendación absoluta: ‘Albores’. Un fin de fiesta por todo lo alto.

Esta fue la primera escapada del verano, ya que después de volver al trabajo cuatro o cinco días, continuamos con las vacaciones con un viaje a Madrid con toda la familia. Todos los años dedicamos unos días a pasarlos juntos. Para ello reservamos un bonito y céntrico apartamento en la capital, cuando se viaja con niños esta opción siempre resulta más cómoda y práctica. Además, en este caso ellos mandan, así que, aunque tuvimos tiempo para una noche fantástica de risas tomando un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor, una mañana de compras en Fuencarral, una visita al restaurante ‘Serafina’ y otro par de noches de vino y tapas en el apartamento, las actividades intentamos centrarlas en ellos: Museo de la Ciencia, parque del Retiro, jardines de Sabatini, teatro de títeres… y algunas otras actividades más.

En resumen, han sido unas vacaciones sin viajes de largo trayecto, pero disfrutando de estupendos momentos. Como dice un amigo, hay que estar feliz con uno mismo y serás feliz en cualquier parte.