No more dramas

Siempre he sido más de dramas. Como me ocurre con la literatura, disfruto enormemente del cine. Si la trama es creíble, la narrativa lógica, los personajes construidos y se cuida un poco la fotografía y la música puedo quedar tan cautivada por los fotogramas que se suceden que olvido cualquier cosa que, en ese momento, ronde mi cabeza; por muy obsesivo que esté resultando ese pensamiento. Para mí ha sido siempre una especie de terapia. Aún más en pantalla grande. Pero me ha valido un ordenador o, incluso, el móvil en tiempos de carestía. En general, no me gusta la ciencia ficción, evito las películas de miedo, hace mucho que una de suspense no consigue engancharme y la comedia debe ser excepcional para que me interese. Debo reconocer que hay excepciones a esta norma, pues no es una regla matemática; sin embargo, creo que este género es el mejor para retratar el alma humana. Mi curiosidad por las pasiones, las emociones y las miserias de ésta me ha inclinado hacia argumentos trágicos.

Hace unos días, no sé cómo ni por qué, vino a mi memoria una de esas películas que consiguieron estremecerme –Manchester by the sea (Manchester frente al mar)-. Dirigida por un acreditado dramaturgo, aprendiz brillante de director que, curiosamente, se hizo con el Óscar al mejor guión original con este su tercer largometraje. Lonergan (Kenneth) consiguió atraparme con su desgarradora historia mucho más allá de los 135 minutos que dura el film, arrastrando la profunda tristeza que emana durante días y volviéndola a evocar cada vez que la recuerdo. Una propuesta intensa, bella, lúcida y austera que incide en el duelo extremo e inextinguible. Buena culpa de esta pulcritud la tiene la honesta y elegante interpretación de Casey Affleck –hermano pequeño de Ben –que representa la languidez y la melancolía de una forma exquisita –no en vano esto le valió una estatuillas dorada-. Una película que, para quien tenga ánimo, sin duda recomiendo.

Yo, sin embargo, desde hace un tiempo no veo drama. No puedo. Desde que me convertí en madre y, sobre todo, después de lo que nos viene ocurriendo, la intensidad de mis emociones se ha desbocado y no estoy para innecesarios quebrantos ni sufrimientos. El dolor, que se situaba al otro lado de la pantalla, se ha convertido en algo tan evidente y cotidiano que ya no disfruto tanto de este género. Huyo de las desdichas ociosas e inútiles. Por el contrario, intento alimentarme de las delicias y de los pequeños placeres ordinarios. Pues incluso envueltos en la mayor de las angustias siempre se pueden encontrar pequeños gestos que nos socorran y eleven el alma más allá del drama.

Propósito de año nuevo

Recostada en un sofá prácticamente por estrenar en nuestro futuro salón, aún en construcción, y frente a la chimenea escribo el que será el último artículo del año. Tengo a mi hijo delante de mí, dormido; tras casi una hora de paseos. Disfruto de este momento tranquilo, de sosiego, tan escasos últimamente en mi vida. Aquí vamos a despedir el año. Sería estupendo hacerlo el Viena, en Berlín, brindando en la puerta de Brandemburgo, o, incluso, en el excesivo Londres, comentaba hoy con ‘El hombre del Renacimiento’ cuando veníamos de camino en el coche. Pero saben que les digo: hacerlo aquí es maravilloso. Simplemente genial. Este espacio encarna muchos de nuestros anhelos, aspiraciones y sueños –no solo para el 2021 -y estar aquí en estos momentos apuntala nuestras voluntades y da alas a esos deseos.

También durante el trayecto, él me confesaba que, pese a que soy una persona proporcionadamente optimista –quien me conoce lo sabe -, en los últimos días me encontraba algo renegona y repitiendo algunas quejas en forma de mantra que poco me ayudaban a estar en calma. Y aunque considero que cierta dosis de lamento y protesta puede ser sanadora, no me resulta agradable reconocerme en esos términos. Sé que tiene razón. Últimamente ando cansada y, como muchas sabréis, no es sencillo compaginar familia, casa y trabajo, y, menos aún, cuando la auto exigencia es máxima. Pero la pesadumbre y la tortura, tras lo que llevamos pasado, deben ser relativas y, por lo tanto, mínimas en estos instantes. Seguramente, éste no haya sido mi año; seguramente, tampoco el vuestro, pero no dejemos huecos abiertos ni hendiduras al desánimo y al desconsuelo; porque la aflicción se cuela en el alma, la habita, y, muchas veces, la deja enferma sin remedio.

Hace apenas un año que fantaseábamos con sentarnos al calor de este fuego en el espacio que por aquel entonces era poco más que un destartalado altillo. La transformación, evidentemente, no ha venido sin esfuerzo. Si pienso en lo que aún queda, a veces, me falta el aliento. Sin embargo, si echo la vista atrás y recuerdo es difícil creer en lo que se ha convertido aquel cobertizo con un tejado lleno de goteras y agujeros en el suelo. Aunque son tiempos difíciles y la vida arrecie como un temporal filtrando el agua por nuestros techos, no olvidemos que la luz también puede entrar por esos mismos huecos. El 2020 ha sido tremendo pero, para bien o para mal, ninguno de esos momentos volverá. Aspiremos solo a un propósito este año nuevo, recuperar el ardor por vivir y el empeño necesario para alcanzar nuestros deseos. 

Fin de año

Las personas, cuando algo está acabando, nos aferramos a lo nuevo. Quizás sea este un mecanismo psicológico de defensa para no sentir que perdemos, que nos precipitamos a un final. Será por eso, también, que cada diciembre, por estas fechas, restamos con cierta inquietud hasta las horas que quedan para despedir el año y comenzar uno nuevo cargado de propósitos con los que confiamos mejorar. Esa sensación de que lo que está por llegar será mejor nos hace mas liviana la pérdida de todo lo que abandonamos en el ejercicio anterior. Sin embargo, difícilmente habrá otra ocasión en la que deseemos con más fuerza olvidar los días del año que ya pasó.

Hay años y años y el 2020 pasará a la historia como aquel en el que, de repente, ‘nos robaron el mes de abril’. Quizás algún día contemos a nuestros nietos que vivimos un año sin besos, en el que los abrazos quedaron embargados y donde casi estaban prohibidos los encuentros. Un año en el que ver una sonrisa era una extravagancia, que podía pagarse caro, y en el que las mascarillas que las secuestraban se convirtieron, paradójicamente, también en nuestro mejor aliado. Un año en el que todos los bares, y hasta los parques, cerraron; pero poco había que celebrar y las penas, que eran muchas, nos acostumbramos a ahogarlas en privado. Un año en el que los padres compartían el rol de maestros y estos se convirtieron en youtubers para poder continuar enseñando. Un año en el que los abuelos estuvieron más solos que nunca y los niños más encerrados. Un año en el que el recelo a todo acabó cediendo el paso a gestos más solidarios. Un año en el que los médicos y enfermeros trabajaron sin descanso, dieron consuelo y mucho lloraron. Un año en el que la muerte se hizo más dura que nunca al venir con la soledad de la mano.

Todo esto paso y aunque fue muy triste, algunos, tendremos la suerte de contarlo. Y es que hasta las campanadas, que este año se darán con una Puerta de Sol vacía y cerrada, vienen marcadas por el drama de alguien que intenta recomponerse, demostrándolo públicamente, tras haber perdido a quien más quiso víctima de otra enfermedad también completamente inhumana. Ha sido un año aciago, siniestro y especialmente duro para el alma, pero a las puertas del nuevo hay que sacar fuerzas e ímpetu y pelear por hacer volver todo aquello que fue tan nuestro y que este 2020 nos ha arrebatado.

Cuento de Navidad

Como en el relato de Charles Dickens esta será una Navidad que no podremos olvidar. El clásico, escrito por el autor británico hace casi 180 año y que llevó por título original ‘A Christmas Carol. In Prose. Being a Ghost Story of Christmas’, cuenta la historia de como la onírica visita de tres espectros cambia la percepción de esta festividad del apático y adusto Señor Scrooge. Aunque hoy nos parezca una historia con un argumento infantil o facilón, en el momento de su publicación, en plena época victoriana, ésta influyó de tal manera en la sociedad que sirvió de modelo de celebración en todo el mundo occidental, aportando ese espíritu festivo, familiar y de generosidad.

Sin embargo, este año poco va a quedar de esa Navidad. Los reencuentros, en muchos casos, no lo serán. Los abrazos serán tibios y habrá incontables besos que no se darán. Muchos hogares quedarán huérfanos de alegría. Las familias estarán fragmentadas y escindidas por la distancia y, en el peor de los casos, sesgadas para siempre con el dolor más horrible que se puede imaginar, ese que solo puede endurecer el sentimiento de soledad. Y es que las despedidas siempre son tristes pero es, sin duda, más desolador no poderla dar.

Tengo que acordarme en este momento de una familia que, como tantas otras, lo está pasando mal. La pérdida de un padre deja, tengas la edad que tengas, una extraña sensación de orfandad y desamparo –lo digo por propia experiencia -con la que te ves obligada a aprender a vivir; sabiendo que aunque el dolor más rabioso sucumbe nada en ti y en tu familia volverá a ser igual. Ha sido injusto e inhumano la forma en la que le ha tocado marchar (como a otros) pero saber que fue un buen hombre, un buen padre y que lo quisisteis siempre hará menos duro este final. Marisa, nunca lo dejaste solo. Él escuchó cada susurro tuyo animándolo a luchar, hasta que también tus fuerzas flaquearon y solo podías estar ‘ahí’ para acompañar.

Hoy no hay visiones de pasado ni de futuro, son los fantasmas de este presente tan incierto e insospechado los que nos afligen y atormentan. Y aunque no hay justificación, ni excusa, ni argumento para tanto sufrimiento, al menos, espero que lo vivido, como en el cuento, además de un mal recuerdo nos sirva de aprendizaje para los que por lo más ridículo perdemos, a diario, la armonía y la paz.

La estrella lloró rosa

Decía Pizarnik, escritora argentina que pese a quitarse la vida con tan solo 36 años dejó una vasta obra, en ‘La noche, el poema’ que no hay nada más intenso que el terror a perder la identidad. Quizás fue este miedo a no encontrarse o reconocerse lo que llevó a la íntima amiga de Julio Cortázar –según la correspondencia que intercambiaron entre ambos y que años después se publicó -a este fatal desenlace. Y es que son profusos los artistas que se buscan y escrutan a través de su creación. A ellos mismos o a alguno de sus heterónimos, como concebiría y normalizaría el también fallecido joven Pessoa. Personalidades completas que, a diferencia de los pseudónimos, alcanzan identidades casi independientes al personaje y que se autoconstruyen y expresan en su obra. Esa búsqueda del yo es la síntesis o resumen perfecto del trabajo realizado en los últimos dos años por el artista plástico Omar Daf. O lo que es lo mismo: uno de esos diferentes ‘yo’ que conviven en el que algún día conocí como Luis Bernardeau, ingeniero civil, padre de familia y windsurfista, que desplegó su inquietud y anhelo artístico en otros personajes que hoy lo acompañan como parte de su uno y que buscan, a través de una creación frenética, su propia conciencia y su propio espacio.

La experimentación plástica es casi tan antigua como el hombre y sus interrogantes. Desde la fascinante y atávica cueva de Chauvet hasta la modernidad y posmodernidad que tanto y tan variado han puesto en el gran lienzo de la historia del arte. Pintar con manos, pintar con pinceles como armas de guerra o besar el lienzo con la delicadeza de un miniaturista medieval… Hay tantas formas de ver y sentir la pintura como las personalidades tan dispares que habitan la condición humana.  Esas que conviven en un mismo hombre pero afloran de distinta forma, con distintos nombres, en cada propuesta del artista. En cada búsqueda siempre hay un latido primigenio. Un pulso por verter en un soporte bidimensional aquello que parece no tener cabida en lo material pues habita dentro. Expresionismo abstracto y color libre, ácido en ocasiones , que nos acerca al informalismo e incluso a ecos del pop art. Omar Daf  bucea en ese mundo de color que embiste como ola que te cubre para después regresar a la orilla de un nuevo hallazgo.

En su última muestra ‘La estrella lloró rosa’, en honor al poema del autor francés Rimbaud, expuesta en ‘Laboratorio de Artesanía’, uno de esos maravillosos espacios que surgen para albergar las artes desde el centro a la periferia y comisariado por Tais Bielsa y Gloria Jiménez, recoge esa búsqueda personal a través de trazos, materiales y color, o ausencia de éste, inspirándose en recuerdos robados al individuo que ha colonizado, cual agente patógeno, o fantaseando memorias y lugares que nunca existieron como en ‘Una postal desde Marrakech de una familia contemporánea’ donde todo es invención. Una exposición que materializa su evolución desde los carboncillos que pintase bajo la tutela de la artista Miwako Yamaguchi a su experimentación con el color, las rosas que nunca lo fueron y que se convirtieron en estrellas, los paisajes simulados y casi oníricos, la producción de aliens que automatizó en sus noches de confinamiento y febrícula por COVID o las composiciones en las que se desmiembra en letras de poemas, collage y canciones para volver a reconstruirse. Construirse de nuevo en personajes que lo abstraen de la diminuta identidad del yo más cotidiano, sin el terror a perderla,  en este caso, sino con la posibilidad de experimentar la infinidad, propia del mar.

Pinturas de guerra

Creo que es un error tildar de frivolidad todo aquello que se relaciona con la imagen y la estética. El concepto de belleza está históricamente ligado tanto a la filosofía, en su aspecto más conceptual, como a la psicología, en el ámbito conductual; por lo que resulta completamente injusto subyugarlo únicamente a una expresión insustancial, ligera y banal. A veces, aquello que, a nuestro juicio, puede resultar más trivial aloja simbolismos y referencias a un conocimiento o experiencia de cierta trascendencia histórica o social. Así, como desde que soy madre suelo leer solo lo que me llega en pequeño formato –las novelas se han convertido en algo inasequible con mi actual disponibilidad- hace unos días ojeaba una reseña que llegaba a mis manos sobre ‘Red lipstick: an ode to a beauty icon’, un libro en el que Rachel Felder repasa la historia de este icónico labial que recién entrados los 50 popularizó el mítico diseñador con su ‘Rouge Dior’, pero que años antes se convertía ya en un emblema de la independencia de la mujer que perdura generación tras generación.

El rojo de labios adoptaría esta connotación a comienzos del siglo XX cuando un grupo de defensoras del derecho a voto de la mujer, que más tarde pasarían a denominarse ‘sufragettes’ capitaneadas por Elizabeth Cady Stanton y Charlotte Perkins Gilman se manifestaban en Nueva York a las puertas del recién inaugurado salón de belleza de la entonces aún desconocida empresaria de cosméticos Elizabeth Arden. Ésta, fiel defensora de los derechos de la mujer, declaró su hermanamiento con la causa regalando muestras de este labial a las sufragistas que lo adoptaron como signo de rebelión y liberación. Desde entonces este cosmético ha estado ligado a la causa feminista y ha sido, incluso, protagonista en varias contiendas.  El mismísimo Führer lo prohibió entre las juventudes hitlerianas, por representar todo lo que el régimen detestaba; mientras que Churchill lo convirtió en una excepción a la paralización de la producción de cosméticos durante la II Guerra Mundial. En los años 40 este tono se convertiría incluso en obligatorio y reglamentario para las mujeres soldado de la mano de un gobierno republicano.

Son muchas las grandes mujeres que lo han llevado. Desde Marlene Dietrich a Penélope Cruz este labial se repone a cualquier crisis, siendo uno de los productos más vendidos en tiempos de escasez y dificultades; sobreviviendo, incluso, a pandemias y mascarillas ya que, pese a que no se enseña, el rojo de labios es más que un cosmético, es una pintura de guerra.

Comenzando a volar

La expresión ‘madre trabajadora’ me resulta rematadamente redundante. Esta altruista dedicación supone mucho más de lo que podamos entender por trabajo. No hay guardias, ni jornadas completas o intensivas que puedan igualarlo. Ser madre es apurar y agotar las horas del día, y bastante a menudo también las de la noche, hasta la propia extenuación sin, muchas veces, haberte dedicado a ti ni un único minuto de la jornada. Y cuando por fin logras que duerman y tener tiempo para lo propio lo único que pides, por piedad, es un poco de cama o sofá. Aún así, tengo que reconocer que gracias a mi situación laboral pude disfrutar de nueve extenuantes y maravillosos meses dedicados a este arduo y gratificante trabajo. Pero, como decía en mi último artículo, el verdadero desconcierto llegaría con mi reincorporación al mundo laboral, en el momento en el que, a todo lo anterior, le adscribes la introducción de horarios estrictos y una nueva tarea o faceta más para la mamá.

Sin embargo, aunque pueda parecer paradójico el sumar más trabajo, pese a lo fatigoso, no fue lo peor. Con la reincorporación llegó también la revolución emocional. El temido momento de la separación filio-maternal. Los que no contamos con la suerte de tener abuelos cerca hemos de confiar en desconocidos para que nos ayuden con la tarea de educar y criar. Una decisión tan difícil que, en nuestro caso, fue un pinchazo en una rueda la feliz casualidad que nos cambió lo previsto, hoy pienso que de forma providencial. Reemplazamos la posibilidad de viajar unos cuantos minutos por autovía a diario por una, por aquel entonces, desconocida guardería de la que habíamos oído hablar y que estaba cerca de nuestro hogar temporal (JC1 Escuela Infantil).

La primera vez que entramos las sensaciones fueron buenas pero aún así no resultó nada sencillo comenzar. Separar a mi pequeño de mi cuello mientras comenzaba a llorar y desaparecer, cada mañana, tras la puerta sin querer mirar atrás y sin saber cómo iba estar fue, probablemente, mucho más duro  de lo que en un principio yo podía imaginar. La adaptación me costó, sin duda,  a mí mucho más. Pero por suerte su ‘seño’ resultó tener una sensibilidad muy especial y supo hacer terapia con los dos a la par. El cariño, la sensibilidad y, sobre todo, la empatía de ‘Eva’ para ponerse en mi lugar van consiguiendo cada día que lo que para mí hace unas semanas era un drama hoy no sea tal. Confieso que los primeros minutos, cuando lo dejo atrás, me siento triste y culpable pero sus mensajes de calma y sus fotos consiguen que me relaje y cuando llego a recogerlo su sonrisa me certifica que está empezando a disfrutar. Y es que aunque nos cuesta despegarnos nuestros pequeños tienen que socializar, como todo polluelo, por pequeño que sea, tienen que aprender a volar.

Ecuaciones familiares

Conciliar es una utopía. Entendida esta en cualquiera de sus dos acepciones según la RAE (Real Academia de la Lengua Española): 1 – Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. 2 – Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. Yo siempre he creído en éstas como una entelequia deseable, quizás por el carácter optimista que heredé de mi padre, pero no por ello dejo de ser realista. Soy consciente de que ni la estructura social, ni la económica y tampoco la laboral colaboran para que hoy por hoy sea un contexto o escenario prestamente alcanzable. Para empezar, porque en la mayoría de los casos, la exigua baja por maternidad fuerza a las mamás a inclinarse entre regresar prontamente a su faceta profesional o, en el caso de que pueda, solicitar una excedencia para custodiar a su pequeño renunciado a percibir algún porcentaje de su sueldo o salario, lo que las deja a merced económica del padre. Aunque he de reconocer que el incremento, y futura equiparación, de la baja paternal es un gesto que invita a no perder la fe en una forma de entender la familia más justa y mucho más razonable.

Pero el verdadero problema viene con la incorporación de la madre. La falta de flexibilización en los horarios y un cuestionado y controvertido teletrabajo hacen que sea prácticamente imposible atender ambas cosas, por no hablar de la vida personal, de una forma medianamente saludable. Y hablo desde mi experiencia y desde la de otras muchas madres que asisten devastadas a diario a interminables listas de labores que, aunque en la mayoría de los casos se completan de forma favorable por la innata capacidad multitarea, se llevan su salud física y mental por delante. Y es que es ardua tarea intentar escribir un simple párrafo con un pequeño de un año circundando tu puesto y aprovechando cualquier descuido para aporrear tu teclado. Y hay situaciones peores. Hace unos días me escribía por Instagram una madre relatando como, siendo autónoma, se vio obligada a llevar a su bebé de solo cuatro meses con ella en el taxi, haciendo coincidir los descanso o las paradas, en los viajes largos, con la lactancia.

Reconozco que seguiré creyendo o, mejor, esperando ese “sistema deseable” pero mientras sigo sufriendo, como tantas, el desaliento de asumir una gran mayoría de las cargas familiares junto a las laborales y personales.  Miremos a los países del norte de Europa y facilitemos, de verdad, una conciliación que ayude a que familia y trabajo sean una ecuación con una incógnita despejable. 

Amar las cosas

Los objetos cuentan historias. Historias sobre el tiempo: de dónde vienen, cómo han sobrevivido, lo que han recorrido, dónde y cómo han aparecido, y, también, sobre quién los ha poseído. No en vano el célebre Múgica Láinez en su novela ‘El Escarabajo’ contaba como un anillo pude ser testigo de multitud de vidas y sus relatos, pasando por las manos del mismísimo Miguel Ángel Bounarroti, la reina egipcia Nefertiti o una desconocida prostituta de un puerto helénico. Porque si de algo hablan estos objetos es de quienes los poseemos. Nos describen, nos califican, hablan de nuestros gustos y nuestros medios. No sorprende, por ejemplo, que Neruda coleccionase mascarones de proa en su casa de Isla Negra, o un adolescente Darwin piedras, fósiles y esqueletos de animales o insectos.

El primer ‘coleccionismo’, entendido vastamente, se daba ya en la Prehistoria, sobre todo en el Neolítico, cuando se guardaban objetos por su extrañeza, forma o color. Objetos que entonces no servían para ser expuestos o deleitarse con ellos, sino que se escondían en lugares recónditos y posteriormente servían como ajuar funerario. En Egipto esta práctica pasa a ser propia de los poderosos y aunque también servían como ‘equipaje’ de éstos para el más allá ahora tienen un carácter semipúblico, conservaban en la cámara de los tesoros y servían como demostración de riqueza y poder. En la antigua Grecia se toma importancia de la historicidad del objeto, ya no solo se colecciona lo más valioso, sino lo más antiguo. En Roma se copiarán las costumbres griegas y es donde aparece por primera vez la figura del marchante, como especialista en compra/venta de arte griego. Pero es en la Edad Moderna cuando el coleccionismo adquiere un carácter público. Con la llegada del Renacimiento aparecen los cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades, estancias o, a veces, simples muebles, en los que los nobles y burgueses exponían objetos exóticos llegados de todos los rincones del mundo. Serán la antesala de los museos.

La necesidad de poseer belleza está pues en el comienzo de nuestra especie. Su posesión nos reconforta, nos satisface y nos hace recrearnos en ellos. Muchas veces son objetos sin uso práctico. Simplemente sirven para se expuestos. Para verlos y recordarnos que son nuestros. Unos son de gran valor económico, sin embargo no es esto lo que los hace apreciables; es su historia, quizás quienes lo poseyeron, lo que nos atrae es lo que nos hace ir más allá del propio objeto, ya sea una cerámica china o una daga del medievo. Y no es materialismo. Es amar o apreciar el aliento de las cosas, aquello que, no siendo tangible, nos ayuda a vivir.

Bares… ¡Qué lugares!

¿Cuántos buenos momentos has vivido en un bar? Si te haces esta pregunta seguro que vendrán decenas de recuerdos a tu memoria. Y es que siempre hemos sido de bares. Estos se asocian indisolublemente a muchas de nuestras mejores vivencias porque en los bares solemos celebrar o, por el contrario, tratar de olvidar. Todos tenemos bares míticos en nuestra historia. Aquellos en los que las horas parecían detenerse. Los bares en los que besamos por primera vez, bebimos nuestra primera cerveza o ahogamos entre lágrimas y alcohol nuestro primer desamor. Están tan presentes en nuestro día a día que a veces olvidamos que están, normalizamos su existencia, hasta que ocurre algo que jamás podíamos imaginar: los bares, que son paisaje urbano y cultural de nuestras ciudades, dejan de estar.

Los bares también han sido históricamente espacios para crear. Lugares frecuentados por las musas en los que se compone, se escribe… territorios proclives a la creación. Desde el mítico Café Gijón de Madrid, famoso por sus tertulias entre los intelectuales del siglo XX, que frecuentaron desde Pérez Galdós o Valle-Inclán a Fernán Gómez o Umbral; pasando también por una selecta clientela internacional como Truman Capote, Ava Gardner y Orson Welles. A otros más universales como el neoyorkino ‘Kettle of fish’, lugar de esparcimiento del escritor ‘beat’ Jack Kerouac y del mismísimo Bob Dylan. Será por eso que no son pocas las canciones, películas u obras, por ejemplo, que se ambientan o dedican a un bar.

Bien sabía esto Loquillo que cantaba, y canta, “siempre hay bellas donde van los poetas, músicos, pintores… en el Balmoral”, legendaria coctelería madrileña que también congregó a un nutrido grupo de artistas más contemporáneos. A otro bar de la capital, germen de la ‘Movida Madrileña’, le dedicaban Nacha Pop su ‘Chica de ayer’: “luego por la noche al Penta a escuchar canciones que consiguen que te pueda amar”. Sabina era otro al que también le daban “las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres” en cualquier bar y no son pocas las canciones de su repertorio que hablan de alguno de ellos. Más melancólico se ponía Calamaro pidiendo al mozo “una copa rota” para empapar sus penas en alcohol.

Y cuán acertados estaban ‘Gabinete Caligari’ cuando decían aquello de “bares, que lugares. Tan gratos para conversar. No hay como el calor del amor en un bar”. Por eso, citando a la gran Chavela, “tómate esta botella conmigo, y en el último trago nos vamos” esperando que esta situación pase pronto y así volver a brindar donde siempre hemos brindado. ¡A vuestra salud!