Septiembre, un mes de cambios

img_3234Hay meses en los que reinan el descanso y el relax propio de las vacaciones; meses en los que la ilusión por ver a la familia o por un viaje planeado salpican todos y cada uno de los días del mismo; otros se convierten en auténticas cuestas hacia arriba; y los hay propicios para hacer balances y propuestas de futuro. Para mí Septiembre es un mes en el que, por diversos motivos, mi predisposición es al cambio, a modificar aquellas cosas que considero que pueden mejorar.

En primer lugar, porque es el mes en el que cumplo años y, no sé por qué extraña y desconocida fuerza de la naturaleza, este acontecimiento nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y a plantearnos ciertos cambios en la misma, en algunos casos y coincidiendo con las denominadas ‘crisis’ suelen ser bastante drásticos y radicales; pero por el momento este no ha sido mi caso. Además, llega después de las vacaciones, periodo en el que suelo dedicar bastante tiempo a pensar y analizarme, la bajada de revoluciones en mi día a día ayuda y facilita poder dedicarme a aquellos aspectos a los que durante el año no presto demasiada atención. El comienzo del curso también colabora a la hora de hacer lista de nuevos y buenos propósitos.

Así, como este verano ha sido muy tranquilo, tal y como indicaba en un post anterior, el tiempo empleado en reflexionar ha sido más que considerable, fundamentalmente en mis tardes de playa, y por lo tanto las consecuencias o efectos también. Entre las muchas decisiones que he tomado y los cambios que he iniciado, comparto algunas:

  1. Cambio de aires. Aunque vivimos en un lugar muy céntrico y tranquilo de la ciudad, nuestra intención es estar cada vez más en contacto con la naturaleza y disfrutar de una casa orientada al exterior en un ambiente tranquilo y que nos ayude a desconectar. De este modo, nos encontramos en plena búsqueda de casa y ya tenemos ‘fichada’ la zona a la que nos queremos mudar. Sin prisa pero sin pausa, esta es nuestra filosofía.
  2. Espacio confortable y apetecible. Por lo que os contaba más arriba, lo de ir sin prisas, seguiremos haciendo del piso en el que ahora vivimos un espacio que nos encante y nos invite a disfrutar mucho de él, queremos vivir en casa y vivir nuestra casa.
  3. Plantas y flores cerca. Ayudarán a que nuestro hogar sea más alegre y confortable.
  4. Comida sana. Entre los retos que nos planteamos con el comienzo de curso está el de comenzar a comer más saludable, eliminando alimentos de nuestra dieta, reemplazando otros y descubriendo algunos nuevos, apostando por lo ecológico y lo local.
  5. Menos tiempo, más productivo. La falta de tiempo ha sido uno de los principales motivos que me ha hecho sentir mal durante este año, así que ajustando mejor los tiempos y la organización pretendo reducir los tiempos de trabajo pero hacerlos más productivos, con lo que tendré más tiempo para las cosas que me apetecen y me apasionan.
  6. Recuperar rutinas saludables. Volver a incorporar a mi día a día aquellas cosas de las que disfruto y que me hacen bien, pero a las que había renunciado por la falta de tiempo: lectura y café de los domingos, leer antes de dormir, noches de cine, paseos largos, escapadas de fin de semana… Aquí cada uno puede tener sus propias alternativas, pero entre las mías no van a faltar mis cafés con las amigas de siempre  (Rebeca y Mari Carmen) ya que el destino ha querido volvernos a juntar en la misma ciudad y con las ‘fareras’ compañeras de trabajo que se convirtieron en mucho más que eso.
  7. Nuevos retos. Estar motivado es fundamental para sentirse bien por lo que yo me he puesto algunas metas: escuela de idiomas, doctorado y un proyecto que llevo a medias con mi hermana muy vinculado a este blog y que mejorará la calidad y el interés de estos blogs.
  8. Queremos ser uno más. Y esto no necesita mucha explicación. Iré informando de los avances.

Yo ya estoy manos a la obra con la mayoría de estas ideas y de momento me siento muy bien con los pasos que vamos dando, por lo que os animo a hacer estas pequeñas paradas de reflexión porque uno aprende mucho y además os podéis fijar que dan mucho de sí.

 

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La vida de mis sueños

Últimamente está súper de moda hablar de la vida de tus sueños, la profesión de tus sueños, la casa de tus sueños o el hombre de tus sueños. De todo un proyecto de vida diseñado a conciencia para “ser feliz”. Práctica en la que, por otro lado, nos iniciamos a una edad exageradamente temprana. Aún recuerdo cuando siendo una niña, de las que todavía juega con muñecas, compartía confidencias con mi hermana y amigas en las que aseguraba que con 20 años estaría casada y con uno o dos hijos. Años después descubriría lo diferentes que iban a ser mis veinte. A esa edad soñaba con ser una mamá joven, pero mi concepto de juventud no sería el mismo con el tiempo. Por aquel entonces, mi madre, que tenía la misma edad que yo ahora, me parecía mayor. ¿Qué hubiera hecho yo con un hijo a esa edad? ¡Pues anda que con un marido!

Después de acabar el instituto y estudiar la carrera de mis sueños en Madrid, que tras cinco años resulta que no era tal –debo confesar que esperaba más de lo que entonces era la licenciatura de periodismo –empecé a trabajar; por supuesto aceptando trabajos que distaban mucho de mis expectativas y de ser los de mis sueños, pero empecé a aprender lo que es y a saborear el periodismo. Mujer joven, recién licenciada y sin obligaciones familiares es sinónimo de muchas horas de redacción. Sin embargo, y aunque no lo tildaré de idílico, lo disfrutaba. Puse empeño y dedicación en mi trabajo, con lo que desde joven he ocupado puestos relativamente importantes, con más responsabilidad de la que hubiese imaginado, lo que siempre me hará sentir orgullosa. Ahora, a mis 32, puedo decir que trabajo en algo que me apasiona, y aunque siguen sin ser las condiciones de mis sueños, las que en una situación ideal te planteas; comparto dos trabajos para llegar a fin de mes, lo que me ocupa mucho tiempo y no me deja deleitarme con ellos todo lo que quisiera; pero me siento muy afortunada de dedicarme a mi profesión y de contar con unos ambientes laborales envidiables.

En cuanto a la casa de mis sueños, en diferentes épocas de mi vida he compartido pisos de alquiler con muchas personas, y un piso de estudiantes puede ser cualquier cosa que queramos, literalmente, pero nunca tu casa ideal. Por eso siempre piensas que cuando trabajes y tengas pareja tu hogar será como siempre has soñado. Pero claro, nadie te dice que no te lo vas a poder permitir, con lo que a los treinta sigues viviendo de alquiler, comprando muebles de Ikea y esperando el momento adecuado para colgar cuadros y cortinas; mientras ojeas la web de Idealista.com fustigándote con los fantásticos áticos de dos plantas con terraza. Aunque yo reconozco que, pese a que hacemos un uso excesivo de las persianas, en ausencia de cortinaje, en casa no vivimos nada mal y somos muy felices, que al fin y al cabo es lo que importa.

De la pareja, qué te voy a contar que tú no sepas. Que uno se enamora antes de pasar al otro el test de conveniencia o, mejor dicho, de convivencia, que lo complica todo. Pero así es el amor; si discutes, malo; pero si no, también. Y aquí siempre me consideraré muy afortunada por quien comparte mis días.  Y esto pasa con todo, con el físico, que aunque no te ves mal del todo, siempre te harías un retoquito; el coche, porque te gustaría otra cosa, pero sigues llevando el viejo auto heredado de tu madre y que antes pasó por tu hermana…

Decía Calderón de la Barca que “la vida es sueño”, pero yo prefiero vivir realidades porque “los sueños, sueños son”.

Desayuno con diamantes

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Dicen que vivir en paz alarga la vida y teniendo en cuenta de que, en mi caso por lo menos, pasamos dos tercios de nuestro día trabajando, tan importante como estar bien en casa es disfrutar de un ambiente favorable en el entorno laboral. Cosa que, desgraciadamente, no siempre es factible, ya que las preocupaciones, obligaciones e intereses personales de unos y otros pueden provocar que estemos más irascibles de lo estrictamente necesario y al acabar la jornada nos vayamos a casa agotados y más cabreados que una mona. Algo completamente contraproducente.

Tengo una nueva compañera, Carmen, que se toma esto muy en serio, y desde que ha llegado a la ‘oficina’ la ha convertido en un hábitat libre de ‘malos rollos’ con sus piedras rosas, sus souvenirs y su contante ‘amenaza’ de invadir nuestros despachos con tarros de sal, que por lo visto neutralizan las vibraciones negativas. Yo que nunca me he tomado esto muy en serio me dejo querer y estoy empezando a sentirme cómoda sabiendo que alguien vela por nosotras. De sus trucos y remedios ya os hablaré otro día…

También dicen que a los amigos los elige uno, sin embargo tengo el convencimiento de que la vida, el destino o lo que quiera que sea pone gente en tu camino que aparece de forma inesperada y que entrando como reservas comienzan a jugar un papel importante en el ‘partido’. Fichajes que probablemente uno no hubiera hecho de forma consciente pero que se convierten en auténticas ‘figuras’ de tu equipo.

Así me encontré yo con ellas: ‘Las chicas del café’, como a mí me gusta decir. Cada una completamente distinta a la otra, aparentemente con poco en común, pero cuya presencia en el día a día se ha vuelto imprescindible. Son sólo unos minutos en torno a cuatro cafés, pero sirven de terapia para olvidar los disgustos vividos y coger fuerzas para los que están por venir.  Cuatro mujeres con cuatro vidas y cuatro historias distintas que se sirven las unas de las otras para darse cuenta que al final las penas y alegrías de la vida no son muy distintas.

Con Carmen B solía compartir en los cafés mis inquietudes más personales, las más íntimas. Dado que entre semana tengo a la familia lejos se ha convertido en lo más parecido, incluso a la hora de ayudar y prestar auxilio. Laura llegó después, sumándose a nuestros cafés y aportando calma y cordura a muchas de nuestras turbaciones con una visión más trascendente de la vida que aligera el peso de ciertos acontecimientos y alivia. Y la última en aparecer fue Carmen que con sus historias y anécdotas convierte el café en fuente de inspiración para mis artículos. Su alegría de vivir se hace contagiosa y te obliga a ponerte las pilas.

Estoy segura de que muchos os habéis encontrado gente así en vuestro trabajo. Personas que por diferencia de edades, gustos o intereses no entran en vuestro ‘circuito habitual’ pero que llegan a ser importantes o incluso imprescindibles para hacerte sentir bien. Mi teoría es que el fenómeno se da al coincidir personas que no se conocen, que no traen prejuicios ni concepciones previas de los demás;  que ya han madurado y sufrido y que sin lazos ni vínculos pueden mostrarse y sentirse tal como son.

Así que este es mi particular… ¡Desayuno con diamantes!

Como navajas suizas

MujeresObservo a las mujeres de mi generación, y me observo a mí misma, y me doy cuenta que la evolución nos ha convertido en algo bien parecido a las multiusos o navajas suizas. La adaptación femenina al entorno social ha culminado en un ejemplar camaleónico, multidisciplinar, altamente preparado, siempre ocupado y, por consiguiente, profundamente estresado. Históricamente no sólo hemos tenido que igualar al hombre, sino superarlo para merecer el mismo reconocimiento en determinados contextos. Y este nivel de auto exigencia mantenido en los años ha provocado serios trastornos en nuestro género. No digo que esto sea del todo negativo, pues el nivel de competencia en cada vez más áreas nos hace un rival fuerte en el mundo profesional. Pero también me doy cuenta que mal llevado o comprendido puede degenerar en frustración y ansiedad. Ésta última es la dolencia femenina por excelencia del siglo XXI.

Y es que, poniendo por ejemplo, mi rutina diaria; que imagino que será muy parecida a la del resto de mi género; me levanto a las siete de la mañana y sin prácticamente dar los buenos días, me meto en la ducha con el único anhelo de conseguir abrir los ojos del todo. Después, y si hacemos caso a todas las recomendaciones de revistas y blogueras para además de competentes mantenernos guapas y tersas, comienza la rutina de cuidados empezando por la crema corporal, limpieza facial y maquillaje, y el posterior secado y planchado de pelo. Una vez abandonamos el cuartel general que es nuestro baño, corriendo a la habitación para hacer la cama, vestirse y colocar la ropa. Incluso hoy, por ejemplo, y antes ni siquiera de desayunar, ya había puesto dos lavadoras, tendido las sábanas que iban en una de ellas y puesto otra secadora. Llega el momento de preparar el desayuno, con tostadas y zumo natural todos los días, vamos como en los hoteles. Cinco minutos para degustarlo, y a fregar los platos antes de marchar.

Todo esto en el mejor de los casos, y que no tengas que equipar también a los pequeños de la casa.

Y tras esta yincana a la que nos enfrentamos cada mañana durante hora y media, hay que irse a trabajar. ¡Como si ya no hubiéramos sudado bastante! Aunque realmente para muchas, y pese al estrés y las complicaciones del trabajo, estas horas en la oficina a veces resultan un remanso de paz comparadas con las trincheras de los hogares con mucha familia. A la vuelta, parada en el súper, en doble fila y con los cuatro intermitentes, rezando para que no te multen, para comprar. Cocinar, comer y fregar en un espacio de hora y media (como mucho) y vuelta al curro, porque hoy con un sueldo de media jornada no da para vivir. Y es que antes al menos, cuando una trabajaba por encima de sus posibilidades al menos el sueldo le daba para tener ayuda en casa; pero ahora dos horas a la semana y porque es la única forma de sobrevivir.

Pero no crean que todo termina al cierre de la jornada laboral. Cuando estamos de vuelta, no sólo hay que finalizar las tareas domésticas y preparar la cena, sino que hay que sacar tiempo para ir a pilates o yoga, pues es lo que está de moda, consultar las páginas sobre tendencias para estar a la última, tuitear, cambiar el estado en Facebook, compartir una foto en Instagram y postear en tu blog personal. Una vez hemos cumplido con nuestra actividad social virtual, es el momento del ponerse el pijama, desmaquillarse y tumbarse en el sofá esperando no contar con ninguna tarea más en la lista de pendientes, cosa poco realista, ya que, al menos en mi caso, resulta imposible llegar a todo. Todo esto sin añadir que ahora ejercemos de manitas en casa, montamos muebles de Ikea y hasta cambiamos las ruedas del coche.

No es de extrañar que últimamente mi estado a partir de las diez de la noche sea KO en el sofá.

Domingos de Organización

IMG_5173En la medida de lo posible, en cuanto a organización se refiere intento llevar un calendario bastante europeo, haciendo coincidir el domingo con el primer día de la semana porque así cuando el lunes me enfrento a la incorporación a la rutina laboral ya he dejado una gran parte del trabajo hecha. No tengo que decir que con la cantidad de cosas que llevamos a delante en nuestro día a día a veces resulta prácticamente imposible llegar a todo, sin embargo una buena forma de acercarse al máximo a las previsiones y aspiraciones personales es a través de un buen sistema de organización en casa y en el trabajo.

La actividad en casa los domingos suele comenzar bastante temprano, pese a que es fin de semana y no tenemos que trabajar. En primer lugar, porque cuando uno se acostumbra a ciertos horarios su cuerpo funciona como un reloj. Además si uno quiere poner al día sus agendas y además dedicar parte de la jornada al ocio no le queda otro remedio.

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Puesta a punto personal. Una vez en pie, lo primero que hago es tomarme un zumo de limón escurrido, esto no tiene que ver con la organización, pero me sienta genial y es un consejo muy sano. Después, me dedico un tiempo a mí, cuando todo está aún en silencio. Encerrada en el cuarto de baño con música aprovecho para darme una ducha relajada y tranquila (algo que no es posible entre semana) incluyendo mascarilla capilar e hidratación corporal al salir del agua. Manicura, pedicura, peeling y mascarilla facial.

A por la casa. Llega el momento de afrontar todas las tareas domésticas que me harán mucho más fácil la semana. Quizás parezca una persona demasiado maniática, pero si mi entorno no está limpio y organizado no consigo concentrarme igual en las cosas ni rendir al cien por cien. El orden en casa influye bastante en mi trabajo y en mi estado de ánimo.

Los lunes suele venir una persona a ayudarme un poco con la limpieza más general de casa, con lo que a la espera de su visita, suelo poner a punto el resto de cosas para que todo esté listo:

  • Cambio de sábanas.
  • Lavadora y secadora de sábanas para dejarlas guardadas y no quitando espacio en el cesto de la ropa sucia.
  • Cambio de pijamas y zapatillas de estar en casa.
  • Lavadora y secadora de pijamas.
  • Lavadora de zapatillas.
  • Cambio de toallas.
  • Lavadora y secadora de toallas.
  • Lavadora de trapos de cocina.

Puede parecer muchísimo trabajo, pero cuando uno coge el ritmo es sólo cuestión de mecanizar ciertas tareas.

Organización semanal. Mientras desayuno una taza de café con tostada, suelo hacer un repaso por la lista de quehaceres en casa, habitación por habitación, para dejarlos detallados a la persona que el lunes se encargará de llevarlos a cabo. Además, suelo asignarme los días que dedicaré algo de tiempo a otras ocupación domésticas, como la plancha.

Importantísimo para mí, cada domingo, preparar el menú semanal (aquí explico como lo hago) que me ayudará a mantener una alimentación equilibrada, a no volverme loca cada día con el plato elegido y a elaborar de forma eficiente la lista de la compra. Así, tras analizar las ‘bajas’ y las necesidades para la semana que llega, comienzo a preparar la lista de la  compra (que realizaré el lunes a mediodía). 

Por último, con agenda en mano (este año he optado por una agenda Moleskine que me encanta y en la que puedo detallar día a día todas las tareas pendientes para evitar estar dándoles vueltas en mi cabeza) anoto todos los acontecimientos importantes de la semana y las tareas de las que ya tengo constancia. Además, me ayuda muchísimo a organizarme hacer uso de una herramienta que descubrí hace un tiempo y que recomiendo a todas aquellas personas que llevan a cabo diversas actividades o trabajos, un Monthly Simplanner o planificador mensual (el que yo uso en concreto es de la tienda Julieta Sin Romeo) y en que apunto fundamentalmente las cosas pendientes que tienen que ver con mi trabajo en la radio, en el periódico y con los post a publicar en el blog. Utilizando para cada área un color diferente, con lo que de un sólo vistazo puedo saber más o menos cuál será el volumen de trabajo de esa semana (y mes) y qué días dispongo de más tiempo libre para otros asuntos.

Y aunque parezca muchísimo, no creáis, aún me queda tiempo para comer fuera o en familia, salir de paseo o ir al cine y dedicar un ratito de lectura nocturna.

Después de esta puesta a punto, estoy lista para enfrentarme al ‘temido’ lunes.

Llevo un día de locos

Los lunes suelen ser en todos los hogares el día de máxima locura. En mi caso, poner al día la agenda de la semana de mis varias ocupaciones laborales, cerrar el guión del espacio de radio (Murcia Más Cerca) de los martes, programar los post del blog y el artículo de mi columna en La Opinión, y planificar los menús (truco que explicaba en este post) y tareas de casa me suele llevar gran parte de la jornada. Todo ello, además de llevar a cabo las tareas habituales del estricto horario laboral. Con lo que no se me ocurre mejor forma de empezar la semana que con el siguiente post. 

trabajando en casa

Moka Home Office improvisada en la cocina

Quienes me conocen, trabajan o han trabajado conmigo en los últimos tiempos saben que ésta es una de mis muletillas o recursos lingüísticos más utilizados –hay entre ellos quienes me imitan, incluso con el tonito de desesperación que utilizo al verbalizar esta idea –. Y es, que como una gran parte de la población mundial, sufro una de las enfermedades más de moda, el síndrome de la ‘sobreocupación’ o patología de la tarea desmesurada. Este mal puede tener varias y diferentes causas, pero en mi caso los principales factores de riesgo son mi incapacidad para decir no y mi necesidad constante de estar haciendo cosas. No es fácil estarse quieto cuando va en contra de la naturaleza propia. Como tampoco lo es negarse a las peticiones, solicitudes o demandas de las personas que tienes cerca. Como consecuencia de esto, una de mis alocuciones recurrentes también es: “No te preocupes, yo me encargo”. Y de verdad que lo hago con gusto, porque la suerte de todo esto (algo bueno tiene que tener el estar en constante ocupación) es que disfruto con mi trabajo.

12113470_1131849516845150_7742543040641267443_oAsí, sin darse una cuenta, al final se encuentra con dos trabajos, en una radio y un ayuntamiento, una colaboración semanal en un periódico regional, un blog personal y un proyecto de blog compartido con mi hermana, que por falta de tiempo no termina de ver la luz, como tantas otras aspiraciones: el inglés, el gimnasio, aprender cocina, fotografía… Ni que decir tiene que además hay que ejercer de mujer, amiga, hermana, hija… y no se cuantos calificativos más de los cuales no quiero acordarme ¡No sé cómo lo hacen las que además son madres! Ya que a todas estas ocupaciones suman una tarea, y qué tarea, más. No se a ustedes, pero a mí me faltan horas al día –frase que también repito, y escucho, constantemente –.

IMG_2489Y como todo siempre puede ir a peor, desde verano ya no cuento con la ayuda doméstica que una señora me prestaba, previo pago de su importe, una vez por semana para aliviar los quehaceres domésticos. Con lo que añado mi versión más ‘maruja’ a todo lo anterior. Cosa que aunque me quita muchísimo tiempo, me ayuda en ocasiones para liberar estrés y despegarme del ordenador, e incluso me sirve como equivalente al gimnasio. Y así, entre calendarios, horarios y listas de tareas pendientes y ‘to do’ que empapelan mi casa y mi lugar de trabajo, he pasado a medir mi nivel de ocupación semanal en función de la montaña de ropa que tengo por planchar. Y si les digo que aún hay en la base de la misma prendas del viaje de verano que hice en agosto se podrán hacer una idea de cuan locos son mis días.

Pero aunque sea de tontos, la verdad que me consuela saber que este es mal de muchos; o más bien de muchas. Y es que la población de riesgo en esta enfermedad es la femenina, y discúlpenme caballeros, pero haciendo un pequeño estudio y encuesta demoscópica entre mis allegados descubro que estos síntomas son más propios de las mujeres, quizás por nuestra inclinación y querencia a controlarlo todo. Así, bromeando con mi hermana nos reíamos pensando o imaginando que si fuésemos presidentas del Gobierno, por no delegar, acabaríamos limpiando hasta La Moncloa, y los fines de semana el Congreso y el Senado.

Hace unos días leía las declaraciones de un amigo (Nacho Ruiz) en su Facebook en las que aseguraba que a él le gustaría ser rico para poder levantarse por las mañanas y leer la prensa tranquilamente con un café tras otro, indicando, al contrario de lo que reza un conocido eslogan publicitario, que “tengo sueños baratos”. Yo, sueño con tiempo…

Periodistas

BDVOO1wCAAEOJ6tNo han sido los primeros y, desgraciadamente, tampoco serán los últimos pero cada vez que ocurre es inevitable sentir un repizco en el corazón. El ejercicio del periodismo, tal y como muchos lo vivimos, es cautivador y fascinante. Tanto es así que incluso te olvidas del tiempo, el dinero, los festivos y las fiestas de guardar. Un periodista lo es 24 horas al día, incluso aunque esté cabreado con la profesión y reniegue de la misma. Cosa que en los últimos tiempos no es muy complicado que ocurra. Entre nosotros el que más y el que menos puede contar batallas de difíciles y desagradables entuertos, pues este oficio tiene esas pequeñas dosis de ‘aventura’ que lo definen y a las que somos completamente adictos. Sin embargo, hay a quienes les va la vida en ello, literalmente. Este año son ya 36 los periodistas asesinados, 71 en 2014, y más de 150 encarcelados en diferentes países de todo el mundo, tal y como se recoger en el informe de Reporteros Sin Fronteras.

Hace unos días, siguiendo mi costumbre de revisar la actualidad a través de las redes sociales nada más despegar el primer ojo y aún en la cama, despertaba con la fatal noticia de la desaparición de tres compañeros españoles (da igual de donde hubieran sido, pero es verdad que el principio de proximidad que se estudia en Periodismo es una realidad) en Siria, uno de los países más arriesgados para ejercer la profesión con un total de 27 secuestros a profesionales de los medios el año pasado. Y como digo, fue inevitable sentir, por unos segundos, el desconsuelo y la aflicción que las familias de los tres jóvenes vienen soportando a lo largo de estos días de falta de información y/o comunicación con ellos.

Nunca como en estos momentos la información es tan preciada y necesaria, y es que soy de las que piensa que la ausencia de información, o incertidumbre, es siempre peor que la ‘mala información’ (en el sentido de malas noticias) porque el corazón, el alma humana, no esta preparada para no saber. Fue este convencimiento el que me empujó, casi en el último momento a decidirme por esta carrera: mi acuciante necesidad de saber y mi falta de resignación ante la incertidumbre. Quizás son motivos demasiado personales, que van más lejos de la formación profesional, pero como ya he dicho, el del periodista no es simplemente un oficio.

Días antes de marcharme a Madrid para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense rellenaba una preinscripción para la UM solicitando, por este orden, las titulaciones de Filología Inglesa, Psicología y Trabajo Social, sin embargo la nota ‘me dio’ y así comenzó mi peripecia de cinco años en la capital. Al principio, todo es nuevo e interesante, pero mi experiencia personal con esta licenciatura fue más de odio que de amor. Poco había del espíritu aventurero que yo buscaba en las tediosas asignaturas troncales y obligatorias que componían el programa docente –con lo que busqué la aventura fuera de la facultad -. Muchas fueron las ocasiones en las que pensé abandonar, incluso adivinaba que podría haber sido feliz ejerciendo cualquier otra profesión y hasta sentirme realizada ya que aunque no soy una mente excepcional, sí que soy de esas personas que tienen cierta habilidad para hacerlo casi todo de forma aceptable. Sin embargo, mi familia no podía permitirse un nuevo comienzo universitario, algo de lo que siempre fui muy consciente.

Con el tiempo, acabas de estudiar y comienza la verdadera aventura: Ejercer. En tres meses que estuve de becaria en Jaén, en pleno verano y con alergia al olivo, aprendí mucho más que en mi periplo de cinco años por la Facultad de Ciencias de la Información. Y de ahí, un trabajo tras otro, unos con mejor fortuna que otros y entre los que nunca podré olvidar mi paso por El Faro… ¡Eso sí que fue un máster! Pero siempre puse mucha pasión.

Por eso, cuando escucho a compañeros y profesionales cuestionar el trabajo de, por ejemplo, estos tres periodistas que ahora mismo viven un presente incierto (por todo aquello que no sabemos), por lo arriesgado y temerario de su misión no puedo más que compadecerme porque son ellos los que viven condenados a ejercer un oficio que no sienten, están faltos de amor. Yo, a ellos (a los tres periodistas -para los que deseo, de verdad y con todas mis fuerzas, el mejor final – y otros profesionales que se encuentran en destinos o circunstancias similares) les envidio profundamente por atreverse a dar rienda suelta a esta pasión.

Publicado en el Diario La Opinión el 24 de Julio 2015