La Magia del Orden. Para organizar tu casa y tu vida.

image4Aprovechando el regalo de Navidad que le hacía a mi hermana del libro ‘La Magia del Orden. Herramientas para ordenar tu casa… ¡Y tu vida!’ -seguro que con dos niños en el hogar le va a venir muy bien este año-, me hacía yo también con un ejemplar de libro de Marie Kondo, que con más de tres millones de ejemplares vendidos en todo el mundo se ha convertido en La Biblia de la organización en casa.

Como ya sabéis, soy bastante maniática y meticulosa en cuanto a limpieza y al orden, tal y como tan graciosamente reflejaba mi hermana en un artículo, con lo que auguraba que iba a disfrutar mucho este libro. Bien es verdad, que ya he mecanizado y protocolizado muchas de las tareas, lo que hace mucho más sencillo mantener la organización en casa. Sin embargo, siempre hay cosas que se escapan y se pueden mejorar.

Ahora, una vez inmersa en la lectura del mismo, debo de reconocer que hay muchas recomendaciones que me parecen obvias, aunque yo quizás parta con ventaja, y esto hace que ciertos capítulos me resulten un poco aburridos, pero estoy aprendiendo y adquiriendo otros trucos, técnicas y consejos. Tanto es así que el ejemplar está repleto de post-it, señaladores y subrayados (siempre en lápiz, por supuesto).

Aún no lo he terminado, algo que mi amiga Rebeca lamenta profundamente, pero desde aquí le digo que es cuestión de unos días y el libro estará en su poder y también compartiré por aquí las recomendaciones que me han parecido más interesantes.

¡Os mantengo informd@s!

Anuncios

Libros

DSC_0559“Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”, que decía Mario Vargas Llosa –habrá que preguntarle si esto es así ahora que se ha ‘ligado’ a la musa de Porcelanosa. Pero mientras nadie diga lo contrario no hay motivo para dudar–. Yo no me atrevería a decir tanto, porque en la vida he experimentado sensaciones que, sino superan, sí igualan a la de la lectura, y mira que he disfrutado muchísimo practicándola. Bien es verdad, que ésta (mi vida) no sería la misma sin esta afición a los libros.

En primer lugar, fue la lectura –bueno, también los muchos dictados de mi época escolar con Doña Antoñita en el Colegio Basilio Sáez de Caravaca –la que acabó con mis tremendas faltas de ortografía. Y es que mis trabajos o redacciones eran un baile de señas rojas organizado por mi despiste y absoluta falta de atención, ya que incluso cuando copiaba de la pizarra erraba en las palabras. Sin embargo, mi interés por las historias que otros contaban, ya sea a través del cine, la televisión o la literatura, hacía atisbar cierta redención para mi caligrafía. El primer libro que me atrapó por dentro, lejos de ser el clásico ‘El Principito’, que toda una generación presenta como un fetiche de su infancia –a mí me cautivó años después –, fue uno de lectura obligada en alguno de los cursos de la entonces EGB. Entre los muchos ejemplares de ‘El barco de vapor’ que nos mandaban, en azul, blanco, naranja o rojo dependiendo de nuestro nivel de lectura, se colaba una novela con una portada diferente. No recuerdo bien mi edad, pero sí que no conseguía dormir por las noches, después de ojear sus páginas en la cama, consternada por la tragedia de fondo que éstas relataban: La traición a un amigo. Por aquel entonces conocía yo la conspiración y el asesinato de Julio César. El libro, ‘Guárdate de los Idus’.

DSC_0556

Aprovechando el sol y el buen día en la terraza de casa de mis padres

Desde ese momento, el drama y la tragedia marcarían mi destino literario. En el instituto, mi afición por la filosofía, me llevó a ‘coquetear’ con algunos escritos de Platón, San Agustín y Marx, incluso me atreví con el escepticismo de Nietzsche, pero me atraían mucho más sus ideas que su forma de escribirlas o expresarlas. La segunda obra que albergo en mi memoria como relevante fue ‘La Metamorfosis’ de Kafka. También recuerdo la angustia que me produjo leer la horrible transformación de ‘Samsa’ y la ‘prisión’ y el aislamiento en el que vivía.

Ya en la universidad, la literatura me acompañó durante muchas noches de soledad en mis años en Madrid. Fue aquí cuando irrumpió con más fuerza el género femenino: Woolf y O´Connor fueron dos de las más repetidas. Sin embargo, también hubo tiempo para Gabriel García Márquez con ‘Cien años de soledad’, ‘El Coronel no tiene quien le escriba’ o ‘Crónica de una muerte anunciada’ o Camus. En los últimos cursos de la carrera me dio por los rusos: Chejov, Tolstói y Dostoyevski se convirtieron en mis compañeros de habitación y almohada, aunque estaban un poco mayores para mí.

Y aunque han sido muchos los amores, de ambos sexos, que han desfilado por mi cama –tengo la costumbre de leer siempre antes de dormir –finalizaré sólo con un más: ‘El lobo estepario’ de Herman Hesse y la angustia de Haller “un genio del sufrimiento” que acabaría enseñándome que en la literatura, como en el Teatro Mágico, hay un cartel que pone “Entrada sólo para locos, cuesta la razón”. Sin embargo, tal y como está el mundo , “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”, que decía Cortazar.