Un hombre sexy

IMG_9137Si alguna vez os habéis preguntado por qué elijo o decido escribir, habitualmente, este Café Con Moka sobre asuntos, cuestiones y dilemas no excesivamente transcendentales, por decirlo de algún modo, se debe a que yo misma me reconozco; después de la intensidad de los días que vivimos, del bombardeo de información que recibimos y la densidad de la misma; fan absoluta de lecturas frescas, desenfadadas, triviales e incluso frívolas, que una puede leer sin más implicaciones, complicaciones o consecuencias. Como dice una amiga mía: “A veces necesito 15 días de pronto para desintoxicar” -refiriéndose a la revista- . Sin ir más lejos, hace un par de días, mientras ojeaba Facebook, pues esta red, junto a twitter, se ha convertido casi en mi resumen diario de noticias cuando acaba la jornada, encontré un artículo que intentaba analizar en la visión de varias mujeres lo que a nosotras nos resulta sexy de los hombres. Cual fue mi sorpresa al descubrir que no tenía mucho en común con la mayoría de las cosas que apuntaban mis compañeras. Así que decidí hacer mi propio estudio de mercado a través de whatsapp preguntando a mis amigas y valorando mis propias percepciones.

Lo primero era definir a qué nos referimos cuando hablamos de algo sexy. Según la RAE es una voz inglesa que sirve para designar a alguien que ejerce o tiene atractivo físico o sexual. Sin embargo, en mi primer sondeo telefónico descubrí que cada uno, o al menos cada una, tenemos nuestro propio concepto de este vocablo. Hay quienes lo vinculan a la capacidad de enamorar, otras al deseo sexual y también están las que le confieren incluso connotaciones tiernas. Lo que pone en evidencia que lo sexy es completamente subjetivo. Además, hay que hacer una salvedad, sexy no significa ‘buenorro’. Un tío cachas puede estar tremendo y no tener ningún tipo de atractivo especial más que un cuidado aspecto físico. Por el contrario un ‘ejemplar’ más normalito puede poseer virtudes que nos hagan perder la cabeza.

Para mí personalmente, la sensualidad y la sexualidad comienza en primer lugar por la mirada. No desde el punto de vista de que tenga unos ojos bonitos, que también es de agradecer, sino que sepa utilizarlos. Un hombre que me sabe mirar ya cuenta, al menos, con el 50% de mi atención. Hay hombres que te miran y te traspasa, con miradas sugerentes que nade tienen que ver con los vistazos ‘guarros’ que algunos te dirigen en plena calle. Es algo más sofisticado que consigue que mi actitud sea muy receptiva hacia sus intenciones. Por supuesto en este juego de decir mucho hablando poco también están las sonrisas, esas muecas cómplices que sólo los dos implicados entienden y que pasan desapercibidas para el resto. Siguiendo con el aspecto más físico, unas manos bonitas y una espalda, cuello y mentón fuertes también son mis puntos débiles. Y ahora que llega el verano, unos brazos formados que asoman bajo las mangas de una camisa remangada reconozco que me ponen mucho.

En cuanto a actitudes, me resulta muy sexy un hombre que, pese a que su mirada te confiesa lo contrario, lo pone un poco difícil, al menos al principio. Después me gusta que lleven la iniciativa. También los hombres que te sorprenden, de los que, sin esperarlo, recibes un mensaje apasionado a media mañana en la oficina y con los que puedes mantener una conversación subida de tono por teléfono, incluso vía whatsapp, sin que resulte obscena; en la que se verbaliza poco pero se insinúa mucho. Además, descubría en mi encuesta a otras mujeres lo sexy que puede resultar un hombre intentando tocarte o cantarte su canción favorita con un instrumento.

Un hombre en vaqueros. Las camisas blancas. La barba de varios días, las hipster no tanto. Un hombre que sabe de música. Una voz varonil. Un beso en el cuello. Un romance en secreto… Pero sobre todo un hombre con una conversación interesante, que te cautive no sólo con su tono de voz sino con lo que dice y como lo dice.

Para cada una hay muchos matices de lo que puede o no puede resultar sexy pero hay, al menos, un par de ingredientes que se repiten en todos los escrutinios: que sea un hombre inteligente y con sentido del humor. Siempre resulta atractivo un hombre del que poder aprender algo. Sin embargo, yo no sé lo que inteligente o lo estúpido que será Bard Pitt, pero resulta un rato sexy.

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Os dejo este regalito…

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De solteras y casadas

IMG_5430Todos hemos tenido alguna amiga con el pelo rizado que siempre ha querido tenerlo liso. O una con el pelo lacio cuyo deseo era tenerlo ondulado. Pues todo en la vida es eso: el alto quiere ser más bajo, y el bajito daría lo que fuera por unos centímetros más; los morenos quieren ser rubios, y los claritos, más oscuros; las chicas con poco pecho quieren más delantera, y las que tienen en abundancia envidian a las planitas. El caso es que, nunca estamos contentos con lo que tenemos. Parece ir ‘de serie’ en el género humano.

En la situación concreta de las mujeres, porque es lo que soy, y puedo hablar con más criterio –aunque a través de las experiencias, comentarios y confidencias de mis amigos del género masculino, creo que podría estar también acreditada para teorizar sobre lo que les ocurre a ellos –en los grupos de féminas siempre hay dos bandos que se codician, ansiando y aspirando las condiciones del contrario, unas veces de forma evidente y otras un poco más velada: las solteras y las casadas. Nos posicionamos unas frente a otras como si nuestra condición fuese completamente antagónica, cuando no es más que una característica más de nuestras vidas. Tal puede ser la rivalidad entre ambas que en ausencia de las solteras, las casadas critiquen la vida alegre de éstas, cuando es más envidia que reproche. Y si son las ‘singles’ las que cuchichean desprecian la rutina aburrida y monótona de las otras, cuando añoran el ‘calor del hogar’ de las primeras. ¡Qué equivocadas estamos todas! Tanto la soltería como la vida en pareja tienen cosas fantásticas y otras que no lo son tanto, lo importante es aprender a vivir con lo bueno y lo malo de nuestro estado civil.

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En el caso de las singles podríamos apuntar en la lista de ventajas:

  1. No tienen que ‘ajustar’ horarios con nadie para hacer planes de fin de semana o vacaciones. Su decisión es la única que cuenta. Y su palabra, la última.
  2. Tienen acceso a un amplío mercado masculino que a las que tienen pareja le está vetado.
  3. En su vida, no existe la suegra.
  4. El mando, es suyo. Se ahorran la discusión nocturna sobre qué ver en televisión: series o fútbol.
  5. No saben si es temporada de Liga, Champions o Copa del Rey. En sus vidas, el fútbol no existe.

Pero también tienen sus contras:

  1. Nadie te lleva el desayuno a la cama.
  2. No puedes echar la culpa al otro. Ni pagar el cabreo del trabajo con nadie.
  3. ¿Quién baja la basura?
  4. Tienes que avisar a la vecina para que te ayude con la cremallera.
  5. Te toca aprender a hacer agujeros en la pared, desatascar las tuberías y ponerle agua y líquido parabrisas al coche.

IMG_3408En cuanto a las casadas, los pros:

  1. En invierno es genial cuando alguien te calienta las sábanas.
  2. Cocinar para dos siempre es mejor que hacerlo para uno.
  3. Puedes mandar a alguien a hacer tus recados, cuando no tienes ganas de salir de casa.
  4. Tienes un estilista en casa que te ayuda a elegir modelito, siempre que tenga algo de gusto.
  5. Mejora la economía al compartir gastos.

Y las desventajas:

  1. Todas las decisiones tienen que someterse a votación, criterio y valoración de todas las partes, con lo que resulta agotador elegir.
  2. Las sesiones de control de la ‘oposición’.
  3. Tener que ir al baño con la puerta cerrada.
  4. Aguantar los pies fríos de tu marido en pleno invierno.
  5. Bajar la tapa cada vez que vas al aseo…

Como veis, el que no se consuela es porque no quiere.

Si yo fuera hombre dubi dubi dubi dubi dubi dubi dubi du…

IMG_0069Jamás me había preguntado esto. Pero esta semana, en uno de esos momentos en los que dejas volar tu mente me inquiría sobre “Si yo fuera hombre, dubi dubi dubi dubi dubi dubi dubi du…” –en una versión un tanto distorsionada de la canción, pero muy actual para muchas mujeres que tienen que compaginar vida laboral, familiar y maternal mientras asisten al relajo de sus opuestos -¿qué haría? Y la respuesta era más bien lo que no haría, o dejaría de hacer. Y es que pasar de ser mujer a ser hombre es siempre restar, y perdónenme los varones.

En una primera visión un tanto frívola del asunto, si fuese hombre lo primero que haría sería desabrocharme el sostén- comenzamos con la resta -. Desterraría esta prenda ‘del demonio’ de mi armario y de mi vida para siempre. Y es que este instrumento de tortura (los modelos más antiguos bien lo parecen) se ha convertido en un imprescindible para la mayoría de las mujeres, que solemos desarrollar una especie de síndrome de Estocolmo con el mismo, como el perro del hortelano, ni contigo ni sin ti. Llevarlo es incómodo, por muy bien que nos lo vendan en los anuncios de grandes marcas corseteras, porque un sujetador aprieta, y sino aprieta… ¡Amiga mía, no te está sirviendo para nada! Y tanto nos hemos acostumbrado al mismo que no llevarlo es casi peor, yo no sé si os pasa a vosotras, pero yo sin él me siento casi desnuda.

Por el contrario, si fuera hombre me ‘desvestiría’ un poco menos acabando también con los escotes, como dice Nuria Sánchez en Facebook (pedí ayuda en redes a otras chicas), porque enseñar pelambrera no me seduce lo más mínimo ni siendo un auténtico ‘macho man’, y es, por supuesto, eliminaría las sesiones periódicos de depilación… ¡Se me saltan las lágrimas sólo de pensarlo! Y si a esto también le quitas maquillaje, peluquería, bolsos, tacones y otros complementos “tendría para irme al Caribe de vacaciones todos los años”, como apunta Mercedes Soto.

IMG_0131Pero lo mejor de todo es restar “calentamientos de cabeza” – María Pérez –porque “me encantan los hombres por lo simples y despreocupados que son” –Rosalía Barquero –o porque “ser hombre y hacer varias cosas a la vez… ¡Sería incompatible!”. Con lo que no tendría que sentirme culpable si por atender mis obligaciones laborales se me acumulan coladas y plancha para lo que resta de siglo. Bastaría con decirme a mi mismo que “no puedo hacerlo todo, ser un gran profesional y hombre de mi casa, bastante lucha llevo cada día en el trabajo que vuelvo cada noche reventado”… ¿os suena, verdad? Y la culpa no es suya, porque ellos se convencen con este argumentos… nosotras no. Lo peor es que nadie nos reclama que demos la talla en todo, nadie salvo nosotras mismas.

Si además a esto le sumamos que no saben lo que es la celulitis, la menstruación con sus horribles dolores y cambios hormonales, el parto o la menopausia, que pueden hacer pis de pie y en cualquier sitio y que se levantan en estado de extrema excitación (léase ‘palote’), ser hombre no debe estar tan mal. Y es que creo que una mujer vale para todo, para ser hombre y mujer, pero permítanme que tenga mis dudas a la contra.

Pese a todo, la mayoría de nosotras, que evidentemente somos mujeres y por lo tanto e indisolublemente también muy exigentes, no podemos contentarnos con ser menos, ni siquiera con el aliciente (apuntado más arriba) de poder hacer uso de los baños públicos, y, como diría la gran Whitney Houston, “me gusta ser una mujer, incluso en un mundo de hombres. Después de todo, los hombres no saben llevar vestidos, pero nosotras sí pantalones”.

 (Fotos de la despedida de soltra de mi hermana, centro 2ª foto junto a mis primas). 

Las relaciones y las dietas yoyó 

“Cuando uno acumula experiencias y ‘estrías’ amorosas consecuencia del efecto rebote en los romances, comienza a pensar que quizás es más certero tomarse un tiempo en quitarse esos kilos de más e invertir en un ‘tipazo’ o relación de pareja a largo plazo con más sacrificio” .

IMG_0429Con el tiempo libre y el relax que dan las vacaciones, ya que uno esta sujeto a muchas menos tareas y obligaciones que en periodo laboral,  la capacidad de reflexión aumenta de forma considerable, incluso a límites completamente insospechados, mientras una se relaja (o hasta en algunos casos se aburre, pero bendito y, sobre todo, necesario aburrimiento) en la hamaca de la piscina bajo el sol de las cinco de la tarde. En estas circunstancias me disponía yo a escribir, teléfono inteligente en mano, algo que también ha contribuido sobremanera en los últimos años a poder llevarte el trabajo pendiente allá donde vayas y convertir los ‘deberes’ de las vacaciones en algo mas llevadero, cuando escuchaba, por casualidad, la conversación de mis vecinas de toalla sobre los pros y los contras de las conocidas como dietas yoyó por el efecto rebote que producen.

¿Cómo no se me había ocurrido antes dedicar un espacio a este fenómeno que tantas adeptas y, cada vez más, adeptos incorpora a sus filas? Sobre todo como preludio al verano e instigado por cientos de revistas de las que se llaman ‘femeninas’ con miles de propuestas para perder dos o tres kilos antes de lucirse en traje de baño. Así comencé a ‘cotillear’ intentando encontrar algo original y divertido al respecto, pero después de unos cuantos topicazos… ¿qué podía decir yo que no se hubiera dicho antes sobre este asunto? Además, la charla tampoco conseguía mantener mi interés, con lo que decidí abandonar mi objeto de investigación. Volviendo a concentrarme en buscar un tema interesante esta vez ponía atención en el debate que mantenían varias adolescentes en la sombrilla contigua y que por su edad y temática conseguía despertar mi curiosidad: las relaciones vistas desde el punto de vista de jóvenes de 16 años, con poca experiencia pero con todas las expectativas del mundo.

Me pareció realmente muy interesante reflexionar sobre lo que pensamos que serán nuestros romances antes de haber tenido incluso algo que se le parezca y, por supuesto, sin las experiencias de pareja, de decepciones y fracasos acumuladas que obligan a cambiar nuestra perspectiva sobre el amor. Quizás ‘los adultos’ estemos equivocados y sean estas originarias teorías sobre las relaciones las reales, ya que no están influidas ni turbadas por ningún otro elemento externo. O quizás estén éstas demasiado influidas por las comedias románticas propias de la edad, que se acercan en demasía a la ciencia ficción y nada tienen que ver con el documental o el basado en hechos reales.

Sin embargo, cual fue mi decepción al corroborar que en este caso había más de lo segundo que de lo primero: mucha expectación pero poca fundamentación real detrás de ésta, como en las dietas yoyó, enlazando las dos conversaciones de mis ‘compañeras’ de piscina. Y aquí es cuando se me ocurrió establecer un símil entre las relaciones de pareja y los procesos dietéticos de cara al verano, ya que mi tarde iba de eso. Y es que aunque pueda resultar extraño, las primeras, que son universalmente difíciles de entender, pueden llegar a explicarse bastante bien –muy simplificadas, esos sí- a través de las dietas.

Lo quiero todo y lo quiero ya, este vendría a ser el claim de las dietas yoyó y de aquellas primeras relaciones, que se acercan bastante a las expectativas de mis vecinas adolescentes, en las que el ansia por tener una relación perfecta henchida de amor, pasión, complicidad, sexo, diversión… obliga a actuar rápido por los efectos a corto plazo sin tener en cuenta el largo plazo. Importa el ahora, que se vislumbra fabuloso, sin invertir en el después. Puede ser una opción muy válida para aquellos que no creen en las relaciones largas, pero no nos olvidemos del efecto rebote.

Sin embargo, cuando uno acumula experiencias y ‘estrías’ amorosas consecuencia del efecto rebote en los romances y de inflado y desinflado rápido, comienza a pensar que quizás es más certero tomarse un tiempo en quitarse esos kilos de más e invertir en un ‘tipazo’ o relación de pareja a largo plazo con más sacrificio, pues los resultados no son tan inmediatos ni tan espectaculares a simple vista, pero que te aseguran una estabilidad física y mental mucho más saludable.

P. D. Por cierto, la foto está tomada en ‘Mi Barra’ en Murcia, recomiendo el arroz con bogavante. 

Publicado el 17 de Agosto de 2014 en La Opinión.

Del metrosexual al sapiosexual

Si para una mujer ya es difícil saber lo que quiere- al igual que para un hombre -, imagínense ponerle nombre. Una tiene una idea o boceto mental de lo que desea alcanzar o conseguir, esto en el mejor de los casos, pero en ciertas ocasiones no encuentra las palabras o conceptos para materializarlo. En las últimas semanas me he visto obligada, como consecuencia de un curso online de coaching personal que estoy haciendo (‘puntazos’ que me dan a veces) a poner nombre y por escrito algunos conflictos personales, anhelos y aspiraciones, y créanme si les digo que es mucho más complicado de lo que hubiese imaginado.

Bien, pues si esto lo trasladamos y aplicamos a nuestros anhelos con respecto al género masculino, la cosa se complica; más aún teniendo en cuenta el amplio abanico de ‘categorías’ y tipologías de hombre que están surgiendo. Tengo que reconocer que en esto estoy un poco atrasada, pues yo me quedé como mucho en el metrosexual. Pero es que esto de los hombres es como las nuevas tecnologías, o te actualizas o de un día para otro te quedas obsoleta.

El término metrosexual surgía a mediados de los noventa para definir a un tipo de hombre que empezaba a preocuparse por su imagen y cuidado personal al nivel femenino, o incluso muy por encima en determinadas ocasiones. Comenzaba a generalizarse la imagen de hombres con las cejas perfiladas, gran parte de su cuerpo depilado y con cierta querencia por las cremas y productos de belleza. Reconozco que es agradable ese aroma a perfume que dejan tras de si, sin embargo confieso que nunca fueron mi debilidad. Reaccionando frente a este estereotipo aparecieron los übersexuales, hombres que también se cuidan pero en pro de potenciar su masculinidad. Son varoniles, elegantes y rudos. Si he de decantarme por alguno de estos dos, me quedo con lo segundos; pero este concepto tampoco termina de satisfacerme.

En los últimos años han surgido otras concepciones que continúan tratando de clasificar al género masculino, como los retrosexuales que serían aquellos que no se preocupan en absoluto por su imagen, el tradicional ‘macho-medio’ de los setenta y ochenta que no ha evolucionado en sus costumbres y hábitos de atención personal. O las últimas corrientes ligadas a las tecnologías que han derivado en la mutación de un hombre pegado a su teléfono, que mide su virilidad por el tamaño de su Smartphone o Tablet de última generación.

Pero esto, sinceramente, seguía dejándome insatisfecha. Quizás es por la amplía variedad de posibilidades. Me ocurre igual con los helados, hay de tantos sabores que cuando voy a pedirme uno acabo por perder la apetencia al desconcertarme con tantos tipos distintos.

Sin embargo, creo que he encontrado aquel adjetivo que más se acerca a lo que de verdad me seduce: me gustan los hombres que me conquistan por sus capacidades intelectuales- claro está que también me tienen que entrar por el ojo-. Con esto me pasa como con el helado de chocolate, nunca defrauda, así que suele ser por el que me acabo decidiendo. Ahora sé que lo que yo busco, soy Sapiosexual. Según la Wikipedia este termino se aplica a las personas atraídas hacia la inteligencia o la mente humana, aquellas para las que una marcada inteligencia es el principal factor de seducción.

Yo necesito sentirme atraída y enamorada no sólo por la personalidad del otro sino también por su mente y sus capacidades, porque esto implica, en mi caso, sentir admiración por la persona que tienes a tu lado, además de atracción y otras tantas cosas más que son necesarias.

Sinceramente creo que ésta es una peculiaridad que se repite en muchas mujeres, por lo menos de mi entorno. Unas lo llaman estar orgullosas, otras sentirse admiradas, las que hay que lo definen como ser sorprendidas e incluso quienes afirman necesitar aprender algo del otro o reírse mucho con él; pero todos estos apelativos son distintas formas de reflejar lo mismo. Porque ¿acaso no hay que ser realmente inteligente y agudo para conseguir hacer reír a una mujer a diario? ¿habrá algo más difícil?

Si me lo admitís como consejo, estar junto a una persona inteligente es muy importante; tanto en las relaciones pasajeras, porque incorporas experiencias muy enriquecedoras a tu persona, como en aquellas que esperas que duren para toda la vida porque una mente inquieta conseguirá que nunca te aburras.

Publicado en La Opinión 10.10.14

La ‘pornostar’ que llevamos dentro

pin-up-500-20“Vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad”, decía José Saramago, haciendo clara alusión al relato platónico de la ‘Alegoría de la Caverna’ narrada al comienzo del libro de La República; pero como en éste, en la vida, las sombras, sombra son, aunque no nos alcance la vista a ver lo que hay más allá.

Esta semana, coincidiendo con el estreno de la adaptación al cine de la novela, ‘Cincuenta Sombras de Grey’ recibía en mi bandeja de correo electrónico un mensaje con el siguiente asunto: “El Señor Grey la recibirá ahora”. Esta claro que no era más que parte de la sobredimensionada campaña de publicidad de la misma, pero me llamó la atención ya que jamás había llegado a mi correo algo similar de ningún otro film. Está claro que ha supuesto un fenómeno de masas, del que una vez más me quedo fuera.

Si Platón levantase la cabeza quizás se ofendería al ver el uso que en este artículo hago de su magnánima obra para hablar del fenómeno literario y, también ahora, cinematográfico, pero ese disgusto, al igual que Saramago, dadas las circunstancias se lo va a ahorrar. Comenzaré diciendo que no he leído el libro, así que en este caso hablo de oídas. Tampoco creo que vaya a ver la peli, no por nada, creedme, sino porque afortunadamente hay en cartel un interesante número de buenos films que aún tengo pendientes. El caso es que la tentación –nunca mejor dicho –, sobre todo en el caso del libro, tenerla la he tenido ya que eran muchas las amigas y conocidas que me lo recomendaban, incluso también hubo algún hombre enganchado que me animó a adentrarme en las ‘perversiones’ sexuales de Grey, pero mi determinación fue más fuerte.

Probablemente os estéis preguntando a qué se debe mi negación a la saga de las sombras… Bien, en primer lugar, simplemente tiendo a huir de aquello que viene clasificado por géneros. No creo en la literatura para mujeres, que tan de moda se ha puesto en los últimos años. Para empezar, porque las mujeres somos las principales lectoras de libros en todo el mundo, con lo que delimitar ciertos géneros para éstas hace flaco favor a nuestra inteligencia. No necesitamos novela rosa para engancharnos con un ejemplar.

En segundo lugar, creo que, en este caso concreto, se trata de una adaptación un poco subida de tono –porque según tengo entendido tampoco da para tanto –de las típicas historias de amor adolescente, y vender esto como literatura erótica femenina es poco menos que un insulto a las mujeres.

En la supuesta novela de sexo y libertinaje, el ‘obsceno’ es una vez más el hombre y es ella quien queda rendida a sus pies dejándose hacer todo cuanto a él le apetece, que, como ya he dicho, tampoco es gran cosa… Ella aparece, una vez más, como una mujer dócil y un tanto inexperta en el arte amatorio y, según las críticas de la película, las escenas más X no pasan de ser clasificada como no recomendadas para menores de 13 años. Sinceramente estoy segura de que cualquier escena casera de sexo diario es más atrevida y sexy que la mejor de las historias de la película.

Nos han vendido, no se quién ni con qué intención, que la mayoría de las personas tenemos una vida sexual aburrida y cutre, sin embargo creo que, como en la caverna, lo que creemos no son más que sombras de la realidad. Deshagámonos de complejos y falsos mitos y encendamos las luces para evitar las sombras, no hace falta ir al cine para hacer, tener o ver buen sexo, ya que estoy segura de que cada uno, evidentemente en la intimidad, desata la ‘pornostar’ que lleva dentro.