Vacaciones 2017: Cádiz, Sevilla y Madrid

Hace tiempo que no pasaba por aquí, pero necesitaba unas vacaciones casi de todo. El año resultó ser muy completo y por lo tanto, pese a mi gran satisfacción con todos los logros alcanzados y las situaciones resueltas, también agotador. Incluso para mí, que no sé parar quieta ni un minuto. Sin embargo, llega septiembre y es hora de volver a las rutinas, al trabajo y también era hora de pasar por aquí de nuevo. Se me ocurre que la mejor forma de hacerlo, y la menos dura para mi persona, es contar un poquito sobre mis días de vacaciones y descanso. Escribir sobre mis viajes es para mí como viajar otra vez. Volver a disfrutar de esos días, esos paisajes, esos olores y sabores… de todas las buenas sensaciones que conllevan la despreocupación y la vida relajada sin horarios.

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Comencé agosto trabajando, pues había que dejar algunas cosas cerradas antes de marchar. Sin embargo, es un mes tranquilo en la ‘oficina’ y resulta muy productivo cada minuto que se dedica en el despacho. Así, el viernes 4 de agosto, después de una mañana de trabajo, partíamos a Caravaca para comer con la familia y despedirnos hasta el regreso. De ahí, poníamos rumbo a Sevilla, parada de dos días antes de llegar a Cádiz, nuestro destino. Reconozco que no conocía la ciudad y que, pese al calor de esas fecha, las temperaturas fueron bastante llevaderas y la disfruté muchísimo.

El primer día, llegamos prácticamente a la cena, para lo que elegimos uno de los sitios de tapas más típicos en la ciudad: Bodega Santa Cruz – Las Columnas, muy cerquita de la catedral. Bulliciosa bodega de barrio con barra de madera y simpáticos camareros. No teníamos mucha hambre pero sí mucha sed y la cerveza la sirven bien fresquita, como a mí me gusta. Después aprovechamos la noche para pasear por el centro histórico y decidimos ir hasta Triana, lugar donde teníamos el hotel, caminando por la orilla del río y así bajar un poquito la cena. Por la mañana, tras el desayuno maratón de compras por las calles peatonales del centro y visita a la catedral y los sitios más emblemáticos del centro. Comida por allí en una taberna y siesta en el hotel, dedicando las horas de más calor a descansar. Por la tarde, fuimos paseando hasta Plaza de España y pasamos allí prácticamente el resto de la jornada hasta la hora de cenar, que decidimos repetir en ‘Las Columnas’ y después disfrutar de, posiblemente, las mejores vistas de la ciudad de Sevilla y de la Catedral en la terraza ‘Pura Vida’, del Hotel Fontecurz, con un mojito en la mano y un concierto del solista sevillano ‘Carrasquilla’ que nos encantó y nos endulzó la velada con muchísimo arte (Os dejo algo suyo por aquí).

El domingo por la mañana, road to Jerez, donde teníamos el hotel que sería centro de operaciones para nuestras escapadas por Cádiz. Elegimos un hotel pequeño, de 30 habitaciones, y con muchísimo encanto en el centro del Jerez histórico: Asta Regia Jeréz y resultó ser un completo acierto, por el precioso lugar y por la fantástica gente que nos atendió esos días. La habitación era casi un pequeño apartamento con despacho, vestidor y un baño con bañera y ducha. ¡Nos encantó! Para comer, atendimos a las recomendaciones de Ana, una de las responsables del hotel que ayudaron a que nuestro viaje saliera redondo, y fuimos a: Las Banderillas, un tabanco, así llaman allí a los establecimientos que mezclaban el concepto de vida social de la taberna y la vocación comercial del despacho de vinos. Increíble relación calidad-precio. Por la tarde, nos acercamos a Sanlucar a ver la puesta de sol y a cenar a la Taberna ‘Casa Balbino’, una de las más típicas en la zona para comer los famosos langostinos. Además, el paseo por el pueblo es muy agradable.

El segundo día, visitamos Cádiz. Ya la conocía pero no deja de encantarme caminar por sus calles, por el Barrio de la Viña, por la zona de la Catedral y, por supuesto, por la playa de La Caleta. Comimos en ‘El Faro’, visita obligada si se está en la ciudad y tomamos el postre en un antiguo café del siglo XX restaurado en el que comer, escuchar música o degustar sus ricos dulces. Después, puesta de sol en La Caleta.

El tercer día en Cádiz, pasamos la mañana en Conil, visitando el bonito pueblo y haciendo algunas compras y comimos en ‘Los Hermanos’. ¡No puede haber local más típico! Después, tarde de playa en Caños de Meca y algún gin tonic en ‘La Jaima’.

El cuarto día, visitamos Tarifa y después de comer descansamos en la playa de Bolonia hasta la puesta de sol. De vuelta en Jerez, ducha y nuevo ‘outfit’ para salir a cenar por allí y despedirnos de la ciudad. Recomendación absoluta: ‘Albores’. Un fin de fiesta por todo lo alto.

Esta fue la primera escapada del verano, ya que después de volver al trabajo cuatro o cinco días, continuamos con las vacaciones con un viaje a Madrid con toda la familia. Todos los años dedicamos unos días a pasarlos juntos. Para ello reservamos un bonito y céntrico apartamento en la capital, cuando se viaja con niños esta opción siempre resulta más cómoda y práctica. Además, en este caso ellos mandan, así que, aunque tuvimos tiempo para una noche fantástica de risas tomando un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor, una mañana de compras en Fuencarral, una visita al restaurante ‘Serafina’ y otro par de noches de vino y tapas en el apartamento, las actividades intentamos centrarlas en ellos: Museo de la Ciencia, parque del Retiro, jardines de Sabatini, teatro de títeres… y algunas otras actividades más.

En resumen, han sido unas vacaciones sin viajes de largo trayecto, pero disfrutando de estupendos momentos. Como dice un amigo, hay que estar feliz con uno mismo y serás feliz en cualquier parte.

 

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Pongamos que hablo de Madrid

COSITAS 003Cantaba y canta Sabina, esperemos que por mucho tiempo –aunque a ver quién es el guapo que apuesta dos duros por esto con la presunta vida de excesos del artista. Y no digo presunta con intención de echarle un cable y suavizar sus exuberancias, sino porque ya sabemos que hay hombres que, como en el juego del parchís, se comen una y cuentan veinte; aunque algo me dice que éste no es el caso –que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Y aunque cantado suena bonito, hoy tengo que defender la tesis contraria. Van a creer que tengo algo en contra del de Tirso de Molina, pero el objetivo de este artículo, confíen en mí, es otro.

Un par de semanas atrás volvía a Madrid, “donde regresa siempre el fugitivo”, como hago de forma recurrente desde que estudiase allí hace más de diez años. Lo hacía en tren, algo que disfruto especialmente, sobre todo si me toca un buen vagón del Altaria que pide a gritos ya una renovación, y sola, algo no tan propio de mis escapadas a la capital. Esta última circunstancia me permitía vivir la experiencia centrada en mí, única y exclusivamente en mis sensaciones, y no imaginan como lo agradecí. Fueron sólo unas horas, pero recordé y recuperé mi Madrid, parte de lo que viví y quizás también de lo que fui.

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Durante el trayecto, conmigo uno de mis libros de cabecera ‘Alta Fidelidad’ –en su versión en inglés –algo que parecía premonitorio. Al contrario que Sabina, yo me bajé en Chamartín. Atocha, aunque pueda parecer más bohemio y castizo, me genera mucho estrés con el incesante trasiego de pasajeros y de trenes a diferentes destinos que comparten anden. Siempre temí colarme en el que no era y acabar en cualquier lugar inesperado. ¿Alcobendas, Móstoles o quizás Fuenlabrada? A mi llegada, esas mariposas en el estómago propias de los nervios del primer amor, de aquel que impresiona y arrolla por la falta de seguridad. Directa al metro… ¡Ay el metro de Madrid! Cuántas horas dedicaría a vivir en sus vagones la ciudad. Tantas que llegué a odiarlo tanto como quererlo. Como suele ocurrir con todo, lo mucho cansa y lo poco agrada. Un billete sencillo, que aún guardo de recuerdo, línea 10 y cinco paradas hasta el hotel en Gregorio Marañón.

Y al surgir, Madrid. Como siempre, Madrid. Madrid con sus coches y atascos, sus pocos grados de menos (comparado con Murcia), sus domingos de rastro y sus paseos de anonimato. Tras el check-in y una ducha rápida, no podía resistirme a salir, a andar, a caminar Madrid.

Cuando la tarde se puso bien, un regalo en forma de visita a la Malasaña de callejuelas, terrazas, barras, cervezas e incluso la ‘Vía Láctea’. Una visita a los bares cuya música hace que olvides qué hay de puertas para afuera. A los bares que no diferencian entre la tarde, la noche o la madrugada. A los bares que sirven de inspiración a músicos, artistas y periodistas. Caña a caña, conversaciones entre amigos, colegas, que recuerdan sus años de universidad… Años que, quizás, aquí no se ven tan lejanos ya.

10 cosas que me encantan

Este verano, pese a que no he viajado mucho; algo que habitualmente me ayuda mucho a despejar la mente y fijar objetivos y prioridades para el curso; he podido dedicar bastante tiempo a la reflexión, a hacer esas paradas de ritmo y de pensamiento que, aunque a las que somos inquietas nos resultan complicadas de conseguir, una vez alcanzadas aportan un sentimiento de paz, de calma y de estar bien con uno mismo. En estos momentos de inspiración he podido hacer balance y evaluación de mis últimos años, considerando aquello que creo ha sido acertado y lo que no lo fue tanto, para mirar al futuro con decisión, para ponerme nuevas metas y retos, proyectos personales que me motiven y que hagan del tiempo que está por venir una aventura excitante. Algunos proyectos son muy personales, otros en pareja. Pero de esto hablaré en próximas ocasiones.

Lo que me gustaría hacer en este post, que promete tener más ediciones, es algo que también he ejercitado estas vacaciones, pequeñas paradas en mi día a día para disfrutar de aquellas cosas que me gustan, para identificarlas y para incluirlas de una forma u otra en mi rutina porque me hacen la vida más bonita, aunque suene un poco cursi. Disfrutar de aquellas cosas que, por pequeñas que sean, me hacen feliz y me encantan.

  1. Las charlas y confidencias de fin de semana con mi hermana. Podemos hablar de asuntos trascendentales que pretenden dar solución a los problemas del mundo, del libro que se está leyendo y que habla sobre el cerebro del niño o, simplemente, del último pintalabios que hemos probado, pero esos momentos son especiales. Desafortunadamente no vivimos en la misma ciudad y tenemos que esperar a que llegue el sábado o el domingo para disfrutarlos, aunque, sin duda, sabemos como aprovecharlos.
  2. Los imanes para el ‘frigo’ de ciudades de todo el mundo. Es como si por la mañanas mientras me tomo el café, de un solo vistazo, recorriese todos esos lugares que me traen tan buenos recuerdos. En cada uno de mis viajes y en cada una de las ciudades que visito suelo hacerme con alguno de estos, además de los muchos que me traéis los que conocéis mi debilidad.
  3. Hacer maletas. Al contrario de lo que les ocurre al resto de los mortales, esta es una tarea que disfruto mucho porque la ilusión y la expectación va creciendo con cada uno de los looks que escojo y meto en el equipaje. Detrás de cada elección está la visualización de ese momento.
  4. Los carteles e indicaciones en otros idiomas. En cada uno de mis viajes recojo fotografías de estos curiosos elementos.
  5. Una copa de vino blanco fresco. Una afición que descubrí en mi escapada a Viena donde, además de ser costumbre disfrutarlo a mediodía, tienen una interesante producción de esta variedad.
  6. Las tardes de domingo de café y lectura en casa. Una costumbre que había perdido en los últimos tiempos por mi constante sensación de prisa y de que no llego… pero que estoy tratando de recuperar casi por salud.
  7. Los viajes en tren. Disfrutar del paisaje, la lectura y la charla… es como si se parase el tiempo..
  8. Los libros de recetas. Aunque difícilmente consigo cocinar algo decente.
  9. Los desayunos especiales. Que normalmente haces los fines de semana cuando no tienes que salir corriendo.
  10. Cualquier cosa que me recuerde a la Navidad. De hecho, según decía este verano mi cuñado Raúl ni en agosto he terminado de quitar los adornos de adviento, ya que aún cuelga algún reno o estrella de mis muebles. Así que para lo que queda… los dejo y me ahorro volver a ponerlos.
He ilustrado este post con fotos pequeñas de mi Instagram.

Las vacaciones de la #MokaFamily

Comencé el verano prometiendo que haría un post sobre el eterno dilema de cómo enfrentarse al equipaje cada periodo de vacaciones. Sin embargo, como bien sabréis a estas alturas, falté a mi palabra… ¡Aunque no será por maletas hechas y deshechas! Y es que estas vacaciones han sido un poco extrañas. Yo las denomino, las de los planes frustrados. Las cosas no son como uno o una las planea, sino como al final ocurren. Por lo que lo verdaderamente importante, por encima de organizar, es saber adaptarse y reconducir las circunstancias para poder disfrutar lo que se tiene. Aquí va mi aventura, por si os interesa y también os ayuda.

Como cada año, mis vacaciones, por motivos laborales, son un poco intermitentes ya que tengo que realizar diversos paréntesis a lo largo de las mismas para atender compromisos. Algo con lo que ya cuento e intento prepararlas de forma que estas interrupciones no perturben demasiado el descanso y la desconexión. El verano pasado conseguimos enlazar los días suficientes como para hacer un estupendo viaje por Viena y Praga, del que ya os lo conté todo. Sin embargo, en esta ocasión los planes eran un poco más tranquilos y modestos, pero no menos divertidos ya que el objetivo principal era pasarlos #ConLaGranFamilia, y aunque el desarrollo fue distinto a la previsión tengo que decir que estuvimos junto a las personas que queremos, y eso es lo que verdaderamente importa.

La primera parada era en una zona rural del noroeste de la Región de Murcia, en una bonita casa de campo que pese a ser estupenda, no se adaptó del todo a nuestras expectativas, ya que la diminuta piscina y los ejércitos y huestes de avispas que merodeaban por aquel paraje no lo hacían del todo el destino de nuestros sueños. Sin embargo, tras empacar comida para un mes -aunque sólo íbamos una semana – y todos los trastos de los ‘chiquis’ decidimos probar suerte y dedicar los días a hacer excursiones por la zona, visitar pueblos de la comarca y jugar al monopoly; además de escribir y leer cuando los peques lo permitían. Aunque la experiencia fue incluso más breve de lo previsto – por un percance que quedó sólo en un susto importante tras acudir al hospital, el desplazamiento de nuevo a la ciudad para atención sanitaria nos hizo desistir de nuestra estancia campestre – guardo bonitos recuerdos de esos días, como la escapada a un precioso pueblo llamado ‘Letur’ en la que descubrimos unas preciosas vistas, una premiada piscina natural y un fantástico restaurante en una ubicación idílica en el que disfrutamos de una estupenda cena familiar. Además de estas razones, he de decir que pasar los días con mi hermana y mi madre, a las que no puedo disfrutar todo lo que me gustaría porque viven en otra ciudad, compartiendo confidencias supuso una carga importante de energía para mí. ¡Y qué diré de hacerlo también con los pequeños de la casa…!

Una breve escapada a Denia puso un bonito broche a esta primera fase de las vacaciones con excursiones a calas maravillosas, tardes de compras y noches de charla y conversación en familia realmente agradables.

En este momento, toca trabajar un poco. Y a la vuelta, unos días en la playa en los que, pese a ‘ciertas incomodidades’ en forma de mosquitos gigantes y colchones mata-personas, hubo tiempo para disfrutar de reconfortantes baños, atardeceres en el mar, ratitos de lectura y muchos muchos momentos de reflexión que ayudan a poner las cosas en orden para el resto del año y en los que puse las bases para proyectos personales que espero vean la luz en lo que queda de este y año y el que viene. También disfrutamos de una romántica cena a la orilla del mar que nos supo a gloria. 

De nuevo, de vuelta en la ciudad para atender las obligaciones. Y para quitarnos la sensación de no haber hecho nada en pareja -al menos los dos solos -, nos escapamos tres días a Granada para unas vacaciones un poco más románticas, con paseos al anochecer, cenas de mucho vino y risas y la intimidad que quizás habíamos echado de menos. Intimidad que disfrutamos y exprimimos en las pocas horas de las que disponíamos, pues tenía que volver al trabajo. Además, Granada es una ciudad que no deja indiferente a nadie, pese a haberla visitando en infinidad de ocasiones. Esta vez, nos alojamos en un hotel recién estrenado al lado de la Alhambra, lo que incluía unas preciosas vistas al despertar en el paquete. 

Así que entre unas cosas y otras, este verano tampoco hemos parado. ¡Imaginad la cantidad de maletas hechas y lavadoras puestas! Sin embargo, el disfrutar de momentos  con ‘mi gente’, pase lo que pase, siempre merece la pena.

¡Buen comienzo de curso a todos!

 

Viajando con niños. Barcelona

Cuando uno viaja con más gente tiene que adaptarse al grupo, las concesiones de unos por las cesiones de otros. Pero cuando viaja con niños el concepto de concesión es mucho más estricto, las licencias son siempre en su favor ya que hay que tratar de cambiar o romper lo mínimo sus rutinas. Sin embargo, y afortunadamente, esto no implica que la experiencia sea menos divertida, tal y como hemos comprobado en nuestra reciente escapada a Barcelona con la #FamiliaPatare, el equipo que forman mi hermana Raquel, su marido Raúl y los pequeños: Raúl y Manuela; las personas con las que más nos gusta hacer cualquier cosa a la #MokaFamily Así, con la excusa de un viaje de trabajo que mi hermana tenía a esta ciudad que nos encanta, nos apuntábamos todos y organizábamos una escapada en familia (aunque faltaba mi madre, que por una guardia en el trabajo no se podía unir a la tropa).

La primera decisión importante es el medio de transporte, ya que con niños tan pequeños hay que valorar muy bien las horas de trayecto y la opción menos tediosa para ellos. Pensando que cinco horas en coche serían demasiadas, nos decantamos por el tren, ya que esta posibilidad permite que el pequeño Raúl pueda correr y jugar por el vagón del tren sin tener que estar sujeto a una silla durante todo el viaje, y la cafetería supone un respiro también para los mayores. Además evitábamos el cansancio de conducir tantas horas seguidas. Pensando en ellos también cambiamos hotel por un pequeño apartamento cercano a la Sagrada Familia, ya que sería más fácil organizar los desayunos y las cenas a distintas horas para el personal. Con las dos grandes cuestiones resueltas, con suficiente antelación, comenzamos el viaje.

Salíamos de Alicante el sábado 2 de Julio después de comer en la propia estación y con un montón de bultos y maletas que, sorprendentemente, conseguimos manejar bastante bien entre los cuatro adultos. Y es que viajar con niños también implica esto, ir cargados como burros; aunque, tal y como he aprendido de mi hermana estos días, con la experiencia uno consigue reducir sus necesidades al mínimo para poder atender las de los pequeños y compensar. El trayecto fue bastante entretenido pues Raúl, que nunca había viajado en tren antes, se sorprendía por todo y conseguía entretenerse bastante bien. La pequeña pasó gran parte del viaje durmiendo, y los demás haciendo turnos para descansar, atender a Manuela o jugar con el pequeño a los coches. A la llegada a Barcelona cogíamos el que sería nuestro segundo transporte de los muchos que probamos estos días: un taxi directo a la que sería nuestra casa durante estos días. Mientras unos deshacían maletas y organizaban a los niños, otros bajamos al supermercado a hacernos con algunas cosas que faltaban para la cena y el desayuno; pese a que Raquel, como buena madre previsora, había venido cargada de comida, aperitivos y fruta perfectamente preparada en pequeños tupper. Velada tranquila en casa y pronto a la cama para poder madrugar y disfrutar de la ciudad.

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Poco a poco nos fuimos levantando todos, y haciendo turnos en los dos baños conseguíamos una organización bastante eficiente para poder desayunar temprano y salir a recorrer la ciudad. La primera parada fue en la Sagrada Familia. Unas cuantas fotos y poco más, ya que la masiva afluencia de turistas no hacía de este un lugar muy atractivo para andar con los pequeños. Después, aprovechando que los niños dormían en sus carritos, dimos un gran paseo por Barcelona hasta llegar a Las Ramblas, donde hicimos un alto para hacernos con algunas prendas de abrigo en las rebajas, ya que nos sorprendía el frío con ropa demasiado veraniega. Después, aperitivo rápido para reponer fuerzas y seguíamos la ruta por El Paseo de Gracia hasta la hora de comer, para la que habíamos reservado en uno de nuestros restaurantes favoritos de la ciudad ‘Botafumeiro’ donde disfrutamos de un ratito estupendo de buena comida y sobremesa. Por la tarde, dedicamos el tiempo a los peques y nos trasladamos hasta los Jardines de Joan Brossa de los que habíamos leído eran un espacio estupendo para jugar, pero cuál fue nuestra sorpresa al llegar y descubrir que en esta ubicación se celebraba un macro festival de música electrónica, lo que evidentemente cambiaba un tanto su fisionomía y su público habitual; sin embargo, la zona de juegos estaba bastante retirada de la zona de conflicto y con música de fondo pudimos pasar aquí un ratito agradable. Incluso nos animamos a probar el teleférico y el funicular. De vuelta a casa cogimos unas pizzas y cenamos en familia y en pijama en nuestra coyuntural ‘residencia’.

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El lunes nos tomamos la salida con más calma y tras pasar por una preciosa librería infantil que ya teníamos fichada por Internet ‘Luz de luna’ y en la que hicimos algunas compras, cometimos el error de plantarnos en el Parque Güell en pleno centro del día, de tal modo que el calor y los numerosos turistas nos obligaban a desistir de nuestro propósito de visitarlo al completo y tras un ratito de juegos en el jardín (con unos amigos que viven allí cerquita y vinieron a saludarnos: Alejandro, Mari Carmen y la pequeña Celia) volvimos al centro para comer de tapas en ‘La Boquería’. Tras un paseo por el mercado y comprar fruta cortada en uno de los numerosos puestos que las ofrecen, nos dirigimos al Barrio del Born donde paseamos y tomamos un café y después al puerto, donde disfrutamos de un fantástico ratito de descanso y risas tirados en el césped. De vuelta a casa cenamos en un estupendo restaurante de tapas en el Barrio del Born y a casa a descansar.

El martes poníamos rumbo a casa, pero antes de salir pudimos disfrutar de un bonito paseo, con rato de parque incluido, por el barrio  y tras comer en la estación, de nuevo al tren para llegar a la hora de dormir.

Cuatro días muy intensos en los que disfrutamos de viajar con niños y aprendimos algunas lecciones muy importantes sobre las escapadas en familia que esperamos poner en práctica muy pronto:

  1. Decidirse por un medio de transporte que facilite y haga más ameno el viaje a los pequeños.
  2. Mejor apartamento que hotel, para adaptarse a los horarios de los niños sin problemas.
  3. Reducir las necesidades de los adultos en términos de equipaje para poder atender las de los pequeños.
  4. Imprescindible llevar siempre aperitivos y snacks preparados que puedan servir de merienda o cena improvisada. Así como algunos productos básicos para sus comidas.
  5. Es importante mantener sus horarios y rutinas, en la medida de lo posible, para que los peques estén cómodos y el viaje sea satisfactorio.
  6. Reservar en locales con espacio suficiente para poder ubicarse con los carritos.
  7. Alternar en las rutas turísticas sitios de interés para los adultos con parques o espacios de juegos que entretengan a los pequeños.

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¡#FamiliaParate gracias por hacer de éste un viaje diferente para nosotros!

Road Trip To Milano

Hace algún tiempo os contaba por aquí cómo me lo montaba para hacer del fútbol mi aliado. Bien, pues después de sobrevivir a una primera escapada Champions con ‘mi madridista’ a Lisboa -hace dos años, si no recuerdo mal -el pasado mes de mayo volvíamos a repetir experiencia con un viaje exprés a Milán reviviendo dicha final ente Real Madrid y Atlético de Madrid. En esta ocasión, como en la anterior, nos decantamos por hacer el trayecto en coche, aunque tengo que reconocer que de forma obligada ante la ausencia de vuelos asumibles sin necesidad de pedir hipoteca. Circunstancia que alargaba un poquito más el viaje y lo convertía en un auténtico road trip en pareja.

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Para hacer los kilómetros más llevaderos, decidimos hacer escala en Barcelona aprovechando para visitar a unos amigos, Gerard y Virginia, que amable y hospitalariamente nos dieron cena, cama, ducha y desayuno a la ida (ya contaré a la vuelta). Así, pusimos rumbo a Milán el jueves 26 de mayo por la tarde, después de comer unas tapas cerca de casa para evitar liarnos con la cocina y los platos. Esa misma mañana trabajamos los dos y a la vuelta, y tras la parada técnica que comentaba para reponer fuerzas, a casa a terminar el equipaje. En otro post prometo compartir mis trucos para preparar maletas en tiempo récord.

El trayecto se hizo muy rápido y ameno ya que fuimos imaginando lo que veríamos en Milán. También nos animamos con una improvisada sesión de karaoke con temazos de todos los tiempos, lo que resultó sorprendentemente divertido. De esto hay testimonio gráfico y sonoro en algún que otro vídeo, pero por vuestra salud auditiva y la de mi reputación creo estos no verán la luz jamás… Bueno, al menos de momento.

A nuestra llegada a Barcelona nos esperaban nuestros anfitriones en una preciosa casa a las afueras de la ciudad que perfectamente podría haber sido la casa de nuestros sueños. Un ratito de charla y conversación con buen vino y estupenda cena y a la cama que tocaba madrugar. Por la mañana, tras el desayuno y la incorporación a la expedición de Miguel, un compañero de aventuras del ‘madridista’, emprendimos la segunda parte del viaje. Ésta no fue tan divertida como la primera: los atascos en las autovías francesas, los peajes, y los conductores lentos o kamikazes, por no decir completamente locos, hicieron de nuestro paso por el país galo una auténtica pesadilla, pero que se vio finalmente compensada en una parada con vistas espectaculares.

¡Y llegamos a la costa italiana! Lugar que nos deparaba una bonita sorpresa: cena con vistas en Arenzano. Casi de casualidad acabamos en ‘La Oficina’ un restaurante de comida tradicional italiana que si nos dicen lo que hay que hacer para llegar jamás lo hubiésemos pisado, pero la ignorancia encaminó nuestros pasos a lo alto y a uno de los recuerdos más bonitos que guardo del viaje. Varias birras Moretti y una pizza de salmón y nata después, afrontamos la recta final hasta nuestro hotel a las afueras de Milán.

Imaginaos como llegamos al hotel de cansados… aseo personal, pijama y a la cama. Y por la mañana… ¡Precioso rincón escogido para nuestro descanso!

Y lo mejor… aún estaba por llegar. Pese a que conozco casi toda Italia de norte a sur, nunca había estado en Milán y me sentía ansiosa por disfrutar del Duomo di Milano, de un buen capuccino y de un auténtico helado italiano. La vista de la catedral, tengo que reconocer que es increíblemente abrumadora. ¡Emocionante!

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Durante la primera parte de la jornada hubo mucho más de fútbol que de turismo, pero también disfrutamos del ambiente que se vivía en las calles de Milán llenas de españoles animando a sus equipos.

Cuando todos partían para el estadio, Angélica -italiana que vive en Milán y que se prestó gustosa a hacerme de guía por la ciudad -y yo aprovechamos la tarde para pasear, tomar un helado en la Piazza del Duomo -10 euros por un helado, el más caro que he tomado jamás, pero mereció la pena -hacer algunas compras por las fantásticas zonas comerciales de la ciudad y hasta pude cumplir algunas tradiciones del lugar. En cuanto al shopping, como imaginaréis para mucho no dio, pero sí que me hice con un bonito vestido negro midi de encaje con un estilo muy italiano (ya pondré foto), además de regalitos varios para familia y amigos. Después localizamos un local estratégico para tomar una cerveza mientras disfrutábamos del partido.

La tarde fue estupenda, pero he de reconocer que la compañía lo fue más. ¡Gracias Angélica!

La vuelta la hicimos felices, yo por disfrutar de los encantos de Milán y ‘mi madridista’ porque volvía con la undécima a casa. Pero aún nos quedaba una fantástica velada más en Barcelona disfrutando de uno de los sitios de moda en el barrio del Born con nuestros anfitriones en la ciudad condal: Virginia y Gerard. ¡Chicos sois geniales! ¡Gracias por todo!

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Como veis, aunque no me gusta el fútbol, no hay mal que por bien no venga…

Como regalo os dejo la canción que puso la banda sonora a nuestro Road Trip a la italiana.

Al Norte por el Noroeste (North by Northwest)

Ésta tenía que ser una escapada al sur, paradójicamente; pero la enfermedad nos ha tenido en casa todo el fin de semana, con lo que nuestros planes de viajecito romántico a Granada se han visto suspendidos y aplazados, en todo caso, para otra ocasión. Tengo que decir que, pese a todo, no nos lo hemos montado mal del todo en casa: mucho cine, manta, sofá, pijama, buena comida y lectura. Unos días de desconexión y relax que si no fuera por la tos y la fiebre no habrían estado del todo mal. Pero en fin, parece que está así media España, con lo que mal de muchos…

Sin embargo, buceando y ordenando fotos en mis discos duros han aparecido unas fotografías de una escapada navideña que hacíamos al norte a visitar a unos amigos y como las fechas acompañan para hablar de viajes relámpago, he pensado que era un buen momento para compartir.

Salíamos un viernes por la mañana dirección Oviedo, pero como suele ser habitual en nuestras rutas, con parada obligada en Madrid para disfrutar del buen ambiente nocturno y de algún paseo mañanero, sin tiempo de más, pero con eso nos basta. Cogimos un hotel en el centro para evitar desplazamientos y después de dejar el equipaje y ducharnos salimos a tomar unos vinos por el casco histórico de la ciudad, con recorrido por la Puerta de Sol y la Plaza Mayor, que en Navidad, pese al tumulto, tienen un encanto especial. Y puedo asegurar que lo pasamos bastante bien y descubrimos algún que otro vino blanco para sumar a nuestra lista de favoritos. Por la mañana, desayuno tranquilo al sol, un par de paradas técnicas de shopping y carretera al norte.

Sabíamos que íbamos a Asturias y que obviamente el paisaje sería verde, pero no imaginamos cuanto… La sorpresa fue mayúscula al ver el lugar en el que se alojaban nuestros anfitriones. Aunque también tengo que decir que hay que ser valiente, audaz e intrépido para alcanzarlo, y digo alcanzarlo literalmente. Ni el Google Maps detectaba la ubicación. Una preciosa casa de madera arriba de un empinadísimo y estrechísimo camino que aún no sé cómo conseguimos completar… Aunque teníais que ver cómo lo bajaban los foráneos. Estas fueron nuestras vistas al llegar…

Si me hubieran dicho que describiese el paraíso, probablemente lo huera hecho así. Sin embargo, aún me quedaba mucho por ver, aunque parezca mentira. Nuestros anfitriones: Alex, Ana y Pelayo hicieron de ésta una estancia inolvidable. Nos recibieron con cerveza fría, vino, rock, ostras y este fantástico atardecer.

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Además de una estupenda velada entre amigos con semejantes manjares.

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Y amanecer y anochecer allí era un auténtico sueño…

Aprovechamos la escapada para visitar de forma exprés Oviedo y Gijón donde disfrutamos del mar, bebimos sidra, comimos fabada (por supuesto) y compramos moscovitas y carbayones en la Confitería Rialto, todo como auténticos turistas.

Sin embargo, nada hubiese sido lo mismo sin la amabilidad, la entrega y la hospitalidad de nuestra ‘familia’ asturiana. Chicos, esta es mi forma de daros las gracias. ¡Un beso a los tres!

Y el lunes por la mañana, carretera y manta y de vuelta a casa.