Se acaba el amor… ¿de tanto usarlo?

IMG_2392Con motivo de San Valentín –hace ya unas semanas –discutía con unas compañeras si el amor cambia o no con el paso del tiempo. Es una realidad que el nerviosismo y la ansiedad de los primeros días no se viven tras varios años. Pensándolo bien, tampoco sería saludable. Sin embargo, me negaba a aceptar que la rutina, el día a día y la convivencia devastasen determinados comportamientos en una relación. Y me vengo preguntando, desde entonces, si será verdad aquello de ‘se nos acabó el amor de tanto usarlo’ que cantaba ‘La Jurado’.

El hecho que desataba el debate resultó ser un comentario sobre los regalos que habíamos recibido por Navidad de parte de nuestros respectivos. En mi caso, con sólo unos pocos años de relación –tengo que decir además que es una persona tremendamente generosa –me sorprendía con una batería de regalos que yo catalogaría en el epígrafe de caprichos; artículos que por su precio o por no ser de necesidad no sueles comprarte tú pero que te mueres por tener. En el caso de la compañera que suma ya más de diez años de matrimonio y dos hijos relataba que ella recibió el regalo que quería pero que acompañó a su marido a comprarlo. Por último, la más experta, confesaba que ella no había tenido regalo de Navidad. Es evidente que hay una clara diferencia, pero podría ser anecdótica.

Otro de los aspectos en los que dicen que se nota este paso del tiempo es en la conversación. Al principio te lo cuentas y te lo preguntas todo, lo que has hecho en el trabajo, con quién has hablado, cómo te has sentido, cómo te ha ido el día… Incluso hay veces que no puedes esperar a llegar a casa para compartirlo y lo haces vía whatsapp, manteniendo un contacto casi constante con tu pareja. Con los años y los hijos, en el caso de tenerlos, los diálogos se restringen a las necesidades y anécdotas con los pequeños o a los requerimientos de la casa. Después de toda una vida juntos, tal y como la propietaria de la cafetería donde habitualmente desayunamos nos contaba, con su gracia particular, las conversaciones se limitan a:

  • ¿Qué hay de comer?
  • ¿Qué hay de cenar?
  • ¡Vámonos a la cama!

El móvil también es un chivato. Me preguntaba una amiga si yo a él le mandaba besos y corazoncitos. ¡Evidentemente! Le contestaba. Además, a diario le escribo para darle los buenos días y avisar cuando he llegado al trabajo, ahorrándole así la preocupación y desasosiego por saber si ha ocurrido algo. Con el tiempo, según cuentan, empiezas a pensar que si ocurre algo al final se enterará. El fondo de pantalla también está directamente relacionado con los años, dependiendo si lo llevas o no lo llevas a él. Y un rasgo inequívoco son los hábitos televisivos. Al principio te da igual lo que ver siempre que sea a su lado. Después, te mantienes en el mismo espacio pero haciendo uso de otros aparatos: Tablet o, en su defecto, móvil. Y el último paso es instalar una pantalla en la cocina o habitación y ampliar la distancia entre ambos.

Está claro que la rutina normaliza ciertas conductas y comportamientos y que el tiempo diluye y apacigua el ímpetu. Pero es importante hacer un pequeño esfuerzo y sorprender, no de forma constante, pero si en su debido momento. Porque se reduce el romanticismo, y quizás el sexo, pero no se acaba el amor ni el entendimiento.

Cita a ciegas

En cuestiones de pareja es verdad que muchas veces hay que hacer la vista gorda. Como también se suele bromear, haciendo uso de un chiste terriblemente malo, al decir que la convivencia descubre muchas cosas que en el noviazgo ‘no vio’. Sin embargo, y pese a que el amor implica cierto grado de miopía, jamás me hubiese imaginado que podría ser tan ciego. Hace unas semanas descubría en televisión un programa sobre primeras citas que por su temática y formato no hubiese llamado mi atención nunca, pero la recomendación de un amigo me animó a darle una oportunidad. Desde entonces, y sin salir aún de mi asombro, es raro el día que no veo un trocito del mismo, más como estudio sociológico y, por supuesto, fuente de inspiración para mis artículos, pero también por la estupefacción que me produce descubrir algunos comportamientos que o bien creía erradicados o bien jamás había asociado al género humano.

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Mural en Lorquí realizado por los alumnos del Instituto.

Empezaré diciendo que, aunque las redes sociales pusieron muy de moda las citas a ciegas con gente que sólo se conocía a través de su perfil o avatar, muy mal me tendría que ver yo para aceptar un encuentro en estas condiciones. Si conociendo a una persona y con años de noviazgo la vida siempre te depara sorpresas, imagínate enfrentarte a lo incómodo de ese primer momento con alguien de quien no conoces nada. Es verdad que en redes, al menos y sólo a veces, intuyes el aspecto físico que ‘tu contrario’ puede tener gracias a alguna fotografía, aunque eso tampoco te asegura mucho porque he visto auténticos expedientes X en transformaciones del mundo virtual a la realidad. Pero si os soy sincera a mi parecer esto es lo de menos. Si me tengo que sentar a cenar con un completo desconocido y teniendo en cuenta “lo mal que está el ‘mercado’”, por lo que me cuentan mis amigas, que sea feo es el menor de los males.

Para quien no conozca de la existencia de este show os pongo en antecedentes. Este reality empareja a dos desconocidos en una primera cita a ciegas, me imagino que tras pasar un cuestionario o test de afinidad, para que compartan velada y descubran el amor verdadero entre espárragos, almejas y muffins de chocolate mientras una cámara graba todos y cada uno de sus movimientos. Para empezar, no me parece lo más apropiado ponerse ciego comiendo y bebiendo con alguien con quien no has compartido nunca mesa y mantel y que podría convertirse en tu príncipe azul en cuestión de minutos. Se dan situaciones bastante comprometidas y poco apropiadas para enamorar. Ni que decir tiene que si no eliges el menú con un poco de vista la catástrofe puede acabar con las pocas opciones que tenías de abandonar la soltería. Desde mi punto de vista las cenas copiosas no son el mejor escenario para que en una primera cita surja el amor.

Pero gustos a parte no os sorprenderéis si os digo que en estas citas no se escapa uno normal. Para empezar, y aunque todos estamos acostumbrados a mentir un poco en cuestiones de edad, un señor calvo con barba, bigote y una hija de 23 no puede pretender pasar por uno de 33. Mal empezamos. No por el embuste sino por lo ridículo del mismo. Para mentir uno tiene que hacerlo bien. Tampoco esta bien sacar al ex, ni tus alergias, intolerancias o perversiones sexuales. Tiempo habrá. Pero lo que está terminantemente prohibido, a mi modo de ver, es dejarse embriagar por lo romántico del momento y caer en el ridículo más espantoso dedicando una canción, ya sea versión o composición propia. Yo me corto las venas. Y un consejo más, chaval si te ves en estas un ‘Brad Pitt’ no debes ser. ¡Ojito con el listón!

Sea como fuere, aunque no me declare fan de este tipo de encuentros, reconozco que asumido con absoluto sentido del humor y una vez en la vida puede incluso resultar divertido como experimento. Sin embargo, creo que en el amor es mucho mejor no forzar porque éste surge desde la más absoluta naturalidad.

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Foto de la semana pasada paseando por Murcia con camiseta nueva de Mango.

Propósitos locos para una vida cuerda

soltarselamelena.jpgCansada de acumular año tras año listas de propósitos de año nuevo incumplidas, he decidido ser realista, en primer lugar, y dejar de acudir una y otra vez a tópicos que no me hacen feliz pero que parecen venir auto impuestos, para tener una vida en serie, normal, como tantas otras. El 2015 no ha sido mi año, y todos esos acontecimientos me han servido para darme cuenta de que lo que quiero para éste y los próximos ejercicios en mi vida es pasión. Pasión o intensidad –como a mí me gusta decir –. La intensidad suficiente como para “que bailen desnudos los pies” y “que te vuelvas tan loca, que no tengas remedio”, como canta Fabián en ‘Sálvalo’ –acertadísima, como siempre, recomendación de mi amigo Fernando Navarro, mi gurú musical personal –.

Y es que la última frase parece sacada de mi cabeza. Seguro que a todos os ha pasado más alguna vez, que escucháis algo en una canción que describe perfectamente lo que sentís y no habéis sido capaces de traducir en palabras. La rutina, las obligaciones y las responsabilidades hacen que, a veces, en el remolino del día a día nos olvidemos de lo más importante, de vivir. Por eso, este año me he propuesto, como meta principal, vivir un poco más, entusiasmarme con cosas que me arrebaten por momentos la cordura. Y por eso, y aunque suene un poco a chiste, como primer propósito quiero volver a los ‘karaokes’, disfrutar de la música sin complejos. Seguro que hago muchas cosas mal pero os aseguro que nada puede superar a mi absoluta falta de oído, lo que en un momento determinado me retiró de los escenarios. Aún recuerdo mi última gran noche a ritmo de Bon Jovi intentando seguir la letra de “Someday I´ll be saturday night” en Pérez Casas con mi hermana y su amiga Ariadna; y algunas copas en el cuerpo también. Sin vergüenza, sin temores, sin complejos y sin ningún sentido del ritmo, pero qué bien lo pasamos. Por eso, para 2016, en mi apuesta decidida por soltarme un poco la melena, planeo mi regreso a las pistas.

También me he propuesto beber un poco más. No crean que voy a hacer apología del alcohol en este artículo pero, sin excesos, creo que no viene mal ponerle un poco de chispa a la vida. Durante el primer embarazo de mi hermana me acostumbré a beber con ella la cerveza 0,0 y como además dicen que no engorda permanecí en esta variante. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de recuperar las cañas intensas, los vinos y alguna que otra buena copa en la madrugada. Y por una regla de tres, ¿qué faltaría? Pues siempre un poco más de sexo, y no es que yo me queje de mi frecuencia –que estoy encantada –pero estas cosas nunca están de más. Y quien diga que el sexo está sobrevalorado es que nunca ha tenido del bueno.

Por supuesto, en esta corriente también entrarían: más música, más rock and roll, más conciertos, más literatura, más cine del bueno, más viajes, más escapada improvisadas, más paseos, más ‘salir de cañas y liarse hasta la madrugada’, más largas conversaciones con botella de vino de por medio, más cafés con confidencias, más risas entre amigos,… y muchas muchas cosas más.

Y por supuesto, y como sé que esto lo leerá mi mentor (Ángel Montiel), más artículos escritos en tiempo y no enviados a última hora por culpa de mis “días de locos”. Te prometo que lo intentaré.

Con todo esto, estoy segura que este año la lista de propósitos se me hará mucho más llevadera y mi vida, mucho más intensa. Para que complicarse…

Hombres de alquiler y ‘selfies’ orgásmicos

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Selfie de la autora

Seguro que a todos se os ha pasado alguna vez por la cabeza la idea de montar un negocio. Normalmente auspiciado por el hartazgo de jefe que cada trabajador o trabajadora hemos experimentado en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida laboral. Pensando que trabajar para uno mismo y ser tu propio jefe es la solución a todos los problemas. Sin embargo, cuando uno hace esta reflexión siempre se olvida del recibo de autónomo, el IVA y el IRPF, entre otras cosas. Y si además uno intenta ahorrar en gastos externos y pretende llevarse el mismo la contabilidad… Conocerá lo que es el infierno en vida. Una auténtica pesadilla de formularios: 303, 390, 115, 145… que se repiten de forma periódica en su existir.

Pero sí, antes de pasar por el trance de ser autónoma, yo también pensaba que esa sería la formula del trabajador feliz. Lo que no tenía tan claro en mi carrera al éxito profesional era el objeto social de mi futuro pequeño negocio. En España casi el 90% de estos propósitos (independientemente de que luego se cumplan o no) pasan por ‘montar un bar’. En Murcia, por lo menos, todas las semanas asistimos a la inauguración o cierre de un nuevo garito o local. Somos poco originales en eso de buscar nichos de mercado. Ni siquiera en las nomenclaturas lo somos. Todo lo contrario le ocurre a los japoneses cuya creatividad en los negocios parece no tocar techo.

Si para muchos el ‘puterío’ es el oficio más antiguo de la historia, éste ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de los años. Desde el más fino, a los gigolós, ‘streapers’ o señoritas de compañía, pasando incluso por la versión más moderna, y también dicen que light, las escrot. Sin embargo, jamás se nos habría pasado por la cabeza evolucionar a la adaptación más sentimental de esta figura de hombres y mujeres de alquiler. Bien, pues una empresa japonesa se dedica a comercializar apuestos ejemplares masculinos para que las clientas, de momento sólo mujeres, tengan un recio y atractivo hombro sobre el que llorar. Al módico precio de 55 euros la hora, usted puede hacerse con un seductor caballero que le enjugará las lagrimas en sus momentos más bajos.

Los ‘Ikemesos’ ayudan a las japonesas trabajadoras e independientes asfixiadas por las excesivas cargas y tensión laboral a poder expresar sus sentimientos y así aliviar sus tensiones. Estos caballeros siguen un modus operandi específico en todos sus encargos o pedidos. Primero ayudan a la mujer a llorar y, una vez que el llanto asoma, éste acariciará la mejilla de la clienta con dulzura y suavidad para secar sus lágrimas hasta hacerla sentir reconfortada. Parece una tontería, pero qué no daríamos algunas por poder desahogar nuestras frustraciones en determinados momentos, y si encima es sobre un hombro fuerte más aún. No me negarán la originalidad del invento, la utilidad es otra cosa.

Y si de inventos extraños seguimos hablando, esta semana he descubierto en lo que ha evolucionado el dichoso palo ‘selfie’, que al parecer después de varias versiones fallidas, como el palo con cuchara para hacerte fotos mientras comes o el ‘selfie-stick’ para auto-fotos de mascotas, este artilugio ha derivado en el palo ‘selfie’ vibrador que recoge tu rostro en el instante de mayor éxtasis. Como ya habrán imaginado, el mismo incluye uno de estos juguetes eróticos a un lado y en el opuesto un palo ‘selfie’ sobre el que colocar el teléfono móvil para capturar el momento. Del éxito de la propuesta ya hablaremos en un tiempo. De momento, respondamos a una pregunta “¿Quién no quiere ver su cara durante el orgasmo?”, que se preguntaba la periodista que escribía el artículo. Pues bien, yo prefiero ver la del otro.

Con los calcetines puestos

IMG_3055Dicen que en la media está la virtud. Y digo yo que depende. Hay veces que ‘quedarse a medias’ puede ser de todo menos virtuoso ¿no? Y es que yo creo que éste es más bien el consuelo de muchos, o mejor dicho, de tontos porque ya se sabe, mal de muchos… alivio de aquellos que venimos conformando la clase media española, últimamente siempre vinculada a conceptos como pérdida del poder adquisitivo, copago, falta de liquidez y otras lindezas. Eso sí, ahora al menos los tontos consuelo encontramos, porque los males están muy repartidos. No, señores, no; la media no es la virtud. De lo bueno cuanto más, mejor.

Pero al ser humano en general le encanta hacer medias y establecer criterios de clasificación en virtud de un estándar; a los periodistas, en particular, los tantos por ciento. Recuerdo uno de los primeros jefes de redacción que tuve en un diario regional en Cartagena al que le ‘ponían’ sobremanera si estaban en un titular. No olvidaré como atosigaba a mis entrevistados hasta que me daban un buen porcentaje con el que ilustrar mi noticia, el resto era pan comido.

Bien, pues este recuerdo venía a mi cabeza hace unos días cuando a través del comentario de un compañero en Twitter leía el siguiente titular publicado en un diario de Cádiz: “El 53% de los gaditanos hace el amor con los calcetines puestos”. ¡Pedazo de titular de portada que se han marcado con porcentaje y todo! Lo que le hubiera gustado a mi antiguo jefe, pensaba yo. Pero es que la noticia tampoco tenía desperdicio. Esta conclusión, que venía de un estudio realizado por una conocida marca de preservativos, resultaba del todo insuficiente para satisfacer mi curiosidad. Así que acudí a Google para seguir ilustrando mi conocimiento sobre el español medio en la cama.

De esta forma descubrí que una imagen que dista bastante de los cánones estéticos del erotismo estaba mucho más extendida de lo que yo hubiera imaginado jamás. Y eso que vivimos en España, no me quiero ni imaginar cómo se lo ‘montarán’ en Groenlandia. Así, según esta encuesta la mitad de los españoles (el 47%) reconoce haber practicado sexo con los calcetines puestos. Ahora mejor que nunca podríamos decir aquello de ‘ande yo caliente, ríase la gente’. Y paradójicamente, es en el sur, en Andalucía, y más concretamente en Cádiz, como ya hemos dicho, donde más adeptos tiene está modalidad, que estoy segura tendrá tantos detractores como defensores.

Haciendo un ejercicio de empatía brutal y dejando a un lado los prejuicios que pueda tener al respecto, pero sobre todo intentando no visualizar demasiado la imagen, he intentado ponerme en la piel de ambos.

Entre las principales ventajas que se me vienen de forma instantánea a la cabeza para los habituales de este estilo, evidentemente el evitar los pies fríos es una de las primeras; sin embargo, sería insuficiente porque en la mayoría de los casos se limitaría sólo al invierno, y por lo que parece es una moda atemporal.

Si a tu pareja le huelen mal o tiene los pies muy feos –falta bastante habitual – es un remedio evaluable para luchar contra los bajones de libido que esto puede provocar. Así evades sus peludos pies, gigantes uñas e incluso el áspero tacto de la piel de aquellos que no se cuidan. Aunque, para todos ellos, el mejor consejo: una buena pedicura.

No desenfundarse los calcetines también puede servir para los que van con poco tiempo, para los que temen coger hongos, para unas caricias más suaves, para las posturas de pie, para un look más deportivo, para los ‘guiris’, que se ponen calcetines con todo… pero la idea que más me ha gustado es para los fans de Michael Jackson, que pueden rendir homenaje a su ídolo en un momento tan glorioso. Sin embargo, en este caso únicamente valdrían los blancos, rizando el rizo. ¡Que imagen!

Incluso he encontrado un estudio de la universidad de Groening, en Holanda, que revelaría que usar calcetines durante un encuentro sexual favorece hasta en un 30% – otro porcentaje de los que tanto nos gustan- la posibilidad de alcanzar un orgasmo. La clave está en el calorcito y la comodidad que brindan. El descubrimiento ocurrió de forma fortuita ya que, mientras se estudiaba lo que acontece en el cerebro humano durante el orgasmo, se constató que aquellas personas que se negaron a retirar sus calcetines tuvieron mejores orgasmos.

Los tradicionales calcetines que pudieran parecer anti-eróticos escalan así posiciones y se sitúan incluso por encima de la lencería fina en el acto sexual.

¿Os animáis a probar con los calcetines puestos?

Como las lentejas

Como las lentejas, que si quieres las tomas y si no las dejas, son las relaciones de pareja: lo que hay es lo que ves. No quiere decir esto, en ningún caso, que lo que hay no merezca la pena, pero son unas lentejas no un solomillo al foie. Aunque éstas estén riquísimas, que lo están, el problema surge cuando queremos que sean solomillo. Y esto, amigos míos, es imposible. Las lentejas pueden llevar sus patatas, su chorizo, su verdura… pero jamás serán solomillo, por mucho que uno se empeñe. Una puede obstinarse pretendiendo hacer de unas lentejas un solomillo, y acabará comiendo lentejas. Pues con las relaciones de pareja pasa igual, una puede empeñarse en hacer de su compañero un hombre, por ejemplo, cariñoso, pero acabará acostándose con el mismo hombre ‘rancio’ de siempre.

Creo que esto, consideraciones gastronómicas aparte, puede sonar muy radical y, por supuesto, poco romántico, pero es que estoy cansada de ver hombres y mujeres que se ponen una venda en los ojos y pintan su mundo de color de rosa, rosa cursi además, cuando realmente es de color amarillo. ¿Y qué tiene de malo el color amarillo? ¿O el azul? ¿Y el rojo? Todos los demás somos capaces de ver la verdadera tonalidad, pero ellos se empeñan en adulterar los colores, lo que no conlleva más que constantes desaciertos que degeneran en una falta de ilusión crónica, dejando de vivir su vida y, sobre todo, de disfrutar su vida en pos de aquella que les gustaría llevar, y esto funde del rosa al negro, sin tonalidades intermedias. No se trata de conformarse con cualquier cosa, ya sabes: sino las dejas; pero sí de ser realista y aplicar la cordura y el sentido común para esmerarte en el aliño de dichas lentejas y degustarlas en su mejor versión.

Es más, cuando uno deja de pretender que su pareja sea la media naranja que había idealizado empieza a descubrir actitudes y aptitudes que le sorprenden, mucho mejores que aquellas que había apuntado en su lista de ‘compañero ideal’. Es decir, cuando dejas de intentar que tus lentejas sean solomillo empiezas a descubrir sabores y aromas en el guiso completamente seductores, y propios de dicho plato, que hacen las delicias de tus sentidos. Es muy probable que la terquedad por convertir a tu chico –o chica, cada uno que lo aplique al caso –en un hombre romántico te impida ver su versión más graciosa o responsable, por ejemplo, y te convierta en una insatisfecha, cuando además, quizás, la solución esté en tus manos.

Muchas veces, ambicionamos y demandamos en nuestra pareja comportamientos concretos olvidando lo que nosotros estamos ofreciendo. Es más, cuanto mayores son nuestras demandas, menores suelen ser nuestros ofrecimientos. Sin embargo, si uno comienza a dar lo mejor de si mismo, es muy probable que como si de un acto reflejo se tratase, ocurra lo mismo con la persona que tenemos enfrente.

Una vez que uno reconoce y conoce a su pareja es mucho más fácil encontrar la receta perfecta, con las especias, los condimentos y el tiempo de cocción oportuno para saborear el mejor de los menús.

 

¡Buen provecho!

La ‘pornostar’ que llevamos dentro

pin-up-500-20“Vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad”, decía José Saramago, haciendo clara alusión al relato platónico de la ‘Alegoría de la Caverna’ narrada al comienzo del libro de La República; pero como en éste, en la vida, las sombras, sombra son, aunque no nos alcance la vista a ver lo que hay más allá.

Esta semana, coincidiendo con el estreno de la adaptación al cine de la novela, ‘Cincuenta Sombras de Grey’ recibía en mi bandeja de correo electrónico un mensaje con el siguiente asunto: “El Señor Grey la recibirá ahora”. Esta claro que no era más que parte de la sobredimensionada campaña de publicidad de la misma, pero me llamó la atención ya que jamás había llegado a mi correo algo similar de ningún otro film. Está claro que ha supuesto un fenómeno de masas, del que una vez más me quedo fuera.

Si Platón levantase la cabeza quizás se ofendería al ver el uso que en este artículo hago de su magnánima obra para hablar del fenómeno literario y, también ahora, cinematográfico, pero ese disgusto, al igual que Saramago, dadas las circunstancias se lo va a ahorrar. Comenzaré diciendo que no he leído el libro, así que en este caso hablo de oídas. Tampoco creo que vaya a ver la peli, no por nada, creedme, sino porque afortunadamente hay en cartel un interesante número de buenos films que aún tengo pendientes. El caso es que la tentación –nunca mejor dicho –, sobre todo en el caso del libro, tenerla la he tenido ya que eran muchas las amigas y conocidas que me lo recomendaban, incluso también hubo algún hombre enganchado que me animó a adentrarme en las ‘perversiones’ sexuales de Grey, pero mi determinación fue más fuerte.

Probablemente os estéis preguntando a qué se debe mi negación a la saga de las sombras… Bien, en primer lugar, simplemente tiendo a huir de aquello que viene clasificado por géneros. No creo en la literatura para mujeres, que tan de moda se ha puesto en los últimos años. Para empezar, porque las mujeres somos las principales lectoras de libros en todo el mundo, con lo que delimitar ciertos géneros para éstas hace flaco favor a nuestra inteligencia. No necesitamos novela rosa para engancharnos con un ejemplar.

En segundo lugar, creo que, en este caso concreto, se trata de una adaptación un poco subida de tono –porque según tengo entendido tampoco da para tanto –de las típicas historias de amor adolescente, y vender esto como literatura erótica femenina es poco menos que un insulto a las mujeres.

En la supuesta novela de sexo y libertinaje, el ‘obsceno’ es una vez más el hombre y es ella quien queda rendida a sus pies dejándose hacer todo cuanto a él le apetece, que, como ya he dicho, tampoco es gran cosa… Ella aparece, una vez más, como una mujer dócil y un tanto inexperta en el arte amatorio y, según las críticas de la película, las escenas más X no pasan de ser clasificada como no recomendadas para menores de 13 años. Sinceramente estoy segura de que cualquier escena casera de sexo diario es más atrevida y sexy que la mejor de las historias de la película.

Nos han vendido, no se quién ni con qué intención, que la mayoría de las personas tenemos una vida sexual aburrida y cutre, sin embargo creo que, como en la caverna, lo que creemos no son más que sombras de la realidad. Deshagámonos de complejos y falsos mitos y encendamos las luces para evitar las sombras, no hace falta ir al cine para hacer, tener o ver buen sexo, ya que estoy segura de que cada uno, evidentemente en la intimidad, desata la ‘pornostar’ que lleva dentro.