
Como en el tango, entonado por la voz rota y hermosa de Gardel, a veces se vuelve con la frente marchita y la plateada sien. Se vuelve sabiendo que el tiempo pasó, que los esfuerzos dejan huellas y surcos, que la entrega —cuando es verdadera— nunca es inocua. Y, sin embargo, hay en ese regreso una dulzura íntima, casi inexplicable. Porque volver no es desandar: es reconocerse en lo vivido y atreverse a mirar de nuevo hacia una misma.
Hay un instante —difícil de datar y apreciar— en el que una mujer deja de ser exactamente quien era para convertirse en algo nuevo, inmenso y desbordante. La maternidad irrumpe y lo cubre todo, lo transforma todo. Y en esa entrega infinita, luminosa y exigente, una parte de una misma queda en suspenso, como si respirase en otro lugar.
Las renuncias llegan sin hacer ruido. Primero son pequeñas: una tarde sin leer, una llamada que no se devuelve, un plan que se pospone. Después se convierten en hábitos: el tiempo deja de pertenecerte, los espacios se reducen, las aficiones se archivan en un cajón olvidado. El cuerpo cambia, el espejo devuelve una imagen que cuesta reconocer y el cansancio —ese que nace de las noches fragmentadas— se instala como un huésped permanente. No es solo falta de sueño, es una erosión silenciosa que afecta a la paciencia, al ánimo, a la propia identidad.
Más tarde, cuando ese bebé empieza a andar y a descubrir el mundo, las demandas no desaparecen solo cambian de forma y siguen ocupándolo todo. La atención se mantiene puesta fuera, siempre fuera. Y en ese proceso, muchas mujeres se pierden. Nos perdemos. No porque queramos, sino porque no hay espacio para sostenerlo todo sin que algo se quede atrás. Y, demasiadas veces, ese “algo” somos nosotras.
A veces este estado se alarga más de lo deseado, más de lo saludable. A veces se encadena con la llegada de otro hijo. Y conviene decirlo sin culpa: perderse no significa no ser feliz. Se puede amar profundamente la maternidad y, al mismo tiempo, sentir que una parte de ti ha quedado en pausa.
Pero llega un momento —lento o repentino— en el que algo dentro se vuelve a activar. Una necesidad que no es capricho, sino urgencia vital de volver a encontrarte. Volver a preguntarte quién eres, qué te gusta, qué quieres hacer con tu tiempo y con tu vida.
Volver al trabajo, si así lo deseas, no es solo una cuestión económica o profesional: es también una forma de reconstrucción personal. Es recuperar una voz propia, una mirada que no está filtrada puramente por la maternidad. Es sentir orgullo por lo que haces, por lo que sabes, por lo que aportas.
Y también están los pequeños gestos, los que parecen insignificantes pero sostienen mucho: retomar la lectura, salir a caminar sin prisa, elegir algo solo porque te apetece. Decidir por ti. Pensar en ti.
A veces hace falta que alguien de fuera te lo recuerde: lo que vales como mujer, como profesional, como amiga, como pareja. Pero, sobre todo, hace falta que tú vuelvas a creértelo.
Desligarse un poco cuesta. Genera dudas, incluso culpa. Pero no es abandono, es equilibrio. No es querer menos, es empezar a quererse de nuevo.
Porque al volver a ti no solo te recuperas: también construyes un espejo distinto para tus hijos. Y, sin darte cuenta, te conviertes en eso que algún día reconocerán con admiración: alguien que luchó por ser, por estar, por no renunciar del todo a sí misma.
Quizá encontrarse no sea regresar a quien fuiste, sino atreverse a ser alguien nuevo con todo lo aprendido. Alguien que ha amado hasta olvidarse… y que ahora decide recordarse.
Y en ese gesto —íntimo, valiente, casi silencioso— sucede lo más importante: vuelves.
