El arte de ligar, por Internet

IMG_2031Los de mi generación, a los que ahora nos llaman millennials –o quizás ya me paso de esa definición-, debemos habernos quedado anticuados en eso de ligar. O al menos confieso que éste es mi caso. Partiendo de la idea de que muchos de nosotros ya estamos en pareja por lo que no necesitamos, al menos en la práctica, dichos conocimientos nos hemos rendido a la comodidad y ahora nos encontramos completamente desactualizados en el arte de enamorar. No hemos renovado nuestras teorías y mucho me temo que menos aún nuestras técnicas. Imagino que aquellos que durante este tiempo hemos sentido la necesidad de volver a conquistar lo hemos hecho a la antigua usanza, cosechando más o menos éxitos según las destrezas de cada uno.

Teniendo en cuenta que en mis años de ‘flirteo’ las conquistas se hacían a pecho descubierto, como los valientes, es sencillo que nos sintamos perdidos en esta locura que es la realidad virtual. Antes sobraba con saber interpretar miradas, sonrisas y ciertos gestos propios del enamorado. Que no digo yo que fuera fácil, porque tenía su mérito, y también su gracia, jugar a descubrir si estaba o no por ti. Sin embargo, con paciencia y un concienzudo trabajo de campo una alcanzaba a descifrar lo que el otro trataba de manifestar. Aunque bien es verdad que yo siempre tuve facilidad con está práctica. Me pasa igual con los idiomas, debe ser que soy buena en la traducción. Esta cualidad mía, confieso, que me ahorró los chascos propios de una fatídica malinterpretación. Aunque haberlos –alguno –los hubo, reconozco que el cara a cara nunca se me dio mal.

Ocurre que ahora todo lo hacemos por Internet. También ligar. Y un considerable porcentaje de solteros e infieles sin tiempo para engañar acuden a ciertas redes sociales a sumar conquistas. Sin embargo, también en este caso puede ser más fácil de identificar el objetivo ya que el propio contexto de la interacción delimita el objeto y el fin de la misma. También, porque los hay poco sutiles que olvidan toda la fase preliminar…

Pero qué ocurre cuando el medio no da pistas y hay que descifrar las intenciones cual jeroglíficos a través de emoticonos y palabras incompletas. ¿Qué significan los me gusta? ¿Cuántos me gustas son un ‘estoy por ti’? ¿Y si comparte o retuitea es el hombre de tu vida? ¿Qué número de ‘me gustas’ marca el límite entre la amistad y amor? ¿Quién dicta las reglas? Igual tengo que mirarme algún tutorial por youtube porque oigo a las adolescentes hablar y me parece chino:

  • Tía me contestó al whatsapp dos horas después y vi que estaba en línea.
  • No le ha dado a me gusta y yo le comento todo.
  • Me ha mandado un emoji.
  • Le pedí amistad y aún no ha aceptado…

Confieso que no entiendo los cortejos virtuales. Llamadme antigua pero yo prefiero una mirada.

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No fuimos ni Romeo ni Julieta

DSC_0829Ocurría que la semana pasada me quedaba estupefacta al comprobar el revuelo que se montaba con la declaración en formato anuncio que hacía un joven a su misteriosa ‘chica del tranvía’. Que puede que ésta resultase un poco cursi y empalagosa, sí; y que quizás él un tanto cansino, no lo negaré; pero de ahí a tachar al pobre enamorado de acosador… Creo que nos hemos pasado de susceptibles buscando cosas donde no las hay. Probablemente no sea el Romeo del siglo XXI, pero tampoco es Jack el Destripador. Y es que hay líneas muy finas que no debemos cruzar, pero ni en un sentido ni en el contrario, porque al final va en perjuicio de todos.

Seguro que vosotros, fundamentalmente vosotras, habéis protagonizado algún momento violento o, al menos, desagradable con un intento de ‘conquistador’ desafortunado tanto en las formas como en el fondo, y desde luego esto no se puede justificar. Pero innegablemente habrán sido más las situaciones simpáticas, divertidas y hasta cómicas características de salir a ‘ligar’, que era lo propio en nuestros años. Una salía de fiesta con amigas y era rara la noche que no se acercaba algún chico preguntando por una de las demás, un valiente que invitaba a copas o un romántico que te confesaba su amor. Y en la mayoría de las ocasiones se quedaban en eso, anécdotas que una comentaba al día siguiente con el grupo en el café. Incluso de algunas de aquellas propuestas, hoy resultan matrimonios con hijos. Ni estaba en uno la voluntad de ofender o faltar, ni en el otro la suspicacia y el recelo de acusar.

En mis años de flirteo he de reconocer que, aunque no me interesase el joven, pocas veces un chico al que le hubiese gustado me hizo sentir mal. Algunos incluso, y pese a mi absoluta falta de interés, me llegaron a halagar. De varias historias guardo recuerdos bonitos que además, en muchos casos, son dignos de contar.

Aunque no me considero especialmente romántica y suelo huir bastante de lo tradicional, recuerdo una noche en Cartagena, cuando yo aún vivía en esta ciudad, en la que se puede decir que conocí a lo que llaman un verdadero ‘Don Juan’. Salimos en grupo, ahora mismo no recuerdo cuantos éramos, pero sí que tengo en mi memoria algunas de las personas presentes y hasta podría describir perfectamente lo que llevaba puesto aquella noche; por entonces podíamos pasar horas frente al armario y al espejo, al 50%, buscando el modelito perfecto. Un vestido rojo vintage de falda plisada, zapatos negros y un abrigo blanco de grandes solapas y botones que esa misma noche acabó con una copa encima e inservible para los restos. Cuando parecía que la fiesta terminaba, un chico con chaqueta estilo militar se acercaba a nosotras, a mí, y entablaba conversación a costa de ciertos autores de filosofía. Inteligente por su parte, ya que siempre me atrajeron los hombres interesantes. Después de un rato de charla amena nos despedimos y cada uno siguió su camino. Pero lo que parecía una historieta más de una larga noche acabó en ramo de flores a la redacción del periódico en la que trabajaba –único dato que el chico conocía de mí –con invitación incluida: ‘Déjame que te invite a cenar’, rezaba la tarjeta. Pese a que soy extremadamente vergonzosa para estas cosas y a que fui la protagonista de las bromas del equipo durante unos días, he de decir que jamás me sentí ofendida ni molesta. Todo lo contrario. Y aunque aquello nunca acabó en romance y no fuimos ni Romeo ni Julieta, yo también me armé de valor y me planté en los grandes almacenes en los que trabajaba para agradecer y reconocer su bonito gesto. Siempre me gustaron las personas valientes que arriesgan y que no tienen miedo a perder.

Y si fueses otro…

 

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Si juzgas mi camino, te presto mis zapatos

 

Esta semana me hacía reflexionar –ya sabéis que yo soy muy tendente a darle trascendencia a todo; muy dramática, teatrera y a veces exagerada en las formas –una frase del escritor, guionista y director de cine Ray Loriga que hace referencia a la capacidad de empatizar que tenemos las personas. “Cuando camino por la calle y veo a alguien, este también puedo ser yo”, comentaba hace unos días tras conocerse que su última novela ‘Rendición’ es el premio Alfaguara 2017. Galardón que, por cierto y para quien no lo sepa, también ha recibido nuestro paisano, caravaqueño y brillante, Luis Leante por su historia “Mira si yo te querré”. Pero apuntes culturales a un lado, lo que yo venía a contaros es que ante tal afirmación mi cabeza comenzaba a funcionar e intentar explicar y entender lo que el literato trataba de transmitir en su revelación. ¿Por qué nos vemos en el otro? ¿Qué hace que las personas nos identifiquemos con unas y con otras no? ¿Hay personas que no tienen reflejo?

Esta claro que la mayoría de los mortales, aunque hay excepciones, somos muy capaces de ponernos en el lugar del otro cuanto éste nos importa, hay sentimientos o algo nos une. Evidentemente si un amigo está sufriendo es casi instintivo que nosotros suframos al mismo tiempo. Lo contrario sería inhumano. También tenemos cierta inclinación a sentirnos próximos a aquellas personas con las que nos identificamos, ya sea por sexo, grupo de edad, nacionalidad, estilos de vida… Una madre podrá fácilmente ponerse en la piel de otra, y un adolescente entenderá el momento que vive su coetáneo. Sin embargo, en este segundo supuesto surgen ya ciertas variables que pueden hacer que nos sintamos más o menos distantes. Tanto es así que, aunque lo normal es que todos sintamos esta empatía –concepto que define esta capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos y que viene del griego empatheia que significa la unión física o emotiva con el que sufre –por nuestros iguales, hay personas completamente desprovistas de esta cualidad incluso ya en este segundo estadio. Son personas sin reflejo, o mejor dicho que sólo reconocen en el suyo. Narcisistas.

Hay otras muchas personas cuya empatía trascienden el ámbito de lo conocido, lo cercando y lo similar para ampliarla y mostrarla con el resto del mundo, bien sea por ética, solidaridad o altruismo. No necesitan de ningún vínculo para sufrir el dolor de los demás. Sin duda aquellos a los que llamamos buenas personas.

Sin embargo, creo que lo que el autor expresaba con su afirmación va mucho allá. Los tres estadios descritos anteriormente no hacen justicia a la profundidad de sentirse el otro que reflejaba la frase original de Loriga y con la que cada vez me siento más cómoda e identificada. Su concepción y convicción absoluta de que no sólo hoy es quien es por caprichos del azar o del destino; sino que mañana puede ser otro. Otro con otros sufrimientos. ¿Y si mañana fueses otro?

Porque qué has hecho tú para ser quien eres.

Situaciones embarazosas

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Contando mis vergüenzas 😉

 

Todos hemos vivido alguna situación en la que hemos deseado que la tierra nos trague sin dejar rastro alguno, ni recuerdo. Momentos tan ridículos que hasta rememorarlos en tu cabeza te causa vergüenza. Este tipo de aprietos no hace distinción de personas, aunque es verdad que los torpes y despistados tenemos más posibilidades de sufrirlos. Es más, en estos casos, la preocupación y el nerviosísimo por no protagonizarlos es directamente proporcional a las probabilidades de hacerlo. Y por supuesto, la Ley de Murphy es el principio fundamental que rige estos supuestos: “Si algo puede ocurrir, ocurrirá”; o en su versión más pesimista “si algo puede salir mal, probablemente saldrá”.

Hay situaciones que suelen ser fruto de la propia fortuna, y en estas ocasiones no se puede luchar contra el devenir de los acontecimientos; sin embargo otras lo son del despiste, de la inexperiencia, del nerviosismo o de la más absoluta despreocupación, y éstas afortunadamente sin son evitables. Yo confieso que he tenido de todas pero en su mayoría, en mi caso, han venido provocadas por descuidos tontos y absurdas distracciones. Errores que, algunas veces, marcan las carreras de muchos profesionales. ¿Quién no se acuerda del intencionado o no despiste de Sabrina con su delantera en un programa de televisión en la Nochevieja del 87? O del “¡Viva Honduras!” de Federico Trillo con las Tropas de El Salvador. ¿Y qué hay de los varios ‘gazapos’ de Rajoy? “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles” o “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. En su defensa diré que ni mucho menos es el único que se equivoca, que lo hacen de todos los partidos y todos los colores, pero por su cargo se ve más. Además, apuntaré que estos lapsus son consecuencia única y exclusivamente del nerviosismo y de como este puede jugarte una mala pasada. Que se lo digan a Faye Dunaway en la pasada cita con los premios del cine, sin embargo en este caso fue Warren Beatty quien se la jugó.

Yo he tenido muchas de éstas, quizás no tan trascendentales dada la irrelevancia de mis movimientos así en general, pero tremendamente ridículas. Recuerdo una ocasión cuando en las fiestas de mi pueblo, con miles de personas congregadas en un mismo lugar –en este caso era el Castillo de la Vera Cruz de Caravaca donde el 2 de Mayo finaliza la carrera de Los Caballos del Vino -, el palo de un cohete vino a impactar directamente en mi cabeza y el golpe me sentó de culo ante la extrañeza de los que se encontraban a mi alrededor. La situación, independientemente del daño y la consecuente cicatriz, fue muy cómica. ¿Qué posibilidades hay de que esto te ocurra? Bien, pues desde entonces vivo obsesionada con que el incidente se pueda repetir. Por supuesto también he tenido las situaciones más típicas: tropezones, golpes de tos durante una alocución pública, papeles higiénicos que se adhieren a tu zapato en el momento más señalado, botones o cremalleras que se abren y/o rompen dejando ver las vergüenzas, tacones que se pierden en el camino, mensajes que envías a otra persona por error…

La más reciente me ocurrió cuando acudía a la oficina de Correos de Murcia, en la Plaza Circular, a recoger un paquete. Tras hacerme con el mismo y aprovechando los estupendos cristales espejo que han puesto como paredes, iba mirándome disimuladamente de reojo para no llamar la atención en los mismos y así contemplar lo estupenda que me había vestido para la ocasión. Si ya da vergüenza que te sorprendan repasándote en los espejos, imaginen cuando por no mirar donde uno debe te llevas por delante, con tremendo estruendo, una de las barreras detectoras para evitar robos que habían instalado en las remodeladas instalaciones. Unos se asustaron, otros se rieron y hubo quien incluso se preocupó de venir a ver si me encontraba bien.

Salí de allí lo más rápido que puede y fue tal la vergüenza que de momento no he vuelto a pedir nada.

Se acaba el amor… ¿de tanto usarlo?

IMG_2392Con motivo de San Valentín –hace ya unas semanas –discutía con unas compañeras si el amor cambia o no con el paso del tiempo. Es una realidad que el nerviosismo y la ansiedad de los primeros días no se viven tras varios años. Pensándolo bien, tampoco sería saludable. Sin embargo, me negaba a aceptar que la rutina, el día a día y la convivencia devastasen determinados comportamientos en una relación. Y me vengo preguntando, desde entonces, si será verdad aquello de ‘se nos acabó el amor de tanto usarlo’ que cantaba ‘La Jurado’.

El hecho que desataba el debate resultó ser un comentario sobre los regalos que habíamos recibido por Navidad de parte de nuestros respectivos. En mi caso, con sólo unos pocos años de relación –tengo que decir además que es una persona tremendamente generosa –me sorprendía con una batería de regalos que yo catalogaría en el epígrafe de caprichos; artículos que por su precio o por no ser de necesidad no sueles comprarte tú pero que te mueres por tener. En el caso de la compañera que suma ya más de diez años de matrimonio y dos hijos relataba que ella recibió el regalo que quería pero que acompañó a su marido a comprarlo. Por último, la más experta, confesaba que ella no había tenido regalo de Navidad. Es evidente que hay una clara diferencia, pero podría ser anecdótica.

Otro de los aspectos en los que dicen que se nota este paso del tiempo es en la conversación. Al principio te lo cuentas y te lo preguntas todo, lo que has hecho en el trabajo, con quién has hablado, cómo te has sentido, cómo te ha ido el día… Incluso hay veces que no puedes esperar a llegar a casa para compartirlo y lo haces vía whatsapp, manteniendo un contacto casi constante con tu pareja. Con los años y los hijos, en el caso de tenerlos, los diálogos se restringen a las necesidades y anécdotas con los pequeños o a los requerimientos de la casa. Después de toda una vida juntos, tal y como la propietaria de la cafetería donde habitualmente desayunamos nos contaba, con su gracia particular, las conversaciones se limitan a:

  • ¿Qué hay de comer?
  • ¿Qué hay de cenar?
  • ¡Vámonos a la cama!

El móvil también es un chivato. Me preguntaba una amiga si yo a él le mandaba besos y corazoncitos. ¡Evidentemente! Le contestaba. Además, a diario le escribo para darle los buenos días y avisar cuando he llegado al trabajo, ahorrándole así la preocupación y desasosiego por saber si ha ocurrido algo. Con el tiempo, según cuentan, empiezas a pensar que si ocurre algo al final se enterará. El fondo de pantalla también está directamente relacionado con los años, dependiendo si lo llevas o no lo llevas a él. Y un rasgo inequívoco son los hábitos televisivos. Al principio te da igual lo que ver siempre que sea a su lado. Después, te mantienes en el mismo espacio pero haciendo uso de otros aparatos: Tablet o, en su defecto, móvil. Y el último paso es instalar una pantalla en la cocina o habitación y ampliar la distancia entre ambos.

Está claro que la rutina normaliza ciertas conductas y comportamientos y que el tiempo diluye y apacigua el ímpetu. Pero es importante hacer un pequeño esfuerzo y sorprender, no de forma constante, pero si en su debido momento. Porque se reduce el romanticismo, y quizás el sexo, pero no se acaba el amor ni el entendimiento.

Confidencias entre extraños

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Vosotros siempre seréis mis mejores confidentes. Mi familia. 

Todos necesitamos confesores. Habitualmente estos suelen ser personas de nuestro entorno más cercano: familiares, amigos, compañeros… que soportan estoicamente nuestras quejas, refunfuños y lamentos. Y es que aquí somos especialmente propensos al lloriqueo; aunque también, muy de vez en cuando, son testigos de algún regodeo o alegría. Sin embargo, pese a tener gente de confianza con la que poder compartir nuestros más profundos sentimientos, la tendencia más humana es buscar una fuente, presuntamente, más objetiva. Una fuente desprovista de intereses y que nos pueda dar una visión más limpia y despejada. No es algo que hagamos conscientemente, en la mayoría de los casos es el propio instinto.

La elección de estos ‘confidentes’ va en función de nuestro perfil social. Así, en muchos casos se acude precisamente a la figura del confesor (sacerdote) que escucha los pesares y los más profundos secretos para aportar una perspectiva diferente de los problemas. Aunque en este caso el consuelo viene con penitencia, por lo que hay que ver si compensa. Rivalizando con la iglesia se encuentran los bares, y es que los camareros son auténticos especialistas en el arte de soportar sermones, discursos y argumentaciones en contra de todo y de todos. Estos, por pura supervivencia, han evolucionado en una especie capaz de defender una cosa y la contraria al mismo tiempo con el único objetivo de conseguir dar la razón a todos como a los tontos. En tercer lugar, estarían los peluqueros, una profesión que rivaliza fuertemente con la prensa ya que se enteran de todo sobre todos. Muchos valen más por lo que calla o cuentan, según sean de ‘bocachanclas’, que por lo que cortan y tintan. Tanto es así que hay clientes que acuden semanalmente a por su ración de cotilleo y ya de paso se hacen las mechas.

Sin embargo, yo hace bastante que no me confieso, cuando voy a los bares lo hago con gente y no suelo darle la chapa al camarero, y las peluquerías nunca me han gustado, desconozco de dónde me viene esta animadversión, pero es desde ‘chica’. Por lo tanto, he tenido que buscar mis ‘confesores’ en sectores menos propios para esta actividad. En primer lugar, tendría a mi ‘asesor’ literario. Siempre he sido muy aficionada a la lectura y me encanta pasar horas y horas hojeando libros. Durante un tiempo estuve trabajando en el centro de Murcia, en la Gran Vía, frente a unos grandes almacenes y a mediodía, cuando parábamos para comer, tomaba algo rápido por allí y me iba directa a mi refugio. Tanto iba el cántaro a la fuente que entable cierta amistad con uno de los responsables de la sección de libros, con el que me ponía al día de las novedades literarias y compartía mis críticas e impresiones sobre los ejemplares que leíamos. Nuestras tertulias desembocaron en una relación de cierta confianza que, pese a que ahora ya no trabajo tan cerca ni voy con tanta frecuencia, se mantiene en el tiempo y ahora también por las redes, él sigue mi peripecias y yo veo las fotos de sus gatos.

Creo que ya os he hablado también alguna vez del responsable de la gasolinera donde habitualmente hago el repostaje. Otro de mis lugares de referencia en la ciudad, porque es rara la semana que no paso por allí. En este caso los encuentros son más cortos, pero la peculiaridad del horario, a veces, y la espontaneidad de mi ‘gasolinero’ han propiciado una bonita amistad. Además, como él me lee (cada sábado) luego me cuenta sus impresiones y la opinión que este ‘Café con Moka’ le merece. La semana pasada, incluso, que probé un coche para cambiar el ‘Rayo McQueen’, vehículo me acompaña desde que me sacara el carné y que había pasado por mi madre y mi hermana antes, pasé por allí a que le diera el visto bueno. Yo soy muy agradecida, y si alguien está para las duras… también para las maduras.

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¡Siempre juntas! 

¡Y qué suerte tenerte!

dsc_0472Aún recuerdo cuando cerrábamos bares los fines de semana y llegábamos a casa prácticamente al alba, muertas de hambre y directas a hacernos con las sobras de la cena que quedasen en el frigorífico. Noches en vela que recuperábamos quedándonos en la cama hasta mediodía, cuando tu madre (y la mía) nos despertaba para el arroz, como cada domingo.

¡Y cómo hemos cambiado! Aunque tú sigues sumando noches de centinela atendiendo los llantos y reclamos de tus pequeños. Sólo que éstas ya no se recuperan. Horas que acumulas semana a semana y que, pese a que pasan factura al ánimo y al cuerpo, intentas llevar de la mejor forma con café, ducha y maquillaje. Pero tú nunca has necesitado pintura. Siempre has sido guapa y lo serás siempre. Primero, porque genéticamente tienes a quién parecerte, sólo te faltaron sus ojos azules que sí ha ‘sacado’ tu hija; y porque además tu cara refleja lo que llevas por dentro. Siendo la pequeña supiste ser la mayor en algunos momentos, aunque también tuviste tus cosas de ‘rebelde’. Responsable y exigente, tanto que incluso nos tocó sufrir por eso. Un nueve nunca fue para ti suficiente. Tan mal acostumbraste a nuestros padres que a mí me supuso un constante esfuerzo, y nunca estuve a la altura. Tampoco lo pretendí. Brillante en lo que te propusieses y con la enorme capacidad de atraer y enamorar a la gente. Yo, siempre celosa de tus amigas por no tenerte conmigo lo suficiente. Aunque también tuvimos nuestros momentos. Peleas constantes que acababan cuando yo volvía a buscarte, porque ya sabes que nunca fui rencorosa. A ti te costaba un poquito más desenfadarte. Por no hablar de tu carácter… Vehemente defendiendo tus causas y tus argumentos pero siempre dispuesta a ceder si al final lo veías conveniente.

IMG_2092 (2).jpg¡Y cuánto hemos pasado! Compartiendo miedos constantes que cumplieron sus amenazas. Noches y horas de hospital que tambaleaban nuestro mundo siendo aún muy inocentes, pero que sin duda alguna nos hicieron más fuertes.

 ¡Y cuántos nos reímos! No fuimos niñas de mundo (la primera vez que fuimos a Murcia creo que éramos prácticamente adolescentes) pero en nuestra juventud y sin experiencia salimos a llevárnoslo todo por delante, aún siendo ‘paletas’ de pueblo (en el mejor sentido de la palabra). Aún recuerdo tus primeras anécdotas en la Facultad de Derecho queriendo abonar los préstamos en la biblioteca o asistiendo a clase, entre pijos, con aquel chándal que tus amigas no se pondrían ni para pasear al perro.

¡Y cómo presumió nuestro padre! Siempre soñó con poder darnos una carrera. Que orgulloso y satisfecho se sentía de vernos licenciadas y de saber que valió la pena todo su esfuerzo. Sin embargo, su mayor legado fue aquella forma tan especial de vivir, de pasar por el mundo disfrutando.

¡Y qué suerte tenerte! De pequeñas nos sentábamos en el pasillo a llorar las dos por el castigo de una, la unión siempre nos hizo fuertes.

¡Feliz cumpleaños, hermana!

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