
¿Puede existir algo más chulo que una noche de fiestas de pueblo? No hay mejor plan contra la depresión y el aburrimiento. Además, tenemos la suerte de que cuando llega el verano todo el levante español está de fiesta, por lo que es difícil no pillar al menos un par de días de festejos populares dentro del planning vacacional. Y es que todos tenemos un pueblo de referencia: el de nuestros padres, el de nuestros abuelos, el de veraneo familiar, en el que viven los primos… Y si eres la excepción que confirma la regla, seguro que hay algún pueblo deseando adoptarte, no sufras por eso. El caso es que esas escapadas publerinas tienen todas mucho en común. Sea cual sea el punto de la geografía española que uno elija las verbenas populares son iguales desde San Pedro hasta Badajoz. Hay clásicos que nunca fallan:
- Los churros. ¡Anda que no son socorridos! Son como la tortilla de patatas. Lo mismo te valen para el café de las cuatro de la tarde, que para desayuno, cena o merienda. ¿Mi favorito? El de las seis de la mañana cuando, después de bailar y desfasar toda la noche y antes de irte al primer pasacalles de la jornada, te alegras infinito de ver el puesto abierto para reponer fuerzas y seguir la fiesta.
- Los papelillos colgando de las calles y plazas principales del pueblo con todas las banderas del mundo o, en su defecto, la española reproducida hasta el infinito, son sinónimo inequívoco de verbena.
- Las charangas. ¡Qué me gusta una charanga! Es oír el ritmillo a lo lejos y a uno se le mueve todo el cuerpo, desde los pies a la coronilla sin poder parar hasta bailar el repertorio completo, desde ‘Paquito el Chocolatero’ hasta ‘Mi caballo camina pa´lante’. Y lo mejor, no hay que ser un experto en el baile.
- Hablando de bailar… Y las orquestas de pueblo que lo mismo te tocan el éxito de ese verano, ‘La Bomba’ o la última canción de moda en un inglés ‘profundo’; que te deleitan con los éxitos de ayer y de siempre: ‘Mis manos en tu cintura’, ‘La Colegiala’, ‘Me gustas mucho’ o ‘El Chacacha del tren’; o te cantan todo el repertorio de Sabina.
- Por supuesto, siempre hay un roto para un descosido, y cuando la velada se ambienta aparece la vecina gogó municipal (también está la versión masculina) que parece estar pagada por los ayuntamientos para que no decaiga la fiesta y que lleva lo de la música dentro.
A todo esto hay que sumar los rollitos de verano con el turista o visitante de turno –esto sobre todo en la adolescencia –; las procesiones con los patronos recorriendo el pueblo, que si alguna la ponemos en modo blanco y negro son la viva estampa de la España profunda de Berlanga; y los míticos coches de choque donde casi todos aprendimos a besar y en los que siempre suena Camela.
Yo este verano ya tengo unas cuantas noches de verbena y tú a cuál te apuntas.

Mi verano en el pueblo. Mi familia.











He de confesar que no estoy siguiendo demasiado esta campaña electoral, que pocos defienden y menos aún apoyan, porque de todo se cansa una; aunque otrora -y no descarto que así vuelva a ser- la comunicación política haya sido uno de mis principales intereses. Y es que hubiese sido más razonable, económico, saludable y hasta, probablemente, democrático que un pacto entre partidos hubiese acabado con este ‘desgobierno’. Pero no sufran que no faltaré a mis principios en este artículo hablando de política al uso y mucho menos un viernes de mediados de junio, que los calores en Murcia no perdonan. Pero me apetecía mucho reflexionar en voz alta sobre el nuevo modelo o formato de campaña al que desde hace unos años vamos derivando, en el que más que buscar un presidente de Gobierno parece que hacemos casting para compañero de piso.
Si alguna vez os habéis preguntado por qué elijo o decido escribir, habitualmente, este Café Con Moka sobre asuntos, cuestiones y dilemas no excesivamente transcendentales, por decirlo de algún modo, se debe a que yo misma me reconozco; después de la intensidad de los días que vivimos, del bombardeo de información que recibimos y la densidad de la misma; fan absoluta de lecturas frescas, desenfadadas, triviales e incluso frívolas, que una puede leer sin más implicaciones, complicaciones o consecuencias. Como dice una amiga mía: “A veces necesito 15 días de pronto para desintoxicar” -refiriéndose a la revista- . Sin ir más lejos, hace un par de días, mientras ojeaba Facebook, pues esta red, junto a twitter, se ha convertido casi en mi resumen diario de noticias cuando acaba la jornada, encontré un artículo que intentaba analizar en la visión de varias mujeres lo que a nosotras nos resulta sexy de los hombres. Cual fue mi sorpresa al descubrir que no tenía mucho en común con la mayoría de las cosas que apuntaban mis compañeras. Así que decidí hacer mi propio estudio de mercado a través de whatsapp preguntando a mis amigas y valorando mis propias percepciones.

Dicen que el ejercicio es saludable. Imagino que todo el año. Aunque la mayoría sólo nos acordemos de practicarlo cuando se acerca el verano como parte importante de nuestra casi permanente ‘operación biquini’. También dicen que es adictivo, que engancha. Aunque sinceramente mis adicciones son de otro rollo y requieren muchísimo menos esfuerzo ( 😉 ya sabéis ): café, chocolate negro, coca cola… Todas ellas, curiosamente, ‘instrumentos’ para ponerme las pilas y aguantar el ritmo. Algo que seguramente también se consigue con el deporte, pero es que éste es infinitamente más sacrificado y para mí, por el momento, mucho menos placentero. Sin embargo, y pese a lo que nos cuesta calzarnos las zapatillas, con la llegada del buen tiempo una masa uniforme de ‘fofisanos’ nos apuntamos al gimnasio o salimos a la calle en tropel a practicar el ‘running’, hoy por hoy la forma más económica de realizar una actividad física. ¡O no!




Decía la abuela de una amiga que “ojalá fuese el revés y cuanto uno más comiese más adelgazase”. Jamás había oído esta propuesta que, además de que sería estupenda, viene a resumir el eterno dilema que muchas mujeres (y también algunos hombres) mantenemos anualmente con la báscula cuando llega el calor y empezamos a desnudar nuestros cuerpos a la par que a ser conscientes de aquello que sobra y que coyunturalmente disimulaban ciertas prendas. Truco que aunque no sirve en el caso de que el sobrepeso sea muy obvio, cuando hablamos de cierto ‘descuido’ con un par de kilos o tres es mano de santo. Y si además una tiene cierta gracia para combinar y elegir la ropa, puede obrar milagros.