Noches de desenfreno mañanas de ibuprofeno

IMG_0976La noche acabó con un pequeño ‘paseíto’ por un céntrico parking de la ciudad, plantas para arriba y plantas para abajo, probando suerte para dar con nuestro vehículo:

  • “Está en la segunda planta”.
  • “No. Será en la tercera. No pensaba que hubiésemos subido tanto, pero…”.

En la tercera tampoco tuvimos suerte.

  • “¿Y si es la primera?”

Pregunté yo, que no estuve presente a la llegada, pero intuí que si no daba una solución rápida podríamos estar subiendo pisos hasta el ‘tejado’. Ét voilà’ por fin pudimos poner rumbo a casa, después de que encargado del aparcamiento, nos espetase a la salida: “Os he visto por las cámaras de seguridad en todas las plantas, ¡Eh!”, con una sonrisa de medio lado en el rosto. La verdad que quien conducía en este caso no iba bajo los efectos perniciosos del alcohol, al menos no en exceso. Pero, como diría mi madre, tal era la ‘juguesca’ que llevábamos en el cuerpo que éramos incapaces de encontrar nuestra particular aguja en el pajar.

Este fue el final de la noche, pero el transcurso, como imaginaréis, tampoco deja que desear. No revelaré nombres, porque podría resultar un poco ‘bochornoso’ para algunos protagonistas, pero entre caña y caña, vino y vino, y copa y copa fueron unas cuantas las divertidas anécdotas de pareja de las que fui testigo. Tanto es así, que decidí apuntarlas en la aplicación de notas del teléfono para ir relatando algunas en esta columna de vez en cuando. Y es que justo la noche anterior, uno de los comensales de la cena, había salido de juerga regresando a casa ya entrada la mañana, con lo que durante la velada le tocó encajar algunos reproches maritales propios de estas escenas. Y si lo contemplamos fríamente, y sobre todo si lo vemos desde fuera, porque cuando nos ‘la hacen’ a uno la perspectiva cambia, la visión era bastante cómica.

El afectado en cuestión contaba como había sido una cita casi obligada:

  • “Mi amigo se lo merecía”.

Argumentaba. Amparándose en que atendía a la petición de ‘ayuda’ de un colega que estaba en la ciudad por un par de días y necesitaba compañía. Algo con lo que su mujer también convenía, pero quizás no tanto con las horas… El caso es que ella, se defendía diciendo que no había podido dormir hasta su llegada, pero que aunque así hubiese sido, encima él siempre la despierta.

  • “Y eso que voy de puntillas por toda la casa”.
  • “¿De puntillas por toda la casa? Pero si te oigo desde cuando bajas del taxi, hablando con el conductor, cuando coges el ascensor y, si aún dormía, es imposible no despertarse con el jaleo de llaves que formas en la puerta. Si a eso le sumas las escaleras que son de madera y chirrían y tus ‘escapadas’ de la cama recién acostado para beber agua o comer algo…”.
  • “¡Hombre si te pones así…!”.

En defensa propia, la afectada, recordaba como en una de esas visitas a la cocina (con toda la habitación a oscuras) oye como se levanta y con las dos manos al frente busca a tientas la puerta, con la mala fortuna que es con el armario empotrado con el que se encuentra, y entendiendo que esa era la salida comienza su batalla con las puertas del mismo intentando salir del dormitorio… Todo esto, claro, ante la atenta mirada de la mujer que contempla la escena desde la cama.

  • “Así lo dejé un buen rato, hasta que di la luz para que pudiera salir”.

Y es que, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra –aunque reconozco que en mi casa, el trasto soy yo –. Ahora también imaginaréis como amanecimos todos…

De solteras y casadas

IMG_5430Todos hemos tenido alguna amiga con el pelo rizado que siempre ha querido tenerlo liso. O una con el pelo lacio cuyo deseo era tenerlo ondulado. Pues todo en la vida es eso: el alto quiere ser más bajo, y el bajito daría lo que fuera por unos centímetros más; los morenos quieren ser rubios, y los claritos, más oscuros; las chicas con poco pecho quieren más delantera, y las que tienen en abundancia envidian a las planitas. El caso es que, nunca estamos contentos con lo que tenemos. Parece ir ‘de serie’ en el género humano.

En la situación concreta de las mujeres, porque es lo que soy, y puedo hablar con más criterio –aunque a través de las experiencias, comentarios y confidencias de mis amigos del género masculino, creo que podría estar también acreditada para teorizar sobre lo que les ocurre a ellos –en los grupos de féminas siempre hay dos bandos que se codician, ansiando y aspirando las condiciones del contrario, unas veces de forma evidente y otras un poco más velada: las solteras y las casadas. Nos posicionamos unas frente a otras como si nuestra condición fuese completamente antagónica, cuando no es más que una característica más de nuestras vidas. Tal puede ser la rivalidad entre ambas que en ausencia de las solteras, las casadas critiquen la vida alegre de éstas, cuando es más envidia que reproche. Y si son las ‘singles’ las que cuchichean desprecian la rutina aburrida y monótona de las otras, cuando añoran el ‘calor del hogar’ de las primeras. ¡Qué equivocadas estamos todas! Tanto la soltería como la vida en pareja tienen cosas fantásticas y otras que no lo son tanto, lo importante es aprender a vivir con lo bueno y lo malo de nuestro estado civil.

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En el caso de las singles podríamos apuntar en la lista de ventajas:

  1. No tienen que ‘ajustar’ horarios con nadie para hacer planes de fin de semana o vacaciones. Su decisión es la única que cuenta. Y su palabra, la última.
  2. Tienen acceso a un amplío mercado masculino que a las que tienen pareja le está vetado.
  3. En su vida, no existe la suegra.
  4. El mando, es suyo. Se ahorran la discusión nocturna sobre qué ver en televisión: series o fútbol.
  5. No saben si es temporada de Liga, Champions o Copa del Rey. En sus vidas, el fútbol no existe.

Pero también tienen sus contras:

  1. Nadie te lleva el desayuno a la cama.
  2. No puedes echar la culpa al otro. Ni pagar el cabreo del trabajo con nadie.
  3. ¿Quién baja la basura?
  4. Tienes que avisar a la vecina para que te ayude con la cremallera.
  5. Te toca aprender a hacer agujeros en la pared, desatascar las tuberías y ponerle agua y líquido parabrisas al coche.

IMG_3408En cuanto a las casadas, los pros:

  1. En invierno es genial cuando alguien te calienta las sábanas.
  2. Cocinar para dos siempre es mejor que hacerlo para uno.
  3. Puedes mandar a alguien a hacer tus recados, cuando no tienes ganas de salir de casa.
  4. Tienes un estilista en casa que te ayuda a elegir modelito, siempre que tenga algo de gusto.
  5. Mejora la economía al compartir gastos.

Y las desventajas:

  1. Todas las decisiones tienen que someterse a votación, criterio y valoración de todas las partes, con lo que resulta agotador elegir.
  2. Las sesiones de control de la ‘oposición’.
  3. Tener que ir al baño con la puerta cerrada.
  4. Aguantar los pies fríos de tu marido en pleno invierno.
  5. Bajar la tapa cada vez que vas al aseo…

Como veis, el que no se consuela es porque no quiere.

Hacerse mayor

77086_463280988913_7998050_nEn la vida de las persona hay síntomas inequívocos de que nos vamos haciendo mayores. Por mucho Síndrome de Peter Pan que tengamos hay gestos, comentarios, anécdotas y, por supuesto, características mucho más visibles y notorias físicamente que evidencian el paso del tiempo. Y luchar contra esto es una empresa un tanto quijotesca que erosiona y no compensa, como pelear con molinos de viento. Hay quienes llevan mejor la madurez, asumiendo la nueva situación con naturalidad o, si no queda otra, resignación; y los que oponen tal resistencia que los golpes del tiempo impactan directamente en sus semblantes arrugados, contraídos e incluso fruncidos por la impotencia y el desgaste en la batalla. Tengo que reconocer que me resultan especialmente simpáticas las personas que se resisten a envejecer y continúan llevando una rutina, una agenda social y un look más propio de otras décadas. Sin embargo, bien es verdad que este rejuvenecimiento puede resultar altamente peligroso aplicado a según que ámbitos de la vida. Conozco unos cuantos hígados destrozados por la euforia del ‘forever young’, que cantaba Alphaville.

La primera vez que fui consciente de mi paso de la adolescencia a la madurez coincidió con el momento en el que una dependienta de El Corte Inglés me comunicaba, muy amablemente, que las cremas faciales que venía comprando ya no resultaban eficaces y que los productos ‘antiaging’ que mi piel requería pasaban a costar casi el doble. Una forma muy sutil de llamarme vieja. Y si esta fue la primera –no se crean que hace tanto, que aún apenas paso de la treintena-, después vinieron el resto.

MONICA COLUMPIOHaré un repaso por los diez momentos que marcan para mí al abandono de la pubertad :

  1. Cuando empiezas a pagar más de 90 euros por un contorno de ojos. Ahí pensé que no sólo mi tez se resentía por la edad, sino también mi bolsillo.
  1. Por supuesto, también está ese momento en el que te das cuenta de que una resaca ya no dura un día, sino que la arrastras de viernes a viernes, pasando por sus diferentes etapas a lo largo de la semana: ‘Uy, todo me da vueltas’, ‘Ya no bebo más’, ‘¡Señor que mala estoy!, ‘Dos días a base de agua con limón’, ‘¿A trabajar con esta cara?’ y, la última de todas, ‘Parece que estoy mejor ¿qué plan tenemos?’
  1. La versión más avanzada de lo anterior, cuando uno ya se da cuenta que no puede vivir como un personaje de Walking Dead semana tras semana es: “Yo es que prefiero salir de cañas a mediodía”, con la excusa de que “tenemos más tiempo”. Mentira, es que las noches ya te quedan grandes.
  1. Los dilatados ‘Uuuuuyyyyy’ que salen de forma involuntaria cuando te agachas e intentas volver a incorporarte.
  1. La repentina preocupación por la información meteorológica e incluso las conversaciones sobre el tiempo con las amigas. ¿Cuándo antes te había importado si llovía o no para pegarte una fiesta?
  1. Cuando dejas de cenar ‘fuerte’ porque luego no duermes.
  1. Sin duda, despertarse antes de las nueve de la mañana también en fin de semana. ¿Qué queda de esos domingos en los que tu madre te levantaba de la cama para comer en familia?
  1. El día que sales de compras y vuelves a casa con un juego de sábanas nuevo, un exprimidor y un par de tupperwares.
  1. Cuando en tu colección de revistas y literatura incluyes unos cuantos libros de recetas de cocina y alguno de remedios caseros.
  1. Cuando recuperas un vestido de tu armario y piensas… ¡Uy esto es demasiado corto para mi ya! La versión masculina sería el polo demasiado estrecho. 150342_463284118913_5358632_n

Y es que, citando a Quevedo, “todos deseamos llegar a viejos, y todo negamos que hayamos llegado”.

¿Y qué puedo hacer yo?

CRISIS REFUGIADOS SIRIAHay noches en las que piensas que no habrá nada que te devuelva el consuelo, nada que te reconforte. El pasado miércoles todo apuntaba a que me iría a la cama como una gran parte de los españoles, con la dolorosísima imagen de un niño pequeño ahogado en una playa griega cuando intentaba llegar a Europa en mi retina y en mi cabeza, pero sobre todo en mi conciencia y en mi corazón. Periódicos, informativos, redes sociales.. la instantánea se convertía en el símbolo de la crisis Siria y de la dramática situación que viven miles de refugiados.

Como saben, y si no lo saben ya se lo digo yo, suelo utilizar un tono bastante divertido y ameno en mis artículos y acostumbro a hablar de asuntos distraídos e incluso, en algunos casos, frívolos y triviales. ¡Bastante tiene uno con lo que tiene! Por lo que en este ‘Café con Moka’ lo que intento, cada semana, es hacer pasar un buen rato, sin más. Sin embargo, mi ánimo no está para dicha empresa en esta ocasión. Como es lógico, uno no puede permanecer incorruptible ante este acontecimiento y, además, no concibo que pueda ser de otro modo.

Mucho se ha especulado y discurrido en las últimas horas sobre lo acertado o no de publicar la trágica instantánea, incluso sobre la legalidad o no de la misma al poder estar vulnerando los derechos de un menor. Se habla del morbo y el amarillismo de la prensa contemporánea pero, y aunque no suelo comprometer mis opiniones de forma tan pública y notoria, me van a permitir que en esta ocasión apele a la necesidad de mostrar al mundo lo que ocurre, con todas sus consecuencias. Por supuesto, no es cómodo, ni mucho menos fácil, contemplar estos dramas humanos y continuar con tu vida y quehaceres ordinarios, pero esta contrariedad no puede impedirnos conocer la realidad. ¿Cuántos niños han muerto en el mar intentando alcanzar el sueño de Europa? ¿Cuántos titulares hemos leído con cifras de fallecidos que se cuentan por decenas y centenas? Sin embargo, parecemos no saber leer o, lo que es peor, tratamos esta información como lo que vemos, meros números, sin atender a que detrás de cada cifra, de cada unidad, hay una vida frustrada. Por eso, porque somos como el apóstol Tomás “si no meto mis dedos en los agujeros de sus clavos y no meto mi mano en la herida de su costado, no creeré” –no puede haber ejemplo más gráfico –desgraciadamente, pues ojalá fuera de otro modo: “Dichosos los que creen sin ver”, muchas veces nosotros también necesitamos ver.

Una sola imagen ha conseguido remover las conciencias aletargadas de la población que miles de titulares no han alcanzado a despertar. Creo firmemente en la necesidad del trabajo que realizan hoy día los fotoperiodistas porque son capaces de representar como nadie más la realidad. Son, para mí, los principales valedores de la palabra Periodismo en su sentido más noble.

Sin embargo, como adelantaba al comienzo, otra imagen conseguía restituir parte del ánimo perdido: una fotografía que alguien (José Pérez) compartía en su muro de Facebook con decenas de ciudadanos austriacos que voluntaria y espontáneamente se daban cita y hacían cola en una estación, en un anden, esperando la llegada de los trenes con refugiados sirios para ofrecerles vivieres. ¡No todo está perdido! El ser humano es capaz de cometer las peores atrocidades que ni siquiera uno pueda imaginar, y la historia está cargada de ejemplos, pero es verdad que esta misma especie está preparada para emprender los más maravillosos logros consiguiendo unirse y colaborar por el bien propio, el común y, también, el ajeno. Lo importante, en estos casos, es dejar atrás la queja y el lamento, preguntarse qué puede hacer uno y sumarse a los que seguro también se lo han preguntado. Aquí en Murcia también ha nacido una iniciativa popular para pedir al Gobierno de la Región que acoja refugiados sirios y sólo tienes que firmar:

AQUÍ 

Y aunque muchas veces y por distintos motivos me pregunto, en qué país vivimos, esta vez a los gobiernos, a los políticos y a los partidos sólo les voy a pedir un poco más de humanidad en sus programas.

Esas primeras veces

543040_10151246163593914_798992394_nDicen que para todo siempre hay una primera vez. Algo que resulta extremadamente obvio. Lo que también es verdad es que una primera vez nunca se olvida, ya sea por bueno o por malo, y que éstas nunca son fáciles, porque a la excitación del momento se suman los nervios y la inseguridad del que nunca lo ha ‘hecho’ aún. Una primera vez es la experiencia inaugural que tendrás sobre algo, los primeros pasos que das en una dirección y los aprendizajes iniciales en determinadas materias que te marcan para toda una vida. Esas primeras veces son las que van forjando nuestro carácter y personalidad… lo que somos y seremos.

Hay primeras veces increíbles que marcan hitos en la vida de las personas. ¿Quién no se acuerda de su primer coche? Por muy trasto que fuese. Siempre de segunda mano, por supuesto, y lleno de ‘colegas’. Un primer coche no envejece en la memoria, y uno siempre lo recuerda en sus mejores momentos, antes de los toques, los arañazos y de más contratiempos. Además, por muy retro que fuese el modelo, siempre será un coche ‘chulo’. Y estoy segura que muchos de vosotros pagaríais más de su valor, en estos momentos, por poder tener ese primer vehículo de nuevo, aunque fuese como recuerdo. Lo dice una que aún lo conduce. También es verdad que yo fui de las tardías en sacarme el carné y éste no lleva tantísimos años conmigo como podríais imaginar.

En Jaén, el verano del 2006 y en un periódico regional. Ese fue mi primer trabajo. Experiencia que uno tampoco puede olvidar por muchos puestos y empresas que puedan venir después. Reconozco que aún recuerdo el nombre de todos y cada uno de los compañeros de redacción, y eso que soy bastante mala para esas cosas, y por supuesto recuerdo el primer día que me tocó ‘hacer calle’ –como decimos en nuestra jerga –cubriendo un festival flamenco de la zona, el de Pegalajar. Estaba tan nerviosa que hasta perdí la chaqueta que llevaba por si refrescaba (¿en Jaén y en Agosto?). Curiosamente esta experiencia en tierras andaluzas coincidió con otra primera vez no tan gratificante, la primera vez que uno decide que no volverá a beber nunca más. Por desgracia, además, decidí compartir el momento con mi jefe, menos mal que éste resultó ser prácticamente un santo. A todo esto hay que sumarle mi alergia al olivo… ¡Cómo olvidar aquel verano!

¿Y qué me dicen del primer sueldo? La primera vez que uno mira su cartilla y ve el ingreso de su primera nómina se cree poco menos que millonario, y eso que en aquellos momentos yo no llegaba, ni mucho menos, a mileurista. También hay primeras veces que se producen de forma simultánea. La primera vez que uno vive solo, cocina –por lo general un plato de pasta o unos lomos con patatas fritas y olvidando siempre ponerle sal –y pone una lavadora –con todas sus consecuencias: jerséis que encogen, prendas que cambian su color, etc. –suelen ir de la mano en el tiempo. Y otras que se repiten, por suerte, cada año como el primer día de vacaciones o de colegio, en el caso de los que seáis padres.

Por su puesto, también están las primeras veces más románticas: el primer beso, el primer amor, la primera escapada… o la primera vez que pillas a tu pareja en el baño con la puerta abierta. ¡Se acabó el romanticismo! Y aquellas primeras veces que forman parte de un proyecto vital: el primer embarazo, el primer hijo o la primera hipoteca.

Y por último esas primeras veces que desearías que no llegarán nunca: la primera cana, arruga o callo, el primer desengaño amoroso, la primera vez que necesitas tres días para recuperarte de una resaca, la primera vez que te dicen “señora” y, por supuesto, la primera vez que dices adiós a alguien.

La vida no es más que es una sucesión de primeras veces.

Foto: Mi primera vez en los micros de romMurcia Radio.

Vivir en Pareja I. Reflexiones desde Praga

11800617_10153536702993914_2839146852864480305_nEscribo este artículo en el tren de vuelta de mis vacaciones, pues son siete horas de viaje las que tengo por delante y, como imaginarán por alguno de mis artículos anteriores, si hay algo que no me gusta es perder el tiempo, o tener la sensación de estar haciéndolo, con lo que he elaborado una lista de tareas, que trato de cumplir -si las voces de dos parejas recién atracadas de un crucero por el Mediterráneo durante el que parecen haber acabado con las existencias de ensaimadas de Mallorca y que aún llevan la fiesta en el cuerpo, me lo permiten-. Así, para comenzar, les voy a hablar de Mónica, tocaya mía, que fue nuestra guía en una de las excursiones que realizamos en Praga. Leonesa de nacimiento, lleva bastantes años viviendo en esta ciudad con su familia: esposo, hijos y nietos, y pese al tiempo aún lamenta la falta de sol de este país (República Checa), pero celebra la buena cerveza de la zona, de la que he sido testigo, y la belleza de rincones como el Puente de Carlos, también para mí una de las estampas más bonitas del mundo; por algo he elegido por segunda vez esta ciudad como destino para una escapada. Una mujer de ideas claras, a la que le gusta el mando, como ella misma reconocía: «lo mío es gobernar», refranera y con un don especial para contar las cosas. Es más, con una voz, un tempo y cadencia muy similares a los de la grandísima Rosa María Calaf.

Entre las explicaciones y aclaraciones históricas y culturales del tour aprovechaba para darnos alguna que otra lección aún más interesante si cabe que las propias de su tarea. Lo primero que recordó a la subida del autobús, haciendo uso del refranero local, fue que nunca están tan mal las cosas como para que no puedan ponerse peor, con el objetivo de evitar las quejas de los ‘excursionistas’ por las elevadas temperaturas que, en contra de todo pronóstico y superando hitos  históricos, registraba el país en los últimos días.

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Así, en una no poco pronunciada subida por una de las calles de los principales palacetes de Karlovy Vary, en los que fijaron temporalmente su residencia Chopin, Mozart, Goethe o el zar ruso Pedro ‘El Grande’,entre otros, y haciendo referencia a la gran variedad y gamas de colores con los que estaban enlucidos los mismos: salmón, hueso, azul pastel… Subrayaba la sorprendente incapacidad masculina para reconocer y diferenciar los diversos tonos. «Por las mañanas, y cuando una más prisa tiene siempre temo el momento en el que, mientras acabo mi café rápidamente para salir corriendo y evitar precisamente dicha situación, se escucha esa vocecita que viene desde el fondo del pasillo, del cuarto de baño: ‘¿qué me pongo?’. Como si no tuviéramos suficiente con elegir nuestra indumentaria, tenemos que diseñar también su look del día. Pantalón marrón, camisa de rayas, calcetines en la misma gama y zapatos y cinturón también de este color, respondo yo. Y diez minutos después, aparece por la puerta con camisa verde y pantalón gris. ¡Además de todo, daltónico!».

IMG_0213Las mujeres, que éramos mayoría en el grupo en ese instante, sonreíamos mirando a los respectivos (la mayoría de los cuales venían por detrás ajenos a la conspiración femenina) y diciéndonos a nosotras mismas: «Son todos iguales», con cierto alivio al descubrir aquello de mal de muchos… Y es que está es una de esas pequeñas cosas de la convivencia.

Es curioso, pero cierto, que hay escenas que se repiten jornada tras jornada en muchísimos hogares y que, aunque no hay dos personas iguales, existen patrones de comportamiento que quizás nos ayuden un poco a entendernos los unos a los otros y a convivir, porque si aún así nos cuesta, imagínense que actuásemos todos de forma siempre diferente. ¡Menudo tropel!

Al igual que ocurre con la escena del modelito que comentaba Mónica, la guía, son muchas las situaciones que se reproducen en pareja en cualquier parte del mundo: «El grifoooooo», mientras te duchas y abren el agua o tiran de la cadena provocando que te escaldes la piel o, en el mejor de los casos te congeles. «La luuuuz», cuando vas por la casa apagando interruptores al paso del otro -aunque tengo que reconocer que en mi casa soy yo la que va dejando todo encendido. «Papeeeel», porque el ultimo nunca repone.

Y es que «son como niños», continuaba diciendo, «aquí dicen que las mujeres se casan por tener alguien con quien jugar cuando los hijos se hacen grandes». Y probablemente a los checos no les falte razón, pero qué hay más divertido que vivir jugando…

Periodistas

BDVOO1wCAAEOJ6tNo han sido los primeros y, desgraciadamente, tampoco serán los últimos pero cada vez que ocurre es inevitable sentir un repizco en el corazón. El ejercicio del periodismo, tal y como muchos lo vivimos, es cautivador y fascinante. Tanto es así que incluso te olvidas del tiempo, el dinero, los festivos y las fiestas de guardar. Un periodista lo es 24 horas al día, incluso aunque esté cabreado con la profesión y reniegue de la misma. Cosa que en los últimos tiempos no es muy complicado que ocurra. Entre nosotros el que más y el que menos puede contar batallas de difíciles y desagradables entuertos, pues este oficio tiene esas pequeñas dosis de ‘aventura’ que lo definen y a las que somos completamente adictos. Sin embargo, hay a quienes les va la vida en ello, literalmente. Este año son ya 36 los periodistas asesinados, 71 en 2014, y más de 150 encarcelados en diferentes países de todo el mundo, tal y como se recoger en el informe de Reporteros Sin Fronteras.

Hace unos días, siguiendo mi costumbre de revisar la actualidad a través de las redes sociales nada más despegar el primer ojo y aún en la cama, despertaba con la fatal noticia de la desaparición de tres compañeros españoles (da igual de donde hubieran sido, pero es verdad que el principio de proximidad que se estudia en Periodismo es una realidad) en Siria, uno de los países más arriesgados para ejercer la profesión con un total de 27 secuestros a profesionales de los medios el año pasado. Y como digo, fue inevitable sentir, por unos segundos, el desconsuelo y la aflicción que las familias de los tres jóvenes vienen soportando a lo largo de estos días de falta de información y/o comunicación con ellos.

Nunca como en estos momentos la información es tan preciada y necesaria, y es que soy de las que piensa que la ausencia de información, o incertidumbre, es siempre peor que la ‘mala información’ (en el sentido de malas noticias) porque el corazón, el alma humana, no esta preparada para no saber. Fue este convencimiento el que me empujó, casi en el último momento a decidirme por esta carrera: mi acuciante necesidad de saber y mi falta de resignación ante la incertidumbre. Quizás son motivos demasiado personales, que van más lejos de la formación profesional, pero como ya he dicho, el del periodista no es simplemente un oficio.

Días antes de marcharme a Madrid para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense rellenaba una preinscripción para la UM solicitando, por este orden, las titulaciones de Filología Inglesa, Psicología y Trabajo Social, sin embargo la nota ‘me dio’ y así comenzó mi peripecia de cinco años en la capital. Al principio, todo es nuevo e interesante, pero mi experiencia personal con esta licenciatura fue más de odio que de amor. Poco había del espíritu aventurero que yo buscaba en las tediosas asignaturas troncales y obligatorias que componían el programa docente –con lo que busqué la aventura fuera de la facultad -. Muchas fueron las ocasiones en las que pensé abandonar, incluso adivinaba que podría haber sido feliz ejerciendo cualquier otra profesión y hasta sentirme realizada ya que aunque no soy una mente excepcional, sí que soy de esas personas que tienen cierta habilidad para hacerlo casi todo de forma aceptable. Sin embargo, mi familia no podía permitirse un nuevo comienzo universitario, algo de lo que siempre fui muy consciente.

Con el tiempo, acabas de estudiar y comienza la verdadera aventura: Ejercer. En tres meses que estuve de becaria en Jaén, en pleno verano y con alergia al olivo, aprendí mucho más que en mi periplo de cinco años por la Facultad de Ciencias de la Información. Y de ahí, un trabajo tras otro, unos con mejor fortuna que otros y entre los que nunca podré olvidar mi paso por El Faro… ¡Eso sí que fue un máster! Pero siempre puse mucha pasión.

Por eso, cuando escucho a compañeros y profesionales cuestionar el trabajo de, por ejemplo, estos tres periodistas que ahora mismo viven un presente incierto (por todo aquello que no sabemos), por lo arriesgado y temerario de su misión no puedo más que compadecerme porque son ellos los que viven condenados a ejercer un oficio que no sienten, están faltos de amor. Yo, a ellos (a los tres periodistas -para los que deseo, de verdad y con todas mis fuerzas, el mejor final – y otros profesionales que se encuentran en destinos o circunstancias similares) les envidio profundamente por atreverse a dar rienda suelta a esta pasión.

Publicado en el Diario La Opinión el 24 de Julio 2015

El lobby de las madres que molan

IMG_0037Aún recuerdo cuando lo que de verdad molaba era parecerse a Carrie Bradshaw. Para quien no lo sepa, el personaje principal de la serie de la HBO ‘Sexo en Nueva York’ interpretado por la actriz Sarah Jessica Parker y que marcó a toda una generación de mujeres en su forma de entender las relaciones de pareja. Una escritora de éxito, independiente, atractiva (aunque incomprensiblemente me consta que hay muchos hombres que no piensan así), soltera pero bien relacionada entre la sociedad neoyorquina y adicta a los ‘Cosmopolitans’ y a la moda, que podía destinar el presupuesto de una hipoteca media española a ‘Manolos’ – los zapatos Manolo Blanik salen a razón de mil euros el par, los más económicos -. Una mujer que imponía un nuevo patrón de conducta femenino superando muchos tabús, fundamentalmente sexuales: “Estar soltera solía significar que nadie te quería. Ahora significa que eres guapa, sexy y te tomas tu tiempo para decidir cómo quieres que sea tu vida y junto a quién quieres pasarla” –en sus propias palabras-.

11741681_10205900676648529_894753922_nSin embargo, ahora se lleva algo distinto, que no opuesto. No me entiendan mal. Siempre se ha dicho que las modas son cíclicas y que tras los pitillo vuelven los pantalones de campana, o viceversa. Pero claro, es mucho más fácil deshacerse de varios pares de vaqueros y leggins y renovar el armario, que de todos los principios morales, éticos y sociales que componen una vida.

Y es que lo que mola ahora son las madres. Pero no unas madres como lo fueron la tuya o la mía, madres que además de jóvenes, guapas, profesionales y con cuantos más retoños mejor, mantienen un blog a través del que comparten sus experiencias sobre la lactancia, las bandoleras portabebés o los alimentos prohibidos durante el embarazo. Madres que, como la gran mayoría, se ven obligadas a conciliar la vida familiar con la laboral y que llevan esta reivindicación por bandera. Derecho que, por otro lado, apoyaré siempre, porque imagínense… si a mi me cuesta conciliar un trabajo con otro, no quiero imagina teniendo prole.

Son las madres que molan, un lobby que copa las redes sociales, publica libros y que se rifan las grandes marcas como ‘influencers’. Madres que consiguen vivir de esto, atender a su familia y, además, continúan estando divinas. Por no decir que todas tienen maridos guapísimos, en forma y súper comprometidos con la causa. Adictas a Instagram y las listas de ‘tips’ o recomendaciones. Un grupo de presión, con unos fuertes vínculos, capaces de hacer sentir de menos a aquellas que no tenemos hijos de los que presumir. Esto último puede parecer un poco exagerado, pero lo que si consiguen es hacer parecer que, a veces, las demás (mujeres sin hijos) no molamos, o al menos no tanto como ellas. Su influencia es tal que se imita el nombre de sus hijos, como el caso de Mateo ‘el mayor’ de Isasaweis (en los últimos meses he conocido un montón), se organizan jornadas exclusivamente de ‘madres blogueras’ y hasta se crean clubes privados, como el de las @malasmadres, “nacidas para luchar”, con tienda propia de recuerdos y souvenirs.

Yo, sinceramente, si me lo preguntan, aún no sabría explicarles a ustedes qué es o quién es una MalaMadre. Lo que sí tengo claro es que yo, de madre, quiero ser como Nacho Ruiz y Carolina Parra que construyen aviones, casi a tamaño real, con sus pequeños (y comparten el proceso con nosotros en Facebook). Eso son unos padres que molan, no sé si buenos o malos, pero que molan. Mientras llega ese día intentaré molar ‘también’ sin hijos.

En la primera foto: Mi hermana, mi madre, mi sobrino y yo.

En la segunda foto: Martina y Hugo, hijos de Nacho y Carolina, probando su recién construido aeroplano en sus vacaciones en Isla Plana.

¿De encaje o con muñequitos?

IMG_5776En el universo de las relaciones de pareja, no creo que nadie tenga la verdad absoluta sobre nada, es más, dudo que alguien tenga la verdad absoluta sobre algo. Así de escéptica soy en estos asuntos, porque si algo he aprendido en estos años, que nos son muchos (30), es que no sólo cada pareja es un mundo, sino que tú eres un mundo distinto con cada pareja.

Con esta aclaración por delante, puesto que no quiero erigirme en gurú del amor de ningún tipo, haré una pequeña reflexión sobre uno de los aspectos que más llama mi atención sobre la ‘vida en pareja’ – después de largas conversaciones con amigas, familiares y propias experiencias-.

Es curioso como en muchas ocasiones ocurre que cuando alguien se convierte en compañero, de esos que ves todos los días al acostarte y al despertar, deja de resultar tan gracioso como antes, tan ingenioso, tan divertido, tan interesante e incluso tan atractivo.

Todo empieza cuando el ruidito que hace con la cucharilla de café deja de parecerte un armónico tintineo y se convierte en un ruido infernal, cuando sus pecas de la nariz se convierten en enormes manchas en su rostro o cuando esa forma tan maravillosa de frotarse los pies mientras ‘coge el sueño’ es poco menos que una agresión física a tu persona. ¿Os suena verdad?

En un principio comienzas a ‘coger manía’ a algunos de sus rasgos característicos, la siguiente fase es la de comparación con ‘lo que era’ y por último pasas a establecer estas comparativas con otras personas, y es ahí amigo mío donde uno esta perdido, porque su pareja habitualmente acaba ‘perdiendo’, no en vano dicen que las comparaciones son odiosas.

Pues bien, no creo que en la mayoría de casos éste deje de ser todas esas cosa, es sólo que el ojo humano lo percibe de forma distinta al entender como un ‘inmutable’ y presumiendo que estará ahí de por vida dejamos de preocuparnos por mantener a esa persona a nuestro lado, con lo que restamos importancia sus necesidades, cualidad y hasta capacidades. Sus maravillas y encantos se hacen menos visibles y otras compañías nos resultan más gratas y entretenidas en según que circunstancias. Pero la pregunta real es ¿lo son? Sinceramente dudo que esas otras mantuviesen nuestro interés por mucho tiempo.

A este respecto hay un diálogo, sobre braguitas viejas de algodón o lencería fina, en la película ‘Alta Fidelidad’ –reconozco que el libro está aun en mi lista de pendientes, que aumenta cada día- protagonizada por John Cusack y que recomiendo a todo el mundo, que a mi me resulta muy esclarecedor sobre este asunto. Os dejo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=GoPIgcBHaKA#aid=P-vTlWFgVsM

Y es que un compañero de viaje es mucho más que unas braguitas de encaje o ropa interior con la muñeca de ‘Hello Kity’, que por cierto tan de moda está últimamente en estas prendas íntimas, no me preguntéis por qué.

Las personas, por lo general y en los mejores casos, hacemos ruido al comer, al dormir, usamos ropa interior desgastada y algunos hasta nos mordemos las uñas, aunque yo tengo que confesar que lo estoy dejando.

Publicado el 8 de Marzo de 2014 en Diario La Opinión 

Tardes de piscina

559381_10151884741468914_303886578_nEl pasado fin de semana me enfrentaba a uno de los momentos más terribles de la temporada estival: la primera vez que luces el traje de baño tras el ‘largo’ invierno. Da igual el tiempo que lleves haciendo la ‘operación bikini’, los kilos de lechuga ingeridos o las horas de gimnasio entre pecho y espalda, la inseguridad es directamente proporcional a los centímetros de destape de dicha prenda. Además, para más inri, lo hacía en mi pueblo natal, lugar en el que no me dejaba ver de esa guisa desde hace bastantes años y donde, como es habitual en las localidades pequeñas, todos nos conocemos, lo que incrementa el interés de los lugareños y lugareñas en el espectáculo. Y el tiempo nunca perdona.

El caso es que después de probarme varios modelitos, me decidí por el que menos cacha enseñaba, para hacer el proceso más progresivo y porque no se qué regla sociológica no escrita del manual de las madres, pero que cala de forma más que efectiva en las hijas, recomienda siempre los más atrevidos para la playa y los castos para la piscina. Sorprendentemente y dejando de lado el tono ‘blanco nuclear’ de mi piel, se puede decir, y no es modestia, que superaba la prueba con más nota de la esperada. Con nuestros cuerpos en bañador pasa igual que cuando uno escucha su voz grabada por primera vez, siempre afirma: “no parece la mía”, cuando lo que realmente ocurre es que no queremos reconocerla. Pues lo mismo con nuestro look en biquini. Pero si eres capaz de mantener la exposición a la misma más de 10 minutos, al final te convence.

10511250_10152677995743914_7298663048096345208_nUna vez en la piscina, comienzas con el protocolo de selección de sol o sombra –nosotras siempre sol para ponernos morenas y ellos, lo contrario, no sé si será simplemente por joder o no –y ubicación del kit de baño: toalla, cremas, zapatillas, revistas, reproductor de música… aunque últimamente gracias a dios y a los móviles de última generación éste se ha reducido considerablemente. Seguidamente, lo que más apetece es un baño para refrescarse pero, y aunque yo entiendo todas las razones de higiene y sanitarias que puedan esgrimirse en favor de esta medida, odio la obligatoriedad de las duchas previas. Señor socorrista, yo soy una chica muy limpia y aseada y no entiendo por qué tengo que pasar por semejante trance de agua completamente congelada, cabeza incluida, antes de mi relajante baño. Antes, si tenías suerte y burlabas la mirada del vigilante podías ahorrarte este paso, pero ahora en mi pueblo han instalado unos dispositivos en las entradas a la piscina que detectan el movimiento y se encienden de forma automática cuando pasas por debajo, con lo que es imposible escapar. Esto en la playa no te ocurre.

Por eso, cuando a mí me preguntan si soy más de playa o de piscina, pues me lo tengo que pensar, porque además de todo lo anterior, bien es sabido que el bronceado de playa gana por goleada al de piscina ; que el agua del mar, según la ‘mamipedia’, es como el paracetamol, buena para todo; y que ésta además se renueva constantemente. Sin embargo, en la piscina, ligar es sólo cuestión de facilitar o provocar el encontronazo o el intercambio de miradas orilla a orilla, en el mar, de paseos hasta encontrar la víctima perfecta. Si pierdes un arete en la playa puedes olvidarte del mismo, pero en la piscina puede convertirse en un juego divertido hasta ver quién lo encuentra antes. Y que levante la mano quien no se haya zambullido alguna vez en la piscina para quitarse la arena de playa…

Aunque si tengo que decidir, los besos salados saben siempre a verano, y los de cloro… ¡Puaj!