Hacerse mayor

77086_463280988913_7998050_nEn la vida de las persona hay síntomas inequívocos de que nos vamos haciendo mayores. Por mucho Síndrome de Peter Pan que tengamos hay gestos, comentarios, anécdotas y, por supuesto, características mucho más visibles y notorias físicamente que evidencian el paso del tiempo. Y luchar contra esto es una empresa un tanto quijotesca que erosiona y no compensa, como pelear con molinos de viento. Hay quienes llevan mejor la madurez, asumiendo la nueva situación con naturalidad o, si no queda otra, resignación; y los que oponen tal resistencia que los golpes del tiempo impactan directamente en sus semblantes arrugados, contraídos e incluso fruncidos por la impotencia y el desgaste en la batalla. Tengo que reconocer que me resultan especialmente simpáticas las personas que se resisten a envejecer y continúan llevando una rutina, una agenda social y un look más propio de otras décadas. Sin embargo, bien es verdad que este rejuvenecimiento puede resultar altamente peligroso aplicado a según que ámbitos de la vida. Conozco unos cuantos hígados destrozados por la euforia del ‘forever young’, que cantaba Alphaville.

La primera vez que fui consciente de mi paso de la adolescencia a la madurez coincidió con el momento en el que una dependienta de El Corte Inglés me comunicaba, muy amablemente, que las cremas faciales que venía comprando ya no resultaban eficaces y que los productos ‘antiaging’ que mi piel requería pasaban a costar casi el doble. Una forma muy sutil de llamarme vieja. Y si esta fue la primera –no se crean que hace tanto, que aún apenas paso de la treintena-, después vinieron el resto.

MONICA COLUMPIOHaré un repaso por los diez momentos que marcan para mí al abandono de la pubertad :

  1. Cuando empiezas a pagar más de 90 euros por un contorno de ojos. Ahí pensé que no sólo mi tez se resentía por la edad, sino también mi bolsillo.
  1. Por supuesto, también está ese momento en el que te das cuenta de que una resaca ya no dura un día, sino que la arrastras de viernes a viernes, pasando por sus diferentes etapas a lo largo de la semana: ‘Uy, todo me da vueltas’, ‘Ya no bebo más’, ‘¡Señor que mala estoy!, ‘Dos días a base de agua con limón’, ‘¿A trabajar con esta cara?’ y, la última de todas, ‘Parece que estoy mejor ¿qué plan tenemos?’
  1. La versión más avanzada de lo anterior, cuando uno ya se da cuenta que no puede vivir como un personaje de Walking Dead semana tras semana es: “Yo es que prefiero salir de cañas a mediodía”, con la excusa de que “tenemos más tiempo”. Mentira, es que las noches ya te quedan grandes.
  1. Los dilatados ‘Uuuuuyyyyy’ que salen de forma involuntaria cuando te agachas e intentas volver a incorporarte.
  1. La repentina preocupación por la información meteorológica e incluso las conversaciones sobre el tiempo con las amigas. ¿Cuándo antes te había importado si llovía o no para pegarte una fiesta?
  1. Cuando dejas de cenar ‘fuerte’ porque luego no duermes.
  1. Sin duda, despertarse antes de las nueve de la mañana también en fin de semana. ¿Qué queda de esos domingos en los que tu madre te levantaba de la cama para comer en familia?
  1. El día que sales de compras y vuelves a casa con un juego de sábanas nuevo, un exprimidor y un par de tupperwares.
  1. Cuando en tu colección de revistas y literatura incluyes unos cuantos libros de recetas de cocina y alguno de remedios caseros.
  1. Cuando recuperas un vestido de tu armario y piensas… ¡Uy esto es demasiado corto para mi ya! La versión masculina sería el polo demasiado estrecho. 150342_463284118913_5358632_n

Y es que, citando a Quevedo, “todos deseamos llegar a viejos, y todo negamos que hayamos llegado”.

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