Vivir en Pareja I. Reflexiones desde Praga

11800617_10153536702993914_2839146852864480305_nEscribo este artículo en el tren de vuelta de mis vacaciones, pues son siete horas de viaje las que tengo por delante y, como imaginarán por alguno de mis artículos anteriores, si hay algo que no me gusta es perder el tiempo, o tener la sensación de estar haciéndolo, con lo que he elaborado una lista de tareas, que trato de cumplir -si las voces de dos parejas recién atracadas de un crucero por el Mediterráneo durante el que parecen haber acabado con las existencias de ensaimadas de Mallorca y que aún llevan la fiesta en el cuerpo, me lo permiten-. Así, para comenzar, les voy a hablar de Mónica, tocaya mía, que fue nuestra guía en una de las excursiones que realizamos en Praga. Leonesa de nacimiento, lleva bastantes años viviendo en esta ciudad con su familia: esposo, hijos y nietos, y pese al tiempo aún lamenta la falta de sol de este país (República Checa), pero celebra la buena cerveza de la zona, de la que he sido testigo, y la belleza de rincones como el Puente de Carlos, también para mí una de las estampas más bonitas del mundo; por algo he elegido por segunda vez esta ciudad como destino para una escapada. Una mujer de ideas claras, a la que le gusta el mando, como ella misma reconocía: «lo mío es gobernar», refranera y con un don especial para contar las cosas. Es más, con una voz, un tempo y cadencia muy similares a los de la grandísima Rosa María Calaf.

Entre las explicaciones y aclaraciones históricas y culturales del tour aprovechaba para darnos alguna que otra lección aún más interesante si cabe que las propias de su tarea. Lo primero que recordó a la subida del autobús, haciendo uso del refranero local, fue que nunca están tan mal las cosas como para que no puedan ponerse peor, con el objetivo de evitar las quejas de los ‘excursionistas’ por las elevadas temperaturas que, en contra de todo pronóstico y superando hitos  históricos, registraba el país en los últimos días.

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Así, en una no poco pronunciada subida por una de las calles de los principales palacetes de Karlovy Vary, en los que fijaron temporalmente su residencia Chopin, Mozart, Goethe o el zar ruso Pedro ‘El Grande’,entre otros, y haciendo referencia a la gran variedad y gamas de colores con los que estaban enlucidos los mismos: salmón, hueso, azul pastel… Subrayaba la sorprendente incapacidad masculina para reconocer y diferenciar los diversos tonos. «Por las mañanas, y cuando una más prisa tiene siempre temo el momento en el que, mientras acabo mi café rápidamente para salir corriendo y evitar precisamente dicha situación, se escucha esa vocecita que viene desde el fondo del pasillo, del cuarto de baño: ‘¿qué me pongo?’. Como si no tuviéramos suficiente con elegir nuestra indumentaria, tenemos que diseñar también su look del día. Pantalón marrón, camisa de rayas, calcetines en la misma gama y zapatos y cinturón también de este color, respondo yo. Y diez minutos después, aparece por la puerta con camisa verde y pantalón gris. ¡Además de todo, daltónico!».

IMG_0213Las mujeres, que éramos mayoría en el grupo en ese instante, sonreíamos mirando a los respectivos (la mayoría de los cuales venían por detrás ajenos a la conspiración femenina) y diciéndonos a nosotras mismas: «Son todos iguales», con cierto alivio al descubrir aquello de mal de muchos… Y es que está es una de esas pequeñas cosas de la convivencia.

Es curioso, pero cierto, que hay escenas que se repiten jornada tras jornada en muchísimos hogares y que, aunque no hay dos personas iguales, existen patrones de comportamiento que quizás nos ayuden un poco a entendernos los unos a los otros y a convivir, porque si aún así nos cuesta, imagínense que actuásemos todos de forma siempre diferente. ¡Menudo tropel!

Al igual que ocurre con la escena del modelito que comentaba Mónica, la guía, son muchas las situaciones que se reproducen en pareja en cualquier parte del mundo: «El grifoooooo», mientras te duchas y abren el agua o tiran de la cadena provocando que te escaldes la piel o, en el mejor de los casos te congeles. «La luuuuz», cuando vas por la casa apagando interruptores al paso del otro -aunque tengo que reconocer que en mi casa soy yo la que va dejando todo encendido. «Papeeeel», porque el ultimo nunca repone.

Y es que «son como niños», continuaba diciendo, «aquí dicen que las mujeres se casan por tener alguien con quien jugar cuando los hijos se hacen grandes». Y probablemente a los checos no les falte razón, pero qué hay más divertido que vivir jugando…

Periodistas

BDVOO1wCAAEOJ6tNo han sido los primeros y, desgraciadamente, tampoco serán los últimos pero cada vez que ocurre es inevitable sentir un repizco en el corazón. El ejercicio del periodismo, tal y como muchos lo vivimos, es cautivador y fascinante. Tanto es así que incluso te olvidas del tiempo, el dinero, los festivos y las fiestas de guardar. Un periodista lo es 24 horas al día, incluso aunque esté cabreado con la profesión y reniegue de la misma. Cosa que en los últimos tiempos no es muy complicado que ocurra. Entre nosotros el que más y el que menos puede contar batallas de difíciles y desagradables entuertos, pues este oficio tiene esas pequeñas dosis de ‘aventura’ que lo definen y a las que somos completamente adictos. Sin embargo, hay a quienes les va la vida en ello, literalmente. Este año son ya 36 los periodistas asesinados, 71 en 2014, y más de 150 encarcelados en diferentes países de todo el mundo, tal y como se recoger en el informe de Reporteros Sin Fronteras.

Hace unos días, siguiendo mi costumbre de revisar la actualidad a través de las redes sociales nada más despegar el primer ojo y aún en la cama, despertaba con la fatal noticia de la desaparición de tres compañeros españoles (da igual de donde hubieran sido, pero es verdad que el principio de proximidad que se estudia en Periodismo es una realidad) en Siria, uno de los países más arriesgados para ejercer la profesión con un total de 27 secuestros a profesionales de los medios el año pasado. Y como digo, fue inevitable sentir, por unos segundos, el desconsuelo y la aflicción que las familias de los tres jóvenes vienen soportando a lo largo de estos días de falta de información y/o comunicación con ellos.

Nunca como en estos momentos la información es tan preciada y necesaria, y es que soy de las que piensa que la ausencia de información, o incertidumbre, es siempre peor que la ‘mala información’ (en el sentido de malas noticias) porque el corazón, el alma humana, no esta preparada para no saber. Fue este convencimiento el que me empujó, casi en el último momento a decidirme por esta carrera: mi acuciante necesidad de saber y mi falta de resignación ante la incertidumbre. Quizás son motivos demasiado personales, que van más lejos de la formación profesional, pero como ya he dicho, el del periodista no es simplemente un oficio.

Días antes de marcharme a Madrid para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense rellenaba una preinscripción para la UM solicitando, por este orden, las titulaciones de Filología Inglesa, Psicología y Trabajo Social, sin embargo la nota ‘me dio’ y así comenzó mi peripecia de cinco años en la capital. Al principio, todo es nuevo e interesante, pero mi experiencia personal con esta licenciatura fue más de odio que de amor. Poco había del espíritu aventurero que yo buscaba en las tediosas asignaturas troncales y obligatorias que componían el programa docente –con lo que busqué la aventura fuera de la facultad -. Muchas fueron las ocasiones en las que pensé abandonar, incluso adivinaba que podría haber sido feliz ejerciendo cualquier otra profesión y hasta sentirme realizada ya que aunque no soy una mente excepcional, sí que soy de esas personas que tienen cierta habilidad para hacerlo casi todo de forma aceptable. Sin embargo, mi familia no podía permitirse un nuevo comienzo universitario, algo de lo que siempre fui muy consciente.

Con el tiempo, acabas de estudiar y comienza la verdadera aventura: Ejercer. En tres meses que estuve de becaria en Jaén, en pleno verano y con alergia al olivo, aprendí mucho más que en mi periplo de cinco años por la Facultad de Ciencias de la Información. Y de ahí, un trabajo tras otro, unos con mejor fortuna que otros y entre los que nunca podré olvidar mi paso por El Faro… ¡Eso sí que fue un máster! Pero siempre puse mucha pasión.

Por eso, cuando escucho a compañeros y profesionales cuestionar el trabajo de, por ejemplo, estos tres periodistas que ahora mismo viven un presente incierto (por todo aquello que no sabemos), por lo arriesgado y temerario de su misión no puedo más que compadecerme porque son ellos los que viven condenados a ejercer un oficio que no sienten, están faltos de amor. Yo, a ellos (a los tres periodistas -para los que deseo, de verdad y con todas mis fuerzas, el mejor final – y otros profesionales que se encuentran en destinos o circunstancias similares) les envidio profundamente por atreverse a dar rienda suelta a esta pasión.

Publicado en el Diario La Opinión el 24 de Julio 2015

Murcia Más Cerca, y muchísimo más lejos

10492616_10153391287478914_4077530975699170049_nEste año he vuelto a sentir la nostalgia de esos últimos días de cole cuando apretaba el calor y, después de la correspondiente fiesta de fin de curso con la oportuna actuación que pasábamos meses preparando, uno se iba de vacaciones y se despedía de sus compañeros de clase hasta septiembre. En este caso no ha sido en junio sino en julio y no será hasta septiembre sino que a finales de agosto estaremos todos aquí de nuevo para preparar la nueva temporada de romMurcia Radio. Pero el sentimiento ha sido muy similar.

Después de un año vinculada a un proyecto muy enriquecedor, cuando toca despedir –aunque sólo sea un hasta luego –una no puede evitar ponerse un poco tristona. Y es que este año he podido sumar varias de mi pasiones: mi profesión, la radio y viajar.

11693880_10153443633223914_7222024332102344105_nEn octubre, gracias a la colaboración de la Dirección General de Participación Ciudadana, Unión Europa y Acción Exterior y al apoyo de su director general Manuel Pleguezuelo, estrenábamos un programa dedicado a todos aquellos murcianos que lejos de su tierra quieren seguir estando cerca. Así, en 35 programas hemos dado voz a medio centenar de personas que nos han trasladado a todos los puntos del planeta,cada semana, sin salir de los estudios de romMurcia, y han compartido con nosotros su aventura, su experiencia personal. Con ellos hemos reído, hemos llorado, nos hemos divertido y hemos aprendido muchísimo, pero sobre todo hemos hecho buenos amigos y vivido grandes momentos para el recuerdo.

Sería imposible olvidar a Toya, en Colombia, y su emoción al escuchar a sus sobrinas en directo en nuestro estudio; a Miguel Maestre, el chef australiano, que además de reír muchísimo nos cantaba la Parranda por Skype en vivo y en directo; a José Jodar el cooperante que nos relataba la realidad del Ébola desde Mali; a Manoli y Carmen que vivieron un terremoto en Chile al poquito de aterrizar, a Raquel y sus viajes a Murcia con los pequeños… Y a otros murcianos que han llevado el nombre de la Región a todo el mundo a través de sus empresas y productos, como Laura y José Luis de Casa Rojo o Jorge Vera… A todos, a los que menciono y a los que no (sería interminable): ¡Ha sido un auténtico placer viajar con vosotros!

iprograma4Pero, como he dicho al comienzo, esto no sería posible sin la confianza y la ilusión compartida con Manuel que se implicó en este proyecto desde el comienzo y del que hemos aprendido que en poco tiempo se puede hacer mucho ¡Enhorabuena! Por supuesto, también a romMurcia y a sus responsables que han puesto el medio para la realización de este sueño.

Sin embargo, mis últimas palabras (con el permiso de los anteriores) son para mis compañeras de viaje: Inma Mengual (@inmaletas) y María Pérez que en el micrófono contiguo y al otro lado del cristal han sido el alma de este programa. Mi soporte cada semana, mi apoyo y, en gran parte, las responsables de mis risas y sonrisas. ¡Chicas ha sido estupendo viajar con vosotras!

En septiembre… ¡Volvemos a la carretera!

Por cierto, para quien nos quiera escuchar: Murcia Más Cerca 2014-2015

El lobby de las madres que molan

IMG_0037Aún recuerdo cuando lo que de verdad molaba era parecerse a Carrie Bradshaw. Para quien no lo sepa, el personaje principal de la serie de la HBO ‘Sexo en Nueva York’ interpretado por la actriz Sarah Jessica Parker y que marcó a toda una generación de mujeres en su forma de entender las relaciones de pareja. Una escritora de éxito, independiente, atractiva (aunque incomprensiblemente me consta que hay muchos hombres que no piensan así), soltera pero bien relacionada entre la sociedad neoyorquina y adicta a los ‘Cosmopolitans’ y a la moda, que podía destinar el presupuesto de una hipoteca media española a ‘Manolos’ – los zapatos Manolo Blanik salen a razón de mil euros el par, los más económicos -. Una mujer que imponía un nuevo patrón de conducta femenino superando muchos tabús, fundamentalmente sexuales: “Estar soltera solía significar que nadie te quería. Ahora significa que eres guapa, sexy y te tomas tu tiempo para decidir cómo quieres que sea tu vida y junto a quién quieres pasarla” –en sus propias palabras-.

11741681_10205900676648529_894753922_nSin embargo, ahora se lleva algo distinto, que no opuesto. No me entiendan mal. Siempre se ha dicho que las modas son cíclicas y que tras los pitillo vuelven los pantalones de campana, o viceversa. Pero claro, es mucho más fácil deshacerse de varios pares de vaqueros y leggins y renovar el armario, que de todos los principios morales, éticos y sociales que componen una vida.

Y es que lo que mola ahora son las madres. Pero no unas madres como lo fueron la tuya o la mía, madres que además de jóvenes, guapas, profesionales y con cuantos más retoños mejor, mantienen un blog a través del que comparten sus experiencias sobre la lactancia, las bandoleras portabebés o los alimentos prohibidos durante el embarazo. Madres que, como la gran mayoría, se ven obligadas a conciliar la vida familiar con la laboral y que llevan esta reivindicación por bandera. Derecho que, por otro lado, apoyaré siempre, porque imagínense… si a mi me cuesta conciliar un trabajo con otro, no quiero imagina teniendo prole.

Son las madres que molan, un lobby que copa las redes sociales, publica libros y que se rifan las grandes marcas como ‘influencers’. Madres que consiguen vivir de esto, atender a su familia y, además, continúan estando divinas. Por no decir que todas tienen maridos guapísimos, en forma y súper comprometidos con la causa. Adictas a Instagram y las listas de ‘tips’ o recomendaciones. Un grupo de presión, con unos fuertes vínculos, capaces de hacer sentir de menos a aquellas que no tenemos hijos de los que presumir. Esto último puede parecer un poco exagerado, pero lo que si consiguen es hacer parecer que, a veces, las demás (mujeres sin hijos) no molamos, o al menos no tanto como ellas. Su influencia es tal que se imita el nombre de sus hijos, como el caso de Mateo ‘el mayor’ de Isasaweis (en los últimos meses he conocido un montón), se organizan jornadas exclusivamente de ‘madres blogueras’ y hasta se crean clubes privados, como el de las @malasmadres, “nacidas para luchar”, con tienda propia de recuerdos y souvenirs.

Yo, sinceramente, si me lo preguntan, aún no sabría explicarles a ustedes qué es o quién es una MalaMadre. Lo que sí tengo claro es que yo, de madre, quiero ser como Nacho Ruiz y Carolina Parra que construyen aviones, casi a tamaño real, con sus pequeños (y comparten el proceso con nosotros en Facebook). Eso son unos padres que molan, no sé si buenos o malos, pero que molan. Mientras llega ese día intentaré molar ‘también’ sin hijos.

En la primera foto: Mi hermana, mi madre, mi sobrino y yo.

En la segunda foto: Martina y Hugo, hijos de Nacho y Carolina, probando su recién construido aeroplano en sus vacaciones en Isla Plana.

¿De encaje o con muñequitos?

IMG_5776En el universo de las relaciones de pareja, no creo que nadie tenga la verdad absoluta sobre nada, es más, dudo que alguien tenga la verdad absoluta sobre algo. Así de escéptica soy en estos asuntos, porque si algo he aprendido en estos años, que nos son muchos (30), es que no sólo cada pareja es un mundo, sino que tú eres un mundo distinto con cada pareja.

Con esta aclaración por delante, puesto que no quiero erigirme en gurú del amor de ningún tipo, haré una pequeña reflexión sobre uno de los aspectos que más llama mi atención sobre la ‘vida en pareja’ – después de largas conversaciones con amigas, familiares y propias experiencias-.

Es curioso como en muchas ocasiones ocurre que cuando alguien se convierte en compañero, de esos que ves todos los días al acostarte y al despertar, deja de resultar tan gracioso como antes, tan ingenioso, tan divertido, tan interesante e incluso tan atractivo.

Todo empieza cuando el ruidito que hace con la cucharilla de café deja de parecerte un armónico tintineo y se convierte en un ruido infernal, cuando sus pecas de la nariz se convierten en enormes manchas en su rostro o cuando esa forma tan maravillosa de frotarse los pies mientras ‘coge el sueño’ es poco menos que una agresión física a tu persona. ¿Os suena verdad?

En un principio comienzas a ‘coger manía’ a algunos de sus rasgos característicos, la siguiente fase es la de comparación con ‘lo que era’ y por último pasas a establecer estas comparativas con otras personas, y es ahí amigo mío donde uno esta perdido, porque su pareja habitualmente acaba ‘perdiendo’, no en vano dicen que las comparaciones son odiosas.

Pues bien, no creo que en la mayoría de casos éste deje de ser todas esas cosa, es sólo que el ojo humano lo percibe de forma distinta al entender como un ‘inmutable’ y presumiendo que estará ahí de por vida dejamos de preocuparnos por mantener a esa persona a nuestro lado, con lo que restamos importancia sus necesidades, cualidad y hasta capacidades. Sus maravillas y encantos se hacen menos visibles y otras compañías nos resultan más gratas y entretenidas en según que circunstancias. Pero la pregunta real es ¿lo son? Sinceramente dudo que esas otras mantuviesen nuestro interés por mucho tiempo.

A este respecto hay un diálogo, sobre braguitas viejas de algodón o lencería fina, en la película ‘Alta Fidelidad’ –reconozco que el libro está aun en mi lista de pendientes, que aumenta cada día- protagonizada por John Cusack y que recomiendo a todo el mundo, que a mi me resulta muy esclarecedor sobre este asunto. Os dejo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=GoPIgcBHaKA#aid=P-vTlWFgVsM

Y es que un compañero de viaje es mucho más que unas braguitas de encaje o ropa interior con la muñeca de ‘Hello Kity’, que por cierto tan de moda está últimamente en estas prendas íntimas, no me preguntéis por qué.

Las personas, por lo general y en los mejores casos, hacemos ruido al comer, al dormir, usamos ropa interior desgastada y algunos hasta nos mordemos las uñas, aunque yo tengo que confesar que lo estoy dejando.

Publicado el 8 de Marzo de 2014 en Diario La Opinión 

Tardes de piscina

559381_10151884741468914_303886578_nEl pasado fin de semana me enfrentaba a uno de los momentos más terribles de la temporada estival: la primera vez que luces el traje de baño tras el ‘largo’ invierno. Da igual el tiempo que lleves haciendo la ‘operación bikini’, los kilos de lechuga ingeridos o las horas de gimnasio entre pecho y espalda, la inseguridad es directamente proporcional a los centímetros de destape de dicha prenda. Además, para más inri, lo hacía en mi pueblo natal, lugar en el que no me dejaba ver de esa guisa desde hace bastantes años y donde, como es habitual en las localidades pequeñas, todos nos conocemos, lo que incrementa el interés de los lugareños y lugareñas en el espectáculo. Y el tiempo nunca perdona.

El caso es que después de probarme varios modelitos, me decidí por el que menos cacha enseñaba, para hacer el proceso más progresivo y porque no se qué regla sociológica no escrita del manual de las madres, pero que cala de forma más que efectiva en las hijas, recomienda siempre los más atrevidos para la playa y los castos para la piscina. Sorprendentemente y dejando de lado el tono ‘blanco nuclear’ de mi piel, se puede decir, y no es modestia, que superaba la prueba con más nota de la esperada. Con nuestros cuerpos en bañador pasa igual que cuando uno escucha su voz grabada por primera vez, siempre afirma: “no parece la mía”, cuando lo que realmente ocurre es que no queremos reconocerla. Pues lo mismo con nuestro look en biquini. Pero si eres capaz de mantener la exposición a la misma más de 10 minutos, al final te convence.

10511250_10152677995743914_7298663048096345208_nUna vez en la piscina, comienzas con el protocolo de selección de sol o sombra –nosotras siempre sol para ponernos morenas y ellos, lo contrario, no sé si será simplemente por joder o no –y ubicación del kit de baño: toalla, cremas, zapatillas, revistas, reproductor de música… aunque últimamente gracias a dios y a los móviles de última generación éste se ha reducido considerablemente. Seguidamente, lo que más apetece es un baño para refrescarse pero, y aunque yo entiendo todas las razones de higiene y sanitarias que puedan esgrimirse en favor de esta medida, odio la obligatoriedad de las duchas previas. Señor socorrista, yo soy una chica muy limpia y aseada y no entiendo por qué tengo que pasar por semejante trance de agua completamente congelada, cabeza incluida, antes de mi relajante baño. Antes, si tenías suerte y burlabas la mirada del vigilante podías ahorrarte este paso, pero ahora en mi pueblo han instalado unos dispositivos en las entradas a la piscina que detectan el movimiento y se encienden de forma automática cuando pasas por debajo, con lo que es imposible escapar. Esto en la playa no te ocurre.

Por eso, cuando a mí me preguntan si soy más de playa o de piscina, pues me lo tengo que pensar, porque además de todo lo anterior, bien es sabido que el bronceado de playa gana por goleada al de piscina ; que el agua del mar, según la ‘mamipedia’, es como el paracetamol, buena para todo; y que ésta además se renueva constantemente. Sin embargo, en la piscina, ligar es sólo cuestión de facilitar o provocar el encontronazo o el intercambio de miradas orilla a orilla, en el mar, de paseos hasta encontrar la víctima perfecta. Si pierdes un arete en la playa puedes olvidarte del mismo, pero en la piscina puede convertirse en un juego divertido hasta ver quién lo encuentra antes. Y que levante la mano quien no se haya zambullido alguna vez en la piscina para quitarse la arena de playa…

Aunque si tengo que decidir, los besos salados saben siempre a verano, y los de cloro… ¡Puaj!

Complejo de Profesor de Autoescuela

¿Os habéis fijado alguna vez en el alto porcentaje de hombres que para dar marcha atrás abrazan el sillón del copiloto? ¿Es que no saben que hay espejos retrovisores? O peor… ¿no saben para que sirven?

Prefiero perderme a que me dicten el camino. 

IMG_0841Han oído alguna vez aquello de que todos llevamos un entrenador dentro. Seguro que sí. Y es que esta afirmación también valdría para el supuesto de Presidente de Gobierno, por ejemplo, porque cuando la responsabilidad cae sobre otro siempre es más fácil tomar decisiones, ¿verdad?

Yo, que confieso que a mi edad todavía no tengo muy claro qué es un fuera de juego, me he sorprendido en alguna ocasión cuestionando la estrategia del ‘mister’ de turno repitiendo algo que habría escuchado por ahí con tal convicción que parecía haber nacido para esto, cuando realmente de lo único que puedo opinar con cierto criterio es de los estilismos personales de algunos entrenadores de fútbol, por decir algo. Y si esto lo trasladamos al caso masculino, donde se mezcla esta característica marca España de ‘yo lo sé todo’, o al menos ‘sé más que tú’, y su pasión cegadora por este deporte, el resultado es una proliferación de Mourinhos, Guardiolas y Ancelottis como si fueran setas silvestres, que nacen por todas partes, sin control y donde menos te lo esperas. No me digan que no es así.

Sin embargo, en los últimos años he ido descubriendo otra profesión intrínseca al caballero, no se muy bien si es que lo llevan dentro, como en el caso del entrenador, o más bien que padecen cierto complejo, pero aún no he conocido varón que se siente de copiloto en el coche con una mujer y sea capaz de tener la boca cerrada. Quizás les caló bien hondo aquel ‘claim’ de ‘mujer al volante peligro constante’ que, por cierto, desmienten todas las estadísticas sobre conducción, accidentes e infracciones de los últimos años ya que por ejemplo 2 de cada 3 accidentes de noveles son hombres y el 81% de las infracciones sancionadas son masculinas –aunque esto también se puede deber, como comenté hace algún tiempo, al trato de favor de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad con el género femenino, así que es un dato menos fiable-.

Como me señala una amiga hablando de este tema, ‘No podemos conducir por ti’ que dice la DGT, y “yo que me alegro”, que contesta ésta, porque sí a mí también ‘me gusta conducir’. Pero lo que no nos gusta nada es llevar a un copiloto con complejo de profesor de autoescuela a nuestro lado dando indicaciones durante todo el trayecto.

  • Cuidado con el de delante.
  • ¿Has visto al de la derecha?
  • Sí.

De repente, ves su cabecita asomar por el espejo retrovisor o lo ves inclinándose para mirar por los laterales…

  • Sal, que no viene ninguno.
  • Sigue, que tienes prioridad.
  • Acelera un poco que llevas el coche ahogado.
  • Frena que te lo comes…

Y a estas alturas de la conversación es cuando tú ya contestas que tienes ojos en la cara igual que él. Sin embargo, puede ir a peor, y si tras este primer aviso vuelve a insistir…

  • ¿Quieres conducir tú o te callas?

Y es que hacen perder la calma a cualquiera y consiguen que al final conducir se convierta en una actividad de riesgo y acabes dándoles la razón.

Estoy segura que esto no es exclusivo de los hombres, alguna mujer habrá que también padezca tal síndrome, pero yo, sinceramente, aún no me he encontrado ninguna, aunque siempre hay una primera vez. En muchos casos, su mejor defensa es asegurar que están acostumbrados a conducir ellos y que lo hacen instintivamente pero, fíjate tú que cosas, que cuando va otro hombre al volante pierden el instinto.

El caso es que cuando esto lo hace un copiloto que al menos tiene el carné de conducir, irrita, pero ¿y cuando el supuesto instructor no dispone del permiso? Entonces sí que es para bajarlo del coche, como me apuntan Carmen y María Dolores a través de Facebook, y estoy segura que así lo harían éstas.

Estoy segura de que hay muchas cosas de mi conducción que pueden poner nerviosos a mis acompañantes, pero ¿y las cosas que a nosotras nos irritan de ellos? ¿Os habéis fijado alguna vez en el alto porcentaje de hombres que para dar marcha atrás abrazan el sillón del copiloto? ¿Es que no saben que hay espejos retrovisores? O peor… ¿no saben para que sirven?

Pocas cosas en el mundo me pone tan nerviosa como tener sentado junto a mí a un copiloto ‘tomtom’. Y es que prefiero perderme a que me dicten el camino.

¿Por qué lo llaman vacaciones cuando…?

IMG_4544Año tras año me lo repito a mí misma: “Este verano organizo las vacaciones con tiempo”. Pero, cuando alcanzamos los 40 grados de temperatura en Murcia y tras realizar el tedioso cambio de armario, tarea prioritaria por encima de cualquier otra cosa cuando el calor aprieta de esta forma en la ciudad, percibo que, una vez más y en contra de los mandamientos de la mujer organizada que intento cumplir escrupulosamente, mis vacaciones están aún por ‘diseñar’, con todo lo que esto implica.

Para empezar, el no haber sido previsor le condena a uno a adaptarse a lo que quede, tanto en horarios de trayectos como en disponibilidad de hoteles y apartamentos y a pagar más por los mismos vuelos y estancias. Lo que sumado al estrés pre-vacacional por dejarlo todo finalizado en el trabajo concluye en un estado de mala hostia permanente que puede parecer que en vez de irte de vacaciones te toca enfrenarte con el modelo 390 o, lo que es lo mismo, el resumen anual del IVA. Por no hablar de lo utópico que resulta hacer coincidir tus días de asueto con los de tu compañero o compañeros de viaje y los malabares que uno acaba realizando para cuadrar agendas. Y cuando al fin tienes pactados los días… ¿Dónde vamos? Cada uno tiene sus gustos y preferencias, y lo que es peor: su opinión propia, que evidentemente quiere y va a trasladar al resto… Y así uno por uno. Al menos cuando viajas en pareja este proceso no se eterniza tanto, pero por contra en caso de conflicto no hay quien desempate.

Además, los que no tenemos extra, en virtud de nuestro estatus de autónomos, cruzamos los dedos y esperamos que la devolución de Hacienda de este ejercicio dé para pagarse los días de descanso porque de lo contrario… vacaciones al pueblo a la casa de los padres, que tampoco se está tan mal y vas a pensión completa. En mi caso a disfrutar de la piscina municipal y de los encantos y las noches frescas del noroeste.

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Pero cuando la devolución resulta favorable, soy de las que intenta combinar unos días de turismo cultural por Europa con el descanso en algún punto de las costas españolas. En el primer caso, suelo escoger el avión para los desplazamientos, aunque este año por primera vez estoy valorando la opción de un ‘road trip’; en cuanto al segundo, coche siempre y alternando (anualmente) turismo regional y nacional.

En cuanto al lugar de estancia, en mis últimas aventuras he descubierto los apartamentos particulares de alquiler vacacional para estancias de más de dos o tres días. Son residencias que por cualquier motivo se quedan libres durante determinados periodos y sus propietarios los arrendan a fin de sacar un ‘extra’ mientras ellos no hacen uso. Es completamente recomendable para familias con niños, ya que ofrece la practicidad del hogar. También para los que quieren ahorrar un poquito, pudiendo optar por el avituallamiento en el súper y la parada a repostar en boxes.

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Otro inconveniente de las vacaciones es que dependiendo del destino elegido es posible que tengas que volver a rebuscar en mil cajas, después de horas de cambio de armario, para localizar determinadas prendas de invierno a la hora de preparar el equipaje. ¿Y el equipaje? Esa es otra odisea en la que no entraremos porque necesitaríamos seiscientas palabras más.

Los más despistados tienen que sumar además la caducidad del DNI o pasaporte… ¿Quién no se ha dado cuenta días antes de salir de viaje que su documento no estaba en regla? ¡Y sabes que resulta fácil pedir cita en esas fechas! Siempre a contrarreloj y con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas uno consigue salvar también este escollo y aventurarse en sus ansiadas vacaciones.

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Y a la vuelta, dos kilos de más en nuestro haber y numerosas lavadoras y horas de plancha en el horizonte. Amén de tener que aguantar los idílicos álbumes de fotos de nuestros contactos en Facebook presumiendo de destinos paradisiacos… pero, saben una cosa, igual no lo son tanto porque hoy día con un buen filtro se puede conseguir cualquier cosa.

¡Felices Vacaciones!

 

El juego del ‘yo nunca’ o ‘de este agua no beberé’

1185838_10151821381673914_1685346031_nPese a que todos presumimos de no hacerlo y, paradójicamente, suele ser una de las cosas que aseguramos más nos molestan de otra persona, lo cierto y verdad es que todos mentimos. Unos lo hacen en situaciones excepcionales, otros por miedo, por evitar males mayores o por costumbre. El caso es que, además de que todos ‘tenemos’ alguna excusa o justificación para hacerlo, o eso alegamos en nuestra defensa, la mentira es algo que forma parte de nuestro día a día, bien por ser los autores o las víctimas de la misma.

Cuando esta práctica no se convierte en algo enfermizo; momento en el que se requiere la intervención de un especialista; y es sólo consecuencia de situaciones muy puntuales para mí se convierte en un fenómeno realmente interesante de investigar. Hay ocasiones en las que incurrimos en ésta siendo completamente innecesario, no me lo negarán. Entonces, por qué aún así seguimos mintiendo.

La respuesta a esta cuestión sería asunto a tratar por un especialista, algo a lo que jamás me atrevería a jugar, pero sí voy a hablar de aquellas pequeñas mentiras que todos contamos o, simplemente, información que omitimos porque se refiere a aspectos o cuestiones que de una forma u otra están socialmente mal vistas y nos cuesta reconocer, resultando realmente absurdos y ridículos en muchos casos, pero quién esté libre de pecado que tire la primera piedra.

No se si alguna vez habéis jugado al “Yo nunca”. Bien es verdad que es una práctica mucho más típica en los adolescentes, pero todos hemos sido jóvenes alguna vez. Para aquellos a los que le falle la memoria o no hayan tenido el gusto, hago un breve resumen. Se trata de un juego que se practica entre amigos y en el que por turnos se va completando la frase: “Yo nunca he…” y el que sí haya cometido el ‘pecadito’ que se menciona en el enunciado ‘le toca beber’. ¡Vaya! Había olvidado decir que se juega con bebidas espirituosas. Como he adelantado, cosas de adolescentes. Pero bien visto, puede ser un buen ejercicio de sinceridad con los demás y con uno mismo. La pena es que las confesiones típicas de esta actividad, pese a que suelen ser bastante escandalosas, no son especialmente trascendentales, pero nunca viene mal empezar por algún sitio.

Evidentemente, por aquello de ser coherente con mi tesis, yo empezaría con el yo nunca miento. Algo que, disculpen mi escepticismo, pongo bastante en cuarentena en todos los casos, me incluyo yo la primera. Pero el repertorio da para mucho más. Yo pedía ayuda esta semana en las redes sociales a mis amigos y seguidores para completar algunas posibilidades y estas son algunas de las revelaciones que encontraba en Internet:

Yo nunca me he colado en los metros de ciudades de medio mundo, que me apuntaba mi colega y compañero Nacho Ruiz, muy acorde con su personalidad viajera y refiriéndose según él a “delitos ya prescritos”. En esta línea de pequeñas infracciones se encuentra también el “yo nunca he falsificado entradas para un concierto”, de Javier García, o “yo nunca me he llevado nada de una tienda sin pagar, sobre todo de El Corte Inglés” y es que lo ponen muy fácil… Algo que también puede ser considerado un delito es la confidencia de Carmen Baños “Yo nunca podría soportar a Marhuenda. Lo sé, lo sé… beberé, beberé” o el “Yo nunca aguanto un intermedio sin zapear”, de Antonio.

Lo queramos o no todos nos reconocemos en estas pequeñas cosas: Yo nunca he visto Sálvame, o Gran Hermano, también me vale; yo nunca le he dicho a un amiga que el modelito le sentaba genial cuando realmente le hacía más gorda; yo nunca utilizo el móvil al volante; yo nunca he comido con los dedos, yo nunca he hecho pis en la calle, o la playa, o la piscina; yo nunca he ligado con el ex de una amiga…

Y es que al final todos bebemos. Por algo aquello de: “Nunca digas de este agua no beberé”… bueno agua o lo que sea.

Y a vosotros, ¿por qué os tocaría beber?

Publicado en el diario La Opinión 28 junio 2014

Vacaciones ‘a la española’

IMG_3157A mí en estas fechas con el calor y la crisis pre-vacacional –el estrés, el agobio y las prisas para dejarlo todo terminado –me hablan de vacaciones de verano y me entran los siete males. No puedo más que imaginarme la típica estampa de la familia media española de los ochenta con el coche a reventar de útiles playeros –sombrilla y nevera incluidas –los críos, la suegra y hasta el perro dirección a cualquier punto de la costa, con al menos dos o tres horas de camino, en el mejor de los casos y si no pillan atasco, y el aire acondicionado estropeado. Vamos unas vacaciones al estilo “La gran familia”.

Y es que aunque parezca de película, de ciencia ficción para ser más exactos, estas son las vacaciones que hemos disfrutado muchos en nuestra infancia y adolescencia ¿O es mentira? Toda la familia hacinada en un apartamento de playa de dos estancias durante 15 días, durmiendo en colchonetas –siempre los más jóvenes y rezando para que no se pinchasen –y comiendo por turnos para entrar en las minúsculas cocinas que gastan estas edificaciones. Y si para comer y dormir había que pedir la vez, no os quiero contar, ni vosotros saber, lo que ocurría con el baño… Pero dejando los asuntos más escatológicos de lado, si había una figura que conseguía que todo funcionase y encajase como si de piezas de tetrix se tratase esa era la de ‘la madre’. ¿Vacaciones? Las pobres parecían más bien haber sido condenadas a una quincena de trabajos forzosos: cocinar, comprar, planchar, limpiar, ordenar… y otros tantos verbos acabados en –ar para diez personas mientras los susodichos disfrutaban de jornadas de playa y sol interminables y largos paseos y noches de fiesta pasado el atardecer. Sin embargo, paradójicamente ellas estaban más que satisfechas de poder ver y disfrutar a su familia toda junta, abuelos, hermanos y sobrinos incluidos. Lo que me lleva a pensar que las madres de entonces no son como las de ahora –hago un inciso para especificar que no digo que fueran mejores, sólo diferentes, que nadie se ofenda. -Y es que yo, que aún no soy madre, pero intento ponerme en esa tesitura, al segundo día estaría ‘inflada’ a Orfidal y al borde de un ataque de nervios.

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¿Mi padre? Su misión fundamental era la búsqueda estratégica del sitio para plantar la sombrilla siempre lo más cerca del chiringuito. Y mi abuelo… Aún recuerdo como bajaba a la playa ataviado con sus mejores galas, tirantes, sombrero y bastón incluidos, con su recto porte y su aire aristocrático –siempre pensé que se traía un aire a Camilo José Cela pero en guapo – y pese a la barroca indumentaria jamás lo vi sudar.

Nosotros, los hijos, tampoco lo pasábamos mal… Todo el día jugando y correteando semidesnudos. En mi caso con mi hermana pequeña (aunque tan sólo me lleva 17 meses) y los primos mayores que se encargaban de ‘echarnos un ojo’ mientras nuestros progenitores atendían las labores domésticas. ¿Y los amigos de la playa? Con los que entablabas una relación que creías que duraría para toda la vida… o los amores de verano. ¡Ay los amores de verano! Se desataba poco menos que una tragedia griega cuando las vacaciones llegaban a su fin. Compartiendo direcciones, teléfonos y hasta fotografías intentando luchar contra la distancia y el olvido. Porque, ¿quién de vosotros no se ‘echó’ un ligue madrileño en la adolescencia?. Y es que no sé cómo se las componían, pero siempre había un madrileño guapo en cada playa.

 Estos eran nuestros veranos. En los que, aunque entonces no se hablaba de crisis, las familias hacían un esfuerzo enorme durante el año ahorrando lo justo para, compartiendo gastos y pagando a medias con el resto del linaje, disfrutar de unos días de sol y playa. Y la verdad, no importaban las condiciones, la masificación o los contratiempos… Éramos felices.