“Nuestras maletas maltrechas estaban apiladas en la acera nuevamente; teníamos mucho por recorrer. Pero no importa, el camino es la vida”, que decía el poeta y novelista americano Jack Kerouac. Así nos encontrábamos otra vez, con las maletas listas, sólo que en este caso eran completamente nuevas y compradas al efecto, para continuar un viaje que aún prometía mucho.
Día 1. Destino Praga
Nos levantamos temprano para recoger la habitación, prepara el equipaje y tener tiempo de sobra para desayunar tranquilamente en la cafetería del hotel, puesto que desconocíamos el trayecto que nos esperaba y queríamos tomar fuerzas para lo que nos pudiera deparar. A la hora prevista, el taxi nos esperaba en la puerta para llevarnos hasta la estación de tren de Viena desde la que estábamos a tan sólo cuatro horas (quizás un poquito más) de nuestro destino.
Durante el viaje aprovechamos para disfrutar de un ratito de charla, poniendo en común las experiencias y sensaciones de los últimos días, leímos y repasamos la ruta de las próximas jornadas. Imagino que, pese a que Viena es una ciudad preciosa, en mi rostro era completamente visible el entusiasmo por volver a pisar la que en su momento me pareció la ciudad más bonita del mundo –la visité durante el viaje de estudios del instituto, ya no puedo (o no quiero) recordar ni el tiempo que hace –.
A la llegada pudimos comprobar, con sólo pisar el anden de la estación, que el calor nos seguiría acompañando en nuestra aventura. Lo primero, cambiar dinero, ya que no veníamos con los deberes hechos y, como suele decirse, no llevábamos ni una corona. Y después, rápidamente al hotel, en una carrera que además de cara fue un milagro que no acabara en tragedia, para soltar el equipaje y empezar a disfrutar la ciudad.
El hotel ‘Desing Hotel Neruda’ está ubicado en la preciosa y empinada calle Neruda –por el poeta, pero curiosamente no por Pablo Neruda, sino por Jan Neruda, que inspiró el pseudónimo del escritor chileno –y que, plagada de tiendas de objetos tradicionales, artesanales y suvenires y coquetas cafeterías y restaurantes, tanto de día como de noche es un ir y venir de turistas ya que da acceso a la zona del Castillo, en la que se ubica la Catedral de Praga, entre otros puntos de referencia. Aprovechando la extensa oferta de locales para comer, decidimos quedarnos por la zona y así descansar un ratito. Elegimos una bonita crepería en la que probamos por primera vez la cerveza checa: Pilsner Urquell, que después hemos comprado en Murcia en el Lidl, por ejemplo. El café lo tomaríamos en la Plaza de la Ciudad Vieja, así que pusimos rumbo al Puente de Carlos que nos daría acceso a la zona antigua de Praga.
Al igual que sentí la primera vez que lo vi, el volver a contemplar el Puente de Carlos sobre el río Moldava con sus 30 estatuas y las torres de acceso a ambos lados, dos de ellas en la zona de Malá Strana, y la tercera en el extremo de la Ciudad Vieja, me provocó una indescriptible sensación que solo el arte puede estimular. La estampa es preciosa. Y mirándolo reflexionaba sobre cuantos siglos de historia había visto pasar, y ahí seguía, imperturbable, por muchos años más.
El paseo continuó por la Calle Karlova, repleta de tiendas, bares, cafeterías… una de las vías con más vida de la ciudad, para desembocar en la Plaza de la Ciudad Vieja justo a tiempo para contemplar el cambio de hora en el reloj astronómico medieval instalado en la fachada del Ayuntamiento. En esta zona se encuentran algunas de las fachadas de edificios más bonitos de toda Praga, lo que convierte la plaza en un verdadero espectáculo y en un lugar único en el mundo.
Después de reponer fuerzas, hicimos un pequeño recorrido por el barrio judío esperando que se pusiera el sol para tomar un vino blanco en una terraza a orillas del río y bajo el puente.
Día 2. Paseo por la ciudad balneario Karlovy Vary
El segundo día en Praga teníamos contratada una excursión a la ciudad balneario de Karlovy Vary, conocida por sus fuentes termales y el río Teplá, también de aguas calientes. Durante la ida y la vuelta disfrutamos de las explicaciones de nuestra guía Mónica, una leonesa de armas tomar que vivía en la ciudad junto a su familia y que contaba con un tono y timbre de voz muy similar al de la grandísima Rosa María Calaf, con lo que la ruta fue un auténtico deleite para nosotros conociendo y descubriendo curiosidades y datos históricos sobre la República Checa.
Al llegar nos encontramos con una ciudad casi de cuento, a la que sólo se puede acceder en un pequeño minibús que te recoge en unos aparcamientos a las afueras y te acerca hasta la entrada de la misma, para evitar las perturbaciones y la contaminación que la entrada de vehículos puede suponer. Un espacio sin población autóctona y en el que los edificios son hoteles y sanatorios en su totalidad. Creo que me enamoré de casi todas las fachadas que vi.
La ciudad es conocida por el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary y por los ilustres vecinos que ha tenido a lo largo de la historia, para los que suponía un lugar de relax, descanso y desconexión a la par que aprovechaban las bondades de las termas de la zona: Goethe, Beethoven, Karl Marx, Mark Twain o Bach, entre otros.
En cuanto a las recomendaciones de compras, para todos aquellos que, como a mí, os guste llevaros parte de esos lugares a casa, decir que lo más popular es el licor checo Becherovka, pero eso siempre para los más valientes. En nuestro caso optamos por adquirir alguna pieza de cristal de la fábrica Moser, originaria de la ciudad, llamado cristal de los reyes, por la cantidad de vasos de esta fábrica que se encuentran en muchas familias reales. Es una compañía de cristal de lujo y aunque uno no vaya a comprar nada (los precios son un poco altos), yo recomiendo la visita a la tienda, porque es un auténtico museo. Por supuesto, también compramos algunas cremas realizadas con el agua de las termas que aún no hemos probado, por lo que no puedo recomendar, y tuve la suerte de que José Augusto me regalase unos bonitos pendientes (suelo compara un par en cada viaje) con Granate, una piedra preciosa con propiedades beneficiosas para la salud que se extrae en esta zona del país.
Y, tras una ducha a la vuelta al hotel, cuando pensábamos que el día no podía depararnos nada más, nos regala una fantástica velada junto al río, bajo el Puente de Carlos, en el restaurante Kampa Park, en el que disfrutamos de una estupenda cena con platos increíbles, de los que recomiendo un pulpo con palomitas y puré de patatas, vino blanco de la zona y unas vistas increíbles. ¡Una noche inolvidable!
Día 3. A la ciudad fortaleza.
El último día de nuestra estancia en Praga lo dedicamos a visitar la zona amurallada del Castillo, que parece una pequeña ciudad en si misma, donde se encuentra el propio Castillo, compuesto por diversos edificios o estancias que se extienden más a lo horizontal que a lo vertical, la Catedral de San Vito y el Callejón del Oro, un montón del pequeñas casitas de colores que ahora albergan numerosas tiendas de recuerdos, entre ellas la casa de Kafka, donde compramos algunas novelas del autor y otros regalitos.
Allí pasamos toda la mañana, y tras refrescarnos gracias al agua que lanzaba un pequeño camión a los turistas, repusimos fuerzas con una hamburguesa y un batido de café en una coqueta cafetería y volvimos al hotel a por nuestras maletas para tomar el avión, en esta ocasión con Vueling, destino Barcelona, de nuevo con la sensación de que nos despedíamos de una de las ciudades más bonitas del mundo.






































Comenzaré diciendo que, al contrario de lo que suelo hacer, en esta ocasión hemos probado la experiencia de contratar la organización del viaje a una agencia, ya que íbamos muy justos de tiempo y demasiado cargados de trabajo para poder dedicarle todo el que nos hubiese gustado. Así, desde Viajes Diana, María Dolores fue la encargada de diseñarnos un estupendo recorrido de 10 días por Praga, Viena y Barcelona. Tal era el volumen de tareas pendientes antes de márchanos de vacaciones que aproveché las siete horas de tren de Murcia (ciudad en la que residimos) a Barcelona (desde donde salía nuestro avión) para preparar las rutas, visitas y degustaciones en los lugares de destino, algo que suelo tener preparado con muchísima más antelación. Guía, libreta y iPad en mano disfruté de un estupendo trayecto imaginándonos por las calles de estas tres ciudades.
Nuestro tren salía de Murcia a mediodía así que aprovechamos la mañana para terminar de hacer las maletas, los recados de última hora y preparar el ‘picnic’ para el viaje, la comida en el tren no es especialmente buena pero sí bastante cara. Normalmente suelo dormirme fácilmente en estos trayectos largos, pero esta vez conseguí acabar las tareas que me había impuesto sin dar una sola cabezada. Además, también tuve tiempo para leer un ratito un libro que he vuelto a recuperar este verano ya que en su momento me pareció muy interesante y quería volver a ojearlo: Hablar en público es posible si sabes cómo, de Agustín Rosa. Así, entre relatos y audio guías, ya que descubrimos una página web en la que se podía escuchar gran cantidad de información sobre las ciudades que íbamos a visitar, concluimos la primera escala de nuestro viaje. Llegamos a Barcelona bastante tarde, así que cogimos un taxi directamente al hotel, que teníamos muy cerca del aeropuerto, pues el vuelo salía temprano y no había tiempo que perder. Una vez alllí bajamos a tomar algo a la cafetería mientras compartíamos las últimas expectativas y dudas con un par de cervezas, y a la cama.
¡Y al llegar a Viena… 38 grados de temperatura! Con esto sí que no contábamos. Mi equipaje iba repleto de ropa de manga al codo, sudaderas y pantalones largos. Menos mal que a última hora, y porque sobraba espacio, decidí incluir algunos vestiditos y pantalones cortos. Los ‘por si acaso’ algunas veces se utilizan. Rápidamente fuimos al hotel Lindner Am Belvedere, dejamos el equipaje e hicimos unas cuantas fotos de la bonita habitación y de las vistas (los Palacios Belvedere están justo al lado y se divisaban los preciosos jardines) y nos ‘echamos’ a la calle a ver cosas.



















Como colofón a la noche visitamos el famoso Hotel Sacher y saboreamos la original Sachertorte, inventada ni más ni menos que en 1832. De su sabor qué os voy a contar… si hasta José Augusto que odia las mermeladas (uno de sus ingredientes) quedó fascinado con su sabor y su textura. ¡Hay que probarla al menos una vez en la vida! No me extraña que la propiedad de la misma causase numerosas disputas entre los herederos del Franz Sacher. Una vez más, pero esta vez con los estómagos llenos, ducha y a la cama.
Día 4. Una jornada imperial. Nuestro último día en Viena lo dedicamos a la ruta más imperial de la ciudad, visitando el Palacio de Schönbrunn (el de Francisco José I de Austria y su esposa Sisí Emperatriz), también conocido como Versalles vienés, un verdadero icono del lujo y opulencia real y que no deja indiferente a nadie, fundamentalmente por sus increíbles jardines. Del edificio, que en origen fuera concebido como residencia de caza de los Austrias, lo que me resultó más impactante fueron precisamente estos espacios al aire libre y la espectacular sala de baile. Además, la visita guiada nos permitió descubrir en la figura de Francisco José I anécdotas que no conocíamos y que nos resultaron de gran interés, como su tenacidad y escrupuloso cumplimiento de sus obligaciones con estrictos y completos horarios de trabajo. Es una visita bonita, pero hay que tener en cuenta que entre hacer cola para las entradas, para entrar y el propio recorrido, además del tiempo de relajo por los jardines, se va medio día completo.













Este año he vuelto a sentir la nostalgia de esos últimos días de cole cuando apretaba el calor y, después de la correspondiente fiesta de fin de curso con la oportuna actuación que pasábamos meses preparando, uno se iba de vacaciones y se despedía de sus compañeros de clase hasta septiembre. En este caso no ha sido en junio sino en julio y no será hasta septiembre sino que a finales de agosto estaremos todos aquí de nuevo para preparar la nueva temporada de romMurcia Radio. Pero el sentimiento ha sido muy similar.



