¿Para qué sirve un verano?

No necesitamos más horas en el día; necesitamos más días que no estén gobernados por las horas. Quizá por eso el verano tiene un valor que va mucho más allá del descanso. Nos concede algo que durante meses escasea: tiempo para pensar, para sentir y para decidir si la vida que llevamos sigue pareciéndose a la vida que habíamos imaginado y aquella que queremos construir.

Es por eso que, quizá, su mayor utilidad no sea la de llenar una maleta, sino la de vaciar un poco la cabeza.

Vivimos inmersos en una rutina. La agenda manda, el reloj aprieta y las obligaciones se suceden unas tras otras sin apenas permitirnos levantar la vista. El verano rompe, aunque sea durante unas semanas, esa inercia. Nos obliga a bajar el ritmo, a respirar más despacio y a escucharnos. Sirve para reconectar con uno mismo. Para recordar cuáles son nuestras prioridades, qué sueños hemos ido aplazando y qué cosas nos hacen sentir realmente vivos. Para preguntarnos por lo importante, sin prisas.

También sirve para frenar las obligaciones y redescubrir pasiones olvidadas. Esa afición que siempre dejamos para «cuando tenga tiempo». Ese proyecto personal que lleva meses esperando. Ese libro que duerme en la mesilla desde hace demasiado. Leer sin mirar el reloj, sin calcular cuántas páginas caben antes de dormir, es uno de esos pequeños lujos que solo el verano sabe regalar.

Y está la familia. Porque, entre reuniones, actividades y carreras diarias, el tiempo compartido suele convertirse en una suma de minutos robados. El verano nos recuerda que nuestros hijos no necesitan grandes planes, sino nuestra presencia. Horas de juegos, conversaciones interminables, aprendizajes improvisados, paseos sin destino o simplemente una sobremesa que se alarga porque nadie tiene prisa.

Viajar también recupera su verdadero sentido. No solo porque podamos ir más allá de las veinticuatro horas de un fin de semana, sino porque dejamos de medir el tiempo en productividad. Podemos acostarnos tarde sin el peso del despertador, dormir alguna mañana hasta que el cuerpo decida despertar o regalarnos una siesta cuando los astros se alinean y el calor invita a cerrar los ojos unos minutos más.

Incluso encontramos ese hueco para las tareas que llevamos temporadas posponiendo. Esas que nunca son urgentes, pero siempre acaban esperando al siguiente lunes. El verano también tiene algo de poner orden, por fuera y por dentro.

Tal vez por eso septiembre no debería ser únicamente el mes de volver a la rutina. Debería ser el momento de regresar con el esquema y el organigrama de nuestra vida un poco más claros. Saber qué merece nuestro tiempo y qué puede quedarse atrás. Haber recordado que vivir no consiste solo en cumplir horarios, sino también en disfrutar de los espacios entre ellos.

Porque los veranos no son únicamente unas vacaciones. Son un paréntesis imprescindible para quienes, demasiadas veces, sentimos que vivimos programados. Son un recordatorio de que bajar el ritmo no es perder el tiempo, sino recuperarlo.

Y quizá ese sea el mejor souvenir que podemos traer de vuelta: la certeza de que una vida bien vivida no se mide por todo lo que hacemos, sino por todo aquello que somos capaces de disfrutar y sentir cuando, por fin, encontramos el tiempo para detenernos. Ojalá sepamos conservar un pequeño pedazo de verano durante el resto del año.

En un concierto salvaje

Hay quien dice que la música solo acompaña. Yo creo que hace mucho más: nos sostiene, nos devuelve a quienes fuimos y, en ocasiones, incluso nos rescata de nosotros mismos. Pocas expresiones artísticas tienen un poder tan inmediato sobre el ánimo. Una canción puede hacernos llorar en cuestión de segundos, arrancarnos una sonrisa inesperada o devolvernos a un lugar del pasado con una precisión que ningún álbum de fotografías sería capaz de igualar.

La neurociencia lleva años intentando explicar ese pequeño milagro. Sabemos que la música activa simultáneamente las regiones del cerebro relacionadas con la memoria, la emoción y el placer. Por eso una melodía puede abrir puertas cerradas desde hace décadas. Incluso personas con enfermedades neurodegenerativas son capaces de recordar canciones cuando casi todo lo demás se ha borrado. La música permanece donde otras memorias se desvanecen.

Marcel Proust explicó magistralmente cómo el sabor de una magdalena mojada en té era capaz de desencadenar una cascada de recuerdos involuntarios. Hoy sabemos que ese mismo fenómeno ocurre, quizá con todavía más intensidad, con la música. No recordamos solo la canción; recordamos quiénes éramos cuando la escuchábamos.

Todos tenemos nuestra propia banda sonora. No la elegimos conscientemente. Se va escribiendo sola mientras vivimos.

En mi caso hay canciones que siempre consiguen emocionarme. Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, o Alfonsina y el mar están unidas para siempre a la figura de mi padre. Son una forma de volver a él. Canciones capaces de hacer algunas ausencias un poco menos dolorosas.

Luego están esas otras que son, sencillamente, historia. Always, de Bon Jovi; November Rain, de Guns N’ Roses; o Jesus, de Wilco. Cada una guarda un capítulo distinto de mi vida. Cuando vuelven a sonar, regresan también aquellos momentos que parecían lejanos y que, sin embargo, permanecían intactos en algún rincón de la memoria.

Hay épocas enteras que tienen una banda sonora inconfundible. Mis años en Madrid siempre sonarán a Ismael Serrano. Y mientras tanto, Ahora que te encuentro, Sucede que a veces, Vine del norte… Escucharlas es volver a caminar por aquellas calles, recordar amistades, conversaciones, sueños compartidos y una ciudad que también ayudó a construir la persona que soy hoy.

Y luego están esos conciertos que uno no olvida jamás. El Mad Cool de 2017 ocupa un lugar privilegiado entre mis recuerdos. Ver a Wilco y a Kings of Leon fue vivir uno de esos días en los que todo parece alinearse y uno siente, aunque solo sea durante unas horas, que está exactamente donde quiere estar.

Pero si la música tiene la capacidad de hacernos mirar hacia atrás, también posee un extraordinario poder para impulsarnos hacia delante.

Concierto salvaje, de M-Clan siempre consigue hacerme sentir que vuelvo a estar en algún garito reviviendo una de las mejores noches de mi vida. Sweet Caroline, de Neil Diamond, desprende un buen rollo contagioso. Al amanecer, de Los Fresones Rebeldes, o El baile y La mujer de verde, de Izal, son ya parte de esas canciones que inevitablemente me recuerdan que, a veces, la felicidad puede estar en una pista de baile.

Por supuesto, también existe una banda sonora para el amor. Ahí están Maldita dulzura y Los días raros, de Vetusta Morla, o Qué bien, de Izal. Porque hay canciones que terminan formando parte de una historia compartida hasta el punto de que dejan de pertenecer a quienes las escribieron y pasan a ser patrimonio íntimo de quienes las vivieron.

Sé que me dejo muchas. Algunas son imprescindibles y otras aguardan y habitan escondidas en algún rincón de la memoria. Ni siquiera recuerdo que existen hasta que, de repente, un día cualquiera, vuelven a sonar en un bar, en la radio o en una lista de reproducción ajena.

Resulta casi imposible separar nuestra biografía de la música que la ha acompañado. Cada persona lleva consigo un inventario invisible de melodías que explican quién es mejor que cualquier currículum. En ellas están nuestros duelos, nuestras celebraciones, nuestros viajes, nuestros amores, nuestras pérdidas y nuestras esperanzas.

Por eso, cuando escucho alguna de éstas siento que, como canta M-Clan, no estaría mal vivir eternamente en un concierto salvaje.

Refugios emocionales

Desde hace algún tiempo, como consecuencia de los visibles efectos del cambio climático, hay una palabra que viene repitiéndose en nuestros mediterráneos veranos: refugio. Refugio de la luz que cae a plomo sobre las plazas, del asfalto que devuelve el calor como un espejo, de las noches que ya no refrescan. En muchas ciudades, los museos –como las bibliotecas y otros edificios públicos  -han comenzado a formar parte de esta red de refugios climáticos. Abren sus puertas para ofrecer algo tan elemental como un espacio en el que sentarse con algunos grados menos. Es una función nueva solo en apariencia. Probablemente llevaban toda la vida siéndolo, pero no habíamos aprendido a nombrarlos así.

En nuestros viajes y escapadas hemos adoptado también esta forma de amparo ante las inclemencias meteorológicas de cualquier tipo. Y, de repente, sucede algo extraño.

La respiración encuentra un ritmo distinto. Los pasos se vuelven más lentos. La voz baja sin que nadie la reclame. El tiempo, que fuera parecía perseguirnos, deja de correr. Como si al atravesar el umbral hubiéramos cruzado también una frontera invisible entre el mundo de la urgencia y el de la contemplación.

Quizá por eso no sorprende tanto que la ciencia haya empezado a poner cifras a una intuición muy antigua. Los japoneses llevan décadas hablando del shinrin-yoku, el baño de bosque, esa práctica que consiste en internarse entre los árboles para dejar que la naturaleza haga su trabajo silencioso sobre el cuerpo. Ahora esa misma idea ha encontrado una inesperada prolongación en los museos. Lo llaman museum bathing, «baño de museo», y parte de una convicción tan sencilla como hermosa: que contemplar una obra de arte también puede ser una forma de descanso profundo.

El investigador japonés Izumi Ogata estudió a más de trescientas personas en treinta y seis museos diferentes y comprobó que bastaban diez minutos para que el organismo comenzara a responder. No importaba demasiado si se trataba de pinturas, piezas arqueológicas o colecciones de historia natural. Ni siquiera si el visitante era un experto o alguien que llevaba años sin pisar un museo. El cuerpo parecía reconocer algo antes que la razón.

Hace apenas unas semanas, un equipo del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King’s College de Londres reforzó esa intuición. Veintiocho oficinistas recorrieron durante treinta y cinco minutos la Galería Courtauld contemplando obras originales de Manet, Van Gogh o Gauguin. Al terminar, sus niveles de cortisol, la hormona del estrés, habían descendido un 22 %. Era una reducción comparable a la que el organismo consigue tras varias horas de paseo por un bosque frondoso. También mejoraron indicadores cardiovasculares y disminuyeron marcadores inflamatorios relacionados con el estrés crónico. Frente a ellos, otro grupo que observó reproducciones de las mismas obras apenas experimentó cambios.

Todavía harán falta más investigaciones para consolidar estas conclusiones. La propia ciencia avanza despacio, como se camina por un museo. Pero el hallazgo posee una belleza difícil de ignorar: no produce el mismo efecto una imagen reproducida en una pantalla que la presencia física de una obra original. Hay algo en la materia, en la luz, en las pinceladas que sobrevivieron siglos para llegar hasta nosotros, que establece una conversación silenciosa con quien las contempla.

Quizá por eso algunos países han dejado de considerar los museos únicamente como depósitos de patrimonio. Desde 2018, en Montreal los médicos pueden prescribir visitas a museos como complemento terapéutico. Bruselas ha impulsado programas similares para personas con ansiedad y depresión. La Organización Mundial de la Salud lleva años reclamando una alianza más estrecha entre cultura y salud. Mientras unos siguen preguntándose cuánto cuesta mantener un museo, otros empiezan a calcular cuánto podría costarnos vivir sin ellos.

Hay lugares que nos protegen de la lluvia y otros que nos protegen del ruido. Lugares donde el cuerpo descansa y lugares donde también descansa la mirada y el alma.

El arte de dejar huella

Durante mis años en la Facultad de Ciencias de la Información aprendí a escribir una noticia, a contrastar una información y a entender la enorme responsabilidad que implica contar la realidad. Sin embargo, hubo algo que nunca encontré entre aquellas aulas: un referente femenino en el que pudiera reconocerme.

Fue la vida, infinitamente más sabia que cualquier plan de estudios, la que terminó enseñándome que escribir era una parte esencial de quien soy y la que cruzó en mi camino a mujeres que ampliaron mi manera de entender el compromiso, la cultura, el liderazgo y el servicio público. Mujeres que jamás necesitaron levantar la voz para hacerse escuchar, porque su autoridad nacía del conocimiento, de la coherencia y de una forma profundamente elegante de tratar a los demás.

Una de ellas es, sin duda, María Teresa Marín.

Cuando la conocí, ella era diputada en la Asamblea Regional y yo apenas una periodista recién estrenada, cargada de ilusión y también de todas las inseguridades propias de quien comienza. Recuerdo, por encima de cualquier otra cosa, su sonrisa serena y permanente, y una amabilidad que nunca entendió de cargos, de protocolos ni de jerarquías.

Durante mis años en la radio solía decir que su voz era una de mis favoritas para entrevistar. Hablaba con la serenidad de quien conoce profundamente aquello de lo que habla, pero también con una cercanía poco habitual. Ya dirigía entonces una de las instituciones culturales más importantes y mejor valoradas de nuestra Región: el Museo Salzillo. Y lo hacía con el rigor de la investigadora y la calidez de quien entiende que el patrimonio solo cobra sentido cuando pertenece a la gente.

Años después, cuando dejé el vértigo del periodismo diario para dedicarme a la comunicación institucional descubrí otra de sus virtudes: su extraordinaria capacidad para abrir las puertas del Museo Salzillo haciendo sentir a cualquiera como si estuviera entrando en su propia casa.

Recuerdo especialmente como, junto al entonces presidente de la Cofradía de Jesús, Antonio Gómez Fayrén, hizo posible un hermoso hermanamiento con el el ayuntamiento en el que desarrollaba mi labor profesional. Aquella colaboración fue solo el comienzo de un camino compartido que nos ha permitido participar en algunos de los proyectos más ilusionantes que jamás hubiera imaginado.

Entre ellos, la extraordinaria exposición dedicada a Francisco Salzillo que estos días puede contemplarse en el Museo Nacional de Escultura. Un proyecto que demuestra que el patrimonio de la Región de Murcia puede viajar muy lejos cuando detrás hay conocimiento, convicción y un trabajo tan discreto como incansable.

Hablar de María Teresa es hablar de una mujer que ha contribuido a fortalecer el papel de tantas mujeres desde todos los espacios en los que ha desarrollado su carrera. Lo ha hecho sin estridencias, sin necesidad de reivindicarse constantemente y sin convertir su trayectoria en un escaparate personal. Ha demostrado, sencillamente, que el liderazgo también puede ejercerse desde la serenidad, la inteligencia y la elegancia.

Es catedrática de la Universidad de Murcia, académica de número de la Real Academia Alfonso X el Sabio y una de las mayores especialistas en la obra de Francisco Salzillo. Pero, por encima de todos esos méritos —que son muchos y extraordinarios—, existe uno que ninguna institución puede conceder: el respeto sincero de quienes han trabajado a su lado.

Su despedida, después de veintidós años, ha generado probablemente mucho más ruido de lo que le hubiera gustado. Pero ha sido un ruido hermoso. El de los abrazos, las palabras de gratitud, los mensajes de admiración y el afecto espontáneo de quienes conocen de cerca su forma de trabajar.

María Teresa ha sido una directora extraordinaria, una embajadora insustituible de nuestro patrimonio, una investigadora rigurosa y una divulgadora capaz de despertar la curiosidad de cualquiera. Pero, por encima de todo ello, ha sido, es y será una buena persona. Y ese, al final, es el único título que permanece cuando todos los demás dejan de escribirse bajo un nombre.

Porque hay personas que ocupan un cargo y otras que dignifican las instituciones por las que pasan.

Tú, María Teresa, perteneces, sin discusión, a las segundas.