
Hay quien dice que la música solo acompaña. Yo creo que hace mucho más: nos sostiene, nos devuelve a quienes fuimos y, en ocasiones, incluso nos rescata de nosotros mismos. Pocas expresiones artísticas tienen un poder tan inmediato sobre el ánimo. Una canción puede hacernos llorar en cuestión de segundos, arrancarnos una sonrisa inesperada o devolvernos a un lugar del pasado con una precisión que ningún álbum de fotografías sería capaz de igualar.
La neurociencia lleva años intentando explicar ese pequeño milagro. Sabemos que la música activa simultáneamente las regiones del cerebro relacionadas con la memoria, la emoción y el placer. Por eso una melodía puede abrir puertas cerradas desde hace décadas. Incluso personas con enfermedades neurodegenerativas son capaces de recordar canciones cuando casi todo lo demás se ha borrado. La música permanece donde otras memorias se desvanecen.
Marcel Proust explicó magistralmente cómo el sabor de una magdalena mojada en té era capaz de desencadenar una cascada de recuerdos involuntarios. Hoy sabemos que ese mismo fenómeno ocurre, quizá con todavía más intensidad, con la música. No recordamos solo la canción; recordamos quiénes éramos cuando la escuchábamos.
Todos tenemos nuestra propia banda sonora. No la elegimos conscientemente. Se va escribiendo sola mientras vivimos.
En mi caso hay canciones que siempre consiguen emocionarme. Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, o Alfonsina y el mar están unidas para siempre a la figura de mi padre. Son una forma de volver a él. Canciones capaces de hacer algunas ausencias un poco menos dolorosas.
Luego están esas otras que son, sencillamente, historia. Always, de Bon Jovi; November Rain, de Guns N’ Roses; o Jesus, de Wilco. Cada una guarda un capítulo distinto de mi vida. Cuando vuelven a sonar, regresan también aquellos momentos que parecían lejanos y que, sin embargo, permanecían intactos en algún rincón de la memoria.
Hay épocas enteras que tienen una banda sonora inconfundible. Mis años en Madrid siempre sonarán a Ismael Serrano. Y mientras tanto, Ahora que te encuentro, Sucede que a veces, Vine del norte… Escucharlas es volver a caminar por aquellas calles, recordar amistades, conversaciones, sueños compartidos y una ciudad que también ayudó a construir la persona que soy hoy.
Y luego están esos conciertos que uno no olvida jamás. El Mad Cool de 2017 ocupa un lugar privilegiado entre mis recuerdos. Ver a Wilco y a Kings of Leon fue vivir uno de esos días en los que todo parece alinearse y uno siente, aunque solo sea durante unas horas, que está exactamente donde quiere estar.
Pero si la música tiene la capacidad de hacernos mirar hacia atrás, también posee un extraordinario poder para impulsarnos hacia delante.
Concierto salvaje, de M-Clan siempre consigue hacerme sentir que vuelvo a estar en algún garito reviviendo una de las mejores noches de mi vida. Sweet Caroline, de Neil Diamond, desprende un buen rollo contagioso. Al amanecer, de Los Fresones Rebeldes, o El baile y La mujer de verde, de Izal, son ya parte de esas canciones que inevitablemente me recuerdan que, a veces, la felicidad puede estar en una pista de baile.
Por supuesto, también existe una banda sonora para el amor. Ahí están Maldita dulzura y Los días raros, de Vetusta Morla, o Qué bien, de Izal. Porque hay canciones que terminan formando parte de una historia compartida hasta el punto de que dejan de pertenecer a quienes las escribieron y pasan a ser patrimonio íntimo de quienes las vivieron.
Sé que me dejo muchas. Algunas son imprescindibles y otras aguardan y habitan escondidas en algún rincón de la memoria. Ni siquiera recuerdo que existen hasta que, de repente, un día cualquiera, vuelven a sonar en un bar, en la radio o en una lista de reproducción ajena.
Resulta casi imposible separar nuestra biografía de la música que la ha acompañado. Cada persona lleva consigo un inventario invisible de melodías que explican quién es mejor que cualquier currículum. En ellas están nuestros duelos, nuestras celebraciones, nuestros viajes, nuestros amores, nuestras pérdidas y nuestras esperanzas.
Por eso, cuando escucho alguna de éstas siento que, como canta M-Clan, no estaría mal vivir eternamente en un concierto salvaje.