El arte de dejar huella

Durante mis años en la Facultad de Ciencias de la Información aprendí a escribir una noticia, a contrastar una información y a entender la enorme responsabilidad que implica contar la realidad. Sin embargo, hubo algo que nunca encontré entre aquellas aulas: un referente femenino en el que pudiera reconocerme.

Fue la vida, infinitamente más sabia que cualquier plan de estudios, la que terminó enseñándome que escribir era una parte esencial de quien soy y la que cruzó en mi camino a mujeres que ampliaron mi manera de entender el compromiso, la cultura, el liderazgo y el servicio público. Mujeres que jamás necesitaron levantar la voz para hacerse escuchar, porque su autoridad nacía del conocimiento, de la coherencia y de una forma profundamente elegante de tratar a los demás.

Una de ellas es, sin duda, María Teresa Marín.

Cuando la conocí, ella era diputada en la Asamblea Regional y yo apenas una periodista recién estrenada, cargada de ilusión y también de todas las inseguridades propias de quien comienza. Recuerdo, por encima de cualquier otra cosa, su sonrisa serena y permanente, y una amabilidad que nunca entendió de cargos, de protocolos ni de jerarquías.

Durante mis años en la radio solía decir que su voz era una de mis favoritas para entrevistar. Hablaba con la serenidad de quien conoce profundamente aquello de lo que habla, pero también con una cercanía poco habitual. Ya dirigía entonces una de las instituciones culturales más importantes y mejor valoradas de nuestra Región: el Museo Salzillo. Y lo hacía con el rigor de la investigadora y la calidez de quien entiende que el patrimonio solo cobra sentido cuando pertenece a la gente.

Años después, cuando dejé el vértigo del periodismo diario para dedicarme a la comunicación institucional descubrí otra de sus virtudes: su extraordinaria capacidad para abrir las puertas del Museo Salzillo haciendo sentir a cualquiera como si estuviera entrando en su propia casa.

Recuerdo especialmente como, junto al entonces presidente de la Cofradía de Jesús, Antonio Gómez Fayrén, hizo posible un hermoso hermanamiento con el el ayuntamiento en el que desarrollaba mi labor profesional. Aquella colaboración fue solo el comienzo de un camino compartido que nos ha permitido participar en algunos de los proyectos más ilusionantes que jamás hubiera imaginado.

Entre ellos, la extraordinaria exposición dedicada a Francisco Salzillo que estos días puede contemplarse en el Museo Nacional de Escultura. Un proyecto que demuestra que el patrimonio de la Región de Murcia puede viajar muy lejos cuando detrás hay conocimiento, convicción y un trabajo tan discreto como incansable.

Hablar de María Teresa es hablar de una mujer que ha contribuido a fortalecer el papel de tantas mujeres desde todos los espacios en los que ha desarrollado su carrera. Lo ha hecho sin estridencias, sin necesidad de reivindicarse constantemente y sin convertir su trayectoria en un escaparate personal. Ha demostrado, sencillamente, que el liderazgo también puede ejercerse desde la serenidad, la inteligencia y la elegancia.

Es catedrática de la Universidad de Murcia, académica de número de la Real Academia Alfonso X el Sabio y una de las mayores especialistas en la obra de Francisco Salzillo. Pero, por encima de todos esos méritos —que son muchos y extraordinarios—, existe uno que ninguna institución puede conceder: el respeto sincero de quienes han trabajado a su lado.

Su despedida, después de veintidós años, ha generado probablemente mucho más ruido de lo que le hubiera gustado. Pero ha sido un ruido hermoso. El de los abrazos, las palabras de gratitud, los mensajes de admiración y el afecto espontáneo de quienes conocen de cerca su forma de trabajar.

María Teresa ha sido una directora extraordinaria, una embajadora insustituible de nuestro patrimonio, una investigadora rigurosa y una divulgadora capaz de despertar la curiosidad de cualquiera. Pero, por encima de todo ello, ha sido, es y será una buena persona. Y ese, al final, es el único título que permanece cuando todos los demás dejan de escribirse bajo un nombre.

Porque hay personas que ocupan un cargo y otras que dignifican las instituciones por las que pasan.

Tú, María Teresa, perteneces, sin discusión, a las segundas.

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