Elogio de la quietud

Ahora que llega el verano, cuando los días parecen estirarse hasta bien entrada la tarde y la luz se alarga un poco más sobre las cosas, me parece un buen momento para hacer una reflexión sobre el tiempo. Más que sobre el tiempo, sobre nuestra forma de habitarlo y de consumirlo. Quizá porque en esta época del año aparecen más espacios de recreo, pausas inesperadas en la rutina, momentos en los que se modera la intensidad y el ritmo con el que solemos vivir el resto de los meses.

El verano tiene una especie de permiso tácito. Nos invita a mirar más despacio, a sentarnos sin prisa en una terraza, a pasear con deleite o a quedarnos contemplando el mar. Sin embargo, incluso en esos momentos de aparente calma, muchos seguimos arrastrando la sensación de que deberíamos estar haciendo algo más.

Vivimos en el tiempo y en la era de la eficiencia. De las listas interminables de tareas y de la obsesión por aprovechar cada minuto. Hemos convertido la productividad en una virtud casi moral y el multitasking en una habilidad admirada. Parece que debemos estar haciendo algo siempre: trabajando, aprendiendo, entrenando, respondiendo mensajes o planificando el siguiente objetivo. Descansar, simplemente descansar, se ha vuelto sospechoso.

Yo fui educada en la cultura del esfuerzo. Crecí con la idea de que el tiempo era un recurso valioso que no debía desperdiciarse. Aprendí a ser responsable, a cumplir con mis obligaciones y a buscar constantemente la manera de hacer más en menos tiempo. Durante años asumí que una jornada provechosa era aquella en la que lograba tachar el mayor número posible de tareas. La sensación de estar ocupada se convirtió en sinónimo de utilidad y, en cierto modo, de tranquilidad y satisfacción.

Y aunque sigo viviendo, en gran medida, preocupada por llegar a más, a todo. Me gusta trabajar. Me gusta sentir que avanzo. Me agrada cumplir con mis responsabilidades. No reniego de la productividad ni del esfuerzo; gracias a ellos he alcanzado metas importantes y he construido buena parte de quien soy. Sin embargo, con el paso del tiempo he descubierto algo que durante años pasé por alto: el inmenso placer de no hacer nada.

Los italianos tienen una expresión maravillosa para definirlo: dolce far niente. El dulce placer de no hacer nada. No se trata de la pereza ni de la dejadez. Tampoco de escapar de las obligaciones. Se trata de permitirse momentos en los que no existe un objetivo que alcanzar ni una tarea pendiente que completar. Momentos en los que simplemente se está.

Poco a poco he ido descubriendo el valor de los espacios vacíos. El goce de sentarme en una terraza sin mirar el reloj. De pasear sin destino. De dejar que los pensamientos fluyan sin intentar convertirlos en algo productivo. Y he comprendido que esos momentos eran una forma de recuperar algo esencial.

Porque no hacer nada también alimenta. Descansa la mente. Hay ideas que solo aparecen cuando dejamos de perseguirlas. Hay emociones que solo afloran en el silencio. Necesitamos pausas para recuperar la creatividad, la claridad y el entusiasmo.

Así, creo que el auténtico privilegio de nuestros días es disponer de tiempo para no hacer nada y no sentir culpa por ello. No propongo desafiar la importancia del esfuerzo ni renunciar a nuestras responsabilidades. El trabajo, la disciplina y el compromiso seguirán siendo fundamentales. Lo que reivindico es el equilibrio. La idea de que descansar no es una recompensa, sino una necesidad humana completamente legítima y necesaria.

En medio de una rutina y una sociedad acelerada reivindico el permiso y la licencia de no tener que estar haciendo algo siempre; porque ésta es la mejor manera de sentirnos dueños de nuestro tiempo y, sobre todo, la forma más amable de vivirlo.

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