
El tiempo tiene la extraña costumbre de borrar muchos de los aprendizajes que un día parecieron imprescindibles. Sin embargo, décadas después, sigo recordando a algunos de aquellos maestros que, en los años ochenta y noventa, acompañaron mis primeros pasos escolares en el Colegio Público Basilio Sáez de Caravaca. Porque hay docentes que enseñan asignaturas y otros que, además, dejan una huella silenciosa que permanece mucho después de que se hayan olvidado las lecciones.
Quizá por eso, ahora que me toca vivir la escuela desde el otro lado, como madre, valoro más que nunca la importancia de esos profesionales que entienden su trabajo como una auténtica vocación. Personas que cada mañana cruzan la puerta del aula sabiendo que tienen entre sus manos algo mucho más valioso que un temario: tienen la oportunidad de sembrar inquietudes, despertar talentos y construir confianza.
Sabemos que durante los primeros años de la infancia se adquieren gran parte de las competencias, habilidades y recursos que nuestros niños y niñas necesitarán para afrontar su futuro y su proceso de crecimiento y maduración. Son años decisivos para nuestros pequeños. Por eso resulta tan valioso encontrarse con docentes capaces de contagiar entusiasmo, de convertir cada día de clase en una aventura y de demostrar que aprender puede ser una experiencia apasionante. Personas que entienden que la educación no se limita a preparar exámenes ni a completar temarios, sino que tiene la maravillosa misión de formar seres humanos libres, curiosos y capaces de pensar por sí mismos.
Este año, mi hijo mayor, que cursaba 1.º de Primaria en el Colegio Público de La Purísima, en Molina, ha tenido la inmensa fortuna de encontrarse con una de esas maestras que dejan huella. Una guía que les ha hablado de Jane Goodall para enseñarles el respeto por la naturaleza y por todos los seres vivos; que les ha acercado al cuadro de los Fusilamientos del 2 de Mayo de Goya para reflexionar sobre el valor de la paz; que ha llenado el aula de poesía, imaginación y creatividad preparando con ellos un precioso teatro inspirado en los versos y relatos de Gloria Fuertes.
Les ha enseñado que detrás de cada respuesta hay siempre una nueva curiosidad esperando. Ha fomentado un espíritu crítico que ya quisieran muchos alumnos de cursos superiores. Los ha animado a preguntarse el porqué de las cosas, a no dar nada por sentado, a escuchar antes de juzgar y a buscar soluciones cuando surge un conflicto.
Ha acompañado a cada niño desde el respeto a sus propios ritmos, atendiendo con paciencia a quienes necesitaban una mano más cercana sin dejar de estimular a aquellos que avanzaban con mayor autonomía. Ha entendido que cada alumno es un universo distinto y que educar es también saber mirar a cada uno de ellos con atención, sensibilidad y cariño.
Y, además, lo ha hecho jugando. Porque los niños aprenden mejor cuando disfrutan, cuando experimentan, cuando ríen y cuando sienten que el aprendizaje forma parte natural de la vida. Allí donde algunos ven únicamente una clase, ha sabido crear un espacio de descubrimiento, de confianza y de crecimiento.
Ahora que el curso llega a su fin y toca despedirse de ella, no puedo evitar sentir una profunda gratitud porque su trabajo ha ido mucho más allá de enseñar a leer, escribir o sumar.
Por eso quiero darle las gracias. Gracias, Macu, por cada historia contada, por cada pregunta lanzada al aire, por cada palabra de ánimo, por cada momento compartido.
Nada de lo que has sembrado caerá en el olvido. Porque los grandes maestros tienen algo de jardineros y algo de fareros: siembran curiosidad, confianza y esperanza mientras iluminan caminos que, seguramente, nunca lleguen a ver hasta el final.
«La educación no cambia el mundo; cambia a las personas que van a cambiar el mundo.» — Paulo Freire.
