Refugios emocionales

Desde hace algún tiempo, como consecuencia de los visibles efectos del cambio climático, hay una palabra que viene repitiéndose en nuestros mediterráneos veranos: refugio. Refugio de la luz que cae a plomo sobre las plazas, del asfalto que devuelve el calor como un espejo, de las noches que ya no refrescan. En muchas ciudades, los museos –como las bibliotecas y otros edificios públicos  -han comenzado a formar parte de esta red de refugios climáticos. Abren sus puertas para ofrecer algo tan elemental como un espacio en el que sentarse con algunos grados menos. Es una función nueva solo en apariencia. Probablemente llevaban toda la vida siéndolo, pero no habíamos aprendido a nombrarlos así.

En nuestros viajes y escapadas hemos adoptado también esta forma de amparo ante las inclemencias meteorológicas de cualquier tipo. Y, de repente, sucede algo extraño.

La respiración encuentra un ritmo distinto. Los pasos se vuelven más lentos. La voz baja sin que nadie la reclame. El tiempo, que fuera parecía perseguirnos, deja de correr. Como si al atravesar el umbral hubiéramos cruzado también una frontera invisible entre el mundo de la urgencia y el de la contemplación.

Quizá por eso no sorprende tanto que la ciencia haya empezado a poner cifras a una intuición muy antigua. Los japoneses llevan décadas hablando del shinrin-yoku, el baño de bosque, esa práctica que consiste en internarse entre los árboles para dejar que la naturaleza haga su trabajo silencioso sobre el cuerpo. Ahora esa misma idea ha encontrado una inesperada prolongación en los museos. Lo llaman museum bathing, «baño de museo», y parte de una convicción tan sencilla como hermosa: que contemplar una obra de arte también puede ser una forma de descanso profundo.

El investigador japonés Izumi Ogata estudió a más de trescientas personas en treinta y seis museos diferentes y comprobó que bastaban diez minutos para que el organismo comenzara a responder. No importaba demasiado si se trataba de pinturas, piezas arqueológicas o colecciones de historia natural. Ni siquiera si el visitante era un experto o alguien que llevaba años sin pisar un museo. El cuerpo parecía reconocer algo antes que la razón.

Hace apenas unas semanas, un equipo del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King’s College de Londres reforzó esa intuición. Veintiocho oficinistas recorrieron durante treinta y cinco minutos la Galería Courtauld contemplando obras originales de Manet, Van Gogh o Gauguin. Al terminar, sus niveles de cortisol, la hormona del estrés, habían descendido un 22 %. Era una reducción comparable a la que el organismo consigue tras varias horas de paseo por un bosque frondoso. También mejoraron indicadores cardiovasculares y disminuyeron marcadores inflamatorios relacionados con el estrés crónico. Frente a ellos, otro grupo que observó reproducciones de las mismas obras apenas experimentó cambios.

Todavía harán falta más investigaciones para consolidar estas conclusiones. La propia ciencia avanza despacio, como se camina por un museo. Pero el hallazgo posee una belleza difícil de ignorar: no produce el mismo efecto una imagen reproducida en una pantalla que la presencia física de una obra original. Hay algo en la materia, en la luz, en las pinceladas que sobrevivieron siglos para llegar hasta nosotros, que establece una conversación silenciosa con quien las contempla.

Quizá por eso algunos países han dejado de considerar los museos únicamente como depósitos de patrimonio. Desde 2018, en Montreal los médicos pueden prescribir visitas a museos como complemento terapéutico. Bruselas ha impulsado programas similares para personas con ansiedad y depresión. La Organización Mundial de la Salud lleva años reclamando una alianza más estrecha entre cultura y salud. Mientras unos siguen preguntándose cuánto cuesta mantener un museo, otros empiezan a calcular cuánto podría costarnos vivir sin ellos.

Hay lugares que nos protegen de la lluvia y otros que nos protegen del ruido. Lugares donde el cuerpo descansa y lugares donde también descansa la mirada y el alma.

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