Los días buenos

Hay días que se rompen sin hacer ruido. No estallan, no avisan: simplemente se tuercen en algún punto casi invisible de la mañana. Y, sin embargo, también hay días que se elevan con una inadvertida sutileza, sostenidos por gestos minúsculos, casi escondidos. Entre unos y otros no media un abismo, sino una frontera delicada, hecha de pequeñas decisiones y, sobre todo, de una forma concreta de mirar.

Para mí, esa diferencia empieza cuando el despertador aún no es urgente, cuando me regalo unos minutos al alba. Madrugar no es un sacrificio; es mi pacto con la calma. Siempre he sido de mañanas. Las calles, todavía en penumbra, guardan un silencio que no pesa. En casa, el primer café sabe distinto cuando no hay prisa: es un café que no empuja, que no exige, que simplemente acompaña. Ahí, en esa quietud, ya se decide mucho del día.

Luego llega la vida, claro. La vida con su ritmo de madre trabajadora, con sus listas invisibles, sus horarios que encajan como piezas de un puzle imperfecto. Pero incluso ahí, en medio del engranaje, caben grietas de luz, de ilusión. El primer abrazo a mis hijos, ese momento en que los saco de la cama o de la cuna, todavía envueltos en sueños. Esos segundos tienen una densidad especial: son un recordatorio de lo esencial, de lo que sostiene todo lo demás.

Y después, casi como una banda sonora elegida a propósito, suena cada día por los altavoces del colegio Friday I’m in Love de The Cure para anunciar la entrada de los pequeños. Hay algo profundamente acertado en esa canción: no necesita grandes argumentos para defender la felicidad. Es un himno sencillo, una celebración de la alegría de vivir, del alivio emocional que trae la promesa de algo bueno, aunque sea pequeño, como la mismísima llegada del fin de semana. Recordándonos que la vida no siempre necesita ser extraordinaria para ser suficiente.

Pienso a menudo en la idea que atraviesa libros como Walden: la riqueza de una vida no está en su acumulación, sino en su intensidad. Thoreau se retiró al bosque para simplificarla; nosotros no podemos (ni queremos) desaparecer del mundo, pero sí podemos afinar la mirada. Elegir aquello que nos devuelve a nosotros mismos.

También la psicología contemporánea insiste en ello. Investigadores como Mihaly Csikszentmihalyi hablaron del “flujo”, ese estado en el que el tiempo se diluye porque estamos plenamente presentes en lo que hacemos. No hace falta que sea una gran hazaña: puede ser un café a solas mientras espero a que salgan de inglés, una tarde improvisada en Murcia visitando un museo o paseando sin rumbo, o incluso dejarme un pequeño recado amable para un día que sé que será difícil.

Hay, en todo esto, algo profundamente práctico. No es una filosofía elevada ni un ideal inalcanzable; es casi una estrategia de supervivencia emocional. La psicología positiva lo llamaría “saborear” (savoring): detenerse a reconocer y prolongar los momentos agradables. Y es, quizá, una de las herramientas más humildes y más poderosas que tenemos.

Porque la felicidad, al menos la que importa, se desliza entre tareas, entre obligaciones, entre tardes de extraescolares y noches de estudio. A veces se esconde, sí, pero también se deja encontrar por quien la busca con paciencia.

Y luego están esos otros momentos, más silenciosos todavía: los instantes a solas con ese hombre que fue antes de ser padre, conmigo antes de ser madre. Ese “Hombre del Renacimiento” con el que comparto no solo una vida, sino una memoria y una promesa. En esos espacios —breves, robados, imperfectos— recordamos quiénes fuimos y quiénes seremos cuando los hijos crezcan y el nido quede en calma. No es nostalgia: es continuidad.

Quizá la clave esté en entender que las rutinas no son el enemigo. Se vuelven grises solo cuando dejamos de habitarlas. Una rutina puede ser una cárcel o un refugio; depende de si dentro de ella hay vida. Y la vida cabe en cosas muy pequeñas.

Un septiembre cualquiera

El calendario romano, caprichoso como la historia misma, dejó a septiembre con un nombre que ya no le correspondía: séptimo mes de un año que empezaba en marzo. Tal vez por eso arrastra una identidad ambigua, como si no terminara de encajar en ningún sitio. Porque septiembre no es el comienzo oficial de nada y, sin embargo, cada año vuelve con la obstinación de los verdaderos inicios. Como escribió Pablo Neruda en uno de sus versos dedicados al paso del tiempo, hay días que “nos ordenan la vida sin pedir permiso”. Septiembre tiene algo de eso: de reorganización íntima, de impulso callado, de promesa.

La literatura, siempre atenta a estos movimientos invisibles, ha dejado pequeñas huellas de ese poder silencioso que tiene este mes. Un 9 de septiembre de 1904, un joven James Joyce llegó a una torre junto al mar en Sandycove, Dublín. Permaneció allí apenas seis noches antes de marcharse precipitadamente, pero aquel episodio quedó fijado en la primera escena de Ulises. A veces basta un septiembre cualquiera para que algo mínimo —un lugar, una conversación, una madrugada inquieta— termine convirtiéndose en literatura perdurable.

Quizá por eso es, sin duda, uno de mis meses favoritos. Siempre me han gustado los comienzos, y si para muchos el año empieza realmente ahora, con la vuelta de las vacaciones y el arranque del curso, en mi caso lo es aún más: también cumplo años. No puede haber un inicio más natural para mí. Todo parece acompasarse: el mundo retoma su ritmo y yo sigo escribiendo mi historia personal.

Septiembre se abre como una temporada recién estrenada. Es el mes de la vuelta al cole, de recuperar las actividades extraescolares, de reencontrarse con rutinas que durante el verano parecían suspendidas en una luz más lenta. Es el mes de los buenos propósitos —aunque yo llegue con los deberes hechos del verano, con esa sensación de haber vivido despacio—. Algo en el aire empuja a continuar: a apuntarse al gimnasio, a empezar ese libro que lleva meses esperando, a inaugurar una libreta en blanco donde todo está todavía por escribirse.

Hay también una belleza concreta en el gesto de estrenar. Material escolar, agendas, bolígrafos; mochilas nuevas y zapatos impecables para los más pequeños. Como si el comienzo necesitara apoyarse en lo tangible, en pequeños rituales que lo hagan visible. Como si cada objeto nuevo fuera, en el fondo, una declaración de intenciones.

Y mientras tanto, el mundo cambia con una elegancia casi imperceptible. Los días empiezan a acortarse, pero sin renunciar aún a la luz generosa del verano. Los atardeceres se vuelven más densos, más dorados. Las temperaturas descienden y traen consigo mañanas frescas y noches que invitan a una chaqueta ligera, sin que el buen tiempo termine de marcharse.

Septiembre llega cargado de metas, de proyectos, de planes que empiezan a tomar forma. Es un mes que invita a mirar hacia delante sin estridencias. Para mí el calendario verdadero empieza ahora: en esta frontera suave entre lo que se va y lo que comienza.

Y quizá ahí resida su secreto. Que septiembre no anuncia grandes rupturas, no exige gestos épicos. Se limita a insinuar. A colocar, casi sin ruido, las piezas de algo que todavía no vemos del todo. Como aquella torre frente al mar en la que Joyce pasó apenas unos días sin saber que estaba inaugurando una de las obras más influyentes del siglo XX.

Quizá por eso septiembre no pesa. No es una despedida, sino un umbral. Un
tiempo suspendido entre la memoria del verano y la promesa de lo que vendrá. Y en ese equilibrio, en esa luz que empieza a declinar sin apagarse, encuentro siempre el lugar exacto desde el que volver a empezarlo todo en un septiembre cualquiera.

Regresar en calma

Volver siempre tiene algo de rito íntimo y personal. No es solo atravesar una puerta conocida, sino reencontrarse con aquello que, sin a veces apreciarlo, uno ha ido echando de menos en silencio. Volver a ese lugar que cautiva cada vez que se redescubre —cuando la distancia lo aleja, cuando la comparación lo pone en valor, cuando la ausencia lo vuelve imprescindible— es, quizá, una de las formas más puras de la felicidad.

Hay una calma muy particular en ese regreso. Una serenidad que no deslumbra, pero que sostiene. La belleza de lo cotidiano se presenta entonces con una claridad nueva: la luz que entra por la ventana a la misma hora, los objetos que guardan historias, los rincones que hablan de lo que somos. El hogar, ese que hemos construido con tiempo, esfuerzo y decisiones, a veces conscientes y otras no tanto, se revela como el único lugar que no querríamos que fuera diferente.

Este verano ha sido corto, como todos, pero intensamente vivido. Dejamos nuestro pueblo a finales de julio para emprender uno de nuestros ya casi rituales road trips, esta vez rumbo a Oporto. Dos años atrás habíamos descubierto Lisboa y quedamos profundamente cautivados; así que volver a Portugal era, más que un plan, una necesidad.

Los días allí fueron sencillamente maravillosos. Habitamos un loft junto a la ría en el que cada mañana tenía aroma a regalo: esos cafés viendo pasar los barcos, escuchando el eco de las gaviotas y sentir ese ritmo pausado que invita a detenerse. Intenté reservar esos momentos para la soledad o para compartirlos con el “Hombre del Renacimiento”, mientras los peques aún dormían, como quien protege un pequeño tesoro cotidiano.

La ciudad —y todo lo que la rodea— fue un auténtico descubrimiento. Sus calles, su carácter, su manera de mostrarse sin artificios dejaron en mí la certeza de que volveré. De allí regresé, además, con un cargamento considerable de cerámica esmaltada. Uno de esos vicios confesables que, lejos de corregir, cultivo con gusto.

Para bajar la intensidad del viaje hicimos una parada en El Bierzo. Nos alojamos en un pequeño pero fantástico albergue en Carracedo, junto a un antiguo monasterio que concedía, con cada desayuno, una estampa digna de cuento. Allí el tiempo se desaceleró. Disfrutamos de la naturaleza, de los ríos, de las pequeñas aventuras en familia que no necesitan más que presencia y ganas.

Ese lugar guarda un significado especial para nosotros. Es donde el artista de la casa ha pasado muchos veranos de su vida pintando, creciendo, siendo. Y, en contra de lo que dice la canción, volver al lugar donde uno ha sido feliz fue, sin duda, un acierto.

Sin embargo, el verdadero presente de este verano —y quizá su mayor aprendizaje— llegó con el regreso al hogar. Los últimos días de agosto me concedieron algo que hacía tiempo no experimentaba: sentirme de vacaciones en mi propia casa. Desayunos tranquilos en el patio. Baños en nuestra pequeña piscina improvisada. ‘Siestas’ entre dibujos. Lecturas compartidas. Noches de cine de verano y cenas al aire libre.

Viajar es, y siempre será, extraordinario. Pero este año he entendido que no es imprescindible. He comprendido que, en gran medida, esto también es una cuestión de actitud. Si me remonto a aquel artículo de despedida en el mes de julio en el que hablaba del propósito de un verano, creo que vuelvo con los deberes hechos: he dejado que el espíritu de las vacaciones impregnara mi cuerpo y mi alma sin necesidad de recorrer kilómetros.

He descubierto que esta es la vida que quiero y con quien quiero. Y, con paciencia y cariño, he empezado a pulir esos pequeños detalles que, sin darme cuenta, me restaban. Porque, al final, volver no es regresar al mismo lugar: es regresar siendo capaz de verlo, por fin, como siempre mereció ser visto.

Souvenirs: el arte de guardar la vida

Hay objetos pequeños, casi insignificantes, que pueden sostener el peso entero de una vida. Son discretos, a veces incluso discutibles en su estética, y a ojos ajenos pueden parecer simples caprichos sin trascendencia. Pero basta detenerse un instante frente a ellos para comprender que no son solo cosas: son fragmentos de memoria, pequeñas cápsulas del tiempo que, juntas, construyen el relato más personal de quienes las guardamos.

Con los años, he descubierto que uno de los rituales más significativos de mis viajes no está únicamente en recorrer calles desconocidas o visitar museos, sino en elegir con cuidado ese pequeño souvenir que viajará de vuelta con nosotros. No es una compra impulsiva, sino un ejercicio consciente, casi ceremonial. Busco piezas que pertenezcan de verdad al lugar, que contengan su identidad, su historia o su carácter.

De los museos, por ejemplo, siempre me llevo un lápiz. Puede parecer un gesto menor, pero mi colección es ya un mapa silencioso de ciudades, exposiciones y momentos. Con el tiempo, he sumado pendientes, tazas y otros pequeños tesoros que, lejos de acumularse sin sentido, encuentran siempre su lugar en nuestra casa; convirtiéndose en pequeñas teselas de nuestra historia.

Este verano, sin ir más lejos, he regresado con un cargamento de cerámica portuguesa. Sus colores, sus formas y su textura imperfecta hablan no solo de un país, sino de la experiencia vivida allí. Y no soy la única que cultiva este hábito. Mis hijos también han adoptado esta forma de narrarse a través de los objetos. Cada uno, a su manera, construye su propio archivo: siempre un libro, alguna reliquia y diversos recuerdos que dialogan con su personalidad y sus intereses.

El mayor, por ejemplo, ha comenzado una curiosa colección de pequeños belenes del mundo, junto a una fascinación muy suya por los santos y patronos de cada lugar. En casa conviven, así, Vírgenes de Fátima, Lourdes y El Pilar, a las que recientemente se ha sumado un San Antonio en cerámica esmaltada color mostaza traído directamente desde Oporto. Otras veces, las elecciones son más propias de su edad: un estuche con forma de sarcófago del British Museum o un llavero del Osito Paddington de Londres. Y, sin embargo, todos esos objetos —sin excepción— encuentran su lugar en nuestro paisaje diario.

Puede que, desde fuera, algunos los consideren poco glamourosos, incluso kitsch. Pero en nuestra casa no hay jerarquías estéticas que valgan frente al

valor emocional. Esos recuerdos conviven sin complejos con piezas de artistas tan distintos como Eva Poyato, Sam3, Omar Daf, V. Bersabé, Hernández Cano, Venancio Blanco o los hermanos Cava. A algunos esa mezcla puede resultarles desconcertante, incluso incómoda; hay quien vería en ella una falta de coherencia o de gusto. Pero para mí tiene todo el sentido del mundo. Es una estética propia, construida desde la experiencia, donde lo aparentemente menor dialoga de tú a tú con lo consagrado.

Porque esas miniaturas —por humildes o imperfectas que sean— dicen tanto de nosotros como los álbumes de fotos o los cuadernos que guardamos con tanto celo. Son otra forma de nostalgia, quizá más discreta, pero igual de elocuente.

Y así, sin darnos cuenta, la casa se va transformando en un espacio en el que cada rincón guarda una historia que espera a ser evocada y revivida.

Quizá por eso seguimos trayendo con nosotros estos pequeños tesoros. Porque sabemos —aunque no siempre lo digamos— que la vida está hecha de instantes que se escapan y que a veces solo un objeto basta para rescatarlos. Y comprendemos que no se trata de acumular cosas, sino de construir memoria. De dar forma tangible a lo vivido.

Porque, al final, esos pequeños objetos no ocupan espacio: lo crean. Iluminan lo cotidiano con fulgores de otros lugares y otros tiempos y nos revelan que incluso la vida misma cabe en lo más pequeño… y que es precisamente ahí donde, a menudo, se vuelve infinita.