Regresar en calma

Volver siempre tiene algo de rito íntimo y personal. No es solo atravesar una puerta conocida, sino reencontrarse con aquello que, sin a veces apreciarlo, uno ha ido echando de menos en silencio. Volver a ese lugar que cautiva cada vez que se redescubre —cuando la distancia lo aleja, cuando la comparación lo pone en valor, cuando la ausencia lo vuelve imprescindible— es, quizá, una de las formas más puras de la felicidad.

Hay una calma muy particular en ese regreso. Una serenidad que no deslumbra, pero que sostiene. La belleza de lo cotidiano se presenta entonces con una claridad nueva: la luz que entra por la ventana a la misma hora, los objetos que guardan historias, los rincones que hablan de lo que somos. El hogar, ese que hemos construido con tiempo, esfuerzo y decisiones, a veces conscientes y otras no tanto, se revela como el único lugar que no querríamos que fuera diferente.

Este verano ha sido corto, como todos, pero intensamente vivido. Dejamos nuestro pueblo a finales de julio para emprender uno de nuestros ya casi rituales road trips, esta vez rumbo a Oporto. Dos años atrás habíamos descubierto Lisboa y quedamos profundamente cautivados; así que volver a Portugal era, más que un plan, una necesidad.

Los días allí fueron sencillamente maravillosos. Habitamos un loft junto a la ría en el que cada mañana tenía aroma a regalo: esos cafés viendo pasar los barcos, escuchando el eco de las gaviotas y sentir ese ritmo pausado que invita a detenerse. Intenté reservar esos momentos para la soledad o para compartirlos con el “Hombre del Renacimiento”, mientras los peques aún dormían, como quien protege un pequeño tesoro cotidiano.

La ciudad —y todo lo que la rodea— fue un auténtico descubrimiento. Sus calles, su carácter, su manera de mostrarse sin artificios dejaron en mí la certeza de que volveré. De allí regresé, además, con un cargamento considerable de cerámica esmaltada. Uno de esos vicios confesables que, lejos de corregir, cultivo con gusto.

Para bajar la intensidad del viaje hicimos una parada en El Bierzo. Nos alojamos en un pequeño pero fantástico albergue en Carracedo, junto a un antiguo monasterio que concedía, con cada desayuno, una estampa digna de cuento. Allí el tiempo se desaceleró. Disfrutamos de la naturaleza, de los ríos, de las pequeñas aventuras en familia que no necesitan más que presencia y ganas.

Ese lugar guarda un significado especial para nosotros. Es donde el artista de la casa ha pasado muchos veranos de su vida pintando, creciendo, siendo. Y, en contra de lo que dice la canción, volver al lugar donde uno ha sido feliz fue, sin duda, un acierto.

Sin embargo, el verdadero presente de este verano —y quizá su mayor aprendizaje— llegó con el regreso al hogar. Los últimos días de agosto me concedieron algo que hacía tiempo no experimentaba: sentirme de vacaciones en mi propia casa. Desayunos tranquilos en el patio. Baños en nuestra pequeña piscina improvisada. ‘Siestas’ entre dibujos. Lecturas compartidas. Noches de cine de verano y cenas al aire libre.

Viajar es, y siempre será, extraordinario. Pero este año he entendido que no es imprescindible. He comprendido que, en gran medida, esto también es una cuestión de actitud. Si me remonto a aquel artículo de despedida en el mes de julio en el que hablaba del propósito de un verano, creo que vuelvo con los deberes hechos: he dejado que el espíritu de las vacaciones impregnara mi cuerpo y mi alma sin necesidad de recorrer kilómetros.

He descubierto que esta es la vida que quiero y con quien quiero. Y, con paciencia y cariño, he empezado a pulir esos pequeños detalles que, sin darme cuenta, me restaban. Porque, al final, volver no es regresar al mismo lugar: es regresar siendo capaz de verlo, por fin, como siempre mereció ser visto.

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