
Últimamente siento que estamos recuperando algo que durante mucho tiempo quedó en suspenso: nuestros espacios, nuestro tiempo y esa forma de buscarnos que va más allá de compartir una casa, responsabilidades y familia. Empezamos a dedicarnos momentos, a mirarnos con más calma y sosiego, a encontrarnos en mitad del caos diario y a recuperar cierta ternura. Volver a sentir que, además de ser familia, seguimos siendo dos me ha hecho pensar en todo lo que hemos atravesado.
Y es que hay etapas en las que el amor no desaparece, pero sí deja de tener hueco. No se rompe ni se extingue necesariamente. Simplemente queda relegado, desplazado por las urgencias de una vida que, de pronto, ya no nos pertenece del todo. Llegan los hijos y cambia nuestra forma de habitar el espacio, el tiempo y hasta el cuerpo. También la manera de quererse.
Las noches sin dormir, el cansancio acumulado y esa interminable lista de tareas invisibles van ocupando toda nuestra existencia. Hay que organizar, anticipar, recordar, cuidar. Sostener. Y mientras aprendemos a ser madres y padres, a veces olvidamos cómo era ser pareja. El deseo se vuelve intermitente, las conversaciones se reducen a cuestiones logísticas y los encuentros espontáneos quedan sepultados bajo horarios y obligaciones. La intimidad empieza a necesitar un espacio que casi nunca llega.
¿Cómo encontrar un lugar para dos cuando siempre hay alguien que necesita algo? ¿Cómo mirarse sin prisa, tocarse sin urgencia y escucharse sin interferencias? A veces, lo extraordinario consiste, sencillamente, en terminar una conversación sin interrupciones.
En El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez retrata un amor capaz de desafiar el tiempo y las circunstancias. Pero la espera amorosa no siempre tiene la épica de las novelas. En la vida cotidiana puede ser una cama compartida en la que ambos caen rendidos, una caricia aplazada, una conversación pendiente. No hay grandes tragedias, sino pequeñas ausencias que, acumuladas, construyen una distancia difícil de nombrar.
Hay parejas que no sobreviven a ese paréntesis. Matrimonios convertidos en eficaces sociedades domésticas, equipos perfectamente coordinados para sacar adelante una familia, pero que apenas recuerdan qué los unió. Algunas personas se pierden por el camino; otras encuentran en alguien más aquello que un día fue suyo. Porque el amor puede resistir muchas cosas, pero no deberíamos exigirle que sobreviva eternamente de los recuerdos.
También estamos quienes permanecemos. Quienes nos mantenemos entre pequeñas chispas de complicidad, gestos cotidianos y la promesa de volver a encontrarnos. Nos sostiene el recuerdo de lo que fuimos, la confianza en lo que somos y la esperanza de lo que todavía podemos ser. Aunque hay días en los que la espera pesa.
En nuestro caso, creo que hemos resistido gracias al amor, al apoyo y al respeto. También a la fuerza de la familia que hemos construido. Y, sin embargo, la familia no puede ser nuestra única razón para permanecer. Los hijos son parte esencial de nuestra historia, pero no pueden convertirse en el único capítulo de nuestra relación. Más allá del nosotros familiar tiene que seguir existiendo un tú y yo. Dos personas que se eligen, se desean y se reconocen. Que conservan algo propio que ofrecerse y sienten curiosidad recíproca.
Cantaba Joan Manuel Serrat que «nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio». Y quizá haya algo de verdad en aceptar que el amor también atraviesa estaciones difíciles, que no todas son luminosas y que algunas parecen durar demasiado. Pero aceptar la dificultad no significa resignarse a la distancia.
Quizá amar consista en no confundir la pausa con el final, ni la rutina con la ausencia de deseo. En comprender que no basta con construir una familia; también hay que seguir construyendo una pareja dentro de ésta.
Y entonces, quizá consigamos recordar algo esencial: que antes de ser familia fuimos dos. Y que, si queremos seguir siéndolo, tendremos que aprender a encontrarnos de nuevo. ¡Y qué dichoso reencuentro!