No seáis tibios

Qué terrible debe de ser todo ahí fuera cuando hasta escribir se convierte en un ejercicio difícil. En estos días, en los que la fragilidad de la vida se nos impone con toda su crudeza, resulta complicado hablar de cualquier otra cosa. Casi obsceno. Porque, en medio de una tragedia así, todo lo demás pierde su importancia.

Y es precisamente por eso por lo que me cuesta tanto comprender que, incluso en circunstancias como estas, haya quienes no sean capaces de actuar desde la humanidad y la empatía. Si ni siquiera el dolor ajeno, la desgracia o la evidencia de nuestra propia vulnerabilidad consiguen detener el odio, entonces algo hemos perdido por el camino.

Me da miedo, pánico, escuchar lo que escucho y leer lo que leo estos días. Porque esto ya no va de colores, de siglas o de partidos. Va de deshumanización, de maltrato y, en ocasiones, de barbarie. De esa peligrosa facilidad con la que dejamos de reconocer al otro como alguien que siente, que sufre, que merece, sencillamente, un poco de compasión. La violencia verbal se está normalizando, se extiende y se contagia. También entre los más jóvenes. Y me pregunto qué estamos construyendo cuando convertimos la crueldad en costumbre y la falta de empatía en una forma más de expresar opiniones.

No quiero sentirme cómplice de todo esto. Por eso intento combatirlo con las pocas armas que tengo: la palabra, el ejemplo y la fidelidad a aquello en lo que creo.

Recuerdo que, allá por el año 2000, escuché a Juan Pablo II pronunciar aquellas palabras durante la vigilia de Tor Vergata, en un encuentro con jóvenes: «No tengáis miedo». Se quedaron prendidas en algún lugar profundo y todavía hoy resuenan en lo más íntimo. He intentado vivir conforme a esas palabras y a tantos otros principios que han dado sentido a mi existencia. Desde la serenidad, desde la paz, pero sin renunciar a defender aquello que considero esencial.

Creo en la humanidad, en la solidaridad, en la empatía, en el amor al prójimo, en el respeto y en la justicia social. Creo en todo aquello que nos recuerda que no estamos solos, que la vida del otro importa y que la dignidad humana no debería depender de quién sea, de dónde venga o de qué piense. Y creo que todos esos valores están hoy más amenazados de lo que nos gustaría admitir.

¿Y cómo se combate todo esto? Con las armas que cada uno tenga a su alcance. En mi caso, hay una que considero fundamental: el ejemplo que dejo en mis hijos.

Estos días, el mayor se duerme mientras le recito, quizá sin toda la destreza que merecen, versos de Federico García Lorca. Quiere saber qué decían sus poemas para que quisieran matarlo. Consciente de su edad y de que todavía hay cosas que escapan a su comprensión, me dijo que, aunque no entendiera todo, sí podría distinguir si aquello que contaba el poeta era bueno o malo. Como no encontraba malicia en sus palabras, me pidió que siguiera leyéndoselas mientras el sueño lo vencía.

Y ahí, en esa escena pequeña, íntima, casi insignificante frente a la inmensidad de lo que sucede ahí fuera, encuentro una razón para seguir. Porque educar también es eso: enseñar a mirar, a preguntar, a distinguir el bien del mal sin renunciar a la sensibilidad; mostrar que la belleza no es una debilidad y que la bondad nunca debería avergonzarnos.

Seguramente me equivocaré muchas veces. Pero confío en estar acertando al intentar educar a mis hijos en los valores que considero irrenunciables. No se trata de buenismo, como algunos pretenden llamarlo. ¡Es humanidad, joder! Somos unos privilegiados. ¿Qué menos que tener consideración por quienes no han tenido nuestra suerte? La vida ya es suficientemente difícil para muchos como para que, además, nos empeñemos en hacerla todavía más penosa.

Por eso, estos días, junto a aquel «no tengáis miedo», vuelvo a repetirme otra consigna del pontífice: no seáis tibios. No ante el odio, no ante la injusticia, no ante la deshumanización. No hace falta gritar más fuerte ni responder con la misma violencia. A veces basta con no callar, con no mirar hacia otro lado, con seguir tendiendo la mano cuando otros eligen cerrar el puño.

Volver a encontrarnos

Últimamente siento que estamos recuperando algo que durante mucho tiempo quedó en suspenso: nuestros espacios, nuestro tiempo y esa forma de buscarnos que va más allá de compartir una casa, responsabilidades y familia. Empezamos a dedicarnos momentos, a mirarnos con más calma y sosiego, a encontrarnos en mitad del caos diario y a recuperar cierta ternura. Volver a sentir que, además de ser familia, seguimos siendo dos me ha hecho pensar en todo lo que hemos atravesado.

Y es que hay etapas en las que el amor no desaparece, pero sí deja de tener hueco. No se rompe ni se extingue necesariamente. Simplemente queda relegado, desplazado por las urgencias de una vida que, de pronto, ya no nos pertenece del todo. Llegan los hijos y cambia nuestra forma de habitar el espacio, el tiempo y hasta el cuerpo. También la manera de quererse.

Las noches sin dormir, el cansancio acumulado y esa interminable lista de tareas invisibles van ocupando toda nuestra existencia. Hay que organizar, anticipar, recordar, cuidar. Sostener. Y mientras aprendemos a ser madres y padres, a veces olvidamos cómo era ser pareja. El deseo se vuelve intermitente, las conversaciones se reducen a cuestiones logísticas y los encuentros espontáneos quedan sepultados bajo horarios y obligaciones. La intimidad empieza a necesitar un espacio que casi nunca llega.

¿Cómo encontrar un lugar para dos cuando siempre hay alguien que necesita algo? ¿Cómo mirarse sin prisa, tocarse sin urgencia y escucharse sin interferencias? A veces, lo extraordinario consiste, sencillamente, en terminar una conversación sin interrupciones.

En El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez retrata un amor capaz de desafiar el tiempo y las circunstancias. Pero la espera amorosa no siempre tiene la épica de las novelas. En la vida cotidiana puede ser una cama compartida en la que ambos caen rendidos, una caricia aplazada, una conversación pendiente. No hay grandes tragedias, sino pequeñas ausencias que, acumuladas, construyen una distancia difícil de nombrar.

Hay parejas que no sobreviven a ese paréntesis. Matrimonios convertidos en eficaces sociedades domésticas, equipos perfectamente coordinados para sacar adelante una familia, pero que apenas recuerdan qué los unió. Algunas personas se pierden por el camino; otras encuentran en alguien más aquello que un día fue suyo. Porque el amor puede resistir muchas cosas, pero no deberíamos exigirle que sobreviva eternamente de los recuerdos.

También estamos quienes permanecemos. Quienes nos mantenemos entre pequeñas chispas de complicidad, gestos cotidianos y la promesa de volver a encontrarnos. Nos sostiene el recuerdo de lo que fuimos, la confianza en lo que somos y la esperanza de lo que todavía podemos ser. Aunque hay días en los que la espera pesa.

En nuestro caso, creo que hemos resistido gracias al amor, al apoyo y al respeto. También a la fuerza de la familia que hemos construido. Y, sin embargo, la familia no puede ser nuestra única razón para permanecer. Los hijos son parte esencial de nuestra historia, pero no pueden convertirse en el único capítulo de nuestra relación. Más allá del nosotros familiar tiene que seguir existiendo un tú y yo. Dos personas que se eligen, se desean y se reconocen. Que conservan algo propio que ofrecerse y sienten curiosidad recíproca.

Cantaba Joan Manuel Serrat que «nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio». Y quizá haya algo de verdad en aceptar que el amor también atraviesa estaciones difíciles, que no todas son luminosas y que algunas parecen durar demasiado. Pero aceptar la dificultad no significa resignarse a la distancia.

Quizá amar consista en no confundir la pausa con el final, ni la rutina con la ausencia de deseo. En comprender que no basta con construir una familia; también hay que seguir construyendo una pareja dentro de ésta.

Y entonces, quizá consigamos recordar algo esencial: que antes de ser familia fuimos dos. Y que, si queremos seguir siéndolo, tendremos que aprender a encontrarnos de nuevo. ¡Y qué dichoso reencuentro!