
Hay días en los que el brío, la bravura y el arrojo amainan. Días más delicados o sensibles. Será, quizás, porque ahí afuera lleva horas lloviendo y el tiempo acompaña. Será, quizás, por el cansancio acumulado de toda la semana. Será, quizás, por las dificultades que, a veces, también las clases medias tenemos para afrontar los fines de mes. Será, quizás, por los discursos y argumentos que vengo oyendo para defender una tan necesaria ley de vivienda. Será, quizás, por el tormento de escuchar una absoluta deshumanización de las palabras, como si detrás de cada vocablo no hubiese una persona afectada. Será, quizás, porque ante semejante panorama rescato algunas de esas viejas canciones que rozan mi alma; como ‘Here comes the sun’ de The Beatles, esta vez cantada por Eddie Vedder, o ‘Guaranteed’, también del vocalista de Pearl Jam y parte de la banda sonora de la película ‘Into the wild’ (Hacia rutas salvajes).
No suelo escribir casi nunca de política, al menos de forma explícita, en mis artículos. Sin embargo, llevo un tiempo inquieta, incómoda y angustiada con lo que veo a diario. Y pienso que quizás desde mi silencio yo también soy cómplice otorgando una autoridad errónea, imprecisa o distorsionada. Quizás somos muchos los que calladamente discrepamos. Pero desde ese mutismo y afonía poco se reivindica y menos aún se cambia.
Creo que ha llegado el momento de recuperar esas voces que, lejos de la crispación y la falta, puedan reclamar, exigir y protestar. Que prediquen tanto con la palabra como con el ejemplo.
Y por quién rompo, precisamente, este silencio. Pues lo hago –y empiezo por lo más cercano– por mis hijos; porque vamos a ser nosotros –mi marido y yo– quienes les enseñemos con nuestro proceder a tratar a los que están a nuestro –y a su– lado. Porque quiero que vean y entiendan que la dignidad de todos debe estar por encima de cualquier otra dote o prebenda mundana. Para que aprendan que las palabras también dañan y que las injusticias nunca son ajenas.
Lo hago, también, por quienes más sufren los atropellos, los abusos, la opresión y las ilegalidades porque quiero vivir en un país que atienda y cuide con más mimo y esmero a aquellos que más lo necesitan, a quienes son más vulnerables; aunque eso suponga, incluso, ir contra mis propios intereses.
Precisamente, he empezado a leer ‘Los Miserables’ de Victor Hugo y ante este clima social no paro de volver una y otra vez a los primeros capítulos de la novela con la descripción de la humilde vida del obispo de Digne, Monseñor Bienvenu. En él no hay grandilocuencia ni discursos inflamados, sino una coherencia serena entre lo que se dice y lo que se hace. Qué difícil y qué necesario resulta hoy algo tan aparentemente sencillo.
Quizás no hagan falta grandes alocuciones, sino volver a la sencillez de quien abraza con su palabra y sus obras a toda alma humana. A veces tengo la sensación de que hemos confundido firmeza con dureza, convicción con imposición, y debate con enfrentamiento. Y en ese camino hemos ido perdiendo algo esencial: la capacidad de reconocernos en el otro.
No se trata de renunciar a las propias ideas ni de diluir las certezas, sino de sostenerlas sin arrasar. De defender lo justo sin despreciar. De recordar, incluso en medio del desacuerdo, que cada cifra es una historia y que cada ley impacta en vidas concretas.
Hoy escribo desde un día un poco gris, con la lluvia golpeando los cristales y una cierta tristeza difícil de nombrar. Pero también escribo desde la seguridad de que aún estamos a tiempo. Sale el sol (Here comes the sun). Aún hay esperanza.
Viendo, con mis hijos, hace unos días una de las películas de ‘El Señor de los Anillos’ encontré el final perfecto en palabras del maravilloso Sam; cuando todo parece estar perdido y Frodo le pregunta por qué lucha: “Para que el bien reine en este mundo. Se puede luchar por eso”.