Héroes de bata blanca

f547774d47fb246b29f7ca85c2cb0377Por mi experiencia vital, estos años he desarrollado un teorema un tanto particular, y aunque sé que no es infalible, porque la realidad está ahí, bien es verdad, que a mí de momento me viene funcionando. Son muchas las veces y situaciones en las que he tenido que pernoctar en numerosos hospitales de todo el país, siempre de acompañante, pues de momento yo no lo he necesitado, y siempre, aunque ha sido en situaciones verdaderamente críticas, nos hemos ido escapando. De ahí que para mí, la presencia de un médico o enfermero sea una prueba de que nada malo puede ocurrir ya. Si uno consigue llegar al hospital… ¡Voilà! ¡Está salvado!

No se crean que soy demasiado ingenua o que vivo en el país de las maravillas porque veo y leo diariamente los periódicos con situaciones en las que, pese a la entrega y el buen trabajo de estos profesionales, nada se puede hacer. Sin embargo, cuando yo vislumbro una bata blanca, no lo puedo remediar, veo los cielos abiertos, como se suele decir –salvo en el caso del dentista, que me sigue generando cierta desconfianza –. No creo que haya una profesión o una labor más importante, y perdónenme el resto, que la que realizan médicos y enfermeros. Es de esas cosas que para hacer hay que sentir, y ellos viven sintiendo.

Sintiendo a diario el dolor y el sufrimiento de los enfermos que pasan por sus manos. Sintiendo la impotencia, la desesperanza, las horas de incertidumbre y el desconsuelo de los familiares y amigos. Sintiendo como hay vidas que se les escapan entre las manos, pese a que las aprietan mucho para evitarlo. Sintiendo dolores que afectan al alma. Sintiendo, en muchos casos, por encima de sus posibilidades.

No hay más que pasar unas horas en Urgencias de cualquier hospital para ser conscientes del peso que soportan en cada una de sus decisiones, de lo difícil que resulta afrontar determinadas situaciones y del complicado contexto en el que habitan por la enorme fragilidad de sus interlocutores. Esta semana sin ir más lejos, mientras aguardaba en una sala de espera –vuelvo a ejercer de acompañante en un hospital mientras escribo estas palabras – compartía confidencias con una doctora, con la que había coincidido en otras circunstancias, que me confesaba que ese peso se instalaba en el centro del pecho –llevándose la mano al esternón– ante días malos, como aquel, que empezaban con un bebé en parada cardiorrespiratoria y quién sabe cómo acabarían.

Sin embargo, estoy segura que les compensa. Les compensa, por ejemplo, salvar la vida a ese pequeño y sentir, también, el consuelo y profundo agradecimiento de sus padres. Les compensa el rostro de alivio de muchos enfermos. Les compensa asistir al cuidado de los más indefensos y saber que en esos, los peores momentos, hacen todo lo que está en sus manos. Por un lado, doctores y doctoras que ponen a nuestro servicio todo su conocimiento, pero cuya labor, no tendría sentido sin la entrega y disposición de enfermeros y enfermeras que asisten y atienden, que miman y cuidan en labores que no siempre resultan las mas agradables, pero les compensa la trascendental misión de salvar y dignificar vidas. ¿Por qué? Simplemente, porque sienten.

Amos de Casa

117HContra todo pronóstico, han sido varios los caballeros que a lo largo de esta semana me han trasladado su conformidad con mi artículo de la semana pasada en el que describía cuan duro puede resultar, en ocasiones, el día a día de una mujer trabajadora con sus interminables listas de tareas profesionales, domésticas y familiares. Bien es verdad, que su apreciación más destacada coincidía con un ejercicio de autocrítica propio en el que reconocía algo así como que la ausencia de responsabilidad doméstica en el género masculino es directamente proporcional al celo y la incapacidad de delegación femenina. ¡Que les gusta a los hombres un mea culpa de la mujer.

Así, aunque me gustaría poder contar otra historia, la realidad es que, aunque siempre hay excepciones, muchas de nosotras somos parte y causa en el desequilibrio del reparto de tareas en casa. En primer lugar, por una cuestión sociológica los hombres de mi generación (nuestra generación) y anteriores han nacido, crecido y vivido en un entorno doméstico en el no sólo no era propio, sino que incluso no estaba bien visto, que los hombres ayudasen o colaborasen con los quehaceres. Y eran las madres las que alejaban a los hijos varones de la cocina. Todavía guardo en mi memoria como mi abuela, de 92 años, montaba en cólera cada vez que mi padre intentaba tan sólo poner a calentar la comida en el fuego a la espera de que mi madre volviese de trabajar. Para ella es inconcebible que un hombre pueda intervenir en la cocina, aunque la mujer tenga que solapar una guardia de 12 horas con la rutina doméstica.

Afortunadamente, los tiempos están cambiando y los chicos cada vez son más participes de los trabajos domésticos, sobre todo en aquellos casos en los que han vivido fuera de la casa familiar y han tenido que aprender a la fuerza. Sin embargo, nosotras continúanos cometiendo errores imperdonables en la convivencia de pareja que desembocan en hábitos y costumbres difíciles de modificar, ya que resultan cómodos para ellos. Esto se debe (como adelantaba la semana pasada) en gran medida a nuestra inclinación y querencia por controlarlo todo.

Así, reconozco que muchas veces prefiero hacer yo las cosas de primeras por no:

  1. ‘Perder’ el tiempo indicando qué es lo que tiene que hacer y cómo quiero que lo haga.
  2. Repasar, corregir e incluso rehacer lo hecho porque no está como a mí me gusta o como yo acostumbro a realizarlo.

Y, además, estoy segura de que muchas os sentís identificadas con esta afirmación. Visto así nos parece trabajo doble, pero no nos engañemos es un autoengaño del que ellos se aprovechan.

¿Cuántas veces habéis mandado a vuestra pareja a la compra y a la vuelta le habéis regañado porque los macarrones no son la marca que vosotras compráis? ¿En cuántas ocasiones habéis acabado quitándoles la fregona, escoba o aspirador de las manos porque no lo estaban haciendo bien, para terminar el suelo vosotras? ¿Y los platos? ¿Cuántas veces habéis acabado de fregarlos tras cientos de indicaciones y recriminaciones a sus esfuerzos? Por todo esto creo que nosotras también nos lo debemos hacer mirar.

Con esto no quiero eludir la responsabilidad que ellos tienen en su compromiso con las tareas del hogar, pero quiero ser justa y no cargarles todo el peso de la culpa, ya que reconozco que en muchos casos cercanos y en el mío propio nosotras también contribuimos en esto. Esta claro que ellos, por regla general, se comprometen menos con las tareas domésticas pero nosotras debemos aprender a delegar y relajarnos con el perfeccionismo para contribuir en convertirlos en buenos amos de casa… porque ¡Hay que ver qué sexys están en delantal!

Mis fines de semana

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Fotos en familia después de jugar a ‘saltar’ en la cama.

Cuando uno vuelve la vista atrás, siempre se sorprende con algunos cambios en su vida de los que, pese a la intensidad de las transformaciones, no ha sido consciente por la paulatina evolución de los mismos. En mi retorno al pasado, en esta ocasión, he sido testigo de cómo se han transformado mis fines de semana. Además, este es un cambio que con mayor o menor celeridad todos vamos experimentando: La fiesta, las reuniones con amigos, las largas mañanas de domingo en cama y las ocasionales resacas van dando paso a días y actividades más tranquilas y, en muchos casos, bastante menos nocturnas.

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La cama de mi madre, uno de nuestros escenarios favoritos.

La forma de disfrutar de este tiempo de ocio, como la materia, no se elimina; se transforma. Sin embargo, lo que nunca cambia es mi deseo y animo de alcanzar los mismos y la sensación de cuán efímeros resultan. Y como prueba de ello me gustaría que pudieseis, al menos escuchar, como ‘El leñador’ (nombre que recibe de su madre mi sobrino de menos de dos años) jalea con los brazos en alto: “Weekend, weekend”, cuando se acerca el mediodía de la última jornada laboral.

Pero si durante una época de mi vida el fin de semana comenzaba con la quedada de los viernes noche –no sé en vuestro caso pero en el mío para nosotros éste era el gran momento- ahora soy incapaz de imaginarme en pie hasta las tantas de la madrugada después de una agotadora semana de trabajo. Así, cuando dan las dos del mediodía en reloj, a veces un poquito más tarde, me dispongo a recoger todos los enseres de trabajo en el Ayuntamiento donde ejerzo mi profesión por las mañanas y, si lo que queda de día se presenta tranquilo, optamos por tomar unas cañitas fuera de casa para después volver durante un par de horas o tres al faena en la radio por Internet en la que colaboro (en horario de tarde). Después, y de regreso a casa, compra de supervivencia para el fin de semana (aunque no solemos necesitar mucho. Ya entenderéis por qué), peli y velada tranquila de cine, sofá y manta… Y si tenemos el cuerpo ‘golfo’ vinito de acompañamiento.

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Desayuno de fin de semana fuera de casa.

En cuanto a los sábados y domingos, para mí levantarse tarde se ha convertido en permanecer en la cama hasta las nueve de la mañana, hora en la que en otra época podía estar prácticamente de recogida o de charla en la cocina de casa repasando las batallitas de la noche con mi hermana mientras ‘atracábamos’ la nevera. No sé por qué a esas horas nuestro aperitivo favorito siempre fue el queso. Una vez en pie, ducha y acondicionamiento más ‘casual’ de lo habitual y, en muchas ocasiones, desayuno fuera para continuar con los planes. Siempre bastante familiares.

Así, durante estas dos jornadas de ocio, repartimos el tiempo entre momentos de shopping y largos paseos, ya sea por Murcia o Caravaca, donde acudimos cada fin de semana para visitar a mi familia y disfrutar de actividades que se alteran por la presencia del ‘peque’ de la casa, un evento cultural o una visita al museo ya no son lo que eran (juzguen ustedes mismos por las fotos). Cenas, comidas o aperitivos con vino blanco (algo a lo que me estoy aficionando bastante) en familia, ratitos de parque que se alternan con algunas tareas domésticas e incluso espacios para el trabajo y la organización semanal y este blog… y muchas muchas fotos. Por supuesto, cuando la economía lo permite, también alguna escapada que otra.

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Fotos y más fotos de fin de semana.

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Ratitos de charla y vino blanco.

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Tarde de juegos entre niños con ‘El leñador’ y el ‘primo Diego’.

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Jugando con el ‘Tato’ y montando filas de coches.

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Paseos de invierno por Caravaca.

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Actividades culturales con niños.

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De visita en el museo (Antigua Iglesia Jesuita en Caravaca).

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¡Como acaban esas visitas al museo!    

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Nuestros fines de semana siempre son muy musicales.

Nada tienen que ver mis fines de semana con los de antaño, pero son formas distintas de seguir disfrutando.

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Poniendo un poco de cultura y arte al fin de semana. Tarde en el museo.

Llevo un día de locos

Los lunes suelen ser en todos los hogares el día de máxima locura. En mi caso, poner al día la agenda de la semana de mis varias ocupaciones laborales, cerrar el guión del espacio de radio (Murcia Más Cerca) de los martes, programar los post del blog y el artículo de mi columna en La Opinión, y planificar los menús (truco que explicaba en este post) y tareas de casa me suele llevar gran parte de la jornada. Todo ello, además de llevar a cabo las tareas habituales del estricto horario laboral. Con lo que no se me ocurre mejor forma de empezar la semana que con el siguiente post. 

trabajando en casa

Moka Home Office improvisada en la cocina

Quienes me conocen, trabajan o han trabajado conmigo en los últimos tiempos saben que ésta es una de mis muletillas o recursos lingüísticos más utilizados –hay entre ellos quienes me imitan, incluso con el tonito de desesperación que utilizo al verbalizar esta idea –. Y es, que como una gran parte de la población mundial, sufro una de las enfermedades más de moda, el síndrome de la ‘sobreocupación’ o patología de la tarea desmesurada. Este mal puede tener varias y diferentes causas, pero en mi caso los principales factores de riesgo son mi incapacidad para decir no y mi necesidad constante de estar haciendo cosas. No es fácil estarse quieto cuando va en contra de la naturaleza propia. Como tampoco lo es negarse a las peticiones, solicitudes o demandas de las personas que tienes cerca. Como consecuencia de esto, una de mis alocuciones recurrentes también es: “No te preocupes, yo me encargo”. Y de verdad que lo hago con gusto, porque la suerte de todo esto (algo bueno tiene que tener el estar en constante ocupación) es que disfruto con mi trabajo.

12113470_1131849516845150_7742543040641267443_oAsí, sin darse una cuenta, al final se encuentra con dos trabajos, en una radio y un ayuntamiento, una colaboración semanal en un periódico regional, un blog personal y un proyecto de blog compartido con mi hermana, que por falta de tiempo no termina de ver la luz, como tantas otras aspiraciones: el inglés, el gimnasio, aprender cocina, fotografía… Ni que decir tiene que además hay que ejercer de mujer, amiga, hermana, hija… y no se cuantos calificativos más de los cuales no quiero acordarme ¡No sé cómo lo hacen las que además son madres! Ya que a todas estas ocupaciones suman una tarea, y qué tarea, más. No se a ustedes, pero a mí me faltan horas al día –frase que también repito, y escucho, constantemente –.

IMG_2489Y como todo siempre puede ir a peor, desde verano ya no cuento con la ayuda doméstica que una señora me prestaba, previo pago de su importe, una vez por semana para aliviar los quehaceres domésticos. Con lo que añado mi versión más ‘maruja’ a todo lo anterior. Cosa que aunque me quita muchísimo tiempo, me ayuda en ocasiones para liberar estrés y despegarme del ordenador, e incluso me sirve como equivalente al gimnasio. Y así, entre calendarios, horarios y listas de tareas pendientes y ‘to do’ que empapelan mi casa y mi lugar de trabajo, he pasado a medir mi nivel de ocupación semanal en función de la montaña de ropa que tengo por planchar. Y si les digo que aún hay en la base de la misma prendas del viaje de verano que hice en agosto se podrán hacer una idea de cuan locos son mis días.

Pero aunque sea de tontos, la verdad que me consuela saber que este es mal de muchos; o más bien de muchas. Y es que la población de riesgo en esta enfermedad es la femenina, y discúlpenme caballeros, pero haciendo un pequeño estudio y encuesta demoscópica entre mis allegados descubro que estos síntomas son más propios de las mujeres, quizás por nuestra inclinación y querencia a controlarlo todo. Así, bromeando con mi hermana nos reíamos pensando o imaginando que si fuésemos presidentas del Gobierno, por no delegar, acabaríamos limpiando hasta La Moncloa, y los fines de semana el Congreso y el Senado.

Hace unos días leía las declaraciones de un amigo (Nacho Ruiz) en su Facebook en las que aseguraba que a él le gustaría ser rico para poder levantarse por las mañanas y leer la prensa tranquilamente con un café tras otro, indicando, al contrario de lo que reza un conocido eslogan publicitario, que “tengo sueños baratos”. Yo, sueño con tiempo…

Todo lo que os debo

Hoy, pensando en toda la buena gente que tengo a mi lado, me acordaba de este artículo que escribí ya hace un tiempo para el periódico La Opinión de Murcia (29 Marzo 2014) y que comparto ahora con vosotros. Cuando todos estamos preocupados por si llegamos o no a fin de mes, yo hago un balance de mis ‘posesiones’. 

256954_10151096402693914_1801958299_oMe he propuesto demostrar que en una España de endeudados, porque quién no tiene una astronómica hipoteca que pagar hasta el fin de sus días, deber no siempre tiene un significado negativo. Así, con papel y lápiz en la mano me dispongo a hacer balance de mi columna de ‘haberes’ y ‘deberes’. 

253170_10151133246513914_479848498_nCon quienes primero contraemos una deuda es evidentemente con nuestros progenitores, y si empezamos diciendo que ellos les debemos la vida, parece lógico que el resto de ‘compromisos’ carezcan de importancia; sin embargo, hoy seré lo más detallada posible en mi inventario. 

A mi padre le debo mis ojos, mi optimismo ante la vida, mi afición a la cerveza, mi buen gusto musical, mi primera película en el cine y algún concierto de Raphael. A mi madre, un modelo y referente de mujer, hija, esposa, madre y trabajadora incansable, mi sentido de la responsabilidad mi carácter, mi pelo fino y algunas fotos para destruir con un look de hombreras y diademas enormes. A mi única hermana, una compañera de juegos, aventuras y desventuras de por vida, mi mejor amiga y confidente, algún que otro castigo y azote compartido y mi afición a los blogs de moda, al maquillaje y a comprar por Internet. A algunos maestros y profesores les debo parte de mi ‘saber’ acumulado, mi interés por el arte y la literatura, mi afición a leer y escribir y haber corregido mi enorme letra y espantosa ortografía. A mis compañeros de clase, alguna que otra respuesta copiada en un examen.

8908_10151645223878914_694710504_nA mi primer noviete de verano le debo las mágicas noches estivales, alguna bronca paterna y mi, afortunadamente, único contacto con la música bacalao, que se decía entonces. A mi primer amor de instituto, mi primer festival de rock, mi primera carta de amor, el primer te quiero, los primeros besos con mariposas y mis primeras lágrimas de desamor. A Magín le debo uno de mis libros favoritos, ‘El Lobo Estepario’. A mi amigo Paco, el descubrir que hay personas que te entienden con una mirada, y junto a Jaime, Harry y Carlitos, uno de los festivales más divertidos de mi vida. A Natalia le debo muchos momentos de nervios compartidos, estupendas tardes de miércoles en la radio, mis uñas cuidadas y aprender que “el chocolate, un minuto en la boca y diez años en las cartucheras”. A Carmen mis ‘cafés-terapia’ cada mañana y entender que “el peinado es importante”.

A las personas que han convivido conmigo les debo haber aprendido a ser mejor persona, menos egoísta y a entender que una pareja siempre son dos y que hay que compartir tanto los buenos como los malos momentos. A Yayo le debo mi primera prueba radiofónica, y a José Augusto mi oportunidad en la radio, mi amor por ésta, mi mejora constante y mi empeño diario, y otras muchas cosas más que no procede desvelar aquí.

575431_10150794701823914_1351830491_nA Madrid le debo el retiro, el Prado y cinco años inolvidables de mi vida. A Jaén, mi primer trabajo en una redacción, y a Granada, el haber descubierto una de las ciudades más bonitas y acogedoras. A Cartagena le debo mi formación como periodista en la práctica, un grupo de amigos que me hicieron sentir como en casa y mi viaje a Sicilia, además de la Mar de Músicas. A Facebook, mi reencuentro con Rebeca; a Queen, una de mis canciones favoritas; a Tornatore, Cinema Paradiso; a los Rolling Stontes, Satisfaction para cantar en los karaokes; al cine, muchas lágrimas, risas y momentos de evasión; a los italianos, los macarrones con tomate; a los franceses, el chardonnay y el champagne…

Y así podría seguir otras setecientas palabras más, pero en resumen, me deuda es tal que jamás podré pagarla, así que sólo puedo decir: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.

Esta puta vida

IMG_3718Hay días que uno se acuesta pensando que la vida, así en general, es muy puta –y disculpen por el malsonante vocablo que no es propio de mi lenguaje, pero no se me ocurre ningún otro que describa mejor esa sensación de hartazgo de todo –. Así me metía yo en la cama el pasado martes, más cabreada que triste por lo que considero un devenir injusto para determinadas personas y situaciones. Es propio, al menos en los pueblos, que las señoras repitan ante una sucesión de infortunios aquello de “las desgracias nunca vienen solas” o “hija, esto son rachas”, aunque siempre son malas porque las cosas buenas vienen contadas, o ¿no?

Evidentemente, no soy yo quien para juzgar el acontecer, pues no manejo toda la información y esto me haría errar en mis posturas. Pero en determinadas ocasiones entiendo que el responsable de todo esto no está muy acertado. ¡Y perdone usted mi atrevimiento! Nos cuentan que “todo en la vida pasa por algo”, y debemos creer que así es, sin argumentaciones que expliquen el teorema, y quizás sería lo más fácil, pero yo me resisto. Y es que no creo que nadie pueda entender que dos personas salgan de casa, casi de madrugada para ir a trabajar (en la dureza de condiciones que lo hacen en un andamio. Sé bien de lo que hablo, pues soy hija de obrero), y la única noticia que volverán a tener sus familias de ellos es una llamada de un tercero, un desconocido, anunciando lo que nadie quiere nunca oír.

Hace un tiempo leía un fragmento de una novela, no recuerdo dónde, que expresaba perfectamente una sensación que no había sido capaz de transmitir, aunque desgraciadamente, sí de sentir: “Otro de los pensamientos recurrentes de Alberto era éste: ¿cómo es posible que alguien que es tan importante para uno esté muriéndose y mientras estemos pidiendo unos snacks a una azafata o leyendo un libro como el que tienen en sus manos, ajenos al golpe tan violento que vamos a recibir pocos minutos después?”. Pues eso, no puedo entender como se banalizan momentos que cambian nuestra existencia con la rutina y quehacer diario de nuestra vida. Como algo que es trascendental para nosotros sucede y la vida sigue con sus simplezas y trivialidades.

Todos contemplamos situaciones, que sin lugar a dudas nos parecen injustas. Injusto me parece estar prácticamente postrado en un sillón, mientras llega el fin de tus días, cuando lo que más te ha gustado en el mundo ha sido caminar. Injusto me parece trabajar a diario más de 8 horas y al volver a casa, cuando debería llegar el momento del descanso, cuidar de una madre que, por su deterioro cognitivo, ya no parece la tuya. Injusto me parece luchar contra un cáncer que se resiste a desaparecer, tratamiento tras tratamiento, en la soledad de la lejanía de los tuyos. Todo esto, y mucho más, me parece injusto a mí.

Sin embargo, y curiosamente, han sido los protagonistas de estos desfavores, a mi juicio tremendos, los que me han enseñado, con su ejemplo, que la vida es así y, puta o no, lo importante es vivir, pues es lo que nos queda, y dejar un buen recuerdo en los nuestros y, en la medida de nuestras posibilidades, un mundo mejor. Y de esto bien sabía mi padre, que me dejó en herencia –bendita herencia –la capacidad de sonreír. Sonreír siempre, en cualquier circunstancia. Incluso en medio del llanto, que asome la sonrisa. Recuerdo las celebraciones, con champagne incluido, de sus infartos, ictus y demás dolencias tras las oportunas hospitalizaciones. ¡Genio y figura!

Y es que (como también he leído por ahí), “lo importante no es morir, sino hacerlo sin haber vivido. Quien verdaderamente ha vivido, siempre está dispuesto a morir; sabe que ha cumplido su misión”.

P.D. Perdonen que pierda hoy la simpatía característica de esta columna, pero hay momentos que así lo requieren.

Libros

DSC_0559“Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”, que decía Mario Vargas Llosa –habrá que preguntarle si esto es así ahora que se ha ‘ligado’ a la musa de Porcelanosa. Pero mientras nadie diga lo contrario no hay motivo para dudar–. Yo no me atrevería a decir tanto, porque en la vida he experimentado sensaciones que, sino superan, sí igualan a la de la lectura, y mira que he disfrutado muchísimo practicándola. Bien es verdad, que ésta (mi vida) no sería la misma sin esta afición a los libros.

En primer lugar, fue la lectura –bueno, también los muchos dictados de mi época escolar con Doña Antoñita en el Colegio Basilio Sáez de Caravaca –la que acabó con mis tremendas faltas de ortografía. Y es que mis trabajos o redacciones eran un baile de señas rojas organizado por mi despiste y absoluta falta de atención, ya que incluso cuando copiaba de la pizarra erraba en las palabras. Sin embargo, mi interés por las historias que otros contaban, ya sea a través del cine, la televisión o la literatura, hacía atisbar cierta redención para mi caligrafía. El primer libro que me atrapó por dentro, lejos de ser el clásico ‘El Principito’, que toda una generación presenta como un fetiche de su infancia –a mí me cautivó años después –, fue uno de lectura obligada en alguno de los cursos de la entonces EGB. Entre los muchos ejemplares de ‘El barco de vapor’ que nos mandaban, en azul, blanco, naranja o rojo dependiendo de nuestro nivel de lectura, se colaba una novela con una portada diferente. No recuerdo bien mi edad, pero sí que no conseguía dormir por las noches, después de ojear sus páginas en la cama, consternada por la tragedia de fondo que éstas relataban: La traición a un amigo. Por aquel entonces conocía yo la conspiración y el asesinato de Julio César. El libro, ‘Guárdate de los Idus’.

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Aprovechando el sol y el buen día en la terraza de casa de mis padres

Desde ese momento, el drama y la tragedia marcarían mi destino literario. En el instituto, mi afición por la filosofía, me llevó a ‘coquetear’ con algunos escritos de Platón, San Agustín y Marx, incluso me atreví con el escepticismo de Nietzsche, pero me atraían mucho más sus ideas que su forma de escribirlas o expresarlas. La segunda obra que albergo en mi memoria como relevante fue ‘La Metamorfosis’ de Kafka. También recuerdo la angustia que me produjo leer la horrible transformación de ‘Samsa’ y la ‘prisión’ y el aislamiento en el que vivía.

Ya en la universidad, la literatura me acompañó durante muchas noches de soledad en mis años en Madrid. Fue aquí cuando irrumpió con más fuerza el género femenino: Woolf y O´Connor fueron dos de las más repetidas. Sin embargo, también hubo tiempo para Gabriel García Márquez con ‘Cien años de soledad’, ‘El Coronel no tiene quien le escriba’ o ‘Crónica de una muerte anunciada’ o Camus. En los últimos cursos de la carrera me dio por los rusos: Chejov, Tolstói y Dostoyevski se convirtieron en mis compañeros de habitación y almohada, aunque estaban un poco mayores para mí.

Y aunque han sido muchos los amores, de ambos sexos, que han desfilado por mi cama –tengo la costumbre de leer siempre antes de dormir –finalizaré sólo con un más: ‘El lobo estepario’ de Herman Hesse y la angustia de Haller “un genio del sufrimiento” que acabaría enseñándome que en la literatura, como en el Teatro Mágico, hay un cartel que pone “Entrada sólo para locos, cuesta la razón”. Sin embargo, tal y como está el mundo , “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”, que decía Cortazar.

Hombres de alquiler y ‘selfies’ orgásmicos

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Selfie de la autora

Seguro que a todos se os ha pasado alguna vez por la cabeza la idea de montar un negocio. Normalmente auspiciado por el hartazgo de jefe que cada trabajador o trabajadora hemos experimentado en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida laboral. Pensando que trabajar para uno mismo y ser tu propio jefe es la solución a todos los problemas. Sin embargo, cuando uno hace esta reflexión siempre se olvida del recibo de autónomo, el IVA y el IRPF, entre otras cosas. Y si además uno intenta ahorrar en gastos externos y pretende llevarse el mismo la contabilidad… Conocerá lo que es el infierno en vida. Una auténtica pesadilla de formularios: 303, 390, 115, 145… que se repiten de forma periódica en su existir.

Pero sí, antes de pasar por el trance de ser autónoma, yo también pensaba que esa sería la formula del trabajador feliz. Lo que no tenía tan claro en mi carrera al éxito profesional era el objeto social de mi futuro pequeño negocio. En España casi el 90% de estos propósitos (independientemente de que luego se cumplan o no) pasan por ‘montar un bar’. En Murcia, por lo menos, todas las semanas asistimos a la inauguración o cierre de un nuevo garito o local. Somos poco originales en eso de buscar nichos de mercado. Ni siquiera en las nomenclaturas lo somos. Todo lo contrario le ocurre a los japoneses cuya creatividad en los negocios parece no tocar techo.

Si para muchos el ‘puterío’ es el oficio más antiguo de la historia, éste ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de los años. Desde el más fino, a los gigolós, ‘streapers’ o señoritas de compañía, pasando incluso por la versión más moderna, y también dicen que light, las escrot. Sin embargo, jamás se nos habría pasado por la cabeza evolucionar a la adaptación más sentimental de esta figura de hombres y mujeres de alquiler. Bien, pues una empresa japonesa se dedica a comercializar apuestos ejemplares masculinos para que las clientas, de momento sólo mujeres, tengan un recio y atractivo hombro sobre el que llorar. Al módico precio de 55 euros la hora, usted puede hacerse con un seductor caballero que le enjugará las lagrimas en sus momentos más bajos.

Los ‘Ikemesos’ ayudan a las japonesas trabajadoras e independientes asfixiadas por las excesivas cargas y tensión laboral a poder expresar sus sentimientos y así aliviar sus tensiones. Estos caballeros siguen un modus operandi específico en todos sus encargos o pedidos. Primero ayudan a la mujer a llorar y, una vez que el llanto asoma, éste acariciará la mejilla de la clienta con dulzura y suavidad para secar sus lágrimas hasta hacerla sentir reconfortada. Parece una tontería, pero qué no daríamos algunas por poder desahogar nuestras frustraciones en determinados momentos, y si encima es sobre un hombro fuerte más aún. No me negarán la originalidad del invento, la utilidad es otra cosa.

Y si de inventos extraños seguimos hablando, esta semana he descubierto en lo que ha evolucionado el dichoso palo ‘selfie’, que al parecer después de varias versiones fallidas, como el palo con cuchara para hacerte fotos mientras comes o el ‘selfie-stick’ para auto-fotos de mascotas, este artilugio ha derivado en el palo ‘selfie’ vibrador que recoge tu rostro en el instante de mayor éxtasis. Como ya habrán imaginado, el mismo incluye uno de estos juguetes eróticos a un lado y en el opuesto un palo ‘selfie’ sobre el que colocar el teléfono móvil para capturar el momento. Del éxito de la propuesta ya hablaremos en un tiempo. De momento, respondamos a una pregunta “¿Quién no quiere ver su cara durante el orgasmo?”, que se preguntaba la periodista que escribía el artículo. Pues bien, yo prefiero ver la del otro.

«Lo más duro es ver que hay gente que necesita tu ayuda y no la puedes asistir», Médicos Sin Fronteras

Médicos Sin Fronteras

Médicos Sin Fronteras

“Trabajamos en aquellos lugares que hay necesidades sanitarias y no hay otros actores. Fundamentalmente donde hay conflicto armado porque cada vez hay menos agentes que trabajen en estas zonas», asegura Mila Font, responsable de Médicos Sin Fronteras en la Región de Murcia, con quien nos tomamos el #CaféSolidario hace unas semanas en ‘Aquí y Ahora’ (romMurcia Radio).

Así, comenta que dadas las circunstancias en las que desempeñan su labor, el trabajo «es peligroso en algunos lugares porque es una situación difícil, pero sobre todo para los que viven allí», y destaca que «tenemos equipos que se dedican a valorar toda la información para garantizar nuestra seguridad, y aunque sean entornos inseguros reducimos considerablemente ese riesgo o peligro». Sin embargo, no se puede garantizar la seguridad al cien por cien y hace unos días conocíamos la terrible noticia de la muerte de 22 personas en el bombardeo a un hospital de Médicos Sin Fronteras en Kunduz.

Pese a la dureza de esta labor, Font indica que hay muchas personas interesadas en trabajar con esta organización, pero que «en el caso español nos fallan los idiomas, porque hay que manejar bien el inglés y el francés para entenderse bien en las zonas en las que nos encontramos».

En unas reflexiones más personales, asegura que «lo más duro de todo es ver que hay gente que necesita tu ayuda y no la puedes asistir», pero lo mejor «es poder poner tus conocimientos y capacidades al servicio de quien los precisa».

Médicos Sin Fronteras recibe el apoyo de millones de personas en todo el mundo ya que el 90% de los fondos que obtiene vienen directamente de colaboraciones y donaciones particulares. En nuestra Región son más de 10.000 murcianos los que cooperan en sus proyectos.

Ante la actual crisis migratoria que vive el Mediterráneo Médicos Sin Fronteras ha habilitado varios barcos en esta zona con los que ya ha rescatado a más de 16.000 personas haciendo lo que mejor saben, salvar vidas. Sin embargo, desde la organización aseguran que Europa no está abriendo las vías oportunas y seguras para que estas personas puedan recibir asilo y atención en otros países.

Médicos Sin Fronteras es una organización médico-humanitaria internacional que asiste a poblaciones en situación precaria y a víctimas de catástrofes y de conflictos armados por todo el mundo, sin discriminación por raza, religión o ideología política.

Además, esta organización nacía en 1971 ni más ni menos que en la redacción de un periódico en París gracias a un grupo de médicos y periodistas implicados con la asistencia sanitaria universal e independiente. Es una organización que hoy día goza del respeto y el cariño de toda la sociedad por su implicación, su trabajo y su transparencia y buen hacer en el desarrollo de su actividad. Por algo en 1999 recibe el Premio Nobel de la Paz.

El AUDIO de la entrevista AQUÍ.

Fotos: Médicos Sin Fronteras. 

Vamos a contar mentiras…

IMG_2031“Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el universo era más ancho que sus caderas. Le dibujaba un mundo real no uno de color de rosa, pero ella prefería escuchar mentiras piadosas”, que decía Joaquín Sabina. Y es que no sólo es cierto que todos decimos alguna que otra mentira piadosa, ausente de malicia alguna por supuesto, porque siendo prácticos en ocasiones es mucho más sencillo adulterar la verdad y mantener el clima de paz y cordialidad que sincerarse y acabar con las buenas relaciones; sino que además en ciertos momentos preferimos seguir viviendo en la ignorancia y… ser felices. El “miénteme” y, sobre todo, el “te dejo que me mientas” resulta más cómodo también para nosotros.

¿Cuándo empezamos a mentir? Porque de niños, en la más tierna infancia, no mentimos. Ni sabemos ni entendemos el valor de la mentira. Sin embargo, es cuando comenzamos a socializar cuando encontramos esta astucia del lenguaje útil para nuestra supervivencia. Es por esto que resultan completamente instintivas. Un “yo no he sido” puede resultar tan espontáneo o primitivo como el salir corriendo ante un peligro, y tan eficaz, te va la ‘vida’ en ello.

Las mentiras piadosas no se dicen por el hecho de mentir por mentir, sino que resultan el mal menor, sin hacer daño ni herir a nadie. Algunas, de hecho, no son ni mentiras, sólo se omite parte de la verdad, por lo que no se pueden considerar ni siquiera farsas. Algunas mentiras salvan relaciones (ya sean personales o profesionales), otras evitan disgustos o broncas monumentales y las hay que se pueden considerar la ‘buena acción’ del día.

Mentimos en el trabajo:

  1. Te llamé pero me salía apagado.
  2. Me pongo ahora mismo con lo tuyo…
  3. Lo tenía apuntado en mi agenda (cuando realmente ni te acordabas de la cita).
  4. Se habrá ido a la bandeja de SPAM.
  5. Has estado mejor que el año pasado (al jefe en la cena de empresa de Navidad).
  6. Lo tengo todo bajo control.

Mentimos en sociedad, familia y con amigos:

  1. ¡Que bien te sientan los años! O la versión: ¡Estás igual que siempre! Cuando te encuentras con alguien que hace mucho que no ves.
  2. Estaba todo riquísimo pero estoy llena.
  3. La mesa estará lista en cinco minutos (en un restaurante).
  4. Tú no eres tonto, hijo, es que el maestro te tiene manía.
  5. ¡No agente… no me había dado cuenta de lo rápido que iba!
  6. ¡Ni te había visto! En un ‘encontronazo’ incómodo.

Y en pareja:

  1. No eres tú, soy yo. La más obvia.
  2. Si quieres podemos ser amigos.
  3. No, no importa… Mentira. Siempre importa.
  4. Cariño te he echado mucho de menos (tras un fin de semana de juerga con amigas).
  5. No me pasa nada.
  6. ¡No te va a doler!

Las mentiras piadosas son tan inofensivas. Y algunas, no me lo negarán, tan necesarias. Hay incluso quienes ejercen el engaño como una clase de talento, aunque éste no será mi caso que se me pilla antes que a un cojo, como suele decirse, pero no por eso cejo a veces en el intento. Si hasta Pinocho, que acusaba físicamente los efectos de sus farsas, la practicaba, que no haremos los demás… que como mucho ésta enrojece una pizca nuestras mejillas.

Y es que en la vida “aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor”.