Temporada de ‘running’

IMG_4472Si la semana pasada escribía sobre mi propósito (de año nuevo) de aprender a cocinar. Ésta continúo con los tópicos; ya que en mi lista, por supuesto, también estaba el de hacer deporte, en este caso en su disciplina más barata, apetecible –dada la climatología de nuestra Región –y, por supuesto, más de moda. Y es que hay cosas que nunca cambian, y los humanos somos de apuntarnos a lo último que llega, me incluyo yo también ya que aunque parezca increíble soy del género mortal y de esto no nos escapamos ni uno . Aunque es algo que venía haciendo desde hace tiempo, lo había abandonado por falta de tiempo y exceso de trabajo, y es de esas buenas costumbres que uno debe retomar. Así que, después de tres meses y medio de frustrados intentos e incumplimientos y ahora que llega el buen tiempo, he decidido que es el momento de recuperar mi actividad física.

Y qué es lo primero que una hace cuando decide volver a salir a correr… ¿Una revisión médica? ¿Prueba de esfuerzo? ¿Preparar una tabla de ejercicios? ¡No! ¡Frío, frío! Lo primero que hace un verdadero ‘runner’ es acudir a alguna de las franquicias de moda de su ciudad y hacerse con la equipación completa en sus colores y versiones más fosforitos –ahora lo tenemos fácil porque el imperio Inditex y hasta las marcas de ropa interior comercializan su colección deportiva para todos los bolsillos -. Y es que desde que salimos a hacer ‘running’ (y no a correr) todo ha cambiado para siempre. Las causas pueden ser diversas, pero el resumen único, y es que ¡somos un poco ‘flipaos’! Nos hemos convertido en auténticos corredores de postal, que diría un amigo mío, mucha equipación y poca preparación. Estaríamos estupendo en la portada de cualquier revista de deporte, pero a la hora de la verdad no somos capaces de dar dos pasos seguidos sin asfixiarnos, sufrir flato o, lo que es peor, un tirón que nos tenga apartados de la carrera el tiempo suficiente para haber perdido la poca forma física que hubiésemos conseguido y hasta las ganas de lucir nuestro ‘fitness outfit’, que volverá al fondo del armario hasta la siguiente temporada, aunque para ese entonces ya habrá pasado de moda y habrá que hacerse con nuevas adquisiciones de tendencia.

Hace unos meses, creo que también os lo he contado, comencé a leer el libro de ‘Mujeres que corren’ y aunque tengo que reconocer que me aportó muchísimos conocimientos y consejos útiles para volver a la carrera –lo recomiendo -, me sorprendió que la autora confesaba haber comenzado su idilio con el ‘running’ con una primera cita de ‘shopping’, buscando las mallas con los estampados más molones. Este año, lo que se lleva son los colores pastel totalmente fluorescentes: rosa, rojo, amarillo, naranja… ¡Festival para los mosquitos de la huerta murciana! Así que yo, que ya he reconocido que soy una más, por mucha rabia que me dé, ya tengo preparado mi ‘look’ de quita y pon en tonos naranja y gris, la equipación titular, y azul y gris, la segunda, adquiridos en un arrebato consumista en H&M, con lo que ya no tengo excusa para ponerme en forma.

Y es que el deporte ha sucumbido a la moda. Todavía recuerdo cuando usaba las camisetas de propaganda – yo fundamentalmente de la marca de magdalenas ‘La Bella Easo’, de la que mi padre, en su aventura de buscarse la vida, fue representante durante apenas un año, y que contaba a pares – para salir a correr tras saltar de la cama sin apenas pararme ni a lavarme la cara y cogiéndome una coleta en el ascensor para no perder ni un minuto antes de comenzar mi jornada laboral. ¡Cuánto ha llovido desde entonces! No necesitaba más que las ganas y quizás un poco de música para amenizar la hora de deporte. Ahora, no sólo nos equipamos como señales reflectantes sino que además nos convertimos en aparatos multifunción, como las navajas multiusos que todos llevábamos encima en los noventa, no me preguntéis para qué pero todos teníamos una: cronómetro, cuenta pasos, cuenta pulsaciones, reproductor musical…

¿El motivo? Muy fácil (como en tantas otras cosas y tras la aparición en nuestra vida de las redes sociales): Salir bien en la foto.

Foto: En la Playa de la Concha, Verano 2014. 

Come (bien), vive, trabaja

la foto 1Con este nuevo post quiero comenzar una pequeña sección dentro de Café Con Moka en la que compartiré algunos de los trucos y consejos que aplico en mi día a día para organizarme; unos propios y otros que he aprendido de otras personas (muchos de ellos de mi fantástica madre que es una mujer diez).

Como os ocurre a muchas de vosotras (y vosotros) a veces me resulta casi misión imposible cumplir en el trabajo, en el hogar, en la vida familiar, conyugar y social, y no morir en el intento. Ese momento en el que llegas a casa, después de una complicada jornada laboral, y descubres que no sólo tienes que prepara algo de cena sino que al fondo del pasillo te espera la habitación del pánico con una montaña de plancha de tres o cuatro lavadoras acumuladas (lo que más odio de las tareas domésticas es la plancha, por eso siempre aparece en mis escritos como el mal absoluto). Ese mismo instante es cuando, tras aguantar problemas, presiones y estrés en el trabajo asegurándote a ti misma que eres una mujer fuerte y que puedes con todo, rompes a llorar.

No siempre es fácil lograr el éxito en todos los ámbitos de la vida, eso es algo que ya he aceptado, sin embargo, con el tiempo he descubierto que hay ciertas rutinas o hábitos que uno puede ir incorporando poco a poco y que hacen mucho más llevadera la ‘carga’ de una mujer trabajadora, pero, sobre todo, que ayudan a reducir el estrés y la ansiedad por querer llegar a todo y no conseguirlo.

la foto 3Entre mis proyectos de año nuevo incluía, como el resto de mortales, comer mejor para estar en mejor forma, pero esto a veces resulta complicado cuando dispones de tan sólo una hora u hora y media, en el mejor de los casos, para el ‘almuerzo’ (como dicen los británicos), y más aún cuando en cuanto a cocina se refiere te cuesta distinguir entre sofreír y rehogar. Pero no soy una mujer que se dé por vencida rápidamente así que me he hecho con varios ejemplares de literatura gastronómica: ‘La Cocina de la Familia Ferran Adria’, libro al que dedicaré un post porque me ha resultado muy útil, y ‘La Cocina de Isasaweis’. Sí, ya lo sé, yo también me sentí muy ‘maruja’ la primera vez; pero con el tiempo y los resultados creo que me ha merecido la pena.

Desde esta adquisición, hace aproximadamente cuatro o cinco semanas, dedico parte del fin de semana (una media hora) a sentarme con estos libros de cocina y un ‘weekly menu plan’ (Planificador semanal de menú), bajado de Internet, que voy rellenando ayudada e inspirada por las recetas que encuentro en estos libros y adaptando las comidas al ritmo de cada jornada, ya que en mi vida ningún día es igual que otro. Este truco que he copiado y adaptado de una famosa bloguera (balamoda) me resulta de mucha ayuda porque no tengo que hacerme periódicamente la odiosa pregunta: ¿Qué comemos hoy? Con este ‘planning’ con sólo echar un vistazo a la puerta del frigorífico, donde lo tengo colgado, ya sé que toca comer al día siguiente y lo que tengo que dejar preparado o necesito comprar en una visita rápida al súper de vuelta de la oficina.

P.D. También me resultan de gran ayuda los ‘tupperware’ que mi madre, también mujer trabajadora, me prepara durante la semana (sinceramente no sé cómo consigue hacerlo) y que recojo en mis visitas a Caravaca.

Fotos de este fin de semana en casa de mi madre preparando el plan semanal de comidas. 

#ImNoAngel

la foto¿Ángel o demonio? Esa es la cuestión que esta semana planteaban las redes sociales tras la respuesta de una marca americana de lencería femenina ‘Lane Bryant’ al gigante corsetero ‘Victoria´s Secret’ que defiende en su última campaña el ‘Perfect Body’ con modelos realmente delgadas pero, eso sí, con exuberantes pechos. Así, gritando “Yo no soy un ángel”, #ImNoAngel, miles de mujeres de todo el mundo se han retratado y han subido sus fotos a los perfiles de Twitter y Facebook reivindicando un modelo de mujer mucho menos ‘perfecta’, quizás sí o quizás no, pero mucho más real y, por supuesto, también sexy. Y es que la industria de la moda y la cosmética demonizan todos aquellos perfiles que se pasen o no lleguen a su precio justo, es decir, el 90-60-90. Sin embargo, no veo yo muchas de estas ‘criaturas celestiales’ en mi día a día, por lo que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra…

Si usted no es perfecta, no se sienta mal. Yo, sumándome a este eslogan, tampoco quiero ser ángel, porque se intenta imponer un estereotipo de belleza que no sólo no es real, sino que es imposible… Y es que últimamente está mal visto hasta tener los talones agrietados –como reza un spot de televisión –.

No se trata de estar por encima o por debajo del peso saludable, las exigencias van mucho más allá proponiendo una tipología de mujer resultante de la mezcla de extremidades de diversos cuerpos creando un nuevo ser, algo así como un Frankestein femenino de Miami Beach: largas y brillantes melenas, delanteras de vértigo, cinturas de avispa, turgentes y generosos glúteos, torneados muslos y pies de manicura francesa. Por no hablar de arrugas, estrías o celulitis, esto en el argot ‘religioso’ vendría a ser algo así como pecado mortal. Pero no se engañen, esto no es real. Incluso las que más perfectas parecen, por suerte, llevan horas de photoshop a sus espaldas o, particularmente en el caso que nos ocupa, a sus delanteras, como ponen de manifiesto algunas revistas y publicaciones a través de una grotesca y, por cierto, bastante popular corriente que ‘pilla’ a las celebrities en sus peores días. Gracias a lo que hemos descubierto que la mismísima Jennifer López tiene celulitis y que los muslos y abdomen del icono de la moda Kate Moss son bastante flácidos, entre otras cosas.

Mujeres con curvas, delgadas, sin pecho, con mucho pecho, con traseros respingones, sin pompis, con michelines, un poco huesudas, con piel de naranja, con aspecto flácido, con piernas cortas… esto es lo que todos vemos en nuestro día a día, lo que no quiere decir que esto no sea sexy o simplemente bello. Son mujeres en todas sus variedades, algunas de ellas realmente espectaculares, pero mujeres reales con sus ‘cositas’. Todas tenemos derecho a querer vernos lo más guapas y sexys posible, jamás voy a criticar esto, yo soy la primera que intento cuidarme y acudo anualmente a la operación bikini, pero sin engaños ni trucos de cámara. Y es que incluso la sensual Sofía Vergara, aquella que con un increíble sentido del humor y naturalidad asumía su rotura de vestido (dado su contundente trasero) durante una gala de los Premios Emmy allá por el año 2012, ha sorprendido con unas declaraciones en las que asegura que le gustaría tener unos pechos falsos porque los suyos “son demasiado grandes”. En respuesta a esto, me gustaría preguntar a los barones que se encuentran por la sala si ¿realmente alguno considera excesivos los atributos de la protagonista de Modern Family?

Si la despampanante top model de los 90 Cindy Crawford ha sido víctima de la celulitis, hecho que conocíamos gracias a unas fotos en las que ella misma quería normalizar los efectos del paso del tiempo en la silueta de una mujer, qué no vamos a tener las demás… Lo dicho, que yo llevo una 38, mido 1,67 cm (creo), lucho a diario contra las arrugas y la piel de naranja con carísimos productos de belleza y no soy un ángel. Pero… ¿y quién quiere serlo cuando pecar es tan divertido?

Foto tomada en Londres después de un día de caminata. ¿Se nota, no? 

Las relaciones y las dietas yoyó 

“Cuando uno acumula experiencias y ‘estrías’ amorosas consecuencia del efecto rebote en los romances, comienza a pensar que quizás es más certero tomarse un tiempo en quitarse esos kilos de más e invertir en un ‘tipazo’ o relación de pareja a largo plazo con más sacrificio” .

IMG_0429Con el tiempo libre y el relax que dan las vacaciones, ya que uno esta sujeto a muchas menos tareas y obligaciones que en periodo laboral,  la capacidad de reflexión aumenta de forma considerable, incluso a límites completamente insospechados, mientras una se relaja (o hasta en algunos casos se aburre, pero bendito y, sobre todo, necesario aburrimiento) en la hamaca de la piscina bajo el sol de las cinco de la tarde. En estas circunstancias me disponía yo a escribir, teléfono inteligente en mano, algo que también ha contribuido sobremanera en los últimos años a poder llevarte el trabajo pendiente allá donde vayas y convertir los ‘deberes’ de las vacaciones en algo mas llevadero, cuando escuchaba, por casualidad, la conversación de mis vecinas de toalla sobre los pros y los contras de las conocidas como dietas yoyó por el efecto rebote que producen.

¿Cómo no se me había ocurrido antes dedicar un espacio a este fenómeno que tantas adeptas y, cada vez más, adeptos incorpora a sus filas? Sobre todo como preludio al verano e instigado por cientos de revistas de las que se llaman ‘femeninas’ con miles de propuestas para perder dos o tres kilos antes de lucirse en traje de baño. Así comencé a ‘cotillear’ intentando encontrar algo original y divertido al respecto, pero después de unos cuantos topicazos… ¿qué podía decir yo que no se hubiera dicho antes sobre este asunto? Además, la charla tampoco conseguía mantener mi interés, con lo que decidí abandonar mi objeto de investigación. Volviendo a concentrarme en buscar un tema interesante esta vez ponía atención en el debate que mantenían varias adolescentes en la sombrilla contigua y que por su edad y temática conseguía despertar mi curiosidad: las relaciones vistas desde el punto de vista de jóvenes de 16 años, con poca experiencia pero con todas las expectativas del mundo.

Me pareció realmente muy interesante reflexionar sobre lo que pensamos que serán nuestros romances antes de haber tenido incluso algo que se le parezca y, por supuesto, sin las experiencias de pareja, de decepciones y fracasos acumuladas que obligan a cambiar nuestra perspectiva sobre el amor. Quizás ‘los adultos’ estemos equivocados y sean estas originarias teorías sobre las relaciones las reales, ya que no están influidas ni turbadas por ningún otro elemento externo. O quizás estén éstas demasiado influidas por las comedias románticas propias de la edad, que se acercan en demasía a la ciencia ficción y nada tienen que ver con el documental o el basado en hechos reales.

Sin embargo, cual fue mi decepción al corroborar que en este caso había más de lo segundo que de lo primero: mucha expectación pero poca fundamentación real detrás de ésta, como en las dietas yoyó, enlazando las dos conversaciones de mis ‘compañeras’ de piscina. Y aquí es cuando se me ocurrió establecer un símil entre las relaciones de pareja y los procesos dietéticos de cara al verano, ya que mi tarde iba de eso. Y es que aunque pueda resultar extraño, las primeras, que son universalmente difíciles de entender, pueden llegar a explicarse bastante bien –muy simplificadas, esos sí- a través de las dietas.

Lo quiero todo y lo quiero ya, este vendría a ser el claim de las dietas yoyó y de aquellas primeras relaciones, que se acercan bastante a las expectativas de mis vecinas adolescentes, en las que el ansia por tener una relación perfecta henchida de amor, pasión, complicidad, sexo, diversión… obliga a actuar rápido por los efectos a corto plazo sin tener en cuenta el largo plazo. Importa el ahora, que se vislumbra fabuloso, sin invertir en el después. Puede ser una opción muy válida para aquellos que no creen en las relaciones largas, pero no nos olvidemos del efecto rebote.

Sin embargo, cuando uno acumula experiencias y ‘estrías’ amorosas consecuencia del efecto rebote en los romances y de inflado y desinflado rápido, comienza a pensar que quizás es más certero tomarse un tiempo en quitarse esos kilos de más e invertir en un ‘tipazo’ o relación de pareja a largo plazo con más sacrificio, pues los resultados no son tan inmediatos ni tan espectaculares a simple vista, pero que te aseguran una estabilidad física y mental mucho más saludable.

P. D. Por cierto, la foto está tomada en ‘Mi Barra’ en Murcia, recomiendo el arroz con bogavante. 

Publicado el 17 de Agosto de 2014 en La Opinión.

La mal llevada admiración y la ‘Felicidad Virtual’

IMG_4500“Intento explicarte lo mucho que te admiro”. Así comienza su diálogo Kevin Spacey, arrodillado en el suelo en la última escena de la película de David Fincher sobre los siete pecados capitales: Seven, que hace unos días volvía a ver gracias a las reposiciones de éxitos de los 90 que de vez en cuando hacen en televisión. Pero sólo unos pocos fotogramas después uno descubre lo que realmente hay detrás de este eufemismo : “Lo he hecho porque envidio tu vida. Parece que mi pecado es la envidia”.

Ira, soberbia, lujuria, pereza… y así hasta siete. Sin embargo, según los expertos (psicólogos) la envidia sería el ‘pecado’ más extendido de todos. Y es que, al parecer y por lo general, a las personas nos cuesta valorar positivamente a los demás cuando consideramos que están por encima de nosotros y/o nuestras cualidades. De este modo, lo que podría ser admiración hacia otro deja de serlo para convertirse en envidia, aunque al igual que a Spacey a todos nos cueste reconocerlo a la primera. Lo que mi amiga llama la admiración mal llevada.

Es curioso, porque según los estudios que he consultado y leído –ya sabéis que suelo ser muy curiosa – el primer rasgo característico de un envidioso es la negación de su ‘pecadillo’ incluso para consigo mismo, algo que disimulan con la falsa admiración, de la que ya hemos hablado, o la envidia sana, que intenta restar dramatismo a esta codicia pero que nunca convence, ya que como sucede con los mentirosos, a los envidiosos se les pilla fácil porque siempre ponen ‘peros’ a todo, incluso aunque suenen ridículos: “Sí, sí es muy guapa pero tiene los pies feos”. Hagan la prueba.

Contra esto, la mejor ‘curación’, una dosis de exceso de autoestima porque cuando uno se quiere tantísimo es imposible o, al menos, improbable valorar a otro por encima: “Me encantaría salir de mí misma y verme desde fuera para poder sentir la envidia que sienten los demás al contemplarme”, bromea esta amiga mía. Aunque no sé yo si será peor el remedio que la enfermedad…

El caso es que cada día es más fácil ser envidioso, según ha puesto de manifiesto un estudio elaborado por dos universidades alemanas, ‘Envidia en Facebook: Una amenaza escondida para los usuarios”, que descubre una codicia desenfrenada en esta red social, que se ha convertido en una plataforma sin precedentes para la comparación social.

Para una de cada tres personas ser testigo de las vacaciones, la vida amorosa y los éxitos laborales de tus ‘amigos’ por las redes sociales provoca envidia y despierta sentimientos de insatisfacción, sobre todo si eres un usuario pasivo. “El seguimiento pasivo despierta envida y los usuarios anhelan especialmente la felicidad de otros”, aseguran los investigadores.

Pero las cosas no siempre son lo que parecen, como bien decía, precisamente en Facebook, mi amigo Cubí: “Yo también quiero ser lo feliz que la gente aparenta ser. Las redes sociales se han convertido en una perfecta exhibición de lo guapos, lo felices…. que somos. Yo a veces quiero ser lo feliz que aparento ser”.

¿Esto podría ser la ‘Felicidad Virtual’?

Publicado en La Opinión el 20 de Julio.

“Quiero ser pipa de calabaza y que alguien me pele”

tate-modern-london-ai-weiwei-sunflower-seeds-06-570x360Así, con esta extraña e insólita argumentación me sorprendía a primera hora de la mañana una compañera entrando en mi despacho dispuesta a dedicar parte de nuestro pequeño descanso laboral a realizar terapia, algo que venimos haciendo desde hace meses ejerciendo de terapeutas improvisadas y, por supuesto, aficionadas la una para con la otra. Probablemente estemos incurriendo en todos y cada uno de los errores del manual de malas prácticas del psicólogo –si es que lo hay –tendiendo a simplificar o bien intensificar nuestras situaciones, transfiriendo los síntomas de la una a la otra, mezclando la relación personal con la profesional e incluso ejerciendo la esclavización del paciente, ya que después de este tiempo de tratamiento no queremos otros profesionales. Sin embargo, de momento a nosotras nos vale. Lo que no quita mi absoluto reconocimiento a estos profesionales que realizan una labor fundamental en una sociedad falta de cordura. Algo a lo que, por supuesto, también aportan los taxistas de todo el país que históricamente han escuchado penas y alegrías, más las primeras que las segundas, de todo ciudadano español.

En este sentido, y en defensa de los profesionales de la psicología diré que, desde mi punto de vista, los terapeutas deberían ser como los peluqueros, los mecánicos, los pescaderos y los fontaneros, todo el mundo tiene uno de confianza. En mi caso también sumaría al ‘gasolinero’ ya que últimamente es quien me asesora en materia de compra de nuevo vehículo: “Este coche ya se te ha quedado pequeño a ti. Yo te veo más con uno como el de tu hermana, un Audi, o con un ‘golfito’ –comentaba cariñosamente -. Sí, ese te pega”, me aconsejaba mientras repostaba.

Pero a lo que iba, tras la confesión de mi amiga, mi primera reacción fue como la que imagino que habéis tenido vosotros, sin la menor idea de lo que quería expresar o transmitir ‘mi paciente’ con dicha alegoría, aunque tengo que reconocer que ya me tiene bastante acostumbrada a estos símiles y fábulas para representar la realidad de una forma mucho más manejable. Aún recuerdo el día que redujo la población mundial a “peones y reyes” de ajedrez asegurando que además de estas dos figuras, que serían aquellas que son conscientes de su propia realidad, “hay peones con cabeza de rey y reyes con cabeza de peón” que son los que sufren la impotencia de estar en una vida que no les corresponde. Y este es sólo un ejemplo. Sin embargo, tras escuchar sus primeras explicaciones del síntoma que padecía he captado su preocupación.

“Necesito que alguien me apriete fuerte entre los dientes y me quite toda la cáscara que me sobra”. ¡Como entiendo lo que sientes! –he pensado al escucharla -¿Vosotros no? ¿No habéis sentido la necesidad de querer quitarte todo lo que te sobra? Y no me refiero a los kilos, para los que están pensando ya en la operación bikini, sino a esas sensaciones, rutinas e incluso personas que en un momento determinado te das cuenta que no suman nada en tu vida, es más incluso restan. Sobre todo porque te restan energía y naturalidad y no te dejan ser lo que eres. Sentir la necesidad de desprenderte de todo lo viejo, lo duro, lo superficial… de la cáscara de tu vida y quedarte con la ‘pipa’ más blanda y más pura. Pues yo sí lo he sentido, y de un tiempo a esta parte intento huir de aquellas personas o situaciones que me convierten en cascara, por supuesto no siempre de forma voluntaria –otras vez sí – y para conseguirlo intento ponerme o imponerme rutinas nuevas que puedan cambiar mi condición, a partir de ahora quiero ser pipa pelada.

Imagen: 100 millones de pipas en la Sala de las Turbinas de la Tate Modern. Artista: Wei.
Publicado en La Opinión de Murcia el 28 de Marzo 2015.

Del metrosexual al sapiosexual

Si para una mujer ya es difícil saber lo que quiere- al igual que para un hombre -, imagínense ponerle nombre. Una tiene una idea o boceto mental de lo que desea alcanzar o conseguir, esto en el mejor de los casos, pero en ciertas ocasiones no encuentra las palabras o conceptos para materializarlo. En las últimas semanas me he visto obligada, como consecuencia de un curso online de coaching personal que estoy haciendo (‘puntazos’ que me dan a veces) a poner nombre y por escrito algunos conflictos personales, anhelos y aspiraciones, y créanme si les digo que es mucho más complicado de lo que hubiese imaginado.

Bien, pues si esto lo trasladamos y aplicamos a nuestros anhelos con respecto al género masculino, la cosa se complica; más aún teniendo en cuenta el amplio abanico de ‘categorías’ y tipologías de hombre que están surgiendo. Tengo que reconocer que en esto estoy un poco atrasada, pues yo me quedé como mucho en el metrosexual. Pero es que esto de los hombres es como las nuevas tecnologías, o te actualizas o de un día para otro te quedas obsoleta.

El término metrosexual surgía a mediados de los noventa para definir a un tipo de hombre que empezaba a preocuparse por su imagen y cuidado personal al nivel femenino, o incluso muy por encima en determinadas ocasiones. Comenzaba a generalizarse la imagen de hombres con las cejas perfiladas, gran parte de su cuerpo depilado y con cierta querencia por las cremas y productos de belleza. Reconozco que es agradable ese aroma a perfume que dejan tras de si, sin embargo confieso que nunca fueron mi debilidad. Reaccionando frente a este estereotipo aparecieron los übersexuales, hombres que también se cuidan pero en pro de potenciar su masculinidad. Son varoniles, elegantes y rudos. Si he de decantarme por alguno de estos dos, me quedo con lo segundos; pero este concepto tampoco termina de satisfacerme.

En los últimos años han surgido otras concepciones que continúan tratando de clasificar al género masculino, como los retrosexuales que serían aquellos que no se preocupan en absoluto por su imagen, el tradicional ‘macho-medio’ de los setenta y ochenta que no ha evolucionado en sus costumbres y hábitos de atención personal. O las últimas corrientes ligadas a las tecnologías que han derivado en la mutación de un hombre pegado a su teléfono, que mide su virilidad por el tamaño de su Smartphone o Tablet de última generación.

Pero esto, sinceramente, seguía dejándome insatisfecha. Quizás es por la amplía variedad de posibilidades. Me ocurre igual con los helados, hay de tantos sabores que cuando voy a pedirme uno acabo por perder la apetencia al desconcertarme con tantos tipos distintos.

Sin embargo, creo que he encontrado aquel adjetivo que más se acerca a lo que de verdad me seduce: me gustan los hombres que me conquistan por sus capacidades intelectuales- claro está que también me tienen que entrar por el ojo-. Con esto me pasa como con el helado de chocolate, nunca defrauda, así que suele ser por el que me acabo decidiendo. Ahora sé que lo que yo busco, soy Sapiosexual. Según la Wikipedia este termino se aplica a las personas atraídas hacia la inteligencia o la mente humana, aquellas para las que una marcada inteligencia es el principal factor de seducción.

Yo necesito sentirme atraída y enamorada no sólo por la personalidad del otro sino también por su mente y sus capacidades, porque esto implica, en mi caso, sentir admiración por la persona que tienes a tu lado, además de atracción y otras tantas cosas más que son necesarias.

Sinceramente creo que ésta es una peculiaridad que se repite en muchas mujeres, por lo menos de mi entorno. Unas lo llaman estar orgullosas, otras sentirse admiradas, las que hay que lo definen como ser sorprendidas e incluso quienes afirman necesitar aprender algo del otro o reírse mucho con él; pero todos estos apelativos son distintas formas de reflejar lo mismo. Porque ¿acaso no hay que ser realmente inteligente y agudo para conseguir hacer reír a una mujer a diario? ¿habrá algo más difícil?

Si me lo admitís como consejo, estar junto a una persona inteligente es muy importante; tanto en las relaciones pasajeras, porque incorporas experiencias muy enriquecedoras a tu persona, como en aquellas que esperas que duren para toda la vida porque una mente inquieta conseguirá que nunca te aburras.

Publicado en La Opinión 10.10.14

¡Se han ‘cargado’ el romanticismo y los gallineros!

alfredo-y-totóAún recuerdo aquellos años en los que uno iba al cine, que solía ser un teatro reconvertido –o al menos así lo era en mi pueblo-, con el ligue de turno y la clara intención de ‘hacer manitas’ alentado y resguardado por la penumbra de la sala. Es verdad que por aquel entonces poco importaba la película o el género de ésta, y no hablemos del director o la opinión de la crítica especializada. Y es que uno iba a ver ‘la que ponían’, no había lugar para la duda o a la elección, pero paradójicamente siempre había ganas.

Yo, que me confieso una gran aficionada al cine que no experta, dejemos los términos claros, y que intento acudir como mínimo una vez por semana, hago auténticas virguerías para ajustar no sólo el presupuesto, porque el precio es un tanto indecente, sino también los horarios y elegir así los más adecuados, evitando percances innecesarios y, sobre todo, indeseados.

Y es que actualmente las cosas han cambiado mucho en el fondo y en la forma, aunque la logística y las ‘condiciones ambientales’ a priori son mucho mejores y más propicias, ir al cine se ha convertido en los últimos tiempos en un deporte de riesgo porque nunca sabes si el dramón se va a desatar dentro o fuera de la gran pantalla.

En algunas de mis últimas visitas he soportado estoicamente, por no montar el numerito, los pies de la señorita de la fila de atrás metidos prácticamente en mi cabeza, con descalzo incluido, o el ruido de trituradora o tuneladora que hacen algunos al masticar o rebuscar las últimas palomitas en su ball. Incluso en alguna sesión en versión original, como el espectador que sufre de incontinencia verbal lee la traducción de los subtítulos a sus compañeros de butaca.

Antes estas agresiones, tengo una amiga que me aconseja posturas radicales amparando sus argumentos en la tesis de que “su entrada vale exactamente lo mismo que la mía y ¿verdad que yo no le molesto?”. Razón no le falta, pero quizás a mí sí valor para llevarlas a cabo. Por esto me he visto obligada a buscar aquellas sesiones que gozan de menos popularidad entre el público, reduciendo así las posibilidades de cruzarme con uno de estos supuestos.

Mi hipótesis es que se ha perdido el ‘respeto’ al cine. Los numerosos pases, la gran cantidad de películas en cartel y las mejoras en las salas, que tan provechosas han sido y que sin lugar a dudas son de aplaudir, han tenido un efecto negativo en la concepción que muchos espectadores tienen de este ritual. En esto, estoy segura, también ha jugado un papel importante la piratería y la descarga ilegal. La facilidad de acceso que tenemos ha ido erróneamente en detrimento de la importancia que le damos.

El cine ya no es lo que era… yo recuerdo que hasta me ponía nerviosa cuando se apagaban las luces. La vida en las antiguas salas cine era algo digno de novelar o incluso llevar a la gran pantalla como bien hizo Tornatore.

El cine ha perdido, en muchos casos, el romanticismo y es que se han ‘cargado’ hasta los gallineros.

Yo soy aquel

la fotoQuizás sean estas las palabras más difíciles de escribir de mi vida (al menos hasta el momento), las que más trabajo me cuesten y las que rubrico más emocionada. Quizás también debiera haberlas escrito mucho antes. Pero aunque no las dejase por escrito, me consta que él conocía el agradecimiento y el profundo amor que sentía su familia. He escrito decenas y decenas de perfiles en prensa de personajes públicos –sobre todo de políticos –sin conocer apenas nada de sus vidas personales, sin embargo ahora que trato de hacerlo de quien lo conozco todo me surgen las mayores dificultades. Sin embargo, pese a los apuros que yo pase, creo que merece este recuerdo, no por la relación que lo unía conmigo, sino porque mi padre era un hombre completamente excepcional, y quien lo conoció lo sabe.

Nunca es buen momento para despedir a alguien a quien quieres, por eso no diré que el que la partida haya sido completamente inesperada sea más duro o menos que cuando ves alejarse a alguien poco a poco. Es duro, sin más, y es muy difícil encontrar consuelo tras el adiós, porque el dolor viene del amor que se tiene a esa persona, independientemente de las circunstancias, y todos aquellos que hayáis pasado por esta situación me entenderéis.

Así, horas después de su marcha, me siento con las personas que más lo amaban en este mundo: mi madre y mi hermana e intentamos hacer un esbozo de quién era ‘Manolo’, aunque creo que quien mejor lo ha definido estos días fue el sacerdote encargado de la ceremonia del último adiós, amigo y familia, cuando dijo que “a Manolo no se le conocía. A Manolo se le disfrutaba”. Ésta es sin duda la palabra que resumiría su paso por el mundo. Mi padre disfrutaba de todo cuanto hacía, no era un hombre de grandes pretensiones, aunque también le gustaba lo bueno, le sacaba el mismo partido a una caña en casa o en un mesa de cafetería al aire libre que a una botella de Moët & Chandon para celebrar; porque para él cualquier excusa era buena para tomar una copita de champagne, celebraba desde un cumpleaños o aniversario a una operación o uno de sus varios infartos –en este último caso, que “había salido” de dicho trance-.

Era un hombre especial, que se salía de lo corriente, como han recordado y puesto de manifiesto sus amigos estos días –y aún siguen haciendo –y no escribo esto para gloria de su memoria, porque, como todos, tenía ‘sus cosas’ pero había muchas otras cualidades de las que todos deberíamos aprender, yo la primera, porque “él siempre veía el vaso medio lleno”, como comenta su amiga Inma. Tenía la asombrosa capacidad de ser una persona que marcaba a todo el mundo que se cruzaba en su vida. Jamás y para nadie pasó desapercibido.

“Personas que siempre están y que se implican en lo bueno y en lo malo y te dicen con vehemencia lo que piensan y sienten te guste o no te guste. Son personas que viven cada día como si fuera el último de su vida, son francos, de los que ves de frente, son generosos, auténticos y con las manos y el corazón siempre abiertos […] Si tuviera que definir a esas personas con sólo una palabra sería GRANDE, sí grande, porque es grandeza lo que hay en ellos y sobre todo, porque cuando de pronto un día se van, descubres lo GRANDE que era el espacio que ocupaban. Dejan un enorme vacío que no podrás volver a llenar. Seguirás viviendo y riendo y caminando, pero el hueco que esa persona ocupaba quedará vacío”, compartía mi prima Mari Carmen en su perfil de Facebook hace apenas unas horas (sobre él).

Una persona que tenía la increíble capacidad de entablar amistad con personas de todas las edades, desde niños a ancianos pasaron a dar el último adiós a su ‘amigo Manolo’. Ahora, nos queda un vacío enorme a todos los que lo conocimos que sólo sus recuerdos nos llenará y celebrar la vida como él hacía cada día, viviendo cada momento como si fuera el último.

¡Adiós Papá!

P.D. Además recomiendo que lean el que escribió mi hermana:

But more, much more than this, I did it my way.

“De una vegetariana a una ultracatólica”

“Mo, el mercado está muy mal”. Así me sorprendía esta semana un buen amigo mío mientras compartíamos algunas confidencias entre cañita y cañita en una breve escapada en medio de nuestra jornada laboral, tan necesarias algunas veces. Y digo que me sorprendía porque este tipo de confesiones, hasta ahora, sólo las había escuchado del género femenino; por cierto, con bastante frecuencia últimamente. Así, era la primera vez que un hombre me hacía esta reflexión y la verdad que me dejaba bastante ‘descolocada’. Siempre había pensado que ellos no se planteaban estas cosas, quizás dejándome influenciar erróneamente por la creencia de que ellos son más ‘simples’ y menos exigentes a la hora de ligar. Sin embargo, una vez más descubro, felizmente, que estaba equivocada y que ellos son menos superficiales de como los pintan.

Ya sé que ésta del mercado, no es quizás la expresión más correcta o apropiada, pero creo que describe bastante bien la desesperación que puede alcanzar un ‘single’ –o un soltero de toda la vida –con intención de dejar de serlo que ‘pincha en hueso’ una y otra vez. Nadie dijo que fuera fácil encontrar a tu media naranja y está claro que por el camino uno se encuentra muchos ‘medio limón’ con cierto sabor amargo, lo que desconocía es que era tan generalizado.

En el caso de ellas tengo claro, por ser un tema bastante recurrente en los cafés entre mujeres, lo que reprochan a sus contrarios: falta de compromiso, egocentrismo, poco detallistas, irresponsables, traumatizados por relaciones y fracasos sentimentales anteriores y los que parecen más normales, casados y con hijos. Sin embargo, me despertaba muchísima curiosidad saber cuáles eran los ‘vicios’ del género femenino en el ‘mercado’.

“He pasado de una vegetariana a una ultra católica”- comentaba- “las mujeres se han radicalizado”- puntualizaba- . Como comprenderéis, no sólo mi sorpresa, sino también mi sonrisa fue mayúscula. Su teoría es que llega un momento en el que nosotras optamos por ciertas posturas extremas para posicionarnos que complican la vida a la persona que está a nuestro lado o pretende estarlo: “Yo sólo quiero poder salir a tomar una cerveza tranquilamente sin pensar en lo que me como o me dejo de comer. Creo que no pido tanto”. Esto en el caso de la vegetariano, imaginaos en el otro cuál era su reproche o reivindicación…

Evidentemente que él no pedía tanto, y yo me hacía la siguiente reflexión: ¿Puede que con la edad ellos muestren cierto desapego al compromiso, o que seamos nosotras las que al cumplir años exigimos tales niveles de obligación y responsabilidad que ellos jamás logren cumplir las expectativas? Y que esas posturas radicales a las que alude mi amigo sean nuestras reacciones opuestas a su ‘supuesta’ falta de determinación posicionándonos claramente para demostrar que nosotras sí somos capaces. Lo que a su vez, les desmotiva más aún. Sinceramente, y aunque esto sea tirar piedras sobre mi tejado, creo que aunque estos asuntos son siempre cosa de dos, generalizando –algo que no gusta a muchos –, en un reparto de culpa nosotras salimos ganando.

“Sólo quiero encontrar a una chica a la que le caiga bien”, aseguraba. En un principio me costó entender esta conclusión, ya que doy por sentado que si alguien está contigo es que, al menos, cierto aprecio te tiene. Pero su reflexión era mucho más profunda de lo que aparentaba. No se trataba de una simple cuestión de simpatía o antipatía por el otro. A lo que se refería mi amigo es que quería encontrar a una mujer que no intentase cambiarle y convertirle en un clon que imitase sus gustos, preferencias y dogmas. Una mujer que lo quisiese tal como es. De ahí que mi amigo reniegue de los radicalismos vegetarianos y católicos, porque quizás lo que intentaban eran imponérselos o, al menos, las consecuencias de estas posturas.

Esto me lleva a plantear que quizás algunas de nosotras nos estemos tomando la vida demasiado en serio y eso impida que disfrutemos de ciertas cosas.