La mala educación

Si hay algo que no tolero, o como diría mi madre: que me saca de mis casillas, es la falta de educación. Y, por desgracia, es más común de lo que se podría imaginar. Por un lado, hay una parte importante de las últimas generaciones: la generación Y o millennials y la Z, caracterizadas por la frustración y la irreverencia –siempre según los expertos -, que han crecido y se han formado como personas sin el mínimo atisbo de preocupación por ésta. En este caso, es difícil hacerles entender que para una correcta articulación social son necesarias ciertas conductas o comportamientos que hacen más fácil la convivencia.

Sin embargo, y aunque esto suene políticamente incorrecto, también reconozco un alto porcentaje de individuos con esta carencia en nuestros mayores. La deferencia que el resto les debemos por la edad les ha llevado, en algunos casos, a cometer ciertos abusos que me parecen igual de irritantes que los más  pueriles. Seguro que a más de uno se le ha colado ruidosamente y sin ningún tipo de pudor alguna ancianita en una cola. Y es que ésta parece ser una práctica bastante común entre los de su quinta. Una cosa es que haya que cederles el lugar, algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo, y otra que sean estos quienes se precipiten y adelanten acusando así también una falta de respeto y educación por el resto.

Pero los que más me preocupan son los de nuestro tiempo. Aquellas generaciones que sí hemos sido educados con ciertos patrones y modelos pero que, por algún motivo, los estamos perdiendo. He sido testigo de diferentes episodios que no por comunes dejan de ser inaceptables. Qué se le debe de pasar a alguien por la cabeza cuando después de fumarse un cigarrillo arroja la colilla aún candente por el balcón, totalmente ajeno a quien en ese momento pase y a las posibles consecuencias. De igual modo ocurre cuando el proyectil se reemplaza por el hueso de una fruta lanzado directamente desde la boca del personaje. En ambos casos, me atrevo a aventurar, no les falta nada, saben lo que es o no es correcto, diría que más bien les sobra una pila de egoísmo.

En los dos sucesos era yo quien pasaba con mi pequeño y, además del posible riesgo, me niego en rotundo a que estos sean sus ejemplos. Prefiero que se parezca a su madre y peque por exceso –yo soy de las que va por la calle y pide disculpas cuando tropieza con una farola – a que lo haga por defecto.  Nuestros hijos aprenden por imitación. Seamos conscientes de la importancia de la educación y conciencia cívica desde la cuna.  

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