La mal llevada admiración y la ‘Felicidad Virtual’

IMG_4500“Intento explicarte lo mucho que te admiro”. Así comienza su diálogo Kevin Spacey, arrodillado en el suelo en la última escena de la película de David Fincher sobre los siete pecados capitales: Seven, que hace unos días volvía a ver gracias a las reposiciones de éxitos de los 90 que de vez en cuando hacen en televisión. Pero sólo unos pocos fotogramas después uno descubre lo que realmente hay detrás de este eufemismo : “Lo he hecho porque envidio tu vida. Parece que mi pecado es la envidia”.

Ira, soberbia, lujuria, pereza… y así hasta siete. Sin embargo, según los expertos (psicólogos) la envidia sería el ‘pecado’ más extendido de todos. Y es que, al parecer y por lo general, a las personas nos cuesta valorar positivamente a los demás cuando consideramos que están por encima de nosotros y/o nuestras cualidades. De este modo, lo que podría ser admiración hacia otro deja de serlo para convertirse en envidia, aunque al igual que a Spacey a todos nos cueste reconocerlo a la primera. Lo que mi amiga llama la admiración mal llevada.

Es curioso, porque según los estudios que he consultado y leído –ya sabéis que suelo ser muy curiosa – el primer rasgo característico de un envidioso es la negación de su ‘pecadillo’ incluso para consigo mismo, algo que disimulan con la falsa admiración, de la que ya hemos hablado, o la envidia sana, que intenta restar dramatismo a esta codicia pero que nunca convence, ya que como sucede con los mentirosos, a los envidiosos se les pilla fácil porque siempre ponen ‘peros’ a todo, incluso aunque suenen ridículos: “Sí, sí es muy guapa pero tiene los pies feos”. Hagan la prueba.

Contra esto, la mejor ‘curación’, una dosis de exceso de autoestima porque cuando uno se quiere tantísimo es imposible o, al menos, improbable valorar a otro por encima: “Me encantaría salir de mí misma y verme desde fuera para poder sentir la envidia que sienten los demás al contemplarme”, bromea esta amiga mía. Aunque no sé yo si será peor el remedio que la enfermedad…

El caso es que cada día es más fácil ser envidioso, según ha puesto de manifiesto un estudio elaborado por dos universidades alemanas, ‘Envidia en Facebook: Una amenaza escondida para los usuarios”, que descubre una codicia desenfrenada en esta red social, que se ha convertido en una plataforma sin precedentes para la comparación social.

Para una de cada tres personas ser testigo de las vacaciones, la vida amorosa y los éxitos laborales de tus ‘amigos’ por las redes sociales provoca envidia y despierta sentimientos de insatisfacción, sobre todo si eres un usuario pasivo. “El seguimiento pasivo despierta envida y los usuarios anhelan especialmente la felicidad de otros”, aseguran los investigadores.

Pero las cosas no siempre son lo que parecen, como bien decía, precisamente en Facebook, mi amigo Cubí: “Yo también quiero ser lo feliz que la gente aparenta ser. Las redes sociales se han convertido en una perfecta exhibición de lo guapos, lo felices…. que somos. Yo a veces quiero ser lo feliz que aparento ser”.

¿Esto podría ser la ‘Felicidad Virtual’?

Publicado en La Opinión el 20 de Julio.

“Quiero ser pipa de calabaza y que alguien me pele”

tate-modern-london-ai-weiwei-sunflower-seeds-06-570x360Así, con esta extraña e insólita argumentación me sorprendía a primera hora de la mañana una compañera entrando en mi despacho dispuesta a dedicar parte de nuestro pequeño descanso laboral a realizar terapia, algo que venimos haciendo desde hace meses ejerciendo de terapeutas improvisadas y, por supuesto, aficionadas la una para con la otra. Probablemente estemos incurriendo en todos y cada uno de los errores del manual de malas prácticas del psicólogo –si es que lo hay –tendiendo a simplificar o bien intensificar nuestras situaciones, transfiriendo los síntomas de la una a la otra, mezclando la relación personal con la profesional e incluso ejerciendo la esclavización del paciente, ya que después de este tiempo de tratamiento no queremos otros profesionales. Sin embargo, de momento a nosotras nos vale. Lo que no quita mi absoluto reconocimiento a estos profesionales que realizan una labor fundamental en una sociedad falta de cordura. Algo a lo que, por supuesto, también aportan los taxistas de todo el país que históricamente han escuchado penas y alegrías, más las primeras que las segundas, de todo ciudadano español.

En este sentido, y en defensa de los profesionales de la psicología diré que, desde mi punto de vista, los terapeutas deberían ser como los peluqueros, los mecánicos, los pescaderos y los fontaneros, todo el mundo tiene uno de confianza. En mi caso también sumaría al ‘gasolinero’ ya que últimamente es quien me asesora en materia de compra de nuevo vehículo: “Este coche ya se te ha quedado pequeño a ti. Yo te veo más con uno como el de tu hermana, un Audi, o con un ‘golfito’ –comentaba cariñosamente -. Sí, ese te pega”, me aconsejaba mientras repostaba.

Pero a lo que iba, tras la confesión de mi amiga, mi primera reacción fue como la que imagino que habéis tenido vosotros, sin la menor idea de lo que quería expresar o transmitir ‘mi paciente’ con dicha alegoría, aunque tengo que reconocer que ya me tiene bastante acostumbrada a estos símiles y fábulas para representar la realidad de una forma mucho más manejable. Aún recuerdo el día que redujo la población mundial a “peones y reyes” de ajedrez asegurando que además de estas dos figuras, que serían aquellas que son conscientes de su propia realidad, “hay peones con cabeza de rey y reyes con cabeza de peón” que son los que sufren la impotencia de estar en una vida que no les corresponde. Y este es sólo un ejemplo. Sin embargo, tras escuchar sus primeras explicaciones del síntoma que padecía he captado su preocupación.

“Necesito que alguien me apriete fuerte entre los dientes y me quite toda la cáscara que me sobra”. ¡Como entiendo lo que sientes! –he pensado al escucharla -¿Vosotros no? ¿No habéis sentido la necesidad de querer quitarte todo lo que te sobra? Y no me refiero a los kilos, para los que están pensando ya en la operación bikini, sino a esas sensaciones, rutinas e incluso personas que en un momento determinado te das cuenta que no suman nada en tu vida, es más incluso restan. Sobre todo porque te restan energía y naturalidad y no te dejan ser lo que eres. Sentir la necesidad de desprenderte de todo lo viejo, lo duro, lo superficial… de la cáscara de tu vida y quedarte con la ‘pipa’ más blanda y más pura. Pues yo sí lo he sentido, y de un tiempo a esta parte intento huir de aquellas personas o situaciones que me convierten en cascara, por supuesto no siempre de forma voluntaria –otras vez sí – y para conseguirlo intento ponerme o imponerme rutinas nuevas que puedan cambiar mi condición, a partir de ahora quiero ser pipa pelada.

Imagen: 100 millones de pipas en la Sala de las Turbinas de la Tate Modern. Artista: Wei.
Publicado en La Opinión de Murcia el 28 de Marzo 2015.

Del metrosexual al sapiosexual

Si para una mujer ya es difícil saber lo que quiere- al igual que para un hombre -, imagínense ponerle nombre. Una tiene una idea o boceto mental de lo que desea alcanzar o conseguir, esto en el mejor de los casos, pero en ciertas ocasiones no encuentra las palabras o conceptos para materializarlo. En las últimas semanas me he visto obligada, como consecuencia de un curso online de coaching personal que estoy haciendo (‘puntazos’ que me dan a veces) a poner nombre y por escrito algunos conflictos personales, anhelos y aspiraciones, y créanme si les digo que es mucho más complicado de lo que hubiese imaginado.

Bien, pues si esto lo trasladamos y aplicamos a nuestros anhelos con respecto al género masculino, la cosa se complica; más aún teniendo en cuenta el amplio abanico de ‘categorías’ y tipologías de hombre que están surgiendo. Tengo que reconocer que en esto estoy un poco atrasada, pues yo me quedé como mucho en el metrosexual. Pero es que esto de los hombres es como las nuevas tecnologías, o te actualizas o de un día para otro te quedas obsoleta.

El término metrosexual surgía a mediados de los noventa para definir a un tipo de hombre que empezaba a preocuparse por su imagen y cuidado personal al nivel femenino, o incluso muy por encima en determinadas ocasiones. Comenzaba a generalizarse la imagen de hombres con las cejas perfiladas, gran parte de su cuerpo depilado y con cierta querencia por las cremas y productos de belleza. Reconozco que es agradable ese aroma a perfume que dejan tras de si, sin embargo confieso que nunca fueron mi debilidad. Reaccionando frente a este estereotipo aparecieron los übersexuales, hombres que también se cuidan pero en pro de potenciar su masculinidad. Son varoniles, elegantes y rudos. Si he de decantarme por alguno de estos dos, me quedo con lo segundos; pero este concepto tampoco termina de satisfacerme.

En los últimos años han surgido otras concepciones que continúan tratando de clasificar al género masculino, como los retrosexuales que serían aquellos que no se preocupan en absoluto por su imagen, el tradicional ‘macho-medio’ de los setenta y ochenta que no ha evolucionado en sus costumbres y hábitos de atención personal. O las últimas corrientes ligadas a las tecnologías que han derivado en la mutación de un hombre pegado a su teléfono, que mide su virilidad por el tamaño de su Smartphone o Tablet de última generación.

Pero esto, sinceramente, seguía dejándome insatisfecha. Quizás es por la amplía variedad de posibilidades. Me ocurre igual con los helados, hay de tantos sabores que cuando voy a pedirme uno acabo por perder la apetencia al desconcertarme con tantos tipos distintos.

Sin embargo, creo que he encontrado aquel adjetivo que más se acerca a lo que de verdad me seduce: me gustan los hombres que me conquistan por sus capacidades intelectuales- claro está que también me tienen que entrar por el ojo-. Con esto me pasa como con el helado de chocolate, nunca defrauda, así que suele ser por el que me acabo decidiendo. Ahora sé que lo que yo busco, soy Sapiosexual. Según la Wikipedia este termino se aplica a las personas atraídas hacia la inteligencia o la mente humana, aquellas para las que una marcada inteligencia es el principal factor de seducción.

Yo necesito sentirme atraída y enamorada no sólo por la personalidad del otro sino también por su mente y sus capacidades, porque esto implica, en mi caso, sentir admiración por la persona que tienes a tu lado, además de atracción y otras tantas cosas más que son necesarias.

Sinceramente creo que ésta es una peculiaridad que se repite en muchas mujeres, por lo menos de mi entorno. Unas lo llaman estar orgullosas, otras sentirse admiradas, las que hay que lo definen como ser sorprendidas e incluso quienes afirman necesitar aprender algo del otro o reírse mucho con él; pero todos estos apelativos son distintas formas de reflejar lo mismo. Porque ¿acaso no hay que ser realmente inteligente y agudo para conseguir hacer reír a una mujer a diario? ¿habrá algo más difícil?

Si me lo admitís como consejo, estar junto a una persona inteligente es muy importante; tanto en las relaciones pasajeras, porque incorporas experiencias muy enriquecedoras a tu persona, como en aquellas que esperas que duren para toda la vida porque una mente inquieta conseguirá que nunca te aburras.

Publicado en La Opinión 10.10.14

¡Se han ‘cargado’ el romanticismo y los gallineros!

alfredo-y-totóAún recuerdo aquellos años en los que uno iba al cine, que solía ser un teatro reconvertido –o al menos así lo era en mi pueblo-, con el ligue de turno y la clara intención de ‘hacer manitas’ alentado y resguardado por la penumbra de la sala. Es verdad que por aquel entonces poco importaba la película o el género de ésta, y no hablemos del director o la opinión de la crítica especializada. Y es que uno iba a ver ‘la que ponían’, no había lugar para la duda o a la elección, pero paradójicamente siempre había ganas.

Yo, que me confieso una gran aficionada al cine que no experta, dejemos los términos claros, y que intento acudir como mínimo una vez por semana, hago auténticas virguerías para ajustar no sólo el presupuesto, porque el precio es un tanto indecente, sino también los horarios y elegir así los más adecuados, evitando percances innecesarios y, sobre todo, indeseados.

Y es que actualmente las cosas han cambiado mucho en el fondo y en la forma, aunque la logística y las ‘condiciones ambientales’ a priori son mucho mejores y más propicias, ir al cine se ha convertido en los últimos tiempos en un deporte de riesgo porque nunca sabes si el dramón se va a desatar dentro o fuera de la gran pantalla.

En algunas de mis últimas visitas he soportado estoicamente, por no montar el numerito, los pies de la señorita de la fila de atrás metidos prácticamente en mi cabeza, con descalzo incluido, o el ruido de trituradora o tuneladora que hacen algunos al masticar o rebuscar las últimas palomitas en su ball. Incluso en alguna sesión en versión original, como el espectador que sufre de incontinencia verbal lee la traducción de los subtítulos a sus compañeros de butaca.

Antes estas agresiones, tengo una amiga que me aconseja posturas radicales amparando sus argumentos en la tesis de que “su entrada vale exactamente lo mismo que la mía y ¿verdad que yo no le molesto?”. Razón no le falta, pero quizás a mí sí valor para llevarlas a cabo. Por esto me he visto obligada a buscar aquellas sesiones que gozan de menos popularidad entre el público, reduciendo así las posibilidades de cruzarme con uno de estos supuestos.

Mi hipótesis es que se ha perdido el ‘respeto’ al cine. Los numerosos pases, la gran cantidad de películas en cartel y las mejoras en las salas, que tan provechosas han sido y que sin lugar a dudas son de aplaudir, han tenido un efecto negativo en la concepción que muchos espectadores tienen de este ritual. En esto, estoy segura, también ha jugado un papel importante la piratería y la descarga ilegal. La facilidad de acceso que tenemos ha ido erróneamente en detrimento de la importancia que le damos.

El cine ya no es lo que era… yo recuerdo que hasta me ponía nerviosa cuando se apagaban las luces. La vida en las antiguas salas cine era algo digno de novelar o incluso llevar a la gran pantalla como bien hizo Tornatore.

El cine ha perdido, en muchos casos, el romanticismo y es que se han ‘cargado’ hasta los gallineros.

Yo soy aquel

la fotoQuizás sean estas las palabras más difíciles de escribir de mi vida (al menos hasta el momento), las que más trabajo me cuesten y las que rubrico más emocionada. Quizás también debiera haberlas escrito mucho antes. Pero aunque no las dejase por escrito, me consta que él conocía el agradecimiento y el profundo amor que sentía su familia. He escrito decenas y decenas de perfiles en prensa de personajes públicos –sobre todo de políticos –sin conocer apenas nada de sus vidas personales, sin embargo ahora que trato de hacerlo de quien lo conozco todo me surgen las mayores dificultades. Sin embargo, pese a los apuros que yo pase, creo que merece este recuerdo, no por la relación que lo unía conmigo, sino porque mi padre era un hombre completamente excepcional, y quien lo conoció lo sabe.

Nunca es buen momento para despedir a alguien a quien quieres, por eso no diré que el que la partida haya sido completamente inesperada sea más duro o menos que cuando ves alejarse a alguien poco a poco. Es duro, sin más, y es muy difícil encontrar consuelo tras el adiós, porque el dolor viene del amor que se tiene a esa persona, independientemente de las circunstancias, y todos aquellos que hayáis pasado por esta situación me entenderéis.

Así, horas después de su marcha, me siento con las personas que más lo amaban en este mundo: mi madre y mi hermana e intentamos hacer un esbozo de quién era ‘Manolo’, aunque creo que quien mejor lo ha definido estos días fue el sacerdote encargado de la ceremonia del último adiós, amigo y familia, cuando dijo que “a Manolo no se le conocía. A Manolo se le disfrutaba”. Ésta es sin duda la palabra que resumiría su paso por el mundo. Mi padre disfrutaba de todo cuanto hacía, no era un hombre de grandes pretensiones, aunque también le gustaba lo bueno, le sacaba el mismo partido a una caña en casa o en un mesa de cafetería al aire libre que a una botella de Moët & Chandon para celebrar; porque para él cualquier excusa era buena para tomar una copita de champagne, celebraba desde un cumpleaños o aniversario a una operación o uno de sus varios infartos –en este último caso, que “había salido” de dicho trance-.

Era un hombre especial, que se salía de lo corriente, como han recordado y puesto de manifiesto sus amigos estos días –y aún siguen haciendo –y no escribo esto para gloria de su memoria, porque, como todos, tenía ‘sus cosas’ pero había muchas otras cualidades de las que todos deberíamos aprender, yo la primera, porque “él siempre veía el vaso medio lleno”, como comenta su amiga Inma. Tenía la asombrosa capacidad de ser una persona que marcaba a todo el mundo que se cruzaba en su vida. Jamás y para nadie pasó desapercibido.

“Personas que siempre están y que se implican en lo bueno y en lo malo y te dicen con vehemencia lo que piensan y sienten te guste o no te guste. Son personas que viven cada día como si fuera el último de su vida, son francos, de los que ves de frente, son generosos, auténticos y con las manos y el corazón siempre abiertos […] Si tuviera que definir a esas personas con sólo una palabra sería GRANDE, sí grande, porque es grandeza lo que hay en ellos y sobre todo, porque cuando de pronto un día se van, descubres lo GRANDE que era el espacio que ocupaban. Dejan un enorme vacío que no podrás volver a llenar. Seguirás viviendo y riendo y caminando, pero el hueco que esa persona ocupaba quedará vacío”, compartía mi prima Mari Carmen en su perfil de Facebook hace apenas unas horas (sobre él).

Una persona que tenía la increíble capacidad de entablar amistad con personas de todas las edades, desde niños a ancianos pasaron a dar el último adiós a su ‘amigo Manolo’. Ahora, nos queda un vacío enorme a todos los que lo conocimos que sólo sus recuerdos nos llenará y celebrar la vida como él hacía cada día, viviendo cada momento como si fuera el último.

¡Adiós Papá!

P.D. Además recomiendo que lean el que escribió mi hermana:

But more, much more than this, I did it my way.

“De una vegetariana a una ultracatólica”

“Mo, el mercado está muy mal”. Así me sorprendía esta semana un buen amigo mío mientras compartíamos algunas confidencias entre cañita y cañita en una breve escapada en medio de nuestra jornada laboral, tan necesarias algunas veces. Y digo que me sorprendía porque este tipo de confesiones, hasta ahora, sólo las había escuchado del género femenino; por cierto, con bastante frecuencia últimamente. Así, era la primera vez que un hombre me hacía esta reflexión y la verdad que me dejaba bastante ‘descolocada’. Siempre había pensado que ellos no se planteaban estas cosas, quizás dejándome influenciar erróneamente por la creencia de que ellos son más ‘simples’ y menos exigentes a la hora de ligar. Sin embargo, una vez más descubro, felizmente, que estaba equivocada y que ellos son menos superficiales de como los pintan.

Ya sé que ésta del mercado, no es quizás la expresión más correcta o apropiada, pero creo que describe bastante bien la desesperación que puede alcanzar un ‘single’ –o un soltero de toda la vida –con intención de dejar de serlo que ‘pincha en hueso’ una y otra vez. Nadie dijo que fuera fácil encontrar a tu media naranja y está claro que por el camino uno se encuentra muchos ‘medio limón’ con cierto sabor amargo, lo que desconocía es que era tan generalizado.

En el caso de ellas tengo claro, por ser un tema bastante recurrente en los cafés entre mujeres, lo que reprochan a sus contrarios: falta de compromiso, egocentrismo, poco detallistas, irresponsables, traumatizados por relaciones y fracasos sentimentales anteriores y los que parecen más normales, casados y con hijos. Sin embargo, me despertaba muchísima curiosidad saber cuáles eran los ‘vicios’ del género femenino en el ‘mercado’.

“He pasado de una vegetariana a una ultra católica”- comentaba- “las mujeres se han radicalizado”- puntualizaba- . Como comprenderéis, no sólo mi sorpresa, sino también mi sonrisa fue mayúscula. Su teoría es que llega un momento en el que nosotras optamos por ciertas posturas extremas para posicionarnos que complican la vida a la persona que está a nuestro lado o pretende estarlo: “Yo sólo quiero poder salir a tomar una cerveza tranquilamente sin pensar en lo que me como o me dejo de comer. Creo que no pido tanto”. Esto en el caso de la vegetariano, imaginaos en el otro cuál era su reproche o reivindicación…

Evidentemente que él no pedía tanto, y yo me hacía la siguiente reflexión: ¿Puede que con la edad ellos muestren cierto desapego al compromiso, o que seamos nosotras las que al cumplir años exigimos tales niveles de obligación y responsabilidad que ellos jamás logren cumplir las expectativas? Y que esas posturas radicales a las que alude mi amigo sean nuestras reacciones opuestas a su ‘supuesta’ falta de determinación posicionándonos claramente para demostrar que nosotras sí somos capaces. Lo que a su vez, les desmotiva más aún. Sinceramente, y aunque esto sea tirar piedras sobre mi tejado, creo que aunque estos asuntos son siempre cosa de dos, generalizando –algo que no gusta a muchos –, en un reparto de culpa nosotras salimos ganando.

“Sólo quiero encontrar a una chica a la que le caiga bien”, aseguraba. En un principio me costó entender esta conclusión, ya que doy por sentado que si alguien está contigo es que, al menos, cierto aprecio te tiene. Pero su reflexión era mucho más profunda de lo que aparentaba. No se trataba de una simple cuestión de simpatía o antipatía por el otro. A lo que se refería mi amigo es que quería encontrar a una mujer que no intentase cambiarle y convertirle en un clon que imitase sus gustos, preferencias y dogmas. Una mujer que lo quisiese tal como es. De ahí que mi amigo reniegue de los radicalismos vegetarianos y católicos, porque quizás lo que intentaban eran imponérselos o, al menos, las consecuencias de estas posturas.

Esto me lleva a plantear que quizás algunas de nosotras nos estemos tomando la vida demasiado en serio y eso impida que disfrutemos de ciertas cosas.

Segundas oportunidades

487333_10151237893148914_375491090_nQue la vida pone a cada uno en su lugar, es algo de lo que no tengo duda a estas alturas de la película. Pero tanto en lo bueno como en lo malo, como en el matrimonio. Nunca he sido mujer de revanchas ni venganzas, ya que siempre he considerado que es malgastar esfuerzos y tiempo, y de esto último voy un tanto escasa últimamente –me imagino que como el resto del mundo, ya que es el mal del siglo XXI –. Además poco a poco he aprendido que hay un equilibro sobrenatural en las cosas que las ordena y compensa sin necesidad de la intervención humana.

Mi amiga Ana Lacasa definiría esto como el Karma, una energía trascendente que evalúa los actos de las personas a través de una especie de ecuación matemática cósmica de causa y efecto. Recuerdo cuando hace unos años ésta decidió dejar de participar en las tertulias femeninas de ‘chismorreo’ de la redacción de un extinto periódico regional en el que trabajábamos, o al menos sólo lo hacía de oyente, ya que aseguraba que todo lo que dijese sobre alguien se le volvería en su contra y estaba dispuesta a comenzar una nueva vida en paz. La verdad que resultaba realmente entrañable, pero ella nunca necesitó hacer eso porque es una de las mujeres más humanas que he conocido nunca y sería incapaz de hacer daño a nadie incluso aunque lo pretendiese. Sin embargo, así nos daba una importante lección de vida a las demás aquella tarde.

De este modo, aunque creo que los acto nocivos tienen repercusiones negativas en el devenir de las personas, no soy catastrofista y también entiendo que la vida otorga la oportunidad de resarcir los errores, en primer lugar, y sobre todo de compensar las injusticias sufridas porque, como rezaba el eslogan de aquel negocio de compra-venta de artículos de segunda mano, yo ‘creo en las segundas oportunidades’.

Son muchos los que aseguran que las segundas oportunidades nunca fueron buenas, sin embargo es causa justa dar la opción de enmendar los errores a aquellos que los cometieron, sin que, por supuesto, esto se convierta en costumbre. No creo en el castigo a los que nos equivocamos; sí en la penitencia, ya que todo error conlleva unas consecuencias. Además, considero que también hay quienes soportan situaciones de las que no son responsables y que la vida les ‘debe’ una nueva oportunidad. ¿O acaso no tiene derecho a vivir un nuevo amor aquellos que sufren un desengaño? Estoy segura que hay segundas oportunidades mejores que las primeras. ¿No le damos segundas oportunidades a las prendas de otras temporadas almacenándolas en nuestros armarios a la espera de que se vuelvan a poner de moda? Pues mucho más a las personas, que además no ocupan espacio en los cajones.

Pero somos tan testarudos que en ocasiones necesitamos acontecimientos o situaciones contundentes que nos prevengan de nuestro desatino y nos hagan enmendar el rumbo, cuando sería mucho más sencillo y también meritorio reconocerlo sin tales hechos, ya que no suelen resultar agradables, aunque sí rotundos.

Así, esta semana era otra ex compañera y gran amiga, Sara Rubira, la que nos daba (a su grupo de ‘colegas’) una lección y nos enseñaba como la vida puede dar oportunidades para escribir segundas partes de una novela ¿verdad? Con tu fortaleza, tu valentía y tu optimismo esta vez nos has enseñado que a veces es bueno parar y pensar qué hace uno con su vida, porque si vives demasiado deprisa se te escapa el tiempo.

¿Tomamos un café?

No recuerdo la primera vez, pero sí la mejor. Es curioso, uno siempre recuerda su primera vez. Quizás no fue demasiado especial. La mía –me refiero a la mejor –fue en Viena, hacía frío –aunque creo que no era invierno –, estaba empapada por la lluvia y cansada de tanto caminar cuando decidí pararme a descansar y buscar un lugar caliente donde reponerme y templar un poco el cuerpo. Era apenas una adolescente. Me acompañaba una amiga que posteriormente me ‘escoltaría’ el resto de mi vida. Juntas cruzamos la puerta de aquella cafetería nada especial, pequeña y desprovista de cualquier encanto en el corazón de una de las ciudades más maravillosas del mundo. Con la cantidad de bohemios y clásicos cafés que pueblan esta urbe sólo a nosotras se nos ocurre resguardarnos en aquel rincón.

Creo que si cierro los ojos aún puedo notar su sabor en mis labios y su tacto caliente entre mis manos. Sí, fue precisamente en la ciudad imperial donde comencé mi idilio con el café. ¿Qué habíais pensado? ¿Acaso se me ocurriría desnudar mi alma así en publico a las primeras de cambio? No amigos, aún quedan unos cuantos artículos más antes de que pierda del todo el pudor.

Jamás olvidaré aquel delicioso cappuccino servido en bol para cereales. Con los años, he llegado a pensar que quizás no era el sabor de aquel café -lo que resultaría lo más probable, -sino las condiciones y las circunstancias que rodearon el momento. Sin embargo, sea como fuere, el recuerdo nítido de aquel viaje y aquel instante me ha acompañado desde entonces convirtiéndome en una incondicional de esta infusión.

Me gusta el café. No lo tomo por costumbre, ni por despertarme o socializar; ni siquiera por intentar escaquearme del trabajo unos minutos –costumbre muy española –. Todos estos serían efectos secundarios, en todo caso. Mi principal razón para tomarlo es porque disfruto de su sabor y su aroma como con pocos alimentos o bebidas me ocurre. Así, hace apenas unos días, cuando compartía con unos amigos uno de esos supuestos momentos para tomar café, en el que te tomas cualquier cosa menos esto, y mientras Jorge nos contaba como en uno de sus viajes a Colombia se ‘colgó’ de esta bebida e Inma reparaba en que quizás este sería un buen tema para uno de mis artículos, yo caí en la cuenta de que, pese al nombre de la columna, jamás le había dedicado unas palabras.

¿Por qué había elegido ‘Café Con Moka’? Pues quizás porque en torno a un café suceden y han sucedido cosas maravillosas en mi vida. El café es la excusa perfecta para quedar con una persona, para conocerla, para sincerarse con un amigo, para crear momentos de intimidad y compartir confidencias, para cerrar negocios o para desconectar durante unos minutos de los mismos.

El café de la mañana es un momento de intimidad con uno mismo, o quizás con aquella persona que tienes más cerca. En el trabajo supone un instante de camaradería y acercamiento que hace que los compañeros se conviertan en mucho más que esto, hasta llegar a ser imprescindibles. ¿Verdad, Carmen? El primero de la tarde puede incluir, en el mejor de los casos, sofá y manta o confesiones entre amigos. ¿Cuántos de estos contaremos ya Rebeca? Y el de la noche (siempre descafeinado) es el momento de reposo tras la tormenta. Tal es la trascendencia de alguno de estos instantes que, esta misma semana, quien ha custodiado mis años en la distancia desde aquel café vienés (Mari Carmen) confesaba: “Lo que daría yo por tomarme ahora un café con Moka”.

Así que este artículo va por todos los cafés deseados y que no nos hemos tomado.

Como las lentejas

Como las lentejas, que si quieres las tomas y si no las dejas, son las relaciones de pareja: lo que hay es lo que ves. No quiere decir esto, en ningún caso, que lo que hay no merezca la pena, pero son unas lentejas no un solomillo al foie. Aunque éstas estén riquísimas, que lo están, el problema surge cuando queremos que sean solomillo. Y esto, amigos míos, es imposible. Las lentejas pueden llevar sus patatas, su chorizo, su verdura… pero jamás serán solomillo, por mucho que uno se empeñe. Una puede obstinarse pretendiendo hacer de unas lentejas un solomillo, y acabará comiendo lentejas. Pues con las relaciones de pareja pasa igual, una puede empeñarse en hacer de su compañero un hombre, por ejemplo, cariñoso, pero acabará acostándose con el mismo hombre ‘rancio’ de siempre.

Creo que esto, consideraciones gastronómicas aparte, puede sonar muy radical y, por supuesto, poco romántico, pero es que estoy cansada de ver hombres y mujeres que se ponen una venda en los ojos y pintan su mundo de color de rosa, rosa cursi además, cuando realmente es de color amarillo. ¿Y qué tiene de malo el color amarillo? ¿O el azul? ¿Y el rojo? Todos los demás somos capaces de ver la verdadera tonalidad, pero ellos se empeñan en adulterar los colores, lo que no conlleva más que constantes desaciertos que degeneran en una falta de ilusión crónica, dejando de vivir su vida y, sobre todo, de disfrutar su vida en pos de aquella que les gustaría llevar, y esto funde del rosa al negro, sin tonalidades intermedias. No se trata de conformarse con cualquier cosa, ya sabes: sino las dejas; pero sí de ser realista y aplicar la cordura y el sentido común para esmerarte en el aliño de dichas lentejas y degustarlas en su mejor versión.

Es más, cuando uno deja de pretender que su pareja sea la media naranja que había idealizado empieza a descubrir actitudes y aptitudes que le sorprenden, mucho mejores que aquellas que había apuntado en su lista de ‘compañero ideal’. Es decir, cuando dejas de intentar que tus lentejas sean solomillo empiezas a descubrir sabores y aromas en el guiso completamente seductores, y propios de dicho plato, que hacen las delicias de tus sentidos. Es muy probable que la terquedad por convertir a tu chico –o chica, cada uno que lo aplique al caso –en un hombre romántico te impida ver su versión más graciosa o responsable, por ejemplo, y te convierta en una insatisfecha, cuando además, quizás, la solución esté en tus manos.

Muchas veces, ambicionamos y demandamos en nuestra pareja comportamientos concretos olvidando lo que nosotros estamos ofreciendo. Es más, cuanto mayores son nuestras demandas, menores suelen ser nuestros ofrecimientos. Sin embargo, si uno comienza a dar lo mejor de si mismo, es muy probable que como si de un acto reflejo se tratase, ocurra lo mismo con la persona que tenemos enfrente.

Una vez que uno reconoce y conoce a su pareja es mucho más fácil encontrar la receta perfecta, con las especias, los condimentos y el tiempo de cocción oportuno para saborear el mejor de los menús.

 

¡Buen provecho!

Tú concilias, él concilia, vosotros conciliáis, ellos concilian… ¿Y nosotras?

fabianciraolo7Reconozco que una no siempre se levanta de la cama con la sonrisa en la cara, fabulosa y llena de amor para repartir, pero es que la sensación de no llegar a nada de lo que te propones, de frustración e insatisfacción que a veces nos recorre es difícil de disimular. Levantarse un día tras otro con el montón de plancha en constante crecimiento –que te entran ganas de cerrar la puerta de la habitación y olvidarte de lo que hay detrás de la misma porque a efectos entrar a ésta es como hacerlo al mismísimo Mordor –, con lavadoras y secadoras por poner, con listas interminables de mails por contestar y con los requerimientos laborales acumulándose en la agenda no resulta especialmente motivador o inspirador.

En este sentido, si hay algo que me produce profundo mal estar es el traslado de tareas de un día a otro –por la imposibilidad de acometerlas cuando te habías propuesto –arrastrándolas con desanimo a lo largo de toda la semana con el resultado de sábados y domingos auto-laborales. He intentado miles de técnicas para evitar esto, pero también para ponerlas en marcha hacer falta tiempo, y precisamente esto, señores y señoras, es de lo que carecemos las mujeres del siglo XXI.

Por muy temprano que te levantes, no es posible llegar… ¿Cuántas veces han exclamado aquello de ‘a mi día le faltan horas’? Y es que aunque nuestros maridos, padres, hermanos, amigos o compañeros lleguen a casa a las tantas de la noche, después de jornadas agotadoras de trabajo en las que, seguro, se han tenido que enfrentar a miles de indeseable situaciones y trascendentales decisiones –no les quito yo mérito –por desgracia, aún, en la mayoría de los casos su ‘martirio’ acaba ahí. Sé que con este artículo me puedo ganar el desfavor de algunos hombres, igual que también sé que hay excepciones… pero seamos sinceros, y sobre todo vosotros sed sinceros con vosotros mismos: ¿Cuántos lleváis el peso de las tareas domésticas y familiares en vuestro hogar? o, al menos, ¿Cuántos lo compartís al 50%? Es verdad que cada vez hay más caballeros que ‘ayudan’ o ‘colaboran’ en casa, pero es que eso no es suficiente…

Si a todo esto le sumamos que desde las administraciones no lo ponen nada fácil para conciliar, la mayoría de las empresas tampoco y de las autónomas, caso que me ocupa, ni os hablo… la situación a veces puede ser de trapecista de circo haciendo piruetas para salvar la situación. Además, esta semana leía una noticia que aseguraba que las mujeres cobrábamos de media unos 6.000 euros menos que los hombres por desempeñar el mismo trabajo, o lo que es lo mismo, tendríamos que trabajar 79 días más al año que los hombres para cobrar lo mismo… ven como sale la cuenta: nos faltan horas, concretamente casi 1.900 horas.

Y todo esto sin contar con el factor hijos, del que afortunadamente de momento no tengo que preocuparme. Sinceramente chicas no sé como lo hacéis para conseguirlo, mi admiración más absoluta. ¿Entienden ahora el síndrome femenino de estar siempre agotada?

Te levantas por la mañana, te duchas, te vistes, te maquillas –porque además hay que estar mona –te tomas el café, haces la cama, friegas los platos, recoges la cocina y los baños… en el caso de las madres, a todo esto hay que sumar el equipamiento de la prole y su traslado a los centros escolares. Después de la aventura doméstica, llegas al trabajo, miles de cosas por hacer, todas para ayer y sin saber cómo priorizar ¿os suena? ¡Salvada por la campana! Dan las 15.00 horas y vamos de vuelta a casa para entrar a la cocina y preparar el sustento que permita a la familia continuar la jornada –las que además somos malas en la cocina lo tenemos más difícil aún, y eso que yo pongo todo mi empeño… incluso me he comprado un libro de recetas, pero aún no he tenido tiempo casi ni de abrirlo –. Y toca el turno de tarde, más o menos hasta las 20.00 horas en presencia física, porque después ¿quién no se lleva trabajo para casa?

Y cuando llegas al ‘hogar, dulce hogar’, a la frustración por las tareas sin hacer se suman, como ya he dicho los quehaceres domésticos… ¿y quién es la gran perjudicada de todo esto? Pues una misma, que no consigue tener tiempo para ‘sus cosas’, para aquello que le apetece hacer: gimnasio, mejorar el inglés, un blog personal… Las aspiraciones se pierden entre las obligaciones.

Y todo esto porque no consigo sacar ni 15 minutos para dedicarme en la peluquería.