¿Tomamos un café?

No recuerdo la primera vez, pero sí la mejor. Es curioso, uno siempre recuerda su primera vez. Quizás no fue demasiado especial. La mía –me refiero a la mejor –fue en Viena, hacía frío –aunque creo que no era invierno –, estaba empapada por la lluvia y cansada de tanto caminar cuando decidí pararme a descansar y buscar un lugar caliente donde reponerme y templar un poco el cuerpo. Era apenas una adolescente. Me acompañaba una amiga que posteriormente me ‘escoltaría’ el resto de mi vida. Juntas cruzamos la puerta de aquella cafetería nada especial, pequeña y desprovista de cualquier encanto en el corazón de una de las ciudades más maravillosas del mundo. Con la cantidad de bohemios y clásicos cafés que pueblan esta urbe sólo a nosotras se nos ocurre resguardarnos en aquel rincón.

Creo que si cierro los ojos aún puedo notar su sabor en mis labios y su tacto caliente entre mis manos. Sí, fue precisamente en la ciudad imperial donde comencé mi idilio con el café. ¿Qué habíais pensado? ¿Acaso se me ocurriría desnudar mi alma así en publico a las primeras de cambio? No amigos, aún quedan unos cuantos artículos más antes de que pierda del todo el pudor.

Jamás olvidaré aquel delicioso cappuccino servido en bol para cereales. Con los años, he llegado a pensar que quizás no era el sabor de aquel café -lo que resultaría lo más probable, -sino las condiciones y las circunstancias que rodearon el momento. Sin embargo, sea como fuere, el recuerdo nítido de aquel viaje y aquel instante me ha acompañado desde entonces convirtiéndome en una incondicional de esta infusión.

Me gusta el café. No lo tomo por costumbre, ni por despertarme o socializar; ni siquiera por intentar escaquearme del trabajo unos minutos –costumbre muy española –. Todos estos serían efectos secundarios, en todo caso. Mi principal razón para tomarlo es porque disfruto de su sabor y su aroma como con pocos alimentos o bebidas me ocurre. Así, hace apenas unos días, cuando compartía con unos amigos uno de esos supuestos momentos para tomar café, en el que te tomas cualquier cosa menos esto, y mientras Jorge nos contaba como en uno de sus viajes a Colombia se ‘colgó’ de esta bebida e Inma reparaba en que quizás este sería un buen tema para uno de mis artículos, yo caí en la cuenta de que, pese al nombre de la columna, jamás le había dedicado unas palabras.

¿Por qué había elegido ‘Café Con Moka’? Pues quizás porque en torno a un café suceden y han sucedido cosas maravillosas en mi vida. El café es la excusa perfecta para quedar con una persona, para conocerla, para sincerarse con un amigo, para crear momentos de intimidad y compartir confidencias, para cerrar negocios o para desconectar durante unos minutos de los mismos.

El café de la mañana es un momento de intimidad con uno mismo, o quizás con aquella persona que tienes más cerca. En el trabajo supone un instante de camaradería y acercamiento que hace que los compañeros se conviertan en mucho más que esto, hasta llegar a ser imprescindibles. ¿Verdad, Carmen? El primero de la tarde puede incluir, en el mejor de los casos, sofá y manta o confesiones entre amigos. ¿Cuántos de estos contaremos ya Rebeca? Y el de la noche (siempre descafeinado) es el momento de reposo tras la tormenta. Tal es la trascendencia de alguno de estos instantes que, esta misma semana, quien ha custodiado mis años en la distancia desde aquel café vienés (Mari Carmen) confesaba: “Lo que daría yo por tomarme ahora un café con Moka”.

Así que este artículo va por todos los cafés deseados y que no nos hemos tomado.

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