Entusiasmo friki

img_9519El entusiasmo es, según la RAE en sus dos primeras acepciones, la “exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño”. Y friki, en su tercera acepción, “la persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición”.

Desde hace algún tiempo vengo pensando mucho en este concepto, en la idea de estar encandilado, obsesionado y entregado a una causa, sea esta la que fuere. En esa sensación de que algo te apasione por encima de todo. Yo nunca me he sentido especialmente fanática de nada y quizás por eso, en algunos momentos, me ha costado entender la rendición de algunas personas a una causa. Incluso he tachado este comportamiento de frikismo, de extrañas e infantiles conductas poco apropiadas en personas de determinada edad. Sin embargo, la vida y los años te van enseñando cosas; y como rectificar es de sabios, he aprendido a aceptar mis errores y entender que esa pasión por algo marca la diferencia entre las personas felices y aquellas que no lo son. La vida es lo suficientemente dura, ingrata, insulsa, frágil y/o vacilante para convertirnos en individuos inestables, débiles y/o afligidos y ese entusiasmo es lo único que nos salva y nos aleja de ser personas grises, mortecinas y absolutamente faltas de gracia. Perfil éste último que dista mucho, muchísimo, de lo que yo quiero ser y en lo que quiero convertirme.

Por eso ahora me encanta ver, conocer y descubrir gente apasionada por algo, incluso aunque me cueste entender el motivo o el objeto de su pasión. Gente loca con la Semana Santa, sus hermandades y sus cristos; gente que disfruta con la comida; gente fanática del manga japonés; gente obsesionada con las rancheras; gente aficionada a un equipo; gente rendida al veganismo… el entusiasmo en cualquiera de sus expresiones. Con la mayoría de ellos probablemente no comparta gustos, aunque si manifiesto todo mi respeto, pero me transmiten muchísima vitalidad, buen rollo y ganas de vivir.

Me gusta la gente desmesurada con desmesuradas pasiones. Me gustan los que cometen locuras por amor, los que cruzan océanos por sus grupos de música favoritos, aquellos que invierten todos sus ahorros en un viaje a la meca del cine… me gustan los que hacen de esta vida algo interesante, algo divertido. Por el contrario, cada vez me asustan mas las personas faltas de aficiones.

Decía el Premio Nobel de la Paz, Albert Schweitzer, que “los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma” y yo, incluso el día que las arrugas envejezcan mi rostro, no quiero tener un alma arrugada . El entusiasmo es el empeño por vivir, por eso me molan los frikis.

Un odio tan natural

DSC_0716Todos odiamos cosas. El odio, como el amor, es algo intrínseco al ser humano, no podemos vivir sin una cosa y tampoco sin la otra. Yo intento odiar lo menos posible y a los menos posibles pero siempre se escapa algo o alguien. La verdad es que afortunadamente puedo decir que, de forma concreta y específica, no he odiado a nadie en toda mi vida. Y mira que seguro que habrá quien me haya dado motivos. Sin embargo, soy de las que piensa que el odio contra otros no perjudica más que a uno mismo. Es mucho más sano pasar, fluir. El odio te coge por dentro y te amarga y yo en esta vida podré ser cualquier cosa menos una amargada.

Bien es cierto, también, que aunque no es mi estilo odiar sí hay cosas que aborrezco profundamente, pero quién no detesta algo. Una cosa sí os digo, no me fio y me generan muchas dudas y recelos las personas para las que todo es maravilloso. Y no quiero hacer apología del odio con este artículo ni muchos menos, más bien todo lo contrario: naturalizar un sentimiento tan humano.

Intentando hacer memoria sobre qué fue lo primero que recuerdo haber odiado me vienen a la cabeza, nunca mejor dicho, las horribles y enormes diademas, tan de moda en los ochenta, de miles de colores y estampados que nos colocaba mi madre a mi hermana y a mí y que incluso provocaron que nuestras orejas guarden una curiosa distancia con nuestras cabezas. Podríamos decir, aludiendo a términos ópticos, que están montadas al aire. A veces ese odio incluso se transforma, porque entre las cosas que aborrecía de aquella época las hombreras estaban en el top cinco, y sin embargo ahora les he pillado el punto para determinadas prendas.

Pero si hoy tuviera que hacer un ranking del odio, en primer lugar estarían, y no se ofendan por favor, los repartidores. Y es que no hay forma humana de hacer que vengan cuando anuncian. Si dicen que pasarán de tres a cuatro, que no te quepa duda de que acudirán en cualquier momento del día menos a esa hora. Por no hablar de las conversaciones previas con ellos por teléfono, pueden ser completamente surrealistas. Yo no sé si a vosotros también os ocurre, pero a mí consiguen amedrentarme hasta tal punto de que siempre acabo con ganas de pedirles disculpas por obligarles a hacer su trabajo.

Muy de cerca les siguen las losetas levantadas de las aceras, pocas cosas me sacan tanto de quicio como pisar una de éstas en un día de lluvia y ponerme perdida de agua y barro; las tirillas para colgar las camisas, jerséis y chaquetas de Zara que acaban asomando siempre por el escote y arruinando el estilismo; y el ruido que hace un tacón al pisar cuando se le ha caído la tapa. ¡Que sonido tan desagradable!

Tampoco me gusta que te corten la película o la serie en el momento más emocionante para ‘meter’ seis minutos de publicidad, ni la gente que aguarda atenta a que termines una conversación por teléfono para preguntar: ¿quién era?, y si ha conseguido identificar al interlocutor: ¿qué quería? Odio el olor a frito. Detesto que no pidan permiso para entrar, odio que decidan por mí, odio que no me dejen pensar y odio tener que explicar cosas que no necesitan explicación.

Y es que el odio más cotidiano es algo natural.

Manual de una compradora aficionada para sobrevivir a las rebajas

Tras las vacaciones de Navidad y en pleno mes de agosto, los periodos de rebajas se han convertido en un auténtico fenómeno social en nuestro país. Bien es verdad que, importando costumbres de otros territorios, a lo largo del año, cada vez más, contamos con campañas especiales de ofertas, tales como los famosos ‘black friday’ en los que uno puede hacerse con alguna pieza especial por un buen precio. Sin embargo, aquí somos muy de costumbres y nuestras tradicionales rebajas siguen acumulando el grueso de las ventas con descuento. Su éxito es tal que hay auténticos profesionales de las rebajas, hombres y mujeres que se han ido formando con los años y las campañas y se han convertido en expertos en chollos y en cómo encontrarlos y aprovecharlos. Mi nivel de preparación no es tan alto, pero reconozco que cuando a una le gusta comprar poco a poco desarrolla ciertas técnicas, rituales o protocolos que le ayudan a sobrevivir en las trincheras de las oportunidades.

En primer lugar, es importante distinguir entre varios tipos de compradores. Están aquellos que durante toda la temporada han estudiado sus tiendas y comercios habituales identificando aquellos elementos que son objeto de sus más profundos deseos y que se lanzan a su caza y captura durante la primera jornada de rebajas, incluso pidiendo libre en el trabajo si fuese necesario con el objetivo de que nadie se les pueda adelantar. En esta tipología, incluso los hay que el día anterior se dan una vuelta por los establecimientos, cuando ya todo está dispuesto y ordenado para el gran día, intentando ‘esconder’ aquellas piezas que les interesan. Parece un poco ridículo, pero acaso ninguno de ustedes ha escondido una camiseta detrás de una pila de jerséis o abrigos… ¡Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra! Desde mi punto de vista, estos serían los más profesionalizados, por el sesudo método que siguen y porque el mismo es el que más tiempo y esfuerzo requiere. El segundo caso, sería el del comprador más exquisito o ‘high level’ que no adquiere un gran volumen de prendas o enseres durante estos días pero sí que aguarda su llegada para hacerse con un objeto de lujo o fuera de su alcance habitual aprovechando los importantes descuentos. Éste sería el más inteligente. Y por último, nos encontramos con el comprador gangas o ‘low cost’ que adquiere de forma compulsiva todo aquello que es barato sin pensar si realmente lo necesita, lo va a usar o se lo pondrá algún día. Compra por el placer de comprar barato. Creo que este sería el más extendido. Acaso no han visto señoras y caballeros en las colas de caja con auténticas montañas de ropa y han advertido que aunque vivieran cien años no podrían estrenarla toda.

Confieso que yo he pasado por algunas de estas etapas y que he acumulado ropa en el armario que al final he acabado regalando sin estrenar. Sin embargo, ahora me reconozco más del segundo tipo, busco algo único o exclusivo que gracias a las ofertas entre dentro de mi presupuesto y hacerme así con un buen fondo de armario, por ejemplo.

Sea cual fuere tu caso, ahí van algunas recomendaciones para ir a las rebajas y no morir en el intento:

  1. Aprovechar las horas de la comida para ir a comprar. De dos a cuatro, por ejemplo, para evitar aglomeraciones y luchas encarnizadas con otras consumidoras.
  2. Fijarse un presupuesto máximo si uno no quiere acabar arruinado durante lo que queda de mes.
  3. Hacer una lista con las cosas que necesitas e intentar localizarlas entre los chollos.
  4. Jamás comprar una talla menos atendiendo al famoso ‘por si acaso’. ¡Seamos realistas!
  5. Comprar fondos de armario o cosas que siempre se necesitan: ropa interior, pijamas, calcetines… y dejar en la reserva.

Pero si consideras que realmente no necesitas nada, pasa de las rebajas olímpicamente y da una vuelta durante los últimos dos o tres días. Puede que no encuentres nada, pero si lo encuentras costará cuatro perras. Este es el mejor consejo que te puedo dar. ¡Ah! Y no olvides llevar ropa cómoda y de batalla, nunca sabes contra qué o quién te va a tocar enfrentarte.

Y en Murcia nevó

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Imagen de una nevada en Caravaca

Ni tres meses de vida sumaba yo la última vez que dicen que se vio nevar en Murcia capital, en diciembre de 1983. Sin embargo, soy una mujer del Noroeste y, como tal, mi relación con la nieve ha sido un poco más estrecha. Bien es verdad, que jamás habíamos vivido, al menos en Caravaca –de donde yo soy –una situación similar a esta en intensidad, que yo recuerde; pero prácticamente año sí y año también, caen algunos copos en las zonas y pedanías más altas del termino municipal. Recuerdo, como si fuera ayer, aquellas excursiones a la nieve en el coche de mi padre, un Nissan Primera, a las que se apuntaban vecinos, primos y amigos la mañana siguiente de una intensa nevada. Cada invierno, mi hermana pequeña y yo aguardábamos impacientes que llegara nuestra cita con este fenómeno meteorológico que lógicamente disfrutábamos ajenas al frío. De eso bien se encargaba mi madre, que nos equipaba como si de una expedición a la Antártida se tratase, intentando evitar así que pudiésemos caer enfermas. Lo que ella desconocía es que una vez pisábamos el manto blanco nos sobraba todo. Lo primero que desaparecía eran los guantes, porque con ellos no se pueden hacer bien las bolas y mucho menos dar forma a un buen muñeco de nieve. Les seguían el gorro y la bufanda que, después de estar corriendo unos minutos evitando las bolas lanzadas en plena batalla, eran un estorbo. Incluso, en algunas ocasiones hasta el abrigo se quedaba en el coche. Algunos inviernos, los menos, la nieve caía en pleno centro de la ciudad y nos asombrábamos viéndola sobre los coches. Incluso si nevaba cuando estábamos en el colegio los profesores nos sacaban un ratito al patio para que pudiésemos verlo ya que, apenas asomaban los primeros copos, la clase entera se disputaba los mejores puestos en las ventanas para no perderse el espectáculo.

img_8691-1Sin embargo, hacía años que por unas u otras circunstancias no vivía este acontecimiento. El invierno pasado la nieve hacía acto de presencia en algunos pueblos del Noroeste como El Sabinar, El Campo de San Juan o Nerpio y planeamos, como antaño, una pequeña escapada de fin de semana con mi hermana para que su hijo (por entonces Manuela aún no había nacido) disfrutase de la misma como nosotras lo hacíamos de pequeñas. Pero la nieve no nos esperó, y la subida de temperaturas provocó que la misma no aguantase hasta el ‘weekend’.

Esta semana, mis sobrinos (ahora sí los dos) han podido conocer la nieve y sorprenderse y asombrarse como un montón de pequeños en toda la Región que veían y asistían atónitos a este fenómeno por primera vez. A mí que ya lo conocía me llamó especialmente la atención cómo se vivió en la capital ya que, aunque no fue tan intensa como en el Noroeste donde aún en estos momentos disfrutan de ella y sufren también algunas de sus peores consecuencias, fue una auténtica fiesta. Los padres sacaban a sus hijos del colegio para llevarlos a La Fuensanta a ver caer los copos, la gente salía de sus trabajos para inmortalizar el momento, las redes sociales se llenaban de fotos y vídeos de estampas nevadas… a nadie le importó mojarse ni perder unos minutos de su ocupada. La ciudad entera dio una lección de vivir el instante.

Yo, como todos los demás, también quise guardar ese momento para siempre en mi memoria.

P.D. Tengo que incluir en este artículo la cariñosa corrección que me hacía a través de correo electrónico un compañero de profesión, Diego Gómez, quien por su experiencia me apuntaba: «Lamento decirte que todavía no habías nacido, ya que fue el sábado 12 de febrero de 1983. Ese día visitaba Murcia el General Gutiérrez Mellado para descubrir la placa que lleva su nombre en la avenida murciana. También era el último día del querido diario ‘Línea'». 

Muchísimas gracias Diego Gómez por tu puntualización y por tu rigurosa información.

No sólo de propósitos vive el hombre

IMG_7306.jpg¡Último día del año! Tan sólo un día más, o un día menos, según se mire, un día cualquiera en nuestras vidas llenas de días, horas, minutos y segundos que dejamos pasar, en ocasiones, sin pena ni gloria. Tiempos perdidos, en muchos casos, en lo insignificante. Sin embargo, estos momentos de cambios suelen ser propicios para pensar en balances, para comenzar proyectos e incluso para hacer borrones y cuentas nuevas en nuestras vidas, como si todo se arreglase en unas pocas horas, sin pensar en que lo duro y lo difícil de este trabajo –vivir –se lleva a cabo el resto del tiempo. A veces no es fácil saber lo que uno quiere, frecuentemente más sencillo es determinar lo que no quiere, pero una vez que lo conoce sólo ha decidido el camino, queda emprender la marcha y mantener el rumbo, lo que resulta más complicado de todo. Por eso es importante que fijemos bien éste.

En estas fechas solemos banalizar con lo que le pedimos al nuevo año y con aquello a lo que nos comprometemos: a ir al gimnasio, a adelgazar, a dejar de fumar… que no digo yo que todo esto no sea beneficioso para la salud de uno mismo, y ni aún así no lo cumplimos. Pero ¿alguna vez pensamos en el resto? No es habitual que entre nuestros propósitos de año nuevo se cuelen decisiones buenas para los demás. No señalo a nadie, mi caso es el primero. Y no se trata de imponernos grandes gestas que cambien la historia del universo porque ninguno de nosotros somos tan eminentes y, probablemente, aunque lo intentásemos no tendríamos la capacidad de hacerlo; pero sí podemos ser protagonistas de pequeños gestos que perturben positivamente la vida de alguien, y por ello también las nuestras. Se trata de hacer lo que está en nuestra mano, a nuestro alcance, incluso sin grandes esfuerzos, simplemente proyectando nuestros mejores sentimientos.

En cuanto a los balances… pues no suelen ser ni blancos ni negros, siempre hay matices; aunque unos tendemos a empañar todo de negro dando importancia absoluta a los peores momentos y olvidando que siempre hay y hubo algo bueno. Por otro lado, los más optimistas tratamos de ver el vaso medio lleno, esperando y aguardando mejor ventura para el año nuevo, lo que es del todo injusto pues, por un lado, de los periodos más oscuros también se aprende y, por otro… de qué podemos lamentarnos. Para nosotros (mi familia) no ha sido un año fácil en cuanto a sentimientos, las ausencias han marcado muchos de nuestros momentos. Sin embargo, mi hermana Raquel nos dio una bonita lección con su brindis de Navidad. Brindó porque este año ninguna bomba ha derrumbado nuestras casas; brindó porque este año ninguno hemos muerto aplastado por las mismas; brindó porque no hemos tenido que abandonar nuestras casas y nuestra tierra; brindó porque sus hijos no tienen una enfermedad grave o sin cura; brindó porque ni un solo día ha faltado el pan en nuestra mesa… por todo esto, y muchas cosas más, brindó. Brindamos.

Y después de esto, ¿cómo crees que ha sido tu año?

Qué injustos son a veces nuestros juicios.

Malditas Mudanzas

Juicios tengas y los ganes, ha sido hasta ahora una de las maldiciones más certeras y maliciosas que uno podía utilizar, y eso que tiro piedras contra mi propio tejado pues mi hermana es abogada. No se si habéis tenido la desgracia de vivir o sufrir un proceso judicial, pero es de las cosas más horribles, tediosas y desesperantes que uno puede experimentar en su vida. Y aún si el veredicto es favorable podrás ver, en parte, recompensado el trauma, aunque la lentitud de nuestro sistema judicial imposibilita que se pueda hablar de que se ha hecho justicia, porque nunca se realizará en tiempo y modo. Sin embargo, desde hace unos días vengo pensando que he encontrado sustituta para tremenda condena: Mudanzas tengas y las hagas.

Durante la última semana vivo en el absoluto caos, y lo que queda. Desde que uno es consciente de que se cambia al momento en el que se encuentra completamente instalado en su nueva ubicación, además de que puede pasar más medio año hasta el momento en el que no queda ni una caja por sacar, uno transmuta de uno a otro estado de ánimo; y no me atrevería a decir cuál es el peor. De la ilusión del principio se pasa a la euforia de las semanas previas; pero según se acerca el momento vamos experimentando la ansiedad, el estrés, el mal humor, los nervios, el agotamiento, la desesperación, el arrepentimiento, la duda, la tristeza… hasta alcanzar el caos.

Uno nunca imagina que tiene tantas cosas. Nos acostumbramos a vivir entre las mismas y no somos consciente de cuánto llegamos a acumular y, sobre todo, cuántos enseres almacenamos que hace años que ni usamos. Si algo tienen de bueno las mudanzas es esa capacidad de devolverte a la realidad y mostrarte que eres tremendamente consumista. Tú que te crees una persona moderada te enfrentas a una imagen de ti que no quieres ver el resto del tiempo y con la que no te gustar reconocerte. Esto también implica que asumas la necesidad de reciclar, regalar, donar y tirar ciertas cosas, con lo que sirve para hacer una criba. Hay una filosofía de vida que se ha puesto muy de moda en los países asiáticos que asegura que podemos vivir con tan sólo 20 cosas (creo que esa era la cifra), pero de eso hablaré en otra ocasión.

Si el momento de recogerlo todo y reducirlo a bultos es complicado –porque no sabes dónde meter tantas cosas, porque no encuentras cajas para embalar tus pertenencias, porque te gastas casi el presupuesto de un mes en comprar cartones que después del transporte tiras al contenedor de reciclaje, porque hay elementos tremendamente complicados de empaquetar y la creatividad no te alcanza, porque te dejas los riñones subiendo y bajando paquetes, porque siempre se rompe algo… y sobre todo porque ves como tu vida, tus recuerdos y tus momentos de los últimos años se convierten en unas cuantas maletas –no hablemos de la llegada al nuevo destino, cuando vives entre cajas de cartón durante semanas, jamás encuentras lo que estás buscando por mucho que hayas tratado de etiquetar todo –lo peor es cuando no localizas la ropa interior -, lo que te obliga a seguir con tu vida e ir al trabajo con extrañas combinaciones y outfits porque es lo único que tienes a mano, a ingerir cualquier cosa decente que encuentres en los armarios o tirar de comida precocinada, por no hablar, como ya he dicho, de que puedes estar años desempaquetando y viendo cajas sueltas por la casa.

Y lo más gracioso de todo es que no es la primera vez que experimento esta anarquía, ya que no es mi primera mudanza, pero imagino que debe ser como el parto, que se olvida. O eso dicen las madres que han repetido la experiencia en más de una ocasión.

Sea como fuere, esta situación, por obligación, mantiene mi espíritu navideño guardado en una caja.

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Amistades virtuales

54Las redes han cambiado de forma asombrosa la manera de relacionarnos y actuar en sociedad. Hoy en día socializamos de un modo y con un número de personas que hace unos años nos resultaría completamente impensable. Este nuevo modelo de comportamiento ha hecho real aquello de “yo quisiera tener un millón de amigos” –que decía la canción –, ya que en Facebook, Instagram o Twitter (que son las que yo más controlo) contamos por miles los amigos o, en su defecto, seguidores, según el grado de intensidad que cada uno quiera dar a los vínculos. Me resulta especialmente curioso (apreciaréis como me incluyo siempre) como nos referimos a nuestros followers con absoluta cercanía y familiaridad cuando en muchos casos no hemos cruzado o intercambiado ni tan sólo una palabra o una mirada. Como nos reconocemos por la calle y nos saludamos con total naturalidad al encontrarnos después de años ‘de amistad’ virtual. E incluso como nos implicamos y nos afectan aquellas cosas buenas o malas que les ocurren a nuestros compañeros en la red. Y es que, aunque también puedo entender a los más escépticos con esto, estamos formando parte del día a día, del minuto a minuto, de estas personas vía digital y es imposible no estrechar, de alguna forma, lazos.

Yo también me había manifestado muy crítica con la intensidad que alcanzaban ciertas ‘relaciones’ virtuales considerando que había poco más que humo y ‘postureo’ detrás de las mismas. Sin embargo, hace unos meses experimenté como hay cosas que, por irracionales que puedan parecer a tu razón, ocurren. Confesaré que hace unos años y coincidiendo con el boom de los blogs personales me convertí en seguidora de decenas de estas páginas, pero el tiempo y la falta de éste equilibró mi nuevo vicio y mantuve el interés sólo por aquellas que realmente consideraba útiles o de mi absoluto agrado. Entre ellas destacaré la de una periodista que por su espontaneidad y franqueza, y por sentirme identificada con muchos de sus intereses y con su estilo de vida se convirtió en uno de mis blogs de cabecera. La página en cuestión es www.balamoda.net y su autora, Belén Canalejo, como he dicho compañera de profesión y madre de cuatro niños. Bien, pues tras una extraña, larga e injustificada ausencia de la misma–fuesen cuales fuesen sus circunstancias siempre atendió a sus ‘comentarias’ (como ella las llama) –reaparecía semanas después revelando que sufría un cáncer de mama. Volvía a nuestras pantallas de ordenador contando, a través de su videoblog, su experiencia al conocer la noticia y cómo estaba enfrentando la situación. Os diré, que ya su prolongado silencio consiguió alertarme, incluso trasladé mi preocupación a mi hermana –también seguidora de @Balamoda –y ambas coincidíamos en lo inquietante de su ausencia. Su revelación consiguió entristecerme y apenarme, y desde entonces he intentado seguir su evolución reconfortándome con las buenas noticias e inquietándome cuando no lo han sido tanto. Mi percepción es igual que con otras personas, conocidas, que han vivido situaciones similares. En ese momento, decidí dejar de lado mi prejuicio y suspicacia y vivir las relaciones tal y como suceden, ya sean digitales o analógicas.

No negaré que siempre preferiré una conversación con un café delante y la posibilidad de tocar, abrazar y mirar a la persona en cuestión, pero está claro que hay una nueva forma de relacionarse. También de pelearse o ignorarse, como decía una amiga mía: “¿Habrá algo peor que el que te bloqueen del whatsapp?”, pues quizás sí, en la vida real, que te hagan la cobra.

 

Universitarios

img_5768Los domingos son raros. Desde que uno comienza a asumir ‘ciertas’ responsabilidades en la etapa escolar empieza a ver este día de una forma distinta, con recelo. El domingo no es un día libre al uso, lo es sólo a medias, porque pese a que –por lo general –no tienes que acudir al trabajo ni mantienes la rutina de los laborables, tu cabeza se adelanta al tiempo y vive ya en el lunes, pensando en todo lo que te queda por hacer mañana y ultimando algunos preparativos para la semana. Los domingo son días de levantarse tarde, comer en familia, comprar el periódico, leer algún semanal… lo que no está nada mal. Pero, por el contrario, también son días de plancha, lavadoras, secadoras, preparar menús para la semana y hacer los deberes con los hijos, siempre corriendo y siempre a última hora. Son días en los que se amontonan las tareas y los sentimientos.

Pero si tuviera que elegir una imagen para este día de la semana sería la de los universitarios arrastrando sus maletas de vuelta a la ciudad. Que estampa más típica ¿verdad? Imagino que esta misma secuencia, o similar, se reproduce también los viernes, pero pasa más desapercibida en medio del ajetreo de la jornada. Eso, y que quizás el sentimiento que transmiten sus rostros es diferente y pasa inadvertido para mí. Los viernes son días de prisas y buen rollo. Buen rollo por volver a casa, por perder de vista durante unas horas los apuntes y por tener quien te cocine un plato en condiciones. Mientras que los domingos, el ánimo se resiente y sólo piensas en las horas de clase y pasta con tomate que te quedan por delante. Y es que no es lo mismo ir, que volver.

Es una imagen tan nostálgica, icónica y hasta cinematográfica. Decenas y decenas de jóvenes universitarios saliendo de la estación de autobuses y tirando de sus carritos por la ciudad, llegados de todas partes dispuestos a continuar su rutina académica. Siempre que los veo, normalmente también llegando en coche a la urbe, me pregunto ¿en qué irán pensando? Deambulan, en muchos casos tristes y callados, incluso melancólicos. Con los años uno olvida tantas cosas que se hace difícil recordar aquellos sentimientos.

Pero si hago un esfuerzo, aún consigo verme. Tan joven, aterrorizada y completamente desorientada en plena estación, en este caso de metro, de Ciudad Universitaria. Quince años atrás. En Madrid. Con 18 años recién cumplidos y una carpeta y cuatro bolis para enfrentarme al que, por aquel entonces, había sido mi reto más importante. Asustada y casi paralizada por una muchedumbre de gente incesante. Jamás había salido de mi pueblo. Elegí Madrid por mi padre, que tuvo que empezar a ganarse la vida desde muy joven y vivió en allí en su adolescencia trabajando en la construcción y pernoctando en una pensión de –como se podría decir –mala muerte en la Calle Desengaño. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, él recordaba con enorme alegría y nostalgia aquellos años, en los que asistía semanalmente al Bernabéu y coincidía con Antonio Molina desayunando. Años duros que sin duda no desfiguraron su buen carácter.

Treinta años después, imitaba sus pasos, con incomparables condiciones, pero con el mismo entusiasmo. Y como tantos jóvenes yo también topaba con mi desengaño. Recuerdo como en aquella estación de metro abarrotada de gente, al levantar la mirada en una pared leí:

“Que la vida iba serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

Jaime Gil de Biedma.

Cinco minutos de tiempo

fullsizerenderEl tiempo es tan relativo. Hay minutos que se hacen eternos y horas que pasan como si fuesen un segundo. Hay momentos en la vida en los que a uno le encantaría cerrar los ojos y que todo lo que está por venir pasase en tan sólo unos instantes. Otras veces lo que nos gustaría es detener el tiempo y vivir perennemente en ese ratito. Y eso sucede tanto para las cosas más transcendentes, como para aquellas experiencias más insignificantes. Seguro que aún recuerdan lo largos que se hacían los cinco minutos previos al recreo, mirando cada segundo un reloj que parecía haberse detenido para siempre; y lo rápido que transcurría la media hora de éste.

Pero curiosamente con el paso de los años mi percepción del tiempo ha experimentado una curiosa desviación. El vivir constantemente con déficit de horas, para el trabajo, para dormir, de ocio, para la casa, para dedicar a mi familia, para invertirlas en mí personalmente… y quizás al tomar consciencia de que todo lo que pasa ya no vuelve y de que cada vez son más los años que contamos en pasado de los que –en virtud de la naturaleza –acumulamos en el futuro, me provoca una intensa sensación de vértigo. Me cuesta, cada vez más, disfrutar del momento presente agobiada por lo instantáneo de éste, me resulta casi inexistente. El ahora ya no existe. ¿Si miran atrás no les parece que la semana ha transcurrido precipitadamente? A mí, siempre. Sin embargo, y contrariamente, sigo teniendo, en ocasiones, esa sensación de tediosos minutos que no corren. Como si en lo mucho la vida pasase desenfrenada, mientras que en lo poco caminase pausadamente. ¿Para qué da un minuto? Para poco ¿verdad? ¿Pero han probado alguna vez contar uno a uno los sesenta segundos de éste? ¡Parece estirarse!

Precisamente eso me gustaría a mí, aprender a estirar algunos momentos como se estira un minuto al contarlo. ¿Cuántas veces han dicho aquello de… ‘cinco minutos más’? Seguro que se visualizan en la cama intentando robar cinco minutos más al día para dárselos al sueño. Es una sensación increíble. Yo, ilusa de mí, incluso me pongo el despertador en modo repetición, cada cinco minutos, media hora antes de la hora de levantarme pensando que así le he ganado eso al tiempo… cuando en realidad he perdido media hora de sueño.

Y con esta reflexión me preguntaba yo el otro día a que le daría yo cinco minuto más de tiempo… ¿y tú?

¡Uff!¡Vaya viajecito!

DSC_1968.jpgLa vida pasa tan deprisa y hay tantas cosas que nos quedarán siempre pendientes, incompletas, inacabadas y por hacer que muchas veces dan ganas de no dormir para robar esos minutos al tiempo. Vivimos pensando que seremos eternos, que no llegará el fin, y eso nos convierte, a mi parecer, en peores personas; personas enfadadas, estresadas, egoístas y desesperadamente inhumanas. Si supiéramos que vamos morir, quiero decir que si lo supiéramos de verdad, evitaríamos cada minuto de disgusto, no correríamos más que por lo importante y, lo que es más importante, entenderíamos que nada que nos pueda pasar es tan grave. Dejaríamos de sufrir y de dañar. Nos arriesgaríamos, disfrutaríamos y viviríamos sin miedo a las consecuencias, porque al fin y al cabo no pueden ser eternas.

Y es que la vida no se debería medir en tiempo. Hay vidas que nos resultan demasiado fugaces, por lo breves, pero asimismo por brillantes. Y no me refiero precisamente a aquella frase que se le atribuyó erróneamente a James Dean de “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”, cuando en realidad pertenece a un diálogo de la película ‘Knock on any door’ de Bogart y Derek, sino a que no hacen falta muchos años para dejar huella. Quizás sólo un instante, un segundo, justifica toda una vida. Y es que nadie puede dejar tras de si sólo un legado de virtudes. Somos humanos, con nuestras glorias pero irremisiblemente también con nuestras bajezas. Lo importante es, en lo largo o en lo corto, no pasar sin pena ni gloria.

A veces nacemos, crecemos, nos reproducimos –cada vez menos –y morimos como auténticos autómatas sin ser conscientes del precio y el coste de cada minuto. Seguro que habéis tenido alguna vez la sensación casi de ‘despertar’ –sin estar dormido – al volante y pensar “cómo he llegado hasta aquí”; incapaz de recordar el trayecto, conduciendo por intuición, y sin tener consciencia de ello. Pues esta es una buena metáfora para describir como vivimos, sin ser conscientes de nuestra vida, limitando y restringiendo nuestras decisiones. Incapaces de elegir, asumimos un rol prediseñado.

Cuántas veces hemos cuestionado nuestra vida y hemos dicho aquello de “si yo pudiera…”, “si volverá a nacer…”, “si tuviera tiempo…”. Pues bien, puedes, tienes tiempo –todo el que se te haya dado –y asúmelo, no volverás a nacer, salvo que uno crea en la reencarnación, y teniendo en cuenta que el ser humano es la existencia intermedia –sólo la celestial sería la superior –mejor ni intentarlo… ¿Por qué somos tan tercos para esperar a perder a alguien para echarle de menos o a estar enfermos para empezar a cuidarnos?

Pregúntante ¿Y si hoy decidiese hacer algo distinto?

Citando a un ‘colega americano’, Hunter S. Thompson, “la vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado, y proclamando en voz alta ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”.

O lo que es lo mismo, a mí que la muerte me pille viviendo.