Universitarios

img_5768Los domingos son raros. Desde que uno comienza a asumir ‘ciertas’ responsabilidades en la etapa escolar empieza a ver este día de una forma distinta, con recelo. El domingo no es un día libre al uso, lo es sólo a medias, porque pese a que –por lo general –no tienes que acudir al trabajo ni mantienes la rutina de los laborables, tu cabeza se adelanta al tiempo y vive ya en el lunes, pensando en todo lo que te queda por hacer mañana y ultimando algunos preparativos para la semana. Los domingo son días de levantarse tarde, comer en familia, comprar el periódico, leer algún semanal… lo que no está nada mal. Pero, por el contrario, también son días de plancha, lavadoras, secadoras, preparar menús para la semana y hacer los deberes con los hijos, siempre corriendo y siempre a última hora. Son días en los que se amontonan las tareas y los sentimientos.

Pero si tuviera que elegir una imagen para este día de la semana sería la de los universitarios arrastrando sus maletas de vuelta a la ciudad. Que estampa más típica ¿verdad? Imagino que esta misma secuencia, o similar, se reproduce también los viernes, pero pasa más desapercibida en medio del ajetreo de la jornada. Eso, y que quizás el sentimiento que transmiten sus rostros es diferente y pasa inadvertido para mí. Los viernes son días de prisas y buen rollo. Buen rollo por volver a casa, por perder de vista durante unas horas los apuntes y por tener quien te cocine un plato en condiciones. Mientras que los domingos, el ánimo se resiente y sólo piensas en las horas de clase y pasta con tomate que te quedan por delante. Y es que no es lo mismo ir, que volver.

Es una imagen tan nostálgica, icónica y hasta cinematográfica. Decenas y decenas de jóvenes universitarios saliendo de la estación de autobuses y tirando de sus carritos por la ciudad, llegados de todas partes dispuestos a continuar su rutina académica. Siempre que los veo, normalmente también llegando en coche a la urbe, me pregunto ¿en qué irán pensando? Deambulan, en muchos casos tristes y callados, incluso melancólicos. Con los años uno olvida tantas cosas que se hace difícil recordar aquellos sentimientos.

Pero si hago un esfuerzo, aún consigo verme. Tan joven, aterrorizada y completamente desorientada en plena estación, en este caso de metro, de Ciudad Universitaria. Quince años atrás. En Madrid. Con 18 años recién cumplidos y una carpeta y cuatro bolis para enfrentarme al que, por aquel entonces, había sido mi reto más importante. Asustada y casi paralizada por una muchedumbre de gente incesante. Jamás había salido de mi pueblo. Elegí Madrid por mi padre, que tuvo que empezar a ganarse la vida desde muy joven y vivió en allí en su adolescencia trabajando en la construcción y pernoctando en una pensión de –como se podría decir –mala muerte en la Calle Desengaño. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, él recordaba con enorme alegría y nostalgia aquellos años, en los que asistía semanalmente al Bernabéu y coincidía con Antonio Molina desayunando. Años duros que sin duda no desfiguraron su buen carácter.

Treinta años después, imitaba sus pasos, con incomparables condiciones, pero con el mismo entusiasmo. Y como tantos jóvenes yo también topaba con mi desengaño. Recuerdo como en aquella estación de metro abarrotada de gente, al levantar la mirada en una pared leí:

“Que la vida iba serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

Jaime Gil de Biedma.

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