Hermanos

No es fácil tomar decisiones. Mucho menos cuando las mismas implican, conciernen y corresponden a más de una persona. La vida en pareja –y en familia –está llena de decisiones difíciles. Y en todas ellas uno encuentra motivos y razones para ponderar hacia un lado u otro. Eso las hace más complejas aún.

Nunca me resultó cómodo o sencillo decidir, pues la elección implica desechar conscientemente una serie de circunstancias imprecisas que ya nunca jamás sucederán. Y eso asusta. Ese jamás… Quizás sea esa la razón por la que en algunas ocasiones, incluso tratándose de asuntos delicados, he dejado obrar de algún modo al destino o la providencia. Y, sinceramente, no creo que me haya ido mal.

El miedo es, sin duda, el peor enemigo de la determinación. El miedo nos detiene, nos impide y nos encierra en un status estanco; seguro pero estéril, yermo. A lo largo de mi vida el miedo me ha entorpecido para muchas cosas: nunca aprendí a patinar, por ejemplo. Sin embargo, cuando logré vencerlo conseguí y alcancé retos y desafíos.

La maternidad se ha manifestado con miedos y temores mucho mayores de los que hasta ahora pude tener. Turbaciones por no poder mantener una integridad propia que me permita cuidar y proteger y, por supuesto, por la fortuna y el bienestar de las crías. También me ha supuesto el mayor ejercicio de paciencia y, seguramente, renuncia que haya podido hacer a lo largo de mi vida.

Es por eso que, para mí, la decisión de volver a ser madre es más difícil de tomar una vez que ya lo has sido. Piensas en que todo aquello que te preocupa se multiplica exponencialmente. Por suerte, también la dicha, la ternura y esa forma de amar como no hay otra.

De este modo, y conscientes de las dificultades, El hombre del Renacimiento y yo asumimos hace unos meses el reto de ampliar la familia. Sin que eso se convirtiese en una obsesión; más bien volviendo a confiar en lo que nosotros entendemos como providencia.

Hoy, unos meses después, esperamos un nuevo bebé que estará con nosotros en febrero. Por supuesto, han vuelto las inquietudes y los desvelos en cada ecografía, en cada prueba y ante cualquier síntoma de alarma. Mentiría si no lo reconociera. Pero también la ilusión, esta vez más madura y reflexiva, de poder ver crecer a nuestros pequeños juntos y darles aquello que para nosotros ha sido lo más preciado en nuestra vida: los hermanos.

Ni víctima, ni verdugo

Hay situaciones que, en determinados momentos, nos perturban, nos impresionan, nos sobresaltan e incluso agitan en nosotros sentimientos y emociones del pasado. Esta semana era testigo de forma involuntaria, seguramente como muchos de ustedes, de una terrible situación de acoso a un menor como consecuencia de la viralización, en redes sociales, de un video con el que se pretendía denunciar dicha agresión.

Independientemente de la conveniencia o no y de la legitimidad para publicarlo –creo que proviene del propio entorno del niño –, el mismo evidencia firmemente la necesidad de visibilizar y concienciar de un tipo de comportamientos, mucho más comunes en las aulas de lo que sospechamos, que traslucen un grave e inconcebible fallo o error en nuestro modo o fórmula de educación. Como verán, he evitado conscientemente la palabra sistema educativo pues esta problemática trasciende al mismo concerniéndonos y comprometiéndonos a toda la sociedad. Y aunque suelo evitar asuntos delicados en estas líneas, no he podido eludir, esta vez, hacer referencia al mismo.

Reconozco que asistí horrorizada al hostigamiento que recibía el menor por parte de algunos compañeros de clase en el día de su cumpleaños. Y que incluso reconocí, con mayor espanto y consternación aún, ciertas circunstancias de mi pasado. Nunca viví el acoso en primera persona, pero sí fui testigo de injusticias y, aunque en aquel tiempo no fui consciente, seguramente mucho sufrimiento. Entonces callé y consentí, pero esta vez no lo podía y no lo debía hacer.

Muchas veces me he preguntado si los insultos y desprecios constantes condicionaron la vida de aquella compañera de clase. Si de algún modo, mi actitud neutral ayudó a reforzar las conductas de otros y si, quizás, algún gesto de apoyo, acercamiento o aprecio hacia ella hubiera tenido algún efecto y otras consecuencias. Es algo con lo que vivo desde ese momento.

Hoy, muchos años después de aquello, soy madre y mi hijo comienza el colegio en unos días. No me gustaría verme jamás en el papel de la madre de este pequeño; pero sin intención de criminalizar al resto de menores, pues seguramente no alcanzan a imaginar la importancia y trascendencia de sus actos, sí su comportamiento, de igual modo me espantaría ser la progenitora de éstos.

Por eso, esta vez quiero redimirme y comprometerme educando a mi hijo en valores de respeto que garanticen una convivencia bonita y pacífica con sus iguales. Un propósito que para mí es mucho más importante que la memorización de las tablas de multiplicar y que creo, sin ninguna duda, que debería ser la primera máxima y competencia en cualquier aula de este país. Para ello, menos pasividad y mucho más compromiso de todos para no hablar ni de victimas ni de verdugos.  

¡Vamos al cole!

El tiempo, cíclico, repite momentos, etapas y estaciones que se van dando paso las unas a las otras invariable y perennemente. Pasamos del invierno a la primavera para alcanzar, después, el verano, que viene seguido del otoño; terminando, de nuevo, en la estación invernal. Año a año el mismo transitar tan manifiesto en la naturaleza, en los árboles, en las plantas y, hasta, en nuestra huerta.

Al igual que las estaciones, fruto del movimiento de traslación de la tierra, cada añada trae consigo nuevas épocas y periodos. Así, de forma generalizada, enero supone la opción de un nuevo comienzo. Aunque ésta no es la única oportunidad que ofrece el año. Cada vez somos más los que optamos por hacer esta depuración y regeneración en septiembre, con motivo del inicio del curso escolar, para unos, y la vuelta de vacaciones, para otros. Si septiembre siempre ha sido mi momento de catarsis por excelencia –coincidiendo además con mi cumpleaños -, el mundo laboral y, ahora, la entrada al colegio de mi pequeño agudizan más aún esta sensación.

Desde la infancia recuerdo estos días con cierta exaltación preparando material escolar y forrando libros, para castigo de mi pobre madre que pasaba veladas enteras intentando dejarlos totalmente lisos, cuando eran de aquellos que iban en rollo y se pegaban a la portada y la contra. Ahora es a mí, y al Hombre del Renacimiento, a quienes nos toca jugar este rol y hacerlo, además, por primera vez, con lo que los nervios y el desasosiego están, como pueden imaginar, a flor de piel.

La elección de centro educativo es, siempre, una decisión importante. Uno se pregunta una y mil veces, incluso cuando ya está la suerte echada, si habrá acertado. Reza porque su nueva maestra sea cariñosa y capaz de entender las necesidades de cada niño; circunstancia cada vez más presente en las aulas españolas, con profesionales formados, preparados y muy concienciados y sensibilizados. Por supuesto, también te preocupan los compañeros y la relación que tu hijo establezca con éstos. Sin duda, aún son muy pequeños para ciertas conductas reprobables, sin embargo ya puede haber comportamientos que sean germen de éstas.

Es por eso que, además de preocuparme por tener a punto todo su material, estos días previos trato de explicar y enseñar a mi hijo valores que le permitan disfrutar de una bonita convivencia entre iguales como base de su primer aprendizaje.

Como decía al comienzo, el tiempo es cíclico, y ahora soy yo la que me sorprendo manteniendo aquellas mismas conversaciones y discursos que un día protagonizó mi madre y que, sin duda, han contribuido en demasía a lo que soy, y confío en que así sea, también, para mi pequeño.

Los días perfectos

Leyendo a ratitos el último libro que he pedido prestado a mi hermana: ‘Los días perfectos’, de Jacobo Bergareche, una novela cortita y ligera para el verano; recordaba un pensamiento del escritor portugués Fernando Pessoa que expresaba de forma tremendamente acertada uno de los vicios de la condición humana. “Para ser feliz es preciso no saberlo”.

Hace tan solo unos meses leía o escuchaba una reflexión muy parecida que, no por ser quizás más mundana, dejaba de ser igual de intensa, profunda y atinada; además de dolorosamente sincera. Era la confesión de una madre que hacía menos de un año que había perdido a su hijo. En una entrevista, la actriz y presentadora Ana Obregón aseguraba que: “Lo que me mata de pena es saber que yo era tan feliz y no lo sabía”.

Aquella declaración no me dejo indiferente en ese momento y no lo ha hecho desde entonces. Es algo que tengo presente y que, en determinadas ocasiones, vuelve a rondarme el pensamiento de forma más aguda y precisa. Como en la mayoría de ocasiones vivimos esperando una hilarante y convulsiva felicidad sin ser conscientes de que precisamente en esa armonía y quietud diaria es cuando somos verdaderos moradores del bienestar y la prosperidad.

Aguardamos grandes acontecimientos que nos hagan sentir pletóricos entre los aprietos y apuros propios del suceder, pensando que son esos momentos fugaces los que nos hacen felices, los que justifican nuestra existencia. Sin embargo, son, lamentablemente, los grandes infortunios los que nos demuestran cuan agradable o plácida era nuestra sencilla y rutinaria vida.

Por eso, desde hace algún tiempo trato, como si fuese una imposición, de disfrutar y deleitarme en la belleza de las pequeñas cosas; con el anhelo de no tener que lamentar, algún día, el no haber apreciado la vida que tenía. Intentando agradecer cuanto tengo y me sucede. Sin que ello suponga, en ningún caso, renunciar a otros sueños; pero dando a cada cosa el valor que tiene.

Si comenzaba con una reflexión del poeta lisboeta, acabaré también con otra afirmación suya. “Tenemos, todos los que vivimos, una vida que es la vivida y otra vida que es la pensada, y la única vida que tenemos es esa que está dividida entre la verdadera y la errada”.

Bien, pues a eso aspiro en mi existir, a ser capaz de acopiar una vida equilibrada que no olvide ni la vivida ni, por supuesto, la soñada; y a no llevarme a la tumba, cuando llegue mi momento, el lamento por no haber apreciado cuantos ‘días perfectos’ se me han regalado. 

La côte de la mode

Quien acostumbra a leer estos artículos o ha leído unos cuantos bien puede saber ya de mi pasión por la moda. Desde mi modesta colección de tacones a mi última fascinación por los broches antiguos. Estos pasados días de agosto frecuentaba, en familia, algunos pueblos de la costa francesa y conocía, por fin, uno de los muchos lugares que han formado parte de mi imaginario viajero en los últimos tiempos: Biarritz.

Biarritz ha sido escenario, a lo largo de su historia, de algunas de las innovaciones y transgresiones más importantes en esta materia. Por un lado, el esplendor decimonónico de la que fuera mujer de Napoleón III, la aristócrata española y última emperatriz francesa María Eugenia de Montijo. Dicen de ella que poseía una extraña belleza que la alejaba de los cánones pero que conseguía embelesar a quien la contemplaba en los salones parisinos de mitad del siglo XIX a los que la acompañaba su madre buscando un matrimonio provechoso. La historia la inmortaliza como una mujer culta, inteligente y extremadamente refinada.

Sería esto, precisamente, y su debilidad por las mujeres lo que hizo que el mismísimo emperador cayera rendido a sus pies, eligiéndola como madre de su futuro y ansiado heredero. Fue entonces, una vez convertida ya en emperatriz, cuando Eugenia coronó a esta ciudad francesa de pescadores como patria de fiestas, lujos y excesos, convirtiéndola en su lugar de veraneo.

Por otro lado, este mismo emplazamiento fue sede y origen de la renovación extrema que Coco Chanel ocasionó en el mundo de la moda. ¿Saben ustedes que la diseñadora francesa abrió tienda en la misma ciudad?

Fue en el verano de 1915 en un local frente al moderno Casino, estilo art déco, que aún exhibe esta localidad, Coco inauguró la primera boutique de Biarritz. Poco eco se escuchaba entonces, por la zona, del reciente estallido de la Primera Guerra Mundial entre Rolls-Royce y nuevas prendas de vestir femeninas que alejaban a la mujer de los opresivos corsés y las convertían en estilosas ‘femme fatale’ con trajes de aires masculinos.

Quizás no elegimos el mejor momento para visitar la ciudad, con una ola de calor de hasta 36º grados diarios que en gran medida entorpece el estilo y la distinción propia de este lugar. Pero, pese al bochorno, Biarritz desprende elegancia y distinción en cada uno de sus edificios y sus gentes. Las pamelas, las gafas de sol y los kaftanes se lucen allí como en ningún otro lugar paseando por unos escarpados acantilados a la brisa de un precioso azul cantábrico.  

La gran fiesta

Esta semana leía casi de pasada en la prensa digital que, como todo, el hielo se encarecía y que en los próximos días podría llegar a cobrarse en bares y restaurantes junto a la bebida a enfriar. A priori, puede resultar curiosa esta subida del agua congelada. Sin embargo, atendiendo a los precios de la electricidad, el transporte y el plástico tiene mucho más sentido. Además, el artículo incluía la reflexión de que la vida post-Covid ha vuelto a traer el regocijo y deleite por las grandes fiestas y celebraciones.

No podía evitar, entonces, acudir a mis referentes culturales sobre magnos eventos y festejos y recordar e imaginar aquellas imponentes fiestas que el autor estadounidense F. Scott Fitzgerald relata en su obra ‘El Gran Gatsby’. La novela, ambientada en los locos años 20, relata una vida de excesos y desenfreno sustentada en el auge de la música jazz, el incremento del contrabando y crimen organizado y el art decó.

Pese a la crítica social a una época que evidencia la que está considerada como una de las mejores obras de la literatura norteamericana de todos los tiempos, no puedo evitar imaginar esas fiestas como las mejores que jamás se hayan celebrado. Con trajes de solapa, perlas, plumas, destellos dorados por todas partes, estatuas de hielo y torres de champagne.

Tampoco se le quedaría muy a la zaga el histórico baile de disfraces ‘Bal Beistegui’ que el millonario mexicano-español Carlos de Beistegui –Charlie para sus amigos –dio en el veneciano Palazzo Labia en 1951 para la ‘Gotha’ –lo que sería algo así como la guía de la nobleza en la que se recogen las dinastías y casas reales desde el siglo XVIII –y todo el cafe society del momento. 

El festejo sobre el Gran Canal, para el que las invitaciones se mandaron con hasta seis meses de antelación, contó, entre otros, con disfraces diseñados por el modista y fotógrafo británico Cecil Beaton o el mismísimo Salvador Dalí que vistió ni más ni menos que al diseñador Christian Dior. Precisamente, cuentan que algunos días antes de la cita se pudo presenciar una procesión de Rolls Royces llevando cajas de Dior sobre sus techos hacia el palacio.

Entre los invitados tampoco faltó el actor, director y guionista Orson Welles, quien precisamente también pondría voz al documental que recogió la que ha sido considerada la fiesta más grande el mundo. La celebrada en 1971 por el Shah de Persia para conmemorar los 2.500 años del Imperio Persa, pero que arruinó una improvisada tormenta de tierra que cubrió las finas vestimentas de todos los invitados.

Sea como fuere y sin tanta ostentación, que además no procede, sigamos disfrutando de la gran fiesta que es, sin duda y pese a las desazones y sufrimientos, vivir.

Poderosas

Esos días en los que una se levanta con el pelo revuelto, ojeras y una tez mustia, totalmente falta de brillo y lustre, no puedo evitar pensar en aquellas mujeres que con la cara lavada y una simple coleta lucen absolutamente poderosas. Soy de las que no acostumbra a salir de casa sin algo de maquillaje, al menos rímel y algo de rubor. Verme bien me ayuda a sentirme bien. Y no creo que haya nada de malo en reconocerlo. Quizás, en demasiadas ocasiones, se ha reprobado erróneamente la preocupación por engalanarse –sin llegar, obviamente, a la dismorfobia-.

Creo que en más de un artículo he confesado mi admiración por el modelo de diva italiana. Una mujer bella, sensual, contundente y completamente segura de si misma. Un modelo de belleza que ha resistido a los años y a las modas; que siguió vigente incluso cuando se imponían otros cánones más esbeltos. Un clásico que pocas encarnaron y encarnarán tan bien como la soberbia Sophia Loren. 

La actriz, ganadora de dos Oscar, a sus casi 90 años asegura que ahora se ve incluso más bella, que le gusta la imagen que le devuelve el espejo. Pero, sin poder poner en entredicho su rotunda hermosura, su magnetismo radica en su seguridad y su amor propio, en su determinación y energía.

La protagonista de ‘Matrimonio a la italiana’ que incluso pasó fugazmente por la cárcel, acusada de evasión fiscal, asegura en más de una entrevista que “nunca he renunciado a nada importante. Siempre he afrontado todo lo que me ha venido de manera fuerte y enérgica. Solo así puedes vencer”, reconociendo que ante cualquier miedo ha tenido “una fuerza dentro” que le ayuda a “expulsar cualquier debilidad”.

Fiel sucesora de esta ‘raza’ sería también la italiana Mónica Bellucci, icono de elegancia y estilo de la mano de Dolce Gabbana, quien a sus casi 60 años ha salvado cualquier estigma de la edad para le mujer en el cine defendiendo que “la verdadera belleza es un estado mental”, pues “miras tu cuerpo que va cambiando y piensas que es algo decadente pero por dentro eres igual, sientes tus emociones como antes”.

Decía Coco Chanel que “la belleza comienza con la decisión de ser uno mismo”. Bien, pues yo siempre he pensado que su fortaleza (la de estas mujeres) no estaba, o está, en ser guapa, algo obvio, sino en sentírselo. Eso es lo que las hace, tremendamente, poderosas.

Un mundo por descubrir

Se acerca agosto y para algunos –que aún no las han disfrutado- este mes es sinónimo de vacaciones. De un modo u otro, para este tiempo de tregua todos buscamos esos planes que nos aporten sosiego, desconexión y/o ruptura con lo cotidiano.

Hay quienes aprovechan estos días para el regreso al pueblo y el reencuentro con la familia y, en el mejor de los casos, las noches frescas de tertulia o verbena de verano. También en la Región son muchos los que se decantan por quincenas o semanas en la playa. Cada vez son más lo que optan por una alternativa más ‘low cost’, al menos a priori, en campings o roulottes alquiladas. Y, por supuesto, los que no entienden –o entendemos –las vacaciones sin organizar una nueva aventura o viaje.

Dentro de esta última variedad, también hay infinitas posibilidades. Hay quien busca viajes nacionales y quienes los prefieren de larga distancia; los que escogen el todo incluido en grandes hoteles y los que disfrutan comiendo en las calles mientras recorren grandes ciudades. Los viajes de aventura, gastronómicos o culturales. Y, por supuesto, una versión que yo he descubierto en los últimos años y que, aunque tiene sus inconvenientes, se ha impuesto al resto de modalidades: los viajes en familia.

Aunque entiendo perfectamente a las parejas que viajan solas dejando a su prole al cuidado de familiares; de momento no me siento preparada para ‘renunciar’ a su presencia ni durante un espacio tan prolongado, quizás porque aún es muy pequeño, ni en una circunstancia tan excepcional y enriquecedora como puede ser un viaje. Es verdad que viajar con niños tiene sus trastornos y molestias, pero para mí las ventajas y beneficios superan a las complicaciones y dificultades. Y con voluntad uno se adapta y consigue encontrar, incluso, esos momentos de intimidad entre cónyuges.

Si hago un poco de memoria de mis últimos viajes, entre los mejores momentos no faltan anécdotas con mi pequeño. Como aquel mes de agosto, con menos de un año, en el que gateaba por los maravillosos azulejos centenarios de los suelos de las diferentes estancias del Real Alcázar de Sevilla; el mes de octubre, vísperas de Todos Los Santos, cuando cantaba y bailaba ‘This is Halloween’, aún con “lengua de trapo”, a las puertas de la Sacra Basílica del Salvador, en Úbeda; o su primera siesta y baño en la playa en la Cala de Las Mujeres, en Calnegre.

De este tiempo solo lamento que la pandemia por COVID no nos haya permitido viajar más, pero ahora aguardo, con verdadera ansia, nuevos recuerdos en familia en cualquier parte del mundo que él, algún día, también pueda apreciar y rememorar. Y es que los viajes, con niños, están llenos de fantásticas y emocionantes primeras veces: todo un mundo por descubrir.

La perfecta lectura

Estos días he comenzado un nuevo libro. Uno de esos ejemplares concisos y exiguos que uno espera disfrutar a pequeños ratitos en la cama antes de quedar dormido. Ratitos que en ocasiones no van más allá de diez o quince minutos, en función de la intensidad de la jornada, y que se producen siempre mientras mi hijo me acaricia la oreja intentando alcanzar, él también, el sueño.

No tenía más referencias que el que mi hermana, una ávida lectora,  hubiese decido adquirir dicha novela. Así que, una vez más, se lo pedí prestado con el firme propósito de devolverlo cuando lo hubiese terminado. Siempre retorno los libros a sus propietarios ya que me importuna bastante extraviar los míos en estanterías ajenas.

Me llevé una grata sorpresa al descubrir que la historia que protagoniza un apático periodista español está justificada a través de unas cartas de amor que el Novel de Literatura en 1949 William Faulkner escribió a su amante Meta Carpenter durante los más de 30 años que duró su romance. Cartas que son uno de los tesoros documentales del ‘Harry Ransom Center’, en la Universidad de Texas, Austin, espacio que hospeda algunos de los manuscritos, fotografías y obras de arte de los más grandes personajes y artistas del siglo XX.

Entre sus ‘joyas’ se incluye la única copia de la primera fotografía conocida tomada por el ingeniero francés Nicéphore Niépce en 1826 o una de las 21 versiones completas que existen de la Biblia de Gutenberg; así como la herencia personal de personajes como García Márquez, la actriz y productora Gloria Swanson, o el director de cine Alfred Hitchcock. Sin duda, un lugar interesante, un templo de la investigación.

La novela ‘Los días perfectos’, del escritor, guionista y productor Jacobo Bergareche, ahonda en la intensa relación que el autor estadounidense mantuvo con su amante. Concretamente en el relato dibujado, a modo de misiva, de uno de sus ‘días perfectos’. Y a través del que el protagonista se pregunta por cuántas de esas jornadas puede recordar en su anodina vida; más allá de los encuentros clandestinos que, tal y como cuenta la historia, ha mantenido con una arquitecta mexicana durante sus estancias en Austin por un congreso de periodismo.

Aún no lo he finalizado, pero estoy disfrutando de una historia amena y divertida que, también, está muy bien escrita. Y que, entre otras cosas, me ha permitido conocer más sobre el escritor y Nobel estadounidense. Porque si hay algo que aprecio en la literatura es que me resulte didáctica, más allá de entretenida. Para mí leer es aprender y conversar con otros, incluso con los que nos han precedido en el tiempo y solo conocemos a través de las palabras escritas. Es cruzar vidas que no han coincidido en el tiempo.

Dolce far niente

Vivimos un tiempo en el que la improductividad se ha convertido  en poco menos que el octavo pecado capital. Una época en la que parar está socialmente mal visto. Un ritmo vital frenético, el ‘multitasking’, una desmesurada auto exigencia y la angustia por perdernos o renunciar a algo nos han convertido en autómatas aquejados de estrés y ansiedad. Lo dicen las últimas estadísticas sobre salud mental y consumo de determinados fármacos.

Y yo soy la primera que, por más ‘to do’ que elimino de mis listas de tareas pendientes, arrastro un sentimiento de insatisfacción al no cumplir expectativas. A diario escruto las rutinas de las ‘coach’ o diosas de la organización en Instagram intentando descubrir cuál es el secreto para llegar a todo; pensando que en la resolución de dicho acertijo está el secreto de la eterna felicidad. 

En 2020, en plenos juegos olímpicos de Tokyo, era noticia y portada internacional la decisión de la gimnasta Simone Biles de abandonar la competición. Aquella inesperada reacción, cuando se le presumían varios oros, nos frenó en seco e hizo reflexionar a toda la opinión pública sobre la importancia de priorizar la salud mental. Lo que a priori parecía un fracaso se convirtió en una lección de seguridad y confianza personal, convencida de su capacidad y su lugar en la historia del deporte antepuso su bienestar a cualquier logro profesional.

Hace unos días era la interprete del aclamado himno a la maternidad, Rigoberta Bandini, la que confesaba que se retiraría por un tiempo, aún indefinido, a “vivir bajo un cocotero”.

Esta noticia me traía a la mente una de mis expresiones italianas favoritas: il Dolce far niente. No solo me embelesa la maravillosa sonoridad de estas palabras sino que me seduce más aún su significado: lo dulce de no hacer nada. El concepto del placer y el deleite de la ociosidad más absoluta. Es una filosofía, un estado de ánimo, que poco tiene que ver con la holgazanería o la pereza. Es más bien todo lo contrario. Es esa capacidad de disfrutar los momentos de pausa, sabiéndose capaz de afrontar, también, la vorágine de nuestro día a día.

Tampoco es un sinónimo de vacaciones, pues en muchos casos durante este tiempo nuestros horarios y agendas van incluso más apretados por ese afán tan humano de ‘no perder el tiempo’. En los viajes, por ejemplo, apuramos las horas y minutos para ver y visitar más cosas con jornadas completamente extenuantes.

Sin embargo, yo este verano me he propuesto degustar, aunque sea en pequeños terrones, esa dulzura de la ociosidad y regodearme en la belleza de lo simple al más puro estilo italiano.