Dolce far niente

Vivimos un tiempo en el que la improductividad se ha convertido  en poco menos que el octavo pecado capital. Una época en la que parar está socialmente mal visto. Un ritmo vital frenético, el ‘multitasking’, una desmesurada auto exigencia y la angustia por perdernos o renunciar a algo nos han convertido en autómatas aquejados de estrés y ansiedad. Lo dicen las últimas estadísticas sobre salud mental y consumo de determinados fármacos.

Y yo soy la primera que, por más ‘to do’ que elimino de mis listas de tareas pendientes, arrastro un sentimiento de insatisfacción al no cumplir expectativas. A diario escruto las rutinas de las ‘coach’ o diosas de la organización en Instagram intentando descubrir cuál es el secreto para llegar a todo; pensando que en la resolución de dicho acertijo está el secreto de la eterna felicidad. 

En 2020, en plenos juegos olímpicos de Tokyo, era noticia y portada internacional la decisión de la gimnasta Simone Biles de abandonar la competición. Aquella inesperada reacción, cuando se le presumían varios oros, nos frenó en seco e hizo reflexionar a toda la opinión pública sobre la importancia de priorizar la salud mental. Lo que a priori parecía un fracaso se convirtió en una lección de seguridad y confianza personal, convencida de su capacidad y su lugar en la historia del deporte antepuso su bienestar a cualquier logro profesional.

Hace unos días era la interprete del aclamado himno a la maternidad, Rigoberta Bandini, la que confesaba que se retiraría por un tiempo, aún indefinido, a “vivir bajo un cocotero”.

Esta noticia me traía a la mente una de mis expresiones italianas favoritas: il Dolce far niente. No solo me embelesa la maravillosa sonoridad de estas palabras sino que me seduce más aún su significado: lo dulce de no hacer nada. El concepto del placer y el deleite de la ociosidad más absoluta. Es una filosofía, un estado de ánimo, que poco tiene que ver con la holgazanería o la pereza. Es más bien todo lo contrario. Es esa capacidad de disfrutar los momentos de pausa, sabiéndose capaz de afrontar, también, la vorágine de nuestro día a día.

Tampoco es un sinónimo de vacaciones, pues en muchos casos durante este tiempo nuestros horarios y agendas van incluso más apretados por ese afán tan humano de ‘no perder el tiempo’. En los viajes, por ejemplo, apuramos las horas y minutos para ver y visitar más cosas con jornadas completamente extenuantes.

Sin embargo, yo este verano me he propuesto degustar, aunque sea en pequeños terrones, esa dulzura de la ociosidad y regodearme en la belleza de lo simple al más puro estilo italiano.

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