Los días perfectos

Leyendo a ratitos el último libro que he pedido prestado a mi hermana: ‘Los días perfectos’, de Jacobo Bergareche, una novela cortita y ligera para el verano; recordaba un pensamiento del escritor portugués Fernando Pessoa que expresaba de forma tremendamente acertada uno de los vicios de la condición humana. “Para ser feliz es preciso no saberlo”.

Hace tan solo unos meses leía o escuchaba una reflexión muy parecida que, no por ser quizás más mundana, dejaba de ser igual de intensa, profunda y atinada; además de dolorosamente sincera. Era la confesión de una madre que hacía menos de un año que había perdido a su hijo. En una entrevista, la actriz y presentadora Ana Obregón aseguraba que: “Lo que me mata de pena es saber que yo era tan feliz y no lo sabía”.

Aquella declaración no me dejo indiferente en ese momento y no lo ha hecho desde entonces. Es algo que tengo presente y que, en determinadas ocasiones, vuelve a rondarme el pensamiento de forma más aguda y precisa. Como en la mayoría de ocasiones vivimos esperando una hilarante y convulsiva felicidad sin ser conscientes de que precisamente en esa armonía y quietud diaria es cuando somos verdaderos moradores del bienestar y la prosperidad.

Aguardamos grandes acontecimientos que nos hagan sentir pletóricos entre los aprietos y apuros propios del suceder, pensando que son esos momentos fugaces los que nos hacen felices, los que justifican nuestra existencia. Sin embargo, son, lamentablemente, los grandes infortunios los que nos demuestran cuan agradable o plácida era nuestra sencilla y rutinaria vida.

Por eso, desde hace algún tiempo trato, como si fuese una imposición, de disfrutar y deleitarme en la belleza de las pequeñas cosas; con el anhelo de no tener que lamentar, algún día, el no haber apreciado la vida que tenía. Intentando agradecer cuanto tengo y me sucede. Sin que ello suponga, en ningún caso, renunciar a otros sueños; pero dando a cada cosa el valor que tiene.

Si comenzaba con una reflexión del poeta lisboeta, acabaré también con otra afirmación suya. “Tenemos, todos los que vivimos, una vida que es la vivida y otra vida que es la pensada, y la única vida que tenemos es esa que está dividida entre la verdadera y la errada”.

Bien, pues a eso aspiro en mi existir, a ser capaz de acopiar una vida equilibrada que no olvide ni la vivida ni, por supuesto, la soñada; y a no llevarme a la tumba, cuando llegue mi momento, el lamento por no haber apreciado cuantos ‘días perfectos’ se me han regalado. 

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