Hermanos

No es fácil tomar decisiones. Mucho menos cuando las mismas implican, conciernen y corresponden a más de una persona. La vida en pareja –y en familia –está llena de decisiones difíciles. Y en todas ellas uno encuentra motivos y razones para ponderar hacia un lado u otro. Eso las hace más complejas aún.

Nunca me resultó cómodo o sencillo decidir, pues la elección implica desechar conscientemente una serie de circunstancias imprecisas que ya nunca jamás sucederán. Y eso asusta. Ese jamás… Quizás sea esa la razón por la que en algunas ocasiones, incluso tratándose de asuntos delicados, he dejado obrar de algún modo al destino o la providencia. Y, sinceramente, no creo que me haya ido mal.

El miedo es, sin duda, el peor enemigo de la determinación. El miedo nos detiene, nos impide y nos encierra en un status estanco; seguro pero estéril, yermo. A lo largo de mi vida el miedo me ha entorpecido para muchas cosas: nunca aprendí a patinar, por ejemplo. Sin embargo, cuando logré vencerlo conseguí y alcancé retos y desafíos.

La maternidad se ha manifestado con miedos y temores mucho mayores de los que hasta ahora pude tener. Turbaciones por no poder mantener una integridad propia que me permita cuidar y proteger y, por supuesto, por la fortuna y el bienestar de las crías. También me ha supuesto el mayor ejercicio de paciencia y, seguramente, renuncia que haya podido hacer a lo largo de mi vida.

Es por eso que, para mí, la decisión de volver a ser madre es más difícil de tomar una vez que ya lo has sido. Piensas en que todo aquello que te preocupa se multiplica exponencialmente. Por suerte, también la dicha, la ternura y esa forma de amar como no hay otra.

De este modo, y conscientes de las dificultades, El hombre del Renacimiento y yo asumimos hace unos meses el reto de ampliar la familia. Sin que eso se convirtiese en una obsesión; más bien volviendo a confiar en lo que nosotros entendemos como providencia.

Hoy, unos meses después, esperamos un nuevo bebé que estará con nosotros en febrero. Por supuesto, han vuelto las inquietudes y los desvelos en cada ecografía, en cada prueba y ante cualquier síntoma de alarma. Mentiría si no lo reconociera. Pero también la ilusión, esta vez más madura y reflexiva, de poder ver crecer a nuestros pequeños juntos y darles aquello que para nosotros ha sido lo más preciado en nuestra vida: los hermanos.

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