La ternura

Precisamente hoy, 17 de septiembre, cumplo años. Cumplo 39 años, para ser más exactos. Estoy en la frontera de la cuarentena y esperando volver a ser madre. Y, pese a algunos contratiempos y reveses que he podido sufrir a lo largo de todo este tiempo, me atrevo a decir que me siento afortunada por la vida que he tenido y la que hoy día tengo.  

Mi infancia y adolescencia, aunque en su momento quizás no lo sentí con la misma intensidad, fueron maravillosas. Hoy echo la vista atrás y tengo tantos y tan gratos recuerdos. Algo que sin duda le debo, en gran medida, a mis padres. A él ya no le tengo a mi lado y eso me entristece cada día, pues hay tantas cosas que me gustaría compartirle. Sin embargo, no dejo que eso (como otros sinsabores) ensombrezca lo que sí puedo gozar y lo que, en su día, gusté de él.

Paradójicamente esta impresión de dicha y ventura, al hacer el balance propio de los aniversarios, se me tornaba en un sentimiento agridulce al conocer, también esta misma semana, el fallecimiento de una mujer que no tendría muchos más años que yo. No la conocía personalmente, pero sí era alguien cercano y recurrente en mi día a día.

Pocas veces interactúe con ella, pero nunca encontré más que tristeza en su rostro, quizás también algo de turbación y desconcierto. Con el tiempo supe de los muchos infortunios y desdichas que había padecido desde su niñez.

Si no hace más de dos semanas me preguntaba, también en estas líneas, cómo podría influir el acoso y la persecución en el entorno escolar en la vida, el sino y el devenir de una persona, cuánto más lo harán los abusos e injusticias infringidos por tu entorno más cercano.

Quizás, como han comentado algunos, por fin su alma descansa; aunque no deja de ser un trágico final para una vida de padecimiento. Y es que no sé si resulta pueril o inocente imaginar otro desenlace que la hubiese librado de tanta amargura y dolor, pero sí sé que es el final que me hubiese gustado y, sin duda, el que hubiese merecido. Algo de ternura que redimiese todo el tormento. No hay demasiado que, en muchos casos, podamos hacer para aliviar angustias ajenas, pero si algo he aprendido es a mirar con empatía, a tratar con amor  y a hablar con respeto. Quizás eso consiga una sonrisa, un momento dulce o un bonito recuerdo que merezca la pena a alguien para quien todo ha sido sufrimiento.

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