Ni víctima, ni verdugo

Hay situaciones que, en determinados momentos, nos perturban, nos impresionan, nos sobresaltan e incluso agitan en nosotros sentimientos y emociones del pasado. Esta semana era testigo de forma involuntaria, seguramente como muchos de ustedes, de una terrible situación de acoso a un menor como consecuencia de la viralización, en redes sociales, de un video con el que se pretendía denunciar dicha agresión.

Independientemente de la conveniencia o no y de la legitimidad para publicarlo –creo que proviene del propio entorno del niño –, el mismo evidencia firmemente la necesidad de visibilizar y concienciar de un tipo de comportamientos, mucho más comunes en las aulas de lo que sospechamos, que traslucen un grave e inconcebible fallo o error en nuestro modo o fórmula de educación. Como verán, he evitado conscientemente la palabra sistema educativo pues esta problemática trasciende al mismo concerniéndonos y comprometiéndonos a toda la sociedad. Y aunque suelo evitar asuntos delicados en estas líneas, no he podido eludir, esta vez, hacer referencia al mismo.

Reconozco que asistí horrorizada al hostigamiento que recibía el menor por parte de algunos compañeros de clase en el día de su cumpleaños. Y que incluso reconocí, con mayor espanto y consternación aún, ciertas circunstancias de mi pasado. Nunca viví el acoso en primera persona, pero sí fui testigo de injusticias y, aunque en aquel tiempo no fui consciente, seguramente mucho sufrimiento. Entonces callé y consentí, pero esta vez no lo podía y no lo debía hacer.

Muchas veces me he preguntado si los insultos y desprecios constantes condicionaron la vida de aquella compañera de clase. Si de algún modo, mi actitud neutral ayudó a reforzar las conductas de otros y si, quizás, algún gesto de apoyo, acercamiento o aprecio hacia ella hubiera tenido algún efecto y otras consecuencias. Es algo con lo que vivo desde ese momento.

Hoy, muchos años después de aquello, soy madre y mi hijo comienza el colegio en unos días. No me gustaría verme jamás en el papel de la madre de este pequeño; pero sin intención de criminalizar al resto de menores, pues seguramente no alcanzan a imaginar la importancia y trascendencia de sus actos, sí su comportamiento, de igual modo me espantaría ser la progenitora de éstos.

Por eso, esta vez quiero redimirme y comprometerme educando a mi hijo en valores de respeto que garanticen una convivencia bonita y pacífica con sus iguales. Un propósito que para mí es mucho más importante que la memorización de las tablas de multiplicar y que creo, sin ninguna duda, que debería ser la primera máxima y competencia en cualquier aula de este país. Para ello, menos pasividad y mucho más compromiso de todos para no hablar ni de victimas ni de verdugos.  

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