Las casas cuentan tanto de nosotros. O quizás somos nosotros los que intentamos contar algo a través de ellas. Esos mensajes, esos códigos encriptados en objetos, suponen la diferencia entre una vivienda cualquiera y un hogar propio. Hay casas llenas de recuerdos hasta el exceso; otras, en su defecto, son prácticas, asépticas y parcas en elementos. Éstas son capaces de desvelar, de un solo vistazo, el tipo de vida de sus moradores. Muchas se han convertido en extensiones de sus propios dueños. Hay casas célebres, que trascienden a sus habitantes, casas malditas o encantadas, casas que se han convertido en escenario de importantes acontecimientos y casas que formarán parte del imaginario colectivo de todos los tiempos gracias al cine y la literatura.
Yo he habitado muchas casas. Calculo que unas veinte, con sus correspondientes mudanzas. He compartido un extraordinario piso antiguo de techos altos y molduras decorativas en el centro de Madrid, pero también he anidado en una auto caravana instalada en el jardín de un chalet (que se alquilaba por habitaciones) a las afueras de Granada. En todas ellas traté de ser feliz. Más ‘La Casa’ siempre fue para mí el hogar que mis padres construyeron. Mi lugar de referencia, mi punto de retorno. Actualmente andamos de paso (ahora somos una familia) en un coqueto apartamento en el que, pese a la falta de espacio, hemos conseguido reconocernos. No necesito demasiado pero para mí sí es importante sentirlo nuestro. Y algún día, el fin de esta estancia transitoria será para nosotros, esperemos que en poco tiempo, nuestro nuevo comienzo.
Entre el inventario de cosas que ‘El hombre del Renacimiento’ atesoraba se encontraba su original casa. Una antigua vivienda familiar de dos plantas que tras sus puertas y fachada escondía un patio henchido de vegetación y una cueva bajo la montaña excavada. Tras heredarla de sus abuelos, con solo 20 años comenzaba a rehabilitarla y casi otros tantos después aún sigue acondicionándola. Aquel lugar, condenado al olvido, ha sido (es y será) su obra de arte más destacada. El proyecto de una vida al arte y la belleza dedicada. Una tarea pausada seleccionando, durante años, piezas de diferentes épocas entre anticuarios y casas de subastas para ennoblecer y completar un espacio que ha sido escenario de obras de teatro, con Doña Inés a la ventana asomada, conciertos y muchas muchísimas fiestas improvisadas. Donde obras propias y de varias decenas de artistas hacen de éste, también, una galería más contemporánea.
Como los primeros moradores, ‘La Cueva Azul’ tiene bajo la roca algunas de sus principales habitaciones y estancias, una cocina rústica y un patio que se ha convertido en el verdadero salón de la casa, con una bóveda empedrada de estrellas a nuestros pies y un estanque con peces de colores y ranas. Para alcanzarlo, una desigual y ceñida escalera con un letrero: ‘Nada te turbe’ te aguarda. Un espacio privado, familiar, pero abierto a la cultura que ahora transformaremos también en nuestra peculiar casa.
A la caverna se suma lo que era la antigua morada. Un espacio de techos altos, vigas de madera, cancelas y cerámicas que crean sensaciones a caballo entre la belle époque y una vivienda contemporánea. Con líneas curvas en las rejas y barandas y rectas en los muebles, y salpicando con color en las telas y objetos unas estancias predominantemente blancas. Con la luz, entrando por balcones y ventanas, que sea testigo de las horas y la vida que acoja nuestra casa con comidas en familia, cenas con amigos y mucha música en nuestras veladas. Porque tal y como canta Drexler ‘bailando en la cueva’, celebrando la vida, amaneceremos más de una madrugada.


La permanencia en el constante aprendizaje es algo que ha marcado mi vida personal y profesional. Siempre me he preocupado por seguir adquiriendo nuevos conocimientos y capacidades. Casi como una especie de adicción. Incluso aunque estos hayan resultado de escasa o nula practicidad para mi realidad, como aquel curso de prevención en riesgos laborales en el entorno de la construcción que completé mientras estudiaba Periodismo en Madrid y me ganaba un dinero extra realizando trabajos puntuales, casi siempre de encuestadora, para una ETT. ¡Nunca se sabe! El caso es que me gusta aprender y, aunque suene extraño, también me ha gustado estudiar. Lo que no quita que haya habido épocas en las que, por el volumen de materias o por éstas en sí mismas, me haya resultado tedioso.


Siempre recuerdo que mi padre nos contaba que para lo que se acostumbraba en aquellos años nos había tenido muy mayor. Creo que cumplía los 33 cuando yo llegué al mundo; soy la primera de dos hermanas. A mí nunca me pareció mayor. Mi padre siempre tuvo un espíritu muy joven y sus enormes ganas de vivir hacían que disfrutara de cada momento como si fuese un chaval. Yo he tenido mi primer hijo con 36 y, sinceramente, me considero joven. Seguramente eso también lo habré heredado. Son otros tiempos, que dicen los abuelos. Y tanto que lo son. Si hoy día uno espera tener la estabilidad laboral, económica, social y, sobre todo, emocional para perpetuarse puede que no lo haga nunca. A mí me ha llegado ya con cierta edad y creo que éste era, sin duda, mi momento ideal.










Durante estos días de ‘escapadas’ pautadas y desahogos en el balcón, en casa no dejamos de pensar en lo mucho que nos gusta viajar. Añoramos esos lugares que un día significaron algo, que nos conmovieron, que nos abrumaron; pero sobre todo los que aguardamos y que, ahora, forzosamente postergamos convirtiéndose en espejismos de este desierto entre cuatro paredes. A menudo, repasamos fotos de nuestros viajes evocando anécdotas y momentos, como aquel cumpleaños en Roma o nuestro verano en el Bierzo. En el frigo cuelgan memorias de aquellos tiempos, como instantáneas o como aquellos imanes que meticulosamente elegimos en nuestros destinos para que formasen parte de nuestros recuerdos. Hemos viajado como aventureros, con amigos, con parejas y como solteros pero creo que ni ‘El hombre del renacimiento’ ni yo imaginamos jamás lo maravilloso que sería viajar con esta nueva acepción de ‘mochileros’.
No andaba muy desacertado Mikel Izal cuando hablaba de ‘pequeña gran revolución’ en una de sus composiciones para la banda de música indie madrileña que lidera. Una revolución emocional, hormonal, sentimental, de pareja, familiar, profesional, física, psíquica y personal. Eso es el postparto. Una revolución estructural que comienza en los pilares de tu vida para afectarla toda.
Dice un proverbio africano que “para educar a un niño hace falta una tribu” y, desde luego, no le resta razón. Al menos para no hacerlo a costa de la salud de los progenitores, fundamentalmente de la madre –no nos engañemos -. El confinamiento nos ha robado el mes de abril, como cantaba Sabina, y ya veremos que parte de mayo. Pero también nos ha robado a la tribu. Los más pequeños de la casa, todo el día encerrados, tienen que entretenerse y satisfacer sus necesidades únicamente con la implicación de mamá y papá, también los fines de semana. Lo que hace la tarea de criar menos atractiva para ellos y mucho más pesarosa para nosotros. Y es que esta crisis sanitaria nos ha despojado de los abuelos que, por ser población de riesgo, han sido condenados a vivir sin sus nietos. Ellos están siendo, sin duda, los más castigados por la importante tasa de mortalidad a sus edades y porque además están viviendo este tiempo muy solos y, puedo imaginar, tremendamente asustados cuando ven a los de su quinta marchar.
La vida no se detiene, pese al Coronavirus. Eso sí, en esta ocasión los recién nacidos llegan al mundo en contextos un tanto más extraños y donde la alegría es contenida por la pena de no poder compartirse. Los abuelos, los mismos que habitualmente hacen más llevadera la carga a los progenitores compartiéndola, están siendo, sin duda, de los más perjudicados. También desde el punto de vista emocional. Confinados, y en muchos casos solos, han sido condenados a vivir sin sus nietos. Y es que estos días apenas tenemos más vida que la que alcanzamos a ver desde nuestros balcones.
Cada tarde, a las 20.00 horas, los aplausos resuenan en cada calle de cada pueblo y cada ciudad de nuestra Región –como en otras comunidades y países –poniendo así sonido al profundo agradecimiento de cada hogar y cada ciudadano a los profesionales, especialmente los sanitarios, que estos días se dejan la piel y el corazón luchando contra este maldito virus. La piel, como metáfora de la salud, porque muchos de ellos han resultado también víctimas. El corazón, porque estoy segura de que de una experiencia así no se sale indemne. Por la responsabilidad sobre las vidas de otros. Por la culpabilidad y la impotencia al sentir que uno ya no pueden más, tras interminables jornadas de trabajo, dicho sea de paso. Por no poder ver a los tuyos por el miedo a dañarles. Y porque, a falta de otros familiares, se están convirtiendo en consuelo de enfermos y en la mano que aprietan los moribundos. No. Uno no puede ser el mismo después de algo así.